Una chispa de sol

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El adorado, el tan anhelado, el eclipsado por las nubes claras y oscuras se asoma de nuevo. Corre el velo de las cortinas que cubren el valle y se asoma a ver el ritmo frenético de quienes se afanan cada día. No puede vivir sin ver a sus súbditos y estos, no pueden vivir sin el asomo de sus rayos.

Hoy se asoma en Medellín de nuevo, con su radialidad y su casi omnipresencia. Ya la queja cambiará y para ser groseros con él, señores y señoras abrirán el paraguas que, para el caso, fungirá como parasol para que su ira, así dicen algunos, no haga mella en nuestra humanidad.

Iracundo o ausente, los días sin él, son largos, pues, sin fiesta los días pasan lentos y la amargura se torna latente. Ahora brilla y viste de majestuosidad todo lo que lleve tinta, pigmento y color; solo para escuchar de nuevo nuestras quejas y lamentos y vaticinios y profecías y descargos y demandas.

Fotos: Armenia Mantequilla – Antioquia

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No todo es papel moneda

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Hay quienes somos tildados de raros y tontos y hasta de necios solo por no tener una ambición ligada al dinero y al ritmo consumista. Hay riquezas que yacen en la tranquilidad. Claro está que uno de los caminos para llegar a ésta, es el papel moneda que nos permite el intercambio.

Otear, pasar horas en un balcón con la posibilidad de ponerse en pie horas más tarde. Tomar un café y poder saborear una conversación, así sea con las nubes o con el viento. Ver una planta, olerla. Probar un bocado de manos bendecidas. Percibir el calor solar y la humedad de una lluvia.

Escuchar el concierto rural que nos brinda el campo y ser testigo de una manifestación de luciérnagas en un baile logarítmico. Ser testigos de nuestra consciencia y la del ilusorio tiempo. En definitiva, hay más riquezas que las que portan los ceros del papel moneda. Hay mejores cosas.

Foto: Támesis, suroeste de Antioquia. Agradecimientos: Maestro Carlos Agudelo e investigadora y escritora Lucia Victoria Torres Gómez.

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Una mirada al interior

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Una pregunta para los lectores ¿Cuando miran al interior de los recuerdos, como quien mira esa casa desde afuera, qué se les viene a la mente?

“Estaba esperando a que llegara el día,
en que todas la nubes… desaparecieran.
Ahora estoy contigo,
ya puedo decir tu nombre.
Ahora podemos oirnos… otra vez”.

Pink Floyd (1996). Wearing the inside out. The Division Bell. [Acetato]. Inglaterra: EMI Music.

…”¡Instinto! Lo pide el alma. Lo reclama. Podría preguntarse por qué no, por qué no saber de dónde venimos, cuál es nuestro origen, cuál es el sustrato económico y social que nos antecede. Como un médico que escribe una historia clínica y pregunta por las enfermedades familiares y generacionales, deberíamos trazar la nuestra en ese ancestro, pues, somos el producto de esa cadena de acontecimientos que hoy nos tienen construyendo la vida, sanando el alma, creando quizás un nuevo código genético, reparándolo y escribiendo un nuevo comienzo. Algún sentido tiene el hogar que acogió nuestra alma, algún sentido debe tener cada uno de esos episodios que nos contextualizan. Es en una búsqueda permanente del alma y en un encuentro con ella cada vez. No intranquiliza esa curiosidad permanente, le da sentido de vida por el contrario ¡alegra cada pieza del rompecabezas con la que me encuentro”.

Extracto del libro no publicado: “No me llames papá”. Foto: Carlos Múnera. Jardín – Antioquia.

De arvejas, habichuelas y otros “preparitos”

La uña del pulgar, algo larga, se clava sobre la nervadura de la vaina, para que de ella salga la arveja que se necesita para ajustar para la sopa de “alverjas”. Luego, la habichuela es picada en trocitos que se harán más amables en la boca. La zanahoria tambiés es dispuesta en pequeños trozos. Todo ellos se revuelve con la mano para que el comprador se lleve una equitativa bolsa, hecha para los perezosos de la cocina, para quienes no tienen tiempo, para las nuevas generaciones que viven en apartamentos que ni tienen poyo con los huecos para la máquina de moler; para los que ya se jubilaron de la cocina y para los que la buscan más fácil.

La doña pone a “alzar” una arroz; verbo éste que no significa levantar sino preparar, ingenio popular expresado en el lenguaje. Decía, pues, que la doña comenzó la preparación de la sopa del día: legumbres; desamarrando la bolsa con una paciencia que no tiene quien escribe estas letras, y luego vaciando el contenido en una agua sal que ya comienza a burbujear. ¿A quién se le ocurre escribir de una acción tan cotidiana y sencilla? De eso trata este blog. No dilatemos, que la sopa va adelante. En el fogón vecino, yace un trozo de carne, estrato dos: cáscara, asándose y soltando una humareda con sabor atrayente. Las rollizas manos de quien cocina, echan sal y pimienta roja sobre el asado. En el fogón ubicado de manera perpendicular a estas dos preparaciones, están fritándose dos dulcísimos y y dorados plátanos maduros.

Permítanme detenerme un momento en estas letras para escuchar la fritura del maduro que ya ha estimulado mis salivares: [ssssssrrrrrrrs sssrrrr, zzzzzrrrrrttt] . Deseaba continuar en esta descripción de una mañana cualquiera, pero este último dato, el del maduro, me ha dejado estimulado a prepararme uno. Luego nos vemos.

Agua, vida y verdad

¡Nunca le niegue agua a nadie que venga a pedir! decían mi madre y mi abuela, refiriéndose a los mendigos que tocaran a la puerta de la casa. Sucedía, entonces, que varias personas tocaban la puerta de la casa con una frecuencia exacta. Al llamado, mi abuela me decía: “Vaya ábrale, que esa es la señora de los martes”. nunca supe su nombre, era muda, a veces entraba a casa y planchaba la ropa que hubiera; lo único que siempre supe era que se llamaba “La señora de los martes”.

El hermoso, transparente y bendecido líquido será en breve, el motivo de las guerras. Ya no será el microtráfico de estupefacientes, sino el microtráfico de vasitos de agua. Quien la tenga, quien tenga un yacimiento del precioso líquido, tendrá el poder. Desde ya se está comenzando a comercializar el agua, enfrascándolas y etiquetándolas para venderse más caras que jugo en leche.

Me gustaría saber cómo es el tema del agua en Europa y Asia. Invito a los lectores radicados en estos países a que nos compartan hechos reales con respecto al agua. Jacobo Zimerman ¿cómo es la cosa en Israel?

Y vos que estás asomao ¿qué es lo que tanto mirás?

Hay miradas que no miran para afuera sino que enfocan pensamientos gelatinosos; hay detenimientos que hace la mirada para concentrarse en lo intangible: el futuro. Qué será de mañana, qué será de las cuentas, qué será la comida, qué será de Tulio ¿lo matarían?

Hay miradas que valen doscientos pesos de alegría, y hay las que valen en barra de metal precioso. Hay otras miradas serias, pacatas para con el goce del día, llamémosla tímidas porque pacatas no son -¡no sea atrevido! señor escribano-. hay miradas que mueven los músculos internos de una mirada turbia. Hay miradas que no se pueden mirar porque hieren, cortan, deslizan cuchillas sobre la parte superficial del alma.

Hay miradas que se enfocan en un mosco que fastidia la mañana o la tarde lenta. Otras, se clavan por minutos en el cogollito que está retoñando en la reciente matera. Hay miradas, como la mía en ocasiones, que no se despegan de la arepa que reposa en la parrilla, porque al menos descuido se pone morena la muy maicena.

Hay miradas que se despiden en el retrete; las hay electrizantes en el Metro o en el bus. Hay miradas que se tornan frías cuando el hilo de sangre desfila entre las ropas de un cuerpo frío. hay miradas que se alzan para pedir vida, sanidad y sonrisa. Las hay, que se detienen fijamente en ese plato recién servido por manos cariñosas, con un humo que escala hasta colarse entre los pelos de la nariz y treparse más allá hasta el cerebro.

OITES VOS… ¿Y VOS QUÉS LO QUE TANTO MIRAS? ¡CONTAME, PUES! -interactúa-

Foto: Plaza Minorista

Fragancias matutinas

De las casas de la gente que trabaja salen fragancias matutinas que, al pasar del día, se convierten en olores un poco más gastados o, digámoslo de una vez, olores más bien curtidos. De la mañana de las casas salen tostados en el aire que nos llevan a imaginar una arepa de maíz que fue amasada a mano por una mano pecosa por el tiempo curtido de recuerdos; se asoman todo tipo de perfumes y fragancias: elegantes, unas; populares, otras. Unas, muy empalagosas y dicharacheras, como el vestido variopinto de quien las lleva; otras, son una pérdida de tiempo, y de plata, porque a los pocos segundos ya no se sienta nada. De otras casas, salen los perfumes del jabón de tocador que han bañado al trabajador que ya se alista. Salen los humos del chocolate llevando el aviso de que está caliente, y servido, y enfriándose también. Salen los polvos que empayasan sobacos y asustan a los pies, que ya parecen de muerto. Salen alientos de boca recién juagada; salen buches de un laberinto de gárgaras oliendo a juagatorios dentales.

De las casas de la gente que trabaja salen muchos olores. Prefiero los de la arepa que se va tostando lento en fogones de leña, y de las mieles que salen por el aire de una aguapanela recién hervida.

¿Qué recuerdo traerías al presente?

La vida es, entre infinidad de definiciones, la secuencia o el cúmulo de recuerdos que podamos tener; por ello, nos ayudamos de cámaras fotográficas, de textos diarios, de imágenes mentales e impresiones visuales. Los recuerdos, son aquella información que nos liga a un tiempo vivido, algo que ya no podemos tocar, pues, ni nosotros mismos somos los que nacimos, en el sentido de que nuestras células hace rato fueron barridas en cada oficio diario dentro de casa.

Parecería que los recuerdos son “cosas” viejas, pegadas en álbumes otoñales, imágenes llenas de óxido, telarañas, polvo y pátina; pero nuestros recuerdos son instantes frescos que esán a la orden de nuestra mente para decirnos que estamos vivos, que hemos sido testigos de la alegría, que la felicidad sí ha estado ahí. Tenemos más capacidades de recordar momentos alegres junto con sus sensaciones, que el recuerdo de las sensaciones de los momentos “malos”.

Cuando muere alguien, se lleva su único patrimonio: el recuerdo de lo vivido; hereda la alegría, pero el recuerdo se va consigo, porque cada uno tenemos nuestro paquete de recuerdos. Quien recuerda, vuelve a montar en cicla, aprende a leer de nuevo, vuelve a rasparse con alegría la rodilla, vuelve a oler el pasto recién cortado, vuelve a sentir la montañera fragancia de la leña quemándose, vuelve a tomarse el jugo de naranja con banano o el de tomate chonto “pa’ que coja color”.

AYÚDENME…

¿Qué recuerdos se te vienen? ¿Qué traerías de nuevo al presente?

De cuando el televisor no tenía control remoto – Soliloquio

Hay muchas cosas que la niñez de hoy ni se imagina que sucedía. A veces, los hijos le preguntan a los padres ¿cómo hacían para vivir sin celular? ¿entonces, cómo hacían?. Hoy, la señal de televisión llega a miles de hogares vía cable y suscripción ¿y es que había otro modo? ¡Claro! La Cadena 1 y la Cadena 2, nos llegaban vía aérea. ¡Detente! ¿Cómo así que Cadena Uno y Dos? ¿Y Discovery, y History, y NatGeo, en fin, y los demás canales?

Pues no. Los de común hogar, nosostros los cotidianos, los de a pie, sólo teníamos dos canales para disfrutar, y una variada parrilla que nos entretenía hasta que saliera el puntico y el pitido. ¿Qué pitido? Al terminar la señal a media noche, salían las barras que nos mandaban a dormir, y con ellas, un pitido que te obligaba hacerlo perentoriamente. ¿Y es que no era 24 horas? No, era televisión para el hogar, para la familia y hay que dormir.

En aquella época nos sabíamos de memoria la programación y no era tan necesario, incluso, el uso del control remoto. ¿Y cómo hacían para cambiar el canal? Nos parábamos y lo cambiábamos de la perilla; y si era el chico quien se paraba a cambiarla, se hacía hasta el borde de la cama para alcanzar al televisor que reposaba encima del chifonier y ya, sanseacabó. ¡Terrible! ¿Terrible, dices, por qué? ¡Qué época la tuya, qué atraso! No, así serás calificado cuando la telepatía llegue pronto y tus blacberrys sean objeto de burla. Solo espera. ¿Seguimos otro día? Dale.

Foto en Donmatías, norte de Antioquia.

Una mañana cualquiera en RGB

Enmarcada en los colores primarios del video: rojo, verde y azul, se desarrolla esta escena matutina: la joven haciéndose la de oídos sordos al agua que espera, represada, en el tubo de la ducha; la mama (sin tilde) o la abuela, que ambas funciones puede tener, habla con la doña que es su vecina, vecina de préstamos y confesiones, de tinto en la tarde y huevito prestado. La doña, quien no se ve muy bien, mal fotógrafo el bloguero éste que tomó la imagen y se perdió de más detalles para una incipiente historia; parece que tiene chismes por contar.

Amarillo de una caneca que hace las veces de matera, elemento significativo para la familia que no puede ir así de rápido a la basura pues ya le vemos la utilidad. Azul de fondo en casa de la doña, que de ella ya hablamos. Rojo, como elemento fático en dos rosas que prendieron de un cogollo, quizás robado, no porque sea ladrona, sino porque pasando por cualquier cuadra, vio un bello rosal y como forma de agradecimiento con la naturaleza, tomó prestado a la vida un “gajito” que “yo sé que en mi casa prende muy bien”, justifica la caminante.

Y así, así transcurre una mañana cualquiera en un barrio cualquiera. Mientras que en el centro de la urbe se matan por pasar calles, esquivar motociclistas irresponsables; en los barrio se espera más tranquilo el regreso de Elkin a la casa, se respira el aroma de una arepa que se va quemando o el olor de una leche que se derramó, “Maldinga sea, ¡Bendita! se derramó la leche ¿Usted no le estaba poniendo cuidao, pues?

“La mazamorra piláa”

Alberto Mejía Vélez, es un joven lleno de sueños, un joven de 72 años de edad. Anoche nos mostró su casa y su hermosa sencillez en El Colectivo, programa de Teleantioquia dirigido por Andrés Mora. Mejía me dejó entrar a su casa y a su cálido corazón y hoy me tratan como a un hijo más de su camada. Este joven sigue haciendo realidad sus sueños, como el de compartir la memoria no conocida por la niñez de hoy. Viejo: ¡Disfrutalo! Gracias.

Por Alberto Mejía Vélez

¡Oh! aquellos tiempos. Desde la puerta de tranca, el caminante al saludar, escuchaba una voz amigable al interior de la casa que invitaba a pasar y a sentarte en el tarimón, que los antioqueños llamamos tarima del corredor; y una mujer, que no ocultaba el embarazo, traía en sus manos una taza inmensa, repleta de mazamorra con unos granos igual que pelotas de ping pong, donde no faltaba el dulce machacado. “Siéntese mi don a la fresquita, tome aliento, para seguir la jornada”. Hoy eso no se puede hacer.

“Se llamaba mazamorra al guiso con el que se alimentaba a los galeotes: remeros, casi siempre forzados, en los navíos llamados galeras, y a los marineros. Consistía en las legumbres disponibles, generalmente lentejas y garbanzos, cocidos juntos y aliñados con algunos vegetales disponibles como pimientos”. Wikipedia.

Pero por estas breñas de maiceros, la cosa fue distinta. Heredamos de los aborígenes el amor por la nutriente mazorca que sonriente nos brinda encantos. Las amas de casa madrugaban a desgranar para echar en el fondo del pilón y con la mano, acertar golpes que fuera descascarando el grano, hasta ir a parar en ollas de barro, que a fuego de leña iba tomando un olor que se expandía por la casa, enredado en el canto de las mujeres amantes del esposo, hijos y del trabajo honesto del hogar. Eso también ha sido desalojado por el modernismo.

Ya esos ajetreos, que eran unidad familiar, se han cambiado por salir a la puerta, a la espera de quien ha hecho de la costumbre montañera, un oficio lucrativo. El grito del vendedor se escucha a lo lejos: “mazamorra… mazamorra pilada”, a $500 el cucharón; la leche la pone usted, si acaso tiene dinero para la bolsa y la endulza con el recuerdo.

Tomando el sol como el que necesita ruibarbo

Es sábado, la labor espera hasta el lunes. No se trabaja, no hay que madrugar, no hay afanes en este día. Se levanta, se toma sus primeros tragos que, para este blog, los tragos no son de licor sino los primeros sorbos de un tinto mañanero. Salvada la palabra, valga decir que en los tragos se cuela una tostada que no esperaba ser útil todavía.

La cara desvencijada de todo el que recién se ha levantado, se derrite o se juaga o se desliza con el chorro que ahora, en este preciso instante del baño, está cayendo sobre la piel de este individuo que, por su cara, se parece a todo el resto de mortales: desea ser feliz y quiere evitar cualquier sufrimiento. Palabras éstas que no son del bloguero sino del Dalai Lama.

Una vez desaparecida la cara mortuoria, que todos aparentamos al despertarnos, la frescura está a la vista. Pocos reconocen el poder del agua y la cantidad de investigación que hay detrás de ella. Hombre maduro es este pero no deja de ser niño o no lo olvida por lo menos. Sale al sol, pues, como nalga de bebé que desea o necesita ser soleada y calentada para evitar el ruibarbo; la misma toalla con la que recogió el agua se aireará pues nada se seca porque nada se moja ya que ninguna superficie se toca, efectos de la física microscópica que ignora.

El sábado sigue en desarrollo en esta tierra, pues, en algún otro planeta tal día no existe. El agua de la toalla se evapora, como el concepto de tiempo, que creemos que va transcurriendo. Pararse ante el morro para otear pasajeros y visitantes sin pena de la pinta lucida; es mañana, es sábado y el territorio es del que mira, seguro de sí mismo. Y así, así va trascurriendo este flexible tiempo o relativo más bien. El que toma la foto continúa.

Imagen: Caldas

Pa’ sentarse a conversar con los viejos…

Quien se siente a conversar con un viejo tendrá que cancelar la agenda de lo que resta del día, para escuchar historias sin fin, así sean repetidas y contadas como si fuera novedad recién desempacada del corazón.

Quien se siente a conversar con un viejo, deberá tener oído para que oiga lo que el predicador tiene para decir: sabiduría. Una sabiduría cercana a la iluminación.

Quien se siente a conversar con un viejo, deberá tener la pasión innata para aprovecharse de él y sacarle las mejores historias. Para ello, deberá saber hacer preguntas y abrir los ojos de asombro ante cada giro de la historia narrada.

Quien se siente a conversar con un viejo, deberá tener la capacidad de levantar su estima con la sola actitud de un rostro atento y sorprendido. Deberá reírse con las historias y ponerse la mano en la boca como signo de sorprendimiento, deberá callar y, a vcees, enmudecer para no irrumpir en ese viaje del tiempo.

Quien se siente a conversar con un viejo, verá que el tiempo solo es ilusión de este mundo físico, percibirá cómo se detiene y cómo se equilibran las edades: el menor se hará más sabio, más adulto; el mayor se hará joven o niño de nuevo sin perder sabiduría. Lo propio sería grabar sus historias y dejar su voz encapsulada en algún archivo digital. Ahí queda la tarea.

Foto: Usaquén, Bogotá.

Rituales populares en las fotografías playeras

Los montajes a pedir de boca y al asombro de la muchedumbre. A otros, acostumbrados a las potencialidades de los programas de diseño, tales montajes no asombran, es más, les son mañés.

Pero en la Viña del Señor hay salpicón para todos los gustos. Hay quienes llevan sus propias cámaras y elijen sus ortodoxas o mal encuadradas imágenes. Hay quienes portan costosas cámaras y configuran excelentes fotos, dignas de catálogos. Pero aún hay pueblo que paga porque les sean revelados los recuerdos de un paseo, casi de olla.

Por eso todavía se ve al fotógrafo de profesión, pisar las arenas de ciertas playas; con su vieja cámara o la descontinuada Polaroid, ofreciendo el registro del recuerdo y del instante soñado.

Así es como se dispara el flash al “muerto” que yace enterrado en la arena con falo extravagante o unas inflamadas tetas, ambos de arena. Se ven poses de terror que luego son montadas sobre otra foto que tiene un derrumbe de arena; o un pie que intenta aplastar a los paseantes. NO ha de faltar la foto del ser amado que yace impreso en la nalga de su ser amado.

Rituales se viven al borde del mar, rituales como el mismo hecho de pasear, después de ser ahorrados algunos pesos para poderse dar el gusto de regresar con bronceados o con la cuota inicial de un carcinoma basocelular. Los turistas y los que viven de ellos, todos juntos hacen parte del mismo ritual. Los unos aprovechan las temporadas altas y los segundos deben regresar a sus rutinas; todos son el devenir de una economía.

Es el mar, ese que tanto se nos aparece en los sueños para denotar las emociones y los sentimientos; ese que Jung usa para ilustrar la profundidad del inconciente colectivo. Ese mismo al que visitamos como si regresáramos al origen mismo de nuestra substancia.

Fotos: Santa Marta.

Entonces, el hombre se vistió, luego de pecar

El niño, el púber, la adolescente, la jovencita, el señor, el doctor, la ejectutiva, la jubilada, el rico, la pobre; todos sudan sus ropajes, casi todos manchan la axila de algodón. Por ello, las prendas son lavadas, escurridas y puestas a secar. Unas prendas son libres y secan al viento en terrenos rurales, otras ropas se ahogan presas en apartamentos cada vez más pequeños y sin circulación de aire; otros chiros invaden ventanales, techos e improvisados tendederos en cada parte de la casa; otros ropajes, son tan afortunados que los lavan en almacenes de grande marca, en seco y con cargo a la tarjeta.

Lo importante es que la prenda pierda su humedad, su mal olor, no se curta, no se manche, no tiña las demás. Lo importante es que luego cubra la desnudez del hombre, que sirva de hoja de higuera para cubrir vergüenzas, conejos, llantas y demás de-formaciones del cuerpo. Una vez vestidos, seremos juzgados por la prenda, la tela y la marca; por el tipo de mancha y vigencia de la moda. Una vez asumido el arquetipo correspondiente, nos daremos como presa para que los demás nos critiquen, se burlen, estallen en risa o se consuman en silencio.

Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. La Biblia de las Américas (© 1997 Lockman)

Comer, barrer y trapear

De doña Magdalena no se volvió a saber nada. Lo único que recuerdan sus vecinos era el escándalo con que lavaba la trapeadora cada día.

La Doña siempre tuvo un aspecto sano: robusta y de abundantes carnes; parecía a esas matronas holandesas alimentadas por leches sin pasteurizar; que hacían y consumían mantequilla a la vieja usanza: batiendo leches recién ordeñadas hasta espesar el líquido, para luego guardarlo en hojas de plátano en un lugar frío de la cocina.

Pero como nos contaron los vecinos, lo más gracioso y aturdidor, era la manera poco sana en que lavaba su trapero. Cuentan que doña Magda, como le decían, lavaba la trapeadora haciendo un escándalo de ello, la lavaba en la poceta agarrándola desde el palo y haciendo un movimiento como para destaquear el sanitario. Luego, en giros, golpeaba los cabellos del trapero sobre la piedra principal de la poceta y se desgarraba en gritos por recuerdos de su infancia: “No me pegués más, no más, no más”. La Doña, proseguía a enjabonar los cabellos de la “sucia” con jabón azul Rey, para salir al quicio de la entrada y golpear, esta vez, la escoba contra la pared como para quitar, de tajo, la mugre rebelde.

Doña Magdalena trapeaba cinco veces al día, las mismas veces que su madre le pegaba, que por que sí o por si de pronto. Una vez cogió camino a la cabecera del pueblo y no se le volvió a ver. Dejó todo tal y como ese día, incluso la puerta abierta y su última trapeadora.

Hagamos esto interactivo, ¿Por qué se fue doña Magdalena? Espero participación de los mudos.

Foto en La Ceja

Empanaditas de la Pastoral Social

Empanadas con carne o sin ella, con encurtido o sin él, de papa o de arroz. Centenas y centenas de ladrillos se unen entre sí gracias a los dividendos que dejan miles de empanadas vendidas a los largo del territorio. Pero las empanadas no se hacen solas, las hacen decenas de voluntarios, en su mayoría, señoras con vocación de servicio o simplemente por hacer costureros de una fritanga de comida popular.

Espere, mija, me lavo las manos. Espere me seco en el trapito. Espere pongo esta tacita con agua para ir mojando los dedos. Ahora sí, mija, estoy lista. Cojo de la masa, hago bolita con las manos, como quien concentra la energía del Tao y la amasa en el aire. Le pasa la bolita a Regina, que ella la aplasta con la tabla; ésta le pasa el aplastado a Teresita, que ella le echa el micro-relleno, sin carne se aclara desde ya, y ella misma la cierra doblando el círculo en dos mitades y se dispone a realizar una plana de pliegues con la parte superior de una cuchara tintera; la pone al lado que el nieto de Aura las echa en la paila.

* Tere ¿pusiste a derretir la manteca?
– ¿Cuál manteca?
* ¿Cuál va a ser? La manteca, mija, pa’ fritar las empanadas.
– Aura quedó de traerla.
/ ¿Yo? Yo no, yo traje la masa.
* ¿Entonces quién traía la manteca?
/ Regina.
% ¿Yo? Yo traje el encurtido. Yo no traje manteca. Usted quedó de traer la manteca.
* ¡Maldinga sea! No trajimos manteca y ya se están dando la paz. ¿Y asadas no quedan bien?
% ¡Hum! Hoy no hay ladrillitos pa’l Padre. Este día se perdió.

Fotos en Ciudad Bolívar.

¿Quién?

  • Tocan a vender enciclopedias pasadas de actualización.
  • Golpean para cobrar la “vacuna” barrial.
  • Tocan para avisar que el Reino se acerca.
  • Pasan a cobrar la cuota del club.
  • Golpea el niño y grita, porque aún no tiene llaves.
  • Llega la vecina con una mala noticia.
  • Tocan los practicantes para encuestar el hogar.
  • Llaman los ladrones haciéndose pasar por alguien.
  • Toca el borracho, confundido de casa.
  • Golpean rápidamente los mocosos -Aunque alguna vez lo fuimos-.

Cuando tocamos la puerta, lo hacemos aceptando toda una significación de sonidos: Toc, toc; ¿quién?; yo. Una vez reconocido ese yo tan general, se procede a abrir la puerta, confirmando que el código sonoro fue efectivo. ¡Quiubo, mijo, llegó temprano!; Sí, buela, nos soltaron temprano.

Percepciones de un medio día

Fotos: Villa de Leiva

¡El medio día es tan distinto en cada lugar! En algunas vías, es un hervidero de motores, humo y gentes, que esperan superar el trancón para ir a casa, almorzar en familia, reposar la panza y el cuerpo entero mientras se ven algunas malas noticias y unos chismes de farándula en la tele. En algunos barrios, el medio día es perezoso, nadie se asoma, todo ruge dentro de las cocinas y la paz se posa en sus calles. En el centro de cada ciudad, las muchedumbres caminan cada uno para donde su libre alvedrío no le permite: hay que aprovechar para consignar, pagar la cuenta, llevar el paquete, hacer la “vuelta”, meterse a la calle del comercio, cotizar el material, entre millones de actividades por hacer.

Hay mediosdías tan variados como seres en la tierra, pues el medio día no leva en sí mismo ninguna corporeidad o esencia del ser; esa hora del día es adjetivada por el hombre, teñida de sensaciones y valorada por cada uno. Lo que si parece muy común, es que después de ingerido el bocado servido al almuerzo, el comensal entra en un estado parecido al de meditación: un letargo lento pero que sucede rápido (ojalá entiendan la contradicción) que nos lleva a la somnolencia, al mundo onírico, a la vacuidad de pensamientos, a la felicidad del silencio personal…

- ¡Oiga! ¿Usted, no tiene qué trabajar pues? Son la una y media.

No tengo que explicar la siguiente sensación… ¿Qué me dicen ustedes?

¿Sí se alcanzó a secar la toalla?

Julia va por la toalla hasta el tendedero a ver si sí se secó. Lo comprueba y camina a pie limpio, hasta el baño. Desde ya hay que aclarar que los pies no están tan limpios, pero así se le dice por estas tierras al andar descalzo. Aclarar, también, que el baño no tiene puerta, sino que una cortina hace las veces de ésta. Aprovechemos esta interrupción para describir el baño en su interior: piso en cemento, sanitario despicado pero limpio, valga decirlo. Un jabón clavado con agujas y adornado con cinta rosada que está puesto encima del tanque, recuerdo de un Día de la Madre pasado. Algunos huecos que deja el ladrillo descubierto sirven para guardar y clasificar cepillos de dientes, crema dental (Allí le dicen Kolinos) y algunas cuchillas de afeitar.

Julia se dirigía al baño, decíamos antes de tan irrespetuosa interrupción, contenta porque la toalla estaba seca, casi tostada por el sol del día anterior. Si no hubiera secado, increpamos nuevamente, ella hubiera buscado pedazos secos para secarse como describo a continuación: con el centro de la toalla, aún mojado, se secaría el grueso del cuerpo; un tercio extremo serviría para secarse los pies y las comisuras de los dedos para evitar el fastidioso Pie de Atleta; el tercio del otro extremo lo utilizaría para secarse la cara que bien delicada es. Una vez hecho el ritual, cogería la toalla y haría un surullo envolvente y arabesco para encerrar su cabello y dejarlo ahí mientras se acabara de vestir.

Es un día cualquiera y Julia no trabaja, así que pasarán tres horas y no habrá terminado tan lento ritual que es el baño diario. Julia de devolverá, correrá la cortina, se agachará y recogerá la pequeña madeja de pelos que quedó después del baño, le quitará otro más envuelto en la barra de jabón y correrá de nuevo la cortina, vaciará el sanitario así esté limpio y apagará la luz. Llevará la toalla pa’ fuera aprovechando que está “haciendo” sol, ya que le aterra el olor de la toalla cuando no se seca bien.

Benditos los barrios donde la ropa queda bien sequita

Varios “chilangos” cuelgan ante un sol que se niega a calentar más; expresión figurativa si comprendemos que la temperatura del astro en mención es costante y que, además, no se esconde ni sale ni se va, como decimos diariamente.

Una ropa colgada así, tan simple, nos arroja variados datos de la familia. Cuántos son, qué se ponen, cómo los combinan, cuánto han “caminado” con esas medias, dónde están los mayores desgastes, quién está a la moda y quien está “pasado”. Se puede ver si hay niños en casa, si tienen bebé, tipo de tela, si usan de marca costosa o si de la barata.

Las ropas en las afueras de la casa, además de ventilar un capítulo de la intimidad del hogar, augura buen secado a menos que una voz avise próxima tormenta: “Ay, bendita, se largó a llover”, y otra voz se conduela y exprese: “¡Juemadre! y ya estaba seca”. Si el tiempo es permisivo con ellas, o ellos, si los hay; la ropa sera un nudo arrugado que se pondrá donde haya campo, el caso es que no se moje. Si la lluvia llegó primero, el vecindario verá, entonces, la ropa nuevamente al otro día “secando”.

Vivencias cotidianas, correcorres que no viven los que tienen apartamento. Estos últimos, secan su ropa en el interior, rogando que haga un sol secacobijas que se apiade para que las prendas no queden oliendo feo. Ni se le ocurra ponerlas a la vista del balcón, está prohibido en propiedad horizontal y tiene multa. Benditos los barrios donde la ropa queda bien sequita.

Los ricos también fían

Fía la doña, unas arepas; fía el don, una cerveza; fía el niño, un bonbonbum. El tendero atiende la tienda que para eso la montó, hace la cuenta en papel craf: cinco, y cinco: llevo diez, y tres: llevo trece, y ocho: ventiuno. Subo el dos, y cinco: siete, y seis: trece, más uno: catorce, más dos: dieciseis. Son ciento sesentaiuno, vecino.

¿Me los anota, don Arturo? Hombre don Mario, ya no le puedo fiar más, pere le muestro ell cuaderno todo lo que me debe y hace dos meses que no me abona. Esto es del niño, esto de la señora, esto del niño, esto también, esto de ayer, esto de la doña, y ésta es la lista del mes pasado que usted ya la conoce.

Don Arturo, aunque sea la mantequita, déjemela llevar; eso y dos huevos no más. ¡Hágame la caridad, don Mario, un abonito bueno y se lleva eso y algo más…

…Mija, ¿qué hacemos?…

Mientras tanto, en otras familias de dedo parado:

-¿A cuántas cuotas don Heriberto?
* A doce cuotas, si es tan amable, señorita.

…Mija, llegó el estrato…

Foto: tienda de Támesis

Cocinando recuerdos ante la mesa de la vida

Esta foto con tan poco color, con sombra marcada, con una estela de humo que baila lento cerca al fuego. Dos ollas, mucho tizne, fragancias que se escapan del menjurje y se cuelan por nuestras narices. ¿Qué se cocina al interior?

Se cocina la vida, los recuerdos, las vivencias, la niñez montañera de muchos; para otros, se cocina la niñez escasa de monedas y regalos. Destape y verá… es un imperativo, no lo dude. Destape a ver qué olores se obligan a entrar por las fosas ganosas de recuerdos.

Adentro, se hierve la sazón de la existencia, el caldo de la alegría. Puede ser sancocho, puede ser maíz pelao, puede ser cayo pa’ mondongo, puede ser hueso que se desprende en hervores. Puede ser la pata de res pa’ gelatina, puede ser el tamal que se cocina. No sé, díganme ustedes, estimados lectores, qué se le cuela del recuerdo con esa sencilla olla…

La presencia humana del soldado colombiano

Foto: Mauricio Pineda

La labor no militarista del soldado es más amable para con la población, mejor aceptada y bienvenida. El trabajo no armado de los militares dejan mejor huella que el derramamiento de sangre en cualquier escenario. Siempre será mejor ver a este soldado revolviendo un sancocho antes del medio día, que cegando la vida de quien pudiera ser su vecino de vereda. siempre será mejor la vida que la muerte.

Hablando de las bajas que el ejército da a guerrilleros, a veces escucho: “Muy bueno que los mataron…”. Inmediatamente me pregunto si esas personas, teniendo al guerrillero al frente  ¿serían capaces de apretar el gatillo y no vomitar después de hacerlo? Es fácil el juicio verbal cuando la sentencia es ejecutada por otro al que desconozco.

Siempre será mejor comer un sancocho comunitario, pelar la yuca, partir la papa, picar el cilantro, lavar el hueso; siempre será mejor revolver y comer humo con los ojos, quedar pasados por el olor; siempre será mejor sentarnos en muros o en cuclillas a sorbernos un sancocho, un trifásico* o la vianda que sea, a matar a un semejante.

Trifásico: sancocho, caldo popular compuesto de papa, yuca, plátano verde, hueso de res, pollo o gallina y cerdo.

CON LOS LECTORES…

Francisco Pardo Téllez: “Y ese muchacho arisco, ese que en sus silencios y en sus angustias se dejo meter “doctrina”, ese que impotente ante las injusticias creyó que era posible cambiar el mundo y escogió las armas, ese que anda escondido y ve desde la lejanía el rancho.. que siente de lejos el olor del caldo soso que dejo su ausencia.. ese que quisiera botar el fusil y correr a abrazar a la vieja y secarle con besos sus lagrimas… el hijo guerrillero, ese también añora el puchero… la gente no debiera matarse con hambre”.

Alberto Mejía Vélez: “Me gustan escritos que hagan recapacitar la conciencia de un pueblo adolorido y lleno de cicatrices tan hondas como el mar ¿Será así para siempre? Las heridas tienen cura ¿y el recuerdo?
Las balas que escupen los fusiles de ambos lados salen a buscar a las personas equivocadas. Son ellas, como los que apretan el gatillo, estupidez de un mundo fuera de contexto, cruel he inhumano. Nadie gana con la muerte; sí los que la patrocinan.
Qué bueno que ambos uniformes camuflados hagan el sancocho trifásico para los que están “muertos” de miedo, de seguro el caldo no será de lágrimas.
En tiempos idos el sancocho sólo llegaba a bifilar: carne y hueso de “calambombo” que ruñíamos como verdaderos carnívoros, algo que indisponía al perro, que babeándose, veía como el amo le dejaba el hueso “pelao”.

Nada más rico que agua de la canilla

Canilla o llave, el caso es que no hay nada mejor que el agua de la llave, gratis, fresca, fría, corriente, al alcance de ricos y sencillos. Otros, optan por dar $2.000 colombianos por una botella de agua, vieja, estática, presa, inerte y cara.

En épocas de colegio el estudiante no se pone con carajadas ni engreimientos, si tiene sed, si llega del descando, si sale de la clase de educación física; abre la llave (me gusta más canilla), deja correr los primeros centímetros cúbicos del oro del futuro, se moja la cara, pone la cabeza (recuerda el grito de mamá de que se va a torcer) y hace canoa para que el bendito líquido -Bendito sea-, entre al cuerpo que tanto lo necesita y refresque el mozalbete.

Bendita agua, bendito es tomarte de la fuente corriente. Benditos los pensamientos bienhechores contigo. Milagro de la consciencia.

Hay mucha gente que con poco es feliz

Hay gente cuya casa no está revocada, que compran fiado el pan de cada día. Hay gente con pena de ir a la tienda porque la deuda está a punto de estallar. Hay tenderos con una cartera millonaria. Hay familias que solo comen lo que les fían en la esquina. Hay tenderos que no saben como más cobrar. Hay familias que comen arroz… solo arroz. Hay tenderos que se quedan con las devueltas. Hay familias que están unidas… por la preocupación.

Hay casas con goteras, paredes con números de teléfono anotados, pisos de cemento, ventanas abiertas… sin marco y con cortinas de bolsa. Hay puertas abiertas… poco hay para robar. Hay cocinas sin poyos, ollas reparchadas, tasas despicadas, cubiertos de colección variada; todos, para servirle con amor.

Hay gente con pocos trapos como ropa, un par de zapatos para rotar en semana, un uniforme para lavar diario, un colchón para dormir cuatro, un radio como televisor, una paila en la que se hace todo, una aguapanela para celebrar, una cobija retaceada.

Hay gente que a eso no le para bolas y es feliz. Otros, viven resentidos por tal inequidad. Hay muchos, con mucho, que no saben de la existencia de personas en estas condiciones, creen que es ficción, cuentos de la televisión.

Solo quería recordarles…

Los traguitos mañaneros

Sé que a muchos les gustan los traguitos, esos que los ponen alegres, que los ponen a decir tequieros a sus congéneres, esos que hacen ver por duplicado. No le gastaré más letras a esos tragos ya que son de los otros traguitos de los que quiero hablar.

Una vez el aperezado cuerpo se levanta, a veces a regañadientes y refunfuñando, se dispone el guargüero a despejarse con algo calientico, previamente la madre o la abuela, si a bien la vida aún los tiene, ha calentado una ollada de aguapanela para tomar así o servir de base al tinto, entonces el cuerpo del comenzal se anima al ver la propuesta de un nuevo día con los calores que genera una caliente bebida en la mañana.

Otros, sin embargo, no tienen amor filial y salen sin “despacho”, es decir, sin la vianda empacada en coca de plástico comprada en promoción. A estos, parece que nadie les quisiera y entonces compran café o juagadura del mismo en cualquier puestecito, en cualquier carrito tintero. Compran su café, su tinto y se piden un cigarrillito para desayunar. Me disculpan los diminutivos, que tanto evito, pero así se habla en el argot ambulante, “¿Me das un periquito por favor?”, no sabe uno si va como pregunta o en imperativo, pero el tono resalta lo primero.

Vale aclarar desde ya, que periquito no es una especie de loro o perico australiano, que se trata de un café con leche en porción pequeña de tres onzas. Que tinto es un café de trez onzas y negro. Y que lo que se pide como café, es un café con leche en una porción mayor a seis onzas ¡Qué enredo, por favor! ¿quién se invento semejante madeja de entendidos?

Esconda la chupa que llegó visita

La chupa, el destaqueador, objeto útil en casa de algunos, prohibido en casa de otros. -Morelia, por dios, escondé rápido la chupa del baño que llegó visita-. De allí para acá, de aquí para allá; poco se toca, al lavarlo se hace con asco, al guardarlo es preferible seco.

Integrante del conjunto de objetos de la casa, pero menospreciado, excepto cuando surge la necesidad de un colapso penoso. -Morelia, traelo otra vez, bendita querida, questo se va a derramar-, se escucha con nervioso acento de lo que será fatalidad doméstica.

La visita entrará entre el corre corre que exige la emergencia, verá la vida real de primera mano, ayudará, si el don de la misericordia está con ella, pedirá un lavamanos y dejará el pandequesito para otra ocasión. *Morelia, mija, yo vengo mañana más bien, yo la veo a usted muy apurada*, concluirá en tono perentorio.

Olor a lomo sudado con fique de pueblo

La escena de la imagen ya produce olores en nuestra memoria olfativa a quienes hemos estado cerca de la misma: caballo lento y cansado, sin abolengos ni sangre semental ni pelambre fina que le haga caminar elegante. Costal de fique que hace las veces de colchón, lazo viejo untado de boñiga, sombrero sudao, viejo y quebrado, orín de caballo, tapa de cerveza, olor a botella vacía, músicas guascas, olor a viejo, sudor de tres meses.

Quien monta no es el rey, quien lleva el paso no es purasangre, a ambos se los lleva el tiempo sin herencias ni recuerdos. Pero cada uno es importante en su contexto: al semoviente lo estima la gente, lo golpean suave en el maxilar, le soban la crin, los niños piden una vuelta, el dueño no lo suelta. Al hombre, lo esperan en casa, le calientan sopa, le tuestan arepa, es importante en casa y, si muere, no será olvidado fácilmente, su foto estará en la sala frente al cuadro del Sagrado.

Ambos fueron unidos por el destino, por las cuerdas que hoy se mueven en las leyes. Es el efecto mariposa, el efecto yegua o caballo. Todo está conectado, incluso usted, estimado lector mío, está conectado conmigo, espero lo mismo con usted.

Hablar con el otro y escucharlo también

Somos gregarios. Una vez nacemos nos pegamos de la mama uniéndonos al otro, en ese caso, la madre. Crecemos y buscamos la manada que nos acompañe en el desarrollo salvaje de nuestra vida, pero más, para racionalizar con el otro y así, encontrarnos a nosotros mismos en una transferencia incosciente. El hombre solo, está muerto. Si no tiene un lenguaje para compartir, está muerto. Si su substancia no puede abrazar, apretar la mano del otro, está vacío.

Por ello el hombre se despeluca en las discotecas, se entera de chismes en las tiendas, conversa en las carnicerías, se saludan las señoras extendiendo la ropa, se aparean machos y hembras, discuten los amantes, se confiesan ante el lustrador de zapatos los políticos, se piropean los caminantes, se preguntan cómo amaneció y los más ignorantes responden “no tan bien como usted”.

Hablar con el otro es conservar la memoria, personal y colectiva, tradición oral que hereda historias, mitos y quejas. Hablar con el otro es crearlo porque la palabra crea, unos maldicen, otros bien-dicen y estos últimos cosechan el fruto de su siembra.

La elasticidad del tiempo

Para el niño el tiempo no existe y si existe no le alcanza. El joven se mueve entre la fluctuación del mismo. Para el viejo sin mayor ocupación el tiempo se le torna lento.  Para el enfermo, la medicina le parece ineficiente y la salud venidera parsimoniosa. Para el enamorado el tiempo viaja a la velocidad de la luz y mayor aún, produciendo náuseas y mareos intelectuales. Para el accidentado el tiempo desaparece, no sabe siquiera en qué momento sucedió todo. Para el que espera la muerte en la cama los minutos le son eternos y llenos de dolor. Para el que espera la muerte en pie, el tiempo le es corto para hacer lo debido y pedir perdones, tirarse desde lo alto y volver a ser niño, asombrarse con todo y escribir, abrazar y besar, decir teamos y vivir lo que le queda.

El tiempo es un juego de incertidumbres. Puedes asomarte al pasado cada noche viendo las estrellas, pues en cada estrella que veas, estás viendo la luz que salió hace cientos de años; podremos incluso estar viendo la luz de una estrella que quizás ya murió. Si deseas ver el pasado ocho minutos atrás, mira al sol en la mañana (A veces en la mañana se puede ver la esfera completa sin destello).

Para quien va a llegar tarde el tiempo se le está escurriendo del reloj ‘dalidiano’ y se le escapa en esa jornada. Quien llega temprano el tiempo lo bendice con más tiempo para leer mientras la cita se cumple. Para quien está preso el tiempo se elonga. El soldado tacha su tiempo vivido en el ‘mochímetro’*. Para quien es feliz el tiempo le es insuficiente; para el infeliz es insoportable y tienta a la muerte.

Para estos jubilados del Parque de Envigado y de muchos otros parques en cualquier ciudad, el “tiempo” es negocio, excusa y amparo.

¿Qué NO te trajo el niño Dios?

“Este tiene cara de que no le dieron el traído”.

¿Qué pediste que nunca te trajo el niño Dios? Con el cuento -verdadero- de que el niño Dios no tenía dinero, muchas peticiones nunca llegaron. Invito a que nos contemos, qué no te trajo el niño Dios y qué pides aún que no te ha traído.

Pucheros seniles, pensamientos juveniles

Esto podría ser lo que piensa el viejo:

  • Cuando jugaba hula-hula.
  • Cuando jugaba bote tarro (escondidijo).
  • Cuando jugaba yeimi.
  • Cuando comía corozo.
  • Cuando comía crispeticas rosadas.
  • Cuando comía arroz soplado.
  • Cuando me pegaban con verbena.
  • Cuando tuve zapatos.
  • Cuando me robé cinco centavitos.
  • Cuando comía cremas.
  • Cuando usé pantalón largo.
  • Cuando jugaba tocando puertas.
  • Cuando jugaba carritos.
  • Cuando hacía candeladas.
  • Cuando hacía comitivas.
  • Cuando me encaramaba a coger mangos biches.
  • Cuando comía limón con sal.
  • Cuando me echaban mertiolate.
  • Cuando me cascaron.
  • Cuando me dieron mis primeras llaves de la casa.
  • Cuando hacía mandados.
  • Cuando me comía la carne y dejaba la sopa.

¡Eh, siempre yo, pues! A ver, ayuden ustedes...

Dora Galeano:

  • Cuando me llevaban cargada al colegio para que no se me ensuciaran los zapatos.
    Cuando jugaba munequero.
    Cuando me rebolcaba en las mangas del barrio.
    Cuando esperaba a mi mama que llegara del centro con confites comprados en carabana.
    Cuando nos banabamos en las quebradas.
    Cuando cortabamos el chamizo para el arbol de navidad y luego lo forrabamos en algodon rosado.
    Cuando aun creia en el nino dios y los 3 reyes magos.
    Cuando recuerdo esos tiempos.

Alberto Mejía Vélez:

  • …Cuando rompímos el mejor pantalón aprendiendo a montar en bicicleta.
    Cuando entramos a la primera película para mayores.
    Cuando nos salió los asomos del bigote y nos tomamos la primera cerveza en la cantina de “Tito”.
    Cuando la primera novia nos regaló un pañuelito perfumado.
    Cuando llegaban las tías con regalos.
    Cuando jugabamos a los trompos, las bolas, pelota envenenada, escondidijos, coclí, “botellón”, chucha y tantos más.
    Cuando lloramos por el abandono de la niña de nuestros amores.
    Cuando nos pucimos el primer “cachaco” en Semana Santa.
    Cuando nos mamámos la ida a la escuela…vea Carlos sí quiere más, que le piquen caña.

Andres B :

  • hayyy… me di cuenta que ya estoy viejo, yo ya pienso en todas estas cosas.
    También me acuerdo de:
  • Las candeladas del diablo
    Bajar sentado en un patín por las faldas de Aranjuez
    Los perros que me perseguían por robar mangos
    Molestar los chivos de la bomba de Campo valdes
    Los litros de leche con tapa de aluminio
    Los sábados con Centella y Mazinger
    El juego de botatarro

juan celis :

  • El cofio, minisigui, las velitas….
  • Las bajadas en carro de rodillo hasta El Jordan, en Robledo.
  • Pescar corronchos en las quebradas(ya no hay ni una limpia.
  • Hacer globos y cometas, como me enseñó mi hermano.
  • Comer pecueca, chonta, uñaegato, moras.
  • Poder jugar pañuelito hasta la una de la mañana, tranquilos.
  • Kaliman, Arrieros somos, Montecristo, en la radio.
  • El rosario a las 6. Los mil jesuses… -y pobrecito el que se dormía- (uffff, todavía me duele el sentadero)
  • -!!!no corrás culicagado que más duro te doy!!!, y quién nos lo gritaba???
  • -la vecina buenona que nos tenía locos…
  • -ufff, remis, fierro, trompos, y perder todos los caramelos.
  • -los libros de Marcial Lafuente Estefanía, en San Juan, que nos cambiaban gratis por otro.
  • El jugo de naranja agria del gato negro.

otro que la siga pues…

La intimidad de lo cotidiano

Íntimo y familiar es la cotidianidad que particulariza a cada hogar o que, cuando es común a muchas casas, nos hace semejantes en los muchos quehaceres:

  • Que la arepa se le queme a la que le estaba “poniendo cuidado”, es familiar y un error íntimo.
  • Que la cama quede destendida porque no nos quedó tiempo de hacerla, es familiar y no quisiéramos que los demás se enteraran de semejante descuido.
  • Que las camisetas blancas, en la zona que corresponde a las axilas esté rota o tenga la dureza producida por el desodorante, es algo íntimo y vergonzoso cuando otro lo descubre.
  • La cantidad de información que contiene la bolsa de la basura, es algo íntimamente familiar y no debería ser descubierto por los recicladores ni por nadie más, excepto, por el antropólogo que haga de ella su objeto de estudio. Aún así es una violación.
  • Que el papel higiénico se haya acabado en el momento en que el usuario lo necesitaba, es algo íntimo y familiar, cuyo auxilio debería pedirse en voz baja.

¡A punta de machete! fui testigo

El primero, reposaba como muerto, como herido, sus músculos no soportaron más el peso de su cuerpo y esperaba tumbado en una banca de cemento.

El segundo, cabilaba en lo inmediatamente realizado. Lo hecho, hecho está. No hay atrás. Su mirada se confundía entre la templanza y la admiración por la dureza del verdugo de metal. Caminaba descalzo mientras revisaba continuamente el temple del machete, machete que había cegado, en otras ocasiones, la vida de pastos maduros.

Yo estaba lejos, con mi cámara y un objetivo prestado de buen alcance. Yo mismo fui testigo, así sobre el “yo mismo” que con “fui testigo” ya va el pronombre. El del machete nunca me vio, esperaba que no me viera. Fui testigo. No podía moverme, no podía perderme la foto.

El primero, dormía una siesta en una mañana de sábado soleado en Amagá. El segundo, no tenía más qué hacer, caminaba inoficioso, vacante, sin más pensamiento que revisar el metal de la herramienta montañera que segundos antes cortó alguna espiga de maleza. Al primero, le tomé la foto de segundo; al segundo, le tomé la foto de primero. Ambos son amigos, son vecinos, simplemente pasaban el rato cada uno. ¿Qué se estaban imaginando pues?

¡Así comienzan los chismes!

¡Vení dame una ‘palomita’!

Palomita: oportunidad de montar en un tipo de transporte móvil ajeno.

Tipos de bicicletas hay muchas: cross, ciclismo, ruta, todoterreno. Las hay de frono de mano, a contrapedal. Las hay con flecos en los manilares, con ruedas auxiliares para los principiantes. Hay con rines de teflón, con radios. ¡Ah! qué tal aquellas con sillín para tres pasajeros con imitación de piel de vaca, con pito de pera, con luz generada por un dínamo. Qué tal las ciclas que usaban los adultos en cuya parrilla trasera ubicaban un sillín adornado con flecos.

Fuere cual fuere, montar en cicla era un placer, y digo era porque, por lo menos yo, llevo años de no sentar mis nalgas en un sillín de bicicleta. En tierras planas es una bondad usarlas, ir como preso hecho libre rodando por toda la ciudad, conociendo los rincones más desapercibidos, transitando zonas prohibidas, llevando alguna pasajera enamorada.

A muchas de ustedes, sus novios las paseaban en cicla, o el doncel llegaba a la visita de ventana en ella, la dejaba parqueada o amarrada con cadena y en la sala, tomados de la mano y vigilados por decenas de ojos, se desarrollaba el sano contubernio. “‘¿Me das una ‘palomita’?”, sugería ella; “Sacá una almohada y montate, pues”, terminaba él.

Imagen tomada en Amagá, TomaTodo 4

Ciclas a la vera del camino

Pausas. En esas andan estas ciclas o bicicletas. Reposo. Contemplación. Las ciclas no reposan increpan algunos. Pero ellas tienen su propio cansancio y se hacen las que se le zafa la cadena, se pinchan, rechinan y no ruedan más; son estrategias de los objetos, de las substancias inertes. Mecanismos de defensa para evitar el abuso y la depreciación contable.

Las pausas, más que buenas, son obligatorias. Permiten ver lo inesperado, nos roban la mirada a cosas que nunca observamos. “Siempre llegamos a donde nos esperan”, Saramago en El viaje del elefante. A muchos nos fascina terminarde comer, sea noche, sea día y reposar la comida, “¡Ay, que lo llame más tardecito que él está reposando el almuerzo, que le deje razón”.

Pausas en el viaje para estirar el cuerpo y liberar la vejiga; para recoger Diente de León, maleza bendita; para otear en balcones naturales; para bañar en niño en aquella cascada. Pausas en el trabajo para tomar tintico (café) y desatrazarnos del fin de semana con aquel o aquella, para hablar de todo menos de trabajo, para llamar mil veces a la casa si se es mujer “¿Y el niño? ¿y la casa? ¿quién ha llamado? ¿y sí cojió la plata que había en la mesa? ¿sí le empacó yogurt?”, y de nuevo “¿ya llegó? pásemelo…”

Además de las pausas para morir…

Imágenes tomadas en La Ceja del Tambo.

“Aquellos diciembres que nunca volverán…”

Lleno de rituales es el diciembre católico. Rituales religiosos y mundanos. Como lo muestra la imagen, la elevada del globo era uno de ellos: El ritual comenzaba con la elaboración del engrudo, pegamento hecho con insumos de la cocina, luego la compra, corte y unión de los papeles ‘globo’. Una vez elaborado el globo, los expertos realizaban la mecha, elemento necesario para el ascenso del juguete que invita al fuego a la fiesta de corte mundano.

Hecho el esqueleto de alambre donde va la mecha, se unía papel y mecha y se esperaba el momento. “Traé la tapa de la olla pa calentar el globo”, rezaba el líder de la manada, y la olla tapaba el único orificio que debería tener el globo. Una voz externa -con varios tragos encima- intervenía para añadir al ritual otro elemento: un billete de cinco pesos con una nota escrita en él, era pegada con un hilo y asida al globo: “A ver quién se los lleva ijueputa”, recitaba el ‘prendo’.

Una vez lleno el globo de aire y humo calientes, se comenzaban a soltar las aristas del mismo a la vez que el joven, que estaba encaramado sosteniendo la cima del globo, descendía para ver la hazaña. Unos gritos rompían la calma; el globo se había enredado en unos cables -siempre pasa-, nada pasó, el globo continuó, tímido al principio, seguro luego.

Más arriba, el globo se iluminó más de lo normal, las llamas se asomaron, vistieron al globo, lo quemaron. Un papelito cayó resistido por el aire, era el billete de cinco, cayó a los pies del borracho que manifestó de inmediato: “Qué ijueputa tan de buenas…”.

Comentario de Diana López: “En la foto: quien tiene el globo de la parte superior, Rodrigo Blandón Correa QEPD. Señora cargando la niña: Luz tangarife Sánchez. Niña en brazos: Lina Maria Blandón Tangarife. Niño de sudadera roja: Emerson Blandón Tangarife. Señora de pantalon bota capana: Fabiola Tangarife Sánchez. Señor de camisa terracota: Conrado Tangarife Sánchez. Señor de camisa azul clara: Alfredo López Trujillo. Y yo (Diana López -mi esposa-) estaba en la barriga de mi mama jajajajaja. Se alegraron mucho de ver esta foto en el blog”.

Hay cocinas de cocinas…

Imagen de Daniel Romero.

Cachivaches abundan en el más pisado lugar de la casa, donde la trapeadora sale más sucia, donde los trapos se tiñen rápido, donde la mosca prefiere esperar: la cocina.

Ya escucho las quejas: En mi casa no hay moscas. Casi no entro a la cocina. Qué pena pero mis trapos son impecables. Entre otras voces de protesta. No lo tomen a mal, es quizá, la recopilación que mi lenguaje hace de la experiencia pasada de cualquier casa y que comparto en estas líneas.

A mi la cocina me encanta: poyo amplio, trapo disponible, orden, especias naturales, pimienta para moler, buen cuchillo. Pero no siempre las cosas son como se sueñan. Cocinas hay con pocillo de peltre roto, cedazo remendado, olla a presión (atómica o pitadora) sin mango, cuchillo sin filo cuyo único encargo es partir la panela dura.

Cocinas hay con fogón de leña, que algunos tildan de cancerígena. Negras de humo, con garabato para colgar el racimo o curar el chorizo. Con parrilla hecha a mano para las asar las arepas, con valde abajo para echar la basura y recojer la ‘aguamasa’ pa’ los marranos.

Cocinas de lujo existen, impecables, inhabitadas, sin sabor, sin olor, con exceso de enlatados, con alimento artificial, nevera de marca y gas purificado. Cocinas sosas, donde nada se inventa, nada se revuelve, ningún humo se pasea.

Casas con espíritu, esencia, carácter y recuerdos

Me encantan las salas, los cuartos, las cocinas de las casas donde vive gente común y corriente. Entre más populares sean más me divierto observando el acervo de artefactos que cuentan la historia familiar de cada hogar. Una composición que se me presenta como Kitsch, divertida, compleja, llena de detalles particulares, de pequeñas historias, de objetos que guardan relatos por narrar, de clavos que los soportan, de cables, carpetas de crochet, almanaques vencidos y vigentes, vida y colección compulsiva.

Estas fotos, tomadas en Guaduas, Cundinamarca, me hablan de la construcción, ya no de vigas, muros y cemento, sino de carácter, esencia y recuerdo, de interpretaciones, de categorías. La casa no se configura solo de sus materiales, sino de los objetos, artefactos, fotos, imágenes, afiches, cuadros, adornos, adaptaciones, modificaciones que le van dando una configuración personal o familiar que diferencian a cada construcción de las demás casas, incluso de las construídas de manera sistemática.

Muchas casas, diseñadas por arquitectos y ambientadas por diseñadores de ambientes o decoradores, hacen uso de objetos que pasan inadvertido incluso para sus mismos dueños. Objetos sin sentido, sin una historia qué contar, floreros mudos, artefactos de buena línea y pobre narración. No estoy en contra de las tendencias minimalistas ni del diseño depurado, me encanta el buen diseño y éste mismo cuesta el proceso de proyección que tuvo, pero quiero resaltar el valor de esta estética cotidiana que se presenta en los barrios obreros.

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