Riqueza y pobreza: estados mentales

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Hay quienes no soportan que su reflejo se vea en la imagen inversa del otro. Hay quienes no soportan verse en esos espejos. Es difícil ver nuestra riqueza o pobreza; solo en ocasiones que la imagen del otro nos permite atisbar la nuestra.

Hay quienes gozan de la inmutabilidad de las cosas, de la vida del vecino, de la economía del barrio. Anhelan “salir adelante”, pero con el egoísmo de ser los únicos, como si necesitara un referente atrás para poder hacerse a una imagen.

Hay quienes pegan un grito en silencio cuando algún vecino logra el avance de su economía. Juzgan, maldicen en silencio. Envidian. Esperan la caída y la imaginan. Lo que deja ver la realidad del verdadero significado de “pobreza”: un estado mental y no económico.

Hace algún tiempo, fui invitado a pernoctar con mi familia en una gran hogar. Este hogar se crió bajo el rechazado olor de pata de res quemada, para extraer y fabricar con ella, algo inesperado: dulce. Gelatina de pata. Jalea, blanca y negra, como gritan en algunas calles aún. Nos dejaron ver una historia de superación mental, de necesidades económicas superadas y de una mujer ¡GRANDE! Mariela Arango Jaramillo. De unos hijos levantados a punta de unos leños que chamuscaban los pelos de las patas de res, muchas veces bajo el rechazo vecino provocado por el olor de tal alquimia. Pero el hambre acosa más que las cuentas de servicio y hay que mover las manos. Hoy son emprendedores incansables, creativos, insatisfechos por la necesidad de crear. Lograron atravesar la barrera de su propia mente y crean lo que tanto soñaron: dulces, café, vivero, comida.

Dulces del Jardín, en el municipio de Jardín en Antioquia, es una lección de empresarial. Un genio de inteligencia económica que se pasea entre los genes de cada integrante de esta familia. La pequeña y oscura entrada que dejaba ver unas pailas atendidas por quienes se afanaban para sacar los dulces del sustento, quedó atrás. Al visitante, se abren los viejos portones para mostrar una la grandeza de la mente familiar que hoy orbita en otro estado, haciendo aún más bello a este municipio de Jardín, localizado en el suroeste antioqueño.

Agradecimiento: Hernán Cruz Arango. Aún estoy en deuda por la visita… Quedan aún unas letras por salir.

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Un café AMARGO, muy, muy AMARGO

Un viejo lector de este blog Todos Somos Iguales, Divier Ojeda Moreno, me envía un texto que me deja con ardor en el estómago; que nos invita a reflexionar y a tomarnos un café muy amargo. El texto publicado a continuación, está autorizado por su autor, Fredy González Zubiría. Fredy lo introduce de esta manera: “UNA CONFESIÓN, LOS NIÑOS OCULTOS DE SIBATÉ. Es un testimonio propio, cuya información y fotografías guardé con celo por tres décadas. Cuando lo escribía, recordé que en 2013 cumplo treinta años de mi primera investigación en campo. Esta breve crónica la dedico con cariño a mis amigos quienes en estos años han tenido la paciencia de leer mis escritos. Con este cierro la serie de artículos de circulación exclusiva por facebook y e-mail”.

Para Fredy, su título es el enunciado a continuación, pero yo extraigo una frase suya para titularlo: “El cementerio de niños vivos en Sibaté”. Léase, por favor, con un café bien amargo.

UNA CONFESIÓN, LOS NIÑOS OCULTOS DE SIBATÉ
Fredy González Zubiría
Escritor e investigador cultural.
Riohacha, La Guajira.

Siempre creí que el hospital psiquiátrico de Sibaté era para enfermos adultos y pobres, personas que tuvieron el infortunio de padecer dos terribles desgracias que producen aislamiento social, la miseria y la demencia. Jamás pensé que allí se encontraran niños, que además de lo anterior, perdieran el derecho a la infancia y a la alegría. El pabellón infantil de Sibaté es el pabellón de la tristeza.

En 1983 logré entrar gracias a un permiso especial. Me prestaba a realizar mi primer trabajo de investigación, para un audiovisual sobre enfermedades congénitas. Solo 30 años después me atrevo hacer público lo que encontré ahí.

Un inmenso portón de hierro era la entrada. Me atendió una mujer mayor, le mostré la carta de autorización y sentenció de mala gana “Siga”. –Mi trabajo es sobre los problemas mentales congénitos, le aclaré a la funcionaria.   –Aquí está prohibido tomar fotografías, me dijo a ver mi cámara. –Es un trabajo académico, le contesté. No dijo más nada.

Una vez cerrado el portón, se siente el aislamiento con el exterior. Este hospital, ubicado a solo 10 minutos de la capital de Colombia, es un mundo aparte, los ojos de la sociedad y la prensa solo llegan hasta sus muros. Afuera, esta hora decenas de turistas de Bogotá, llegan al pueblo tras las famosas fresas con crema, los que mencionan el hospital lo hacen con chistes de manicomios.


Mi desconocimiento del pueblo había hecho equivocarme de puerta, al atravesar el estacionamiento me encontré con un pabellón infantil y no de adultos. Un patio de unos cuarenta metros por treinta, bordeados por un pasillo cubierto con tejas de Eternit. Había murales con motivos infantiles, bancas de madera y algunas butacas dispersas.

Ese sábado vi cerca treinta o cuarenta pacientes, entre 2 y 16 años de edad. Unos altoparlantes dejaban escuchar rondas infantiles. Sentí escalofrío, pues los pequeños no jugaban, ni corrían ni hablaban entre sí. Se oían gritos y llantos marginales.  Parecía que no escuchaban la música.

En el centro del patio estaba un niño de unos doce años atrapado en una camisa de fuerza. Le pregunté a mi guía por él y me dijo “Él intentó sacarse los ojos, por eso lo mantenemos amarrado”. Otros dos niños estaban en sillas de ruedas con la mirada lejana. Un niño morenito se me acercó y sonrió, le causó curiosidad la cámara fotográfica.

En el pasillo unas camas-cuna alojaban a niños con hidrocefalia. Le seguía una cuna donde un bebé de apenas un año envuelto en una cobija, tomaba tetero. ¿Me pregunté qué hacía un bebé de apenas un año en el hospital psiquiátrico de Sibaté?

Más allá, otro de unos ocho años con las piernas muy delgadas, estaba  dentro  en  un  pequeño  “corral”  artesanal.  Nuevamente me pregunté si ese hospital, señalado despectivamente como “vertedero de humanos” era el lugar indicado para estos infantes. Sin ser médico presentí que no todos los pacientes de ese pabellón estaban allí por problemas mentales.

Luego de insistirle, la funcionaria me confesó que varios niños no eran enfermos mentales sino que nacieron con alguna discapacidad física como invalidez para caminar o ceguera, eran hijos de familias acomodadas y les producía vergüenza tenerlos en sus casas, porque serían una gran carga para ellos, pensaban que les dañaría sus vidas, y gracias a las relaciones y al dinero lograban que se los recibieran en el manicomio.

Reflexioné si los niños sin problemas mentales terminarían teniéndolos,  al  estar  prisioneros  en  medio  de  la  demencia. Sus padres hacían un aporte mensual en dinero a cambio de mantenerlos encerrados y ocultos en ese lugar.

La funcionaria me dijo con resignación que la mayoría que entraba, no volvía a salir, ahí pasarían el resto de sus vidas.

Estas personitas desconocían el mundo y el mundo los desconocía a ellos. No tenían pasado, ni presente, ni futuro, fuera de estas paredes no existían para nadie, ellos no sabían por qué estaban ahí, ni siquiera sabían lo que era ahí.

Ahora  esas  criaturas  deben tener un promedio de  treinta y cinco años, los que no fallecieron en ese pabellón, los habrán trasladado al de adultos, a esperar que los años sigan pasando hasta que la muerte llegue por ellos.

Cuando visité ese hospital yo era muy joven y estaba impregnado de los temores que nos dejó a la juventud de la época el Estatuto de Seguridad de Turbay, cursaba el primer semestre de Cine y Fotografía.

En esa época no reflexioné sobre la gravedad de lo visto en ese patio. Desde aquí les pido disculpas a esos niños, por no pensar que debí de alguna manera denunciar lo que les estaba pasando, y por eso termino de escribir estas letras con los ojos aguados. Hoy saco fuerzas para publicar esta vergüenza del país: el cementerio de niños vivos en Sibaté. Espero que ellos me sepan perdonar lo tardío.

De las piedras que ya no son piedras

Está presente en muchas casas y pasa desapercibida; es inanimada pero depositamos en ella valores sentimentales; no es preciosa pero tiene más brillo que sus semejantes: la piedra de trancar la puerta ha trascendido el concepto mineral para venir a significar un enser más de la casa con trascendencia generacional.

Día festivo y el ritual de la familia era hacer el llamado paseo de olla. El lugar sería el de siempre: los charcos de Porce; la comida, igual: sancocho de hueso; el transporte: un ‘Renol 4’ –por eso no se preocupe que ahí cabemos todos-. Una vez allí el goce es como el de cientos de familias con el mismo ritual de hacerle honores a la olla y al cocinar en leña. Baño, cerveza, sol, pecas, blancuras y río, mucho río, o quebrada más bien. En ella, yace Yolanda temerosa de meterse más adentro, pues, en sus palabras “El río es traicionero”. Cerca a la orilla y con el agua en las rodillas se dedica a mojarse el resto del cuerpo. Con un paso mal dado se resbala y saca la piedra culpable de la caída: redonda, pulida y diferente a las demás; ha dejado de ser simple piedra y comienza a ser objeto de un leve deseo. Al mostrársela al resto de la “patota”, todos asienten y aprueban la idea de Yolanda de llevarla a la casa. Una vez allí, la piedra fue ubicada en el suelo para cuñar la puerta que, a diario en las tardes, mantiene abierta. Del paseo han corrido 52 años y la piedra, aunque a veces inadvertida, ha sido trasteada en tres ocasiones y, según los colores que se le alcanzan a percibir, ha sido pintada en varias oportunidades con el mismo color con que han pintado los zócalos de la casa.

El tema se repite en muchos hogares de Colombia. Cambia el río, el destino del paseo o el tipo de roca; pero muchas piedras han dejado de ser simple substancia mineral para convertirse en un objeto con más valor y apreciado por la familia. Para corroborar esta tesis, basta preguntarle a los dueños de las piedras cuántos años tienen de estar prestando la función de tranca y comienzan los años a saltar por decenas hasta encontrarse con rocas de medio siglo y más. La misma pregunta podría hacerse para la piedra de machacar la carne y el patacón, obteniendo, incluso, datos más detallados del porqué fue elegida para tal función.

María Eugenia Ramírez, funcionaria de la Escuela de Idiomas de la Universidad de Antioquia relata que la piedra que tranca la puerta de su oficina puede tener más de 14 años, ya que cuando llegó a ocupar su oficina estaba allí e incluye que la señora del aseo siempre la limpia cuando está trapeando. Aunque las trancas no son siempre piedras: en el tercer piso del edificio administrativo de esta universidad, una reproducción: Fuente Ceremonial, del artista Germán Botero Giraldo, es la obra que le impide a la puerta moverse ante la imposibilidad que tiene la cuña de la puerta de cumplir dicha misión. En otras oficinas de este edificio administrativo se observan: una plancha antigua, materos, una piedra blanca, entre otros.

En Amagá, Marina López, narra que dos de las cuatro piedras de la casa tienen más de 46 años, que son los años de estar viviendo allí, cerca del parque, más algunos años de su residencia anterior. Una de las piedras, harto redondas, está pintada de ocre; pero una escalografía hecha con la uña revela un azul anterior, colores con que se han pintado los zócalos. Este hecho de pintar la piedra le da un significado a la misma, lejano de su contexto mineral, para ser un elemento re-cogido y re-significado.

Los ejemplos son muchos y muchos son los tipos de piedras u objetos que sirven de cuña a las puertas, lo que invita a reflexionar en el tema de la seguridad, pues es en las casas donde se acostumbra este uso, ya que generalmente en apartamentos de unidades cerradas y en edificios no se deja la puerta principal abierta. Quienes gozan del ritual de mantenerla abierta son los habitantes de casas que pueden ver el sol en sus tardes, que saludan al que camina; allí, en estas casas son propicias las piedras y los objetos para que la puerta no le cierre la entrada al aire. Múltiples objetos, entonces, son pertinentes para cuñar: un caracol que alguien trajo de algún paseo o, específicamente, de San Andrés, como lo hay en el bloque 22 de la Universidad de Antioquia; una botella de Menta Colombia pintada de blanco; un retal de madera de una marquetería y una máquina de coser en Támesis, una piedra del color de la puerta en Barichara, Santander; un gato de plástico que ha sido llenado con arena como lastre, en la Comuna 13 de Medellín. Pero si se hiciera inventario saldrían a decir “presente” muchos dueños e inquilinos para elaborar una retahíla de piedras, objetos y “cosas” al lado de una secuencia de años de existencia y valoración que relatarían anécdotas recuperadas de la memoria familiar.

Es pues, la piedra como elemento básico de tecnología en tiempos digitales. Es el objeto que ha sido re-contextualizado para aplicar sobre él nuevos significados. Es la valoración de lo útil por encima de lo comercial. Es el contacto con lo básico, mineral y primitivo. Es el anhelo de mantener la puerta abierta en tiempos violentos, para así acercarnos a nuestro pasado rural con vista al horizonte lejano lleno de verdes y de paz.

Interactividad
Para trancar la puerta o machacar la carne ¿Cuántos años tiene la suya?

Por los apodos se conocen las familias en Amagá

Publicado en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, 4 de marzo de 2012
Por Carlos Múnera

Salga del Valle de Aburrá, tome camino vía al Suroeste, ingrese al municipio de Amagá y conozca a: los ‘Pájaros’, los ‘Cucarachos’, los ‘Palomos’, los ‘Tigres’, las ‘Cigüeñas’, las ‘Arañas’, los ‘Burros’. No es que este municipio haya cambiado su vocación minera y esté impulsando el tema ecológico, que lo puede hacer; se trata de un fenómeno social arraigado desde hace años en este territorio antioqueño: los apodos familiares. Una especie de bautizo comunitario que se presenta por familias y que hace que los verdaderos nombres de sus integrantes sean poco conocibles y conocidos.

En Amagá, pocos reconocen, por ejemplo, a María Isabel Betancur; pero si pregunta por ‘Mape’ o la ‘Mapeleña’, esposa de ‘Boquepato’, inmediatamente le darán razón y paradero de ella. O si pregunta por Silvia Socorro Giraldo Ossa, dirán que jamás ha nacido tal mujer; pero si pregunta por la de los ‘Cenizos’, sabrán de cuál doña Silvia se trata. Cuenta María Isabel que el apodo familiar tiene los años de su esposo: 65; y que se lo pusieron a él y a sus dos hermanos desde pequeños, “Dizque porque cuando nacieron, tenían la boca puntudita”, detalla María -¿o ‘Mape’?-. Ella y Darío ‘Boquepato’, tienen tres hijos y a esa generación también la identifican con dicho sobrenombre familiar, aunque cada uno tiene el suyo: ‘Tata’, ‘Muñeca’, ‘Tato’ y ‘Pingüino’, este último, fallecido.

El origen de cada apodo se adhiere a cualquier circunstancia. Silvia Giraldo, de los ‘Cenizos’, cuenta que su hermano, José Manuel Giraldo, tuvo un carro de servicio público color cenizo hace 25 años, y que desde ahí comenzó el mote familiar que cubrió inmediatamente a nueve hermanos. Al escuchar: ‘Kika’ grande y ‘Kika’ pequeña, se podría hacer una representación de una asimetría física femenina, pero se trata de Miriam de Jesús Atehortúa Sánchez, la ‘Kika’ pequeña, hija de Carmen Luisa Sánchez, la ‘Kika’ grande; integrantes de un grupo familiar de cuatro mujeres, que deben su apelativo a Luis Enrique Atehortúa ‘Kike’, esposo de Carmen y quien lleva 60 años con el apodo, heredado también a sus ‘Kikas’. Al clan, no les molesta que los llamen así, es más, no los conocen por el nombre.

Algunos alias deben su inicio a fenómenos lingüísticos como el caso de los ‘Peítos’, término que estimula algunos sentidos, pero que en este particular se debe a la síncopa del diminutivo de Pedro: Pedro-Pedrito-Peíto. Otros, por la actividad económica de alguien de la familia o por alguna condición física. A las ‘Coneras’, porque Raúl Arboleda, vendió conos; los ‘Mencos’, por tener un padre grande; los ‘Chinos’, por un papá pequeño; los ‘Tonelada’, por un padre gordo; los ‘Aguacateros’, por un padre vendedor de aguacates; los ‘Lágrimas’, porque dicen que Alonso lloraba mucho; los ‘Campesinos’, porque tenían una casa donde llegaba la gente del campo a cambiarse pantalón y botas antes de ingresar al casco urbano.

La lista de remoquetes continúa y hace ver que las partidas de bautizo solo han servido para las matrículas estudiantiles, la apertura de cuentas de banco y algún oficio radicado en notaría; pero poco o nada para identificar a los integrantes de grupos familiares: las ‘Cagadas’, las ‘Miadas’, los ‘Arbolitos’, los ‘Mochilos’, las ‘Mafifias’, los ‘Pencas’, los ‘Mojojoy’, los ‘Morolos’, los ‘Pelayos’, las ‘Manicorticas’, los ‘Tiznados’, los ‘Mondongos’, los ‘Pastrana’, los ‘Julipos’, las ‘Niñabonitas’, los ‘Gurusos’, los ‘Cabezones’, los ‘Marraquetos’, los ‘Cucharas’, los ‘Pininas’, las ‘Pimpinas’, los ‘Maúllas’, los ‘Cholas’, los ‘Cajiaos’, los ‘Piscos’, los ‘Espíritus’, los ‘Cebollos’, los ‘Albóndigas’, los ‘Panaderos’, las ‘Ninaninas’, los ‘Coloraos’, los ‘Mollejos’, los ‘Tocamochos’, los ‘Cuchillos’, las ‘Porcelanas’.
Laura Cristina Rodríguez, del clan los ‘Buñuelos’, cuenta que su abuelo, Jesús Estrada, gustaba demasiado de los buñuelos y, en alguna ocasión, se sentó en una panadería a comerse muchos, demasiados para una sentada; hecho que lo llevó a ser identificado con dicho mote al igual que a su descendencia de 11 hijos, más los nietos, bisnietos y tataranietos: 50 familiares aproximadamente. Juan Miguel Tabares, bisnieto de Jesús Estrada, tiene seis años y no le gusta que le digan con el alias de su familia, él dice que es de los ‘Tabares’, que no es ¡ningún buñuelo!

¡La lista no termina! continúa por calles y carreras, por centros poblados y caminos veredales. Así que si quiere conocer más apodos familiares de Amagá, ingrese a la ‘Vecindad del Chavo’, una casona que fue dividida en pequeños apartamentos y que pertenecía a los ‘Albóndigas’; pase por el ‘Callejón de las Arañas’; vaya a la ‘Calle de las Garcías’ o a la de los ‘Pinches’; suba a la ‘Esquina del Gato’, que queda en la ‘Cuadra de los Pinches’ cruce por ‘Shangai’ y conozca a los ‘Peítos’ o vaya al ‘Callejón de la Esperanza’, por dónde viven los ‘Mierditas’ y observe este fenómeno social bastante curioso, o pregunte por Marina, la de las ‘López’, que fue quien me llevó de la mano por ese laberinto de seudónimos familiares que configura una forma diferente de nombrar al ser.
¡Tranquilo! Si no ha logrado entender este enmarañado tejido humano municipal, si se le ha dificultado hacer el mapa generacional o esbozado la red que une a este municipio, espere que le cuenten lo que pasa cuando se unen dos clanes familiares cada uno con sobrenombre diferente. ¡Dé “papaya” y verá que también le ponen mote!

De álbumes, caramelos y otros recuerdos

Publicado por Carlos Múnera en Generación, páginas 10 y 11. El Colombiano, 4 de diciembre de 2011.


La cabeza de aquel infante apenas alcanzaba la parte inferior de la ventana enrejada que servía de tienda, mostrador y despacho, donde don Arturo exhibía cuanta carajada le era prohibida a los niños: pistolitas accionadas con banda elástica, cofio, minisigüí, pelotas, crispetas rosadas, llaveros con personajes varios, calcomanías para la piel, Kalkitos y sobres, en papel periódico, con cinco láminas en su interior de la serie infantil Centella. “Donarturo, me vende tres sobrecitos desos”, decía el niño señalando los sobres e intentando saltar para alcanzarlos, “…y me vende el álbum también”, remataba. Luego, en casa, era abordado por su madre, quien estimulaba su espíritu con una ramita de verbena que reposaba en remojo: “Tome, por gastarse la plata en pendejadas”, justificaba la doña.

Esa labor de “enciclopedismo” emprendida por tanto niño en cualquier barrio de la ciudad, se ve recompensada años después cuando, como padre de familia de cabello en menguante, le abre a su hijo las oxidadas páginas de un álbum lleno, y lo encanta en ritual ceremonioso, con pequeñas historias que recuperan la memoria personal y colectiva de un estadio de la vida. Sucede en familia y sucede al calor de unas sonrisas que resuenan en amenas tardes. Se justifican así, tantas “pelas” donadas por algunos padres, excepto cuando el álbum era de Panini y su tema: el fútbol. Allí el cuento era y es otra cosa.

Se trata, pues, del pasatiempo de tratar de completar los tan apreciados álbumes de caramelos, cromos o pegatinas; como también se conocen en otras latitudes. Es ésta, una actividad de construcción y coleccionismo, ejercicio de atesoramiento de lo inalcanzable, como son los álbumes con láminas de personajes de la televisión y del mundo animado. Hay que decir desde ya que estos últimos, son cuadernillos hechos sin créditos por tipografías que prometen al coleccionista, una base de premios que nadie da cuenta y que dejan al iniciado: ¡iniciado! ¿Dónde reclamo el yo-yo Russell profesional si lleno la página siete como se promete en el colofón?

En estos días, a propósito de la circulación del álbum Medellín es un caramelo, han salido del escaparate de los recuerdos muchos otros álbumes que han hecho parte de la historia familiar: unos, con olores a sudor y a guayos, de láminas plateadas y mucha pompa con fotos 3×4 y estrellas millonarias. Otros, con edición de los años setenta y fragancia de formol, con fauna, vegetación y huesos del cuerpo humano o el crecimiento del feto, como el de La Vida. Otros menos legales, con aire de litografía sin secar, son reconocidos en los barrios obreros junto con sus premios leoninos. Están, además, los famosos álbumes con olor y sabor a chocolate y su posicionado “caramelo escaso”.

Las ediciones de cada una de estas cartillas, cuyos dueños esperan completar con sus respectivas láminas, recrean en ellos acciones, comportamientos y rituales que nos evocan un pasado personal: el intercambio de láminas entre amigos y desconocidos, lo que estimula la interacción y el fortalecimiento de lazos de amistad. La compra, venta y reventa de caramelos y álbumes, en sitios “autorizados”, a veces improvisados, no por ello menos legítimos; lo que estimula el comercio. Guardar el álbum para que la prole, una vez crecida, descubra el valor de un buen pasado al calor de un encuentro familiar o sorprenda a sus padres con profundas observaciones: “¿Y por qué no lo hiciste en Internet; Flickr por ejemplo? ¿Papi, por qué las páginas se pegan, no tenían adhesivo esos caramelos?”. Tanto poder llevan en sí los caramelos o cromos, que han llegado a convertirse en el papel moneda entre estudiantes de algunos colegios donde se intercambian juguetes y alimentos por caramelos harto deseados; transacciones prohibidas por las directivas docentes pero que tienen un elemento de emprendimiento básico e ingenioso trueque.

Medellín es un caramelo, ha propiciado que en algunos espacios de la ciudad se vean aficionados, grandes y pequeños, tirados en el suelo y sin rubor, pegando e intercambiando láminas para este álbum que se configura como un ejercicio de integración, de apropiación del territorio a través de unas imágenes que nos acercan a la ciudad, y de unas costumbres que nos identifican como comunidad; un ejercicio de comunicación y tejido humano, lejano de una actividad exclusivamente comercial.

Hoy, la posibilidad de acceder a través de Internet a millones de imágenes a través de los oráculos virtuales, mengüe, en ciertos públicos quizás, la afición a coleccionar imágenes a través de los álbumes de cromos; pero ciertas temáticas reviven por momentos este tipo de afición. La invitación a jugar con Medellín es un caramelo, está abierta para que, en algunos años, este álbum sea como urna en espera de que sus sellos sean abiertos, para observar con nostalgia y alegría una ciudad en acelerada transformación. Eso sí, para tal época las páginas no estarán pegadas entre sí, pues los de hoy, son láminas “modernas”. No haga como dos amigos que me ayudan a llenar el mío: “Estamos felices llenando y recordando, pero el cansancio fue echarle pegamento a cada caramelo”. Alfredo, Nohelia: los caramelos tienen su adhesivo ¡Plop!.

De 5 años y ya con fierro en la escuela

Solo tiene cinco años y ya carga el fierro para la escuela. Se lo encaleta entre el pantalón y entra al salón sin que sus profes se den cuenta que lo lleva. Al salir al descanso, saca el fierro, el tote, la pistola; le apunta a un compañero elegido al azar y dispara ¡PUM! Se lo tumba. Se lo lleva. Se lo baja. Tiene solo cinco años y se ríe con lo que acaba de hacer.

La profesora sale angustiada del salón y observa tal escena, llama al niño con su arma y al que yace tirado en el suelo, les insiste en entrar y en no jugar con armas, así sean de juguete, así sea con balas de aire y onomatopeyas asesinas. –Presta para acá, no deberías jugar con eso-. Luego, interviene la sicóloga y continúa un devenir de acciones en el Centro Infantil San Blas, comuna 3 de Medellín.

Esta historia se repite en la sede de la Fundación Solidaria, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en convenio con la Corporación Educativa Nueva Gente, Coringe, que atiende a 300 niños en el marco del programa Buen Comienzo, de la Alcaldía de Medellín.

Por ello, el grupo de trabajo de esta institución, bajo la coordinación de Élika Acevedo, tienen programado para el 28 de septiembre un desarme simbólico con la presencia de la Policía Comunitaria de la Estación Jardín. Los niños entregarán sus juguetes bélicos en un acto de sensibilización, paz y convivencia; lo harán y serán recompensados con algún dulce.

Campañas como estas, en las comunas donde existen flagelos de violencia, buscan sembrar valores en estos niños, crecidos en la orilla de la violencia y alimentados con imágenes de sangre, terror y armas; además de unos valores invertidos donde, el poder de un arma, es el anhelo de estos pequeños. Qué se puede pensar cuando uno de esos chiquillos comienza a revelar datos del entorno familiar: “Ah, profe, es que mi papá estaba limpiando el fierro…”.

Las ideas son muchas; las ganas, todas; pero las limitaciones también. La idea original de la coordinadora Élika Acevedo, era de cambiar “armas” por juguetes creativos, no bélicos, pero la premura del tiempo y de la economía, hacen que solo tenga algunos dulces para canjear en este primer desarme simbólico.

Quienes quieran conocer este lugar:

    Contactos al (574) 571 29 36, Diana Flórez (Sicóloga), Claudia López (Nutricionista), Élika Acevedo.

    Si desean desatender a sus egos y ver la realidad de otros sectores menos favorecidos o golpeados por la violencia, les invito a llamar o conocer esta iniciativa del Centro Infantil San Blas. Si desean donar felicidad a 300 niños y compartir sus riquezas con ellos… ¡Ya saben!

    Foto tomada en visita al Centro Infantil San Blas. Juan Pablo Ramírez, Galileanos. Carlos Múnera.

    Amores del piso. Cartas recogidas del piso


    En el Medellín que no se ve a simple vista, sorpresas deparan sus calles.

    Crónica publicada el 6 de agosto de 2006 en el suplemento GENERACIÓN del periódico El Colombiano,

    A Julio César alguien lo extraña. Otra, pide a Dios un nuevo empleo y pagar sus deudas. Ovidio le da 10.000 a Esther para el pescado y los pasajes. Wilder no quiere que ella le despache más el almuerzo. El Negro la ilusionó en los alumbrados. No sé a quién, trataron de arrimada y limosnera. Muchos “chatean” en clase. Una pareja se cita en un baño…

    Soy yo, el coleccionista de cartas de amor recogidas del suelo, un “voyeurista” de amores ajenos. Veo una ciudad que otros no ven, una ciudad a ras de piso, que me cuenta sus historias de amores y sinrazones. No es que camine mirando para el piso siempre, es que ya las huelo, ya sé cuál puede ser una de ellas, son evidentes ya para mí; aunque a veces levanto cuentas inútiles, exámenes perdidos, tareas incompletas o hasta un teléfono de “Concel”. Es que la gente ya no bota billetes como antes, sino, me dedicaba a eso.

    No se quién más tenga esta afición, pero yo camino siempre buscando una nueva historia, un nuevo pleito, un viejo enredo. Mi placer es completar historias rotas, imaginarme los personajes implicados, inventarme sus trabajos, ver por el rabillo del ojo más allá de las letras, entrar en la casa de algunos y conocer sus conflictos, ser testigo de engaños, escuchar patente el tono de los reclamos. Hasta sé cómo se visten mis personajes, cómo lloran o cómo se enamoran.Esas cartas que recojo son un festín semiótico para alguien que trabaja con la imagen (diseño gráfico). El tipo de letra me dice que es mujer, el doblez me dice que la guardó en una billetera, el cambio de estilo y de roles me dice que es un “chat” en papel; la ortografía y el texto, me revelan el grado de escolaridad, los pedazos rotos me gritan dolor y entre más piezas, más dolor; el tipo de letra me da la personalidad.

    Ellas son evidentes a mi paso: Asomos de tinta de bolígrafo, algún nombre y dos puntos, desechadas, arrugadas o rotas en 16 pedazos de los que encuentro 13 -justo el nombre del firmante ¡Qué falla!- …Sí, es que también las armo; me siento como arqueólogo con pinzas y cepillo a limpiarlas, unirlas, ordenarlas y pegarlas con la pasión con que armaría un rollo del Mar Muerto o alguno de mis rompecabezas, para entrar al final, a una nueva casa, una nueva relación, un nuevo amor o uno que otro disgusto.

    Pero antes de armarlas tengo que encontrarlas y los días soleados no son los mejores, pues la mayoría las encuentro en inviernos lentos. Completar algunas de ellas me ha llevado incluso a repetir la búsqueda por tres días -15 minutos por día ¡tampoco!- , a meter mi brazo en una alcantarilla por fortuna limpia, a agacharme en plena calle Carabobo, a mojarme en plena lluvia buscando dos piezas clave.

    Yo, que vendí tarjetas hechas a mano en el Politécnico Colombiano, que escuché atento historias varias para redactar cartas de amor con mi pluma y letra, veo hoy el otro lado un poco más oscuro, el lado del reclamo y el desamor, de la angustia y del dolor, también las de amor, de colegiales, adolescentes y mayores.

    Soy un amante de la ciudad, soy caminante, leo historias urbanas, crónicas; leo también textos en los baños universitarios, en el espaldar de las sillas de los buses; los textos en pared de algún sindicato, las hojas de atrás de los cuadernos, los rayones en los libros. Todo habla, todo revela, todo me produce una sonrisa. Una pregunta.

    Hoy las guardo justamente en una caja de lata donde vino uno de mis rompecabezas, otra de mis aficiones. Sigo a la espera de más cartas; algunos que saben de mi manía me ofrecen las suyas, pero les digo que no saben lo mismo, que las prefiero inéditas, anónimas y de la calle o dentro de los libros, abandonadas unas, rotas otras.

    Por el momento les cuento… Que alguien allá luchará por Juan José. Que una Diana ve la vida con más claridad. Que Marlon siempre estará ahí, para cuando lo necesites. Que feliz Día de la Mujer para Ermelia. Que Rodrigo tiene unos ojos tiernos.Que usted que me está leyendo, está pensando en quemarlas la próxima vez… Déjelas por ahí, no le hacen mal a nadie y sí feliz a mí.

    Lo dicho, dicho está. Fragmentos tomados de las cartas encontradas. Se conservan la redacción y la ortografía original. Carlos Múnera registra en su diario el lugar del encuentro de la misiva y el estado físico de la misma:

    Encontrada el 13 de abril de 2006. Bello, cerca de la autopista

    … mas aburridor de my vida por porque me trataron de arrimada y tambien me trataron de limosnera pero yo me quede hay por que yo queria seguir estudiando y el estudio era lo unico que yo anelaba pero fue tan aburridor por que por medio de esos disgustos tambien medijieron que me iva a quedar …

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    Encontrada el 16 de agosto de 2004. Parque de los Deseos

    hola como estas epero que vien te escribo esta carta para decirte que feliz dia de la mujer y q´gracias por averme cuidado en todo este tiempo perdón por averme manejado muy mal con tigo estoy muy arrepentida por aver hecho cosas malas feliz dia de la mujer te quiero mucho

    TQM mamita

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    Envigado. Sin Fecha al recogerla. Reverso de resultados de las loterías

    Wilson la nostalgia seva apoderando de mi pero tu ausencia me duele hablame para saber a que me atengo Doris

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    Avenida Cabañitas. Encontrada el 20 de febrero de 2005, 1:00 p.m. *Nombres cambiados

    Orlando*: Nunca habia conocido a un hombre tan mentiroso como usted. Q vive muy mal con maria* y duerme en la misma habitacion con ella, la saca a comer al centro, le regalo celular para que lo pueda localizar facil, por eso es que usted lo apaga. pero es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted. yo me pregunto q estoy asiendo con usted. si usted desde hace mucho tiempo se olvido que yo necesito muchas cosas. pero para mi no hay plata, siempre tiene gastos. pero a doña Maria, le saca de la revista y tiene de todo.otra cosa cada q usted esta tomando dice que esta con un compañero, yo estoy segura que es mentira no le comento de otras cosas que me di cuenta por que no vale la pena.Orlando: usted ultimamente me da 10000 para comprar pescado y los pasajes. yo no necesito nada mas pescado. yo entiendo que usted tiene una obligacion. pero antes no era asi con migo. ultimamente se esta dejando con algunas obligaciones que tenia con migo. y yo creo q tengo algunos derechos como la mujer q según usted lo hace feliz: hasta pronto Yolanda*

    Carabobo, sector La Alpujarra. Encontrada el 1 de agosto de 2005, 7:15 a.m

    ¡Por el tubo del medio, por favor!

    Los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana.

    Publicado el 7 de mayo de 2011, en El Colombiano, página 2A, ver en el original…

    Varias señoras esperan bus en el paradero de una esquina, todas usan lentes, cada una espera una ruta distinta. A dos cuadras de distancia se acerca un bus, una de ellas lo reconoce y comienza a despedirse, se monta y se va. Al rato, la segunda se despide de quien queda, pues identifica, a una cuadra de distancia, que el bus de su ruta se acerca. La tercera queda sola y espera el suyo, que por cierto ya se acerca, pues lo reconoce de lejos.

    Esta capacidad de reconocer la ruta o el bus que se espera es posible gracias a que cada cooperativa de transportes ha vestido sus buses y busetas con colores corporativos que la gente asocia de manera efectiva. Es posible identificar a la distancia los de Laureles, Belén, Manrique, Envigado, Girardota, entre muchos, pero para reconocer las rutas de las busetas alimentadoras del Metro hay que esperar a que estén a la distancia necesaria para leer la tabla de la ruta por donde pasará. He aquí el núcleo del asunto que quiero abordar.

    Hace poco una amiga, docente del área del diseño gráfico, me preguntó por algún problema de comunicación visual real para abordarlo desde la investigación. Le di algunas ideas y una de ellas se quedó en mi cabeza. Se está perdiendo la estética popular de nuestros buses, y digo nuestros porque transmiten la manera de ser: alegres, efusivos, extrovertidos y llenos de valores familiares.

    Y es que cada vez que el parque automotor se renueva, se deshacen prácticas intuitivas o aprendidas, como la de customizar los buses con una cantidad de “rituales” como “bautizar” o llamarlos con el nombre de una mujer, pegarles fotos de la familia en la zona de cabina, escenas de ciudad, inmortalizar al cucarrón en la palanca de cambios y muchas más que hicieron incluso que Anthony Bourdain, en su paso por Medellín, obligara a ser paseado en uno de estos buses.

    Pero el enfoque del problema que quiero abordar está en la estética visual externa, la cual veo extinguirse con los nuevos sistemas de transporte. Reconozco el impacto positivo de hacer del transporte un sistema para generar movilidad, pero la uniformidad que se percibe está haciendo desaparecer un rasgo casi “señalético” en la función de la gráfica externa de los buses, que va más allá del asunto de imagen o cultura corporativa de las cooperativas de transporte. Creo que la gama visible de colores y las variadas combinaciones son muy amplias como para simplificar la gráfica a un simple baño de verde o de blanco.

    Se debe reconocer que los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana. Hacen parte del paisaje visual, iluminan el espectro visible, recrean a usuarios, se vuelven objeto de la mirada de quienes visitan nuestra ciudad. He conocido a personas que sin saber leer, reconocen el bus que pasa por su ruta, y le “ponen la mano” sin temor al error y, por si acaso, refuerzan con una breve pregunta al conductor una vez se detiene. Hoy, dichas personas tienen que “ponerles la mano” a todos hasta que acierten con el que necesitan.

    Creo que la administración pública debería tener en cuenta a todas las universidades que tengan programas relacionados con la comunicación visual, el diseño y las artes, para reinterpretar y rescatar esta estética y hacer uso de ella en estos nuevos sistemas que se vienen configurando y planeando para que no simplifiquemos el vestido de un bus a un color o a envolverlo con publicidad. Para hacerlo desde las distintas disciplinas del diseño o del concurso de las mismas, para hacerlo de manera bella, aceptable, ordenada.

    Hace poco, hablando acerca del programa Diseño Visual del Paisaje con un par de académico de la Universidad del Valle, me contaba que la misma tristeza se siente en Cali para con los buses llamados papagayos, entre otros, por causa de esas nuevas rutas de sistemas integrados de transporte. Insisto en que estas contrataciones públicas no pueden dejar de lado la imagen de algo que está en el imaginario colectivo, además de las tipografías populares de las rutas de los buses reconocidas, incluso, en Latinoamérica, las líneas y figuras geométricas en plóter de corte con sus diferentes combinaciones de color. Todos estos elementos comunican la idea festiva y alegre de nuestra cultura y jamás deberá asociarse al concepto de pobreza, tampoco de desorden.

    La uniformidad del parque automotor deberá reflejarse en la permanente capacitación de sus conductores, el trato amable con sus clientes, el respeto, en la seguridad de sus motores, en el buen estado de las llantas, en la prudencia y acatamiento del código de tránsito, etc.

    Que vuelvan la ‘Ñata’, la ‘Niña Bonita’, ‘Tuyo es mi corazón’, ‘La Preciosa’, ‘Leydi Di’ y todas las busetas y buses con su color, con su geometría lineal, sus colores vivos, “saquen menudita, por favor, y córranse por el tubo del medio”.

    Monigotes: Gramática visual de un garabato

    Texto publicado originalmente en Generación, suplemento de El Colombiano, el domingo 28 de octubre de 2007

    • Los dibujos realizados por los niños encierran un mundo particular, sin esquemas ni reglas.

    Papá es un gigante que no cabe por la puerta y tendrá que dormir afuera de la casa, porque mide tres veces lo que la mamá. El bombillo ilumina todo el día. Los carros rastrillan sus latas desplazándose de lado. Los hombres son más grandes que los árboles, las flores más altas que las casas. Los aviones tienen alas arriba y abajo. Un hombre no sólo está secuestrado, está sitiado por decenas de rejas que coartan su libre movilidad.

    Pudiera ser una escena a todo color del Guernica, de Pablo Picasso, o las formas al gouache de Matisse en su última etapa, pero son las bellas y espectaculares representaciones de la vida real, que los niños hacen cuando se abre algún concurso de pintura infantil, cuando ociosos descubren las misteriosas últimas hojas de los cuadernos o simplemente cuando su alma quiere crear.

    Obras éstas exhibidas en escritorios de trabajo que se transforman en galerías debajo de los vidrios, pegadas itinerantes en la nevera de la casa o colgadas sobre mamparas de centros comerciales o desechadas en las calles.

    Acercarse a los dibujos de los niños, es adentrarse al interior de su familia y las relaciones simbólicas o de poder que allí se desarrollan. Color, intensidad del trazo, ubicación en el papel, tamaño de los elementos; son variables que permiten entrever más allá del simple monigote, apreciado por unos y desapercibido para otros.

    De manera natural, los infantes pintan su familia, las vacaciones inmediatamente terminadas, los paisajes “naturales” o la típica casa de techo a dos aguas con el bombillo prendido, así el sol esté en su máximo esplendor, un sol con pelos parados que nunca se queman. ¡Qué inteligencia! Proyectar en el papel, los rayos de luz que emanan invisibles desde el sol, representados por unas cuantas líneas con simetría radial alrededor de una circunferencia. Con el mismo principio se ilustra el crecimiento del cabello. Pasado un tiempo, pone de manifiesto, la Ley de la Gravedad y comienza a peinar cabellos. Curioso también la valoración masculina que adquiere el astro mayor, al tomar cara de hombre en complemento con la feminidad de Selene. Es chistoso ver dichas exposiciones en cualquier centro comercial y adentrarse en hogares donde el papá tiene barba y usa bolígrafos en el bolsillo de la camisa, la mamá usa gafas y tiene ese vestido de flores. Unos se pintan pequeños y dejan ver a sus padres como héroes. En los barrios populares expresan de mejor manera la violencia que en estratos más altos, pero todos ellos ilustran caras con sonrisas. Todos ellos saben cómo dibujar la amistad y las mascotas no pasan desapercibidas.

    Despojados de cualquier conocimiento previo, estos pequeños dibujantes realizan garabatos basados en su propia percepción, que a la vista de muchos adultos, se convierten en la ilustración de mundos fantásticos por el despojo de reglas visuales y alimentadas más bien por sus propias interpretaciones, inconscientes a veces. Son complejas escenas basadas en la realidad circundante y en las valoraciones simbólicas de cada elemento. Es una gramática visual que se cocina permanente en la mente del niño, una gramática que se presta a códigos aprendidos de otros niños, códigos que ya no le son propios y terminan a veces por entorpecer el lenguaje personal; otras veces por la instrucción insana de los padres queriendo corregir en los niños, pictogramas que no corresponden a las convenciones sociales y que ya se los quisiera Joan Miró. Éste último, se detuvo una vez a ver un inédito rayón infantil hecho de tiza en una pared cualquiera, en algún lugar de España. Observó aquel trazo muy parecido a los de su obra. Se detuvo, admiró, se reconoció.

    En esta amalgama de estilos, es posible ver una gramática formal alimentada por perspectivas renacentistas, perfiles con profundidad egipcia, profundidades al estilo clásico. Picasso y Miró entre otros, exploraban las formas para llegar a una síntesis como en el Toro, del primero; por el contrario, algunos regañan, castigan y retuercen el lenguaje propio de cada pequeño individuo, guiándolo a prototipos ya establecidos y poco originales, como ciertas muñequitas que dibujan las adolescentes en sus cuadernos. Por mucha tecnología que exista en cada época, por demasiadas que sean las herramientas de diseño, el mundo entero y lo porvenir, están contenidos en una barra de grafito.

    No dudo del amor que Yeferson Estiven tiene por su madre cuando en una biblioteca de la ciudad le puse a dibujar su familia (imagen anterior). Comenzó por ella, siguió con otra figura y terminó con un último personaje más pequeño que los anteriores, no me sorprendí ante su confesión de que aquel pequeño monigote no era su representación, sino la de su padrastro; ubicado por demás, al lado opuesto que la de él. Yeferson valoró simbólicamente a los integrantes de su núcleo y estableció las relaciones que se dan allí. ¡Eso sí, borró cantidades!

    Para los que saben, entre mis cartas del suelo, tengo varios garabatos y rayones abstractos, típicos de cuando se conversa por teléfono o no se pone atención en clase. ¿Le suena familiar?

    Rituales del álbum familiar

    Extracto del trabajo de investigación de “Rituales del álbum familiar”, por: Mario Palacios y Carlos Múnera (Foto superior: Luz Marlene Abreo, mi madre)

    Analizados varios álbumes, analizadas las fotos una por una en su temática y en los elementos que la componen; comenzamos a diseñar varios modelos en los cuales pudiéramos clasificar o indexar las fotos que integran un álbum familiar. Estos modelos sirven para inscribir todas las fotos que componen un álbum, clasificación que ayuda a analizar las prácticas fotográficas comunes en los álbumes. Varios modelos fueron creados para dividir capitularmente a los álbumes y aquí cabe decir que esta clasificación corrió por cuenta de la investigación, que no es originada por los creadores de los álbumes, es decir, las familias o la persona encargada de estos, que por lo general, es un miembro de la familia. Es decir, las familias no son del todo conscientes de esta división por capítulos, que esa división la hacemos para hacer más expedito el análisis y más transparente la composición.

    Después de realizar varios modelos en un primer examen, encontramos que la siguiente división, es la más adecuada para abarcar todos los temas de las fotos que componen un álbum. Los anteriores modelos no funcionaron puesto que había temas que contenían a otros.

    Una primera división es la que aquí llamamos SACRAMENTAL, la cual merece una mención especial puesto que alguien podría increpar, en que este capítulo, bien podría estar dentro del capítulo EVENTUAL. Hay que observar que esta investigación se circunscribe al contexto del Valle de Aburrá, Subregión del Departamento de Antioquia reconocida por su afiliación a la religión católica. Siendo católica la mayoría de la población que es objeto de nuestro estudio, los álbumes familiares están compuestos en gran cantidad, por fotos donde su tema se da por las prácticas religiosas conocidas como sacramentos y que el común de la gente tiene como costumbre registrar en fotografías. Esa división SACRAMENTAL contiene fotos que dan testimonio de las personas en los siguientes momentos: bautismo, confirmación, primera comunión y matrimonio.

    Sin importar el orden, una segunda división es la que aquí llamamos EVENTUAL, que comprende las fotos cuya temáticas son los eventos que las personas registran con sus cámaras y que son coleccionados en sus álbumes. Eventos como celebraciones de bodas, cumpleaños, triunfos. Homenajes, graduaciones, paseos populares, familiares, viajes y excursiones. En este capítulo incluimos los nacimientos, que si bien podrían ir en el capítulo GENERACIONAL, lo ubicamos aquí porque se trata de un evento particular, con fecha precisa y con una limitación en el tiempo de celebración.

    Otra división capitular es la GENERACIONAL. En esta división incluimos aquellas imágenes que no correspondían a ninguna celebración, ritual religioso o celebración alguna. Se trata sí, de aquellas fotos que se toman con el único objetivo de registrar a una persona en particular, como una instantánea en el tiempo, para preservarlo en la memoria visual del álbum, una manera de capturar el instante en la vida de alguien.

    En esta división incluimos retratos de personas, momentos de la cotidianidad como el caminar, el comer, el reír. Aquí caben imágenes naturales o con poses creadas. Detrás de la intención de tomar la foto de cualquier momento de la cotidianidad, está el registro visual de los cambios físicos de las personas fotografiadas, está el registro de del crecimiento, acto del que no somos conscientes en el diario vivir, así que la imagen, nos da testimonio de los cambios imperceptibles, que por su lentitud, no somos concientes de él.

    Una última división capitular es la REFERENCIAL, que incluye las fotos de personas junto a objetos, construcciones, obras; que son referentes de lugar, de presencia, de estancia en algún lugar determinado que es ícono o mojón de identificación.

    Las imágenes de personas junto a grandes construcciones, iglesias, estatuas, personajes destacados, junto a objetos con un significado especial; tienen en esta división su cabida. Se incluyen aquí mojones turísticos, personas junto a carros, objetos de alta recordación e identificación, entre otros.

    A continuación listamos de manera ordenada, la división capitular que arrojó nuestra investigación y los contenidos de la misma:

    Sacramental

    • Bautismo
    • Confirmación
    • Comunión. Esta práctica se convierte en capítulo con las fotos tomadas en el evento de la Primera Comunión, en matrimonios y en la confirmación.
    • Matrimonio

    Eventual

    • Nacimiento
    • Grados
    • Paseos (Local, nacional, internacional):
      • Excursiones
      • Paseos familiares en días festivos
      • Luna de miel
    • Fiestas
    • Cumpleaños
    • Disfraces
    • Eventos:
      • Congresos
      • Seminarios
      • Reuniones

    Generacional

    • Crecimiento
    • Cambios físicos
    • Familiares

    Referencial

    • Junto a monumentos
    • Junto a grandes construcciones seculares
    • Junto a grandes construcciones religiosas
    • Junto a mojones en lugares turísticos

    Guitarras que suenan a tradición

    Unas manos seniles, masculinas y llenas de vida rascan las cuerdas de una guitarra que, minutos antes, colgaba en un cuarto oscuro al lado de otras cuantas. La diestra del hombre se abre y con las uñas saca de las cuerdas una incipiente armonía, mientras que la zurda presiona cuatro cuerdas para que la derecha rescate un mejor sonido. Aquel hombre se detiene cada tanto en intermitente armonía para apretar unas clavijas con poca tensión e ir tocando una música aún sin lírica que le sirve para afinar a esa compañera de pronunciadas curvas y caderas anchas. La guitarra tiene el polvo suficiente para predecir años de inactividad, pero el contexto del lugar corrige los pensamientos acelerados y expresan la verdad de una pasión: es Luis Arbeláez Arbeláez, dueño de la fábrica de guitarras Ensueño y tercera generación de la familia Arbeláez, quienes desde 1860 se dedican a la fabricación de instrumentos de cuerda en Marinilla, Antioquia.

    Luis Arbeláez

    Don Luis es un hombre alto y caminar parsimonioso, no le tiene afán a la vida y disfruta la tranquilidad con que se toma un café en el bar que hay a pocos metros de su empresa, ubicada a un costado de la Autopista Medellín – Bogotá. Su caminar está caracterizado por una particularidad física: uno de sus zapatos tiene una suela de trece centímetros aproximadamente para poder nivelar la marcha en una de sus piernas, más corta que la otra resultado de un accidente.

    Con la calma que lo caracteriza, don Luis comienza a rescatar historias de su mente y parece que el tinto le ayuda a traer los recuerdos. Entre sorbos y miradas perdidas, comienza por el origen de su industria en este municipio del oriente antioqueño. Cuenta que el principio de todo está en la persona de su abuelo Isaac Arbeláez, nacido en la segunda mitad del siglo XIX en la vereda Río Abajo del municipio de Rionegro, donde conoció a un artista español que trabajaba la ebanistería realizando altares en algunas iglesias, además, tenía el conocimiento para la fabricación de guitarras y el don para tañerlas. Este maestro español compartió sus conocimientos con don Isaac en un contexto donde la música era el espectáculo de entretenimiento de las zonas rurales.

    Imagen de Lázaro Arbeláez

    Don Isaac comenzó a construir guitarras y a antojar a sus coterráneos en las dotes musicales. Paisanos de los municipios de Abejorral, Caldas, Concordia, San Francisco y Sonsón en el oriente antioqueño, quedaron antojados y fueron ellos sus primeros clientes. Entre tanto serenatero y tan pocos fabricantes, el oficio de este patriarca se consolidó como una industria familiar. Tuvo seis hombres y cuatro mujeres, y a ellos les enseñó los secretos que reposan en las cuerdas y la magia para despertar la alegría de la ‘comarca’. De su padre Lázaro y de sus tíos Eduardo, Emilio, Gerardo, Roberto y Eladio, don Luis comenta: “fueron buenos músicos y excelentes serenateros”. Ellos aprendieron el oficio de la ebanistería y diseminaron sus conocimientos al enclavar cada uno su hogar en varios municipios.


    Antes de radicarse en Marinilla, Lázaro Arbeláez, padre de Luis, recorrió los municipios de Fresno, Ibagué y Aguadas ejerciendo el oficio de la madera y de las cuerdas, tañendo y enseñando. Con una prole de diecisiete hijos, don Lázaro vio la continuación de sus conocimientos en varios de ellos: Gonzalo, Carlos, Gerardo y Luis; estos dos últimos aún tienen su taller de fabricación de instrumentos.
    Don Luis relata como a lo largo del siglo pasado se vivieron diferentes épocas, la más dura de ellas, en pleno desarrollo de la segunda guerra mundial cuando los insumos se hicieron escasos y los materiales importados se tornaron casi inexistentes. Fue la época en que comenzó a trabajar siendo aún un niño: “A mí no me pudieron dar estudio que porque era una carajada…”, comenta don Luis burlándose de sí mismo. Las cuerdas y las clavijas se hicieron escasas y recurrieron a la madera para hacer estas últimas. Cuando terminó la guerra, estaban a punto de cerrar la fábrica.

    Esta entrevista se hace al borde de la carretera donde se notan los contrastes de los municipios alejados de la capital antioqueña: mientras los automóviles se desplazan raudos por la ‘Medellín – Bogotá’, un caballo relincha en varias oportunidades a las afueras del bar donde don Luis narra sus vivencias.
    Aunque en el taller Ensueño se fabrican instrumentos, no se escuchan allí breves obras musicales, ni el sonar de las cuerdas en pequeñas serenatas. Allí los instrumentos duermen, permanecen silenciados bajo un baño de polvo, una capa gruesa de viruta menuda que reposa sobre las guitarras producto del ripio que emana de la madera cuando es cortada, lijada, serruchada y pulida, entre otros procedimientos. “Hoy las cosas se hacen con mejor calidad”, sentencia don Luis, recordando los años cincuenta del siglo anterior cuando apenas llegaba la energía a Marinilla y continúa rememorando: “Antes, no había energía. No se podían poner máquinas a trabajar. Todo se hacía a punta de serrucho. Cuando llegó la energía, no había la suficiente para el funcionamiento de las máquinas”. Sierra, berbiquí y formón, eran los instrumentos que acompañaron a la familia Arbeláez antes de llegar las máquinas eléctricas que se compraban en la Medellín de aquella época.

    Ocho personas, como miembros de una orquesta, trabajan en el interior de la fábrica cada uno haciendo lo propio, con pericia y con experiencia, en silencio, bajo el ruido de las máquinas: Uno, corta; otro, arma las pronunciadas curvas en un molde propicio; un tercero, cepilla pescuezos que es como ellos llaman al mástil donde reposa el diapasón; uno más, adorna y acicala las bocas abiertas de ‘aquellas novias’ que es la ventana que permite la resonancia del sonido; otro artesano aplica sellador a las diferentes maderas que componen una guitarra; un experimentado pintor, aplica laca desde hace veinticinco años en un pequeño cuarto adaptado para ello; un joven cuya cédula aún brilla de nueva, es el encargado de insertar las cuerdas en el clavijero y encordarlas hasta templarlas, para que sea luego Luis Arbeláez hijo, bisnieto de don Isaac, quien las afine hasta que la pericia de su buen oído diga ‘basta’, y se aventure a dar un pequeño toque que confirme una buena afinación. Entre ellos, don Luis ‘padre’ no deja de enseñar su labor, que es íntegra, ya que conoce todo el proceso, y visita el puesto de algunos para sugerirles pequeños trucos o técnicas que mejoren la pericia de cada artesano.

    Don Luis, repasa los cuerpos que se están armando y otros trabajos realizados, revisa un entrastado; sale, toma tinto y conversa con algún conocido o algún desconocido preguntón. Atiende la vitrina y termina algún trabajo comenzado, recibe a una mujer campesina que vende una ahuyama y unas naranjas hace poco cosechadas. Pasa su vida lento, sin afanes, sin conceptos de eficiencia en épocas de productividad. Solo en diciembre tiene que redoblar fuerzas para sacar la demanda que se le multiplica para esa época, “Lo que no se vendió en diciembre, no se hizo en todo el año”, apunta uno de sus trabajadores que reconoce que ese mes, es el mejor de todos.

    Una sencillez natural, le impide dimensionar lo que significa ser dueño de la empresa familiar más antigua de Colombia. Él no necesita cartones que evidencien conocimiento, es un maestro reconocido y portador del conocimiento centenario de la elaboración de de un instrumento de cuerda como la guitarra, evolución de la vihuela y antecesora del tiple colombiano. Su tranquilidad y sencillez, lo llevan a sorprenderse de lo pequeño es el mundo cuando escuchó el testimonio de un sacerdote del vecino municipio de Guarne. Estando de misión en el Brasil, este sacerdote practicó su bondad con una tribu indígena de aquel país y al conocerlos por vez primera, le llamó la atención que algunos de los integrantes de esa tribu estuvieran tocando guitarra, pero la sorpresa mayor se dio cuando leyó en una de las etiquetas, que dichos instrumentos eran fabricados en Marinilla por la familia Arbeláez.

    Este maestro en la manufactura de guitarras, espera que uno de sus hijos sea la cuarta generación que continúe con la tradición de fabricar guitarras con curvas de mujer y perpetúe el apellido Arbeláez harto conocido en la región. Mientras ve cómo su hijo se enamora del oficio, don Luis vive lento sus días, largos días debido a que duerme poco así quisiera, pasa, entonces, sus noches con el amigo de los noctámbulos: el radio, uno pequeño con parlantes miniatura para insertarlos en los oídos y escuchar así, la programación que desarrolla Radio Bolivariana para poder digerir los madrugones involuntarios que le produce el cuerpo cuando, sin quererlo, se despierta a las tres de la madrugada y reposa para esperar que sea la hora de levantada y de inicio de una nueva jornada al lado de su gente, de su familia, de sus trabajadores, de un perro callejero que afuera lo espera, al lado de su paciente mirada, al lado de toda la historia que en él reposa. Las guitarras de los Arbeláez suenan a tradición, a historia y a tesón.

    ¡Invierno y verano ya no son lo mismo!

    “Los tiempos han cambiado”, dicen algunas señoras que participan de un costurero en Envigado, para entretener las largas tardes del actual verano. Luz, quien es viuda y miembro del costurero, recuerda: “A finales de agosto comenzaba el invierno y se extendía hasta comienzos de diciembre. El verano se posaba en diciembre hasta mitad de marzo y comenzaba de nuevo el invierno hasta abril”. “Abril y noviembre eran de mucha lluvia”, detalla Fabiola, anfitriona del grupo de cinco mujeres que trabajan en la preparación de un cumpleaños. Todas coinciden de nuevo en lo mismo: “Los tiempos han cambiado”.

    En invierno cambian los comportamientos de algunos de los habitantes de Medellín. Los motociclistas que se desplazan raudos en sus aparatos a lo largo de la Avenida Regional, se resguardan debajo de los puentes que conectan la mitad oriente con su par en el occidente y viceversa, para ponerse una tercera piel que los proteja de la lluvia para ellos peligrosa. Descienden de sus motores y rápidamente se visten de impermeables prendas para continuar la marcha esquivando charcos y olas que dejan los carros al pasar por uno de ellos.

    En esa misma temporada y en plena lluvia, las ventanillas de los buses permanecen cerradas para evitar el ingreso intempestivo de agua no deseada que pueda bañar a viajeros y pasajeros, lo que genera un sopor interno a causa de la diferencia de presiones afuera y adentro. Los colectivos de Caldas llevan más gente para que sean menos los que se mojen en los paraderos de buses a lo largo de la Autopista Sur. Así mismo, las ventanillas de los taxis permanecen cerradas, a excepción de la del conductor, quien por lo general vive con calor y con la ventanilla abierta. Ellos buscan su carrera con más calma pero con el temor de un pinchazo en el neumático, que en épocas de invierno se incrementan debido a los pequeños caudales que hacen corriente en las cunetas o en los vértices entre calle y acera, llevan basura y entre ella, clavos, vidrios y puntillas. Aún así Juan Carlos López, taxista de profesión, aprovecha los inviernos para salirle al paso al aumento en la demanda de pasajeros necesitados de transporte nocturno y aumentar, así, el promedio de recaudo diario por cuestión de carreras.

    En los semáforos siempre se detendrán los carros, y donde hay carros hay trabajo por hacer, por eso es que abundan allí los limpiadores de parabrisas, no se sabe si para limpiar o para rayar el vidrio, como lo dice Alfredo López, quien nunca ha permitido que le limpien el parabrisas de su carro y menos ahora que anda estrenando un Renault Sandero. Pero es allí mismo, en esos puntos de detención obligatoria ante una luz roja que colma la paciencia de muchos, donde mendigos y autores de malabares reciben mayor limosna o donación –según sea el caso- al exhibirse mojados y con apariencia de cansancio mezclada con pesar. Así lo viven dos vendedoras de chiclets, una limosnera y un vendedor de frutas ubicados en la glorieta cerca al centro comercial Oviedo.

    Esta época fría también la agradece Miguel Ramírez, de treinta y un años y otrora agricultor en Dabeiba, su tierra. Hace ocho años vende tintos en un circuito que a diario realiza en el centro de Medellín. Miguel expresa que en invierno llega a vender don tandas de a quince termos de tinto con contenido para doce porciones, los lleva en lo que fuera una carriola de bebé, una estructura a la que le adaptó una canasta donde organiza los termos en cinco filas de a tres, estrategia que usan unas cuantas decenas de vendedores ambulantes. En épocas húmedas, termina su jornada a las cuatro de la tarde con el capital necesario para sostener a su madre, su esposa y sus tres hijos, uno de ellos en Dabeiba.

    Miguel Ramírez tiene como cliente fiel a José Libardo Peláez, reconocido por el resto de mortales como ‘Mi Rey’, un zapatero con treinta años en el oficio de reparar suelas agotadas y tacones, que de tanto martillar el piso, terminaron su vida útil; además de coser y remendar calzado entre otras atenciones que se le puede prestar a un par de zapatos. Tiene su negocio instalado en el módulo ciento veintisiete de la carrera Bolívar entre las calles San Juan y Maturín al frente del Bar Málaga. Cuando las lluvias acaecen de manera seguida, ‘Mi Rey’ adapta su módulo para cubrirse de ella y proteger la mercancía que espera reparación o reclamación. Cuando el lenguaje del cielo anticipa lluvia, cuelga, por el costado oriental, un gran plástico desde el alar de su caseta hasta el suelo para prevenir los chaparrones que los buses producen cuando pasan cercanos a la acera: “Por aquí baja un arroyo de agua cuando llueve y los carros se arrecuestan (sic) y nos tiran todo el agua. Con ese plástico me bandeo mientras tanto”, exclama ‘Mi Rey’.

    Otro que se bandea y se beneficia de las lluvias es Libardo Antonio Muñoz, quien a diario carga con un manojo de paraguas que vende a los pies del edificio de la Gobernación de Antioquia desde hace quince años. Cuando acontecen las lluvias, Libardo ofrece a los visitantes de la Gobernación que van de salida, paraguas de varios tipos y varios precios, llegando a vender hasta veinte unidades, lo que para él es buena cifra en comparación con las jornadas de sol abierto. Junto a Libardo Muñoz, posa Darío Arrubla, vendedor de loterías desde hace dieciséis años en los patios de La Alpujarra. Para él, el invierno no es tan amigo de sus ventas; detalla que en días grises con lluvias y chubascos permanentes las ventas se disminuyen a treinta billetes de la Lotería de Medellín.

    Cambian los vientos, pasan las nubes, y con ellas, pasan las lluvias y acaece el tiempo seco: hay que regar las plantas para que su tierra no endurezca y tengan alimento, las chaquetas se cuelgan y cambia la moda, se dejan las bufandas, se guardan las sombrillas. Llega verano, y con él, la mejoría en las ventas para muchos, para los que venden agua en los semáforos, bebidas gaseosas en las tiendas y comidas al aire libre. Llega verano y el ‘agosto’ para algunos. Para otros: la pasividad en las ventas.

    Para Darío Arrubla, el lotero, las ventas de billetes de la Lotería de Medellín se incrementan a sesenta billetes en la semana. Libardo Muñoz, baja sus ventas a seis paraguas solamente y cambia su estrategia para vender ‘sombrillas’ que protegen del sol, cuando ambas son lo mismo para el caso. ‘Mi Rey’ ya no cuelga el plástico en el costado oriental de su módulo y comienza a colgar un paño que le regalaron de los billares del Bar Málaga, para protegerse del sol, que desde noviembre hasta finales de febrero, “es un candeleo, ¡qué cosa tan horrible!”, asevera él. Con sesenta y ocho años de edad, y como si fuera campesino que conoce los tiempos y siguiera los consejos del Almanaque Bristol, ‘Mi Rey’ detalla que a principios de marzo el sol ya no lo golpea tanto, porque se ha ‘desplazado’ -¡esa visión geocéntrica del mundo!- y los rayos no alcanzan a golpearlo y el edificio del centro comercial Los Pioneros hace de pantalla y resistencia al mismo. En esos días su clientela regresa seguida, su trabajo se ve más, se cambian más tapas, se ponen más suelas, se gana más.

    Miguel Ramírez, el paseador y vendedor de tintos, ya no hace dos viajes. Apenas llega a uno con sus quince termos. No se despacha a las cuatro de la tarde, sino que permanece circulando hasta las siete de la noche en su acostumbrado circuito que arranca desde la calle Maturín hasta la carrera Junín, rueda su carrito hasta el Parque de Berrío y sube a la avenida La Playa y de ahí a la avenida Oriental para ir de nuevo hasta Maturín: “A yo no me gusta es sentarme, a mi me gusta es andar”, concluye Miguel con su deje campesino que aún no ha perdido.

    En verano se toma menos tinto en la calle y los clientes de ‘Mi Rey’ aprovechan a salir a gastar suela, cosa que le conviene a él. Los caminantes de la carrera Carabobo se toman toda la peatonal y no se guardan bajo los alares de sus almacenes como en invierno. En verano no se forman las cortinas de perlas que hace la lluvia cuando se desplaza de los tejados plásticos y se precipita al suelo. Los taxistas, como Juan Carlos, visten su brazo izquierdo con una prenda a manera de manga, con resorte arriba y abajo, que los protege de un bronceado disparejo. Unos ganan con invierno, otros, con verano; pierden unos y otros en cada estación, pero muchos coinciden en decir que los tiempos han cambiado: ¡invierno y verano ya no son lo mismo!

    Un lavadero en Copacabana tipo Picasso

    Otro de los ‘picarescos’ dibujos que ilustran la publicidad popular. El actual caso ilustra un lavadero con variadas características de perspectiva:

    • Vista 3/4 de la poceta.
    • Vista lateral de la llave del agua.
    • El agua reposa en diagonal.
    • El hueco para guardar el cepillo y el jabón, en perspectiva con punto de fuga al centro.

    La relación de tamaños

    • Tamaño de la llave.
    • Los cepillos y la barra de jabón azul.
    • La rejilla del desagüe.

    No se confundan, no es una crítica, es una valoración inocente a las cosas sencillas. Ilustración: Moresco.

    Artistas se toman Barcelona

    Barcelona vista por Cristian Sucerquia, alumno mío en la Corporación Universitaria Remington. Que valga este post, para decirle que falta mucho a clase.

    “No sé quién le copio a quién, pero en el viejo continente, los artistas se apoderan de las calles para manifestar lo que saben hacer. Son derroches de ingenio lo que se puede observar en Las Ramblas. Trabajos de calidad, excelentes presentaciones con efectos de sonido y movimiento que captan de inmediato tu atención y te obligan a depositar 1Euro como recompesa a su actuación. Es tanto el colorido que allí se ve, que puedes pasarte todo el día de paseo partiendo de la plaza Cataluña y llegando al gran encuentro con el Mediterráneo (una de las cosas que más me estremeció) y pasar una tarde de café en el Maremagnum viendo los botes y veleros arribar a las costas”. C.S.

    Variadas economías cruzan por Carabobo

    (Les debo las fotos)

    Ta, ta, tatata, ta, tá. Así suenan las vetustas teclas de las máquinas de escribir de los pocos tinterillos que aún sobreviven trabajando a las afueras de la Estación del Ferrocarril, sobre la carrera Carabobo. Permanecen aún, ante el avance de la tecnología que ha convertido a las Rémington, Facit y Olivetti, en genuinas piezas de museo.

    Es Carabobo, que entre San Juan y los Huesos, acoge a multitud de comerciantes informales que ambientan el paisaje urbano del centro de la ciudad de Medellín. Frente de la Estación, varios jóvenes entre 18 y 25 años, mueven sus brazos como agentes de tráfico, que con sus pitos, invitan a motociclistas a guardar sus “caballitos” bajo techo en los improvisados parqueaderos para motos.

    A lado y lado de esta traginada calle, que se lee como carrera y que así lo validan sus transeúntes, que con el afán de sus pasos desgastan el asfalto, se encuentran varias casetas de venta de frutas que son oasis en medio del humo que dejan los vehículos y de las anónimas caras que tanto circulan por allí, unas a trabajar, otras a buscar ocupación y otros, a hacer “vueltas y mandados” en las oficinas de la administración municipal y departamental.

    En una de esas casetas, reposan algunas frutas que esperan por cliente: mangos arropados con bolsas para proteger sus porciones cortadas, manzanas que esperan por brillo para ser comidas, peras, que son buenas para el hombre -dicen por ahí-, tajadas de piña y papayas puestas, que no esperan ser partidas porque ya lo están. El “chucito” de frutas -como dicen los que compran-, está atendido y administrado por su propietario, Isidoro Ospina, quien con 23 años de permanencia en el lugar, se convierte en uno de los personajes que han visto pasar por su frente, los cambios que ha generado la construcción del Metro de Medellín y la nueva adecuación de cierta franja de Carabobo, lo que ha disminuido el flujo de vehículos por el sector, más conocido como La Alpujarra.

    Isidoro, de 55 años de edad, cuenta cómo ha cambiado la economía en el sector “Ahora hay más ventas que antes, pero la plata rinde menos. Hace diez u once años, se trabajaba solo por aquí, pero hoy, hay más competencia”. También reconoce un cambio en el costo de vida cuando dice “En esa época todo era más barato, hoy todo es más caro”. Sin embargo, este vendedor del comercio informal, sigue madrugando desde las 5:30 de la mañana a comprar la fruta que llena las estanterías de su caseta, lo hace en el carro de su propiedad, atravesando la ciudad desde el barrio El Playón, en el nororiente de Medellín, hasta las plazas Minorista o Mayorista, pues en cuanto a precios dice, “son la misma cosa”. Compra, de manera religiosa, 60 kilos de papaya, 30 piñas, manzanas, peras y mangos. Abre su negocio desde las 7:00 de la mañana, cuando los caminantes comienzan a gastar suela por el sector, y comienza el ritual diario de pelar la fruta y preparar el salpicón. En cuanto a precios, Isidoro le saca a una piña, cuatro porciones que luego vende a mil cada una, una papaya le rinde para tres porciones que vende al mismo precio de la piña, la manzana, en tiempo caro -como el actual-, se vende a mil pesos; en tiempo de rebaja, a $800 pesos. La granadilla se ofrece a $500 pesos, el mango, a mil pesos, igual que el vaso de salpicón. “Lo que hace que trabajo en esta vaina, he vendido lo mismo”, remata con humor.

    Óscar Mesa es uno de los tantos clientes fieles de Isidoro Ospina, Óscar se acerca dos veces al puesto de frutas: a las nueve, “Como la media mañana” y en la tarde, “Como el algo”, dice Óscar, empleado de la Gobernación de Antioquia, mientras va comiendo el mango de la tarde y considera justo, el pago de mil pesos por él, además, “Se ve que el señor ha sido organizadito y aseado”, completa, mientras se come el penúltimo caso de la fruta.

    Como Óscar, son muchos los clientes que se acercan a cada negocio formal e informal de este sector. Está la caseta de bocadillos y dulces, atendida por un señor que tiene sus rodillas como pies, debido a la amputación de sus dos miembros inferiores, están las casetas de confites y cigarrillos, la de prensa, las tablas estacionarias con las últimas leyes en formato digital a $10 mil el cidí, atendidas por los caballeros del ojo tapado, la oferta de libros de edición pirata, un teléfono público que se niega a desaparecer ante el advenimiento de los celulares, y con ellos, los vendedores de tiempo al aire en formato de minutos, a $200 pesos, a cualquier operador.

    Pululan, como se dijo, los parqueaderos para motos, con el novedoso formato comercial, que combina, celdas para parqueo con la venta de pandequesos, rociados con ambiente de humos, sudor y queso. Están los restaurantes que sacian el afán de trabajadores oficiales y transeúntes vacilantes. Adornando o estorbando a la entrada del centro comercial Metrocentro 1, están los vendedores ambulantes de la última muñeca traída de contrabando, “a $15 mil, parcerito, se la dejo en doce”, de la manito que rasca en $3.000 pesos y del espumador de café con leche, que se compra en diez mil, sin recatear, y que en las tiendas Juan Valdez, se ofrece en $16.000 pesos, moneda corriente.

    Así es Carabobo, así es la Alpujarra, así es ese sector entre San Juan y Los Huesos, así es la cara oriental de la Estación del Ferrocarril, estación para el descanso mientras se toma tinto en $200 pesos, estación para la salud, con pinta de papaya y piña, estación para las motos, para la queja y la demanda en los edificios de los juzgados, estación para el ruido y la contaminación, que es el aire de la urbe en la zona céntrica de la ciudad.

    Ta, ta, tatata, ta, tá, ting. Así suenan las vetustas teclas de las máquinas de escribir y así suena la campanita que avisa el fin.

    De cosas tan sencillas como la gelatina de pata

    En la película animada Ratatouille (2007), Rémy y Alfredo Linguini, preparan, al exigente crítico de cocina Anton Ego, un sencillo plato que al probarlo, le despierta sensaciones que lo trasladan a su pasado infantil. La preparación servida era un modesto y sencillo Ratatouille, un plato que para mi caso, podría tratarse de un postre de panela raspada y quesito, mezclados ambos a punta de tenedor y servido en un plato de peltre.

    Hace poco un Alexánder Lucio, amigo mío, entró a una tienda de Montenegro en Quindío y no resistió la tentación de probar nuevamente una galleta “cuca” rosada, una variante de la famosa galleta oscura que comíamos con leche, para traer al presente sensaciones que estaban escondidas en su niñez.

    No se trata de rechazar la variedad de exquisiteces culinarias, pero muchas de esas elegantes producciones responden, a veces, a esnobismos y orgullos personales. La variedad en la carta culinaria responde hoy a la exigente necesidad de muchos paladares, pero muchas de esas creaciones, llamadas incluso de “autor” despiertan asombro, vanidad, complacencia, pero no logran despertar sensaciones provocadoras de vida y de pasado.

    Hoy en día el café goza de su buena fama y alrededor de él hay recetas con variedad de combinaciones; hemos estado dispuestos a pagar mayores precios por un buen expreso aunque estemos en un país cafetero, pero la baja autoestima nacional nos ha llevado a sentir pena por la aguapanela, otrora tetero de los niños y primitivo energético de los ciclistas, bebida que sólo toman algunos cuando van de viaje por carretera para sentirse un poco montañeros.

    Algunas vitrinas ofrecen, elegantes, Cheesecake, Pye y Mousse de variados sabores y quien las prueba reconoce en ellas, una excelente receta, pero no encuentra el sabor que los lleva a la niñez, a los dulces que eran el cobro por un “mandado”, a los sabores que los llevan a ver nuevamente el rostro de una alcahuete abuela. Otras vitrinas por el contrario, más modestas incluso, esperan por esos paladares de exigente calificación para que prueben de nuevo un rollo con leche, una colación o una galleta cuca.

    Comer, además de una necesidad, es un primigenio ritual, donde convergen la textura, el sabor, el olor y la variedad de colores servidos a la vista. Allí converge la mano del autor que es la que lleva el secreto de las mejores y artesanales comidas: el amor, esa esencia que no tiene forma ni color, pero que aseguran madres y abuelas, es el secreto del encanto que rodea al buen sabor de cada plato.

    Es así como ciertos olores nos acercan al pasado a través de aromas, esencias, insumos de fresca presencia: ajos sofritos, albahacas que perfuman, cilantros que engalanan, ajís dulces que tonifican, entre muchos otros matices. Otros olores sí que nos llevan definitivamente a pasado primitivo, que nos da placer a muchos y nos hace sentir lejanos de la actual civilización llena de artilugios, el olor de la leña que perfuma algunas comidas, sancochos y arepas entre otros, un olor que se quiere recordar inconscientemente en fechas especiales a manera de ritual, en fincas de recreo, en asados colectivos, en morcillas caseras, el olor de la leña llevará por siempre el valor de un pasado campesino, indígena y arcaico, cargará sobre sí, un pasado lleno de estampas infantiles, pueblerinas y felices, de amigos y de parranda, de vecindario y de hogar.

    Hace poco me detuve a ver a una señora haciendo maromas para convertir una jalea negra de pata de res, en blanca y deliciosa gelatina, traté de desenredar los nudos que hacía con sus brazos alrededor de un garabato, ese palo que usaban en el campo para colgar las carnes en la cocina, la vi con esa masa como extensión de sus brazos y la dejé en mi cámara, porque la vida está llena de recetas tan sencillas como la de una gelatina de pata.

    Multitud de rubias se toman la popular calle Maturín, en el centro de Medellín

    En diciembre, la carrera Maturín, base de la línea B del Metro en el centro de Medellín, se llena de vendedores y compradores, que acosados por los traídos y los aguinaldos, hacen de esta vía una plaza pública dedicada al comercio de importaciones y de contrabando. Allí los ladrones también hacen su agosto y su diciembre.

    Rubias coquetas con todo el que por allí camina, osos que montan en patineta, ciclistas pedaleando sin descanso, rubias y más rubias, y monos también, de peluche y de ojos azules, perifoneo y raponazo. Es la calle Maturín, que en diciembre toma proporciones mayores a las que mantiene el resto del año con la venta de aguinaldos, traídos, ropa y navidad.

    La calle Maturín ha sido por años, el centro del comercio informal en Medellín, allí están ubicados los almacenes Sanandrecito, centros de comercio de contrabando “legalizado”; los indígenas ecuatorianos con sus famosas y calurosas cobijas, los vendedores de piscinas inflables que actualmente colonizaron este lugar como nicho de ventas, los vendedores de cidís piratas con sus largas tablas que son vitrinas del ojo tapado.

    Bajando hacía la carrera Cúcuta y Cundinamarca, el comercio se vuelve más textil y es allí donde los pantalones están en promoción, $35 mil, siga sin compromiso, las telas todas, estampadas y variadas, el repuesto de la olla a presión, el gancho de ropa, el estuche para celular. Todo ello en un camino que no tiene vía despejada, donde la frontera entre acera y calle es inexistente, donde el esquivar, el golpear y el perdonar es denominador común entre tumultos y muchedumbres.

    En Maturín el peatón no sabe de aceras ni de calles, el peatón deja de ser humano para volverse animal salvaje en la búsqueda de su propia supervivencia. La compra, arropada entre una bolsa negra, es cargada con celo compulsivo para evitar las manos amigas de bolsos y bolsillos, que buscan cuchilla en mano, su propio beneficio.

    El panorama es igual al interior de los almacenes que enmarcan esta plaza del comercio popular. Adentro, los sanandrecitos, llamados así de manera genérica, son ollas pitadoras a punto de expulsar a humanos, mercancía y sudores. Ingresar a uno de ellos, es el resultado de poder cruzar la calle que viene de Carabobo, esquivar 101 transeúntes y subir unas escaleras angostas como el salario mínimo de cada año. Una vez adentro, aguantar las manos que te tocan, te atraen, te llaman, a ver qué está buscando el caballero.

    Relojes, lociones, tecnología, pantallas planas, pilas, tenis, zapatillas, oro, grabadoras, radios y emepetrés; de todo en esta viña que no es del señor, porque él, vive en un cielo calmo, con nubes y aire fresco. Allí no, en el Sanandrecito principal no. Allí no existe el aire fresco. Allí solo hay mercancía en venta, bolsas negras debajo de sobacos y dinero, mucho dinero, en cantidades exorbitantes, inimaginables. “Aquí hay más plata que en el Poblado, parcerito, aquí se mueve más que en El Tesoro, papá” Comentó Manuel, un vendedor de celulares en el piso tres de este almacén.

    Regrese al primer piso por las escaleras que dan a la salida por Carabobo y se sentirá deseado, atraído por decenas de manos que te atrapan en contra de tu voluntad ¿qué buscaba el caballero” o el famoso pero ya cambiado ¿qué zapatico buscaba mi amor? Que por cierto, ya no se volvió a escuchar en los repletos pasadizos de los centros comerciales de todo este hervido sector conocido también como El Hueco.

    Vuelva a casa después de conocer la verdadera ciudad, de recorrerla entre sudores y empellones para que vea de primera mano y contando devueltas, qué tanto rindió el dinero. Al hueco, a Maturín, a ese hervidero de gentes, bajan, con ropajes distintos, las encopetadas damas del sur oriente de Medellín, de la Catorce, de El Poblado para decirlo de una vez. Maturín no es para pobres, Maturín es para los que reconocen en cada calle y acera a una ciudad que palpita y siente, a una ciudad que es democrática con sus gentes, a una ciudad donde los sudores se mezclan con sonrisas y empujones, todos cazando una buena promoción, dos por uno, la encima, la ñapa, la plata rendida, el aguinaldo, el traído, la muñeca rubia, el oso patinando, el ciclista pedaleando y el amigo sastre de bolsillos ajenos, robando.

    Maturín despierta desde las nueve, muere muy tarde en la noche, abre todo diciembre y por favor, no se acerque un 23 ó 24. Hágase también su agosto y madrúguele a diciembre.

    Saramago extraña hablar en su blog

    Pese a que Saramago mandó a su blog a vacaciones, lo usa nuevamente para dejar salir sus pensamientos.

    No al Paro

    November 10th, 2009

    Ante las manifestaciones que se están preparando en toda Europa de protesta por el desempleo, escribi, a petición de un grupo de sindicalistas, el texto que a continuación se reproduce.

    No al Paro

    La gravísima crisis económica y financiera que está convulsionando el mundo nos trae la angustiosa sensación de que hemos llegado al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a continuación… Leer texto completo en el blog de Saramago

    Un simple pedazo de ladrillo

    Extracto tomado de Croniquillas y otros textos, Efe Gómez. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, 1996 – Colección Narrativa Antioqueña. Capítulo: Cartas sobre Estética. Carta a Latorre y Ospina V.

    El texto completo fue publicado en El Montañés, junio de 1899.

    “…Tal vez tengas razón, pero una razón á su modo, razón de sabio. ¡Yo qué sé! Son tan candorosos los sabios. Mira: mi profesor de geología también era un sabio. Una vez le llevámos á clase un pedazo de ladrillo para que lo clasificara. El buen señor hizo de la muestra esa un largo examen al microscopio, al soplete luégo, enseguida por la vía húmeda, y, al cabo de los días, nos dijo que la tal roca era un silicato de aluminio fuertemente impregnado de hierro; mas que, sin duda por haber sufrido altas temperaturas y estar muy metamorfoseado y, además, por carecer de fósiles, no podía señalarnos el terreno á que perteneciera. Y á fe que tenía razón. Pero como te digo, razón de sabio. Y sin embargo toda la clase se desato en risas. Y con sobrado motivo: ¡qué silicato ni qué pan caliente! Eso no era para todo el mundo (excepto para un sabio) sino un pedazo de ladrillo. Y hasta de mal barro…

    …¡Qué les parece! Que es poca tentación para cualquier pedazo de ladrillo burdo, el saber que puede ser llamado silicato de aluminio por los sabios…”

    En la imagen: Lote en Moravia, perteneciente a las viviendas que han sido reubicadas.

    El uniforme de escuela. ¿Una medida democratizadora?

    En The Wall, la Pared, película de Alan Parker, con música y líricas de Pink Floyd, se hace una crítica a la uniformidad de la escuela de posguerra, al estricto trato de profesores a estudiantes, pero en medio de esa crítica voy a sacar en limpio algo que también tiene sus amigos y sus enemigos: el uniforme de colegio.

    La función bienhechora del uniforme

    Bien atalajados recorren los niños el camino a la escuela, con olorosos uniformes si a bien la economía familiar se ha prestado; con camisetas que parecen lumbreras, con zapatos que por su brillada en la víspera parecen de charol. Ahí van, peinados de lado, con brillo de beso en la testa, con ruedo equilibrado el pantalón, bellas ellas, mozos aquellos.

    El uniforme del púber calma su ansiedad, mengua la dicha y los resguarda de alguna vanidad. Coartar su libre desarrollo dirían algunos que de acuerdo no están por las telas que uniforman, pero quizás no recuerdan su propia experiencia en aulas y patios. No recuerdan qué tan discriminados son algunos niños de pobres vestimentas, que rematan su ajuar con zapatos de tercera, sin brillo ni ornamento. No recuerdan que en días libres de prendas igualitarias los mozuelos competían por sus variadas marcas, quién tiene más, cuál cuesta más; cuál de lino fino, cuál es de charol.

    Por eso, ese sesgo socialista de los uniformes aplaca la bestialidad del más fuerte, fortaleza que no le es suya de ninguna manera, y sí de unos padres de boyante posición. El uniforme iguala, no compara, equipara al infante para dar la pelea desde el mismo escalón, en esa selva de supervivencia que se llama escuela, colegio, mojón de nuestros primeros recuerdos.

    Al pobre que de marcas no sabe, a éste de no acomodada posición, el uniforme le es bálsamo diario para su autoestima, bendición de lo alto, salvamento de burlas, escudo contra risas, protección para el dolor.

    Los Estudiantes – Luis Tejada, 1922

    Texto tomado del libro Nueva antología de Luis Tejada, Edición a cargo de Gilberto Loaiza Cano. Editorial Universidad de Antioquia. Crónica: El estudiante. Publicada en El Espectador, “Gotas de tinta”, Bogotá, 9 de marzo de 1922.

    El estudiante se cree siempre con el deber de aparecer revolucionario. hay un prejuicio muy general que lo rpescribe así, que piensa que si un pobre diablo tiene la fortuna de ser joven, y estuduante por añadidura, debe ser revolucionario de todas maneras, so pena de acarrearse el desprecio de los pensadores y de los filósofos políticos. Y el estudiante, imbuidos por ese prejuicio, lo primero que hace cuando llega a las aulas es sentar plaza de revolucionario, en cualquier sentido que sea…

    …Los mejores revolucionarios han surgido siempre solos y huraños, de esos bajos fondos sociales, donde entre el lodo maravilloso y la carne adolorida nacen a veces los odios más bellos y los ideales más fecundos. La fe o la ambición, el ansia de redimir o la sed de sacrificio queman sus almas y los vuelven feroces, implacables; van hacia los fines supremos, arrasándolo todo, como un torbellino abrazador.

    El revolucionario ideal, el divino descalzonado, esta muy lejos, pues, del estudiante idea. ¿Por qué, entonces, se le mete en la cabeza al estudiante que debe ser revolucionario? Esa es una contradicción intima que existe en casi todos los estudiantes: su espíritu, suavizado por armoniosas disciplinas, amodorrado por los dulces opios de la folosofía y de la literatura, de las matemáticas apasionantes o de la historia, deliciosa y bruja, su espíritu, digo, aspira secretamente a la quietud, al estudio apacible y sereno dentro de la confortable severidad de los bufetes, de los claustros sombreados, de las bibliotecas familiares. Pero, en cambio, las piernas, las piernas locas del estudiante, catequisadas quizá por los prejuicios de los pensadores políticos, quieren ser revolucionarias a toda costa, y arrastran los ágiles cuerpos al motín, a la tormenta, al incendio sangriento y tremebundo….

    ¿Quieres leer otro texto de Luis Tejada?

    El dulce encanto de un borrador que no volverá

    Fue puesto allí, enclavado en lo más alto del mástil, obligado a ser verdugo de números, signos y letras. Aprisionado entre un anillo de lata o condecorado con brazalete de cobre. Inerme pero con el poder de la censura. Minúsculo pero vigilante, allí, desde lo alto.

    El borrador fue puesto, más que como ayuda, para servir al imperio de la nada, donde ya no queda nada, solo borrones y cuentas nuevas, solo papeles heridos en sus más superficiales fibras, solo quedan ripios enrollados llevando dentro de sí, amores que fueron y se fueron, letras mal puestas, arábigos sobrantes, líneas desbordadas, errores dicen ellos, maestros.

    Una vez acabada la goma con el frecuente uso del error, el párvulo acude a la barra que borra con más fervor y para hablar de ella he de acudir a los primeros recuerdos.

    Antes de las suaves bondades de la barra de nata y su albura limpiadora, existía en morrales y poncheras, el Berol Mirado, referencia 470 para mayor información; borrador con uniforme azul y rayas blancas que trae tras de sí, imágenes de pupitres y salitre de sudor después de recreo con sol.

    Para borrar con él, había que motivarlo mojando una de sus esquinas con la humedad de la lengua, borrar un imaginario encima del bluyín a la altura de la pierna para limpiar la punta, utilizar y listo, desaparecer sin piedad o con ella, qué caso tiene, los errores de una plana, las unidades de mil que sobraban, el dibujo maltrecho, la oración equivocada.

    Este borrador terminaba sus últimos días en redonda apariencia, después de que estudiantes mañosos, buscaran la punta para mejor borrar, y así, entre acción y desgaste, aparece su forma postrera: una bolita pequeña y saltarina que culminaba sus obligaciones en la basurera al lado de la puerta del salón.

    Algunos cuadernos resguardados de la limpieza doméstica, dejan ver los estragos de la goma y la saliva, pues juntas, rasgaban la superficie del papel. Ascendido el niño a segundo y a tercero, fue autorizado al uso del lapicero, que en mejores términos debemos decir bolígrafo. El uso de estos dos artefactos, bolígrafo y lápiz, hicieron que se modificara el diseño del borrador.

    Contemporáneo al de rayas azules y blancas, aparece el Paper Mate (léase Pápermate y no peipermeit), con referencia E-250 colombiano como el anterior, con doble servicio de edición para errores con grafito y errores con tinta fija. También prestaba el servicio sobre los rodillos de la máquina de escribir cuando estaba ausente el limpiatipos, todos estos, inventos desconocidos por la generación de hoy.

    Una última anotación aprovechando que el borrador aún no ha hecho lo suyo, y es que para escribir este texto, me fui para Barrio Nuevo, en el municipio de Bello, en las tiendas cercanas a varias escuelas, pregunté por una y otra cacharrería y encontré lo que hoy es una antigüedad, los amigos o enemigos de la infancia que borraron tantos recuerdos.

    Quisiera comenzar un cuaderno que diera cuenta de todas las líneas que borré y con ellas, las letras, las palabras mal hechas, los predicados y sus sujetos, las tablas erradas, las zetas cambiadas, los garabatos feos y las tres primeras palabras que recuerdo haber escrito en kínder: puta, pipa y mamá. Por la primera, mamá se rió; por todas tres, mamá me felicitó.

    La pertinencia en las dádivas

    La idea era hacerle visita a la viejita tía de Alfredo, mi suegro, para ver cómo se encontraba, pues vivía casi hermitaña en las encumbradas lomas de la vereda Yarumal del municipio de Amagá, suroriente antioqueño. Comiendo aire, cocinando en leña.

    La idea era llevarle un mercado a la vieja. Un mercado con arroz, fríjol, pasta y parva, consistente en pan, pandequeso, almojábanas. También se le “requintó” la bolsa con jabón, crema dental y otros útiles de aseo.

    ¿Jabón? ¿crema dental? Ana del Carmen hizo esa pregunta con un desprecio de quien es ignorante. Ana, nunca en su vida, había usado eso que llaman crema dental, eso que otros llaman Colgate, que otros llaman Kolinos, eso que de niño llamaba Pruf. Y tampoco sus sobacos, sus pliegues, sus callos y menos su cabello, habían recibido el bálsamo sanador del jabón; no por ello Ana era cochina. Ana lo hacía a la antigua usanza.

    Ana del Carmen, no miraba con desprecio el mercado por orgullos impuestos o heredados, es más, ella no miraba la bolsa con desprecio, más bien, la miraba con curiosidad, como tratando de entender, qué cosas habitaban allí dentro.

    ¿Pasta? ¿Espagueti? ¿Y eso, cómo se hace? ¡yo no sé hacer eso? ¿eso pa qué? ¿Pa qué esa parva, pa qué tanta? ¡eso aquí se daña? ¿Y estos tarros qué son? ¿y yo, cómo abro esas latas?

    Hace poco murió la vieja Ana del Carmen, murió sola, hermitaña. Jamás conoció la pasta dental y el jabón. Jamás conoció hombre alguno ni probó de él sus mieles. Murió hace poco, señorita, sola, mañosa, sin prole, con todos sus hermanos muertos.

    Gran exposición de ganado. José Martí

    “…De pronto  rompen las músicas; puéblense los alrededores del corral: resuenan los aplausos: es que pasean al toro triunfante, al lindo toro de Jersey, a “Pedro”.-Puerilidad será: pero acorralado de todas partes por la lengua inglesa, ¡daba gozo que este triunfador se llamase Pedro! Del narigón lo llevaba el zagal, por una vara enganchada en las argollas, seguido de sus hembras.
    Él, corpulento, impetuoso, duro al palo: ellas pequeñas, adamadas, mansas, como traidas a tierra por el peso de las ubres.
    Mugía, cabeceaba, parecía ender con la pezuña la tierra cada vez que asentaba el paso elástico.

    La cabeza pequeña, el cuerno poco, la mirada sanguinosa, alta la cruz, el lomo ondeado, la grupa baja y caída, parecía digno “Pedro”, como los toros Apis, de las danzas ardientes en que se ofrecían a la vista de la divinidad pujante las doncellas: los perfumes del templo merecía su hermosura: en lsas astas y lomos le hubieran estado bien las guirnaldas de flores. Y se fue negando la cabeza al palo, por la puerta del corral, seguido a paso alegre de sus hembras.”

    Extracto de la crónica Gran exposición de ganado. Tomada del libro Crónicas, de José Martí. Ed. Debate, colección Documentos.
    Un libro de crónicas del siglo 19.

    El mundo encima de una terraza

    Natalia, una niña del barrio Santo Domingo de Medellín, no tiene que preocuparse por buscar salón para festejar su ritual de iniciación a la madurez femenina, pues la verbena de sus quince, se realizará en la terraza de su casa.

    Y es que la terraza es aquel territorio de las casas de los barrios altos, donde se consuman fiestas, pero además: se secan ropas, se guardan trebejos, se jubilan juguetes, pelechan matas, se baten natillas navideñas, se ponen a calar sancochos en leña y hasta se broncean las que no pueden salir a pasear.

    Algunas terrazas son apenas el proyecto de un segundo piso a medio comenzar, con varillas asomadas como huesos, presos del hormigón, que esperan trenzados y lo seguirán haciendo hasta que el presupuesto sea bondadoso de nuevo. La geografía de este Valle de Aburrá, permite que las terrazas de nuestro territorio, sean también, entretenidos asomaderos, balcones para otear la ciudad que a lo lejos se percibe como muda y sosegada.

    Una picaresca estética habita en estos techos planos que llamamos “planchas”, allí el estendedero comparte espacio con el lavadero, y éste último, acoge silencioso todo un conjunto de herramientas para el aseo: cepillos de dientes redefinidos, la coca o la ponchera para el agua, la barra de jabón azul o en su ausencia, una bola hecha de sobrantes variopintos de jabón.

    Una breve mirada desde las cabinas del sistema Metro Cable del Metro de Medellín, nos adelanta la manera como son apropiados esos lugares domésticos: hay planchas que se convirtieron en un lienzo de concreto, telas de hormigón con mensajes de vida pintados sobre ellos, agradecimientos políticos, escudos de los equipos de fútbol preferidos, en fin, vallas, letreros, avisos y hasta la plástica; han decidido reposar en estas planchas de barrio.

    Debido a ese paso alto de las cabinas del Metro Cable, hoy en día las casas han perdido parte de su privacidad aunque han ganado en belleza y organización. Se sabe que alguien desde arriba los mira y que ahora tenemos acceso visual a la lavada de ropas, al baño con agua echada, a los besos furtivos de amores juveniles o a simples momentos de descanso.

    En la terraza vive el perro y se asoma el gato, se crían pollos, aterrizan palomas, come la tórtola y se asoman de manera permanente, los voyeristas amantes de techos ajenos y de historias vecinas. En ellos también se rascan guitarras, se entrenan grupos de punk, como lo recrea Víctor Gaviria en su laureada Rodrigo D No Futuro. Se vive, se sueña y se planea sobre cuartos invisibles.

    Además, no lo neguemos: allí la ropa se seca más rápido que en claustros y apartamentos, y si el tiempo no es el mejor: entrá la ropa que se largó el agua.

    Roland Barthes sería feliz registrando lo que tanto encuentro en las terrazas: plantas curativas sembradas en bacinillas de segundo uso, la penca de sábila, la planta de marihuana para hacer alcohol medicinal, los juguetes oxidados del niño que hoy tiene 25 años, la bicicleta barnizada en polvo, la moto de plástico, tarros viejos por que ¡uno no sabe!, llantas, zapatos sin par, cajas de gaseosa, muñecas sin cápita, ropa colgando y personajes asomados con el patrimonio más placentero del día a día en los barrios obreros: balconear mirando a la distancia para olvidar un instante de cuentas, sudores y malos humores; sintiéndose dueños de una panorámica que no sabe de estratos bajos ni altos y que permite que obreros y dueños sean todos los mismos.

    Por pedigüeña, Luz Edilia ganó reconocimiento como Tendera Líder.

    “Al comienzo, esta tienda parecía una peluquería mal barrida. Un amigo me regaló una estantería de hierro. Comencé con $150.000 y con ellos me fui para la Mayoritaria; allá me llevó un mazamorrero quien me presentó a un amigo con un local donde merqué de todo, pero poquito. Compraba una libra de arroz y cuando la vendía, me iba a la tienda más cercana a comprar otras dos para venderlas al mismo precio para que la gente viera que yo iba saliendo. Como no tenía enfriador, helaba las gaseosas en un balde con agua hasta que lo conseguí”.

    Luz Edilia Cardona López habla del origen de su tienda, el Granero Mixto Fabito con el cual fue reconocida como “Tendera Líder” en la “Noche de los Mejores”, evento realizado por FENALCO Antioquia el 22 de septiembre, y que reconoce la lealtad y el tesón de los comerciantes.

    Para tomarse una gaseosa en la tienda de Luz, hay que subir hasta La Asomadera, un sector de Belencito Corazón en la Comuna 13 y preguntar por la “Cuadra de las Volquetas” como se le conoce a la calle donde reposan los muros del Granero Fabito, debido a que la mayoría de dueños de las casas son volqueteros.

    Para escudriñar las características que hacen líder a esta mujer, hay que tomar silla, prestarse a la comodidad y disponer de largos minutos para escuchar en retahíla, la cantidad de obras sociales en que Luz se mete o se inventa, renunciando incluso, a su propia comodidad: arma fiestas a los niños en diciembre y en octubre para el Día de Disfraces, regala mecato a los niños que cumplen años, arma paquetes escolares, recoge mercados para vecinos necesitados con lo que le regatea a los proveedores que la visitan.

    Hace poco ayudó a una niña que celebraría sus 15 años vestida de bluyín, con torta sencilla y una foto como agasajo, pues el padre no la ayudaba y la madre no tenía con qué. Luz Edilia no podía dejar pasar esa oportunidad y comenzó a buscarle ayuda a Yesenia, nombre de la quinceañera. “Me puse pilas y conseguí el vestido y hasta los guantes con una amiga, logré armar almuerzo con las vecinas y la decoración con bombas con otra de ellas y se bailó el vals que es lo más importante. La niña me ve por ahí y se le ve lo agradecida”, comenta doña Luz, sin dejar espacio entre sus palabras.

    En otra época colaboró con ahínco a un sacerdote amigo que ayudaba a ancianos en estado de indigencia. Para ellos, doña Luz recogió ollas, platos, pocillos, cobijas, camas y ropa vieja. Hasta el equipo de sonido de su casa regaló cuando supo por boca del sacerdote, que los viejitos no tenían donde escuchar música y noticias “Me parecía más satisfactorio saber que los viejitos estaban allá escuchando sus noticias y su música” dice con satisfacción.

    Así es esta mujer, ganadora de $2 millones, un galardón y seminario en Bogotá con la comitiva de FENALCO. Pero como podría esperarse en ella, los dos millones se los gastó ayudando a dos amigas para que organizaran su deteriorada casa -no en préstamo, sino en regalo-, pagó dos meses de servicios vencidos “y ya, me quedé sin un peso”, remata Luz, con apenas una semana de recibir el premio.

    La misma semana del premio por parte de FENALCO, la empresa Pilsen le reconoció su trabajo en el programa “Pilsen 105 años”, donde tenía como objetivo incrementar la venta de cervezas en su comunidad, meta que cumplió y que la hizo acreedora a un segundo premio por 30 millones de pesos, que sea dicho, son exclusivamente para el bien comunitario. Así fue como la comunidad de La Asomadera entre 290 inscritas, se ganó -bogando frías- lo que en plata invertida, será una ludoteca infantil”.

    Y eso sí “¡No se metan conmigo porque se embalan!”, respondió Luz Edilia a las directivas de FENALCO en la “Noche de los Mejores”, cuando de manera cordial, la abordaron para decirle “Que a la orden lo que necesitara”. “No me digan eso, que después los canso pidiéndoles cosas para mi comunidad”, respondió entre risas.

    Antes de tomar la foto que sellaría esta entrevista, doña Luz pidió tiempo para soltarse el pelo y así organizarse un poco, según ella: “Para no quedar como una morcillera o no quedar como una mazamorra toda apeñuscada”. Así es Luz Edilia, quien sigue feliz, sin plata y haciendo el bien a su comunidad.

    Trabajo para Reportería y Redacción, Universidad de Antioquia.

    “Gracias Fomento y Turismo por sacarnos del Desfile de Silleteros”.

    “Gracias Fomento y Turismo por sacarnos del Desfile de Silleteros”. Así decía hoy la pancarta del Señor Colombia, una pancarta acostumbrada a llevar mensajes de paz, de solidaridad y de convivencia, pero que por estos días lleva una queja y un lamento en sus letras.

    Luis Hernando Duque, quien se hace llamar El Señor Colombia, lleva varios años deambulando en cuanto desfile convoque gente y desde hace diez años en el Desfile de Silleteros, vestido siempre con su atuendo tricolor de pies a cabeza literalmente y en compañía de otro combo de “locos” que coinciden en dichas movilizaciones.

    Varios son los mensajeros de paz que no podrán participar este año en el desfile, pues según el Señor Colombia, la oficina de Fomento y Turismo les negó su participación. Luis envió una carta a Cultura Ciudadana y ésta le fue reenviada a Fomento y Turismo, de donde le llegó la negativa. No veremos entonces a la Sirena Humana, a la Abuela Antioquia, al Hombre Cebra desfilando y haciéndonos reír con sus locuras este siete de agosto y la razón según Luis Hernando, es que Fomento y Turismo no los ve dentro del contexto del Desfile.

    Luis Hernando se pregunta si no es motivo suficiente llevar su bicicleta silletera con un mensaje que promueve el buen trato a las mujeres. “Si hubiera hecho algo malo en los años anteriores, pero lo único que hago es llevar mi mensaje con amor” remata Luis con unos ojos rojos y húmedos por sus lágrimas.

    Luis Hernando Duque es fotógrafo social y las ganancias de su trabajo las invierte poco en su manutención y sí mucho en patrocinar esa carrera por llevar sus mensajes de paz a las muchedumbres. Lo hace sin pedir, de manera silenciosa y con dolor por su país.

    Estuvo presente en el concierto de Juanes en la frontera con Venezuela, estuvo en Venezuela, en Ecuador y en varias ciudades de Colombia llevando sus mensajes de paz, y aunque no lo desea, al parecer su siguiente destino es Estados Unidos.

    Desde hace 25 años, la familia de Luis Hernando vive en Estados Unidos y desde siempre han querido robárselo de esta tierra sin convencerlo, pero la negativa que recibió este año para el Desfile de Silleteros, lo tiene pensando en aceptar la invitación. “Si no puedo llevar estos mensajes en mi propia tierra, tendré que irme a otro país y llevarlo desde allí”. El Señor Colombia.

    La verdad a mi también me duele la no participación de este grupo de gente alegre en el remate del Desfile de Silleteros. Ellos son esos personajes variopintos que nos sacan risas a su paso, alegran la fiesta y llevan un mensaje que no le cuesta a nadie y son esos los personajes que me gusta registrar. Ya saben que este espacio es para ellos, para los rechazados, para lo menospreciado, para lo no visto y detallado.

    Si en el Desfile a Caballo abundan los borrachos, los pedantes, los que maltratan a sus propios animales, los que le tiran sus semovientes a los carros y a los que van a pie, los que venden la manga de la Autopista Sur como palcos temporales; ¿será que pueden dejar a estos personajes rematar el Desfile de Silleteros?

    Más de el Señor Colombia en Caracol, en el sitio web del municipio de Granada, Antioquia

    Generando Sonrisas, Uniendo Corazones

    El indio con hambre no trabaja decía mi abuela, después de haberme levantado con los “tragos”, darme el desayuno y calentar cafecito para la mediamañana. Ambos sabíamos que café solo no vale, así que lo acompañábamos con pan o alguna arepa disponible.

    En la Universidad Pontificia Bolivariana, el indio con hambre tampoco estudia. Por ello, la universidad, tiene la Fundación Solidaria, que atiende diferentes frentes de proyección social y tiene entre sus estrategias, el programa de Apoyo Alimentario, dirigido a estudiantes con deficiencias o necesidades alimenticias.

    ¿Estudiantes con hambre en la UPB? Los hay y también en EAFIT, como en otras universidades locales.

    Es así como a cualquier hora del día, los estudiantes beneficiados por este programa, pueden reclamar un refrigerio en cualquier cafetería, que complemente su dieta alimenticia, sin tener que sufrir la discriminación de otros estudiantes con mejores recursos económicos. 40 millones de pesos son invertidos anualmente en este programa, cifra que tiende a crecer cada vez.

    Pero la Fundación Solidaria tiene otros programas que benefician a la población estudiantil con necesidades económicas:
    •    Tiquetes para fotocopias
    •    Fondo Rotatorio de Auxilio Educativo
    •    Plan Padrino
    •    Intermediación Laboral
    •    Instituto Técnico Acciones ITEA

    Instituto Técnico Acciones ITEA

    Conocido por sus vecinos como la UPB de San Blas y para llegar allí hay que pasar de la ciudad central y subir por la carretera vieja que lleva a Guarne, atravesar los diferentes sectores del barrio Manrique y llegar al barrio San José la Cima –muchos ni saben que así se llama- divisando las ropas que se la pasan oreándose y esperando un sol que las beneficie.

    El ITEA es una institución técnica con formación para la incersión laboral y el desarrollo de proyectos productivos, está sembrada en la comuna 3 de Medellín, comuna habitada por gente del campo, desplazados por la violencia y otros cuantos, cegados por el analfabetismo, ciudadanos todos. Allí sin embargo se respira un aire de tranquilidad, su clima es positivo y sano tanto es así “que no tenemos celador en la sede, incluso en vacaciones” resalta Albeiro Betancour, Coordinador de la sede.

    Allí los estudiantes se forman como Asistentes Administrativos con Énfasis en Contabilidad y Sistemas, Instalación de Redes Eléctricas y otros programas aprobados por el SENA y la Secretaría de Educación.

    Esos son algunos aspectos de la Fundación Solidaria Universidad Pontificia Bolivariana, fundación que invierte en los más necesitados, que hace presencia en los barrios altos, proyectándose desde el Campus de Laureles hacia la ciudad, para llegar al barrio donde cuelgan las ropas a la vista de todos.

    Quise resaltar esta fundación, por su obra social educativa, porque soy Bolivariano y porque nada mejor que estudiar y trabajar con la barriga llena. Si desea conocer más de la Fundación Solidaria, puede contactarse con su Director Ejecutivo, Monseñor Jorge Aníbal Rojas al (574) 414 46 07 / 412 62 81 o al buzón funsolidaria@upb.edu.co

    Monseñor Jorge Aníbal Rojas

    La Fundación también busca el apoyo de empresas que quieran formar parte de esta obra a través del programa Plan Padrino e Intermediación Laboral.

    Tatiana. Trabaja actualmente en el ITEA de donde es graduada

    Acerca del comentario de Virgelina

    Quienes me escriben, saben que les respondo de manera privada. Esta vez, haré público el comentario  Virgelina me hace llegar a partir de una crónica donde ella, es una de las protagonistas. (Ver crónica: De misas falsas y entierros verdaderos)

    Quisiera editarlo y ocultar la parte donde me exalta con sus palabras, pero también sería un irrespeto. Publico su comentario, porque vale la pena hacer válido el dicho: el mundo es un pañuelo.

    Comentario de Virgelina

    Yo soy la madre de estos pillos, agradezco que haya existido alguien con tanta capacidad para escribir y poder contar los bellos recuerdos de la infancia de mis hijos.
    Si hay algo que agrade a una madre, es poder devolverle a sus hijos sus momentos de verdadera infancia. Que bueno que todos los niños ahora pudieran disfrutar de una manera sana e inocente, tantos juegos que sirven para vivir en Paz.
    Dios le pague Carlos Mario por hacerme sentir una mujer y madre especial.

    Respuesta a doña Virgelina: Doña Virgelina, gracias por lo que me corresponde, aunque sea tan exagerada. De mi parte, dele una pela bien dada a esos muchachitos, aunque ya estén grandecitos. jejeje

    Gabriel Ángel Serna, 55 años perdido en el tiempo

    Llegué a las once y siete o por lo menos eso creí hasta que entré a uno de los pequeños locales del Centro Comercial Medellín. Primero me encontré con su gastado rostro, plegado por los años -que hacen lo suyo-, luego me asomé, miré, y no aguanté la tentación de saludar, como hago siempre antes de tomar una foto, o antes de pedir permiso para tomarla.

    Les decía que eran las once y siete, pero como una asíntota en el tiempo, todos los meridianos de la tierra pasaban por el pequeño local de Gabriel Ángel Serna. En cada girar de mi cabeza buscando una foto sin tomar aún, una hora distinta aparecía ante mis ojos y ante mi cámara que no sabe de husos horarios: once dieciocho, once veinte, y me quedé allí, hablando con este relojero con 55 años de experiencia y capturado por el encanto de su pequeño territorio laboral.

    Don Gabriel, abre cada mañana, su local en el Centro Comercial Medellín, contiguo a la Plaza Minorista de Medellín, para sentarse ante ¿centenas, miles? de piezas, repuestos, bobinas, pulsos y demás maquinaria que le sirve de inventario para arreglar cualquier relojito que le lleven.

    Bajo el cristal de otra mica son las cuatro y tres, y así se quedará porque ese reloj ya no tiene remedio. Un Citizen análogo y digital me dice que son las diez y 31, pero hasta esta altura me es difícil creer en la verdadera hora que Colombia ha decidido convenir.

    “Ocho y 38” y don Gabriel me comparte detalles de su vida como relojero: aprendí mi oficio por correspondencia a través de un curso de relojería que duraba dos años y que entregaba diploma inclusive. Era el instituto, Nacional, el que impartía los cursos y hacía examen al finalizar. Los fascímil para inscribirse, venían en el periódico El Heraldo y eso me permitió estudiar algo para defenderme en la vida, y ya ve, ahí voy…” “Trabajé nueve años en Barranquilla, en la Joyería Serrano, en Bogotá y aquí en Medellín en la Farmacia San Francisco, en la Prendería monte Verde y en el Centro Comercial llevo 15 años” comenta don Gabriel


    Continúo tomando fotos y verificando horas: diez y uno, cuatro y treinta. No sabremos nunca si de la mañana o pasado el meridiano, pues los relojes los hicieron para marcar medios días. Un vendedor de mangos, magullados por cierto, se acerca al mostrador y me vende tres –blanditos- en mil pesos –para jugo están bien- y se queda para ver mi entrevista y hablar de relojes con el experto. “En Barranquilla arreglé varios Rolex genuinos, aquí ya no me caen relojes finos”.

    Me quedé admirado con otra sorpresa más de ese local, pero de esa no les comentaré nada -es un tesoro que no quiero compartir si me disculpan el egoísmo-, me quedé tomando fotos, buscando la luz pues no me gustan ni los trípodes, ni las luces falsas, aunque algún flash me tocó sacar. Don Gabriel es uno de esos viejos buena gente, amable entre Jawuacos colgados, falsos unos, cercanos otros. Entre piñones y bobinas, entre pilas y alambritos, entre risas y tres mangos por mil.

    Plazas, mercados y ventorrillos del mundo

    Con el permiso de Gloria Cecilia Estrada, Eliana Vásquez Osorio, Julio Eduardo Gómez, Edwar Guillermo Restrepo, Natalia Trujillo; se publicó en Generación, suplemento de El Colombiano, un pequeño especial acerca de la convocatoria permanente de este blog, a participar enviando imagenes de otros mercados del mundo.

    Israel, Chile, Venezuela, Estados Unidos, Holanda; son algunos de los países de estet texto, que recoge mis impresiones y mi estima visual por las plazas populares de mercado. Para ver el texto… Página 22.

    Mis gracias son para ustedes que me leen , que colaboran con comentarios, textos e imágenes de otros meridianos. La convocatoria sigue abierta. Cabe decir que debo fotos que aún no he publicado: España, China, entre otros.

    De misas falsas y entierros verdaderos

    Una historia real…

    De misas falsas…

    Tres varones y una damita, hermanos ellos, convocaban a la muchachada del barrio Santa Teresita, a participar del acto litúrgico que estaba por celebrarse en casa de doña Virgelina, allá en el Yarumal de los sesentas.

    No era de extrañar que fueran los niños, los que llamaran a participar de los rituales cristianos, pues, estos valores estaban arraigados en el barrio desde su fundación, por parte de Los Misioneros Javerianos de Yarumal. Este barrio estaba ubicado, además, entre el seminario y el cementerio del municipio. El imaginario colectivo e infantil, por tanto, era alimentado por cantos, sahumerios, entierros, penitencias y vivas al cristo resucitado.

    Sin embargo, el sacrificio que estaba por ocurrir, es decir, la misa, no era como las que se celebraban diariamente en el seminario. Esta misa iba a ser oficiada por los cuatro hermanitos convocantes y era parte de sus juegos y pilatunas infantiles.

    Uno de ellos, quizás el mayor, preparaba un improvisado altar en algún espacio de la casa y ponía sobre la mesa lo que fueran, las especies de la sangre y el cuerpo del Señor: leche, fruto del sudor y el ordeño del hombre y banano, cortado en tajadas.

    Así era. En Yarumal, jugaban a la misa y en lugar de vino y de hostia, John Jairo, Jorge, Edgar y Patricia; servían leche que tapaban con un trapito blanco, y banano que partían en finas tajadas a modo de hostia, y eran levantados incluso, como en el ritual verdadero para una transubstanciación que nunca ocurriría. Los niños que aceptaban la invitación y que hacían de feligresía, asistían no tanto por el ritual en sí, sino, por disfrutar de la leche con banano ofrecidos mientras los ministros del juego cantaban a coro: quien cree en ti Señor, no morirá para siempre.

    De entierros verdaderos

    Pero en las pilatunas de estos cuatro muchachitos, no estaban solo las misas, había también un juego más fúnebre, algo más que una maldad inocente: los entierros.

    Eran los días en que doña Virgelina, madre de estos zumbambicos, reposaba sus 40 días de dieta materna y desde su cama preguntaba: ¿dónde están esos muchachos? – Ellos iban como pa bajo, boliando una olla y cantando. Respondía alguna voz familiar.

    En el solar de la casa, había un tanque grande donde guardaban agua para lavar las marraneras y darle de beber a los pollos. En este tanque de agua, los hermanos mayorcitos metían algún pollo extraído del galpón familiar, para quitarle la vida ahogándolo.

    Una vez el pollo dejaba de luchar con sus plumas, patas y alas para defender su vida, este era echado a una olla de aluminio y llevado por los niños, por el camino que va al seminario, buscando alguna casa de tapia destruida y abandonada, para enterrar allí, los despojos del recién finado. La caminata se hacía a borde de carretera a la vez que se le cantaban los responsos correspondientes.

    Hallada la tapia, abrían en ella un hueco donde pudiera reposar el ahogado. La cavidad era sellada con piedras y tierra, como lo veían en los entierros verdaderos de los que tantas veces fueron testigos, y terminaban el ritual rayando cualquier garabato, como identificando la tumba a la espera de mejor lápida. De vuelta, los niños terminaban su procesión con el mismo coro que cantaban en sus “eucaristías”: quien cree en ti señor, no morirá para siempre.

    Y así, estos loquillos regresaban con la olla vacía y un pollo menos en el inventario del galpón. Una vez llegados del entierro, doña Virgelina los confrontaba: ¿Dónde estaban, jovencitos? Enterrando un muerto. ¿Y qué llevaban en esa olla? El muerto ¡Un muerto no cabe en esa olla! Y ellos, sin poder ocultar por más tiempo la inocente maldad, confesaban los detalles del entierro.

    De vez en cuando, y como parte del mismo juego, estos muchachitos visitaban el improvisado cementerio para rezar por el “alma” del pollo.

    Hoy, Patricia Gil, compañera de trabajo en la Secretaría de Educación, me confirma que, aunque tenían familiares sacerdotes, ninguno de sus hermanos optó por esta vocación. John Jairo murió a los siete años, Jorge es médico; Edgar, profesor y Patricia, pedagoga, maestra de maestros. -¿Y vos, de qué te acordás?-

    Mi Polaroid imaginaria

    Me llegó carta de una bloguera amiga que hace poco conocí personalmente. A parte del placer de conocerla, tuve el placer de recibir, como ya lo dije, un correo suyo donde me confesaba su pasión. Me pareció hermosa esta historia y muy evocadora, tanto, que les traje el texto para que no quede en secreto, semejante confesión.

    Mi Polaroid Imaginaria. Por: Sara Cuartas Valencia (carta enviada a mi correo)

    Siempre me ha gustado la fotografía pero técnicamente he tenido negaciones con las cámaras. Quisiera compartirle algunas de mis experiencias con el tema. Creo que en estos recuerdos puedo reafirmar que la imagen siempre será mi pasión pero opté abordarla desde lo literario.

    Recuerdo que el primer contacto con la fotografía fue hace unos 19 años. Era una camarita que me enseñaron a construir en el colegio en clase de Estética. Era un juego de papiroflexia: triangulitos que al unir dos partes dejaban un pequeño hueco que hacía de visor y lente con el que se “capturaban” cuadros maravillosos que no podían ser vistos en ese instante sino por el “fotógrafo” y jamás materializados en un papel -al menos que se hiciera un dibujo inmediatamente-.

    No había cómo revelar las imágenes que se veían al poner un ojo en el pequeño espacio mientras el otro hacía un guiño. Uno de mis mejores recuerdos fotográficos era mi madre tejiendo. “Registraba” todo lo que había en casa y a mis amigos de la cuadra; pero tuve una gran decepción con mi Polaroid imaginaria cuando a Mábel, mi vecina, le regalaron una camarita de pasta naranjada, rectangular y con un flash en la mitad. La cámara más poderosa que había visto.

    Mabel era hija de un vendedor de repuestos de carros. Se decía que el dinero del padre de mi vecina, era de origen “caliente”; -me imaginaba billetes en llamas o saliendo de un horno como un pastelito-. La vecina tomaba fotos, pero ella obtenía las imágenes en papel, luego de ir con su madre a Foto Japón. Recuerdo que nos sentábamos todos los de la cuadra a vernos en las fotos.

    Mi Polaroid imaginaria padecía del rechazo y la burla de muchos, no había nada por mostrar días siguientes a las tomas que había hecho con mis humildes triangulitos. Abandoné mi camarita de papel y en esa envidia terrenal por el rectángulo naranja de mi vecina no quise seguir haciendo fotos. Días después le dije a mi madre que quería una camarita de cumpleaños quien me respondió que para un próximo onomástico me la daría, entonces esperé ese día con ansiedad y cuando llegó, encontré una camarita, pequeña, de color naranja como la de Mabel, pero no tenía espacio para poner el rollo o disparar, era de JUGUETE.

    Recuerdo mi tristeza ese día, y más cuando Mabel, que estaba invitada a la fiesta de mi séptimo cumpleaños, tomaba las fotos a mi fiesta y a mi cámara de juguete. Pensaba que la cámara era para adultos o niños con mucho dinero, como mi vecina.

    La cámara que había en casa, se usaba en fechas especiales y nunca la pude manipular. Mi resignación fue tanta que me olvide de esa pasión. Cinco años después de ese cumpleaños, me regalaron una preciosa cámara, era mi objeto del deseo; no paraba de hacer fotos hasta que mi próxima decepción se hizo manifiesta: la espera por ver revelado en Oduperly, un rollo con 24 tomas que se me fueron en un instante. Frustración porque mis padres no tenían dinero para estos asuntos de la imagen y menos de manera permanente; pasaron meses antes de ver el resultado de mis tomas.

    A mis 17 años, estando en grado 11, desempolvé el maravilloso regalo, y con las ventas que hacía de chocolatinas en el colegio compraba rollos y revelaba las fotografías en una hoja de contactos, -que me decía la señora de foto Japón, salía más barato y podía ver cuáles me gustaban para luego ampliarlas-. Muchas de las fotos que tomaba me parecían feas, aburridas, pero mis compañeras de colegio me encargaban una que otra. Tomaba fotos a todo evento y hacía historias con ellas, juntando las imágenes y los textos que leía o escribía en las tardes.

    Cada día tenía menos dinero para comprar mecato en el recreo y mis ingresos por las ventas estaban destinados a comprar libros en la librería La Anticuaria o en la librería de la Universidad de Antioquia, a comprar rollos y a su revelado. Mis  gustos eran sencillos pero costosos para mi estado financiero. Dejé por completo la idea de seguir con la fotografía cuando le mostré las fotos que realizaba a un conocido que estudiaba Artes en la Universidad Nacional. Sus cometarios dejaron mi pequeña muestra fotográfica hecha pedazos, no creía que un estudiante de Artes tratara a un aficionado con semejantes palabras. La risa burlona de él hacia mi cámara fotográfica fue tanta, que me sentí como un mosco en la sopa más selecta y amarga. Hoy no olvido los comentarios del estudiante y de Mabel.

    Desde luego que seguí tomando fotos y me aseguraba mucho de que mi camarita -que según el estudiante de Artes era para tomar fotos de paseos en Comfama y no para fotografía artística- me diera satisfacciones. Cada foto que tomaba, aunque no tuviera técnica, tenía vida.

    Momentos significativos capturados con el par de triangulitos de papel: mi madre tejiendo. Una compañera del colegio durmiendo en clase de Química con un rayito de sol colado por la ventana e iluminando su rostro. Una señora barriendo la calle con un vestido colorido y su escoba como el mejor de los autos. Una pareja besándose en el parque en medio de niños. El remiendo de una media. Guayacanes Amarillos con sus flores en el piso por los meses de febrero y marzo. Mi papá recién levantado. Un niño con su camisa blanca manchada con helado de mora. Los dedos de mi abuelo teniendo la prensa. Imágenes que me son inolvidables.

    Le dije que la fotografía me ha gustado, pero he tenido inconvenientes que me hicieron dejar mis triangulitos de papel hacedores de instantáneas, hoy, recuerdos imborrables. Pero pensándolo bien, si funcionó mi Polaroid imaginaria.

    Imágenes: 1. Cámara similar a similar a la primera que me regalaron (Múnera) a los 12 años, una Kodak 76x con flash en Magicubo. Los Magicubos se compraban en droguerías. 2. Bolardo en Carabobo.

    La Cobija, una segunda placenta

    Pachito es un perro de raza beagle y nadie lo mueve del patio de ropas cuando, en día de aseo, Amparo Ángel lava la cobija hecha de tiras de lana que es la vida de este can. Pachito se sienta por horas con su mirada puesta en su colcha y cuando llega una visita, ladra y les lleva al patio de ropas rogando que se la bajen del tendedero.

    Jaime, uno de mis alumnos, tiene un sobrino que cada que llegaba a la casa después de la guardería, lo primero que hacía era pegarse a su chicuca, como le decía a su cobija, mordiendo una de las puntas y sobando el resto de la misma hasta dormir. La tenían que lavar cuando salía a estudiar y ¡ay de que no se secara para cuando regresara!

    En nuestros viajes por carretera, mi abuela sabía que lo único que no podía olvidar era aquella frazada a cuadros que ella misma remendaba una y otra vez porque yo no permitía, ni en broma, el cambio por una nueva. En su máquina de coser, ella insertaba a mi cobija un borde de seda, para alcahuetear la costumbre de deslizar las comisuras de mis dedos sobre los bordes de mi cobija, sensación que me producía un placentero frío en la mano. Hoy mi cobija goza de buen retiro y es colchón de la mesa de planchar en mi casa materna. Mamá aún se ríe, cuando me ve pasando mis dedos por cuanta tela con seda tome en mis manos. ¡Un vicio de muchos años!

    Instinto

    Una tela, un instinto, un olor. La cobija es una enigmática cobertura que nos acompaña desde el primer día en que nacemos, es nuestro primer vestido, nuestra primera pertenencia, es la continuación de la placenta que nos cubrió una larga temporada. El apego a la cobija nos confirma como animales que somos, nos recuerda lo vulnerables que podemos ser sin esa cálida manta, nos da seguridad y calor que abriga.

    Son muchas las cobijas que han ido a parar a las mesas de planchar, otras han terminado siendo el nido de la perra ¡y vaya lávesela a ver si no le gruñen!, otras pasan hasta la tercera generación como herencia que no tiene precio, como prenda sagrada. Otras simplemente esperan arropar con su calidez la visita del momento. Pero hay quienes no duermen si no es con su cobija, así sea doblándola como almohada o llevándolas consigo a otras partes si saben que es velada de amanecida.

    Las prendas pasan, los zapatos tallan pero nuestra cobija permanece allí, perenne durante nuestro crecimiento y crea en nosotros un apego animal que va ligado al olor, un olor que se incrusta en nuestro subconsciente sin darnos cuenta; fragancia que nos invita cada noche y en cada arropar a repetir sensaciones de nuestros primeros respiros de vida. Es el olor el que nos une a ella sin darnos cuenta, es el olor el que nos lleva al pasado, a los primeros años de vida ya sin recuerdo.

    Es otra consentida de la casa

    Hay parejas que se arropan cada uno con su propia cobija, algunos infantes hacen un cono con la punta para después metérsela a la boca o sobarse con ella la oreja. Como expertas torcedoras, las mamás envuelven a sus críos como un “tabaquito” en ella. A la perra hay que dejársela sucia, al enfermo comprársela antialérgica, al friolento la de los indígenas. Al que sufre calores una bien delgada. Al que no quiere botarla hay que remendársela una y otra vez, como la mía verde de retazos variopintos después de sufrir varias cesáreas naturales.

    Se sufre cuando es ajena, se extraña cuando la están lavando, se añora cuando está secando. Algunos la prefieren limpia, otros rechazan su aroma a detergente; pero siempre será un trauma mudar de frazada para recibir una nueva, como el relato de una niña a la que le botaron literalmente su cobija a la basura, fue a la caneca y sacó un extremo de ella, se lo metió a la boca como siempre y se quedó dormida tranquilamente allí mismo.

    Otra historia es la de Daniela, una niña que no ha cumplido sus dos años y ya tiene un apego marcado por su manta. Lo demostró cuando Sandra, su mamá, olvidó la frazada de la niña en un taxi. Daniela, quien apenas modula palabra, repetía con insistencia coijita, coijita; lloró y no durmió bien por tres días. Le mostraron varios cobertores intentando calmarla infructuosamente, hasta que el papá tuvo que visitar un almacén de la ciudad en busca de una cobija y mientras la vendedora le mostraba varios estilos, Daniela reconoció “su cobija” en la góndola de aquel almacén y repetía “coijita coijita” apretándola con sus brazos y apoyándola en su cara sin soltarla ni siquiera en la caja al momento de pagar y menos para empacarla. Sus prevenidos padres compraron otras dos cobijas idénticas por si las moscas.

    La cobija es parte de nuestra piel, es el vello que ya no tenemos, es el techo que nos abriga en cada cerrar de ojos, es nuestra familia cuando estamos lejos, es el olor materno cuando mamá no está, es el tormento para los que están en duelo, es el abrazo para el que duerme en quicios y aceras, es el impulso que nos une como especie y como seres salvajes. Es prenda de mañas y de vicios personales, es otra mimada y consentida de la casa.
    Ya los veo recordando sus propias historias.

    Primera imagen: cobija secando en la Comuna 13. Foto desde cabina del Metro Cable.
    Segunda imagen: pequeña cobija y demás chiros secando en casa de Moravia.

    La mirada perdida

     

    Lo que dice la mirada, cuando los labios no dicen nada

    Un cúmulo de ángeles de negro, voyeristas de pensamientos ajenos, conviven entre las conversaciones mentales de decenas de alemanes, visitantes de la Biblioteca de Berlín en la película Cielo sobre Berlín (Wings of Desire) de Win Wenders, 1988.

    El ejercicio lo repito con alguna frecuencia cuando viajo en Metro y comienzo a percibir diversas miradas que le cambian la tonalidad al rostro de cientos de pasajeros, anónimos por lo menos para mí. Comienzo de pronto a inventar historias de cada perdida mirada como queriendo ingresar al imaginario de cada quien y escuchar los conflictos internos que tienen allí su teatro de acción.

    ¿Qué estarán pensando estos que no miran nada?, ¿dónde reposan su mente con ojos de foco perdido? Algunos la enclavan en contabilidades caseras con el cuadro lleno en el haber. Otros, con miradas giocondanas, posan una picardía de domingo no lejana en unos ojos que quieren recrear un erótico pasado de reciente suceder. Algunos parecen leer el libro reposado en el regazo, pero solo siguen renglones sin sentido porque su pensamiento está en otra cosa, en ella, en esa mujer que su paz ha trastocado. Esas miradas dueñas de si mismas están acompañadas algunas veces de manos tejedoras con hilos invisibles que se mueven y entrecruzan como tejiendo imposibles, en otras ocasiones y sin darse cuenta, las miradas van acompañadas de pucheros adultos hechos por labios que parecen musitar palabras mudas, como mordiendo los pensamientos que los ojos callan, como haciendo muecas inconscientes, como opinando, como apretando recuerdos.

    De algunas personas, me es aterradora la mirada cargada de callos y de tristeza, miradas apresadas entre rostros llenos de arrugas, como la de María Aurora Valencia, dueña de una chaza ambulante a quien le pedí un día que me dejara tomarle una foto con su pequeño almacén de confites, foto que consta en mi blog y que denota un angustioso cansancio y el anhelo de un casi imposible cupo en un ancianato ubicado en La Estrella. Un mes después de capturar su natural mirada de párpado caído, Aurora era poseedora de otra mirada esta vez más relajada, en el ancianato donde aprobaron su cupo, gratis.

    Rumbo a la estación Berrío del Metro, algunos ojos se hunden dentro de rostros curtidos, confesando el agotamiento obrero y la insatisfacción manifiesta de largas jornadas con horas extras no canceladas, esas son miradas acuosas, teñidas de rojo y de lento parpadear. Las cortinas de esta mirada se cierran de cuando en cuando y se abren de vez en vez como atalayas que avisan al pasajero dueño de esos ojos, que ya es hora de bajar para una nueva jornada de lucha diaria.

    Estación Prado del Metro avisan por el parlante, pero unos ojos vecinos siguen esquivos ante el sonoro aviso. Ellos se mueven lentos, cavilantes, con su punto de fuga puesto en un par de zapatos de tacón bajo habitados por los viejos pies de una común anciana sentada en frente. Esta mirada, que se clava en el detalle sin observar nada, es la actitud del ojo cuando descansa impávido para que el autor de largos pensamientos comience a tejer historias rumbo a casa. Es esta mirada de quien se abstrajo del audible mundo para coser pensamientos con hilos de recuerdos e ideas, hasta que un tercer llamado con nombre propio le haga salir de trance: ¿Qué hubo, qué estabas pensando?

    Cuántos no hemos entrado en ese trance que nos deja ensimismados, tercos al mundo externo. Cuántos no hemos puesto sin quererlo, nuestro foco en un reloj de mano ajena, en un vaso ya vacío o en el teclado del ordenador como esperando que las letras se escriban solas. Cuántos de nosotros hemos buscado rostros nuevos en los techos de madera.

    De algo estoy seguro y lo confirmo cuando viajo en Metro sentado en las bancas con otros congéneres esperando enfrente, y es que tenemos terror de mirarnos y reconocernos en el otro. Haga el ejercicio y verá que no miento, que a nosotros no nos gusta que el extraño nos mire, y si las miradas de dos hombres son las que se encuentran, ha vergüenza manifiesta creyendo el otro, que yo soy de gustos diferentes. Cuando el otro nos descubre mirándolo, lo evadimos inmediatamente o cuando soy yo quien descubro esas fortuitas miradas, el del frente es quien me niega sus ojos. ¿Quién nos prohibió dejar la mirada perdida en los ojos del otro?
     
    Y ya cerrando los ojos… Dejemos que la mirada se pierda en las ventanas de los otros, miremos de frente y olvidemos la mentira, dejemos que la mirada se pierda cuando los labios no digan nada.

    Naturaleza muerta

    Naturaleza muerta… De esas que abundan en las terrazas de muchas casas. Zahúrdas estas que son museos muebles que cuentan la historia de los barrios, de los objetos y de la familia misma. Allí reposan biciclos otrora triciclos, cajas con botellas de una gaseosa extinta; el nido de la perra también se ampara allí bajo la sombra de dos latas.

    Allá la humedad, la caca de perro que se seca al sol, la ropa que hay que entrar “Mija, corra que se largó el agua”. Reposan allí los materiales que esperan construir la pieza de Dora la mayor, allá las muñecas que no se usan, las quimbas malas, los ladrillos que hacen de repisa del moho y la humedad, allí la casa de la cucaracha y la coca del perro ¿ya le cambió el agua?

    Todo es tapado por plásticos rotos que son tapados por otros plásticos rotos, tiesos y quebrado por el sol. La olla mala, la ponchera usada, la batería de carro que espera llenarse de agua lluvia, la penca e sábila que crece bondadosa, las rosas de Nena, la media nona, la grabadora muda, la plancha muerta.

    Así, así son las terrazas del alto mundo, de los barrios de empinado descenso, de las postrimerías de una ciudad partida. Así son los techos lisos donde los pelaos se asoman para atisbar la tarde que duerme lenta.

    Terraza en el barrio Popular 1

    De la Minorista al Marymount, Historia de un álbum familiar

    Crónica publicada en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, el 30 de diciembre de 2007, bajo el título de “Tras el rastro de un álbum perdido”

     

    2005, día de mercado

     

    Marta abandona el camino de múltiples colores, de olores varios a fruta y sudor de pueblo, se desvía del circuito normal de compras en la Plaza Minorista en Medellín para dar un vistazo a los particulares locales de cachivaches, segundas y antigüedades que hay en el costado occidental de la misma, locales que visita muchas veces en compañía de su esposo Jassón De La Rosa, quien compra allí diversos artículos con qué armar eclécticos adornos para su casa en Copacabana. Entre hierros oxidados y cobres opacos, dos álbumes en regular estado roban la atención de Marta quien al hojearlos percibe a una familia feliz y de afortunada posición económica.

     

    Diez mil pesos paga por el nuevo tesoro que tocan sus manos; el polvo y la mugre corren por cuenta del vendedor y del tiempo. Los compró porque no aceptaba que decenas de imágenes estuvieran por fuera del territorio familiar, porque presiente la angustia de una familia por la pérdida de dos volúmenes de recuerdos y de rostros que cada vez se hacen más familiares. Se los compra al destino con el único fin de encontrar a sus dueños.

     

    2007, invitación abierta

     

    En un cotidiano encuentro de medio día, Jasson y su esposa me contaron de su especial compra dos años atrás y me invitaron a conocer su casa y a plantearme el reto de encontrarle dueño a los dos álbumes perdidos. Solo tres meses después correspondí a la invitación,  y acompañado de mi amada compinche, conocimos el bello tesoro avaluado en cientos de sonrisas y enmarcado entre los años 1969 y 1970. Varias hipótesis bailaron entre historias y risas y concluimos, a-priori, que una pérdida entre algún traslado o un robo a su castillo urbano, era la causa de que estos dos ejemplares rodaran entre cartones y papeles, cofres y latas, entre piñas y papayas.

     

    Con ese insumo ya en mi casa, corrimos mi esposa y yo a leer signos y a armar descendencias, a realizar cirugías ambulatorias y a extraer imágenes claves para dar con sus protagonistas en carne. No era una autopsia, porque los álbumes nunca mueren; el mal revelado y el fuego son sus únicos asesinos. Tomamos nota, sacamos nombres, unimos apellidos, pusimos edades, hicimos cuentas, tomamos muestras y una pista fue elegida para comenzar.

     

    Llamada al Marymount

     

    Según los uniformes y una primera comunión celebrada en el colegio, una de las niñas de la familia en este álbum había estudiado en el Marymount para 1969. Me contacté con esta institución y entre traslado y traslado de llamadas di con la encargada de la tienda de libros de las exalumnas, Tita Uribe, quien de ahí en adelante fue mi compañera de búsqueda. Ella a su vez, propagó como fuego esa exploración que se nos antojaba a todos como lúdica y chistosa, pero a la vez seria, pues se trataba de una pertenencia ligada al corazón. El correo electrónico fue la herramienta mediante la cual se transmitían algunas imágenes a varias personas que en 1969 estuvieron involucrados de una u otra manera con la institución; Carolina Muñoz, quien colabora actualizando la base de datos de exalumnas del Marymount, identificó a algunas niñas en la foto y, mediante una cadena de correos, continuó la búsqueda de algún integrante de la familia del álbum.

     

    Una dulce voz al teléfono

     

    Tanta cercanía con este álbum viajero, con sus fotos y paseos al exterior, tanto acariciarlo en cada abrir y pasar de hoja, termina uno creyéndose parte de la familia y es como si se buscara en cada imagen, uno siente que estuvo en Londres con ellos; se ve  posando en Guatemala o sentado en su sofá. También sucede que la magia de un álbum nos hace parecer eternos, por siempre jóvenes, con utópica alegría, con sempiterna felicidad, sin problemas que se cuelen por ventanas abiertas. Uno cree que los de la foto siguen así de jóvenes y radiantes, siente que el tiempo se detuvo para ellos, que sus pieles son las mismas; todas estas eran mis percepciones hasta que en mi pequeña oficina sonó el teléfono y una dulce voz anunció su nombre. Aunque ella se presentó como alguien a quien yo no conocía, lo cierto es que todos éramos parte de ese álbum, por eso exclamé ¡Doña Inés, claro, la del álbum familiar! Hablé con ella con una alegría infantil, emocionado; sorprendido también porque su voz no correspondía a la que había fabricado mi memoria, habían pasado 37 años. No indagué mucho y me cité con ella y con todos, para escuchar de viva voz todo el hilo de esa madeja interesante y provocativa. Sólo me adelantó que una Tita la había llamado y que la saludó diciendo: “Llamo a hacerle la llamada más chistosa del mundo…”

     

    Inés Helena Hernández

     

    Tiznado de ansiedad, acudí el dos de septiembre al encuentro con Inés Hernández, acompañado de mi esposa, Jassón y Marta. Nos recibió un rostro algo distinto en texturas pero no en belleza; era Inés, quien vive sola desde la muerte de su esposo en  2000; sus hijas tienen su hogar en otro país. Fotos de varias nietas –su único patrimonio- escoltan la casa en cada rincón. Con sonrisa dulce y modales de reina, Inés nos invitó a pasar a la mesa para ver con ella los detalles de cada imagen, cada personaje, cada habitante de aquel libro sagrado. La invadimos con preguntas, mientras Inés sollozaba al encontrase con la foto de su hijo al que no ve desde hace siete años y que partió enojado con la vida, con ella, con su padre. En ese momento Clemencia, su hija menor, llamó desde Miami; su madre, con un deje pícaro, la dejó en ascuas y no le adelantó nada del encuentro, sólo dijo que tenía una visita particular.

     

    Inés nos contó que tras la muerte de su esposo, tuvo que vender su apartamento, su empresa y varias de sus pertenencias ya que Rodrigo había dejado muchos negocios abiertos y deudas por pagar; atosigada por esa nueva situación económica lo único que quería en ese momento era tapar todos los huecos que su esposo dejó abiertos. Nos contó que el álbum no lo perdió, no se lo robaron, que lo botó voluntariamente un día de trasteo en 2001, menguando las cargas y la economía y los abandonó sin rituales de quemado o rasgado, los botó a la voluntad de recicladores ambulantes, los botó porque quería romper con todo y así lo hizo.

     

    Esa tarde viajamos con Inés a su memoria, caminamos de la mano de ella y de todos los personajes de esta historia. Vimos la foto y conocimos la historia de Maria Cecilia Hernández, su hermana y fundadora de la Casita de Nicolás tras el asesinato de su hijo. Caminamos de la mano con Inés, con Pilar Gómez Martínez y su padre, don Fernando Gómez Martínez, cuando en el 69 abordaban un avión rumbo a un congreso interamericano de prensa en Acapulco, México. Inés era muy de la casa de los Gómez Martínez y servía como traductora a Pilar en algunos de sus viajes. Conocimos a su bisabuelo Francisco Antonio Peña, creador de la Pomada Peña, que “…inicialmente se creó para la caspa, pero cuando las mujeres vieron cómo desaparecían las manchas de sus manos, pulieron la fórmula para ser lo que es hoy…”. Clemencia, la menor de sus hijas, llama por segunda vez durante nuestra visita sin que Inés le adelante nada del encuentro.

     

    Aquella estadía, alumbrada por un cielo que iba ya cerrando, fue una visita de esas que dejan huella, sobretodo por la personalidad de esta agradable mujer que nos dio enseñanzas de humildad y sencillez, que pasó de la opulencia a administrar cualquier peso que le entra de alguna renta, que pasó de los muchos viajes aéreos a caminatas por pleno centro de Medellín y sus recovecos,  adornada a veces de sus clientes, como llama ella a indigentes que siempre le hacen fila por algún dulcecito. Una mujer que agradece a Dios su actual condición económica un poco más modesta, para desapegarse de cosas que realmente no son esenciales ni valen la pena. Que nunca miró por encima del hombro, pero gusta de darse democráticas caminadas por pasajes comerciales. “No quiero volver a esa vida”, dice ella, “solo me quedan recuerdos, sigo aparentando tal vez ser una mujer rica”.

     

    La verdad es que Inés es rica, no lo dudo. Hoy la vida le devolvió dos de los 20 álbumes que sacó de casa en 2001, pero más que álbumes, ella espera que su hijo Juan Rodrigo deje ver su rostro y su sonrisa de nuevo, la que dejó plasmada en el álbum, un álbum perdido y encontrado, un álbum que quedó en mi memoria. A Marta y Jassón les tocará comprar otro álbum, porque este ya no es de ellos, ya no es mío. Me tocará visitar antigüedades y galerías en busca de más personajes como Inés, me tocará seguir caminando esta y cualquier otra ciudad en busca de sonrisas. Amén.

     

    -Rodrigo, Maria Luz, Maria Inés, Clemencia en brazos, Juan Rodrigo

    -Imagen de doña Inés en compañía de don Fernando Gómez Martínez y su hija Pilar Gómez 

    -Juan Rodrigo. Inés no lo ve desde la muerte de su padre

    -Foto de Inés tomada del álbum, tomada por Castro en el Poblado

    -Aspecto actual de Inés Helena Hernández

    -Inés Observa el álbum en compañía de Marta

     

    Más allá de lo evidente

    Esta crónica fue publicada en Generación de El Colombiano el 21 de enero de 2007

    Curiosidades de las fotografías caseras. Una crónica para ver más allá.

     

    Una modelo da la bienvenida a octubre en un almanaque del 78 de Goodyear, unos tenis Atomik acompañan mi alegría en el Parque Norte al lado de las sombrillitas, unos Forché casi extintos, un overol del Chapulín Colorado, el viejo símbolo de Inravisión congelado en un televisor Hitachi, monocromático con cubre pantalla azul para que parezca de color. Son algunos extractos de ver por enésima vez mi álbum personal, un escaparate de imágenes de esas que se van difuminando con el crecimiento.

     

    Cuando veo un álbum ajeno, es mi costumbre voyeurista, ver más allá de lo evidente, ver más allá del foco central, de la cara festiva, del peinado de Alf, de la bomba (peinado) de mi mamá; me gusta ver más allá de risas y velas, de flores que adornan orejas, de poses de colonizador al lado del bus (con el pie sobre el bómper), de la casa o del tren o del eterno Studebaker.

     

    A mí me gusta ver los otros en las minifotos de Junín, esos que entran a los álbumes sin invitarlos, pero que quedaron congelados porque pasaban por el Club Unión, mientras en el María Victoria exhibían Marcelino Pan y Vino y yo posaba con gafas de carey peinado por Juanita, mi abuela.

     

    Me gusta ver el Simca mil y su placa negra adornado de una valla de Naranja Postobón y de cigarrillos Imperial, me gusta mirar el calzado que usan los posantes, ver mis Croydon azules o unos de cuero tipo posguerra que no sé cómo los acepté.

     

    Ver una botella de Kolkana olvidada o de gaseosa Lux, ver lo que comúnmente no se mira, asomarse en las esquinas de la foto, mirar el que quedó mocho, observar estampados, ver que en los setentas no se usaban colores primarios, ver que una paloma quedó montada sobre otra en algún parque de otra ciudad.

     

    No sólo digerir el texto de la imagen, sino su contexto visual, deducir a qué horas fue y cuántos invitados eran según el número de vasos y la botella de vino Moscatel al lado. Ver más allá de lo denotado me provoca más interés, más análisis, más risas. Me pregunto qué será de los otros, aquellos caminantes anónimos a quienes el flash (o el magicubo) los detuvo, qué edad tendrán hoy o si ya sólo existen en mi álbum.

     

    Es dar una segunda mirada, una que nos deje ver el mundo real y cómo fue, una que nos muestre despeinados o desnudos en una bañera inocente, una segunda mirada que nos haga reír, que confirme que nuestro pasado sucedió alegre; una segunda mirada que nos haga jugar y adivinar con referentes visuales, que nos haga recordar y volver a oler el momento, que nos traiga la grabadora con el REC anaranjado, que nos haga volar en SAM por el pasado, que nos haga sonrojar, que nos haga evaluar.

     

    Los álbumes son mundos de alegría, de fiesta perenne, de rumbas perpetuas, de cumpleaños diarios, de comuniones seguidas, de edades ideales, de calvicies ausentes. Ver el álbum familiar es un ritual de iniciación para algunos; un ritual que invita al iniciado a entrar en el grupo de amistades valiosas para la familia, se le entrega al recién amigo con el mismo protocolo de quien entrega la bandera en un funeral militar, se debe ver siempre en la sala y pasar las páginas acompañado de un jugo casero de tomate de árbol.

     

    A los álbumes de familia hay que verlos todas las veces y cada vez, buscar lo nuevo que tiene para decirnos, hay que darles una segunda mirada y ver más allá de lo evidente.Y para los que saben que recojo cartas de amor del suelo… Sí, también recojo fotos de vez en cuando…

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