“…no respondo por sus zapatos”

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¡También aquí encaja el alma!

- ¿En serio? Cuénteme de ello…

Estos, desgastados y desvencijados, cuya suela raya en la transparencia; estos cuyas cuerdas no anudan ya; son de un alma inconsciente. No se detiene a pensar en asideros metafísicos y, simplemente, vive la vida que le dieron ¡Y la vive intensamente, eso sí! Esta alma no teme los pelones del diario amanecer, ni se percata de consumismos ni modas visuales. Esta alma es pobre ya que no se viste de los superfluo, y ya sabes lo que dicen de las almas pobres: ¡Bienaventuradas serán!

- ¿Y esos que brillan allí, de caballero!

Impecables, brillantes y de piel nutrida; con finos acabados por dentro y suela ponderada, sin cargas a diestra o siniestra. De esa alma tengo compasión. ¡Yo mismo los he calzado, como encajando en personaje ficticio! Esa alma sufre y vive del festín político ¡es débil! …y no soportaría vivir de nuevo la pobreza de su infancia. De esos… he visto caer de altos pisos para no anudarse jamás.

¿Los va a dejar o no? Recuerde que, pasados 30 días, no respondo por su alma.

Foto: Jardín – Antioquia.

 

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Que no me alcance la desesperanza

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Qué hacer cuando la esperanza ha desfallecido y no apuestas por una mejor consciencia colectiva, solo, vivir tu vida lo mejor posible. A veces pienso en el surrealismo de la primera mitad del siglo veinte y creo que nuestra “realidad” colombiana no se aleja de esas imágenes fantásticas, oníricas, ilógicas y, en algunos casos, angustiantes.

La poesía, el cine, la plástica, entre otras manifestaciones, tuvieron su espacio en este movimiento; pero cuando veo, sin querer, noticieros, titulares y párrafos de prensa, se configuran en mi mente imágenes surrealistas que nada tienen qué ver con el “realismo mágico”.

Una mujer, matrona, yace recostada en la vía pública. Del bosque enmarañado de su monte de venus aparecen cientos de motociclistas salvajes, serpentinos, esquivando camionetas conducidas por fierros explosivos, bajo un cielo contaminado de las críticas sin sustento que son proyectadas desde las cuentas de Facebook y Twitter de cada ciudadano. Sobre su pecho, hay un rifi rafe con las tetas de obesa mujer, pedazos de piel con glándula adherida, son arrancados con ansiedad por contratos cuyo adn fue manipulado. Sobre su cabeza, algunos seres gritan voces inentendibles, como lenguaje babélico, parecido al sentido de las promesas. Las células de la mujer reñían con sus pares, se devoraban, desgarraban su núcleo entre ellas mismas.

Pero, miro desde mi balcón y parece que el statu quo es rítmico, apacible, aunque con algo de ruido; pero vuelvo a las noticias de lo que sucede entre el reino animal humano y vuelve la desesperanza a vestirme. En Facebook, los cambios de bando son ágiles, la lectura y su consecuente crítica es rapaz. Hoy se montan héroes y mañana guillotinan su cabeza. Hoy no comemos carne por moda o convicción y mañana roemos hasta el último hueso de algún comodín humano. Ayer proclamamos héroes y hoy los hacemos memes de desesperanza.

Nos matamos entre pares, nos devoramos sin llegar hasta el hartazgo, señalamos y disparamos con el dedo y creemos que un solo hombre en cada escenario tiene la solución; delegamos la responsabilidad en otro que sea más visible y le culpamos por el fétido olor. Elegimos, para poder lavarnos las manos. Elegimos esperanzados en que un mesías nos regrese la vista en un país enfermo de ceguera.

¿Creo en el hombre? Creo que la velocidad que llevamos nos impide detenernos a pensar en nuestra responsabilidad, deber, derecho a la felicidad pero no a cualquier precio. Es triste ver cómo mi hijo cierra la ventana del auto cuando pasamos por ciertos lugares: “…es que por aquí atracaron a…”, “…allí fue donde sacaron ese revólver”, “…Cierren, que allí es donde viven los de la calle”. Preferiría volver al momento de su percepción cuando, asomado por la misma ventana y su cabello moviéndose con apuro, preguntó: “¿De qué color es el viento?”.

El mundo vacío

Sus uñas estaban sucias, no por descuido, sino por causa de su trabajo en el campo; pero esa mañana no tenía que trabajar y decidió visitar al amor de su vida, el ensueño de cada mañana. Jairo, esperaba la mototaxi que lo llevaría al encuentro de su sueño amado. Esperó por horas que pasara algún transporte alternativo, algún humano que pasara en cicla, algún cochero, algo ¡cualquier cosa!

Comenzó a comprender que estaba solo en el mundo, que su tal amada era eso: un sueño. Entendió que sus manos estaban sucias de escarbar en la tierra en la búsqueda de vivientes, si quiera animales del orden mayor. Reconoció que solo era una idea, que él, era solo una materialización de una idea, la de él mismo, energía síquica concentrada.

Al recordar que no era nada sin alguien, su cuerpo comenzó a trasparentarse y la ropa que lo cubría a arrugarse colapsando allí en la banca que quizás él mismo haya creado en el mundo de las ideas en otro tiempo. Desapareció. Jairo era solo una concatenación de letras.

Después de la muerte

- ¿Y cómo te pasó a vos?

* Pues, nací por allá en Montería, en unos pastizales altos, hermosos, con buen clima y mis padres al lado. Hasta que, de un momento a otro, llegaron unos hombres, altos, con algo en sus cabezas que les impedía recibir la luz, así que sus cabezas eran pura sombra. Luego, nos gritaron a todas para que nos subieran a esos motores que marchan rápido y luego fui negociada, separada de mi familia; fui quemada nuevamente para borrar mi bautizo. Estuve en el momento unos días más y vendida de nuevo; luego, luego vinieron los gritos, empujones y la muerte.

* ¿Y a ti? ¿Cuál es tu historia?

- Yo estaba a tu lado, en Montería, solo que estábamos muy jóvenes para buscarnos el uno al otro. Soñé contigo yendo a la charca donde bebías agua; soñé lamiendo tu oreja; teniendo una cría tan bella como tú. Ese día que te llevaron corrí, lejos, lo más rápido que pude. Solo recuerdo una explosión. No sé más. Miro al cielo y pienso ¿qué es lo que llaman bondad?

Las plagas de Mefisto

Esa mañana me puse a barrer, como nunca, alzando sillas, cobertores, cajas, cajones, butacos, juguetes, cojines, papeleras, bultos, bolsas, canecas. Paré la cama, subí las sillas al comedor, monté el sofá sobre la mesita, alcé a mis hijos y los colgué, temporalmente, de la lámpara de la sala, colgué de ellos el coche y dentro de él, la ropa sucia de ese día. Ese día barrí como nunca.

En la primera pasada, por encimita, saqué tres cucarachas, una rata que yacía muerta no sé hace cuánto; bueno, no era rata, más bien un pelaje con osamenta. Seguí barriendo con más energía y salieron grillos cantores, unos vivos y otros muertos; dos alacranes tratando de picar una medalla de San Benito, un cucarrón rinoceronte y una mariquita. Me agaché pa’ hacer mejor la tarea y barrí los chinches que se hacían bajo la cama, vi saltar algo parecido a pulgas pero ni las pude barrer –se barrieron solas-. Pasé al baño a barrer y habían miles de pelos de mi propia muerte, un dinosaurio –esta vez de juguete-, saqué con el palo de la escoba miles de ácaros gigantes ¡En serio, créanme!  Volví a pasarle la escoba al piso, pues me parecía increíble tal cantidad de habitantes bajo mi tutela; y lo que barrí de las esquinas fueron neópteros, del suborden de los isópteros que, al parecer, se estaban comiendo la cama y el exoesqueleto de un dermáptero con hormigas al lado. La cosa era impresionante, por no decir dantesca, pues no me he leído tal libro.

Cuando terminé, le pasé dos trapeadas pues ya no me quedaba tiempo para hacer más aseo, pues la visita llegaba justo al medio día. Cuando escuché el timbre, abrí y les hice pasar con la disculpa que decimos siempre: “Ay, qué pena el desorden, pero es que los sábados es día de aseo”. La visita almorzó y solo atiné a observar que uno de ellos, recogió la medalla de San Benito que estaba al lado del recogedor de basura…

De frente a la muerte…

Se negó, y nadie quiso obligarla. Era difícil decirle que mirara a quien fue su compañero por esos 15 meses. No importaba que estuvieran apretujados, estrechos se ama más, rejuntados se siente más rico. Se negó ¿y quién le dice que se voltée, pues, que lo reconozca para salir rápido de allí y pedir el valde y la escoba para lavar el asfalto?

Volteá, pues, y nos vamos de una. Además él, no te dejó preñada como pa’ llorarlo de largo. Miralo y asomate si tenía el lunar en el ojo. Aprovechá que lo tumbaron y le “parás bolas” al ‘Cumbia’. ¿No, que te gustaba, pues? Vos si sos boba, acaso te dejó cría como pa’ que te pongás de amargada y te dañés la vida. Miralo y larguémonos ya, que viene la ‘Tomba’ y esos hijueputas ya me tienen reseñada.

¿Sabés qué Marisela? largate pa’ la mierda y dejame sola. Largate que vos sos una falsa, largate y dejame sola llorando al Edison. Dejame aquí, inclinada, tocando el último calor que tenga. Largate que estás equivocada: él se fue, pero me dejó su semilla adentro.

Se desgranó la mazorca…

Levántese, pues, Herminio, que nos cogió la nochebuena y no me ha molido el maíz que le pedí que me moliera. Vea que la paisa está prendida, la aguapanela lista y vos nada que te has mosqueado. Levántese, pues, viejo, que yo pa’ moler ya no doy; mis brazos están cansados y no me da pa’ la manibela.

Herminio, último llamado que le hago. si no se levanta ya mismo, olvídese que le sigo sirviendo los traguitos de cada mañana, olvídese de que le caliento sus pandequesos y su arepa montañera redondeada a mano.

Herminio, mijo, levántes pues que ya está haciendo hambrecita; ya tengo el sartén caliente y vos nada que abrís los ojos. Levantate, pues, tendé la cama que hoy nos viene visita. Acordate que hoy viene Amparo, la nieta, y a ella le encantan las arepitas de chócolo.

Herminio, mijo…

De cuando recogemos la “basura”…

Así que, cuando barremos, nos estamos barriendo a nosotros mismos. Cada lanzada de la escoba empuja cuarenta y ocho pelos de mi cabeza y setenta y dos vellos del resto de mi cuerpo; sigo lanzando la escoba sin que se vaya de mis manos y empujo lo que son partes de mi brazo, de mi pierna, de mi rostro. ¡Horror! mi rostro se desvanece cada día en caspa que barro y trapeo diariamente. Cuando hago el ejercicio, entonces, de recoger la “basura”, lo que hago es reclamarle mis restos al piso, para depositarlos en la urna dispuesta, basurera que me confundirá con ripio de café, cáscara de plátano y demás “desperdicio”.

Hay ocasiones en que no meto la escoba bajo la cama que descansa mi cuerpo y me siento aliviado de saber que aún hay una parte de mi allí abajo, hecha pelo y célula muertas; me ayuda a no desconfigurarme del todo y a tener la esperanza de que no me desvaneceré totalmente. pero hay que hacerlo, hay que barrer y darle dos y tres pasadas con la trapeadora porque es perentorio, además, qué pena con las visitas, no siempre es creíble aquello que decimos cuando llega una: “Ahí perdonan el desorden, pero esta mañana salimos carreriados y ni tuvimos tiempo de arreglar”, mentira esta harto conocida en hogares de vida común y para nada minimalista.

En fin, toca recogerme cada vez que barro; recogerme y a mi esposa, a mi hijo y a los que visitan; a los vecinos que se cuelan por debajo de la puerta principal. Es que no solo cuando ponen la cruz de ceniza es que debemos recordar que al polvo volveremos. Yo volveré a la tierra de capote; a la negra, que hace pelechar tan bien a las matas. Mientras tanto, el carro recolector de basuras y caspa humana, vendrá los martes o los lunes o los sábados, pitará o hará sonar la campana para recordarnos que se llevarán una parte de nosotros. Muerte lenta esta.

¡Nos invaden las cocas plásticas!

¡Nos invaden las cocas plásticas! Objeto de promoción, de engaño, de alienación comercial. ¡Nos invaden las cocas plásticas! Y llegará el día en que ni la muerte podrá escaparse a empacar en cientos de cocas plásticas. Atrás quedaron los días en que se llevaba el almuerzo en margarina y el jugo, en Milanta.

El día en que le entreguen al familiar de turno, los huesos ya descarnados que reposaban en la fosa, serán empacados en “coquitas” plásticas: 12 vértebras dorsales serán empacados en una coca para tal tamaño de huesos, las demás, serán apretujadas con siete del tarso y cinco del metatarso en otra coca más grandecita, y si caben, le meterán seis cuñas y dos escafoides. A quien le parezca rara esta lista, no le parecerá rara en cercanos años donde las cocas plásticas ordenen nuestra osamenta; exagerada actividad que las señoras procurarán con nuestros restos, después de haber reclamado tal juego de recipientes en alguna “promoción” o con el acumulado de puntos.

Decía, pues, que la escápula y dos húmeros serán puestos en una coca larga y hermética; hermética mas no alquímica. Los condilos y las rótulas, serán ordenadas en otro recipiente más pequeño que el anterior; y así, por conjuntos, serán empacados los vestigios de un cuerpo vivo y ambulante. Será exagerado tal proceder, pero es lo que habrá que hacer con tanta coca plástica que invade nuestras casas.

No olvide que las falanges, falanginas y falangetas; deberán guardarse por pie; es decir, en una coca pequeña, las del pie derecho, y en otra coca las del izquierdo. Son muy delicadas y se pierden fácil, y nadie querría que nuestro cuerpo ya des-osado, esté al garete por cuanto rincón exista.

Comentario de Jairo Carmona Valencia:

Tus escatológicos comentarios me trajeron recuerdos de tiempos idos. Era en cierta ocasión cuando la comida en la casa no faltaba, pero si era muy poquita, cuándo le acepte el reto a un “chinche” de mi edad por allá en los “60″, de ir a lavar huesos al cementerio de San Pedro. Oh cosa horrible, nunca más lo volví a hacer ni aunque reencarnara, eso es bastante serio… Ahora con lo de los recipientes en plástico, tengo un amigo que está que se divorcia; y todo por culpa de precisamente estos artículos… Resulta que la mujer lo manda a buscar las “benditas” tapas y aunque él sumiso, las busque por toda la casa, nada que las encuentra, pues ahí empieza la pelea y él está buscando abogado que lo salve de tamaño conflicto. En las promociones de los almacenes “De grandes superficies” lo único que les da por promocionar es: Detergentes, papel higienico y los “benditos” recipientes de plástico… A tu oído te digo: Ya ordene a mi esposa que me cremara, para no caer en esos recipientes.

El cuento prohibido de los 3 cerditos

No, no se los voy a contar. Lo que sé, es que no era tan sano como se creía. Los que intentaban entrar a la choza no eran 3 cerdos, eran 2. El tercer cerdo no era tal, era ella, es decir, una cerda. Y los que intentaban entrar tenían cierto antojo que no les cuento aquí por respeto a los lectores. Lo del lobo era un simple distractor para que los pequeños ni se asomaran a tal antro. Lo demás ¡es puro cuento!

Foto: Ráquira.

El hombre que no quizo conocer su rostro

Llegó el día en que se dio cuenta, de golpe, de que era consciencia colectiva y ser, existencia y movimiento. Llegó el instante en que supo que era cuerpo caminante, pie descalzo, mano fuerte, uña en crecimiento, oreja con relieve, vello rebelde, pestaña recta. Llegó el momento en que se reconoció como individuo y supo que, desde algún lado, le salían pensamientos, odios, amores, pasiones y rencores.

Una vez sintió la carga síquica que significaba tener tanta información, comenzó a golpearse la cabeza para sacarse tan malignos pensamientos: asesinatos en potencia, disturbios, golpes a sus hermanos. Se vio a sí mismo con cuchillo en la mano, con cuerno de res, con pedernal hiriente, con plomo moldeado. Lo que vio no le gustó: de su boca salían siete lenguas, cuernos en las manos, colmillos en la panza, pelos en abundancia en sus piernas. Al ver la dantesca escena soltó todas sus armas, se agarró sus cabellos y lloró: ¡Mamáaaaaa! Fue un grito profundo, desde un abismo indescriptible y eterno.

Al segundo siguiente, los médicos intentaban, con forceps, agarrar la cabeza del niño que no quería nacer. Cuando salió, los médicos consignaron en la bitácora: “Muerto por estrés en el momento del parto”.

Foto: Villa de Leiva.

La Tartana de Don Cuco – Alexánder Cuervo

John Alexánder Cuervo López, primer lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma, Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín, 15 de abril de 2011

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: “Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado”. Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la “concorgaña del gutiplin”, cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: “¡Uy qué nave!”.

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro “Don Cuco, regálenos una moneita”.

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco” en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los “chirifrostis” y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.

Viajando en bus ¿Pasillo o ventanilla?

Sube el viejo jalando la mano del niño y acosando para que se suba rápido. “Hágale, pues, mijo que no lo puedo esperar una eternidad”, dice el viejo, acalorado, como si entendiera el concepto del tiempo y de la eternidad. Una vez arriba ambos se acomodan: el viejo donde quede cómodo, el niño donde le toque. El niño quería ventanilla y le tocó pasillo. El viejo dejó la ventanilla para él y los tres cigarrillos que se fumará en ese viaje de ocho horas.

En el pueblo que sigue, se sube una robusta señora jalando a su hija con afán -Parece que es el patrón a la hora de abordar esta ruta-. La doña se sienta en la misma fila que los nombrados en el párrafo anterior: ella en ventanilla pues acostumbra vomitar al bajar del alto; la niña, en el pasillo, con su faldita descolgándose y una caja perforada que contiene una gallina ponedora.

Ambos niños, enojados por dentro por el puesto tan poco divertido que les tocó, se acomodaron como pudieron y su aburrimiento pasó maletas arriba cuando se miraron y se sonrieron. Me llamo Joaquín. Yo, Silvia. Tengo nueve años. Yo tengo 11. ¿Quieres ser mi novia?…

Aquel día del 5-86

A Lucrecio Betancur lo buscaba medio pueblo esa mañana: unos, para cobrarle el premio, pues el 586 fue el número que siete personas jugaron y ganaron la noche anterior; otros, para cobrarle deudas mustias, imaginando que con las propinas de los ganadores tendría dinero para cancelarlas. Lo buscaba su ex esposa también, iracunda como alma poseida, para llevarle los dos hijos que, desde hace meses, no han recibido pan ni ración.

A Lucrecio siempre lo veían todas las tardes bajo el Samán del parque principal, pero ese día rompió su ritual y no llegó a la hora acostumbrada a vender quinticos* de lotería. La necesidad y la causalidad, llevaron a que el conjunto de personas que preguntaban por él, formaran un bloque de búsqueda organizado.

Tres ganadores del 586 fueron a buscarlo en la fuente de soda, los cuatro restantes fueron al matadero*, Raquel y sus dos hijos visitaron tres tiendas y preguntaron por el ausente; decidieron devolverse y no mostrar la pobreza, caminaron rumbo a la cabecera del pueblo hasta que una chancla* al borde del polvoroso camino, delató la residencia temporal del perdido. Unas risitas evidenciaron la presencia de alguien más: una mujer, valga decirlo de una vez. Raquel ordenó a sus hijos esperar mientras ella se encaramaba por el barranco lleno de maleza, corrió con sus manos algunas ramas y se preparó para la sorpresa.

Allí posaba aquel Lucrecio, su antiguo marido, en unas cuclillas que provocaban vergüenza sobre un camastro de pasto y picazón, con un pantalón arrugado que ocultaban sus tobillos y que dejaban ver la abundancia de su vello trasero. Debajo, solo se veían unas escuálidas piernas enrolladas sobre las otras; el resto del cuerpo estaba perdido entre la maleza rastrera. A su lado, un quintico con el 586 y un fajo pequeño de billetes. Raquel no se puso con reclamos, como pudo alcanzó el dinero y bajó de nuevo por sus hijos, aprovechó que venían los cuatro del matadero y con malicia de ojo les indicó la dirección de Lucrecio.

Los cuatro, llamaron a los tres, y todos estos, a medio pueblo. Lo demás fue un barullo de risas y pena, de cobros de viejas deudas, de palo y muenda para la niña, de maldición del cura, de venganza de la ex. A Lucrecio y la muchachita no se les volvió a ver y, en broma, el dibujante del pueblo pegó un cartel: “SE BUSCAN”. El dibujo: dos mitades de trasero peludo y debajo, un par de escuálidas piernas. “LA ÚLTIMA VEZ SE LES VIÓ ACOSTADOS SOBRE PRINGAMOSA”

  • Foto: Quimba nona abandonada sobre un camino veredal, Sopetrán.
  • Quintico: fracción de lotería.
  • Chancla: calzado, sandalia.
  • Matadero: Lugar de sacrificio animal para alimento.

“SOMOS DESPLASADOS POR LA VIOLENCIA” sic

Cesó el humo de la tostión de una arepa de mote, el poyo se debarató, los ladrillos, que soportaban la estufa de dos puestos, se llenaron de vegetación minúscula. Ya no habrán más piquetes para recibir a las visitas, el chorizo no se curará al calor de la parrilla encendida. No habrán más coladas en las tardes para el niño, que ya no es tan niño. Ya no cantará la matrona esas historias de la tradición oral: “…con ramos de flores lo vienen bajando…”. Ya no se sentirá la fragancia de la cebolla junca cortada en finas partes, ni el hogao secándose a fuego lento.

La matrona, el señor, el niño y el perro se fueron, desterrados en tierra de hermanos. No huyen, solo le corren a la muerte, acompañados de sus corotos: un costal de plástico con ropa arrugada que para el caso da igual, dos costales de fique con algunos plátanos, arroz, aceite y el resto de líchigo que pudieran tener, una gallina y un conejo; los tres cerdos se quedaron por dificultades en el arreo.

Llegaron a la ciudad, donde abunda la riqueza, donde se mueven los contratos jugosos, la “torta partida”, el guiño de ojo; donde abundan los servicios públicos, las casas revocadas, el ladrillo cocido, el cristal, el oro; donde abunda la verdura y hortaliza con precios cinco veces mayores a como vendía su cultivo allá en la tierra. Llegaron a la ciudad, buscaron sustento pasajero, acunaron maletas bajo el poste blanco y negro, escribieron letrero y esperaron el sustento. “SOMOS DESPLASADOS POR LA VIOLENSIA. NO TENEMOS DONDE DORMIR. AYUDENOS POR FABOR. DIOS SE LO A DE PAGAR”.

Foto: Sopetrán.

Las crías de Sasha, sin padre reconocido

Sasha, en la imagen de pelo blanco y negro, medita con insistencia la procedencia de sus dos crías: Pola y Polo. Medita aquellas correrías al lado de sus dueños donde conoció otros de su especie. ¿Sería Mote, aquel brinconcito que se mantenía en los cafetales allá en la vereda Pueblito de San José?, ¿sería Beto, perro faldero de los recolectores en aquel verano?, ¿sería Lucho, el más feo de todos, combinación de hiena con zarigüella, producto de tantos cruces bajos?. Tuvo que ser uno bajito, murrapito como sus crías, inquieto y refunfuñador, pelador de dientes y colmillos. Tuvo que ser un amor del pasado verano, pero ¿cuál de todos?

La violencia que viene del EGOísmo

Se dice que doña Estela aún saca la ropa de sus tres hijos para que el sol las “orée”. Muchos la considerarían alcahueta; otros, buena madre, pero para quienes no lo sepan, doña Estela lava la ropa de sus hijos diariamente, aun sabiendo que la guerrilla los mató hace tres años delante de ella.

Esto es ficción. Pero no necesito ir lejos para traerles historias como esta. La violencia, venga de donde venga, producel el mismo vacío en miles de corazones, produce locura, llanto y desconsuelo. Venga de donde venga, da lo mismo, a la final viene del EGOÍSMO.

Piensen o mediten, como tarea, por qué viene del EGOísmo, por qué esa es la fuente.

Artesanías de Ráquira en Antioquia

Que se atenga Ternera, la perra madre de las trillizas: Raquel, Minga, Ajena; crías blancas consideradas de raza, por los habitantes que bordean la carretera camino a El Retiro, Antioquia. Ternera tendrá que explicarle a Fonso, padre de las crías, por qué entre la camada aparece un perro, por ellos nombrado Pelos, que se diferencia “en algo” a sus hermanas.

Fonso está harto de los comentarios de perros y gatos del vecindario que le incitan cuando, con aullidos de burla, le hacen la figura de chachos sobre la coronilla, si es que tal cosa puede hacer un perro. Fonso, pela los dientes, musita algún gruñido y se va, se oculta bajo el camión barado sobre el pasto y no aparece más en el día.

Cerdos y terneros entienden a Fonso, pero también entienden a Ternera, conocedores de aquel día en que a Ternera la llevaron al veterinario de la comarca y que allí, ella fue olisqueada, obligada  y vejada. Cerdos y terneros guardaron con respeto el secreto.

Una vez salió Fonso de su escondite, cruzó la autopista que une ciudad con montaña y fue atropellado por un raudo automóvil. Lo demás es puro cuento.

Naturaleza muerta

Se mueve el cuchillo al vaivén de una mano madura que espera dejar la hoja afilada, lista para el corte de un solomo, de una sobrebarriga o de un chirizo que cualga, curándose.

La máquina de moler comenzó a masticar cuanto maíz había pa la mazamorra, pegándose la manibela en cada vuelta y haciendo que las manos de Virginia se hicieran más fuertes cada vez.

Abelardo se dedicó a realizar conjuntos de hojas con su rastrillo, atrayendo para sí también la tierra y el polvo, ensuciando el maíz que ya llevaba molido Virginia.

El viento juega despacio entre los demás objetos, el trapo de la cocina pierde su humedad, Virginia ha muerto, así, de sopetón. Albeiro se fue con la guerrilla, no muy contento.

Y la casa, la casa ha muerto, como la vida de ellos. Quedaron solo las moscas. Las malditas esas nunca se fueron.

Lo que no nos contaron de Caperucita

Nunca nadie supo que Caperucita contestó descaradamente “vaya usted” cuando la mamá le propuso ir donde la abuela, para llevarle panecillos, colaciones y otros bocadillos.

Aquí cabe decir que para la época, Caperuza tenía 18 años, edad donde el adolescente está harto de hacer mandados y espera, por fin, independizarse de la obligada mensajería familiar.

Nunca nadie supo que Caperuza no recorrió a pie el camino prohibido a casa de la abuela, que la joven tomó buseta y pidió autorización al conductor, para que su ingreso fuera realizado por la trasera puerta, ahorrándose así unas monedas que sirvieran luego, para ser invertidos en bisutería femenina.

Nunca nadie supo que la niña de cárdenos vestuarios, estuvo internada media adolescencia en internados y orfanatos, no porque fuera hija natural -que lo era-, sí por su permanente rebeldía. Caperuza era becaria del madre-solterismo y la ausencia manifiesta de padre alguno hizo de la niña, una terca e indomable mujer.

¿Quieres saber más de la inédita historia de Caperucita?

Escenas editadas en Caperucita Roja

Eliminada fue, la escena donde Caperucita pregunta por la colcha de retazos que cubre la cama de la abuela. Editada también, la parte donde le dice mañé a la vieja, por coser en croché una muñeca, para tapar el papel higiénico en honor a su nieta preferida -Caperuza no era hija única-.

Nunca fue contada al público, la escena donde la niña de saco rojo entra al baño de la abuela, que más parecía letrina, con el único fin de criticarle la tapa del bizcocho, hecha con chiritos que le sobraban de la costura.

Nunca nadie supo que al regreso, Caperuza llevaba bajo sus naguas una foto de Viruta y Capulina, autografiada por el binomio mismo, que la abuela exhibía orgullosa en el espejo de su neceser, simplemente que porque “Qué oso” en palabras de ella.

Jamás supo alguien, excepto su madre, que al regreso, La culicagada ésta, se regó en críticas, chismes y malos comentarios, de usos y desusos, de mañesadas y cosas pasadas de moda, “ay amá, y eso que no te hablo de la cocina, ese poyo estaba…” “¿Y el leñador ese siguió yendo donde mi mamá? ¡Má, ahí sí lo que te diga es mentira!

…Lo demás es pura paja.

Cuento cortico – Sin título

Se conocieron en esa estación y allí mismo se cuadraron, se sentaron juntos y ni siquiera conversaron. Casi rozan sus manos, lo impidió un frenazo intempestivo. Era la estación de él. Se bajó y allí mismo terminaron. Ella lo miró a través de la ventana. Él no.