Meditaciones al ver una bolsa con maíz y una mirada

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¡Vender! una suerte de inteligencia innata, aprendida, adquirida ¡No lo sé! Requiere, como lo dije, una inteligencia especial en la cual, es posible, no se detiene a contemplarla quien la porta, quien la ejerce.

¡Todos vendemos algo! dirán algunos ¡Puede ser! pero a todos, quizá, no nos interese hacerlo. Requiere humildad, paciencia, una vida meditativa llena de mantras insonoros frente al espejo de la duda.

Cuando fui vendedor “ambulante” universitario; la pena se instalaba en mí algunos minutos mientras “abría” el negocio. El protocolo era entrar a un salón y extraer una silla de “brazo” y reposar allí una lonchera que contenía mi trasnocho anterior: una serie de tarjetas ilustradas a mano con mensajes manuscritos y personalizados. El resto de la jornada se iba en permitirle a las personas que tomaran las tarjetas y leyeran sus mensajes a la espera de que mis textos parecieran haber “hackeado” una relación sentimental. La verdad, no vendía; ofrecía mi producto colándome en relaciones ajenas. Jamás intenté persuadir a alguien de llevarse algo; esperaba que el producto hablara por sí mismo. La pena matutina la cambiaba por la satisfacción nocturna de ir a cambiar el dinero producido por algunos componentes de la canasta familiar. Al final, cambiaba textos y dibujos por pan, fríjol y carne. ¡Vendía! pero entre las hoy reconocidas inteligencias, la mía no se instala en asuntos de persuasión y tal falencia te cobra una factura cara, a veces.

Un arquitecto diseña un parque; obreros lo construyen, políticos llevan la contratación, mineros extraen materiales, industriales fabrican maquinaria para minería y construcción, electricistas iluminan el nuevo espacio, vendedores ambulantes refrescan al obrero y al turista, conductores de bus intermunicipal acercan al turista que viene de otros fenotipos. De otro lado, alguien cultiva un maíz; otros diseñan semilla transgénica, otros importan el pedido, otros más diseñan contenedores; muchos, intervienen en la creación de una embarcación. Con la omisión de miles y millones de intervenciones, alguien asume la disciplina de ir cada mañana al parque a vender maíz para que alimentes a unas palomas con un buche lleno hasta el hartazgo. Un universo holográfico y fractal desde donde se mire.

Foto: Parque principal de la zona histórica de Popayán.

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Riqueza y pobreza: estados mentales

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Hay quienes no soportan que su reflejo se vea en la imagen inversa del otro. Hay quienes no soportan verse en esos espejos. Es difícil ver nuestra riqueza o pobreza; solo en ocasiones que la imagen del otro nos permite atisbar la nuestra.

Hay quienes gozan de la inmutabilidad de las cosas, de la vida del vecino, de la economía del barrio. Anhelan “salir adelante”, pero con el egoísmo de ser los únicos, como si necesitara un referente atrás para poder hacerse a una imagen.

Hay quienes pegan un grito en silencio cuando algún vecino logra el avance de su economía. Juzgan, maldicen en silencio. Envidian. Esperan la caída y la imaginan. Lo que deja ver la realidad del verdadero significado de “pobreza”: un estado mental y no económico.

Hace algún tiempo, fui invitado a pernoctar con mi familia en una gran hogar. Este hogar se crió bajo el rechazado olor de pata de res quemada, para extraer y fabricar con ella, algo inesperado: dulce. Gelatina de pata. Jalea, blanca y negra, como gritan en algunas calles aún. Nos dejaron ver una historia de superación mental, de necesidades económicas superadas y de una mujer ¡GRANDE! Mariela Arango Jaramillo. De unos hijos levantados a punta de unos leños que chamuscaban los pelos de las patas de res, muchas veces bajo el rechazo vecino provocado por el olor de tal alquimia. Pero el hambre acosa más que las cuentas de servicio y hay que mover las manos. Hoy son emprendedores incansables, creativos, insatisfechos por la necesidad de crear. Lograron atravesar la barrera de su propia mente y crean lo que tanto soñaron: dulces, café, vivero, comida.

Dulces del Jardín, en el municipio de Jardín en Antioquia, es una lección de empresarial. Un genio de inteligencia económica que se pasea entre los genes de cada integrante de esta familia. La pequeña y oscura entrada que dejaba ver unas pailas atendidas por quienes se afanaban para sacar los dulces del sustento, quedó atrás. Al visitante, se abren los viejos portones para mostrar una la grandeza de la mente familiar que hoy orbita en otro estado, haciendo aún más bello a este municipio de Jardín, localizado en el suroeste antioqueño.

Agradecimiento: Hernán Cruz Arango. Aún estoy en deuda por la visita… Quedan aún unas letras por salir.

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¿Dónde estás, punto medio?

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Esperamos lo extraordinario que se presenta escaso, y menospreciamos lo común de lo cotidiano que se presenta permanente. Esperamos que el cielo se abra para admirar absortos la grandeza de lo extraño cuando, sea dicho, jamás se ha cerrado el firmamento. Admiramos paisajes extraños cuando no es la extrañeza, sino el mirar con novedad. Lo cotidiano nos permea y estalla en nuestros sentidos, pero tenemos el descaro del desprecio y la ceguera.

Mientras llueve, nos quejamos. Al calentar fuerte, nos quejamos. Si quedamos llenos, por exceso de jactancia; si es por hambre, por falta de ella. ¿Dónde estás, punto medio?

Foto: Marinilla, Antioquia. Agradecimiento: Hernán Sánchez.

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Cuando los procesos son mejorados – Café de la Cima

¡Y se conmovieron con el artista y su familia! Al finalizar la crónica de la primera visita a la finca de don Octavio Acevedo, en Fredonia; dejé, con humor, la queja de que ni una “librita” de café nos dio para probar en casa, pero en la segunda visita a Café de la Cima, botaron la casa loma abajo.

Llegamos por invitación que nos hiciera la familia, en el re-lanzamiento de su marca que, actualmente, toma el nombre de Café de la Cima. Ya conocíamos el camino para llegar a la vereda La Toscana, y allá llegamos un poco tarde de la hora citada, pero las empanadas ofrecidas a los asistentes no se habían terminado así que llegamos a buena hora, además, el almuerzo tampoco se había servido, así que llegamos a tiempo ¡jejejej!

Muchos asistentes conversaban y comentaban acerca de la tecnificación de los procesos en la producción del café, y el primer impresionado fui yo que, recordando la visita anterior, vi el salto tan grande en el mejoramiento de los procesos y más impresionado al ver que tales, seguían siendo artesanales, cosa que valoro aún más y que fue la preocupación de Humberto Acevedo, hijo de don Octavio y gestor de este cambio, luego de su paso por el Sena.

Ya don Octavio, no se sienta por horas a darle manivela a la palanca de su anterior tostadora; ahora, es un motor adaptado encima de la tapa de la paila el que trabaja, procedimiento que no le quita valor artesanal a la tostión y, sin embargo, el procedimiento queda controlado con el campo de emisión del calor; solo hay que controlar la temperatura interna, un extractor ayuda a restar calor y captura el ripio de película plateada que se desprende de la almendra. El enfriamiento del tostado también está controlado y para ello se sirve de extractores. El termómetro láser siempre está en la mano midiendo hasta en la molienda que, aún, sigue siendo la misma de la vez anterior, pero se controló más el nivel de revoluciones y temperatura.

Este laboratorio, así nombrado, está señalizado como mandan las normas, en la zona de empacado ya no está una plancha para la ropa, sino una selladora de bolsas; para entrar hay que usar tapabocas y gorro; la edificación se construyó al lado de la casa y, para servicios de turismo, fue instalado un sistema de juegos infantiles. Es decir, esta familia se preparó para recibir al turismo cafetero para el que Antioquia apenas está despertando.

Llegó la hora del almuerzo, un tamal que si egoísmos se nos entregó abierto; jugo, conversa. Luego, un delicioso postre del que doña Rubiela no fue capaz de compartirme la receta “Que por haberles dado duro en la crónica primera”, castigo en broma donde quedó el compromiso de darme el secreto. Igual, lo importante era repetir y así fue, porque era un postre hecho de café –no podría ser menos-. Satisfechos en nuestro cuerpo, seguiría el digestivo elíxir que nos daría la bienvenida a la tarde: una cata de café, y más que cata, una demostración de diferentes preparaciones a cargo del Q-Grader e instructor de Barismo en el Sena, Andrés Ruiz.

El público se sentó para conocer esas formas extraordinarias para hacer una bebida de café: sifón, prensa francesa y uno de mis favoritos: el embudo, una manera de burlarse de los métodos cuando los costos no dan para tanto, es decir, una forma de reemplazar una Chemex para método filtrado (Ya lo he enseñado en el blog). Se prepararon las tazas, se colaron entre los asistentes; éstos, distinguieron las diferencias, opinaron e hicieron sus preguntas.

Fue así como se pasó este día, entre tertulias, comida y café; entre paisaje, algo de lluvia y amistad; entre el corre-corre de los niños carisucios y empantanados de jugar; entre preguntas, respuestas y conocimiento; pero más que todo, entre la sencillez del hombre de campo, entre la admiración por el empuje campesino que, mejora sus procesos para darnos mejores sorpresas, en este caso, en la taza de un café hecho con la garantía del amor por lo que se hace, desde el desgajo de las cerezas, hasta la prueba del aroma en un pocillo preferido. ¡Esta es Colombia!

Colofón

- Al finalizar la jornada, a Humberto se le ocurrió tostar de nuevo para mandarnos con una libra fresca; pero esta vez fue Andrés Ruiz, quien se encargo del tostado, al cual le bajó un tono en el grado de tostión sacando una taza espectacular, vinosa, con acidez málica. Anoche me hice la primera taza en casa de esa tostión y, al “descorchar” la bolsa, una fragancia panelosa subió de inmediato; la taza, igual, exqusita, vinosa y equilibrada.

- La primera foto de esta crónica corresponde al cierre de la visita, el suscrito tomó la foto; pero, para no quedar por fuera, le solicité a Carlos Alberto Gutiérrez (último a la derecha, sombrero café), Cuñado de Humberto, que tomara otras cuantas para poder quedar entre el grupo. Una vez ubicado, Carlos Alberto oprimió el botón disparador de la cámara con tal destreza que al buscarme en la imagen, no encontré ninguna foto de las que, SUPUESTAMENTE, tomó. Carlos, mijo, ¿usted qué fue lo que tomó, entonces?

La finca tiene una nueva mascota, y cuando llegué al grupo que tertuliaba y hablaba del origen del nombre, no pude saber la historia del mismo, pero se me quedó el nombre y la imagen…

Municipio: Fredonia, vereda La Toscana.
Finca: La Costa
Caficultor: Octavio Acevedo.
Tecnificación y poscosecha: Humberto Acevedo.
Altura: 1.650 a 1.800 msnm.
Variedad: Colombia y Castillo.
Servicios: Turismo aetero, tazas, café.

Una brisa veraniega ventila el café de Gallo, en Barbosa (parte 2)

Ver la 1a parte de este relato…

Llegó una de las horas más felices de la vida: el almuerzo que, como en casa paisa montañera se componía de fríjoles con una garrita de chicharrón, arepa recién bajada, jugo de naranja de palos propios y conversa, que anima el medio día. La conversa se hizo más lenta pues, propios he invitados estaban ocupados en sus platos. Jacobo, de cuatro años, revoleteaba reconfigurando el mundo y la cámara fotográfica, buscaba intereses y los guardaba, al parecer, en blanco y negro como lo verán en algunas fotos. Pausados, esperábamos la tarde y percibíamos el viento en nuestros rostros, sensaciones que nos regalaba un comedor sin paredes.

Lo obligado por fin se dio, y se dispuso una muestra de pergamino para trillar y tostar. John Hincapié, mayordono, dispuso todo para tostar algunas libras y poder así, catar una muestra de la cosecha ya seca. La trilla provocó un ruido que rompió el silencio de la mañana y que anunciaba una tarde de trabajo –tampoco tanto-. Con la trilla identificamos algunos problemas. Con el producido se dispuso la tostadora y se dispuso el grano para lo suyo. Al terminar, observé una práctica que se repite en algunos lugares para ayudar al enfriamiento del grano: agregarle agua. Una vez dispuesto un costal que serviría de cama al grano aún caliente, la esposa de Jhon, regó algunos chorros de agua para ayudar al enfriamiento del grano recién salido de la tostadora; práctica aferrada y que puede evitarse para que, artesanalmente, pueda cambiarse por otras más técnicas y controlables.

Doña Orfa Machado, conversaba con Jhon, escoltando escoltando una de sus obras “El Silletero”, obra que deja testimonio de otro de sus intereses: el arte. Pero de doña Orfa hablaremos en otra crónica, cuando me inviten de nuevo, previa compra de tocino para un chicharrón de medio día. (¡Como se invita uno, ah!). Llegó la hora de probar lo trabajado, costumbre ésta que le falta a muchos cafetaleros y campesinos que, teniendo cultivos de café, no prueban ni saben a qué sabe el producto de su sudor.

Nos fuimos para la cocina, esa misma que tenía un marco de postal con sus frutas tropicales dispuestas en una batea ubicada en la ventana. El café estaba listo, los demás implementos también, todo sencillo, sin complicaciones; que para tomar un café y percibir su sabor no se necesitan más que: el café, la taza y el ser. El perfil: una taza limpia, con indicios de algunas variables a revisar, elementos que le son retroalimentados a Carlos Mario, para que su taza sea mejor; así que la muestra se la llevé a Andrés Ruiz, del Sena, y quien nos ha aportados sus conocimientos y sencillez en este espacio; para que, juntamente con sus alumnos, nos dieran un análisis objetivo de la muestra de este café.

La despedidas por lo general son tristes, pero en éstas no lo son, pues, cómo se va a sentir uno triste con la generosidad de las gentes y con la de esta familia de Carlos Mario Gallo; triste no puede sentirse cuando, además, lo mandan a uno con naranjas, racimo de plátanos, café, en fin, lo mandan con el mercado ya hecho, jejeje. Ese es el campo colombiano, ese que desconocen algunos políticos, ese que menosprecian algunas juventudes y ese que anhelan miles de colombianos que viven en las ciudades y por fuera de Colombia.

Por mi parte y la de mi familia, tenemos la maleta lista para la próxima salida: Fredonia. ¡Hágale pues!

Una brisa veraniega ventila el café de Gallo, en Barbosa (Parte 1)

Cuando dicen Barbosa, se te vienen las imágenes de sol, piña, caña y de un clima intensamente iluminado, pero ¿café? ¡Pues sí! Café hay en muchas partes, así sean pocos palos, pero no falta el cultivo de grano en muchas fincas de nuestra Colombia. Así que, acepté la invitación que me hiciera un lector de CaféContigo y, cámara empacada y familia a bordo, nos fuimos a conocer una nueva historia de esas que en Colombia abundan.

Con Carlos Mario Gallo, dueño de la finca, conversé en varias oportunidades por celular sin llegar a conocer su rostro, pero así somos en Antioquia, familiares todos, hasta que llegó el día de armar visita y conocer su rincón cafetero: 3.000 palos bañados por el sol a una altura de 1.650 msnm., una familia que cuida su pedazo de montaña y unas mascotas que le añaden sonido de campo a ese terruño.

Carlos Mario Gallo, no es hombre de campo, lo de él es el comercio, los negocios ¡y la política!, Gallo, ha tenido multitud de negocios en los que se ha desarrollado como hombre de empresa. Llegó a tener hasta 500 empleados en una compañía de muebles, en temporada normal y 1.000, en temporada decembrina. Fue alcalde del municipio de Ituango (Antioquia) en el periodo 2008 a 2011, territorio de directa influencia de la hidroeléctrica más grande de Colombia. Así que, más que hablar de sus palos, de lo que hablamos fue de política, de gobiernos, de chismes y confirmaciones; como quien hace análisis elocuentes de las distintas realidades de nuestro territorio. Lo que allí hablamos se lo sostenemos a Canela, una gata perezosa y a Blanca y Cheli, canes recogidos por la hermana de Gallo, en Abejorral ¡A nadie más!

De Carlos Mario no hay fotos porque pa’ protagonista me salió bien esquivo, solo me queda una foto de él aspirando la fragancia de su propio café en una cata improvisada del grano de su finca; foto que no lo deja bien salvado si quisieran definirlo a partir de su sombrero, jejeje, uno desvencijado que lo que me dice, es que Gallo, es un hombre sencillo, sin ganas de aparentar o llamar la atención con más tesoros que los que lleva dentro de sí y de su memoria. Cabe anotar que dicha foto, casi que se la robé.

El marco de este encuentro político-civil –en broma-, de este par de familias montañeras –la de Gallo y la mía-; se dio ante la espectacular vista que ofrecía una terraza donde estaba ubicado el comedor de la casa, pues, cómo dejar presos los ojos cuando se pueden sacar las salas y los comedores a la vista de pájaros y montañas; así que ante la inmensidad del paisaje nos fuimos yendo entre temas de café y política. Los demás, recorrían diferentes escenarios de la casa: Jacobo, mi hijo, y los demás niños corriendo entre los pisos de la casa, la mamá de Carlos Mario en una cocina adornada por una ventana de postal; los mayordomos en sus quehaceres; Diana y yo, recibiendo la fresca de la mañana, que es así como le decimos a la brisa del viento.

Llegó la hora de conocer la tierra de la finca y los protagonistas: sus palos de café; pero confieso que me entretuve, mejor, entre una imagen para mí más envidiable: una huerta casera que les permite no tener que mercar en tiendas e hipermercados, y sí, arrancar lo necesario para “levantar” unos fríjoles o un sancocho campesino con los insumos más frescos y saludables que uno pueda desear. Así que, en vez de reparar por algunos granos maduros de su cafetal, me interesé en admirar el tamaño de las hojas del cilantro allí sembrado, por unas acelgas, por la textura de la habichuela. Aproveché, lógicamente, para enseñarle a Jacobo de dónde viene la zanahoria; el repollo y la yuca. (Los niños de las unidades residenciales creen que la comida viene del supermercado). El punto culminante fue ver a Jacobo sacando los huevos –aún tibios- recién “publicados” por las gallinas con sus cacareos; hasta allí ‘Jaco’, solo los veía en la nevera y fríos.

Luego llegó el ritual que no puede faltar en el campo: el almuerzo, y digo ritual, porque cuando hay visita, el almuerzo deja de ser un mecánico acto para ser la bienvenida del forastero; es la manera como abrimos las puertas al desconocido. Parecía, además, que esta nueva conexión tenía años de haberse concebido. El almuerzo nos convocó a seguir conversando de temas, de obispos, de alcaldes y gobernadores, de cafés verdes, pergaminos y tostados. La excusa del café para la visita, pareció no ser tan protagonista como se hubiera pensado, pues, se interpuso el tema humano de primero, objetivo supremo en una taza de café. Mi esposa disfrutaba de todo y de la conversación de doña Ángela María Uribe y doña Orfa Machado; esposa de Carlos Mario, la primera; y madre, la segunda. Canela, la de la foto tomada por nuestro hijo, parecía ajena a la visita, ignorándonos desde “su” sillón. John Hincapié, mayordono de la finca volteaba de allí para acá como haciendo lo suyo, preparando lo que iban a ser los sorbos de la tarde, de café –por supuesto-, que visita a casa cafetera sin los sorbos de palo propio y con tostada artesanal no sería visita seria.

Lea la parte 2 de este relato: apartes del almuerzo, el arte de doña Orfa, la cata de café y el ritual de despedida…

Un parqueadero de caballos en Ebéjico

¿Cuánto vale la hora de parqueo?

Nooo, eso, cualquier cosa, otras veces ni me pagan o no tienen plata; uno les hace el favor, no le niego el servicio a nadie.

¿Pero qué puede valer la hora?

Dos mil pesos; de todas maneras qué va a pelear uno.

¿Y el día qué puede valer?

Poquito, eso no es mayor cosa. A veces lo que tengan, lo que puedan. A veces llegan borrachitos y ni me pagan. Yo les presto el servicio porque si les ven los animales en el parque se los pueden quitar.

Es Guillermo Delgado, dueño de un “parqueadero” de semovientes en la calle 23 con la 20 en Ebéjico, Antioquia. Abre todos los días y vive sus días recibiendo las bestias de los hombres de campo que llegan a la cabecera municipal a vender su café, a mercar, a cobrar cuentas y a beber. Su calma y bondad son evidentes; habla y camina con parsimonia, pues, quién le va a exigir las eficiencias que tanto predican las ciudades capitales.

Con calma, recibe a los paisanos que van llegando; espera que bajen de la bestia y alza las enjalmas y las cuelga o ubica en lugares destinados para ello. No da fichos, no hace boletas de ingreso, no tiene reloj que marque horas, no entrega ficho por pertenencias; Guillermo se sabe de memoria cada caballo, cada enjalma, cada mercado que le dejan a guardar. Tiene arrendado un espacio como pesebrera de unos caballos finos. “Yo no les hago nada, pues, ellos tienen quién los cuide. Le pagan a alguien para que les de vuelta y les dé alimento, yo solo arriendo el espacio”, cuenta Guillermo mostrándome cada rincón.

“Yo no me preocupo por nada, si se emborrachan ellos ya saben que vienen y ellos mismos sacan su bestia; en esos casos ni me pagan”, cuenta Guillermo, quien vive al frente de su guardadero de animales. “La gente llega y se va a mercar, llega con el mercado y se los guardo en una pieza y se van a beber o a parquear (disfrutar del parque del municipio)”, remata Guillermo.

Tintiando en el parque

Ser jubilado no es pecado, tampoco lo es ser viejo, no tener empleo o tener más tiempo libre que el resto de mortales. Estar desocupado no es malo, es más, no se trata de estar desocupado sino en ocuparse de la contemplación. Quien más tiempo libre tiene, se ocupa de los verdaderos menesteres de la vida: contemplación del ser humano, del prójimo; su respirar se vuelve lento, pausado, sin mayor afán que el ver pasar el tiempo, si es que tal abstracción es posible, ya que tal intangible es una convención humana.

Aclarado el prólogo, nos detenemos en la mirada del cristiano que visita el parque para ver a sus congéneres, no de religión, ya que llamamos así al ser humano cercano a nuestra cultura, como si supiéramos que profesa la religión del Cristo (Ungido). El viejo que toma su tinto (Café), lo toma al ritmo en que percibe al tiempo: lento, por sorbos, dejando que se aplaque su calor, pausado; llevando y bajando la mano que le sirve de lazarillo.

Sus ojos observan a otros coterráneos; los ve pasar, los mira como inquiriendo en su interior; los ve y ni siquiera sabe para qué, pero es imposible tener el ojo abierto y no detenerse en escenas que pasan por delante; aunque si le preguntamos a esos que van “por delante”, nos dirán que por delante de quién, si es que ellos solo van a donde van, es decir, cada uno es antropocéntrico de su propio mundo. Suficiente trabalenguas hay en esta mirada, en la de un viejo que toma su tinto. Dejemos que lo termine y luego miramos qué mirar.

Foto: Parque de Ebéjico, Antioquia.

Hasta el origen del café: Güintar (Parte 3)

Parte 1…

Parte 2…

Practicidad le llamo. Practicidad, a lo que otros ven como pobreza. La pobreza es un constructo mental y, a veces, coincide con el estado económico de algunas familias. ¡Hay ricos tan pobres…!

Una vez terminé de sorber el sancocho restablecedor de fuerzas, agradecí y, como buen metido que llega sin ser invitado, me metí a conocer la cocina; esquina donde la alquimia transforma los alimentos y el ser. Lo primero que reparé fueron las dos escobas hechas de Escoba; nombre que se le da a una planta que crece silvestre en el campo y que, al arrancarla, es juntada para armar escobas de barrer. Tengo la gracia de haber hecho mi propia escoba en Guaduas, Cundinamarca. Tres escobas y no una había allí, como para ponerle oficio a cada integrante que estuviera ocioso en el día.

Luego, el humo, que se hacía visible al entrar un rayo de luz solar en la oscura cocina. Allí pude ver las ollas y la sazón con que fue realizado. Pedí un poco más de limonada y pedí permiso para guardar ese momento en mi cámara. Las ollas posaban como en mi casa materna, donde una tapa tapaba otra olla, y la otra olla estaba tapada con la tapa de la otra; caleidoscopio este que le dio a mi hogar su variopinta estética.

Esta visita tuvo un trasfondo personal; una experiencia que sé, significa otro momento de mi vida. Por momentos, me dije que no sería capaz de llegar a la meta, que esperaría allí sentado con mi cuerpo inmanejable, rebelde, determinado en no continuar; pero no podía concebir que fueran por mí llevándome un caballo para auxiliarme en el ascenso. Mi lucha mental me invitaba a seguir, a pararme, a llegar como fuera, a ser más terco que mi terquedad; a ser cascarrabias con la debilidad. Bondadosa fue la montaña conmigo que le permitió a mi mente recuperarse y sentir que estaba en otra dimensión de la vida. Sé que estas palabras saben a espresso doble y que puede que solo yo conozca su sabor, es decir, que es muy personal; pero si no hablamos desde adentro sería decir falacias y mentiras solo para figurar. Este café me lo tomo con ustedes porque nacimos para ser comunidad, comunidad virtual donde algunos nos vemos dentro de la tecnología 0.0, Ojos con Ojos.

Los expertos fueron, subieron, llegaron, hicieron su protocolo de café especial. La familia del campo también hizo lo suyo, estaban, nos recibieron, nos acogieron y nos bendijeron con su bondad y caridad. Por eso soñamos con las montañas, arquetipo inconsciente que significa nuestra vida misma.

Ya saben que significa tomarse un excelente café al que le conocemos el origen, en este caso, origen Güintar. Salú.

Hasta el origen del café: Güintar (Parte 2)

Leer parte 1…

Con el cuerpo satisfecho y la sed diezmada, el resto de la jornada se tornó en disfrute y admiración; por la sencillez de la familia, por el paisaje que se nos presentaba desde la finca El Champú, a 2.050 m.s.n.m., por el pequeño cultivo de café que nos hizo ir hasta su origen para verificar los elementos que lo hacían tan especial.

Luego de que tanto comensal quedara satisfecho con el recibimiento alimenticio, la jornada se volcó al café y, en mi caso, para lo que me contrataron. El colectivo integrante de la empresa que le compra a Dionalber Chavarriaga su producto, pasó a explicarle las razones de la visita y, entre cuestiones privadas, a prepararle una taza de su propio café. Hay que decir desde ya que la mayoría de cultivadores no conocen el sabor de su producto. “Dionalber ¿ustedes qué café toman aquí en la finca?”, le pregunté intuyendo la respuesta: “Instantáneo, nosotros aquí preparamos Colcafé”. Respuesta que lo deja a uno aterrado, pues, un cultivador de un excelente grano especial de origen, tomando un café soluble que carece de características distinguibles.

Como él, son miles de campesinos que prefieren comprar las bolsitas de polvo soluble a la “complicada” tarea de trillar, tostar, moler y preparar el grano de su propia tierra. Tan impresionante es esta costumbre, que aquellos campesinos atrevidos que sacan su propia marca y la venden en las cabeceras municipales, les es bien difícil competir con marcas tradicionales como La Bastilla; ni siquiera por apoyo al gremio o a sus pares adquieren café del mismo municipio. Es un problema que tengo cada vez que viajo a un municipio de Antioquia buscando, infructuosamente, marcas de grano local; en cambio se ven las estanterías llenas de las tradicionales marcas. En bares, cantinas y cafés; donde tanto “tinto” se vende, sucede que ni conocen marcas locales y no apoyan a sus propios cultivadores.

Volviendo a El Champú, un barista fue el encargado de hacer el ritual de preparación de una exigente taza como si estuviera en un concurso de barismo. El método: Prensa Francesa; las herramientas: molino, gramera (para pesar agua y café), termómetro, calentador de agua y una tetera que se utiliza siempre en estos casos. La materia prima: origen Güintar, de las tierras de Dionalber. El joven iniciado, explicó los pasos y su justificación para este exigente protocolo; ritual que conocen los formados en el tema y que siguen de manera exigente si quieren obtener lo mejor del grano tostado. Vale decir que los hombres del campo son, para todo, más prácticos: olla, fuego y café; que el resto es amor, recuerdo, vecinos y paisaje.

Las tazas fueron servidas, sin azúcar ¡claro!, porque los profesionales saben que está prohibida si desean catar el sabor exacto con sus propiedades. Todos coincidimos en que aquel elíxir era especial; pero la sinceridad y desparpajo de Hilda, hermana de Dionalber, no le permitió ingresar al quórum y, en cambio, evaluó diciendo: “¡Qué cosa tan amarga!”, haciendo muecas y riéndose con  pena porque no le había gustado, “Eso sin azúcar sabe muy amargo”, exclamó. Excusada estaba sabiendo que en Colombia está bien arraigado el sabor dulce de nuestra tierra con sus cañas y sus panelas, y sabiendo que, para poder ingerir tantas tazas salidas de una greca que hierve la infusión por horas, hay que añadirle azúcar en cantidad porque si no, es terrible. Doña Blanca Inés Caro Caro, madre del citado dueño de la tierra, aprobó con educación y protocolo aquella bondad servida en taza.

Luego llegaron las fotos, protocolo de cualquier viaje y parte de mi contrato, y la caminata para conocer, por fin, el cultivo que le da sabor especial al grano. De los detalles de la travesía sabe el dueño y gestor de la visita; lo que a mí concierne es que después de haber padecido en la subida, haber caído y fallado en los intentos por reponerme; después de haber sudado para conocer una historia, haber viajado en vagoneta, moto y rematar a pie solo para conocer unas cuantas “matas más” que, en este caso, hacen una diferencia enorme ante otras marcas tradicionales; después de haber meditado en el inicio de mi vida como cuarentón (cosa que me llena de felicidad); me queda decir que el precio que pago por una taza de espresso, de esos “bien chiquiticos” que tanto recatea el ignorante; vale la hidalguía de agradecer a la tierra, al campesino, a baristas e instructores; por darnos un exquisito producto de nuestra tierra y nuestras montañas, delicioso vino -sin alcohol- de la fruta roja y madura que nos da el cafeto en Colombia; eso, y pagar lo justo por aquella taza, la cual se ingiere en dos y a veces un solo sorbo, pero que tiene detrás muchas páginas de recorrido como las que viví.

Doña Blanca y Dionalber, madre e hijo.

La visita fue corta debido a lo avanzado del día en que llegamos al corregimiento y el descenso de la montaña fue, nuevamente, igual de desafiante, pues, como dicen quienes han hecho el Camino de Santiago de Compostela, es mejor subir que bajar montañas. Los pies tienen que hacer más fuerza para sostener el peso del cuerpo, el cascajo del camino lo hace rodar a uno a veces; las zanjas hechas por el paso de los caballos se le presentan a uno como canales estrechos. Las rodillas se quejan y los gemelos también musitan lo suyo. Los muslos se unen en sindicato y hacen su protesta. El tiempo en descenso me hizo ver cuán lejos estábamos y cuán largo fue el recorrido y me hacen pensar que al llegar a Medellín y tomarme un espresso de este origen, no olvidaré jamás esta travesía que inauguró un nuevo decenio.

Es la diferencia de tomar cualquier “tinto” sin amor, y una taza servida con excelencia, conocimiento y amor por la tierra. Es la diferencia en tomarme una taza insalubre a una taza de recuerdos de mi tierra; de unos guacamayos que gritaban en tremenda algarabía rumbo al cafetal. Es la diferencia de tomarme un pocillo con agua en tinta, a un pocillo con sabor a fruta, y a fruto del sudor, el amor y la humildad del campesino colombiano. ¡A la salud de ustedes, mis estimados lectores!

Para este 2 de octubre, espere un colofón de esta crónica. Parte 3…

Hasta el origen del café: Güintar (Parte 1)

Nos detuvimos en Anzá, un municipio que a las 12 de aquel día, parecía congelado en el tiempo, sin gentes deambulando y con algunas miradas perdidas desde la sombra. Reinaban la calma y el calor. Me disponía a conocer un cultivo que ha sorprendido siempre en cada catación que hace una reconocida empresa de café de Medellín, quien me hizo la invitación. La buseta contratada tomó rumbo hacia el corregimiento Güintar, meta de nuestra travesía, pero preferí irme en la moto con Jaime Restrepo, de la Cooperativa de Salgar, quien había estado esperando para ser el guía de la jornada. Llegamos hasta donde podíamos llegar en automotor y de ahí en adelante el camino seguiría en caballo o a pie, mejor dicho ¡Camine haber!

El viaje en moto me permitió disfrutar de la hermosa vista ofrecida por las montañas y de las fragancias con que el “Mata Ratón”, ambienta las carreteras donde es sembrado como cerca viva. En moto, además, se esquiva de mejor manera las características de una vía terciaria destapada y se ambienta el recorrido con la conversación del guía. Es fácil, además, bajarse a tomar una que otra foto de algo bien interesante.

Al llegar al punto de encuentro con el caficultor, descansamos y aprovechamos para destapar los fiambres en hoja y alimentarnos así para lo que seguía de la jornada. Dionalber Chavarriaga era el anfitrión del hogar donde nos recibirían con sancocho y quien nunca se dio cuenta que nos estábamos “embutiendo” un fiambre justo antes de la caminada; craso error ese de llevar leña pa’l monte, pues, las gentes del campo son harto amables y generosas con propios y forasteros, además de ser un desaire que no tiene excusa.

Horizontes

La trepada comenzó con dos caballos que punteaban llevando sobre sus lomos a dos señoritas escoltadas por los restantes 11 que íbamos a pie por una montaña que se nos presentaba bien empinada. Subimos, cargando las cosas más inexplicables que pudiera uno cargar rumbo a una casa de campo: agua, un molino eléctrico para café, una prensa francesa, filtros Chemex para café, termómetro y gramera, entre otros artilugios citadinos. Parecía una travesía de españoles colonizando tierras el nuevo mundo con aparatos complejos y sorprendentes para intercambiar como espejos por oro. Pero la verdad es que se trataba de expertos baristas y catadores certificados, cargando todo un menaje especializado para probar lo que sería una taza de grano con un excelente origen: Güintar.

Padecimiento

La subida de este cronista fue sonorizada por los jadeos de mi respiración, el agotamiento me recordó que estoy próximo a cumplir los 40 y que los recorridos esos donde llegaba de segundo en el ejército (el 1° tira machete para abrir camino), eran parte de la historia hace 21 años. Decía, pues, llegó al punto de estar vencido por la montaña empinada que ya marcaba los 2.000 metros de altura. Humillado por tal vencimiento de fuerzas, comencé a luchar con mi mente para poder continuar, pero el orgullo fue vencido en cuatro intentos más haciéndome meditar en San Juan de la Cruz y su Subida al Monte Carmelo. En la última vencida me detuve 15 minutos quizás, donde me sorprendí de mí mismo y de esta bienvenida al nuevo decenio de mi vida. Descansado, sentí que mi cabeza se recompuso y que no era agotamiento sino los efectos de la altura lo que me tenía en tal posición. Afirmé mi cuerpo y completé el camino de llegada a El Champú, 2.050 m.s.n.m., donde ya todos habían terminado el sancocho.

Gracias a la bondad de los anfitriones, me recibieron con la consolación de un buen plato de aquel caldo, más tres vasos de limonada montañera, elíxir ante semejante agotamiento. Lo demás, fue planicie, reposo y toma de aliento en la cima.

Burla

Desde ese momento, todo se tornó café y burla. Del café se los contaré en la segunda parte de la crónica; de la burla les cuento que fue el alimento en el resto del viaje. Que el soroche, que en qué era que había prestado servicio militar; uno de los baristas hizo un buen chascarrillo, diciendo que lo que yo no había contado era que había prestado servicio militar en la cocina (cosa no cierta); de lo cual solo pude argüir en mi defensa: Presté servicio hace 21 años y le pregunté: “qué edad tenés vos?”, a lo cual respondió: “Menos que eso”; así que concluí diciendo que cuando yo estaba prestando servicio él no había nacido aún. Y vale la burla, lo que me llevó a hacerme revisar del médico (Si es que una EPS revisa objetivamente bien, hoy). Desde ya, además, vengo preguntando a las fincas en lista por visitar si el acceso es en carro, bestia o infantería; pues, los años no llegaron solos.

Espere la segunda parte…

Café Don ‘Chucho’, desde Fredonia, Antioquia

Las fotos de plantas de café o de tazas servidas no tienen fragancia ni aroma si no hay detrás de ellas alguna historia humana, por pequeña que sea; si no conocemos que detrás de ellas hay historias de vidas humanas que sudaron para que ese grano fortaleciera sus caramelos tostados. Una taza de café sabe mejor si reconocemos las sonrisas que hay detrás de ella. Me encuentro en el silencio de mi apartamento dictándole a mi lápiz los aromas de mi última visita al calor de buena taza con grano de Fredonia; su perfil es fuerte y me satisface en boca y unos leves frutales me conversan al fondo. Horas antes, un señor bronceado por el sol de Fredonia nos esperaba y recibía a Diana, mi esposa; a Jacobo, mi hijo y a mí; se trataba de una invitación a conocer una marca de café y otra historia de lucha económica.

Para el momento en que escribo y termino mi segunda taza de café, se me vienen a la mente las dos personas que le dan vida a mi crónica: Javier Pareja, titán de su cultivo; y don ‘Chucho’¨, el patriarca a quien se le hace honor. Javier, quijote de esta historia, quiso darle un mejor perfil al grano de su finca, haciéndole honor al prócer de su historia personal: Jesús Pareja ‘Don Chucho’, su padre y reconocido comerciante en el municipio de Fredonia, en Antioquia. Don ‘Chucho’, pues, es el sello que finaliza un largo proceso productivo con el cual nace una nueva marca. Hay que decir, desde ya, que Javier no tomó café en su vida y hasta hace cuatros años se aficionó a la bebida; y Don ‘Chucho’, quien tuvo la finca desde hace tantos años, solo vino a conocer hasta hace pocos días el sabor de su grano; hoy, ambos son felices con el sabor y el perfil de su grano en taza.

Javier es sencillo, es un hombre con tostión media alta en su piel, con sueños que ha ido materializando como el renuevo, desde hace ocho años, de su cultivo de café, en una finca que se negó a vender en tiempos de crisis; es el único entre sus diez hermanos que se dedicó al tema. Cuenta Javier que a la finca le iban a meter ganado, pero prefirió arrancar de raíz los viejos palos de 15 años y renovar paulatinamente un lote donde hoy tiene 30.000 palos que le brindan una cosecha casi todo el año, debido a las bondades climáticas de este municipio, condiciones, además, que hacen que esta tierra no tenga monocultivos y que por lo contrario, junto a los palos de Castillo, Bourbon y Caturra; crezcan lulos, piñas, aguacates, bananos y chirimoyas; enriqueciendo el perfil de su producto. Javier, también reconoce que dedicarse al tema cafetero es duro, que se trata del negocio de los arrodillados: “Para sembrar las plantas hay que hacerlo arrodillado, si tú lo siembras de pie no quedan bien; para cosechar el grano hay que arrodillársele a la gente para que vaya y desgajen los granos; y, por último, hay que arrodillársele a los agentes de venta o a las cooperativas para que lo paguen bien; así que, estamos permanentemente arrodillados”.

Don ‘Chucho’ y su descendencia, tienen una serie de negocios que lo hace reconocidos comerciantes; al asomarse al interior de sus empresas, entre ellas unos supermercados. Me pregunto por qué los habitantes y coterráneos, prefieren granos genéricos y vencidos importados de otros países, al producto de sus propias manos, de su tierra y de su sudor. Javier Pareja reconoce lo difícil que es vender café de su tierra y explica: “Es duro vender nuestro café, llevan más de 30 años tomando un café viejo y dañino, pero se trata de un sabor arraigado en la mente de muchas personas”. Ante esta problemática, Javier tiene varias ideas para promocionar el producto de su tierra y no solo su marca: un reinado de belleza por veredas para las Fiestas del Café, en diciembre, donde cada candidata diseñe un proyecto y recoja fondos para el mejoramiento de la infraestructura local y a quien gane se le construya el proyecto y concluye: “En las Fiestas del Café se toma todo el alcohol que quiera, pero ni se ve el café ni se muestran los productos de este grano, así que es un momento oportuno para motivar el consumo de nuestro producto de nuestra tierra”.

Esta vez no hubo sancochos en la finca, pues, el jolgorio alimenticio se dio en el casco urbano donde esta familia vive y trabaja; ya que Don ‘Chucho’ y su señora, más sus diez hijos y parientes son reconocidos comerciantes del sector Cuatro Esquinas y en el marco de la plaza de Fredonia; incluso el patriarca, protagonista de la etiqueta, trabaja tras el mostrador de su granero, donde se mantiene activo y a la orden de toda la comunidad urbana y rural del Municipio.

Cuando terminamos la visita, los anfitriones nos empacaron provisiones como madre que le empaca a su hijo en la partida hacia el ejército: gajos de un racimo de bananos, piña recién cortada, aguacates “comprados” del árbol y ají dulce de la mata. De esta familia nos trajimos su generosidad como la que tienen las bellas almas del campo: almas rurales henchidas de sencillez, humildad y generosidad. Me queda la pregunta de siempre ¿Por qué un municipio cafetero, se pierde de la oportunidad de tomar una taza con el sabor de su tierra, y de un grano que no pasa de seis meses de cosechado con menos de 15 días de tostado, para beber una infusión de grano viejo, avinagrado; al que hay que agregarle azúcar para poder enmascararle los desagradables sabores? ¿por qué no consumen su propio esfuerzo y se sienten dignificados?

Ahora sé que más gente puede reconocer por qué nos deleitamos en buscar y tomar tazas de café permeadas de historias vivas y humanas; comienzan a entender que cuando sorbemos una cálida taza, estamos aplaudiendo el esfuerzo campesino para salir adelante y dignificar lo nuestro; a todos ustedes ¡Salud! Salud con café.

Para contacto:

Almácigo de café

Javier Pareja viene renovando, por lotes, el café de su finca; le permite tener cosecha casi todo el año.

Abono de tierra

Los desechos son aprovechados para generar abonos naturales que enriquezcan la tierra.

Palos de café arrancados de raíz

Javier Pareja, prefirió arrancar los viejos palos de su finca para ir renovando su cultivo con nuevas plantas.

Café de la Cumbre: ingenio, artesanía y mucha manualidad


Don Octavio, pasa horas tostando café de manera artesanal

Es domingo y el casco urbano del municipio de Fredonia es un hervidero de gentes al calor de un sol en puente festivo. El sol ocupa su lugar de medio día y el hambre del suscrito y su familia agobia pero el anhelo por conocer otra historia cafetera alimenta con alegría el momento. El camino de allí hasta la finca La Costa, en la vereda La Toscana, es de vaivenes y saltos en una jornada de observación y admiración natural. Al llegar con mi familia al lugar indicado, no hay tiempo para los saludos que manda la buena educación, pues la primera escena que vi me conquistó.

Un trompo hace las veces de manija, de la manivela de la tostadora.

El sol de mediodía intentaba colarse en el taller de trabajo pero esperaba afuera pues no le era permitido entrar, quizás a la hora del poniente tuviera posibilidad. Adentro, un hombre de apariencia costeña yace sentado en su silla y acciona una manivela a ritmo constante; se trata de don Octavio Acevedo Colorado, hombre de campo, cultivador de café; no es costeño sino antioqueño nacido en las montañas de Fredonia, donde tiene su finca y su cultivo. Este aguerrido hombre es el corazón de Café de la Cumbre, una marca de café que lleva el sello del amor y el valor con el que se trabaja este grano, trabajado de principio a fin de una manera artesanal.

Zona de pesaje y vertido al cafeducto

Don Octavio, como muchos colombianos, se levanta temprano y despierta sus sentidos con los primeros “tragos” de café que le dan la energía suficiente para ordeñar su única vaca, para regresar, luego, por un chocolate y algo que le “tranque” la taza. Luego, entrega el alma a su terruño, pues, tiene 12.500 palos en una de las más bendecidas tierras del suroeste antioqueño; un cultivo agradecido que le brinda grano casi todo el año, debido en parte a su ubicación donde recibe la luz del sol desde las 5 de la mañana hasta las 6.30 de la tarde.

Don Octavio y su esposa María Rubiela Pareja Vanegas, tienen su cultivo en una empinada peña que va desde los 1.550 a los 1.700 m.s.n.m. Allí, tienen algunas variedades que enriquecen su terreno. Este hombre de campo cuenta como es el proceso en su finca; narra que la fruta madura es cosechada y recogida en dos centros de pesaje, donde, aprovechando la inclinación de la montaña, los granos son vaciados en una caja de vertido, de allí viaja por un cafeducto hecho con tubería PVC por debajo de la tierra hasta llegar al acopio donde está la despulpadora y el beneficiadero, sobre todo el entramado está la marquesina de secado al sol.

Desagüe del cafeducto. El café viaja con agua. Al fondo, seca el pergamino

Una vez seco, el pergamino es sometido a una trilla manual: una mano golpea el grano con un pilón de esos para trillar maíz; se hace con tal fuerza que no parta la almendra; la cascarilla es separada de la mezcla con la mediación de un ventilador que sopla el cisco pero deja la almendra verde. En una mesa iluminada se retiran los granos malos y los buenos son puestos a secar nuevamente. El tostado, se hace en sartén con una manivela adaptada para tal fin; la manija de donde se agarra la manivela es un trompo que don Octavio adaptó para comodidad de su mano. La tapa del sartén permite que el calor salga y por allí mismo las diferentes fragancias del proceso de tostión; estos orificios permiten que entre una cuchara para hacer la colorimetría que deja ver, a ojo, el grado de tueste. Terminada la labor de paciencia y manivela; el grano tostado es dejado en una malla que limpia el grano de la fina película que suelta con el calor y se deja enfriar. El grano moreno es molido en una máquina de moler con motor adaptado para que no haya más manivela y a una velocidad que no queme el café. El producto molido es pesado y empacado en bolsas de 5 kilos, libra y media libra. ¿Cómo sellan la bolsa? Igual que en los procesos anteriores, de forma manual y con creatividad, ya que el cierre de la bolsa se hace con regla en mano y con plancha de ropa.

La trilla se hace con pilón, sin quebrar la almendra

Cuenta doña Rubiela que cuando idearon esta empresa, no les puso atención ni les creyó, pues no era la primera vez que escuchaba a su familia hacer planes y empresas “para salvar el mundo”. Algún día, hablando de los bajos precios del café en las cooperativas sugirieron darle valor agregado al producto de su finca y las ideas fueron saliendo: su hijo, Humberto Acevedo Pareja y su nuera Mary Sánchez; tenían una foto de su hija, Sofía, tomada en el preescolar con atuendo de chapolera pero con maíz en la canasta; Humberto retocó la foto y puso café en la canasta de mimbre; Driana y Camilo, también hijos de don Octavio y doña Rubiela compartieron ideas y se pusieron tareas; el nombre de la empresa lo daría una de las zonas de la finca: La Cumbre, y la tostadora alguien la prestaría. Esfuerzo en marcha, se dieron a la tarea de sacar adelante el producto y hoy es una realidad, una artesanal y llena de amor realidad. Una marca de café con una taza limpia que ya ha sido evaluada por baristas y conocedores.

La molienda se hace con máquina de moler maíz accionada con motor

En semana, don Octavio y doña Rubiela mantienen solos, el uno sentado en su silla batiendo almendras; la otra en la cocina, viendo amaneceres y atardeceres de verdad y no de almanaques; los fines de semana los pasan al calor de la conversación animada por tazas de café y de “aguardienticos”, pues no todo es el fruto de la almendra roja. La calma de este paraíso está siempre presente y el tiempo parece detenerse a veces; testigo de ello es un calendario, que se quedó en abril de 2010 y no quiso marcar más el tiempo; y como el tiempo no es amigo de todo; la cámara y las maletas fueron de nuevo empacadas para partir de regreso a la ciudad, donde no se ven los cultivos ni al sol detenerse; pero se ven y se toman tazas de café que más que a grano tostado, saben a familia, a tesón y amor, saben a campo y a tierra montañera; aunque ni una “librita” nos dieron de este café cariñoso; tocará repetir visita a ver si se conduelen con el artista.

Para ventas: Galerías de San Diego, local 42 b 49, teléfono 262 63 42 / 310 414 35 72. En Envigado, carrera 41 N°40 G Sur 48, teléfono 331 72 97.

Las siguientes, son imágenes que testimonian el inicio de Café de la Cumbre, tomadas por la familia.

Sofía, protagonista de las etiquetas de Café de la Cumbre. Primeros empaques del café

Las primeras molidas eran en la máquina de moler el maíz de la cocina. En la foto, Tomás

Para “ventiarse” tomando café

Daniel Villarreal, fiel lector de este rincón de letras, me envía una foto para compartir con los lectores. Solo me dijo que la tomó desde el Ventiadero, en Amagá; pero con semejante paisaje, le pregunté más datos del valle al fondo. Al no tener datos exactos, le reenvié la foto a José Fernando Montoya ortega, amigo y caficultor en Pueblito de San José (Amagá) y esta fue la respuesta recibida; más que respuesta parece un peritaje:

“Con relación a la fotografía: ha sido tomada desde el paraje Ventiadero, de la vereda Yarumal de Amagá, en el flanco oriental, lindando con el municipio de Caldas. Al fondo se observa Cerro Bravo, tutelar de Fredonia, y hacia la izquierda se observa el cerro de Combia. Entre el lugar de observación y Cerro Bravo, corre la quebrada Sinifaná, y a ella desemboca la quebrada Piedra Verde, ellas nacen en el  flanco occidental del Alto de Minas. Por extensión podría afirmarse que la zona en referencia, hace parte de la cuenca de la quebrada Sinifaná.

¡Excelente!

¿Quién tiene fotos propias de paisajes cafeteros para que compartan?

Ir hasta el origen de un café – Bellcafé

Como ha sido la filosofía de este blog, las (grandes historias sencillas) son el pan habitual para los lectores ocasionales y permanentes. Ha sido objetivo siempre, el resaltar aquellas historias positivas y sencillas, escondidas en cada lugar donde pasamos de largo y nuestra mirada no se detiene. Vale la pena resaltar esas iniciativas de vida que dan ejemplo a los que más oportunidades tienen. Los dejo con esta historia desde la vereda Potrerito, Municipio de Bello.

La llegada

Unos parapentistas sobrevuelan los predios rurales del costado occidental del municipio de Bello. Bajo con mi esposa y mi hijo Jacobo, la loma que nos lleva de la carretera que va a San Pedro a los predios donde se cultiva el café insignia de este municipio. Para bajar por la loma, debemos templar las piernas y esquivar los rastros “blandos” del paso de vacas y terneros que hay en una finca vecina donde nos permiten tomar el atajo. El cielo es gris y la lluvia tienta; aún no se ve la casa para la que vamos, pero la delicia del ambiente nos permite disfrutar la lejanía de la ciudad.

Llegamos a buena hora, que es cuando las ollas ya están “alzadas” y alguien se dispone a revolver con cuchara de palo el caldo que se cocina que, por el olor, se trata de fríjoles verdes. Varios chicharrones se fritan en otro puesto del fogón de leña y este par de fragancias montañeras nos ponen a trabajar las salivares. Más esperanzador que el almuerzo al que fuimos invitados, es la sencillez y las múltiples sonrisas de los anfitriones los que nos hacen sentir en casa. Una mujer nos acoge con jugo como primera atención; otra persona, con un lugar donde sentarnos. Diana, mi esposa, busca lugar de descanso para reposar sus piernas temblorosas por el descenso; Jacobo, a buscar terreno donde explorar y comenzar a jugar con tierra.

La cámara hace lo suyo a la orden de mi mano, las notas son tomadas; nos llega una primera taza de café, sembrado en la misma tierra con la que mi hijo juega. Nuestra mirada enfoca varias localidades de Bello, pues, esta casa donde estamos tiene mejor vista que los apartamentos más altos allá abajo. Aumenta el aire del chicharrón fritándose lo cual se configura en maldad para este trío de peregrinos con hambre, el café trata de calmarnos infructuosamente el trabajo digestivo que ya comienza y, mientras tanto, seguimos explorando, tomando fotos y escuchando las historias que ya comienzan a sorprendernos: la de una red familiar entretejida de primos que hacen que sus apellidos tengan poca variedad de combinación, lo cual nos deja salir algunas risas para los que escuchamos, y un ejercicio de memoria para quienes nos lo cuentan.

Walter Patiño

Walter Patiño

“Entre primos más me arrimo”

Walter Patiño Patiño, vive en la parte alta de la vereda Potrerito, en Bello. Hijo de padres primos, está casado con Claudia Patiño, prima suya. Es padre de familia, cultivador de café y se prepara como barista en el Sena. Para ir hasta el Centro de los Recursos Naturales Renovables La Salada, en Caldas, Walter sale de la casa a las cuatro de la mañana para atravesar los vericuetos de la montaña en la que está su casa, camina 30 minutos hasta el barrio París y allí toma el bus que lo lleva en 25 minutos a la estación del Metro, Madera. Una vez sentado en el vagón -si encuentra silla libre-, atraviesa el Valle de Aburrá en 40 minutos hasta la estación La Estrella, allí aborda el transporte que lo acerca –por fin- hasta el Sena, en Caldas, en otros 25 minutos.

Sandra Milena Patiño, quien siempre se ocupó de nuestra llegada.

Sandra Milena Patiño, también está estudiando para ser experta en café; es prima de Walter y está casada con Arlex Valencia Patiño, primo materno. Ella toma otra ruta para salir de su casa, ubicada a pocos metros de la de Walter. Sandra escala, si así se puede decir, la empinada loma de la montaña hasta la carretera que de San Pedro de los Milagros va a Medellín, una caminada de 40 minutos. Una vez aborda el bus, viaja por 60 minutos hasta la Terminal de Transportes del Norte, en Medellín, donde tomará el Metro que la llevará en 25 minutos hasta la estación La Estrella y de allí al Sena, otros 25.

Sandra, tiene otra prima que vive en la misma vereda: Paula Andrea Correa, quien también se forma para ser barista, ambas toman la ruta de la carretera San Pedro – Medellín, pues les da miedo salir de su casa por la ruta del barrio París. Paula, es hija de Guillermo Correa Patiño; y con este último se completa el equipo familiar de empresarios que le dan vida a BellCafé. Guillermo, quien fue parapentista, es quien tiene en sus predios la infraestructura básica donde están ubicadas las máquinas necesarias para que el café obtenga un mejor precio, ya que tienen control de toda la cadena productiva, y pueden prestar servicios al resto de la comunidad cercana que cultivan el grano.

Paula Correa, nos atendió con generosidad

Guillermo Correa, anfitrión de nuestra visita.

El bello café de esta tierra

Esta familia ha heredado esta tierra de sus padres y hacen lo que saben hacer: cultivar la tierra y hacerle la minería vegetal para extraer la almendra que les dé el sustento y la satisfacción de cumplir su proyecto de vida. Los tres primos se forman como expertos, no para trabajar en alguna tienda especializada en preparar bebidas de café, sino para mejorar el cultivo familiar de este grano de origen y para sacar adelante la empresa que han constituido, Bellcafé, que hace gala a la tierra del municipio donde se cultiva, Bello. Hacen todo el proceso, desde la siembra hasta la venta del grano tostado, pasando por el despulpado, desmielado, secado, trilla y tostión, pesaje y empacado.

Al cosechar el café, los primos, estudiantes de barismo, llevan almendra verde al Laboratorio de Café en La Salada, para hacerle curvas de tostión y el análisis físico y sensorial al grano; ellos quieren mejorar sus prácticas de cultivo y sacar cargas con mejor precio; quieren, además, posicionarlo como un buen café de origen de Bello, Antioquia; quieren salir adelante cultivando la tierra pues no quieren abandonarla, quieren que siga la cadena de herencia con las plantas de café como cultivo principal.

Los plátanos maduros se asan por encima y en el horno

El almuerzo, el postre y el café

Paula Correa, es quien corre de aquí para allá, trayendo platos, llevando tajadas, trayendo pocillos, bajando la olla. Nos llama y nos invita a elegir comedor, se improvisa uno con un viejo carrete gigante de cables de energía, lo visten de mantel y nos sirven el esperado plato de fríjoles verdes; como estamos en “casa” todo está en el mismo plato, sin protocolo que el hambre es mucha. Pasan otra ronda de chicharrones y cómo negarse a tan grasosa generosidad. Ofrecen llenar de nuevo el plato y, quien escribe, acepta la invitación. Todos callan, mastican, se concentran en el plato hondo. Jacobo no come pues niño jugando no sufre de hambre. Nos ofrecen más arepas y me sorprendo al aceptar –comúnmente no como tanto-; el hambre es satisfecha y el estómago se calla.

Avanzamos en la historia y reposamos el almuerzo; las mujeres van pelando unos plátanos maduros y anticipamos que necesitaremos más espacio en las barrigas. El maduro es puesto a asar y alguien acerca la mantequilla. Los hombres de la casa ofrecen café y preguntan por la tostión que deseamos; respondemos que media-alta y de una encienden máquina. Nos alejamos para tomar fotos a los cultivos y desde ellos ya se siente una fragancia que calienta el día nublado. El tostado está listo y lo disponen a moler, Guillermo lo deja fino y se dispone a prepararlo. Una vez servido lo catamos y damos opinión que, conjunta, decide que quedó muy suave. Hablan los expertos y acuerdan los baristas en que es necesario tostar de nuevo. La generosidad de esta familia se hace sentir y le ponen más tiempo al fuego, lo sacan, lo muelen y todos aprobamos que el color deseado; lo empacan y nos lo ofrecen como presente de despedida y de bienvenida permanente.

Empacamos los corotos tecnológicos, diez despedidas y mil agradecimientos a tanta bondad, a tanta caridad humana. Comenzamos los primeros pasos y el perro local nos acompaña; trepamos loma hasta la carretera en medio de las caídas de Jacobo, los respiros jadeantes de Diana y la sonrisa mía por haberle hecho minería social a la montaña y haber encontrado y conocido familia tan sencilla y admirable. Limpiamos el rastro blando de nuestros zapatos y que nos recuerdan el origen de la leche, nos montamos en el carro y tomamos rumbo a la ciudad donde abunda tanta arrogancia, tanta insensatez y tanta prepotencia. ¡Llegamos, y ya queremos volver!

Para contacto con Bellcafé: walter.patino@cafeterosdecolombia.org

¿Deseas conocer un lugar magnético y lleno de paz?

Con una alta frecuencia viajo a La Ceja, en el oriente antioqueño, para descontaminarme de la ciudad y escuchar el silencio, si es que tal cosa se puede hacer. Se trata del Convento Hermanas de Betania del Sagrado Corazón, un lugar encantador y con una arquitectura sencilla donde la luz y el silencio son protagonistas. Lo visito, porque tiene un magnetismo extraño en mí, una atracción fascinante que me obliga a visitarlo cada tanto.

Este bello lugar, sembrado en la vereda San Nicolás, está rodeado de naturaleza, y en ella, sol, frescura, pájaros, ardillas, flores, fragancias y silencio, un silencio casi absoluto, sobre todo dentro de la capilla. Esta última, parece un lugar de encuentro ecuménico, dada la sencillez en su decoración y su misma arquitectura; allí, me siento para no hacer nada, porque este espacio te obliga a quedarte callado y a recibir… tranquilidad, paz, sociego y sabrá cuántas cosas más en el espíritu.

Las encargadas de este lugar brindan atención a todo el que quiera visitar el lugar, brindan alojamiento para retiros, guiados o no, para personas o grupos. Cultivan su propio alimento y, como las fundadoras y directoras son italianas, la comida es sencilla y deliciosa. Tienen, también, la venta de reproducciones de íconos, que ellas enmarcan o pegan en retablo con recubrimiento de gemelos, tarea que hacen con paciencia. La habitación donde tienen la “tienda” de reproducciones, está colmada de olor a madera, bosque y a los gemelos; nuevamente, un lugar magnético.

No se necesita ser católico para visitar este convento, las monjas son sabias y jamás discriminan, aunque jamás se enfrascarían en discusiones. Oran por las parejas que buscan tener hijos y no han podido y por otras necesidades. Una de sus entradas económicas, aparte del alojamiento, son los íconos que tienen a la venta, de los cuales dejo algunas imágenes. Con precios desde 5.000 pesos colombianos, hay representaciones de íconos rusos, bizantinos, griegos, palestinos, italianos, etc. Un lugar para conocer con mucha paz, dejando la religión que cada uno tenga a un lado.

Carrera 16, nº 26-19 Vereda San Nicolás
La Ceja- Antioquía
Colombia

Ya había escrito acerca de este lugar, ver No hay que ir hasta el Oriente por sabiduría.

Zócalos temáticos en Guatapé

Estas pinturas hechas sobre relieves en cemento, hacen parte del arte primitivista con que son hechos los zócalos en Guatape. Estos, en particular, están a la entrada del malecón en el casco urbano. El arte primitivista me encanta y lo he dicho en este espacio, por las formas “inocentes” con que son resueltos algunos planteamientos de la estética visual como la perspectiva, el color, la línea, el ángulo y el encuadre.

El camión azul, abajo, es ejemplo visible, con su perspectiva, del arte primitivista. Un completo juego de líneas y ilusión visual que puede ser tomado como error por algunos, pero yo lo tomo como información útil, valiosa y sí, hasta graciosa de expresión visual.

Pero, qué va, no le demos tanta academia a la vista, ya que para ver no se necesita educación, pues la estética misma existe por la sola presencia del hombre que percibe la realidad y la aprehende.

Bienvenido el color en Guatapé

Cuando las políticas de un minicipio se aplican para el embellecimiento de su urbanismo y arquitectura, cuando los decretos o Acuerdos se imponen para el bien común, cuando se tiene en cuenta al, a veces, tan olvidado color, saltan felices los ciudadanos porque dichos pronunciamiento hechos ley se revierten en turismo, piropos y empleo.

Cada vez Guatape, se va llenando de color y los zócales de sus casas saludan al propio y al viajero con sus colores y sus relieves. Cada vez el casco urbano se va configurando como un territorio donde la luz del sol desciende para bailar en sus paredes.

Disculpen la calidad de las fotos, los chips de la camarita con que ando actualmente hace lo que puede. El ojo es el que vale.

Zócalos, calor y “mar” en Guatapé

Tener planes para ir a Guatapé significa hacer una lista de chequeo de objetos y vestuarios propios para ir a la playa: vestuario de baño o de bronceo, bronceadores y bloqueadores, comida, gafas de sol, sandalias apropiadas para el agua, etc. Eso, para el turista que se acerque a este municipio de Antioquia sabiendo que goza de las aguas de una gran represa o embalse y un malecón turístico. Otras personas que transaccionan con sus productos tendrán otra lista de chequeo: fertilizantes, costales, dinero en efectivo para la plaza, etc. Para otros, la lista se recortará a bebidas alcohólicas. En fin, Guatapé, su malecón y su zona rural tiene público para todo.

Como turista visual que soy de cada municipio o rincón que visito, siempre estarán presentes en mi ojo cazador, el color, la geometría, su gente, sus ventas, sus artesanías, etc. Y como sé de tantos lectores por fuera de Colombia, una que otra vez me gusta dejarlos con los antojos de nuestra tierra; para el caso, este coco bautizado en panela que llamamos coquitos o panelita de coco. Como para que sigan extrañando a Colombia y sigan anclados, de una u otra forma, al territorio. Los dejo con ese antojito y con un adelanto de zócalos, elemento visual por el que también se reconoce a este municipio.

Esta semana estará dedicada a Guatapé.

Jacobo Zímerman ¿Qué tal estas panelitas, tío? ¿Hay en Israel?

Un día cualquiera en Filandia, Quindío

La mañana conoce al que temprano se levanta y sabe que es de modales recios, como el agua fría en la ducha y el horario en el comer, esto incluye los tragos previos al des-ayuno que no son de licor sino de café y más, en tierras del Quindío.

La media-mañana se hace testigo de cómo es la disciplina de quien labora con responsabilidad. El sol es benevolente y la lluvia se hace tardía para que los clientes no se le vayan a esparcir. La calle se le hace amplia y la jornada, de una calidez amena.

El mediodía se presenta para avisar la hora de comer, comer en término general y no como de verbo cenar. Luego del alimento se hace obligatoria la siesta o el motoso como nos lo dice Pachopardo, que así se dice en tierras bogotanas. La siesta, pues, se desarrolla sin más novedad que la de un mosco molesto que zumba cerca al rostro, no por ello tiene menos derechos de existencia, hablando del molesto volador. ¿Qué diría el mosco si supiéramos los pensamientos para con el humano? No nos atañe tal pregunta aquí pues no es de él de quien hablamos.

De la tarde o la noche serán ustedes responsables en inventar carajada alguna, que no se les dé todo a los lectores, que mala costumbre es.

Coche impecable como lo es su camisa. Su mirar es recto y distinguido, atalajado y pulcro es su andar como su ropaje. El delantal revela un cuidado especial por el aseo y el respeto por el cliente. Así es este señor, vendedor móvil en Filandia, Quindío.

Mirando al ser, detrás de los objetos – Caldas, Antioquia

Mirar, esculcar, preguntar; sorprenderme. Voltear, girar; asomarme. Observar, tocar, oler, sentir; aprehender. Es así de sencilla la metodología de investigación. Aprehender al objeto como si fuera éste, un nuevo planeta en el que me instalé. Es decir, jamás dejar de soprenderme por cada minucia de este universo visible o sensible al cerebro.

Saludos al Semillero de Investigación Formativa sobre los Artefactos Culturales, su descripción e interpretación, del Instituto Tecnológico Metropolitano, ITM, por la invitación. Que la sorpresa quede instalada en el ser, para que al abordar los objetos veamos al hombre como centro.

Fotos de la TomaTodo a Caldas, Antioquia.

Tomando el sol como el que necesita ruibarbo

Es sábado, la labor espera hasta el lunes. No se trabaja, no hay que madrugar, no hay afanes en este día. Se levanta, se toma sus primeros tragos que, para este blog, los tragos no son de licor sino los primeros sorbos de un tinto mañanero. Salvada la palabra, valga decir que en los tragos se cuela una tostada que no esperaba ser útil todavía.

La cara desvencijada de todo el que recién se ha levantado, se derrite o se juaga o se desliza con el chorro que ahora, en este preciso instante del baño, está cayendo sobre la piel de este individuo que, por su cara, se parece a todo el resto de mortales: desea ser feliz y quiere evitar cualquier sufrimiento. Palabras éstas que no son del bloguero sino del Dalai Lama.

Una vez desaparecida la cara mortuoria, que todos aparentamos al despertarnos, la frescura está a la vista. Pocos reconocen el poder del agua y la cantidad de investigación que hay detrás de ella. Hombre maduro es este pero no deja de ser niño o no lo olvida por lo menos. Sale al sol, pues, como nalga de bebé que desea o necesita ser soleada y calentada para evitar el ruibarbo; la misma toalla con la que recogió el agua se aireará pues nada se seca porque nada se moja ya que ninguna superficie se toca, efectos de la física microscópica que ignora.

El sábado sigue en desarrollo en esta tierra, pues, en algún otro planeta tal día no existe. El agua de la toalla se evapora, como el concepto de tiempo, que creemos que va transcurriendo. Pararse ante el morro para otear pasajeros y visitantes sin pena de la pinta lucida; es mañana, es sábado y el territorio es del que mira, seguro de sí mismo. Y así, así va trascurriendo este flexible tiempo o relativo más bien. El que toma la foto continúa.

Imagen: Caldas

Una mirada a Caldas – José María Ruiz

José María Ruiz, participante de la salida a Caldas nos comparte algunas de sus imágenes y su dirección en Picassa, para que conozcan más de su mirada…

Por José María Ruiz

¡Nunca me fui del todo!  En los años ochentas salí de mi pueblo por circunstancias no ajenas a la voluntad del común y corriente. A cualquiera le ocurre tener que cambiar de nido. Ese fue mi sino. Desde entonces cada tanto tiempo de nostalgia vuelvo a recorrer mis caminos, con mapas tatuados para siempre en mi esencia.

Cada rincón, cada callejón, bares, parques. Los fantasmas de los que ya partieron sin retorno me acompañan en los recorridos, porque tampoco se han ido. Soy un fantasma con ellos.

Julián, desde la escuela. Julio, desde las cometas y los trompos; luego, desde la mirada diferente de la poesía. Diego y su guitarra que tocaba los tangos, cuando él ya estaba danzando con Malena en medio de una nube de opios tropicales. Mi padre, con su cara adusta; mi madre, con su falda dispuesta a cobijarme. Y muchos otros.

Luego, los habituales: la vecina que me odiaba porque le rompí una ventana con la pelota de letras; la novia a la que todavía se le salen mariposas que le brotan de ese lugar que todas dicen; el otro Diego que va tras un sombrero que se le fue volando hace mucho -No lo va a alcanzar, porque no quiere volver a estarse quieto-. Gustavo por dos, cada uno más lejos de la realidad del trajín cotidiano que cualquier bípedo mortal. El uno, pontifica sobre cómo debía hacerse lo que ya está listo y el otro lo contradice con su perorata alucinada sobre la existencia comprobada por él, de vida bajo las piedras del camino mientras repara un radiador de un auto sin fecha de vencimiento.

Mazo y su hijo orate. Él también. Él vive en el novechento. Su hijo en cada instante de este hoy tan loco, arrastrando un tarro y cubierta su cabeza con un empaque de “café la bastilla”, a guisa de sombrero… Mi hermano Óscar ‘Pocalucha’, que descubrió antes que yo la delicia del eterno no hacer nada y ganarse el pan de pura labia. Mis otros hermanos, tan parecidos todos. Tan ciudadanos del común: Nada más trabajan.

¡Y sigo ahí! fantasma en mi pueblo, trashumante por sus calles; cámara o copa en mano, danzando en los recuerdos.

El mar y la montaña

El hombre que nace en costa mira el mar y pone sus sueños en el horizonte lejano, viaja en su mente y conquista nuevos territorios. El hombre que nace entre montañas es egocéntrico por efectos de la geografía, se ve a sí mismo y pone sus metas más cerca, pero más alto; aspira subir y colonizar, y cuando está en la cima descubre que no estaba solo. Ambos se sorprenden del paisaje del otro pero extrañan el propio.

Fotos: Santa Marta

Capacidad y talento en personas comunes y corrientes

Quien no tiene un título universitario no deja de ser profesional en su desempeño. Siempre que observo las creaciones de ciudadanos que, para su manutención, se dedican a diseñar objetos útiles, reflexiono acerca de cuál sería la carrera universitaria, técnica o tecnológica que el individuo hubiera estudiado. Mi abuela, como ejemplo, hubiera sido una gran diseñadora industrial; a cambio de eso, la vida se le presentó como recolectora de café, cocinera, viajera y, por supuesto, madre y abuela sabia. La abuela de mi esposa Diana, sería sin duda una excelente arquitecta constructora ya que, aún a sus 90 años de edad, no puede ver que están abriendo una zanja o pegando un ladrillo porque comienza a pontificar acerca de la mejor manera de hacer el muro, el hueco o la casa.

Es así como la plaza pública y los barrios obreros están llenos de cientos de profesionales y expertos en temas variados. Hay cocineros reconocidos que visitan las plazas de mercado para buscar el mejor sancocho de bagre o algún sudado harto reconocido. Hay diseñadores de carros y motos y customizadores de los mismos. Hay zapateros que hacen mejor trabajo que grandes marcas. En fin.

En Santa Marta me encontré estos dos carros para la venta ambulante de mercancía y alimentos y, como siempre, pensé a dónde llegarían tales fabricantes si hubieran enriquecido su talento con el aprendizaje de técnica y tecnología. Por lo pronto, poco se preocupan por tal menester porque lo de ellos es ser feliz y tener sustento; para el primero no se necesitan títulos ni doctorados. Vanidad de vanidades, como dijo el predicador: todo es vanidad.

Cuéntanos qué hubieran sido tus… si hubieran estudiado.

El chuzo playero

La trampa es aplicarle aceite adobado sobre el pincho, chuzo o brocheta que llaman, y al caer éste sobre la carne y sobre los carbones encendidos, nace la humareda que huele a cielo para carnívoros.

Comienza la gente a mirar para los lados y buscar la línea que lleva el humo y el lugar de su origen, porque las salivares ya están haciendo lo suyo y nos antojaron.

Esa es la trampa para no tener que caminar gritando todo el día sin buena técnica vocal; que para evitar enfermedades o problemas de la voz, el olor hace lo suyo y de mejor manera.

Así es la venta de chuzo o pincho, en calles, carreras, estadios y, como en la foto, en la playa; porque la tarde acaece sobre turistas y bien caería un mecatico a esa hora. Va, pues, inserta, la papa criolla en elección de la pequeña. Va el mejor horno que se pudiera construir: barato, funcional y con significación novedosa después de ser tarro de pegante o de pintura.

Santa Marta.

La incertidumbre del rebusque

La mañana llega -Bueno, no llega pero está ahí presente-. Realmente la mañana y la noche ni llegan ni se van, pero así lo nombramos para seguir siendo antropocéntricos ¡En fin!.

La mañana está presente y el ser que quiso encargarse de la manutención del hogar se levanta y practica el ritual completo de aseo y alimentación: se baña, desayuna y se lava los dientes; eso tan resumido para no entrar en detalles innecesarios por el momento.

Se dispone aquel humano a salir a repetir lo de cada día: buscar moneda para el sustento. No sabe él cuánto venderá en el día, si bastante, si poco; él promedia y, con incertidumbre, resuelve una cifra promedio, y es lo que justamente gana -si es que podemos traer la palabra “justicia”-.

La acción comienza y tras ella viene el resultado, principio hartamente conocido, ese y el de la incertidumbre, ambos tan humanos, es decir, tan propios de lo físico, de lo tangible. Nuestro vendedor caminará las playas, una y otra vez, ofrecerá lo que tiene a la venta y el tiempo confirmará la ganancia del día.

Hasta el momento solo se ha hablado de su levantar, desayunar y demás. Poco, de su actuar durante el día y el desarrollo de sus ventas; pero por el momento dejémoslo hasta ahí. ¡Buen día!

Fotos: Santa Marta.

Rituales populares en las fotografías playeras

Los montajes a pedir de boca y al asombro de la muchedumbre. A otros, acostumbrados a las potencialidades de los programas de diseño, tales montajes no asombran, es más, les son mañés.

Pero en la Viña del Señor hay salpicón para todos los gustos. Hay quienes llevan sus propias cámaras y elijen sus ortodoxas o mal encuadradas imágenes. Hay quienes portan costosas cámaras y configuran excelentes fotos, dignas de catálogos. Pero aún hay pueblo que paga porque les sean revelados los recuerdos de un paseo, casi de olla.

Por eso todavía se ve al fotógrafo de profesión, pisar las arenas de ciertas playas; con su vieja cámara o la descontinuada Polaroid, ofreciendo el registro del recuerdo y del instante soñado.

Así es como se dispara el flash al “muerto” que yace enterrado en la arena con falo extravagante o unas inflamadas tetas, ambos de arena. Se ven poses de terror que luego son montadas sobre otra foto que tiene un derrumbe de arena; o un pie que intenta aplastar a los paseantes. NO ha de faltar la foto del ser amado que yace impreso en la nalga de su ser amado.

Rituales se viven al borde del mar, rituales como el mismo hecho de pasear, después de ser ahorrados algunos pesos para poderse dar el gusto de regresar con bronceados o con la cuota inicial de un carcinoma basocelular. Los turistas y los que viven de ellos, todos juntos hacen parte del mismo ritual. Los unos aprovechan las temporadas altas y los segundos deben regresar a sus rutinas; todos son el devenir de una economía.

Es el mar, ese que tanto se nos aparece en los sueños para denotar las emociones y los sentimientos; ese que Jung usa para ilustrar la profundidad del inconciente colectivo. Ese mismo al que visitamos como si regresáramos al origen mismo de nuestra substancia.

Fotos: Santa Marta.

Del LP en épocas del CD

El niño observa a su padre, lo detalla y se ríe en silencio. Ve cómo elige unos cartones que parecen afiches gruesos, saca de su interior un raro CD, negro, grande, con círculos concéntricos, ¡extraño! Ve a su padre esartarlo en una varilla que reposa, vertical, sobre una pequeña mesa. Más extraño la acción de poner sobre el “CD” una especie de brazo mecánico con la delicadeza con la que nunca trata ni a su madre. Luego, del “CD” sale un carraspeo junto con un golpe cadente e inicia algo que los padres llaman: tango. Ve a su papá echarse hacia atrás en el sofá y alzar “las patas” como dice su madre.

* Papi ¿por qué esos cidís tan grandes?
– No es un cidí, es un elepé.
* ¿Elequé?
Elepé, de Long Play. Este, por ejemplo, es de Julio Martel. Tú no lo conoces.
* ¡Uy! papi, qué pena ese reproductor tan viejo. Vea ese cajón tan grande. ¿Y eso coge radio?
– Sí, claro. Mueve esta perilla y mira cómo esta varillita roja se mueve y tú sintonizas la emisora que quieras.
* Muestre a ver. ¡Uy! esto coge reguetón ¡Qué poder! ¿Osea que coge las mismas emisoras de mi IPhone?
– No, mijo. Solo efe eme.
* ¡Ah! no. Es que yo pa’ qué a eme, eso es de viejitos. Con tal que tenga efe eme. Mentiras, papi, yo que me voy a poner a escuchar en este vejestorio ¡Qué pena!
– ¿Quieres sorprenderte de veras? Tráeme una aguja y una hoja de papel para hacer un cono…

Foto en Ciudad Bolívar. ESCUCHO RECUERDOS, APRECIACIONES, REGAÑOS PAL NIÑO…

Empanaditas de la Pastoral Social

Empanadas con carne o sin ella, con encurtido o sin él, de papa o de arroz. Centenas y centenas de ladrillos se unen entre sí gracias a los dividendos que dejan miles de empanadas vendidas a los largo del territorio. Pero las empanadas no se hacen solas, las hacen decenas de voluntarios, en su mayoría, señoras con vocación de servicio o simplemente por hacer costureros de una fritanga de comida popular.

Espere, mija, me lavo las manos. Espere me seco en el trapito. Espere pongo esta tacita con agua para ir mojando los dedos. Ahora sí, mija, estoy lista. Cojo de la masa, hago bolita con las manos, como quien concentra la energía del Tao y la amasa en el aire. Le pasa la bolita a Regina, que ella la aplasta con la tabla; ésta le pasa el aplastado a Teresita, que ella le echa el micro-relleno, sin carne se aclara desde ya, y ella misma la cierra doblando el círculo en dos mitades y se dispone a realizar una plana de pliegues con la parte superior de una cuchara tintera; la pone al lado que el nieto de Aura las echa en la paila.

* Tere ¿pusiste a derretir la manteca?
– ¿Cuál manteca?
* ¿Cuál va a ser? La manteca, mija, pa’ fritar las empanadas.
– Aura quedó de traerla.
/ ¿Yo? Yo no, yo traje la masa.
* ¿Entonces quién traía la manteca?
/ Regina.
% ¿Yo? Yo traje el encurtido. Yo no traje manteca. Usted quedó de traer la manteca.
* ¡Maldinga sea! No trajimos manteca y ya se están dando la paz. ¿Y asadas no quedan bien?
% ¡Hum! Hoy no hay ladrillitos pa’l Padre. Este día se perdió.

Fotos en Ciudad Bolívar.

Pensamientos de Jacobo, el fotógrafo

Estimadas señoras y apreciados hidalgos, amigos todos:

Hace poco estuve en tierras del suroeste antioqueño: Salgar y Ciudad Bolívar, por invitación expresa de mis padres, corrijo: por invitación perentoria; corrijo nuevamente: obligado, pues a mi edad dizque uno no tiene el don de objetar el plan del día. ¡En fin!

Les decía mis estimados abonados, que estuve en tierras ajenas y, conocedor del lenguaje escrito, no me había percatado de la afición de mi padre: la fotografía. He de confesar que me picó la curiosidad de ver lo que nos deja el pequeño visor. Quedé fascinado y aunque no se las traigo aquí, quise tomarle cuanta foto podía a todo tipo de caballos que por allí cabalgaban.

Es hermosa la sinecdoque que nos regala la fotografía, esa parte por el todo de una realidad subjetiva. La primera imagen, onírica o real fue la de mi madre; hermosa mujer que Dios me ha permitido conocer. Una imagen sin poses que la hace natural, tal y como es ella: sin postigos cerrados, sin pintura ni formalismos. Ella es bella, no como mi padre.

- ¡Jacobo!

* Padre: sin censuras, por favor.

Les venía diciendo que… lo olvidé. Qué pena con ustedes, pero la interrupción de mi padre, harto mal educada de su parte, me distrajo y perdí el hilo de este soliloquio, aunque soliloquio no es, pero sí la parte de mi diálogo con ustedes. Los dejo con estas vistas…