Meditaciones al ver una bolsa con maíz y una mirada

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¡Vender! una suerte de inteligencia innata, aprendida, adquirida ¡No lo sé! Requiere, como lo dije, una inteligencia especial en la cual, es posible, no se detiene a contemplarla quien la porta, quien la ejerce.

¡Todos vendemos algo! dirán algunos ¡Puede ser! pero a todos, quizá, no nos interese hacerlo. Requiere humildad, paciencia, una vida meditativa llena de mantras insonoros frente al espejo de la duda.

Cuando fui vendedor “ambulante” universitario; la pena se instalaba en mí algunos minutos mientras “abría” el negocio. El protocolo era entrar a un salón y extraer una silla de “brazo” y reposar allí una lonchera que contenía mi trasnocho anterior: una serie de tarjetas ilustradas a mano con mensajes manuscritos y personalizados. El resto de la jornada se iba en permitirle a las personas que tomaran las tarjetas y leyeran sus mensajes a la espera de que mis textos parecieran haber “hackeado” una relación sentimental. La verdad, no vendía; ofrecía mi producto colándome en relaciones ajenas. Jamás intenté persuadir a alguien de llevarse algo; esperaba que el producto hablara por sí mismo. La pena matutina la cambiaba por la satisfacción nocturna de ir a cambiar el dinero producido por algunos componentes de la canasta familiar. Al final, cambiaba textos y dibujos por pan, fríjol y carne. ¡Vendía! pero entre las hoy reconocidas inteligencias, la mía no se instala en asuntos de persuasión y tal falencia te cobra una factura cara, a veces.

Un arquitecto diseña un parque; obreros lo construyen, políticos llevan la contratación, mineros extraen materiales, industriales fabrican maquinaria para minería y construcción, electricistas iluminan el nuevo espacio, vendedores ambulantes refrescan al obrero y al turista, conductores de bus intermunicipal acercan al turista que viene de otros fenotipos. De otro lado, alguien cultiva un maíz; otros diseñan semilla transgénica, otros importan el pedido, otros más diseñan contenedores; muchos, intervienen en la creación de una embarcación. Con la omisión de miles y millones de intervenciones, alguien asume la disciplina de ir cada mañana al parque a vender maíz para que alimentes a unas palomas con un buche lleno hasta el hartazgo. Un universo holográfico y fractal desde donde se mire.

Foto: Parque principal de la zona histórica de Popayán.

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