International 1972, carrocería Blue Bird


International 1972
Colección de Enrique Delgado
Carrocería Blue Bird
Universal de Transportes, Bogotá
Escala 1:20

Les presento parte de la colección de Enrique Delgado, residente en Bogotá, quien adquirió estas obras de Germán Espitia, hacedor. Disfrutemos y inflémonos de envidia ante tal tesoro. Una palabras de Enrique Delgado:

Estos modelos que ven los colecciono mas no los fabrico. El hacedor de estas réplicas es el señor Germán Espitia, en Bogotá. Algunos Buses Históricos de Bogotá

Esta colección de buses la inicié hace tres años, debido al acelerado proceso de chatarrización de esos modelos como parte del plan de nuevas troncales de TransMilenio, y de la implementación del nuevo sistema de transporte en Bogotá. Así que, una manera de documentar la historia del transporte, fue iniciar esta colección con los buses y busetas más representativos. Todos son de la Universal de Transportes, la más grande de la ciudad y la que históricamente tiene los vehículos mejor arreglados.

Cada bus tiene los colores de acuerdo con la época desde 1966 hasta 1998, (colores de la empresa, servicio metropolitano, servicio TSS, servicio ejecutivo, servicio intermedio, servicio corriente) y están hechos sobre modelos reales que encontramos junto con Don Germán. Igual con los de Expreso Bolivariano. En el caso del bus de turismo, ese el bus que servía como ruta de mi colegio hasta séptimo grado.

Por otro lado, los Tonka los colecciono desde 1979 cuando tenía dos años y otros los fui consiguiendo en el Mercado de las Pulgas en Bogotá y por Ebay.

Bolivariano del 76

Bolivariano del 78

Dodge del 72

Portada de Salento, Quindío

La Maizena, el café, la cajetilla de Marlboro traída desde Panamá, la chocolatera con su cacaíto caliente, la máquina de moler -amiga de mis mañanas-, el café, el machete, el gato que mira y se soba en tu pierna como excitado… Son los portales de cada región, cada una con sus propias características. La mercancía está en oferta, y la seguridad del pueblo también, que confía a puerta cerrada en que después de almuerzo los insumos a la venta estarán ahí.

Salento, Quindío.

Varias rutas en la bitácora viajera

Varias direcciones ha tomado este blog a los largo de varios años: estética popular, etnografía o “arqueología” urbana y el recuerdo. Esto ha ocurrido porque agotaría el mismo tema, en una metodología de actualización diaria, como ha sido el caso de Todos Somos Iguales que, como los almacenes de antes, abre de lunes a viernes.

Otros blogs míos, inactivos como el Álbum Casero y El Objeto Adobado, han desarrollado temas alrededor del hombre y su relación con sigo mismo y con los objetos culturales; pero es éste el que sigue activo.

Sé que hay muchos lectores en este blog pues lo indican las estadísticas, algunos pocos comentan, otros me abordan de manera personal y reflexionan.

¿Cuál creen ustedes que debería ser la ruta para este año o para una nueva etapa del blog? Me gustaría sus comentarios aquí mismo o a mi correo carlosmunera@gmail.com; para que sigamos construyendo colectivemente un espacio de conocimiento, más que de entretenimiento, que lo es, por supuesto.

Alquimia en una mazorca

Es posible que el presente texto sea un poco extraño o enredado, aún así se publica pues a la idea concebida hay que darle vida. Trataré de ser corto para no ser molesto.

La obra alquímica (opus alchemicum) nos permitirá ver lo mejor, lo escondido del maíz (Zea Mays) al ser bautizado por el fuego (aurora consurgens). En este proceso, la mazorca saltará directamente al proceso de Leucosis, (emblanquesimiento), sin pasar por Nigredo (caos original), ya que el orden de cada grano de cereal me parece que está estructurado en un orden hermoso. De la segunda fase le continuará la Xantosis (amarillamiento, terra alba foliata), estado evidente del choclo o mazorca que se bautiza sobre la parrilla; estado en el que es más apetitosa al hombre. Dejemos allí el proceso alquímico, pues, en este amarillamiento es que nos interesa; queda sino agregar, de manera burda, mantequilla y sal.

En otros casos, los mitologemas se hacen presentes de manera inconsciente, con el oficio del hombre de transformar el alimento. Es así como el grano quebrantado o molido, es mezclado con la leche (esta puede representar la simiente) y puesta en horno metálico donde la distillatio circulatoria calentará la obra de forma circular como si se representara al astro mayor.

Es, pues, la “magia” de este elementum como es la mazorca, choclo o chócolo que, adornado con queso campesino de Salento, Quindío, actúa sobre nuestros sentidos provocándonos recuerdos y despertando salivares. He aquí otro antojito, pues.

Hoffmann, Jurgen. Jung: Diccionario de Alquimia y Hermética -1a ed.- Buenos Aires: Quadrata, 2006. ISBN 987-1139-82-9

Páginas de un álbum familiar: el long play

Componentes para un buen escenario del recuerdo:

Comencemos con la pantalla de la lámpara del fondo, comprada u obsequiada, hay que cuidarla -questá muy bonita-; para ello, una bolsa o chuspa que llaman servirá de sobrepantalla para que su tela no envejezca. Baldosa de 25×25, en cemento con anilina roja, que nunca una será igual a la otra. Sobre el piso, pisan orgullosos un par de mocasines con pliegues en la punta y tacón James Brown, propios para poner Long Play en el lado A. Sagrado Corazón de Jesús, tridimensional para mayor impacto y, quizás, capacidad de escucha. Equipo de sonido con casetera y tapa acrílica para cubrir el disco de acetato de 45; ubicado sobre mesa en fórmica y rodachines. Carpeta de croché con cenicero encima, ambos sobre el bafle que, también éste, reposa sobre la mesa.

Puede ser bolero, puede ser un porro o alguna cumbia la que se prepara a insertar en el eje del tocadiscos, cuya aguja está por reposar en los canales del acetato. La niña -no hay objeción, es mi esposa-, desempaca lo que, quizás, es un regalo necesario para el momento: camiseta blanca talla M, a menos que el suegro estuviera para el momento haciendo gala de la talla S.

¡Tiempos Aquellos!

Un domingo cualquiera NO es un domingo cualquiera

Un domingo lento, vivido al interior de la vivienda. Un domingo de esos que llaman “de pereza”. Un domingo silencioso donde, al abrir la nevera, se busca elegir qué antojo calmar pues la oferta es variada. Un domingo en la tarde en la cama viendo, con mi esposa, una película, pero no cualquier película. Un domingo con la casa aseada, tardeada después de un almuerzo rico en vitaminas, minerales y amor, tomado en familia.

Como dije, la película no era cualquiera: El Pianista, de Roman Polanski y con Adrien Brody; una adaptación a las memorias del músico polaco, de origen judío, Wladyslaw Szpilman. Historia que encaja con el título de este blog: Todos Somos Iguales, y que nos recuerda el valor de las cosas sencillas: el sabor de los alimentos, la tranquilidad del silencio, la sanadora frecuencia de la música clásica, el incomprensible valor del agua potable; quien tiene esas cosas es rico. Resalto estos valores para no hablar del drama judío y su holocausto, bien conocido.

Cada que me levanto en las noches por un leve llanto de Jacobo, aprovecho y recorro la casa y sé que mi espírito lanza una oración indecible que da gracias por tanta riqueza: agua, azúcar, sal, alimentos en la nevera y en la alacena, calidez en el clima bajo techo, sequedad en el piso de la casa, muebles cómodos, cortinas que embellecen, café aguardando, arroz, pasta… Un hijo sano que duerme tranquilo y una esposa ejemplar que reposa plácida. En El Pianista, Szpilman buscaba, con el afán de un hambriento, abrir una lata de ¿pepinos?, tomaba agua residual de un balde, masticaba trigo crudo, ablandaba ocho guisantes (fríjoles), cocinaba una papa podrida; y en pleno contexto de destrucción pudo apreciar el valor de la música, del silencio, de un cojín mullido, de una ventana para ver más allá de su encierro.

Si bien, Colombia no fue territorio del holocausto -aunque le debo mi existencia a la diáspora de mi abuelo polaco judío-, nuestro país tiene su propio drama, el cual no es necesario recordar. Los secuestrados son algunas de las personas a las que les han privado el placer de probar un pan fresco, un dulce de mora, una arepa caliente con mantequilla, un vaso de agua, un mecato cualquiera, un bocadillo; un olor a café con todas sus notas, escuchar una canción por voluntad, una almohada cómoda, una ropa limpia, un desodorante, una dosis de champú diario.

Este domingo cualquiera No ha sido un domingo cualquiera, ha sido un domingo de millonario, de rico; un domingo que no lo tienen algunos, un domingo de paz y riqueza, un domingo de amigos bendecidos, un domingo de lectores igualmente ricos. Amigos y lectores: salud, eco-nomía y amor para ustedes.

¡Ven pronto!

La piedra de machacar la carne

Por Alberto Mejía Vélez.

De los grandes inventos de la humanidad: la rueda. Los primitivos (yo no los vi), le dieron con paciencia a la roca, hasta volverla esférica. Pero el cuento no es ese.

Lo que sí sabemos es que en los hogares de hace años no podía faltar la ‘piedra de moler’, en cocinas y en las manos de las amas de casa. Cuando el Adán y la Eva, se enfrentaban al cura y ambos decían: sí, Padre, quedaban amarrados para siempre con el compromiso de no ‘poner en el monte’, esto es, no jugársela a la pareja. Lo primero que hacía el varón era ir al río o quebrada más cercana a buscar una piedra que tuviera la forma y textura que eran indispensables.

Un acertijo se escuchaba por los caminos, trochas; en juegos infantiles y reuniones familiares: “María larga y tendida y su hija bailando encima”. Respuesta inmediata: ¡piedra de moler! Eso recuerda cuando la madre, que ya había picado tomates, cebolla ‘junca’, ajo, cilantro, achiote, buena cantidad de comino; le daba la bendición con gotas de vinagre sacado de cáscaras de piña que se guardaban en un frasco hasta fermentar. La mano empezaba movimiento rítmico con la piedra de moler para ir mezclando los ingredientes que ya lanzaban a los cuatro vientos ese olor inolvidable, que acrecentaba el hambre del más anoréxico de los mortales. El raspado que quedaba, la madre se lo untaba en pedazos de arepa a los hijos pequeños.

La bendita piedra, después de prestar servicio, se lavaba y secaba e iba a dar como cuña a una de las puertas que el viento hacía golpear. Tenía tantos oficios según la imaginación. El gato lo sabía bien. Cuando oía machacar estaba presto a maullar envolviendo la cola, esperando pedazos de ‘ñervo’. El marido que encontraba a su media naranja, salida de tono, con la piedra en la mano; regresaba por donde entró sin emitir palabra, yéndose a pasar la noche junto al perro, que al verlo le meneaba la cola; ambos sabían que Dios mandó a huir del peligro; sobre todo él, que era el ‘limpiapiedra’ de la casa paterna.

Y la Madre fue crucificada juntamente con Él

La imagen religiosa permite al hombre restarle miedo a lo desconocido, a lo no observado, a lo numinoso, a lo indecible. Es por ello que hace símbolo e imagen de lo eterno para sentirse más confiado, menos inseguro. Hace representación escultórica o pictórica para saber que alguien sí le escucha, que la oración e-le-va-da, llega a algún lugar.

Al presentársele Dios a Moisés en la sarza ardiente, no es claro cómo es el Eterno -nunca lo será- y su nombre trata de representar el todo con su Yo Soy: “Diles que “Yo Soy” te mandó…”. Digo tratar, pues al existir palabra escrita o pronunciada, lo eterno se hace fracción en la palabra y, ésta, no representa el pléroma, es decir, el todo. En fin…

Hace poco leí algo, no sé dónde, de la visión que pudiera tener una persona bastante lejana del cristianismo. El autor llamaba la atención acerca de tener a un asesinado, un cuerpo muerto, como a un Dios. Se sabe que el 50% del sentido del cristianismo está basado en esa muerte, el otro 50 en la resurrección.

Antioquia valora la mujer en su matriarcado, en la presencia de tanto madresolterismo, en la feminidad que representa la tierra y las montañas (Arquetipo de la Madre) en el nombre mismo de Antioquia. Este valor se hace presente al dejar por momentos a la Trinidad, para representar la relación Madre-Hijo, y en la foto que nos comparte Daniel Palacio Tamayo, tomada a una cuadra del parque del barrio Belén, en Medellín, nos lo ilustra. Veamos…

Recuerdos de la ‘Señorita’ Luz, maestra jubilada

Aquí van cuatro recuerdos, pero si usted se pone a conversar con ella, se queda todo el día coleccionando historias. Relatos de Luz Tangarife, maestra jubilada de Amagá.

1.

Luz, acostumbraba a pararse como se paran las muñequitas de ballet, aunque su estatura no es la apropiada para esta disciplina. Maestra del magisterio antioqueño, Luz se paraba con la mano izquierda en la cintura, pero con los dedos apuntando hacia afuera, es decir, más elegante aún. Un alumno de su clase, allá en el 67, quedó perplejo ante el gran parecido que tenía la “Señorita Luz”, con una muñequita propiedad de su mamá. Esa semana, el niño el repetía insistentemente que eran “igualiticas”; hasta que cierto día, martes o jueves, pudo ser cualquiera, el niño se le acercó a la “Seño” con un regalo: la muñequita de la mamá, traída y autorizada como premio ante tal semejanza. Luz, conserva hoy el regalo de este pequeñuelo que hasta cuarentón será hoy día.

2.

Algún día, otro pequeño de la clase le hizo un regalo a Luz Tangarife, maestra de la Institución Educativa Pedro Estrada, se trataba de un labial usado de un rojo estridente. El niño insistía en que la “Seño” se aplicara el labial: “Profe, écheselo pues”. Luz, cogió el “zoquito” de labial usado y ante la insistencia del pequeño aprendiz, se lo aplicó como acostumbran las mujeres: labio inferior y un beso que parece amasada labial. Al salir a recorrer los pasillos de la Institución, Luz fue abordada por sus compañeras de labor y exhortada a quitarse semejante pinta de labio, que más que parecer mujer vanidosa, reflejaba el ser de otro oficio: “quitate eso querida que parecés una puta con ese color”.

3.

“Para los niños de aquella época, la maestra era algo sagrado, y en el Día del Maestro uno llegaba a la casa pero con bolsadas de regalos”, relata Luz, evocando a su Amagá del alma. Algún día fue sorprendida por un regalo en particular, al llegar a casa y desempacar, se encontró con un casete de música infantil, uno para niñas, según la apariencia externa; un casete rosado, empantanado y sin cinta qué escuchar”. No eran maldades que le hacían a Luz, eran regalos de verdad entregados por niños de primero de primaria. Ellos, en su inocencia entregaban lo que para ellos representaba alguna dádiva sentida.

4.

Al llegar a las siete de la mañana a trabajar, Luz fue abordada por un niño de cinco años, estudiante de preescolar e hijo de una de las cocineras del restaurante escolar. Al abordarla, el niño le pregunta: “Profe, ¿a usted le gusta el huevo cocinado?”, “Me encanta, mijo, me fascina”. Pocos minutos después, una vez instalados en clase, el niño se le acerca y le dice a la Profe: “Abra la mano”. Extendida la mano, un huevo cocido, sin cáscara y con la esfera destruida fue sacado del bolsillo derecho del pequeño bluyín y le fue entregado a Luz como un detalle de cariño.

Nos “juimos” de aquí – Alberto Mejía Vélez

Por Alberto Mejía Vélez

La vida hogareña se había convertido en un infierno. “No me he podido amañar ni un solo instante en este barrio; sacame de aquí antes de que me de una trombosis”, se lo decía antes de irse al trabajo, al llegar y en los fines de semana, con mayor intensidad; solo faltaba arrodillarse. Se lo decía de buenas maneras; le subía el tono al igual que doña Ramona, la esposa de don Pancho, el de tiras cómicas.

Cogía al niño pequeño entre los brazos para mostrarle que él, todos los días, estaba más flaco, “seguro era por el aire viciado que provenía de la esquina”, lugar preferido por los fumadores de ‘maracachafa’. Trataba de darle celos al contarle las miradas lascivas del tendero y Cornelio el de la carnicería cuando compraba el ‘diario’. Lloraba a moco tendido contándole la forma en que la observaban las viejas chismosas que salían de misa y escuchaba el murmullo cuando la deshollejaban, especialmente de la parte que la espalda pierde el nombre. El marido nada de nada.

No existe algo que no tenga su fin. Un viernes en la noche llegó el esposo con muchos tragos de más: “Mija, empiece a empacar que mañana por la noche nos vamos”. Mientras el marido dormía la rasca, ella cantaba al son del radio y movía las caderas llevando el compás de música costeña; se deslizo hasta la cocina para apagar las velas que le había prendido a cuanto santo le manifestaron que hacía el milagro de sacarla.

Estaba tan contenta con el trasteo que no preguntó para dónde iban. En la partida, al pasar por un hueco, sintió que algo cayó al suelo; miró y alcanzó a ver al Corazón de Jesús hecho pedazos en medio de la vía. No dijo nada y con la punta de la blusa, se enjugó una lágrima.

Un día cualquiera en Filandia, Quindío

La mañana conoce al que temprano se levanta y sabe que es de modales recios, como el agua fría en la ducha y el horario en el comer, esto incluye los tragos previos al des-ayuno que no son de licor sino de café y más, en tierras del Quindío.

La media-mañana se hace testigo de cómo es la disciplina de quien labora con responsabilidad. El sol es benevolente y la lluvia se hace tardía para que los clientes no se le vayan a esparcir. La calle se le hace amplia y la jornada, de una calidez amena.

El mediodía se presenta para avisar la hora de comer, comer en término general y no como de verbo cenar. Luego del alimento se hace obligatoria la siesta o el motoso como nos lo dice Pachopardo, que así se dice en tierras bogotanas. La siesta, pues, se desarrolla sin más novedad que la de un mosco molesto que zumba cerca al rostro, no por ello tiene menos derechos de existencia, hablando del molesto volador. ¿Qué diría el mosco si supiéramos los pensamientos para con el humano? No nos atañe tal pregunta aquí pues no es de él de quien hablamos.

De la tarde o la noche serán ustedes responsables en inventar carajada alguna, que no se les dé todo a los lectores, que mala costumbre es.

Coche impecable como lo es su camisa. Su mirar es recto y distinguido, atalajado y pulcro es su andar como su ropaje. El delantal revela un cuidado especial por el aseo y el respeto por el cliente. Así es este señor, vendedor móvil en Filandia, Quindío.

Un agente de tránsito…

– ¡Papeles, por favor!
* ¿Y usted quién es?
– El Tránsito.
* No, en serio ¿quién es usted?
– El Tránsito, caballero. Me permite los papeles.
* Jajaja ¡Muy charro!
– ¿Qué le parece charro al señor?
* Jajajaj, todo, usted, su chaqueta.
– ¿Le parezco muy charrito, pues?
* Jajajaj, es que ni le sale el sombreo con la chaqueta.
– ¿Al Señorrr le parece que no estoy a la moda?
* ¿Viejo, usted cuida los carros o qué? No tengo tiempo para bromas, ahora le doy cualquier monedita.

Comparendo en proceso… (en talonario para rifas)

+ Mijo ¿cómo le fue hoy?
– Turistas de mierd%, no sé cuál es la vaina con mi uniforme.
+ ¿Otra vez pasandose por tránsito? ¿Mijo, usted por qué no consulta? De verdad, no me haga pasar verguenzas.

Foto: Daniel Palacio Tamayo

Puertas, aldabones y candados – Pachopardo

Herrajes desgastados por el uso, olvidados por muchos y bastante desconocidos por otros. Agresivos leones, faunos, pescados, guantes de damas esbeltas, calaveras o simples piedras colgadas con cabuya son los aldabones o golpeadores, hechos a mano, para la mano que anunciaban con afán o con discreción que hay alguien en la puerta.

Ahora reemplazados por porteros hoscos que exigen “célula” para permitir el ingreso a espacios reservados, previa confirmación del interior, o relucientes botones y cámaras inquisidoras que rastrean al desconocido.

Algunos trasplantados de viejas puertas de madera golpeadas y cubiertas de cientos de capas de pintura y de nostalgia a absurdos portones de lámina metálica. Claman un secuestro descarado para buscarles un lugar más noble.

Llaves perdidas en el olvido le abrirán estas cerraduras a tiempos pasados… ¡quizás mejores!

La Tropibanda recuerda al maestro Lucho Bermúdez

El viernes 25 de mayo desde las 8:00 p.m., el gran Salón Chablis del Hotel Dann Carlton, recordará los mejores temas del maestro LUCHO BERMÚDEZ, interpretados por la orquesta LA TROPIBANDA. Una noche de nostalgia y corazón a favor de la Fundación Sara Tobón. Más de 3 horas de música con propósito en el año del Maestro LUCHO BERMÚDEZ decretado por el Ministerio de la Cultura.

Temas como: TOLÚ, SALSIPUEDES, CARMEN DE BOLÍVAR, COLOMBIA TIERRA QUERIA, TINA, BORRACHERA, SAN FERNANDO entre otros, animarán esta noche de bailoteca.

Donación: $25.000. Con ellos, se contribuyen al mejoramiento de la calidad de vida de la población con discapacidad y sus familias a cargo de la Fundación Sara Tobón.

FUNDACIÓN SARA TOBÓN

La Fundación Sara Tobón, identificada con el NIT 900260730-8, es una entidad sin ánimo de lucro, la cual fundamenta su existencia en la prestación de servicios, asesorías y apoyos educativos, tecnológicos y lúdicos, buscando mayores niveles de independencia y participación socioeconómica y sus familias.

Ubicada en la vereda San Miguel del municipio de La Ceja del Tambo, busca beneficiar el desarrollo del ser humano a través del contacto con la naturaleza. Actualmente se atienden 20 jóvenes con sus familias, a unas tarifas bajas y para algunos, casi gratuita, lo cual ha sido posible a través del desarrollo de proyectos, desfiles y aportes de algunos benefactores.

Mi sentir, mi mirar, mi propio álbum: Jacobo

A Jacobo ya le picó la inquietud por “jugar” con la cámara, así que hemos dispuesto una compacta para él, para que tome, sin límites, las fotos que quiera sin guía alguna y sin direccionar su mirar, para sorprendernos en qué mira un niño de tres años.

Les dejo estas tres fotos que tomó en el municipio de Filandia, Quindío; fotos para mí hermosas. La primera y la segunda me impactan por el encuadre y la fuerza del muro inferior que tiene la primera, y la hormiga capturada en la segunda, al acercarse a una placa de mármol. La tercera me causa gracia por capturar el ejercicio de tomar fotos. Hermosas las tres.

Bendito sea el hombre, la tierra y sus frutos

Viajar por tierra no es la segunda opción de quien no puede viajar en avión. Viajar por tierra es permitirse ver la película de la naturaleza a través de una ventana que nos muestra su propia edición de imágenes, sus propios matices y nos permite ver la película en quinta dimensión: las tres dimensiones del volumen, la dimensión del movimiento, y la quinta, la del olor. Porque a la par que vemos la escena multidimensional que queramos observar, se nos cuela por la nariz, la multitud de fragancias del campo, del campo y sus leñas, de sus leñas y sancochos, de sancochos y sus gentes, de sus gentes y los sembrados, de los sembrados y sus árboles, de sus árboles y los vientos que, de nuevo, nos traen las fragancias de sus leñas y así, cada vez colándose nuevos olores a nuestro cerebro.

Bendita la tierra, bendita ella y sus frutos, benditos ellos y el hombre que los siembra.

Corozo, aguacate, algarrobo, chaparro rojo para el azúcar en la sangre, mango, banano y muchas frutas más, a borde del camino en la Quiebra de Guamito, vereda de Santa Bárbara en Antioquia.

Mi tercer año de existencia: Jacobo

Estimados clientes de mis letras, espero que algún día este apoyo que hago hacia el blog de mi padre sea estimulado con estipendio alguno, que necesito mis propios billetes para así, tomar decisiones personales de inversión y gasto.

Como leen en la imagen, hoy celebro el día de mi nacimiento y como tal, espero de ustedes sus saludos, a ver con quién cuento desde ya. Sé que suena pedante estas recientes palabras, pero quienes son fieles en mi columna ya conocen mi tono y saben que no me pongo con ambages.

Más humilde, deseo dar los agradecimientos a mi madre, que me prestó su ser y su vientre para aterrizar en esta relatividad de tiempo y espacio; ella sabe que la amo, pero que soy sobrio en demostraciones. Madre: Gracias por darme tus células y portarme orgullosa dentro de ti.

A ustedes, lectores, salud y vida.

Máscaras de lo oculto

Bajo millones de lentes de sol, se atisban miradas ansiosas de ver lo prohibido. Miles de docenas de caminantes se apresuran en las calles buscando al otro sin el ánimo de esperar correspondencia en la mirada. Allí están cientos de millares de peatonales que tienen algo que ocultar, todos lo hacen. Unos, miran escotes empalagosos que dejan ver retazos de piel; otros, desvisten con la mirada, siguen la línea de curvas de un trasero amplio; todos, yacen seguros sin que nadie les vea los ojos.

Qué mala educación es hablar con el otro, oculto tras unos oscuros lentes de sol. El otro está seguro que lo estamos viendo, pero solo vemos el reflejo de nosotros mismos. Para disimular un poco, el comprador de lentes, busca forma que resalte la cara, que la haga “más bonita”, que la OCULTE mejor. No digo que usar lentes de sol esté mal, yo mismo tengo la OBLIGACIÓN de usarlas, solo hablo de quien oculta y no es capaz de develar la mirada y de quien se oculta a sí mismo.

Venta de gafas de sol en El Hueco, Medellín.

De parecidos y otros chismes

– ¡Igualito a Jairo!
* ¿Y, Jairo no se operó de aquello, pues!
– ¿Sí? ¡No jodás!
* ¡Ay! Mija, es que después de 16 hijos, descarado si no se opera.
– Pero aquí entre nos, ese no es hijo de Jairo.
* ¿Cierto que no? Yo no te decía nada por prudencia, es que yo no le sacaba el parecido.
– Eso es un embuchado que no ha soltado Yolanda. Donde se entere Jairo la acaba.
* ¿Y entonces de quién es?
– ¿No se imagina? ¿A quién le ve parecido?
* ¿A don Alfonso, el de la dentistería?
– Pa’ que vea.
* Pero si tiene 90 años.
– Pero con mucha plata y ya tiene heredero.
* ¡Ay! Yolanda. ¡Sinvergüenza!
– Sinvergüenza no, inteligente.

Interconectados – Venta de sombreros en Carabobo

De un reconocido almacén del Carabobo peatonal, en el centro de Medellín, tomé esta imagen que muestra la manera en que son exhibidos algunos sombreros a la venta. Almacén con 55 años de existencia que tiene varias maneras de mostrar su mercancía: una, es colgando las botas del techo, formando un cielo “raso” de mercancía; y la otra, la de estas cabezas interconectadas con sombreros en oferta.

Imagen tomada durante la grabación de un VTR para El Colectivo, programa de Teleantioquia. Lunes a jueves, 10:00 p.m.

¿Tardará mucho? – Pensamientos de una perra

Por Alberto Mejía Vélez

Las sensaciones de angustia, desamparo y placer, no solo son de los llamados pensantes. Así como el amor tampoco es monopolio de ‘los reyes de la creación’.

Desde su atalaya, con la mirada fija en el punto por donde ha de aparecer el que la hace aullar desde hace algún tiempo. Espera, ansiosa, su aparición en compañía del amo. Sabe que andan juntos, porque así pasaron de ida. -¿A dar un paseo? ¿O a comprar la bolsa de comida que se ha vuelto tan cara?-.

Por momentos en la rapidez de su cerebro, la torturan negros pensamientos. Ella en la ventana que sus dueños le asignaron como lugar para el descanso y seguramente, también, para que no estorbara en la limpieza de la casa. Ha visto pasar a muchos amos con sus perros y jamás regresan; solo el hombre con la cadena en una de sus manos y con una extraña sonrisa.

Ella ha observado con frecuencia ese procedimiento inhumano que la hace padecer y se llena de temor. Siente que el tiempo ha pasado y no es la misma, como cuando era ágil y bajaba con rapidez las escalas a la ladrarle al desconocido que había tocado la puerta. Notaba también que se pasaba por la época en que no se los adquiría por la devoción en amar, sino por lo extraño de la raza y su valor en dinero, que es una forma de demostrar categoría, atiborrada de petulancia. No. Sus amos no eran así. Eso la hacía estar tranquila.

La alegría le llegó, al ver en el principio de la subida de la calle, los retozos del sabueso canelo, que no dudaba, sería el padre cariñoso de una hermosa camada…

Una esposa conforme al corazón de Dios

¡Aún huelo a humo!

Cuando se pasa cerca a una quema de leña o se hace junto al fogón de leña donde se cocina un sancocho decembrino, la substancia de nuestro ser queda totalmente impregnada del olor de humo de leña. Anoche hubo una virtual fogata y ¡Aún huelo a humo!

Anoche recibí una fiesta sorpresa. Estuve engañado alrededor de un mes y yo, ingenuo, me comí todo el montaje que mi esposa preparó de manera impecable y espectacular. Anoche, fue el lanzamiento personal del libro El Coleccionista de cartas y fue una cálida y acogedora reunión de amigos. La presentación estuvo a cargo de la docente e investigadora, Lucía Victoria Torres, Comunicadora Social y Periodista, y de Carlos Mario Guisao, de igual profesión; ambos amigos personales. La presencia del Editor General de la Editorial UPB completó la mesa donde se revelaron las intimidades del libro y de algunas cartas.

Pero el presente texto no es para dar a conocer esta noticia, página personal de mi diario; sino, para exaltar la labor amorosa de mi esposa Diana, quien me ha dejado aún con el perfume de esa espectacular y conmovedora noche del 9 de mayo. Si el colectivo popular trae a la palabra el 3 de mayo y su famoso aguacero, yo traeré por siempre aquel 9 de mayo y su cálida noche.

Por múltiples razones, mi esposa Diana tomó el liderazgo de crear un lanzamiento para el libro, y para ello, se montó en la labor de inteligencia de escarbar entre mis amigos, ver cómo localizarlos e invitarlos y permearlos de picardía ante lo que se configuraba como una sorpresa: “No le cuenten nada que él no sabe”, solicitaba perentoriamente. Contarles todas las peripecias que tuvo qué hacer y todos los engaños a los que fui sometido reunirían aquí varios párrafos, así que me da miedo contar tanta vaina personal que quizás no les interese, pero permítanme hacerle este sencillo agradecimiento a su ser.

Alrededor de 80 personas respondieron a la efectiva convocatoria de Diana, mi esposa y Jacobo, a cuyo nombre estaba la invitación. Si algunos de mis amigos no recibieron llamado, fue porque le quedó difícil levantar el dato de contacto. Diana, Amor, gracias eternas por semejante regalo, por tu esfuerzo, dedicación y amor. Con razón tanta gentete admira, creételo. Y a quienes trabajaron cómplices contigo, ¡gracias!

¡Aún huelo a humo! Aún tengo en mi cabeza el encanto de una noche inolvidable. Perdón a los lectores por este texto tan íntimo, pero es mi homenaje a mi esposa.

¿Gordas? Cuestión de percepción

* Lola, mirá ese espejo ahí puesto, ¡tan charro! ¿No?
– Vení mirémonos a ver cómo estamos.
* ¿Cómo estamos? Pues gordas, ¿o es que te parece que estamos muy flacas?
– Pues no sé vos, pero yo no me siento gorda. Yo estoy “al pelo” ¡oigan!
* ¿Yo soy la marrana, pues? ¡Ven a esta!
– Pues usted es a que está diciendo que está gorda, yo no.
* ¡Tan boba, mija! Esperame vos, yo me arreglo estas naguas, que las tengo al revés.
– Dejá de ser mañé, querida ¿cómo que vos con naguas a esta altura de la vida?
* Es que hoy me encuentro con Antonio, y quiero vérmele bien pispa.
– ¡Oigan a esta! Con eso lo espantás de una. Eso es como decirle que no querés nada.
* ¿Será?
– ¡Avemaría!
* ¡Yo me veo muy bien! Envidia
– ¡Hum!

El motoso, la siesta o el sueñito…

Por Pachopardo. Bogotá.

Entrecerrar los ojos y dormir un rato. Hacer siesta pueden decir otros más elegantes. Descansar en medio del atafago del transporte o recuperar fuerzas para continuar la jornada; son varias de las consideraciones que le damos al “motoso”; saberlo disfrutar es dejarse abandonar y tener la confianza y la tranquilidad en el espacio público de que no va a pasar nada o disfrutarlo con descaro en la intimidad del hogar.

  • Mamá e hijo.. abandonados en los brazos de Morfeo.
  • Cuando era niño…
  • Peligroso motoso de una familia exhausta en unasSala de espera.
  • Recuperando fuerzas.
  • Sueño al Jardín.
  • Soñando y transmitiendo en directo vía Microondas.
  • Siesta al Parque.
  • ¿Bajando la guardia señor Agente..?
  • Yo también me echo mis Motosos.

De cuando el televisor no tenía control remoto – Soliloquio

Hay muchas cosas que la niñez de hoy ni se imagina que sucedía. A veces, los hijos le preguntan a los padres ¿cómo hacían para vivir sin celular? ¿entonces, cómo hacían?. Hoy, la señal de televisión llega a miles de hogares vía cable y suscripción ¿y es que había otro modo? ¡Claro! La Cadena 1 y la Cadena 2, nos llegaban vía aérea. ¡Detente! ¿Cómo así que Cadena Uno y Dos? ¿Y Discovery, y History, y NatGeo, en fin, y los demás canales?

Pues no. Los de común hogar, nosostros los cotidianos, los de a pie, sólo teníamos dos canales para disfrutar, y una variada parrilla que nos entretenía hasta que saliera el puntico y el pitido. ¿Qué pitido? Al terminar la señal a media noche, salían las barras que nos mandaban a dormir, y con ellas, un pitido que te obligaba hacerlo perentoriamente. ¿Y es que no era 24 horas? No, era televisión para el hogar, para la familia y hay que dormir.

En aquella época nos sabíamos de memoria la programación y no era tan necesario, incluso, el uso del control remoto. ¿Y cómo hacían para cambiar el canal? Nos parábamos y lo cambiábamos de la perilla; y si era el chico quien se paraba a cambiarla, se hacía hasta el borde de la cama para alcanzar al televisor que reposaba encima del chifonier y ya, sanseacabó. ¡Terrible! ¿Terrible, dices, por qué? ¡Qué época la tuya, qué atraso! No, así serás calificado cuando la telepatía llegue pronto y tus blacberrys sean objeto de burla. Solo espera. ¿Seguimos otro día? Dale.

Foto en Donmatías, norte de Antioquia.

Nuevos periféricos computacionales en la era 2.0 – Jacobo Múnera

Estimados clientes de mis letras, he estado un poco ausente de este universo digital dado el desconocimiento de la clave de este blog, bitácora de mi padre. Tengo mucho por contaros acerca de mi aprendizaje y de mi paso por este relativo espacio-tiempo.

Requería tener comunicación con mi tocallo, residente en Israel y familiar de mi padre, Jacobo Zimerman, pero mi progenitor aún toma en cuenta mi edad y no permite que sea yo quien inicie software alguno, para el caso, el Skype.

Por ello, y estando ocupado el periférico necesario para la telecomunicación, encontré lo que creí, era un aditamento útil en las telecomunicaciones y la electrónica: un convertidor a plug monofónico. Papá y Mamá, quienes apenas conocieron la foto hoy, se alertaron y dizque no habían caído en la cuenta de lo que en mi oído reposaba, que dizque “peligroso”. ¡Es la vida de hoy, la vida digital que nos acosa temprano el tiempo!

Voy a ser sincero en mi apreciación y quizás sea una conjetura, pero, no me sirvió lo que creí, me serviría para entrar en comunicación con mi tío abuelo. No escuché voz alguna, pitido ni aún feedback. ¡Aprendizajes! Es el estado del arte de mi generación.

Ofrezco créditos a la autora de las fotos y al establecimiento donde fueron tomadas tales: Fabiola Tangarife, abuela del suscrito, mayor de edad y residente en la ciudad de Envigado.

Colofón: Mi padre me ha traído razones y saludes de la Profesional Especializada de la Secretaría de Educación de Antioquia, Luz Piedad Hurtado, quien sigue mis soliloquios o apreciaciones y el lenguaje tan escaso de sentimentalismos infantiles que deberían ser propios de mi edad; a ella ¡Gracias! Tomo nota de sus descargos. A las demás, ósculo respetuoso.

El final del vuelo

Por Alberto Mejía Vélez

El cucarrón, cansado de revoletear por las alturas, empujado algunas veces por la fuerza de viento u otras, llevado en artísticas marionetas de la brisa suave; cae estrepitosamente contra el suelo.

En el ayer pasó por encima de suntuosos edificios haciendo mover con fuerza el par de alas; vió desde la inmensidad del firmamento los espacios de pobreza, las grandes discotecas donde el ‘amor’ se vende; miró a los recolectores de basura que otros arrojan y que son sustento de la familia; escuchaba el ruido de las motocicletas en precipitada huída, gritos de angustia e hilillos de sangre que aun corrían por el pavimento con su rojo apagado y mal oliente; llegaban en sus vuelos hasta las antenas las promesas no cumplidas, el grito del parto de las madres bebés  y la primera mirada del hijo sin futuro. Bajaba casi hasta tocar el suelo y percibía los suspiros jadeantes en los moteles y el sonido de copas que celebraban el final de una doncella menos y podía escuchar, el conteo de billetes con los que una familia se podría alimentar o pagar los estudios.

Viajaba buscando otros horizontes por las cordilleras y oteaba las hermosas fincas en donde, en otros tiempos, vivían en mancomunidad los ancestros, el trabajo honrado, la fidelidad, la humildad y la palabra notarial; pero ahora no veía nada de aquello. Donde estaba el cafetal, encontró la piscina; en la otrora cocina, caliente y acogedora que le daba vida a la chimenea, estaba instalado el bar, y en las piezas decoradas con el daguerrotipo familiar e iluminadas por el crucifijo al amparo de la Virgen del Carmen, se convirtieron en mullidas camas donde el sexo llega al paroxismo.

Regresó cómo pudo, sacando fuerzas donde ya poco había, lleno de desilusión, dejó que sus alas se detuvieran. Cayó y la poca vida que le quedaba, se la apagó el zapato de un transeúnte.

La Madre y el Hijo – Pintura primitivista

Bien podría ser la representación de la familia, hoy en día, en algunos barrios de Medellín. Padre ausente, madre coronada de gloria y deidad, abrigando el retoño por el que alguien no respondió o ya fue “dado de baja” por algún combo vecino, término éste último que debe tomarse solo como cercanía y no como a bien lo tomamos a veces.

Las llamas, pueden ser esas mismas de la violencia barrial que consume a sus habitantes, los calcina, los vuelve inoperantes, sumidos en una pobreza extrema, presos en sus mismas paredes, alimentados por los sonidos de las balas zumbantes que atraviesan celosías entreabiertas.

La Madre y el Hijo. La madre que espera el regreso, el hijo que espera coronar para “bendecir” a la madre con bien mueble, con nevera o con oro pasajero. La madre que madruga a rezar con cuentas que piden un día más de bondad a la Parca que espera cerca. El hijo que carga el odio de un miembro de la familia ausente, porque Madre es solo una, frase ésta que me permite reemplazar la segunda parte.

Y la vida es tan rara, tan inescrutable, tan extraña, que en la imagen, madre e hijo, se ríen. Porque así somos. En barrio pobre o en barrio rico, la sonrisa está presente porque la esperanza no está ausente. Esperanza y no fe, que son diametralmente distintas; pero ese ya es otro tema.

Pintura primitivista en Plaza Minorista. Perdón la calidad de la imagen, pero hay una camarita compacta que me está sacando canas.

Los MelliSos de la Minorista

* ¿Quién nació primero?
– Él.
+ Yo.
* ¿Y quien de los dos es más juicioso?
– Yo.
+ Yo.
* ¿Quién es el más necio en el colegio?
– Él.
+ Él.
* ¿Y siempre visten igualitos?
– Sí.
+ Sí, pero a mi me da mucha rabia.
– Pero mamá nos obliga.
+ Dice que nos vemos muy lindos, “preciosos”.
– En el cole se burlan de nosotros.
+ Nos dicen “Caramelo repetido”.
* ¿Siempre contestan al mismo tiempo?
– Sí.
+ No.
¿ Se prestan la ropa?
– Sí.
+ No. Él me la coje sin permiso, pero a mí no me gusta porque él aún se orina en los pantaloncillos.
– Ah, no diga eso, no ve ques pa’ una entrevista omee.

Aviso de local en la Plaza Minorista de Medellín. Ficción.

Antecesores del IPod y el IPhone

Entonces, el más joven de la casa llama a gritos a la más vieja: “Máaa, que al teléfonooo”. La más vieja, palabra ésta que no es peyorativa sino descriptiva del tiempo, se debe acercar al auricular si desea saber quién es. Una vez, teléfono en mano, la doña habrá de quedarse sentada en la silla que fue diseñada para tal fin, pues el teléfono es lo que llaman verdaderamente “fijo”, ya que está empotrado en la pared y de allí no se moverá a menos que haya trasteo, no de voton, sí de chécheres.

La llamada se desarrolla sin más detalle, que estos no interesan a los lectores del blog. Colgado el auricular, verbo que se quedó para referirse a la terminación de la llamada, ahora el que suena al fondo es el tocadiscos portátil, cuya memoria no es digital ni le caben canciones en el equipo, ya que las canciones están grabadas en los zurcos de acetato del disco de “larga duración”, chiste éste último, ya que los jóvenes de la era digital saben que la larga duración de hoy en día se mide en Gigas y Teras de información, que corresponde a horas y horas de música en sus pequeños ordenadores.

En fin. Para cada uno será problemático acceder a la tecnología del otro: a los de hoy, les dará dificultad entender el placer de la tecnología de ayer. A los de ayer, se les dificultará navegar por la intuitiva sencillez de la tecnología de hoy. Unos y otros, se necesitan. El ímpetud del joven con la consciencia y sabiduría del adulto y del viejo.

Teléfono de Alberto Mejía y tocadiscos en Angelópolis.

La hormiga a la que no le gustó Freud

De niño, muy niño, asistía, llevado por mi abuela, a la Primera Iglesia Bautista de Medellín en la carrera Juan del Corral. Tales reuniones cúlticas eran demasiado pesadas para un niño que solo espera juego y fantasía. Es así como desde la banca conservadora y de madera del salón central del templo, me entretenía viendo las hormigas que pasaban por las baldosas del piso y creaba la historia de que iban por el camino del bien o por el de la condenación, según cambiara de baldosa: “Si se pasa para esta baldosa, se condenará…”.

Hace tiempos que no veía una hormiga de las pequeñas, negras; aquellas que llamábamos en el barrio “Buenas”, pues, las que picaban eran del diablo, y eran rojas. No conozco en teología o demonología, que el diablo sea creador o Señor de las Hormigas; sí sé de Baal Zebú o Belcebú, Señor de las Moscas. El caso es que ayer, en la Librería de la UPB, revisaba y leía algunas hojas de lo que será mi próxima compra: Sueños, recuerdos y pensamientos de C. G. Jung.

Entretenido en un capítulo especial de las percepciones de Jung de la vida después de la muerte; una hormiga interrumpió mi lectura para que, egocéntrica ella, depositara mi atención en su desplazamiento -o, quizás fui yo el desconcentrado-. Mi primera reacción, muy animal por cierto, fue intentar quitarla con la mano, ejercicio este que siempre termina con la muerte de este tipo de seres. Pero detuve mi mano y mi pensamiento, para abrir mi consciencia y reconocer que hace rato no veía este tipo de hormigas, lo que me indicaba que me ha faltado observar más, que no ha sido suficiente el mirar.

En fin, esta hormiga, interesada en el mismo tema mío, examinó el texto de manera objetual, distinto a mí. Caminó por el refilado vertical, se paseó entre la tipografía del título, rodeó la representación fotográfica de Jung a cierta edad, subió y recorrió el refilado superior, se metió entre la solapa y tuve que tener cuidado para que no se volviera parte de mi libro. Mi dedo fue acicate para que saliera de allí y se dejara fotografiar junto al título; no olvidó pasar por el lomo y pisar la editorial. Creo que era “Junguiana”; que a ésta, no le gustó Freud. Examinó, quizás, tres o cuatro arquetipos o se dejó envolver por el concepto de inconsciente colectivo, estuvo temerosa en el tema de la sinconicidad y puede, solamente puede, que no haya entendido muy bien aquello de la Individuación.

Interactuamos algunos minutos, aunque no sé si ella fue consciente o no. Yo salí a mis quéhaceres y ella se quedó revisando una revista con oferta literaria universitaria y, demás, se quedó para explorar más del tema. Fue una buena hora aquella.

Aceras “estampadas”

Espacios Pachopardo

El hombre, como animal y especialmente irracional, le gusta dejar sus “improntas”, marca su territorio con “esto es mío” o “aquí estuve”, algunos usan las paredes y murallas, el papel del canalla para dejar sus mensajes, con navajas o marcadores desnudan su alma y colocan sus aberraciones en letrinas públicas o escritorios escolares, otros navegando en el sopor del amor cruzan puñales clavados en el corazón y dejan en troncos y pencas su nombre y el de la enamorada (o) de turno; otros más detestables los fanáticos deportivos y los eunucos políticos llenan paredes, postes, andenes, etc. con sus siglas amenazantes de sus agrupaciones y sugerencias amenazantes de apoyo a fulano o a sutano; los medios de comunicación han dado espacio con sus foros a comentarios apasionados y desobligantes que se esconden en el supuesto anonimato de la I.P. para canalizar odios, resentimientos y pasiones…

Pero hoy quiero mejor referirme mejor a una ya perdida forma de impronta, que tiene especiales y bellos ejemplos en los andenes desconocidos de muchas ciudades y pueblos, cuando alguien con paciencia e ingenio estampa en el concreto un “esto es mío”.

Acera del edificio “El Sol”, Usaquén, Bogotá:

Aceras en locales comerciales, Usaquén, Bogotá

Con “malicioso” ingenio que ha podido ser mejor, “Cerrajería Popular”, Ubate, Cundinamarca.

Figuras en piedra, Chia, Cundinamarca

La angustia de la última mirada


Por Alberto Mejía Vélez

Los días traen, a cada instante hermosas postales. Para verlas se debe andar con los ojos bien abiertos y haber dejado detrás de la puerta: odios, resquemores, celos, angustias y envidias. La hermosura está junto a ti.

Hay quienes se internan en la espesura del monte buscando el paisaje; otros se adentran en la profundidad del mar para encontrar lo que sus aguas esconden. ¿Será que cuenta las flores lleno de admiración? ¿O hará con sus manos temblorosas limpieza y poda? No es nada raro que el aroma lo transporte al pasado, cuando con el corazón henchido de amor llevara ramillete acompañado de guitarras y tiples a la mujer que colmaba todo el ser, sin que quedara espacio para nada más.

Puede ser que la angustia de la mirada, sea de saber que falta tan poco para abandonar las alegrías del pasado o el amor de seres queridos. No es raro, que busque entre palomas y flores la compañía, para contar historias que en su casa ya nadie quiere escuchar; él lo supo, cuando lo mandaron a dormir a la última pieza junto al crucifijo, que lo acompaña desde antes de la procreación de los hijos.

La naturaleza, el amor y la paz, la encuentra en lugares prestados. Nada rima en sus palabras, ni su voz enamora la vida material. Sólo la flor escucha su monosílabo carrasposo: ¡Ingratitud!

Sembrando maticas para tener un pedacito del campo…

+ Rosalía ¿qué hay de Toño?
– Él se jubiló del Departamento.
+ ¿Ya se jubiló?
– ¡Hem!
+ ¿Y qué esta haciendo ahora?
– Nada. Arreglando las matas, que es en lo que se mantiene todo el día. Vos sabés que tiene buena mano y que le hacen falta las maticas del campo.
+ ¡Ay, no jodás, con que él se jubiló? ¡Vea! Ahí se hubiera pensionado también Albeiro, si no le hubiera dado el patatús ese.
– ¿Y a  vos no te dieron nada por la muerte de él?
+ Nada, bendita, ni un solo peso. Como yo no era dizque la esposa oficial.
– Pero tenés más derechos que esa otra. Quién le dio todo mientras estuvo enfermo: vos.
+ ¡Ah! pero vaya y dígale eso al juez, pues.
– ¡Ay! Bendita. Pero todo eso se paga aquí, mija.
+ Ojalá.

Hongosol y Callisín – Y un duchazo de agua fría

- Oíste, Enrique ¿vos a que es que olés?
+ A Flores, Martica mía.
– ¿A flores? ¡Pero se te dañó el ramito, porque olés hediondo!
+ No me digás eso, Martica querida. Si me arreglé pa’ vos hoy.
– ¡Ay! Mijo, pues pida garantía en esa floristería, porque lo tumbaron.
+ Es que compré unos ungüentos para el amor que me vendieron en el centro y una doña que pasó vendiendo me recomendó ruda para el sobaco. En fin, que eso, y bañarme con jabón de tierra me ayudaría…
– ¡Ay! ‘Kike’, querido, qué pena con vos, pero con ese olor ni a la esquina te acompaño, y de amoríos sabrás qué hacer porque con ésta no fue. ¡Saludame a tu mamá!