¿Cómo vivir el dolor del otro? (Salgar)

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Creo que tal cosa no existe, pues, el dolor, ese que tanto evitamos hasta la muerte los humanos, solo se vive en carne propia. Decir un “Lo siento” no se acerca mucho a la vivencia del otro. ¿Así que cómo acercarse a la vivencia social, al sentimiento colectivo o a la solidaridad misma? Tengo mi propia metodología.

Es la media noche y el día siguiente ya no es tal, es hoy. Tu cerebro racional duerme mientras los sueños te envían mensajes de no sé dónde. Te volteas de un lado a otro para relajar los músculos y todo es plácido, olor a cobija, a hogar, a paz. De un momento a otro comienza una pesadilla, un caos inexplicable comienza y no sabes cómo despertar, sientes que vuelas pero esta vez es sobre pantano o peor, dentro del pantano; es más, no vuelas, eres parte de él. No sabes qué pensar, no hay tiempo, fuiste despertado violentamente, intentas respirar y no puedes, a veces tienes unos pocos segundos de aire mientras todo acaba de llenarse de lodo y piensas que parece real, no es el sueño, parece real y, el hogar que invitaba a la calma se torna más oscuro cuando piensas en el otro cuarto: ¡Los niños! Los niños dormían el descanso de sus juegos, pilatunas y deberes ¡Y con derecho lo hacían!

Cada uno en su posición inexplicable sobre la cama, en contorciones propias de los púberes. ¿Qué será de ellos? La madre intenta llamarlos, es imposible, el lodo entra por la boca del que quiera gritar en esta noche oscura y pantanosa y no hay forma de caminar para rescatarlos. Así que el corazón se hace lodo con el lodo en una impotencia fundida que es peor que la muerte ¡No poder salvar la propia descendencia! No poder entregar la vida por ellos porque la muerte te tiene abrazado. Pareces salir de tu casa en el peor sueño de todos, solo que este no lo es, es pesadilla viva y colectiva. Luego, tus pies se enredan en lo que parece ser un muro. Hay unas cuerdas, tus pies lo sienten. Algo te golpea y tú golpeas algo, das vueltas, pareces respirar mejor pero los jadeos para sobrevivir no son suficientes para respirar una tragedia. Tus hijos están perdidos en otro muro o en la corriente misma. Das diez o quince vueltas más y ya todo es silencio…

Luego, por horas, los noticieros se llenan de la misma programación: una tragedia más que nos hace igual de vulnerables. El dinero no sirve, los cargos políticos, los logros académicos. Por momentos, la esperanza pierde significado. La prole se ha ido en masa de lodo y quién sabe dónde duermen ahora. La naturaleza es más fuerte que nuestros egos. Solo le basta respirar para dejarnos sin aire.

Es mi manera de poder acercarme al dolor de una tragedia, usando mi familia para valorar o cuantificar la pérdida. Que el Amor, acoja a todas las almas que se despegaron de sus cuerpos. Amén.

Atravesar el umbral del miedo

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Para qué tomar café, si no sirve para estar con el otro o con nuestros propios pensamientos…

Mucho se habla de los cuarentas y sí, tienen razón: somos medibles y constatables; parece que pensamos en lo mismo, y claro, por eso las ciencias sociales existen. Algunos buscamos un nuevo rumbo, un nuevo hacer, un nuevo desarrollo para nuestras mentes. Hay quienes les ha tocado fácil la vida –Que ella, la vida, nos libre de envidiarlos-, hay quienes todo lo tienen –Y tienen derecho-, pero a quienes venimos dominando nuestra mente, ego, pensamientos; a quienes invertimos esfuerzo por entendernos y recuperar la memoria del quiénes somos, los cuarentas se nos presentan como un estadio para establecer la ruta definitiva de nuestra mente (hacer y pensar).

Muchos ocultan sus miedos o se hacen los desentendidos de ellos y está bien que permanezcan en la intimidad de hogares y en el ser mismo; nos da pena decir que queremos un trasteo de nuestras emociones, vocaciones, hacer o de responsabilidades. Nos queremos “mudar”, quizás mutar; hay ocasiones cortas en que nos queremos largar del plano físico pero, de inmediato, aterrizamos, nos incorporamos de nuevo y abrimos los ojos solo para saber que ahí seguimos y que, de nosotros depende, darle ese nuevo rumbo a la vida.

¿Y el miedo? ¿el fracaso? Tal cosa no existe, solo hay experiencias, momentos, aprendizajes, percepción del tiempo… Eso tratamos de hacer varios que hemos llegado a esta estación “temporal”, transitoria: atravesar el umbral del miedo; pelear con nosotros mismos para ponernos de pie de nuevo, vivir, sentir, inyectarnos de la adrenalina que significa vivir donde lo único  importante es el tipo de relacionamiento con el otro, es decir, el amor. Los demás párrafos de esta reflexión incipiente le corresponde escribirlos a usted.

El arriero, colonizador de sabores

Como un lienzo, se me antoja ver este mural que nos deja ver algo de un arriero que, por fortuna, también es caficultor. Para protección, se prestó del sombrero de otra región, pues, en el campo, todo sirve, todo es útil, no hay uniformes porque todo es práctico. No son estampas prediseñadas, sino, que es la realidad misma que se refleja en un muro. Del café, solo decir que este hombre representa la tarea bien hecha: recolectar solo los granos que han llegado a su madurez, ya que el azúcar de la fruta está en buen punto, apropiado para, luego y después de un buen proceso, darnos una taza limpia de defectos. Bienaventurado el hombre del campo porque nos estimula con su cosecha cada día.

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Que no me alcance la desesperanza

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Qué hacer cuando la esperanza ha desfallecido y no apuestas por una mejor consciencia colectiva, solo, vivir tu vida lo mejor posible. A veces pienso en el surrealismo de la primera mitad del siglo veinte y creo que nuestra “realidad” colombiana no se aleja de esas imágenes fantásticas, oníricas, ilógicas y, en algunos casos, angustiantes.

La poesía, el cine, la plástica, entre otras manifestaciones, tuvieron su espacio en este movimiento; pero cuando veo, sin querer, noticieros, titulares y párrafos de prensa, se configuran en mi mente imágenes surrealistas que nada tienen qué ver con el “realismo mágico”.

Una mujer, matrona, yace recostada en la vía pública. Del bosque enmarañado de su monte de venus aparecen cientos de motociclistas salvajes, serpentinos, esquivando camionetas conducidas por fierros explosivos, bajo un cielo contaminado de las críticas sin sustento que son proyectadas desde las cuentas de Facebook y Twitter de cada ciudadano. Sobre su pecho, hay un rifi rafe con las tetas de obesa mujer, pedazos de piel con glándula adherida, son arrancados con ansiedad por contratos cuyo adn fue manipulado. Sobre su cabeza, algunos seres gritan voces inentendibles, como lenguaje babélico, parecido al sentido de las promesas. Las células de la mujer reñían con sus pares, se devoraban, desgarraban su núcleo entre ellas mismas.

Pero, miro desde mi balcón y parece que el statu quo es rítmico, apacible, aunque con algo de ruido; pero vuelvo a las noticias de lo que sucede entre el reino animal humano y vuelve la desesperanza a vestirme. En Facebook, los cambios de bando son ágiles, la lectura y su consecuente crítica es rapaz. Hoy se montan héroes y mañana guillotinan su cabeza. Hoy no comemos carne por moda o convicción y mañana roemos hasta el último hueso de algún comodín humano. Ayer proclamamos héroes y hoy los hacemos memes de desesperanza.

Nos matamos entre pares, nos devoramos sin llegar hasta el hartazgo, señalamos y disparamos con el dedo y creemos que un solo hombre en cada escenario tiene la solución; delegamos la responsabilidad en otro que sea más visible y le culpamos por el fétido olor. Elegimos, para poder lavarnos las manos. Elegimos esperanzados en que un mesías nos regrese la vista en un país enfermo de ceguera.

¿Creo en el hombre? Creo que la velocidad que llevamos nos impide detenernos a pensar en nuestra responsabilidad, deber, derecho a la felicidad pero no a cualquier precio. Es triste ver cómo mi hijo cierra la ventana del auto cuando pasamos por ciertos lugares: “…es que por aquí atracaron a…”, “…allí fue donde sacaron ese revólver”, “…Cierren, que allí es donde viven los de la calle”. Preferiría volver al momento de su percepción cuando, asomado por la misma ventana y su cabello moviéndose con apuro, preguntó: “¿De qué color es el viento?”.

De quienes quedamos cuando otro se va…

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A propósito de la partida de Juan David Arango, periodista y humano, pensaba en que no me sorprenden ciertos hechos en la vida. ¿No te sorprende? No me sorprende porque el referente de mi vida no es Facebook, es decir, ese álbum social que solo muestra que todo está bien, que todos son felices, que solo hay playa, sol y mar; éxitos, logros y aumentos; viajes, bronceados y regresos.

La verdadera vida o la más completa está en la intimidad innegociable del hogar y en los miedos que nuestra sombra hace florecer. 

En la intimidad del hogar, porque nadie se entera de las humillaciones que genera un desempleo o una ausencia temporal de ingresos para pagar cobros que no tienen conmiseración: servicios, colegios, arriendos y comida. En la intimidad del hogar, porque nadie sale a gritar a los vientos los conflictos, desatenciones y crisis que florecen allí dentro. En la intimidad del hogar, porque conozco personas que tuvieron altos cargos, humillados en casa con brazos caídos sin tener con qué sostener un escaparate de lujos y ego.

En la intimidad de nuestra sombra, porque nunca decimos la verdad o solo revelamos parte de ella ante los demás ¡y es lógico! es la intimidad.Pocos revelan su morbo, manía, obsesión, neurosis; su iliquidez, su soledad, depresión. Aunque muchas eces nos es fácil descubrir o interpretar la neurosis personal o colectiva en este álbum de máscaras. En este mundo digital solo se revela la vida impar, el ser incompleto. El ser pleno, se atesora para la casa y para el silencio de nuestro inconsciente.

Conozco a muchos, y he sido uno más con ellos, cuando nos encerramos en crisis personales que no son compartidas sino por un minúsculo grupo de familiares y amigos.
¿Saben quién, de sus cercanos amigos (ni siquiera familiares), ha necesitado un mercado básico? ¿Saben quién está gritando atención con trinos y “Likes”? ¿Saben qué piensa ese que musita canciones en una estación del Metro?

Da susto que la muerte nos tenga que recordar que somos iguales: polvo. (…y espíritu, alma, vida, lucha, resiliencia…)

La gruta donde reposa el sabio

Una gruta, una casa de muñecas, una casa, un hogar, la montaña, el planeta. Dentro, alguien que nos espera, una madre, un sabio, nosotros mismos, el Sí Mismo, el ser.

La película “Náufrago”, bien lo ilustra: una necesidad inmensa de socializar, de tener con quién conversar; una necesidad espiritual de conectarse a la numinosidad de la existencia ante la carencia de sentirnos satisfechos con los actuales valores del mundo. Un pelota, animada, humanizada, se convierte en la ausencia de la soledad y somos nosostros quienes le damos el poder de la vida a la pelota, quienes le nombramos Wilson.

Interesante escena, si esta foto fuera la ilustración de un sueño: una lámpara apagada porque la luz del día todo lo llena, una madre, virgen además y poderosa según el imaginario, un reloj que marca un momento, una llave, una escoba y un recogedor de basura, y la tal, recogida.

Esta gruta ha sido hecha por quien hace las veces de cuidador de carros en una zona de El Poblado, cerca al Parque Lleras; es su altar, su gruta, su casa.

El mundo vacío

Sus uñas estaban sucias, no por descuido, sino por causa de su trabajo en el campo; pero esa mañana no tenía que trabajar y decidió visitar al amor de su vida, el ensueño de cada mañana. Jairo, esperaba la mototaxi que lo llevaría al encuentro de su sueño amado. Esperó por horas que pasara algún transporte alternativo, algún humano que pasara en cicla, algún cochero, algo ¡cualquier cosa!

Comenzó a comprender que estaba solo en el mundo, que su tal amada era eso: un sueño. Entendió que sus manos estaban sucias de escarbar en la tierra en la búsqueda de vivientes, si quiera animales del orden mayor. Reconoció que solo era una idea, que él, era solo una materialización de una idea, la de él mismo, energía síquica concentrada.

Al recordar que no era nada sin alguien, su cuerpo comenzó a trasparentarse y la ropa que lo cubría a arrugarse colapsando allí en la banca que quizás él mismo haya creado en el mundo de las ideas en otro tiempo. Desapareció. Jairo era solo una concatenación de letras.

Elijo la Vida

  • Unos, se matan por religión. Elijo la Vida.
  • Unos, se matan por el resultado de un partido de fútbol. Elijo la Vida.
  • Unos, matan por cinco centavos. Elijo la Vida.
  • Unos, odian a través de Facebook. Elijo la Vida.
  • Unos, matan con sus palabras. Elijo la Vida.

Grafiti en Jardín, Antioquia.

Macanas, otro rincón para el café (Jardín)

Antioquia, y específicamente el Suroeste, están siendo más conscientes de ofrecer lo propio en cuestión de café. Creo que es imperdonable que los municipios cafeteros no conozcan el sabor de su tierra por medio de sus frutos, en este caso, de su grano tostado. Ahora, los caficultores, están reconociendo que una de las salidas a los problemas económicos ligados al tema, es el de mejorar su producto cuidando cada paso de la cadena productiva y vendiendo directamente su producto como café de origen, creando marcas propias (Que no siempre es la solución) o generando valor agregado en tiendas propias o de Cooperativas.

Este “rincón”, me lo encontré en Jardín, suroeste de Antioquia, en el marco de la plaza principal. Un bello lugar decorado con especial atención en los detalles y siguiendo una armonía de color y materiales. El diseño gráfico de las etiquetas de las bolsas de su producto, son un valor especial que distingue cada edición especial y hacen de todos los elementos un sistema visual muy atractivo.

Del café, un perfil de taza brillante en acidez, almendrado y buen sabor residual. La gran debilidad está en la ausencia de máquina espresso ya que no se puede contar con la pequeña “máquina de espresso” que no llega a los 4 bares de presión, lo que la convierte en otra cafetera más de goteo; lo que lleva a una mala extracción del producto y la pérdida en ganancias. Creo que en casos como este, lo mejor sería tener otras alternativas económicas como los métodos de filtrado o la Prensa Francesa. De todas maneras hay café para llevar…

Después de la muerte

- ¿Y cómo te pasó a vos?

* Pues, nací por allá en Montería, en unos pastizales altos, hermosos, con buen clima y mis padres al lado. Hasta que, de un momento a otro, llegaron unos hombres, altos, con algo en sus cabezas que les impedía recibir la luz, así que sus cabezas eran pura sombra. Luego, nos gritaron a todas para que nos subieran a esos motores que marchan rápido y luego fui negociada, separada de mi familia; fui quemada nuevamente para borrar mi bautizo. Estuve en el momento unos días más y vendida de nuevo; luego, luego vinieron los gritos, empujones y la muerte.

* ¿Y a ti? ¿Cuál es tu historia?

- Yo estaba a tu lado, en Montería, solo que estábamos muy jóvenes para buscarnos el uno al otro. Soñé contigo yendo a la charca donde bebías agua; soñé lamiendo tu oreja; teniendo una cría tan bella como tú. Ese día que te llevaron corrí, lejos, lo más rápido que pude. Solo recuerdo una explosión. No sé más. Miro al cielo y pienso ¿qué es lo que llaman bondad?

La máquina tragamonedas de la salud

Entonces, los payasos salen entre aplausos para hacer su festejo que otros llaman show; salen y se balancean en sus monociclos al vaivén que les dé su oído y hacen piruetas mientras montan sus aparatos con desplazamientos aleatorios. Salen los payasos y les aplaudimos, les damos meñiques y así quedamos entretenidos, que es la peor posición de quien debería ser activo: “entre-tenidos”.

Y resulta que escucho entre los escritorios, a un compañero de trabajo disertando básicamente de la salud; añadiendo que lo único que necesita Colombia, es la salud; a lo cual me uní, alzando mi voz y dejándole saber que me unía a tal posición. Entonces, aparece esta foto tomada en Jardín, en la calle que sube a Balandú y veo que allí está representada esta discusión:

Señoras y señores, pueblo de Colombia, mendigos de la salud; hemos creado el sistema de solicitud de citas para médico general y especialista, jale la palanca roja que para todos hay, cobertura del cienporciento, si cae triple la cita es suya, si no es así: “Sigue intentándolo, suerte para una próxima vez”. Mientras tanto, los televisores nos dan entretenimiento, que ni contenidos hay en esos códigos de barras de colores que la juventud actual desconoce (Así como el puntico blanco al final de la emisión ¿Final? Cómo se le ocurre, el SHOW continúa).

“Adelante, siga y mire el espetáculo de la salú; mire pero no pida, y si pide: botón verde para cita general, rojo pal especialista, amarillo para la autorización de los medicamentos y siga jalando la palanquita roja, hágale muchacho que nada se ha perdido, jale que cita no hay, se me cayó el sistema. Si se me muere, uno menos qué atender”.

Y mientras tanto, en Ciudad Gótica, la maquinita arroja sus réditos, los medicamentos hacen rico al dueño patentario aunque la tajada da para muchos. ¿Lo siniestro? curiosamente lo siniestro está en la diestra de la máquina: CONTROL.

¡Buen viernes!

Ahora, saliéndome del tema… sigo viendo la imagen y de verdad que me impresiona ¿Qué imaginó quien hizo la pintura? ¿Es de verdad un local con máquinas tragamonedas? Porque si es así, la pintura daría para espantar a los conscientes.

Lo divino y lo marrano

Solo una medicina separa lo “divino”, de lo humano; solo un frasco, no sé de qué medicina, separa la representación de la sagrada familia, de lo que puede ser una fábula que humaniza la mundana necesidad del cuerpo. Y aclaro desde ya que, con “mundana”, no califico de manera negativo la actividad genital del ser humano como se entiende en círculos religiosos esta palabra.

La imagen me la encontré tal cual, y aunque la foto es de mala calidad teniendo en cuenta la herramienta con que la tomé, sus significantes me son interesantes para dejarlos ir sin un registro. Detallan, ellas, la dualidad de los pensamientos del hombre: ¿carne o espíritu? ¿sexo – castidad? ¿lo mundano – lo divino? ¿la oración – la pasión? ¿la culpa – la confesión?

Pero se continúa pensando y encuentra que ambas imágenes podrían vivir juntas, pues, la carne a lo suyo -que no es solo sexo, sino, comida, sentidos, etc.- y el espíritu también. Así es como habitan en el hombre deseos de trascender como los que le hacen descender; los unos, para ascender a la iluminación del espíritu (música, observación, lectura…); los otros, para descender, es decir, para vivir la experiencia humana (Comer, dormir, beber, sentir, oler… y de ellos, el placer).

Escribiendo, vienen a mi mente otras imágenes que tengo registradas, no de lo divino, sino de lo humano ¡Perdón! de lo marrano.

Hay zapatos, como máscaras

Parecemos tan diferentes, pero somos tan iguales. Parecemos individuos, pero tan solo somos una parte del todo, sinécdoque social, humana, ancestral, espacial, universal. Los zapatos son solo un símbolo de la personalidad (máscara). Unos zapatos, “elevan”; otros “imponen”; hay calzados que ternurizan, otros que “protegen”. Hay zapatos que ocultan; hay zapatos que dejan ver y otros que dejan ver como quien se vende a sí mismo. Hay zapatos que dan alegría; otros que evitan la expresión de emociones. Hay zapatos de fácil calzado y otros de complejo amarre.

Hay seres que calzan zapatos que no son suyos o que no reflejan lo que son; son zapatos distractores que hacen ver al otro como “pobre” cuando tal cosa no es verdad. Esa persona necesita asesoría en calzado y quién le diga que debe andar descalzo, a pie limpio, aunque tal cosa es imposible cuando uno anda des-calzo, pues, las madres y cuidadoras deberían regañar diciendo: “No ande a pie sucio”; es más, no deberían pronunciar tal cosa, pues, no hay mayor libertad que la de andar descalzo, a pie limpio o a pie sucio.

En fin, lo que ve uno cuando se sale a vitrinear…

Jericó, tiene donde tomar buen café

Realmente se trata de un 2 x 1, es decir, de dos negocios que se encuentran en el mismo lugar: El Saturia, donde te puedes tomar un café y cuya especialidad es la Prensa Francesa y República del Café, donde se presta el servicio de trilla, tostado y empacado del café.

En República del Café, es Jorge Iván Gallego Gómez, quien te orienta alrededor del tema de tostión y perfil de taza. A él, llegan muchos cultivadores para que les trillen y tuesten el grano, además de perfilar el producto. Así que puedes elegir un café con el perfil que más guste de hasta 2.100 msnm y pedirlo para ser preparado en Prensa Francesa en El Saturia.

Para ver: la trilladora The Engelberg Huller Co., de 1894 con sus medidores de voltaje y amperaje.

Recomendaciones:

  1. Si no sabes de café, expresarle a quien te atienda, qué tipo de café te gustaría (ácido, amargo, fuerte, suave, sencillo, frutal); y será el experto quien elija la mejor opción.
  2. Si sabes, lo mejor será aspirar la fragancia de cada variedad y origen de lote, pues, por petición de los cultivadores bajo sus marcas propias, hay cafés con tostiones muy altas lo que genera fragancias no muy agradable para algunos, aunque para otros sí.
  3. En mi caso, me tomé El Nogal, con beneficio sin aire ni luz de 18 horas, cuyo resultado dio un café con sabores a limoncillo, manzana verde y panela, con acidez brillante ¡Delicioso!

Ubíquelo por la calle 5, la Calle de los Poetas, entre carreras 4 y 5.

Los ojos y los agujeros negros

La mirada y los ojos, que no son lo mismo. Existe, además, la mirada de quien mira y la mirada de lo observado. La María, aquí representada, mira; pero otra es mi mirada a la suya. Entendiendo este croché de palabras, veo en su mirada lo que los astrónomos ven en los agujeros negros: misterio. Pero no con la acepción terrorífica sino desde lo mistérico, lo oculto o vedado, desde lo escatológico, que es el verdadero sentido, por ejemplo, del libro del Apocalipsis (Revelación).

Suena enredado, pero cuando les diga que cuando miramos a los ojos detallamos que hay una parte oscura concéntrica al iris, es más digerible. Esa parte oscura se nos presenta mistérica porque, una vez entra la luz, no sabemos qué hay más allá; no sabemos qué significados elaboró la persona de la luz percibida y, por tanto no sabemos qué tan “iluminado” se encuentra.

Intento y parece que aún está enredada la cuestión. Nuestro cuerpo recibe luz y le vemos y lo ven; pero esa partecita del ojo, que llaman pupila, es solo un portal que nos lleva a otro universo interno. Aunque hace poco le pregunté al optómetra qué ve cuando ve por ese huequito y me dijo “El hueco” y entonces confirmé mi cuestión.

Más oculto o vedado es el mundo que se percibe cuando cerramos dicha ventana y, sin necesidad de párpados abiertos y pupila dilatada, entramos al verdadero mundo inconsciente de los sueños. ¡Ahh! Ese sí que es fascinante, ese donde sí estamos desnudos en un Adam colectivo.

Aún se sabe poco de los agujeros negros del espacio sideral; pero sí sabemos que mucha de la luz que entra en ciertos ojos (en ese agujero negro), se devuelve pernicioso al mundo, convertido en muerte, egoismo, tristeza, des-amor.

Me perdonarán, pero ésta, nunca ha dejado de ser una bitácora personal, ¡nunca!

La Madre, la Montaña y la Cueva

La Madre, carga a su niño, lo que la hace a ella poderosa y numinosa. Allá adentro, tras las rejas que hacen las veces de puerta a lo misterioso, lo inefable o lo desconocido (Oculto), allá adentro reposan dos: la Madre y el Niño; ambos poderosos. Un “arquitecto”, consciente de su acto religioso e inconsciente de su acto personal, cavó la montaña e hizo habitáculo para tremendos arquetipos. Luego, a través de la estético realizó cuadrado y marco que unifica y da sentido a la obra. La “casa”, además, es una flecha que apunta hacia arriba, lo que lleva al hombre a la comprensión o búsqueda de sentido con ese más allá, “arriba” de nosotros mismos. Los colores, no podrían ser más luminosos-numinosos, trascendentes y esperanzadores, llenos de vida y no de muerte.

Todos estamos impregnados de ello: la Montaña, que somos nosotros mismos y a una Madre, individual, colectiva y natural, además. Somos el Niño sin intoxicación, inocente, poderoso. Somos los arquitectos de nuestros propios símbolos, artífices, orfebres de nuestra vida. Solo me preocupa el encierro de tales símbolos, esa “seguridad” hecha rejas que coarta, que impide la manifestación de los mismos; paranoia y justificación por los daños que nos hacen, por las envidias o la incomprensión. También somos animales salvajes.

¿Imagino que han soñado, muchas veces, con la montaña (Subiendo o bajando)?

La ternurización del ídolo religioso

Entonces, en varios pasajes de la Biblia, se nos cuenta que cada vez que se había una epifanía angélica, el honrado con la visita se asustaba grandemente o caía de bruces al suelo. No era ordinaria dicha aparición y, por tanto, casi siempre el saludo era “No temas…”. Sin embargo, hoy me impacta como la imaginería religiosa se ha convertido en un objeto comercial más allá de la creencia o del mito y, aun así, no pierde significados en su relación con el hombre. Me provoca curiosidad, eso sí, una ternurización del ídolo que, otrora, era de apariencia guerrera, fuerte, numinosa o colosal. Pareciera que hoy, el ser humano tan afectado inconscientemente por la pérdida de valores, acuda a la ternura que parece no compartir el ser humano en un ego recalcitrante.

Podría ser una manifestación de un mito, el mito de la ternura, el cual ha sido aplicado al caso de las mascotas, un fenómeno muy comercial o fomentado por el comercio, pero al que los seres avocan para depositar o clamar por esa ternura, ese amor o caritas. Es decir, el actual ídolo o significante religioso, no es solo el depositario de oraciones, peticiones y quejas; sino que es el contenedor de la ternura, una ternura que parece no está siendo compartida por el ser humano.

Ya no se le pide al ídolo, al “bulto”, al yeso, a la representación; tener la apariencia capaz de defender al hombre de los males de este siglo; de mostrar los músculos humanizados de un Miguel, al que tanto invocan; sino que moldean apariencia de niño ya que el adulto racional no ha podido ser el poseedor de la sabiduría que nos saque de tanto egoísmo. El nuevo ídolo, es portado en billeteras con ilustración infantil, en estampados para vestuario, en niños que –esos sí- saben “cuidarnos”. Pareciera que estamos entrando en una etapa donde el arquetipo del niño sabio se fortalece; lo que redunda en la incapacidad racional del adulto.

Jajaj, lo que ve uno viendo una sola vitrina.

Toppings para ir a la escuela

Un clasificador, un ordenador, una matriz, una plantilla, una cuadrícula, una caja de alojamiento… en fin, un hardware que le permite al ser que piensa, poder encontrar la información de manera rápida y fácil. la “data”: unos botones o “toppings” para adornar el calzado de moda entre profesionales de la salud y la cocina; sandalias de moda que están alejadas de las antiguas quimbas, arrastraderas o chanclas y que se han popularizado dada la alta capacidad de los chinos para emular lo que cualquiera se imagine.

Juan Sebastián, de 7 años, es el dueño del ordenador. Luego de salir de la escuela, llega al centro a la caseta de venta de calzado que su abuela tiene en el centro de Medellín en la zona de Guayaquil. “Siete años y lee de corrido”, cuenta la abuela. “Él llega a las dos de la tarde y se queda conmigo hasta que nos vamos. Con la venta, compra todas sus cosas del estudio”.

Caleidoscopio a una carreta

La mirada, se posa, bailarina, inquieta, en cada esquina del objeto; salta y rodea la creación nombrada con palabra: ca – rre – ti – lla. Entonces, cada cosa le es importante porque cada cosa habla, comunica, envía mensaje, habla de un ser.

La mirada, se ríe en cada lado del prismático, se ríe al encontrar significados en cada objeto, en cada símbolo; pues, encuentra en todo ello un caleidoscopio de significados que hablan de los seres que le dan sentido a lo creado.

Un esqueleto de parlante que sirve de arandela final, sonajero, remate al tornillo. Una cruz que santigua el trabajo, evita el miedo y fortalece la esperanza. Un contenedor resignificado que lleva el amor de casa hecho jugo para el almuerzo, eso y su cuchara. Una mano de gris que esconde los años; unos cauchos de llanta que hacen de freno y almohadilla. Cuerdas que no falten porque siempre habrá qué amarrar.

Finalmente, el ser, el hombre que le da sentido a todo; que viaja con sus años al paso lento. Una imagen en 2014; otra, tomada en 2007, el mismo sector, pues allí, su labor es conocida y él, reconocido.

Vitrinas, lámparas y bombillos

“Aquí se roban hasta un bombillo” Y entonces, como si fuéramos científicos, inventamos carajada, entiéndase artefacto, para capturar la luz o encerrar la luz como experimento cuántico u óptico. El plafón, no es suficiente para retener la luz en rosca diseñada, sino que un entramado de alambres hacen de jaula al bombillo incandescente, que no cambia desde su invención.

Luego, es curioso ver las novedades liberadas al mercado, pues, las últimas invenciones no se venden hasta que quede perfeccionado el modelo “eco”nómico sobre el cual rodarán y se encenderá su luz. Creemos, entonces, que la fluorescencia es la panacea haciendo caso omiso del sol. 8.500 pesos vale el más costoso que, por cierto, no enciende o ya se extinguió su luz, y es tan paisaje el acto que ni el vendedor se da cuenta de la mala vitrina que hacen dichos emisores. Por el de 5.000 no pregunte: ¡No hay! El incandescente ni lo prenda que tremenda cuenta nos viene. No le ponga etiqueta al verde, pues, es tan malo que ni se vende. No se moleste en desenredar el enchufe, que pa qué, si mañana hay se enreda de nuevo.

Cosas, que se encuentra uno observando.

“¡Este es un banquete de pipiripao!” – Gatuperio

Un post, para rescatar palabras…

De Rafael Pombo

Mirringa Mirronga, la gata candonga va a dar un convite jugando escondite, y quiere que todos los gatos y gatas no almuercen ratones ni cenen con ratas.

“A ver mis anteojos, y pluma y tintero, y vamos poniendo las cartas primero.

Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas, y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.

“Ahora veamos qué tal la alacena.

Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena! Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.

¡Qué amable señora la dueña de casa! “Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.

Id volando al cuarto de mamá Fogón por ocho escudillas y cuatro bandejas que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.

“Venid mis michitos Mirrón y Mirrín, traed la canasta y el dindirindín, ¡y zape, al mercado! que faltan lechugas y nabos y coles y arroz y tortuga.

“Decid a mi amita que tengo visita, que no venga a verme, no sea que se enferme que mañana mismo devuelvo sus platos, que agradezco mucho y están muy baratos.

“¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran ¡Qué quiten el polvo, que frieguen, que barran

¡Las flores, la mesa, la sopa!… ¡Tilín!

Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!”.

Llegaron en coche ya entrada la noche señores y damas, con muchas zalemas, en grande uniforme, de cola y de guante, con cuellos muy tiesos y frac elegante.

Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta en una cabriola se mordió la cola, mas olió el tocino y dijo “¡Miaao!”

¡Este es un banquete de pipiripao!”

Con muy buenos modos sentáronse todos, tomaron la sopa y alzaron la copa; el pescado frito estaba exquisito y el pavo sin hueso era un embeleso.

De todo les brinda Mirringa Mirronga: – “¿Le sirvo pechuga?” – “Como usted disponga, y yo a usted pescado, que está delicado”.

– “Pues tanto le peta, no gaste etiqueta: “Repita sin miedo”. Y él dice: – “Concedo“.

Más ¡ay! que una espina se le atasca indina, y Ñoña la hermosa que es habilidosa metiéndole el fuelle le dice: “¡Resuelle!” Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca y pasó al instante la espina del diantre, sirvieron los postres y luego el café, y empezó la danza bailando un minué.

Hubo vals, lanceros y polka y mazurca, y Tompo que estaba con máxima turca, enreda en las uñas el traje de Ñoña y ambos van al suelo y ella se desmoña.

Maullaron de risa todos los danzantes y siguió el jaleo más alegre que antes, y gritó Mirringa: “¡Ya cerré la puerta! ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!”

Pero ¡qué desgracia! entró doña Engracia y armó un gatuperio un poquito serio dándoles chorizo de tío Pegadizo para que hagan cenas con tortas ajenas.

Renó 4 – El eterno modificable

El carro de la familia colombiana; el de las eternas transformaciones, el que se deja modificar para expresar el imaginario de muchos colombianos. El carro de los que tenían un sueño y lo alcanzaron. El de tantos paseos con pasajeros apretados ¡No importa! que ahí cabemos todos y lo importantes es pasar bueno. El que une a la familia, allí dentro, en su angosto espacio que recoge a cada uno en apretado lazo. Los “renoles” han llenado casas y calles y han recorrido kilómetros de alegría; en su interior se han destapados miles de fiambres y se han acomodado decenas de miles de paquetes y maletas en raudos paseos, de olla y de ciudad.

Colombianadas le llaman algunos. El caso es que, manufactureros, artesanos o técnicos, incluso sin títulos universitarios, hacen del Renol uno de los íconos de Colombia.

La seriedad de los gatos

¿Usted qué está haciendo? Tomando unas fotos ¿A quiénes? A ustedes ¿Para qué? Para publicar en Internet, simplemente para eso, no pretendo venderlas aunque a veces se venden; solo quiero mostrar cosas de la calle ¿Y, usted, cree que nosotros somos de la calle? Para nada, entiéndame, pretendo dar otra visión de las cosas que uno se encuentra en el centro o en zonas deprimidas ¡Nosotros no tenemos depresión! No lo digo por ustedes, que se ven sanos y alegres ¡Lo somos! Y les creo, pero hay gente que solo ve lo malo en la calle, en el centro de la Ciudad y cosas así ¿Qué cosas? Cosas, cosas como ustedes ¡No somos cosas, somos Gatos! Lo sé, pero poca gente se imagina lo que uno puede encontrar en un almacén de maderas como este que ustedes presiden ¡Y lo hacemos muy bien! Lo imagino ¿Lo imagina o lo cree? Al imaginar ya estoy creando, pues ya le puse nombre, etiqueta, cosas así ¿Qué cosas? Es un decir ¿Por eso, qué dice? No, no digo nada, solo le respondo ¡Pero a medias! No, es que es complicado explicarle todo esto ¡El complicado es usted! Puede ser ¡Puede no, lo es. Buena tarde joven, y no se lleve más imágenes! Lo siento ¿Qué siente? Perdón, ya me voy.

Gatos en almacén de maderas, zona de Cisneros, Medellín.

Las plagas de Mefisto

Esa mañana me puse a barrer, como nunca, alzando sillas, cobertores, cajas, cajones, butacos, juguetes, cojines, papeleras, bultos, bolsas, canecas. Paré la cama, subí las sillas al comedor, monté el sofá sobre la mesita, alcé a mis hijos y los colgué, temporalmente, de la lámpara de la sala, colgué de ellos el coche y dentro de él, la ropa sucia de ese día. Ese día barrí como nunca.

En la primera pasada, por encimita, saqué tres cucarachas, una rata que yacía muerta no sé hace cuánto; bueno, no era rata, más bien un pelaje con osamenta. Seguí barriendo con más energía y salieron grillos cantores, unos vivos y otros muertos; dos alacranes tratando de picar una medalla de San Benito, un cucarrón rinoceronte y una mariquita. Me agaché pa’ hacer mejor la tarea y barrí los chinches que se hacían bajo la cama, vi saltar algo parecido a pulgas pero ni las pude barrer –se barrieron solas-. Pasé al baño a barrer y habían miles de pelos de mi propia muerte, un dinosaurio –esta vez de juguete-, saqué con el palo de la escoba miles de ácaros gigantes ¡En serio, créanme!  Volví a pasarle la escoba al piso, pues me parecía increíble tal cantidad de habitantes bajo mi tutela; y lo que barrí de las esquinas fueron neópteros, del suborden de los isópteros que, al parecer, se estaban comiendo la cama y el exoesqueleto de un dermáptero con hormigas al lado. La cosa era impresionante, por no decir dantesca, pues no me he leído tal libro.

Cuando terminé, le pasé dos trapeadas pues ya no me quedaba tiempo para hacer más aseo, pues la visita llegaba justo al medio día. Cuando escuché el timbre, abrí y les hice pasar con la disculpa que decimos siempre: “Ay, qué pena el desorden, pero es que los sábados es día de aseo”. La visita almorzó y solo atiné a observar que uno de ellos, recogió la medalla de San Benito que estaba al lado del recogedor de basura…

Las velas como imaginario religioso

Están a la venta en un puesto itinerante, temporal. Están allí, apagadas, como energía potencial de una oración, petición o agradecimiento. Mientras no se encienda el pabilo, la oración no sale de su cápsula invisible. Entonces, los penitentes o simples creyentes la compran en transacción mundana, para ser santificadas mediante la petición del corazón; adentro, en un templo o en las casas; en negocios o de manera inexplicable en intenciones para nada santas de sicarios y malevos.

Una vez adentro y en ritual humano, la vela es encendida para que la oración comience a humear y a subir a los cielos invisibles, física esta desconocida por nosotros. La petición, entonces, se convierte en llama en llama encendida que con alquimia invisible se hace invisible y “sube” a tronos desconocidos: la llama, la oración o el agradecimiento.

Luego, el penitente se olvida que dejó una vela encendida y vuelve a las lides humanas; al pecado y a la culpa; al arrepentimiento y a la buena obra, para luego comenzar un ciclo interminable que llega hasta el momento de la muerte donde se encienden todas las velas del alma, procurando no perdernos entre lo desconocido, más allá.

Así son las velas que hablan el idioma inefable de la oración. No se sabe porqué, a veces causan estragos en tierra, quemando negocios, casas, vidas, sueños. Algunos culpan a la idolatría; otros, al expiar de los pecados; otros, simplemente saben que el fuego quema y arrasa.

El caso es que las velas son el significante que contiene palabras encerradas en la cera; alaban con su baile en llama, alegran corazones y adornan momentos de pasión. La llama es y será siempre la dominación del fuego, nuestro vínculo con el pasado pre-histórico, con la luz y la caverna; con el pecado y el anhelo de santidad.

El estigma del algarrobo

La cocada, el corozo, el arequipe, el tamarindo en dulce y en fruta, la papaya, el bocadillo, el anón, la piña, la breva con arequipe, los panderitos… en fin; decenas de productos en un pequeño espacio que encierra el folclor alimenticio de un territorio. Pero más allá, a la derecha, colgado, desapercibido; cuelga el polvillo mágico que ayuda al colon, conocido por su fragancia que, en chiste, dicen, se parece a la pecueca: el algarrobo.

Con una estima que podría tumbar al más débil, este fruto es rechazado con bendiciones y contras audibles; no lo quieren en las casas por pena a las visitas, no la quieren y le temen mal aliento; pero lo que no saben quienes la rechazan, es que es enemiga del mal del siglo 21. El algarrobo o la pecueca, pone a trabajar el colon de manera regular, lo mueve, le invita a contraerse y a ejercitarse muscularmente para que el cliente viva sin estrés; regular, visitando el cuartico diario.

Atrapado entre la maraña

Mazos, martillos, cinceles; llaves, francesas, fijas. Hombresolos, tornillos, tuercas, varillas, tubos, tubitos, codos, uniones, escuadras, pinzas; destornilladores de quinta compraventa, llaves de expansión de tres empeños, el repuesto de la “cosa” esa que no sé como se llama; el palustre que le han vendido ya ocho veces…

Es un pequeño local que permanece impecable ante el público que quiera visitar Quincalla N°1, un centro comercial de cachivaches en la calle Maturín, cerca a la estación del Metro, Cisneros. Pero entre cada cosa que reposa ordenada, entre cada hierro que representa a la muchedumbre obrera, reposa el protagonista de este collage de hierro: Gustavo Zapata.

Gustavo Zapata, está enmarañado y hace parte del paisaje curioso de este local de Quincalla N° 1. Permanece inmóvil, como un hierro más a la venta. El orden de este local es impresionante, conociendo otros locales de este tipo de artículos. Así de meticuloso es también con su barba, la que ya cumple más de 20 años con él.

Los hijos de la callle – Recuerdos de los juegos de antes

Lo más importante en este blog no es el contenido que traigo cada mañana, sino la interacción de esa red humana y real que se va entretejiendo, para hacer de esta plaza virtual, un espacio para el recuerdo y la conversación. Por eso, resalto los comentarios que hacen los lectores, pues aportan al conocimiento y la memoria. Los dejo con Mario de Jota Montoya Cortés, autor del libro, Los hijos del pueblo, quien nos deleita con sus memorias:

La evocación que haces, Carlos Mario, nos transporta a un pasado lleno de esplendor e inocencia, pues era la época en donde no existían juegos violentos como los de ahora. ¡Eran otros tiempos!

Eran los tiempos en que las niñas jugaban “Tun, tun”: se juntaban varias niñas a jugarlo y cada una en orden iba diciendo: “Tun… tun. ¿quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Un sapo podrido. ¡Bótelo por allá!”. “Tun… tun. ¿Quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Un ramo de flores. ¡Déjelo aquí!”. “Tun… tun. ¿Quién es? La vieja Inés. ¿Qué me traés? Una ollita de oro. ¡Descárguela con fundamento sin que se vaya a quebrar!”. Cuando creían, que se descargaba muy duro y se quebraba, le ponían una pena a la infractora. Jugaban, también “Gallina ciega”, Catapis, Chupaté, Escondidas, Papá y Mamá, entre muchos otros juegos.

El partido de manos era la “locura” de nuestra juventud: emocionante, vibrante, lleno de velocidad y agilidad. Con jugadores escurridizos como una serpiente y con quiebres de cintura desequilibrantes. El mejor de todos allá en el Amagá de otros tiempos: Gilberto Orozco ‘Orozquito’, Se conformaba con dos equipos de a cinco jugadores enfrentados en orillas opuestas; salía un jugador corriendo y otro contrario detrás de él, hasta tocarlo; y si lo hacía, gritaba: ¡Preso! y se lo llevaba detenido para su equipo hasta quedarse con la mayoría de los jugadores enemigos. En algunas ocasiones cuando al jugador que salía no era tocado, debido a su habilidad, llegaba hasta el equipo contrario y tocando a sus amigos, gritaba: ¡Libres! Cuando al más audaz, intrépido, hábil y escurridizo lo tomaban, todos sus compañeros se canjeaban por él, seguros de que posteriormente los libertaría, y ése era el único, el intocable: ‘Orozquito’.

Más verbos para tu blog, Carlos: en los trompos: milotes, arroyuelo y figuras. En las bolas: pipo y cuarta. Para este juego también existió el mejor de todos: Orlando Tangarife.

Hubo un cuento inventado por Norberto ‘El Negro’ Gallego, sobre el juego de bolas: “Cuando uno estaba jugando bolas decía: ¿De aquí? No, de más allá. ¿De aquí? No, de más allá. ¿De aquí? Sí, de ahí. Y mientras eso decía, iba agarrándose y corriéndose la parte de atrás de los pantalones porque los ribetes de la costura parecerían lomos de iguana, ásperos o cagaos, pues casi ninguno se ponía calzoncillos”.

Tiempo en que se jugaba “chucha”; o chicaneando con los bolsillos abultados llenos de cajetillas de cigarrillos Pielroja, dobladas por el ribete rojo. A las montadas, a la rueda, rueda; carros de madera con balineras; rueda de caucho que conducíamos velozmente con un palo que servía de freno, acelerador y clutch a la vez. Pisingaña (telaraña, jugaremos a la araña); machuque, pares y nones, camay, la sortijita, pelota envenenada, gallina ciega, palmo, encostalados, varas de premios, muchicalengue, pirinola, todos ponen, zancos, yoyo, y decenas de juegos más.

El camay, consistía en irnos para la manga de Cristo Rey (Amagá), de Pascual Correa, a jugar pistoleros (El arma era el índice extendido) y en sus yerbales, que eran muy altos, hacíamos cavernas o cuevas y ahí nos escondíamos para que no nos vieran o para salir detrás del otro a agarrarlo, mostrándole la “pistola”, susurrando duro e imitando los sonidos de los disparos: ¡Pich!, ¡ptsssst!, ¡pumm! A lo cual debía fingir y caer muerto. ¡Grandes épocas!

Extractos de mi libro: LOS HIJOS DEL PUEBLO, páginas 305 y 306