Cuando los procesos son mejorados – Café de la Cima

¡Y se conmovieron con el artista y su familia! Al finalizar la crónica de la primera visita a la finca de don Octavio Acevedo, en Fredonia; dejé, con humor, la queja de que ni una “librita” de café nos dio para probar en casa, pero en la segunda visita a Café de la Cima, botaron la casa loma abajo.

Llegamos por invitación que nos hiciera la familia, en el re-lanzamiento de su marca que, actualmente, toma el nombre de Café de la Cima. Ya conocíamos el camino para llegar a la vereda La Toscana, y allá llegamos un poco tarde de la hora citada, pero las empanadas ofrecidas a los asistentes no se habían terminado así que llegamos a buena hora, además, el almuerzo tampoco se había servido, así que llegamos a tiempo ¡jejejej!

Muchos asistentes conversaban y comentaban acerca de la tecnificación de los procesos en la producción del café, y el primer impresionado fui yo que, recordando la visita anterior, vi el salto tan grande en el mejoramiento de los procesos y más impresionado al ver que tales, seguían siendo artesanales, cosa que valoro aún más y que fue la preocupación de Humberto Acevedo, hijo de don Octavio y gestor de este cambio, luego de su paso por el Sena.

Ya don Octavio, no se sienta por horas a darle manivela a la palanca de su anterior tostadora; ahora, es un motor adaptado encima de la tapa de la paila el que trabaja, procedimiento que no le quita valor artesanal a la tostión y, sin embargo, el procedimiento queda controlado con el campo de emisión del calor; solo hay que controlar la temperatura interna, un extractor ayuda a restar calor y captura el ripio de película plateada que se desprende de la almendra. El enfriamiento del tostado también está controlado y para ello se sirve de extractores. El termómetro láser siempre está en la mano midiendo hasta en la molienda que, aún, sigue siendo la misma de la vez anterior, pero se controló más el nivel de revoluciones y temperatura.

Este laboratorio, así nombrado, está señalizado como mandan las normas, en la zona de empacado ya no está una plancha para la ropa, sino una selladora de bolsas; para entrar hay que usar tapabocas y gorro; la edificación se construyó al lado de la casa y, para servicios de turismo, fue instalado un sistema de juegos infantiles. Es decir, esta familia se preparó para recibir al turismo cafetero para el que Antioquia apenas está despertando.

Llegó la hora del almuerzo, un tamal que si egoísmos se nos entregó abierto; jugo, conversa. Luego, un delicioso postre del que doña Rubiela no fue capaz de compartirme la receta “Que por haberles dado duro en la crónica primera”, castigo en broma donde quedó el compromiso de darme el secreto. Igual, lo importante era repetir y así fue, porque era un postre hecho de café –no podría ser menos-. Satisfechos en nuestro cuerpo, seguiría el digestivo elíxir que nos daría la bienvenida a la tarde: una cata de café, y más que cata, una demostración de diferentes preparaciones a cargo del Q-Grader e instructor de Barismo en el Sena, Andrés Ruiz.

El público se sentó para conocer esas formas extraordinarias para hacer una bebida de café: sifón, prensa francesa y uno de mis favoritos: el embudo, una manera de burlarse de los métodos cuando los costos no dan para tanto, es decir, una forma de reemplazar una Chemex para método filtrado (Ya lo he enseñado en el blog). Se prepararon las tazas, se colaron entre los asistentes; éstos, distinguieron las diferencias, opinaron e hicieron sus preguntas.

Fue así como se pasó este día, entre tertulias, comida y café; entre paisaje, algo de lluvia y amistad; entre el corre-corre de los niños carisucios y empantanados de jugar; entre preguntas, respuestas y conocimiento; pero más que todo, entre la sencillez del hombre de campo, entre la admiración por el empuje campesino que, mejora sus procesos para darnos mejores sorpresas, en este caso, en la taza de un café hecho con la garantía del amor por lo que se hace, desde el desgajo de las cerezas, hasta la prueba del aroma en un pocillo preferido. ¡Esta es Colombia!

Colofón

- Al finalizar la jornada, a Humberto se le ocurrió tostar de nuevo para mandarnos con una libra fresca; pero esta vez fue Andrés Ruiz, quien se encargo del tostado, al cual le bajó un tono en el grado de tostión sacando una taza espectacular, vinosa, con acidez málica. Anoche me hice la primera taza en casa de esa tostión y, al “descorchar” la bolsa, una fragancia panelosa subió de inmediato; la taza, igual, exqusita, vinosa y equilibrada.

- La primera foto de esta crónica corresponde al cierre de la visita, el suscrito tomó la foto; pero, para no quedar por fuera, le solicité a Carlos Alberto Gutiérrez (último a la derecha, sombrero café), Cuñado de Humberto, que tomara otras cuantas para poder quedar entre el grupo. Una vez ubicado, Carlos Alberto oprimió el botón disparador de la cámara con tal destreza que al buscarme en la imagen, no encontré ninguna foto de las que, SUPUESTAMENTE, tomó. Carlos, mijo, ¿usted qué fue lo que tomó, entonces?

La finca tiene una nueva mascota, y cuando llegué al grupo que tertuliaba y hablaba del origen del nombre, no pude saber la historia del mismo, pero se me quedó el nombre y la imagen…

Municipio: Fredonia, vereda La Toscana.
Finca: La Costa
Caficultor: Octavio Acevedo.
Tecnificación y poscosecha: Humberto Acevedo.
Altura: 1.650 a 1.800 msnm.
Variedad: Colombia y Castillo.
Servicios: Turismo aetero, tazas, café.

Café de la Cumbre: ingenio, artesanía y mucha manualidad


Don Octavio, pasa horas tostando café de manera artesanal

Es domingo y el casco urbano del municipio de Fredonia es un hervidero de gentes al calor de un sol en puente festivo. El sol ocupa su lugar de medio día y el hambre del suscrito y su familia agobia pero el anhelo por conocer otra historia cafetera alimenta con alegría el momento. El camino de allí hasta la finca La Costa, en la vereda La Toscana, es de vaivenes y saltos en una jornada de observación y admiración natural. Al llegar con mi familia al lugar indicado, no hay tiempo para los saludos que manda la buena educación, pues la primera escena que vi me conquistó.

Un trompo hace las veces de manija, de la manivela de la tostadora.

El sol de mediodía intentaba colarse en el taller de trabajo pero esperaba afuera pues no le era permitido entrar, quizás a la hora del poniente tuviera posibilidad. Adentro, un hombre de apariencia costeña yace sentado en su silla y acciona una manivela a ritmo constante; se trata de don Octavio Acevedo Colorado, hombre de campo, cultivador de café; no es costeño sino antioqueño nacido en las montañas de Fredonia, donde tiene su finca y su cultivo. Este aguerrido hombre es el corazón de Café de la Cumbre, una marca de café que lleva el sello del amor y el valor con el que se trabaja este grano, trabajado de principio a fin de una manera artesanal.

Zona de pesaje y vertido al cafeducto

Don Octavio, como muchos colombianos, se levanta temprano y despierta sus sentidos con los primeros “tragos” de café que le dan la energía suficiente para ordeñar su única vaca, para regresar, luego, por un chocolate y algo que le “tranque” la taza. Luego, entrega el alma a su terruño, pues, tiene 12.500 palos en una de las más bendecidas tierras del suroeste antioqueño; un cultivo agradecido que le brinda grano casi todo el año, debido en parte a su ubicación donde recibe la luz del sol desde las 5 de la mañana hasta las 6.30 de la tarde.

Don Octavio y su esposa María Rubiela Pareja Vanegas, tienen su cultivo en una empinada peña que va desde los 1.550 a los 1.700 m.s.n.m. Allí, tienen algunas variedades que enriquecen su terreno. Este hombre de campo cuenta como es el proceso en su finca; narra que la fruta madura es cosechada y recogida en dos centros de pesaje, donde, aprovechando la inclinación de la montaña, los granos son vaciados en una caja de vertido, de allí viaja por un cafeducto hecho con tubería PVC por debajo de la tierra hasta llegar al acopio donde está la despulpadora y el beneficiadero, sobre todo el entramado está la marquesina de secado al sol.

Desagüe del cafeducto. El café viaja con agua. Al fondo, seca el pergamino

Una vez seco, el pergamino es sometido a una trilla manual: una mano golpea el grano con un pilón de esos para trillar maíz; se hace con tal fuerza que no parta la almendra; la cascarilla es separada de la mezcla con la mediación de un ventilador que sopla el cisco pero deja la almendra verde. En una mesa iluminada se retiran los granos malos y los buenos son puestos a secar nuevamente. El tostado, se hace en sartén con una manivela adaptada para tal fin; la manija de donde se agarra la manivela es un trompo que don Octavio adaptó para comodidad de su mano. La tapa del sartén permite que el calor salga y por allí mismo las diferentes fragancias del proceso de tostión; estos orificios permiten que entre una cuchara para hacer la colorimetría que deja ver, a ojo, el grado de tueste. Terminada la labor de paciencia y manivela; el grano tostado es dejado en una malla que limpia el grano de la fina película que suelta con el calor y se deja enfriar. El grano moreno es molido en una máquina de moler con motor adaptado para que no haya más manivela y a una velocidad que no queme el café. El producto molido es pesado y empacado en bolsas de 5 kilos, libra y media libra. ¿Cómo sellan la bolsa? Igual que en los procesos anteriores, de forma manual y con creatividad, ya que el cierre de la bolsa se hace con regla en mano y con plancha de ropa.

La trilla se hace con pilón, sin quebrar la almendra

Cuenta doña Rubiela que cuando idearon esta empresa, no les puso atención ni les creyó, pues no era la primera vez que escuchaba a su familia hacer planes y empresas “para salvar el mundo”. Algún día, hablando de los bajos precios del café en las cooperativas sugirieron darle valor agregado al producto de su finca y las ideas fueron saliendo: su hijo, Humberto Acevedo Pareja y su nuera Mary Sánchez; tenían una foto de su hija, Sofía, tomada en el preescolar con atuendo de chapolera pero con maíz en la canasta; Humberto retocó la foto y puso café en la canasta de mimbre; Driana y Camilo, también hijos de don Octavio y doña Rubiela compartieron ideas y se pusieron tareas; el nombre de la empresa lo daría una de las zonas de la finca: La Cumbre, y la tostadora alguien la prestaría. Esfuerzo en marcha, se dieron a la tarea de sacar adelante el producto y hoy es una realidad, una artesanal y llena de amor realidad. Una marca de café con una taza limpia que ya ha sido evaluada por baristas y conocedores.

La molienda se hace con máquina de moler maíz accionada con motor

En semana, don Octavio y doña Rubiela mantienen solos, el uno sentado en su silla batiendo almendras; la otra en la cocina, viendo amaneceres y atardeceres de verdad y no de almanaques; los fines de semana los pasan al calor de la conversación animada por tazas de café y de “aguardienticos”, pues no todo es el fruto de la almendra roja. La calma de este paraíso está siempre presente y el tiempo parece detenerse a veces; testigo de ello es un calendario, que se quedó en abril de 2010 y no quiso marcar más el tiempo; y como el tiempo no es amigo de todo; la cámara y las maletas fueron de nuevo empacadas para partir de regreso a la ciudad, donde no se ven los cultivos ni al sol detenerse; pero se ven y se toman tazas de café que más que a grano tostado, saben a familia, a tesón y amor, saben a campo y a tierra montañera; aunque ni una “librita” nos dieron de este café cariñoso; tocará repetir visita a ver si se conduelen con el artista.

Para ventas: Galerías de San Diego, local 42 b 49, teléfono 262 63 42 / 310 414 35 72. En Envigado, carrera 41 N°40 G Sur 48, teléfono 331 72 97.

Las siguientes, son imágenes que testimonian el inicio de Café de la Cumbre, tomadas por la familia.

Sofía, protagonista de las etiquetas de Café de la Cumbre. Primeros empaques del café

Las primeras molidas eran en la máquina de moler el maíz de la cocina. En la foto, Tomás