A quien pueda interesar… Carta 1

paisaje_cerro_tusa

paisaje_cerro_tusaLa felicidad camina a diario con nosotros y hay quienes no se dan cuenta. Para percibirla, debes leer esta serie de letras que escribo para ti y a quién pueda interesar.

Debes saber que la felicidad yace en la madera que, cortada, sirve de leña en el campo y que varias son sus fragancias dependiendo del origen. En dichos humos la he encontrado. Son aromas de libertad que se mezclan con boñigas que me trae el viento. Son sutiles, y para aspirarlas, debes ser consciente de tu palpitar.

Huelen a infancia, a correrías exploratorias en búsqueda del silencio. Son aires que conversan con el pasto, donde también yace la vida. Si quieres conocerme, debes aprender a distinguir los variados aromas con que dichos aires pintan la dimensión sensorial.

Estos humos de los que hablo, provienen de cocinas de campo, mezcladas con el aire de tierra seca que asfalta territorios campesinos.

Es el campo a dónde pertenezco y donde no nací; donde tiestos de aluminio cocinan brebajes que hacen de alimento. Cuando pases por esos territorios, detén el tiempo y aspira sus fragancias, sus segundos y ahí estaré, enseñándote que la felicidad camina a pie limpio. Ahí te miraré y te contemplaré en una meditación sagrada.

Sentirás que eres polvo y gallina a lo lejos. Qué eres huevo escondido en el pasto y, a la vez, canasta de mimbre colgada a disposición. Sentirás que eres aquel portón desvencijado y anjeo útil. Qué eres un zarzo con tesoros ocultos que reposan en el silencio.

Mira esa olla tiznada donde se cuecen miradas perdidas, y ese cabo de vela que se fundirá con la leña. Somos parte de tan digno bodegón.

Toma una piedra del lugar y atesórala. Serán la herencia de tus hijos.
Con amor, Papá.

El retorno del hombre rico al campo

El hombre era dueño del feudo y aparcó su presencia en las murallas de las incipientes ciudades. Se enriqueció y quiso más, amasó fortunas y después de otras vueltas llamó al capitalismo para aumentar riqueza y ganar en poder.

Una vez rico, el hombre habitó la urbe e hizo sus propios barrios. Discriminó de entre la población, a pobres y a ricos, es decir, a sí mismos; al pobre lo mandó a fundar cordones de miseria y al rico invitó a los mejores puestos en las graderías de la metrópoli.

Rico y poderoso, el hombre habitó grandes mansiones, con minimalismos o maximalismos, según el gusto. Olvidose de los señores del campo y sus cultivos, olvidose del olor de la tierra en la mañana cuando se baña de rocío.

Hizo, pues, el hombre, fincas de recreo en las afueras de la ciudad, compró tierras y se hizo a latifundio en algunos casos. Quizo imitar al hombre del campo y sembró para sí, árboles frutales, verdes leguminosas, se hizo a cebollas juncas, plataneras y cafetos. Buscó la tierra y sembró.

Simuló, el poderoso, ser campesino y labró la tierra, desyerbó, sembró y regó, buscó maleza, dejó libre al mojojoy y devolvió respetuosamente a la lombriz de tierra. Vio el hombre, el hombre rico, que ser campesino era bueno e invitó a la finca, a compañeros y amigos, a familiares y lejanos, y les dio a cada uno del fruto de su labranza, los mandó con racimos y naranjas, con panela, con bonanza y se sintió orgulloso de volver atrás, de evolucionar al principio mismo de la labor del hombre: caza, recolección y pesca.

Terminado el fin de semana, llegar de lunes, el hombre fue rico otra vez, capitalista y dueño de feudo o de gran terreno, latifundista, comprador del producto del hombre de campo. Consumidor. Habitante de barrio bueno, visitante no de parque, sí de centro comercial. Ajeno.

¿Quieres leer un texto parecido? Lee, El retorno del hombre al fuego.

La sonrisa sincera del montañero, del campesino y del arriero

- Una moneda por favor.
* Plata no hay caballero, si quiere, pida algo de comer. A ver, ¿qué quiere comer?
– Ah, entonces deme dosmil pesos en buñuelos.
* Eh, pero pide con cuota y todo. / Dele tres buñuelos al señor.

Ese fue el diálogo de don Abelardo Franco -el Quijote de la imagen- con Alexánder Lucio, amigo mío en el municipio de Támesis, mientras comíamos parva, cada uno con su esposa.

Ir a Támesis es ir a engrosar la lista de amigos y conocidos, es recrear nuevas sonrisas, es dejarse atender y escuchar nuevas historias y cuentos que nos enriquecen o nos entretienen.

Es rico pasearse por los municipios de nuestra Colombia para reconocernos montañeros y felices, para dejar que la tierra y el capote se incruste en nuestras uñas, para que el olor del verde rural penetre en nuestras víceras, para que esa mixtura de olores y sabores se nos impregnen en cada prenda y en nuestra piel.

Puebliar, para recordar las palabras de la abuela, para perpetuar la oralidad en chistes y en historias de espantos y brujas. Es rico alimentarse de la tierra fresca convertida en cebollas, naranjas, tomates, zanahorias y demás.

Qué satisfactorio es el regreso al campo, donde habita la verdadera riqueza -que no es la monetaria-, donde se arman asados y sancochos con imprevista alegría, donde se sirve la aguapanela en cualquier vasija, con más amor que el que nos pueden servir en restaurantes de tres tenedores.

La sonrisa sincera del montañero, del campesino y del arriero, es profunda y sabia, sabe a tinto -así sea de pasilla-, sabe a pueblo, sabe a tierra origen de mis venas. La sonrisa de Abelardo no se ve en la imagen, va por dentro.