La alquimia del alma

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A los pájaros que anuncien la mañana con su canto les espera banano. A las columbiformes dueñas de los parques y transportadoras de miles de piojos, les corresponde una gran cantidad del maíz importado. A los pericos presos, el alpiste; a los colibríes, néctar casero. Al gallinazo (Coragyps atratus), golero o zopilote, le es reservada la piedra, la escoba y el espanto en días en que el carro transportador de basura pasa por calles y carreras. Las cantoras, nos regalan su llamado. Las de parque, su coreografía. Nuestros buitres, nos regalan salud. Su buche y sus ácidos transforman carnes mortecinas en abono.

Las urbanas, buscan entre el rechazo embolsado, el insumo de la transformación y por ello son víctimas de la piedra y la amenaza. Las rurales, encuentran máscaras de piel perforadas por la cadaverina que solicitan engullición. Así hace el alma a quien presta sus oídos a la transformación. Toma de lo oscuro, de lo bajo, de lo rechazado, de lo oculto, de lo penozo, de lo vergonzoso; y lo transforma en energía de vida, en alimento, en sustento alquímico. Estos buitres me representan la alquimia del alma.

Mi abuela Juana, sacaba del congelador una bolsa y me la entregaba como quien cede algo sospechoso y me enviaba a la quebrada* más cercana. El contenido oculto del paquete eran las sobras crudas de piel de pollo. Guardaba los “cueritos” para alimentar a los rechazados gallinazos del barrio. Espantarlos está bien ¿Por qué apedrearlos? Deberíamos llevarlos a zonas de concentración política… tienen una alta capacidad para oler pestilencias.