Y… ¿si volvemos a conversar?

luz

Foto: Carlos Múnera

 

Tres palabras me salen

Y dos de ellas están dispersas.

Abro mis ojos para ver

Y todo está gris.

Intento salir

Y no encuentro las llaves para el regreso.

Miro por la ventana,

Y descubro que estoy en un encierro.

No miro noticieros,

El género terror no es de mi gusto.

Intento explicar lo que pasa,

Y mis labios no musitan.

¡Silencio!

Creo ver luz en la transparencia de la cortina

 

Hablar con el otro y escucharlo también

Somos gregarios. Una vez nacemos nos pegamos de la mama uniéndonos al otro, en ese caso, la madre. Crecemos y buscamos la manada que nos acompañe en el desarrollo salvaje de nuestra vida, pero más, para racionalizar con el otro y así, encontrarnos a nosotros mismos en una transferencia incosciente. El hombre solo, está muerto. Si no tiene un lenguaje para compartir, está muerto. Si su substancia no puede abrazar, apretar la mano del otro, está vacío.

Por ello el hombre se despeluca en las discotecas, se entera de chismes en las tiendas, conversa en las carnicerías, se saludan las señoras extendiendo la ropa, se aparean machos y hembras, discuten los amantes, se confiesan ante el lustrador de zapatos los políticos, se piropean los caminantes, se preguntan cómo amaneció y los más ignorantes responden “no tan bien como usted”.

Hablar con el otro es conservar la memoria, personal y colectiva, tradición oral que hereda historias, mitos y quejas. Hablar con el otro es crearlo porque la palabra crea, unos maldicen, otros bien-dicen y estos últimos cosechan el fruto de su siembra.