La alquimia del alma

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A los pájaros que anuncien la mañana con su canto les espera banano. A las columbiformes dueñas de los parques y transportadoras de miles de piojos, les corresponde una gran cantidad del maíz importado. A los pericos presos, el alpiste; a los colibríes, néctar casero. Al gallinazo (Coragyps atratus), golero o zopilote, le es reservada la piedra, la escoba y el espanto en días en que el carro transportador de basura pasa por calles y carreras. Las cantoras, nos regalan su llamado. Las de parque, su coreografía. Nuestros buitres, nos regalan salud. Su buche y sus ácidos transforman carnes mortecinas en abono.

Las urbanas, buscan entre el rechazo embolsado, el insumo de la transformación y por ello son víctimas de la piedra y la amenaza. Las rurales, encuentran máscaras de piel perforadas por la cadaverina que solicitan engullición. Así hace el alma a quien presta sus oídos a la transformación. Toma de lo oscuro, de lo bajo, de lo rechazado, de lo oculto, de lo penozo, de lo vergonzoso; y lo transforma en energía de vida, en alimento, en sustento alquímico. Estos buitres me representan la alquimia del alma.

Mi abuela Juana, sacaba del congelador una bolsa y me la entregaba como quien cede algo sospechoso y me enviaba a la quebrada* más cercana. El contenido oculto del paquete eran las sobras crudas de piel de pollo. Guardaba los “cueritos” para alimentar a los rechazados gallinazos del barrio. Espantarlos está bien ¿Por qué apedrearlos? Deberíamos llevarlos a zonas de concentración política… tienen una alta capacidad para oler pestilencias.

Los ríos llevan y traen un devenir de sorpresas

Nuestros ríos llevan y traen sorpresas en el devenir constante de sus aguas. Muertos sin cabeza, de piel lijada o sin ella, sin extremas partes, ciudadanos ellos de otros tiempos. Memoria de sus familiares.

Nuestros ríos llevan las heces del consumo para que el espinoso bocachico se divierta llenando su buche antes de que un chinchorro lo atrape. También llevan: vacas hinchadas, sombras en perspectiva, vástagos de plataneras moribundas, ramas cortadas por torrenciales aguaceros, muertos sin velar aún, lágrimas y mucho llanto silencioso.

Nuestras cárdenas cañadas atraviesan los barrios y llevan: colchones despreciados, zapatillas sin par, camisas que nunca más fueron colgadas al viento, muñecas mancas, cuerdas y cordones, telas de no se sabe qué, polvo de ladrillo y cemento, aguas jabonosas.

Nuestras quebradas bajan pocillos sin asa, bolígrafos secos, muñecos muertos, frascos y tapas, ollas viejas, arroceras malas, televisores ciegos, radios que hacen gárgaras, ratas pescadas en la cocina, perros envueltos en periódico, gatos de raza irreconocible y alguno que otro muerto.

Y si usted vadea esas quebradas o cañadas, también puede hacer una buena lista para un inventario personal, inútil, por supuesto, pero entretenido para otros.

En las imágenes: Accidente en el río Medellín. Afluente del río Medellín. Río Cauca. Río Magdalena en Puerto Berrío.