Cuando el dinero no distrae

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Cuando no se tiene un peso para donarle a las marcas, el alma reacciona y las máscaras que nos preceden, pierden poder frente al espejo. El otro, ve tu esencia y lo fundamental de esa presencia. En contraprestación, descubres, eso sí, quién es ese otro que te observa y te acompaña. Cuando no se tiene un peso, por múltiples razones, se domina al mercado y al consumo con un poder que surge desde el interior.

La mirada se fortalece, mientras se ignoran los escaparates -Vitrinas- que intentan atraparte con des-almados maniquís. Te ves a ti mismo en el otro y percibes cómo deambulamos bajo la hipnosis de los mensajes que bombardean tu mente queriendo atraparte y asirte hasta sacar tu último centavo con la promesa de hacerte dueño del mundo, con conceptos inventados para que cuando te mires al espejo, veas a un ser de éxito en el campeonato del consumo.

Si se tiene un interés marcado por conocer al navegante del alma, notarás que aquel vocabulario, que incluye palabras como competitividad y eficiencia, parece más un intento de hackearte. Quizás el alma prefiera términos como contemplación e ineficiencia, dejando atrás indicadores, estadísticas y objetivos inmediatos. La naturaleza lo hace: es lenta en dar su fruto, es lenta en producir un tallo grande qué admirar, es lenta en cavar un camino por el cual sus aguas serpenteen, es lenta en generar esa belleza admirable ¡En fin! El tallo del alma reverdece en la carencia y la flor aparece cuando la distracción se apaga. Pero esta es solo una cara del icosaedro de la vida. Hay otras visiones ¡Es verdad!

Fotos: Municipio de Caldas, Antioquia. Las asociaciones las hacen ustedes.

 

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La siestica de medio día

El don, la doña, el ejecutivo, el estudiante, en fin, muchos de los seres humanos que realizan actividad alguna, necesitamos de un pequeño descanso conocido en nuestro contexto como la siesta. La duerme el conductor después de la ruta y mientras lo despachan de nuevo (Antes la dormían con las risas de Montecristo, de fondo). La duerme la señora que ya despachó almuerzos a los hijos trabajadores (Antes, la dormían con la Ley contra el Hampa o Solución a sus problemas).

La duerme el perro, solo que lo hace a cualquier hora. Lo hace el visitante a biblioteca que se quedó dormido abrazado a algún clásico ruso. La duermen los novios en contubernio de manga universitaria. La duerme la anciana con las cuentas de un rosario demorado. La duerme el gato con cara de antojarlo a uno. ¡Ah, la siesta! Bendición del cielo que nos permite dejar la mente en silencio y activar el inconsciente para limpiarnos de arquetipos junguianos.

Estas carretillas jericoanas duermen también la suya, la de brazos caídos, la de jornal vacante a la espera de algún viajecito cerca, de siete costales de yuca con perro salamero encima. Allí duermen, posan cobijadas esperando que quien las alce les dé sentido. La una, cobijada con ruana de algodón; la otra, con paño viejo quizás impermeable.

Lo que ustedes piensen o imaginen complementa otras realidades… ¿quién se atreve?

Jairo Carmona Valencia:

La siesta es también una práctica religiosa, ritual sagrado en toda la Europa mediterránea, la de los vientos cálidos y vinos generosos. Ernesto Sábato, escritor argentino, en una de sus visitas a Medellín, la colocó en primer lugar en su vida, ante algunos medios de información.

En el Imperio del Sol Naciente o el reino del Crisantemo, como en la milenaria China desde tiempos remotos, siempre se le ha concedido sitial de honor al solaz del mediodía. Lin Yutang, erudito y filósofo chino, en uno de sus tantos libros, reía de buena gana diciendo que le asombraba cómo los occidentales se ajustaban la cintura con correas de cuero, cuando ellos andaban todo el día en pijama y si acaso usaban un cinturón de seda. La cultura Budista practicada en toda Asia, le da excesiva importancia al descanso y a la meditación, para nosotros símbolo de pereza.

Esas carretillas jericoanas, primas hermanas de las que yo conocí en el Medellín antaño, quizás un poco más libertinas que las primeras, servían no solo para una simple siesta; estas últimas eran verdaderos altares donde se rendía culto a Venus y a Eros, bajo el silencio cómplice de la noche. Entre ellas no había recato, ni gazmoñerías, como tampoco lo había entre sus sudados y fatigados dueños.

Mercados populares en Israel

Natalia Trujillo “Paparazzita”, nunca abandona su cámara. Pidió visa para ir a España y se la negaron, así que en cuestión de minutos decidió irse para Israel y Egipto. Naty Tru trabaja en Conconcreto y nos trae estas imagenes urbanas como sacadas de la misma plaza de cualquier ciudad.

En sus palabras:
Foto 1. Jerusalem Israel.  Dentro de la ciudad antigua se encuentra esta tienda de venta exclusiva de condimentos, vinagres y aceites.  Los productos se encuentran ordenados compulsivamente. La montaña de la tienda colorida, es una montaña de especias y el comprador llega y saca su producto de esa montaña, miren que la parte de abajo está menos pulida.
Foto 2. Jerusalem Israel.  Variedad de aceitunas y pepinillos. Los baldes atrás contienes pepinos (creo que bastante salados).
Foto 3. Tel Aviv Israel.  Mercado de Jaffa.  Tienda cachibaches (collares, pulseras, aretas, pañoletas).

Un Jardín que pelecha

Municipio de Jardín / Estos pipiolos saborean una dulce tarde, asoliando una inocente amistad en medio de saludables legumbres y hortalizas. No se les puede llamar aún piernipeludos, porque los infantes estos a duras penas tienen algunos alambres en la tusta.

El sol,  como pasando a través de un colador, se atreve a meterse en cada endija de las ramas de un hermoso árbol, sombra y resguardo de este vendedor.

¿Está fresquita la rracacha? claro que sí, ¿va a llevar cilantro? deme 200.

Mercados callejeros de Jericó

Mercado ambulante en el Parque de Jericó. Domingo de mercado. Esos días de mercado, se cruzan, más allá de frutas y verduras, de carnes y huesos, se cruzan y se transaccionan diálogos con aroma a tabaco y guarniel, se desatrazan las noticias represadas en el campo, se vuelven a ver las caras, se vuelven a dar las manos.

Ella es Limonera

Esta señora es una limonera, oficio de gran importancia. Es quien nos vende los limones para un sancocho o para un consomé levantador. Es quien nos vende el limón para marinar el mango o las papitas “manisucias” que le fascinan a mi esposa. Es quien nos vende el limón para lavarnos las manos para después de preparar el pescado, o para marinarlo y comerlo bien tostado. Es quien nos vende el limón para realizar de manera sencilla una limonada de azúcar o de panela.

Afueras de la Plaza Minorista.

Éxtasis de color

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¿Cómo negarse a ir a la Plaza Minorista de Medellín?
¿Cómo no alimentarse de fruta fresca y color de tierra?
¿Cómo no darle de comer al ojo en esta galería del impresionismo?

No dejo de maravillarme cada vez que visito esta plaza de mercado alumbrada por cítricos amarillos y naranjas que se vuelcan al rojo de la fruta madura. Iluminada también por variados verdes que cambian como sus precios. Matizada por cáscaras cafés, por pulpas rozadas y cremas.

Cómo no sorprenderme sabiendo que esos variopintos colores vienen todos de la tierra negra de nuestros suelos, esa misma tierra que se incrusta en las hermosas y callosas manos de nuestros campesinos.

¿De dónde acá la tierra guarda el verde de un tomate y le daba las reservas para que se convierta en rojo cuando sea grande? ¿Dónde esconde esa tierra negra los cremas mezclados con verde de las copas de la coliflor? ¿En qué envase guarda la tierra negra los aromas con que manda a la albahaca para mi casa y que perfuman mi nevera cada vez que la abro? ¿De dónde el capricho del plátano verde de madurar junto con sus hermanos de gajo y vestirse de amarillo dulce?

Nada como ver ese espectáculo de color y olor. Nada como echar una papa más pacompletar el kilo y partir la yuca pa mirarle el almidón. Nada como pedir la cuenta y tomar rumbo a donde me esperan las frutas, nada como coquetearle a todas ellas y llevarme algunas para mi hogar. Ver, oler, vivir.