Una mirada, a la mirada

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Desde niño, Jacobo, mi hijo, me ha visto tomar fotografías y, cada vez que solicita la cámara, se presta a tomar las suyas. Por supuesto que he guardado su acervo visual a sabiendas de que ha iniciado un camino de registro: el registro de su mirada. ¿Qué ve? ¿Cómo lo ve? ¿Cómo lo captura? ¿Qué le interesa registrar?

No son estas letras una mirada sobre mi hijo, sino, sobre la mirada, cualquiera que sea el observador. En dónde, por ejemplo, ubicamos la mirada cuando creemos que no estamos viendo nada. Cuando nos quedamos en “blanco”, inexistente por demás. Cuando hablamos con alguien, ponemos nuestra mirada en su boca, saltamos a un ojo e intentamos ver ambos, infructuosamente.

Cuando tomamos fotos, creemos que lo que vemos depende de la calidad del aparato al que tuvimos acceso en la compra, a saber que la cámara es nuestra mente y el ojo, su aparato; lo demás, es el dispositivo de almacenamiento y transporte. Jamás enseño a mi hijo el “Cómo tomar una foto”, sería un gran error en lo que respeto de él. Estas fotos, tomadas a los cinco años, son el fruto de su experimentación, el de voltear “patas arriba”, la configuración de la cámara en búsqueda de sorpresas y técnica; sin embargo, lo que se me antoja observar, es su mirada.

¿A ustedes qué les gusta ver?

Foto: Jacobo, 5 años 2014

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Historias de tetero

Cuando era un pequeño, recuerdo que me levantaba somnoliento a llevar el tetero al baño y luego iba a la cocina a orinar; lógicamente cuando llegaba al baño me percataba de que ese no era el lugar y deshacía los pasos rumbo a la cocina.

Épocas en que el contenido del tetero era la bien posicionada aguapanela con leche; alimento bendecido en los barrios obreros, que entretenía y alimentaba a los destetados. Bien fuera sola o con leche, la aguapanela nos alimentó hasta que nos parábamos derechitos y aún nos alimenta cuando, en algún restaurante, nos ofrecen el guandolo (aguapanela con limón).

Hace algunos meses, le dijimos a Jacobo que ya estaba muy grande para tomar tetero, que eso era para bebés. Diana, esposa del suscrito y madre del muchachito, reforzó la propuesta diciéndole: “¿Lo botamos?”. Jacobo, enajenado por nuestra palabras, lanzó el tetero a la calle y arremetió: “Sí, yo graaandee”. Jacobo siguió caminando pero Diana, sin que él se diera cuenta, levantó el tetero del suelo por si depronto le daba por pedirlo en la noche. Desde aquel día toma en termo.

Son solo dos historias para levantarles el recuerdo e invitarlos a compartir sus historias de tetero, reírnos un rato y evocar imágenes quizás olvidadas. ¿Tienes historias de tetero?

Foto: Parque de Girardota.

Los espacios vacíos de Manuela y Tiburcio

Esta publicación se origina desde la sede de el periódico El Colombiano, acompañando al evento de Prensa Escuela. Una oportunidad para que docentes y estudiantes, intercambien preguntas acerca de los medios.

– ¿Me trajiste huesito?
* No. ¿Para qué? si todo ñervo que le traigo, usted me lo desprecia.
– ¿Está bravita o es que tiene rabia?
* ¡Ay mijo, hasta eso! Seré criolla, pero vacunada.
– Amaneciste intocable hoy. Así fue cuando te olí el rabito, me pegaste con la cola.
* Y es que ¿qué se le perdió ahí?
– Nada, te estaba reconociendo, no más.
* ¿Año y medio y no me has podido reconocer?
– No es eso, sólo quería disfrutar de tus humores.
* Pues hoy le tocó con mal humor.
– ¿Es decir que hoy no hay montadita?
* ¡Ay no jodás con eso, que el palo no está pa cucharas!
– Con esas me venís desde hace 2 meses.
* ¡Eso es lo que hay, usted verá!
– ¿Te traigo un huesito?
* Si quiere. Pero que tenga tuétano fácil de sacar. ¿Sí va a ir?
– Sí.
* Tan lindo ques.

A Marco Tulio le gusta el calambombo

Con reposada paciencia, este perro montañero, al cual llamaré Marco, mordisquea lo que será su mediamañana en pleno parque principal del municipio de Támesis.

Marco es hijo de Benjamín, un pastor alemán que tuvo a bien, entrar en coitos con la perra de doña Teresita, después de ser traído por sus dueños a reconocer los pastos de una nueva finca.
Este perro tamesino tiene hogar, pero sabe que los domingos llega la avanzada de campesinos con el fruto de sus huertas cosechadas. Domingo en que se instalan cortinas decarne colgadas del mástil de carnicerías itinerantes.

Cabe decir que este perro es diferente de sus semejantes, pues, a Marco Tulio –digámoslo completo- no le gusta la osamenta carnuda que les tiran generalmente a los criollos como él, sino, que gusta del calambombo. Comenta él -en lenguaje que sólo entienden ellos-, que eso le entretiene, que estimula sus caninos y que procura por el cartílago que trae el osobuco.

Cosas de perros. Creía entender a los criollos de barrio y de pueblo, pero se ve que de mañas están ellos hechos y no a la imagen que pretenden sus dueños.

Toño y Cipriano, no comen de aquello

Toño y Cipriano, ambos de Palermo, corregimiento de Támesis en el Suroeste antioqueño.

No es desconocido para la comunidad, que este par de criollos, resultado de una gran cantidad de cruces entre razas bajas, no gocen de los humores traseros de las hembras de Palermo. No han sido pocas las veces que los han visto montándose el uno al otro, cosa mal vista entre dueños ortodoxos.

Pero qué hay de estos, que son vagabundos. A estos, quién podrá decirles algo si son dueños de sí mismos y de su tiempo, del cual no son conscientes. Aun así, Toño, de un rubio popular y Cipriano, de pelambre negra llevan sobre sí, la carga del rechazo de los pobladores de Palermo, que interpretan como una sarna rara y escasa, los gusticos poco comunes de estos dos amigos, si se les puede llamar así a dos perros que no tienen consciencia de la existencia; pero que gozan de los mismos parpadeos somnolientos que gozan los viejos después del tinto de la tarde.