Historias a pie limpio

Aún no me bañaba, como todas las mañanas que pasaba de vacaciones en La Dorada. Dije “aún”, no que no me bañara en ese calor del Magdalena Medio. Me levantaba al tiempo que mi primo ‘Juancho’, que fue como el hermanito de mi niñez en cada una de las vacaciones que gozaba en este municipio de Caldas. Gozábamos a pie limpio y el ritual diario era jugar en el solar de la casa de mi tía abuela Oliva, cuyo verdadero nombre era Petronila. Invertíamos tres horas construyendo con arena el escenario por el cual rodarían los carritos de colección, los personajes de la fantasía diaria y la cantidad de partecitas de alguna grabadora mala y demás repuestos que servían para representar decenas de aparatos: condensadores que hacían las veces de pipetas de gas, resistencias, bobinas y potenciómetros que representaban al generador de energía de la finca de ricos a la que correspondía la fantasía del día, pues, otros días hacíamos de pobres trabajadores que, por su buen desempeño y rendimiento, nos ganábamos la confianza de los dueños y nos convertíamos en herederos de los patrones. ¡Eran las mañanas más hermosas de mi niñez!

Juancho, por ser hijo de un papá camionero, emprendía el rol de camionero, manejando despacio, y reproduciendo los sonidos del bajo, el freno de aire y el monochip del camión; incrustaba piedritas en la vía de tierra para hacerla más real con obstáculos. En cambio, yo asumía el rol de busero, luego de viajar en Pullman, algunas horas de Medellín a esa otra ciudad de mis recuerdos. Por eso, no me gustaban los obstáculos, sí me gustaban las vías pavimentadas, rápidas; y también hacía ese sonido de un bus sonándose la nariz: “Shi, shi, shi shhhhhh shi, pshhhhhs”, esa última palabra representando la última descarga de aire con corneta a la salida, como acostumbran “engallar” los choferes el sistema de aire del vehículo.

Los primeros juegos de carritos se dieron a corta edad y con tecnología muy básica, pues, para hacer los muros divisorios de la casa finca, juntábamos las manos para apretar la tierra húmeda como quien inicia castillos en la playa; pero pronto, nuestro ritual diario avanzó en técnica y ya los muros fueron perfeccionados usando tronquitos de madera a lado y lado del muro y un tercero aplanando por encima. Dicha técnica nos permitió hacer complejos muros con diagonales y curvas dependiendo de las herramientas usadas e insisto, antes que comenzara la primera línea de nuestro diálogo imaginario, gastábamos tres horas de construcción; luego, representábamos el papel propuesto y, el resto, era improvisación. El ganado, eran piedritas muy pulidas encontradas y limpiadas; algunos actores, personajes del Chavo del 8 que salían en paquetes de mecato; los vigilantes, soldados con posiciones eternas de combate; los protagonistas: la gran cantidad de carritos desvencijados o en buen estado que íbamos consiguiendo.

Luego, llegaba la hora del baño y, como era casa de humilde condición, los servicios sanitarios no eran los más “acogedores”; pero eso para un niño era parte de la diversión; así que nos bañábamos en el antepatio del solar, sacando agua de la alberca y tirándonos poncheradas de agua, cosa que, en La Dorada, es un bálsamo para para el sofocante calor. Jugábamos también a aguantar el aire metiendo la cabeza en un balde y así se completaba la mañana para ir, luego, a sudar con un sancocho de bocachico que nunca pude terminar en menos de una hora y que Juancho se tragaba en nueve o diez minutos, como si cada bocado fuera un masmelo en la boca; Juan Carlos Agudelo, nombre de mi primo, tenía una capacidad para comer pescado que para mí era como un don divino.

Las tardes, eran como las de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, gamineando por toda la ciudad, colándonos de los buses al bajar el último pasajero de la parada temporal y terminar en barrios desconocidos o diametralmente lejanos, para devolvernos a pie y recoger cuanta carajaita sirviera para nuestras jornadas de juego. Pasar por el parque principal para buscar la panadería de siempre y comprar roscones y mojicones, formatos de pan dulce de aquella región.

Continúa…

¿Qué recuerdo traerías al presente?

La vida es, entre infinidad de definiciones, la secuencia o el cúmulo de recuerdos que podamos tener; por ello, nos ayudamos de cámaras fotográficas, de textos diarios, de imágenes mentales e impresiones visuales. Los recuerdos, son aquella información que nos liga a un tiempo vivido, algo que ya no podemos tocar, pues, ni nosotros mismos somos los que nacimos, en el sentido de que nuestras células hace rato fueron barridas en cada oficio diario dentro de casa.

Parecería que los recuerdos son “cosas” viejas, pegadas en álbumes otoñales, imágenes llenas de óxido, telarañas, polvo y pátina; pero nuestros recuerdos son instantes frescos que esán a la orden de nuestra mente para decirnos que estamos vivos, que hemos sido testigos de la alegría, que la felicidad sí ha estado ahí. Tenemos más capacidades de recordar momentos alegres junto con sus sensaciones, que el recuerdo de las sensaciones de los momentos “malos”.

Cuando muere alguien, se lleva su único patrimonio: el recuerdo de lo vivido; hereda la alegría, pero el recuerdo se va consigo, porque cada uno tenemos nuestro paquete de recuerdos. Quien recuerda, vuelve a montar en cicla, aprende a leer de nuevo, vuelve a rasparse con alegría la rodilla, vuelve a oler el pasto recién cortado, vuelve a sentir la montañera fragancia de la leña quemándose, vuelve a tomarse el jugo de naranja con banano o el de tomate chonto “pa’ que coja color”.

AYÚDENME…

¿Qué recuerdos se te vienen? ¿Qué traerías de nuevo al presente?

¿De dónde tanta carajada?

Hay que decir que fui criado cuando no existían los centros comerciales, a excepción de San Diego, primer centro comercial en Colombia allá en el 73. Que ante la inexistencia –por fortuna- de dichos seudo-parques del modernismo -¿posmodernismo?- mi territorio de diversión se enmarcó en las calles del centro de Medellín como El Palo, Avenida Oriental, Argentina, La Playa y parques de Berrío y Bolívar, Juan del Corral y Bolívar -donde me compraban el Kokorico-.

Que en las calles antes mencionadas, solo se ven transacciones adultas, perifoneos ambulantes, aceras dominadas por el comercio informal y cientos de olores y sudores de salario mínimo, todo ello, alimento maduro para una mente infantil.

Que ante la ausencia de nana que cuidara al púber, fui encomendado para acompañar de manera juiciosa a mi abuela Juana en todas sus visitas. Que en el lugar de las visitas no había niño alguno para emparentar alguna amistad, y que por ello, me tocaba escuchar las conversaciones de adultos con todo su imaginario correspondiente.

Que fui, además, vestido con cortes de terilene y frescolene –tipos de telas- con los colores que los años 70 disponían –para nada infantiles-, mi cabello fue peinado de lado por largos años y combinado el corte con unas zapatillas blancas. Que las visitas que llegaban a mi casa, traían pan y demás parva, pero nunca un niño para con él jugar.

Es decir, el imaginario de este bloguero, fue alimentado por imágenes, voces y olores adultos, fue sazonado –deliciosamente- por la bella tradición oral de cuentos, tramas y relatos de boca de mis tías abuelas, fue configurado por los intercambios de la palabra con adultos de origen humilde y en algunos casos, de tradición rural.

Hoy en día, con algunas excepciones, mis amigos son mayores que yo. Ello, me enriquece cada día, me da alegría y me genera el reto hacerlos evocar con cada recuerdo mío.

Foto: Parque de Támesis.