Cicatrices que alegran, en la madurez del recuerdo

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Comienza, con este recuerdo de Héctor, el juego de “café y mamoncillo”, una excusa para hablar de muchas cosas, distintas entre sí -si se quiere-, con una taza de café de por medio, como agente que une y cohesiona. Si usted, que lee, tiene recuerdos, imágenes o un aporte con el que hagamos este tejido de retazos, es bienvenido en coffeenton@gmail.com. / Carlos Múnera.

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Por Héctor Giraldo

Corría el 1966, y tenía siete años cuando vivía el paseo de vacaciones que siempre nos daba papá en la finca del abuelo. Uno de esos días disfrutaba con mi hermano mayor en la pesebrera, con los terneros y, cerca de allí, tratábamos de despulpar un puñado de café en la despulpadora; en un descuido tan frecuente a esa edad, metí  mi mano izquierda a la tolva, con tan mala suerte que dos de mis dedos quedaron atrapados ¿Pueden imaginarlo?

El problema vino, luego, para liberarme. Fue solo después de varios intentos, que logré sacar mi mano ¿adivinen cuántos dedos salieron? Por fortuna, todos, con algunas cortadas pero libres al fin y sin fractura ¡nunca olvidare esa imagen! Y más aún, porque en mis dedos quedó la cicatriz de este accidente…todo por el café y la curiosidad infantil. De recuerdo, me compré una réplica de una maquinita de esas, despulpadora, que siempre conservo como una de mis mejores instantáneas de mi vida.