No todo es papel moneda

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Hay quienes somos tildados de raros y tontos y hasta de necios solo por no tener una ambición ligada al dinero y al ritmo consumista. Hay riquezas que yacen en la tranquilidad. Claro está que uno de los caminos para llegar a ésta, es el papel moneda que nos permite el intercambio.

Otear, pasar horas en un balcón con la posibilidad de ponerse en pie horas más tarde. Tomar un café y poder saborear una conversación, así sea con las nubes o con el viento. Ver una planta, olerla. Probar un bocado de manos bendecidas. Percibir el calor solar y la humedad de una lluvia.

Escuchar el concierto rural que nos brinda el campo y ser testigo de una manifestación de luciérnagas en un baile logarítmico. Ser testigos de nuestra consciencia y la del ilusorio tiempo. En definitiva, hay más riquezas que las que portan los ceros del papel moneda. Hay mejores cosas.

Foto: Támesis, suroeste de Antioquia. Agradecimientos: Maestro Carlos Agudelo e investigadora y escritora Lucia Victoria Torres Gómez.

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En el campo, ¡todo sirve! – Pesebre en Támesis

Todo sirve en el campo: un garabato para secar la carne donde no hay nevera; un tronco de árbol para partir el hueso, un alambre para cualquier cosa, una tapa de gaseosa para que haga de arandela cuando ponen las tejas de plástico; una plancha vieja para trancar la puerta, una tabla para atajar los pollos y que no se entren en la cocina; una canasta de mimbre para echar carajadas que ya no se usan y colgarla al lado del garabato.

En el campo todo sirve: la olla rota es matera para sembrar flores, la máquina de moler que no se usa, se usa para guardar cualquier otra cosa y colgar el trapito de la cocina de la manivela; en la tasa quebrada se sembró un cogollo de cilantro, afuerda de la cocina reposa el palo con garfio natural que sirve para bajar las naranjas del palo… y así, muchas cosas, muchos usos.

Este que ven, es un pesebre con más de cincuenta años, lo sacan en Támesis en una droguería que queda detrás de la iglesia principal.

Seleccionar los granos para un buen café

Hermosa escena que me encontré en Sonsón. Me perdonan el olvido del nombre de este caballero, que en su tienda, elegía el mejor grano para hacer un buen café. En su tienda también vende jíqueras hechas de fique para la recolección de frutas, bozales en este mismo material, conocido también como cabuya.

Hablando de café, en los últimos meses he venido comprando café de hacienda, entre ellos: Café de origen del Huila Juan Valdez; Fredonia; La Virgen de oro, de Támesis; Cartama, de Briceño. De ellos, Fredonia me ha parecido delicioso, con una tostión ideal y un color de grano rojizo, cárdeno; cuerpo mediano, sabor frutal y acidez media: un café para repetir. Lo conseguí donde uno no debería comprar café: en el Museo de Antioquia. Otro café delicioso es La Virgen de Oro, ganador de varios premios y certificado, además.

A ver, pues, quién me invita a tinto bueno…

El lento placer de una barbería

No por su calidad fotográfica, mala o buena, sí por su contenido e información, quiero decir que estas fotos me encantan. Me encanta el lugar, la paz, la parsimonia del barbero, el rostro de regañado del cliente, el espejo, el interruptor, la brocha, los bifocales del barbero y su bigote maduro y timorato.

Me encanta que me motilen, que me hagan el champú, que me jonjoleen la cabeza, que me peinen, que me rasquen, que me hagan masaje en el cuero cabelludo, ver revistas de farándula (el único momento donde hojeo alguna), me encanta que se demoren en el menester d ela motilada, me gusta sentir la cabeza fresca al salir del salón.

Fotos tomadas en TÁMESIS, Suroeste de Antioquia.

El nocturno ejercicio de usar la bacinilla

Para recibir la alegría de una vejiga evacuada, el doliente ha de hacerse a un pequeño haz de luz prendiendo un cabo de vela, de cebo para más detalle, pararse con maña y meter la mano debajo de la cama en busca de la bacinilla que espera, con un frío peltre, a recibir las nalgas del acosado por el cuerpo.

Una vez sentado el paciente, el ruido que le sigue a la sentada se confunde con el ronquido del vecino de cama, se trata de un chorro que esperaba, potencial, a salir de un cuerpo ajeno. Es un chorro que a esa hora, laudes en un convento, suena como a meada de caballo y que podría, incluso, despertar al más profundo.

Entrará de nuevo la bacinilla bajo la cama, sin vaciar, con el peltre un poco más caliente y entrará también el doliente al amparo de unas sábanas arrugadas y calientes, dormirá de nuevo, soñará también, pero con el bienestar que da el orinar del cuerpo, se levantará a un nuevo día y su bacinilla vaciará.

Venta de cachivaches de segunda en Támesis, suroeste antioqueño.

Los espacios vacíos de Manuela y Tiburcio

Esta publicación se origina desde la sede de el periódico El Colombiano, acompañando al evento de Prensa Escuela. Una oportunidad para que docentes y estudiantes, intercambien preguntas acerca de los medios.

– ¿Me trajiste huesito?
* No. ¿Para qué? si todo ñervo que le traigo, usted me lo desprecia.
– ¿Está bravita o es que tiene rabia?
* ¡Ay mijo, hasta eso! Seré criolla, pero vacunada.
– Amaneciste intocable hoy. Así fue cuando te olí el rabito, me pegaste con la cola.
* Y es que ¿qué se le perdió ahí?
– Nada, te estaba reconociendo, no más.
* ¿Año y medio y no me has podido reconocer?
– No es eso, sólo quería disfrutar de tus humores.
* Pues hoy le tocó con mal humor.
– ¿Es decir que hoy no hay montadita?
* ¡Ay no jodás con eso, que el palo no está pa cucharas!
– Con esas me venís desde hace 2 meses.
* ¡Eso es lo que hay, usted verá!
– ¿Te traigo un huesito?
* Si quiere. Pero que tenga tuétano fácil de sacar. ¿Sí va a ir?
– Sí.
* Tan lindo ques.

El sueño de Stella Domínguez

  • Lavarás la loza hasta el día de tu muerte.
  • Un hombre se aprovechará de tí, aprovechará tu baja autoestima y te golpeará cada vez que pueda y lo hará hasta humillarte, “Para que aprendás, desvergonzada” dirá él.
  • Serás pobre y no saldrás del hueco, “¡Zarrapastrosa!” -Insistirá-.
  • Criarás hijos como conejo. Once, doce y por último la niña “¡Que por fin nació! Ahorá sí te podés perder”
  • Te hincharás de gorda hasta explotar tu ego en desastrozo vacío.

Yo brinqué del susto y le pegué a mi marido a ver si seguía durmiendo y soltó una especie de graznido y un “dejá dormir”. Y yo, primera vez, me puse los pantalones y le dije “Vos es que sos bobo, levantate pues, y hacé vos el desayuno” ¡Eh, siempre yo!

-Vendedora de (¡Hum, qué vende ella… ¿sortilegios?), vendedora de muchas cosas. Támesis, Antioquia.

Papitas fritas de la calle

* Má, yo quiero papitas.
– Rosalba por Dios, ya no estás comiendo cono, pues.
* Ah, Má, es que me antojé de papitas con criollas.
– ¡Ay mija, pues, quiéralas mucho porque ya plata no quedó!
* ¿Y los diezmil pesos que me dio mi padrino?
– ¿Cómo que diez mil? ¡no pagamos pues la cuota de sus botas!
* ¡Ay no Má, las botas eran un regalo de mi papá!
– ¿Su papá? juajuá, el sacó esas botas y no las pagó y me tocó a mi abonar cinco y sus diezmil, ahí están.
* ¡No, qué pereza! ¿Y entonces mi regalo de quinces?
– Andá, pues, Rosalba, comprate unas papitas, y unas combinadas para mí.

Venta de papitas en Támesis, Antioquia.

Aquellas botas Machita

Digámoslo de una vez por todas: soy padre. ¿Cómo así Múnera? ¿y por qué no habías contado? / Tengo mis razones. Además, es una de mis áreas que quiero mantener privada. ¿Pero contame, cúanto tiene? Tres meses y es un mono espectacular, se levanta todos los días con una sonrisa mueca y ya con eso tiene para que Diana y yo comencemos un buen día.

¿Tres meses y te aguantaste todo este tiempo sin contarlo en el blog? Ajá, como dije, tengo mis razones. ¿Osea que cuando escribiste que Diana estaba enferma, se trataba de su embarazo? Sí, pero no al embarazo en sí, sino a un percance, pero no hablemos de ello.

Oíste Múnera, ¿qué tiene que ver todo esto con la foto de hoy? Pues que Diana, mi esposa, me prohibió terminantemente comprarle botas Machita a Jacobo mi hijo. Jajaja, ¿por lo de la pecueca? Ajá, pero es que quién no tuvo botas de niño ¿ah?

Puesto de venta de botas en Támesis, Antioquia.

¿Dónde está mi colombina?

* Má, ¿dónde está la colombina que me dieron donde el médico?
– ¿Dónde la dejó?
* En el poyo de la cocina.
– Pues donde la dejó, ahí debe estar.
* Sí, pero no está.

– Rebeca ¿usted le cogió la colombina a Ernesto?
% ¡Veh y por que yo!
– Como usted tiene el bendito vicio de coger las cosas y no volverlas a poner donde estaban.
% ¡Si quiere me voy de esta casa!

* Má, mi colombina pues.
– Eh, acaso yo la cogí ¿Será que me la metí en las naguas?
% ¡Uy, pero guache!
– No me digás así Rebeca, que soy tu mamá. Además, a la única que vi en la cocina fue a su abuelita.
* Eavemaría Má, ya vas a meter a la viejita. Descarada, ella que iba a coger eso.

Anciana mercando en domingo de plaza de mercado.

¡Quedó mocha!

Una historia real, contada por Gloria Correa, gerente de una de las sedes del Banco BBVA en Medellín.

Una niña de tres años de edad, prima de una amiga de la familia, veía cada día, cómo cortaban la leña para el fogón de su casa.

Cierto día, jugando con su hermanito de dos años, la niña le indicó que pusiera la pierna encima del troco donde se cortaba la leña, para imitar lo que hacían sus padres a modo de juego. Solo que esta vez, en vez de un pedazo de madera, lo que cortó fue la pierna de su hermanito.

Como la historia me la contaron a medias, les quedo por confirmar si el hermanito de la niña, perdió la pierna del todo.

Carnicería itinerante en el municipio de Támesis. Parque principal.

A Marco Tulio le gusta el calambombo

Con reposada paciencia, este perro montañero, al cual llamaré Marco, mordisquea lo que será su mediamañana en pleno parque principal del municipio de Támesis.

Marco es hijo de Benjamín, un pastor alemán que tuvo a bien, entrar en coitos con la perra de doña Teresita, después de ser traído por sus dueños a reconocer los pastos de una nueva finca.
Este perro tamesino tiene hogar, pero sabe que los domingos llega la avanzada de campesinos con el fruto de sus huertas cosechadas. Domingo en que se instalan cortinas decarne colgadas del mástil de carnicerías itinerantes.

Cabe decir que este perro es diferente de sus semejantes, pues, a Marco Tulio –digámoslo completo- no le gusta la osamenta carnuda que les tiran generalmente a los criollos como él, sino, que gusta del calambombo. Comenta él -en lenguaje que sólo entienden ellos-, que eso le entretiene, que estimula sus caninos y que procura por el cartílago que trae el osobuco.

Cosas de perros. Creía entender a los criollos de barrio y de pueblo, pero se ve que de mañas están ellos hechos y no a la imagen que pretenden sus dueños.

La sonrisa sincera del montañero, del campesino y del arriero

- Una moneda por favor.
* Plata no hay caballero, si quiere, pida algo de comer. A ver, ¿qué quiere comer?
– Ah, entonces deme dosmil pesos en buñuelos.
* Eh, pero pide con cuota y todo. / Dele tres buñuelos al señor.

Ese fue el diálogo de don Abelardo Franco -el Quijote de la imagen- con Alexánder Lucio, amigo mío en el municipio de Támesis, mientras comíamos parva, cada uno con su esposa.

Ir a Támesis es ir a engrosar la lista de amigos y conocidos, es recrear nuevas sonrisas, es dejarse atender y escuchar nuevas historias y cuentos que nos enriquecen o nos entretienen.

Es rico pasearse por los municipios de nuestra Colombia para reconocernos montañeros y felices, para dejar que la tierra y el capote se incruste en nuestras uñas, para que el olor del verde rural penetre en nuestras víceras, para que esa mixtura de olores y sabores se nos impregnen en cada prenda y en nuestra piel.

Puebliar, para recordar las palabras de la abuela, para perpetuar la oralidad en chistes y en historias de espantos y brujas. Es rico alimentarse de la tierra fresca convertida en cebollas, naranjas, tomates, zanahorias y demás.

Qué satisfactorio es el regreso al campo, donde habita la verdadera riqueza -que no es la monetaria-, donde se arman asados y sancochos con imprevista alegría, donde se sirve la aguapanela en cualquier vasija, con más amor que el que nos pueden servir en restaurantes de tres tenedores.

La sonrisa sincera del montañero, del campesino y del arriero, es profunda y sabia, sabe a tinto -así sea de pasilla-, sabe a pueblo, sabe a tierra origen de mis venas. La sonrisa de Abelardo no se ve en la imagen, va por dentro.

Los sueños me buscan para hacerse realidad

Un año después, Diana Henao, una gran amiga, me manda estas fotos que me hacen levantar la mirada y esbozar una sonrisa. Hace un largo año estuve en Támesis con mi esposa y en compañía de otros amigos fuimos a Río Frío, zona de bello paisaje y larga tranquilidad. Como ya se me acabaron las lides natatorias, me dispuse a hacer algo que me gusta, crear carajadas con desperdicios de la basura.

En esta ocasión, aproveché corteza de árbol, hojas de eucalipto, ramas y ramitas secas y me dispuse a crear a Solitario, esa barquita que ven en la imagen. Simplemente me dispuse a hacer algo en dicho paseo, pero no sabía o ni me acordaba, de que alguien tuviera la maña de fotografiar ese momento. Hoy, esta fotico me robó una sonrisa que no tenía planeada, aunque río a diario, cada sonrisa viste diferente y la de hoy no estaba agendada.

Les invito pues, a esculcar escaparates, abrir nocheros, desempolvar repisas y buscar nuevamente sus sueños para que en 2009 estos se hagan realidad. No espere que se hagan solos, háganlos realidad.

“Y no me des pobreza ni riqueza. Sólo dame mi pan cotidiano; no sea que me sacie y te niegue, o diga: “¿Quién es Dios?”. No sea que me empobrezca y robe, y profane el nombre de mi Dios”. Proverbios 30:8

Toño y Cipriano, no comen de aquello

Toño y Cipriano, ambos de Palermo, corregimiento de Támesis en el Suroeste antioqueño.

No es desconocido para la comunidad, que este par de criollos, resultado de una gran cantidad de cruces entre razas bajas, no gocen de los humores traseros de las hembras de Palermo. No han sido pocas las veces que los han visto montándose el uno al otro, cosa mal vista entre dueños ortodoxos.

Pero qué hay de estos, que son vagabundos. A estos, quién podrá decirles algo si son dueños de sí mismos y de su tiempo, del cual no son conscientes. Aun así, Toño, de un rubio popular y Cipriano, de pelambre negra llevan sobre sí, la carga del rechazo de los pobladores de Palermo, que interpretan como una sarna rara y escasa, los gusticos poco comunes de estos dos amigos, si se les puede llamar así a dos perros que no tienen consciencia de la existencia; pero que gozan de los mismos parpadeos somnolientos que gozan los viejos después del tinto de la tarde.

Agapito, el guardia de Palermo

En el atrio de la iglesia de Palermo, corregimiento de Támesis en el Suroeste de Antioquia, hay un guardia murrapo él, que desde el atrio observa la entrada de fieles al templo. Es Agapito, un pequeño criollo montañero, guardia y vigilante al servicio del Señor.

Se cuenta que por las calles de Palermo caminaba uno de esos loquitos que cada pueblo adopta, y que fue él quien adoptó a Agapito Once Varas desde que su madre, perra gamina y ambulante, murió en el mismo parto. Agapito pues, defendió a su amo, de los niños que de él se burlaban y piedra le tiraban. Una de esas piedras lo mató y como Agapito vio que llevaban el cuerpo de su dueño al interior de la iglesia, Agapito lleva así cinco años esperando que el loquito que lo amamantó de amor desde cachorro, salga pues por él, pa seguir dando vuelticas por el pueblo. Sin embargo, Agapito no mira para dentro de la iglesia, sino que mira a la distancia, buscando al infante que lanzó aquella piedra. Agapito lo busca para perdonarlo.

¿Ya conoces la vida de Pirulo?