Los gatos no tienen nada de bobos

Cómo cazar, por un gato. Foto Manuel Saldarriaga

Cómo cazar, por un gato. Foto Manuel Saldarriaga

No han asistido a clases, pero parece que los gatos entienden muy bien el principio de causa-efecto tanto como algunos elementos de la física.

Bueno, eso sugiere un nuevo estudio en Animal Cognition: combinan esas capacidades con su gran sentido del oído para predecir dónde están ocultas sus presas.

El estudio fue adelantado por investigadores de Kyoto University en Japón, encabezados por Saho Takagi.

Un estudio anterior del grupo había establecido que los gatos (Felis silvestris catus) predicen la presencia de objetos invisibles basados en su oído. En la nueva investigación, querían saber si los pequeños felinos usan una regla de causalidad para inferir si un contenedor tenía un objeto basados en si sonaba o no al sacudirlo. También querían establecer si los gatos esperaban que cayera un objeto o no una vez se volteaba el contenedor.

Así, 30 gatos domésticos fueron grabados en video mientras un investigador sacudía el contenedor. En algunos casos esa acción iba con un sonido, en otros no para simular que el recipiente estaba vacío. Luego de la sacudida, el contenedor era volteado, a veces caía un objeto y a veces no.

Dos de las condiciones experimentales eran congruentes con las leyes de la física, cuando la sacudida estaba acompañada o no por un sonido y un objeto o no que caía. Las otras dos condiciones eran incongruentes con esas leyes: o un sonido al sacudir seguido de ningún objeto que caía o ningún sonido al sacudir pero sí caía el objeto.

Los gatos miraban mucho más tiempo los contenedores cuando eran sacudidos y producían ruido, lo que para los científicos sugiere que usan una ley física para inferir la existencia o ausencia de objetos según lo que oían. Esto les ayudaba a predecir cuándo un objeto aparecería una vez se volteara el recipiente.

También miraban más los contenedores con condiciones incongruentes, cuando caía un objeto sin haber producido sonido en la sacudida o al revés, como si entendieran que tales condiciones no tuvieran una causa lógica.

Los gatos usan un entendimiento causal-lógico del ruido o los sonidos para predecir la aparición de objetos invisibles”, expresó Takagi.

Los científicos sugieren que los alrededores de la especie influyen en su capacidad de descifrar información con base en lo que oyen. La ecología del estilo natural de caza de los gatos puede por lo tanto favorecer la capacidad de inferencia con base en los sonidos. Como dijo Takagi los gatos que cazan a menudo necesitan inferir la ubicación o la distancia a su presa a partir de los sonidos solamente pues es común que cacen en sitios de baja visibilidad.

Pero se requerirán más estudios para conocer exactamente que ven los gatos en sus mentes cuando recogen sonidos y si pueden extraer información como la cantidad y el tamaño de lo que escuchan.

Un estudio que seguro generará muchos comentarios entre los científicos. Y los amantes de estos felinos.

Créalo: los cocodrilos usan herramientas

Cortesía V. Dinets

Los cocodrilos no son esos animales que asustan a muchos, que se asolean y esperan con paciencia que se acerque una presa para darles la mordida más poderosa del planeta.

No: son astutos para cazar. Y tan astutos que emplean herramientas. Sí.

Científicos reportaron la primera evidencia de dos especies de cocodrilos en Norteamérica que usan palos para atraer aves, en particular durante la temporada de construcción de nidos.

Es la primera vez que se documenta el uso de herramientas en reptiles.

Vladimir Dinets, profesor del Departamento de Sicología de la Universidad de Tennessee observó por primera vez ese comportamiento en 2007 cuando observaba cocodrilos en el borde de un estanque en la India, que tenían palos en su trompa. Los cocodrilos permanecían horas en su posición.

Para ver si se trataba de un caso de depredación elaborado, Dients y colegas observaron periódicamente cocodrilos durante un año en cuatro sitios de Louisiana. Detectaron muchos reptiles con palos en la nariz entre marzo y mayo, el periodo en el que las aves construyen nidos.

Cuando alguna se aproximaba a coger el palo para el nido pensando que flotaba sin percatarse de la presencia del enorme lagarto, este atacaba y la devoraba.

La investigación apareció en la última edición de Ethology, Ecology, and Evolution.

“Este estudio cambia la forma como tradicionalmente se ha mirado los cocodrilos”, dijo Dinets. “Es típico que se vean como aletargados, estúpidos y perezosos pero ahora se ve que exhiben una comunicación multimodal flexible, un cuidado paterno avanzado y tácticas de caza en grupo muy coordinadas.

La observación sugiere que esta conducta podría estar más expandida en el grupo de reptiles.

El mundo animal es más complejo e interesante de lo que se cree a primera vista.

Hay animales que tienen sed de venganza

La venganza es dulce reza el dicho y sí que lo aplican los ácaros, que no olvidan quién estuvo a punto de matarlos.

La historia es como sigue: en la pelea por la supervivencia en un hábitat compartido, algunos ácaros matan los jóvenes de especies rivales para comérselos y para reducir la competencia con los propios descendientes.

Pero los ácaros que sobreviven los ataques guardan resentimiento, según un estudio publicado en Scientific Reports.

Cuando los jóvenes que fueron atacados alcanzan la edad adulta, atacan los jóvenes de las especies rivales –sus antiguos atormentadores. más a menudo que si no hubieran sido atacados en su juventud.

En laboratorio, un grupo internacional de científicos conducido por Arne Janssen, de la Universidad de Amsterdam, analizó la conducta de los ácaros Iphiseius degenerans y de los ácaros Neoseiulus cucumeris, ‘depredadores recíprocos’ que se alimentan de los jóvenes de otras especies aún cuando haya comida disponible.

Para el estudio, los I. degenerans fueron llamados presas y los ácaros N. cucumeris los depredadores. Los científicos notaron que cuando los primeros habían sido asaltados de jóvenes y crecían, atacaban los jóvenes N. cucumeris con mayor frecuencia que cuando no eran atacados. Cuando los I. degenerans eran atacados ya en la edad adulta, no había diferencia, lo que sugiere que la depredación en las primeras etapa de la vida conduce a una retaliación.

Es más, “los ataques eran especialmente dirigidos a los depredadores de las especies a las que habían estado expuestos”, escribieron los autores, lo que indicaría que los ácaros reconocen las especies que los atacaron cuando eran jóvenes. Los hallazgos demuestran también que las experiencias tempranas afectan la conducta en la adultez cuando los roles depredador-presa son revertidos.

No está claro si lo mismo sucede en el medio natural, pues en el estudio los ácaros fueron confinados a pequeños escenarios, por lo que los jóvenes no podían huir a los ataques. En condiciones naturales quizás no entran en contacto con tanta frecuencia, por lo que quizás no se experimente ese afán de venganza.

Libélulas mueren del susto al ver un depredador

El delincuente persigue a su víctima presuroso en medio de la oscuridad, parece darle alcance, se acerca… la libélula se desmaya y… muere. Pero no es una película, es la vida real, aunque en otro medio.

Como ocurre en la vida de los humanos, la sola presencia de un depredador provoca tal estrés que puede matar del susto una libélula, así su posible atacante no pueda obtener acceso a su presa.

El sorprendente hallazgo fue realizado por biólogos de la Universidad de Toronto, que lo publicaron en Ecology.

“Lo que encontramos fue inesperado: la mayoría de las libélulas mueren cuando los depredadores comparten su hábitat”, dijo Locke Rowe, jefe del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de esa institución.

Las larvas expuestas a peces depredadores o insectos acuáticos tenían una tasa de supervivencia 2,5 a 4,3 veces menor a la de aquellas no expuestas.

“Cómo responde la víctima al temor de ser comida es un tópico importante en ecología, y hemos aprendido mucho sobre cómo esas respuestas afectan las interacciones presa-depredador”, agregó.

El estudio fue hecho en la reserva científica Koffler de la universidad.

“A medida que aprendemos más de cómo los animales responden a condiciones estresantes –si se trata de la presencia del depredador o del estrés por otras intervenciones naturales o humanas- encontramos que el estrés significa un gran riesgo de muerte, presumiblemente por cosas como infecciones que normalmente no los matarían”.

Shannon McCauley, investigador en postdoctorado, y la profesora Marie-Josée Fortin, con Rowe, cultivaron larvas de Leucorrhinia intacta en acuarios o tanques junto con sus depredadores.

Los dos grupos fueron separados de modo que mientras las libélulas podían ver y oler a sus depredadores, estos no podían comérselas.

En un segundo experimento, 11 por ciento de las larvas expuestas a los peces murieron mientras intentaban hacer metamorfosis a su forma adulta, en comparación con solo 2 por ciento de las que crecieron en un ambiente sin depredadores.

“Dejamos que las libélulas jóvenes pasaran por la metamorfosis para convertirse en adultas y encontramos que aquellas que habían crecido cerca de los depredadores eran más dadas a no completar ron éxito la metamorfosis, muriendo más a menudo en el proceso”.

Los investigadores creen que sus hallazgos pueden aplicar a todos los organismos que enfrentan alguna clase de estrés y que el experimento podría ser usado como un modelo para estudios futuros sobre los efectos letales del estrés.

Foto cortesía S. McCauley