Premio Nacional de Cine para una película de Medellín

El cine de Medellín hasta hace poco se reducía a Víctor Gaviria. Lo demás, era muy poco y de cuestionable calidad. Con la película Apocalípsur, de Javier Mejía, aparece una nueva versión de la ciudad, una nueva forma de verla.

Es una película que también trata de algunos de los problemas de Medellín, pues se ambienta en la época del narcoterrorismo, pero la forma como está construida su historia, sus protagonistas –jóvenes de estratos altos- y el énfasis puesto en la amistad y en las expectativas de estos jóvenes en la vida,  la hace una cinta inédita y cargada de virtudes.

El Premio Nacional de Cine que le acaba de otorgar un grupo de personalidades internacionales, en el marco de la semana del cine colombiano, es la constatación de la calidad y la marcada diferencia que tiene esta película en relación con el cine reciente del país. Ya el Festival de Cartagena había hecho lo mismo, así como otra serie de eventos internacionales.

Así que no es la opinión de unos pocos, es un consenso que existe en torno a la importancia de esta cinta, una importancia que no tuvo eco en el público colombiano, ni siquiera en el de la ciudad, que no la acompañaron en su paso por la cartelera, lo cual evidencia cuál es el principal problema del cine nacional: su público.
O.O.

¿Una película colombiana a los premios Oscar?

Cada año los medios de comunicación desinforman al público sobre el mismo asunto. Cada año arman una alharaca con la supuesta noticia de que una película colombiana va a los premios Oscar. Pero la realidad está tan distante como la galaxia más y más lejana.

Cuando se dice que este año la película Perro come perro (Carlos Moreno) va por Colombia a competir por los premios de la Academia, esto se refiere es a que, entre las diez películas nacionales estrenadas durante el último año, un comité elige una de ellas para que compita con otras cien películas del mundo, para que otro comité, esta vez de la Academia gringa, escoja las cinco que serán nominadas a mejor película extranjera en su fatua premiación.

Pero además, la película colombiana elegida por ese comité, no necesariamente es la mejor del año (que en éste año más bien sería Yo soy otro, de Óscar Campo), sino que buscan una mezcla entre cine de calidad, pero también que sea “oscarizable”, esto es, un cine a la medida del gusto de la industria de Hollywood.

En definitiva, es muy improbable que una película colombiano alguna vez esté nominada a un Oscar, no por malas ni por falta de factura, sino porque los miembros de la Academia (entre quienes están desde el ingeniero descerebrado que ganó un Oscar por efectos especiales, hasta el más intelectual de los directores), tienen unos parámetros de juicio que no coinciden con el tipo de películas que se hacen en el país, muchas de ellas de mejor calidad que las producciones de Hollywood.
O.O

La milagrosa, de Rafa Lara

Las costuras de un secuestro

Por: Oswaldo Osorio

Los directores colombianos generalmente se han tomado la realidad del país muy en serio. El carácter conflictivo de ésta parece que así lo exige y por eso su tratamiento procura ser, en la mayoría de los casos, de tipo reflexivo, cuestionador o crítico, pero también interesado en comprender lo que pasa y hasta en proponer soluciones. Esto ocurre tal vez por lo mucho que duele esta realidad, por eso no hay ninguna película que haya usado ese conflicto, con toda su violencia, para explotar sus posibilidades como cine de acción. Hasta que llegó este mejicano y lo hizo.

Aunque pensándolo bien, ya otro mejicano había intentado colonizar este territorio de la misma forma: Emilio Maillé con Rosario Tijeras. Ya sea el secuestro en esta película de Rafa Lara o el sicariato en la de Maillé, la mirada foránea del conflicto es evidente, así como sus intenciones de capitalizarlo en sus aspectos más superficiales, forzando la naturalidad de argumentos y personajes, recurriendo al lugar común y al efectismo. En otras palabras, el conflicto colombiano para estos directores y sus cintas, son un medio, no un fin, el fin es el relato cargado de concesiones para ser visto y aceptado por un público que si más amplio mejor.

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VI Festival de Cine Colombiano Ciudad de Medellín

El balance de Un año

Ante el optimismo que actualmente hay frente al cine colombiano, es indispensable que se propicien espacios en torno a él. La decena de películas anuales que en promedio se están estrenando en los últimos años, bien pueden propiciar un diálogo y una reflexión sostenida sobre el cine nacional. El Festival de Cine Colombiano Ciudad de Medellín es ideal en este sentido, pues en él no sólo hay espacio para la exhibición de películas colombianas estrenadas durante el último año, sino que con sus muestras alternas y su nutrida programación académica se hace posible este diálogo, tanto con los espectadores como entre los mismos protagonistas de nuestra cinematografía.

Este evento, que es organizado por la Corporación Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, en su sexta versión continúa con su política de cine gratis y al aire libre, para que el público en general tenga acceso a un cine que, por más paradójico que parezca, está limitado o negado en su oferta en las salas comerciales. Por eso el público de Medellín tendrá la oportunidad de ver un grupo de películas compuesto por títulos que, en su mayoría, son desconocidas por el público masivo, pero que en su conjunto le toman el pulso al cine nacional e incluso al país mismo. Esas películas son: como Apocalípsur, de Javier Mejía, Perro come perro, de Carlos Moreno, Buscando a Miguel, de Juan Fisher, Paraíso travel, de Simon Brand, Juana tenía el pelo de oro, Pacho Bottía, Muertos de susto, Harold Trompetero, Entre sábanas, de Gustavo Nieto Roa, Un tigre de papel, de Luis Ospina y El corazón, de Diego García.

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El ángel del acordeón, de María Camila Lizarazo

 La verdad, esta película no inspira mucho ni siquiera para hablar demasiado mal de ella. Es simplemente una cinta floja y malograda, incluso ingenua. No importa que su argumento sea obvio, que la historia de los rivales que se la pasan toda la vida compitiendo en habilidad para ganar el amor de la chica, ya se haya contado muchas veces (incluso con vallenatos y acordeones algo muy parecido se vio en la serie de televisión Escalona), el caso es que lo que se cuente tenga alma, sea verosímil y recreado con naturalidad.

En esta película no hay nada de eso. Las actuaciones son irregulares de principio a fin, tanto de los niños como de los adultos, a veces suenan convincentes y otras como recitando el parlamento. El tono general de la cinta es como de melodrama televisivo y la narración avanza a saltos sin la agilidad propia de un relato envolvente, de una historia de amor, rivalidad y vallenatos. Se puede rescatar de ella las logradas imágenes que consiguen con la complicidad del paisaje y la luz de la costa colombiana. Aunque por eso mismo resulta muy brusco el cambio a las imágenes documentales del reinado vallenato.

Para terminar, juego al abogado del diablo. ¿Qué pueden decir todas esas personas que dicen que el cine colombiano debe dejar de hacer películas sobre la violencia y la realidad del país, cuando las respuestas a ese requerimiento son fallidas películas como ésta? ¿Qué pueden decir al ver que el mejor cine que se ha hecho en el país, el cine que perdurará, es ése que se confronta con la dura realidad nacional y trata de entenderla y explicarla?

I.M

Perro come perro, de Carlos Moreno

Carne cruda y corrupción

Por: Oswaldo Osorio

Cuando el cine colombiano ha querido consolidarse como industria, ha apelado a la comedia populista y al cine de género. En el primer caso, con Nieto Roa y Dago García se han visto unos buenos resultados en la taquilla, aunque no siempre en su aporte cinematográfico; mientras que con el cine de género, el asunto ha sido más azaroso, su éxito de público y buen nivel han sido irregulares, en gran medida debido a la dificultad de adaptar esquemas foráneos a nuestro cine y a nuestra realidad. Pero cuando se trata de un thriller, como es el caso de Perro come perro, todo está servido para hacer un producto que se ajuste al público, a la afortunada adaptación del esquema y a la realidad del país.

Como muchos thrillers, la opera prima de Carlos Moreno parte de un botín tras el que todos están. Además de esto, su premisa básica está contenida en el título, esto es, la corrupción (que es el término clave en todo thriller) y la falta de escrúpulos en el mundo del hampa. Se trata de la ética del  “todos contra todos”, que es un denominador común de las historias  del cine colombiano y que tiene en La gente de La Universal (Aljure, 1993) su más contundente ejemplo. Pero la recurrencia de estos tópicos y la simpleza de su premisa no necesariamente se deben tomar como defectos de este filme, pues es sabido que la coincidencia de elementos y recursos en el cine de género es lo que lo definen y lo que importa es cuál es el uso que de ellos se hace.

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