La torre oscura, de Nikolaj Arcel

El niño con el toque

Íñigo Montoya

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Generalmente los relatos de fantasía proponen dos mundos paralelos que se cruzan o chocan. Los habitantes de uno pasa al otro y se da la confrontación. También hay magia, poderes que sirven tanto al bien como al mal y uno de esos mundos está en riesgo. Esta película tiene todo eso, pero como sucede siempre en el cine de género, lo importante es la forma como presentan y combinan estos elementos para conseguir una obra novedosa y de calidad.

Si no la novedad, al menos la acertada combinación que logra esta cinta es la pareja de héroes que quiere salvar a los distintos mundos del universo de un personaje oscuro y poderoso. Un niño, a quien creen loco y perteneciente a nuestro mundo, neoyorkino para más señas, atraviesa un portal que lo lleva al mundo del villano y lo une con un pistolero que también combate a este hombre.

El contrapunto entre el apasionamiento y optimismo del niño con el derrotismo y negativo deseo de venganza del pistolero, mantiene la atención del espectador en su cruzada por salvar el universo, esto a fuerza de valentía, ayuda mutua y combinación de conocimientos y habilidades en los dos mundos, en los cuales, alternadamente, estarían perdidos el uno sin el otro.

Se trata, pues, de una entretenida pieza, creada a partir de personajes carismáticos, incluyendo al mimo villano, llena de momentos emotivos, ingeniosos, divertidos y llenos de acción. Un choque de mundos y realidades que siempre será estimulante para el espectador que gusta de la aventura y la fantasía.

Churchill, de Jonathan Teplitzky

El poder obsoleto

Íñigo Montoya

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Casi por consenso se considera a Wiston Churchill, el Primer ministro de Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, como el político más importante del siglo XX. Su liderazgo y experiencia fueron decisivos para llevar a la victoria a los Aliados frente a los alemanes en este definitivo momento histórico de la humanidad.

A pesar de eso, nunca se había hecho una película sobre su figura vista por fuera de los textos que él mismo escribió, y menos aún, se había concebido una mirada tan poco generosa y de un acercamiento íntimo como hombre en medio de sus labores como figura pública. Lo más cercano había sido la serie de Netflix, The Queen (2016), donde aparece como un importante personaje secundario.

El argumento de esta película solo toma unos cuantos días ante de la célebre Operación Overlord, la cual planificó el desembarco en Normandía el Día D. Lo primero en que se afana el relato en mostrarnos a un viejo y tozudo político que se enfrenta a los dos grandes comandantes de la Gran guerra (Eisenhower y Montgomery), no solo con caducos argumentos, sino expuesto a que lo dejen por fuera de las grandes decisiones.

De manera que la película se concentra en ese momento crítico cuando el hombre más poderoso del mundo se ve desorientado, ignorado e irascible. Es un dramático contraste que el director sabe capitalizar emocionalmente de cara tanto al personaje como al espectador. Así mismo, pone en evidencia con esta situación la vulnerabilidad de la vejez, las veleidades del poder y, en un contexto más amplio, el cambio histórico que daba las formas de hacer la guerra.

No es, entonces, una película sobre la guerra, ni sobre la historia, tampoco acerca del poder mismo, sino sobre la tragedia particular de un hombre insigne y poderoso en un momento crítico de su carrera. Es un contundente retrato privado y doméstico de un célebre líder, por lo que esta mirada distinta cambia por completo la historia, y por eso la hace relevante, intensa y conmovedora.

Dunkerque, de Christopher Nolan

El relato de la guerra… y nada más

Íñigo Montoya

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No se me ocurre otro director en la actualidad de quien la cinefilia espere más su última producción. Ya ni Tarantino. Nolan, con su impecable, compleja, estimulante y variada filmografía nos obliga a repensar el cine desde cada nueva propuesta que trae: El thriller con Following (1998) e Imsomnia (2002), la fragmentación del relato con Memento (2000), el cine de súper héroes con Batman Begins (2005), la ciencia ficción con Interestelar (2014) y ahora el cine bélico con Dunkerque (2017).

Esta última película es sobre aquel célebre capítulo de la Segunda guerra mundial cuando miles de soldados ingleses son rescatados del asedio alemán. En este caso, la gran apuesta de Nolan está en su propuesta narrativa: en primer lugar, con la alternancia de tres distintos tiempos en el relato, que obedecen a tres momentos y duraciones de ese mismo episodio: una semana de los soldados en playa, un día de los civiles rescatistas y una hora de un piloto.

En segundo lugar, concentrando (reduciendo, también se podría decir), el grueso del metraje en secuencias de acción que tenían como únicos objetivos sobrevivir o rescatar. Estas secuencias, además de verse potenciadas por el suspenso propio de su dinamismo y la alternancia con los otros momentos, con los otros tiempos, resultan especialmente acuciantes gracias a la música de Hans Zimmer, constituida por piezas casi desprovistas de melodías, incluso muchas veces de sonidos salidos de instrumentos convencionales, que transforman el ritmo, el drama y las atmósferas en pura angustia y desesperación, incluso de una forma dudosamente artificial.

Así que, con este juego de tiempos y de montaje, la historia casi limitada a la acción y la enfática banda sonora, la experiencia de la guerra que nos propone este gran director es visceral y emocional, aunque en un sentido inmediatista, es decir, el impacto de la guerra no está presente en personajes sólidamente construidos ni en sentimientos o emociones hondos o complejos.

Es otra forma de crear un relato bélico, y una no solo valida sino de gran intensidad y pericia cinematográfica, cargada de momentos e imágenes tan inolvidables como épicos y grandilocuentes. No obstante, a la luz de muchas de sus películas, que nos desafiaron la ética, la emoción y el intelecto, tal vez dudamos un poco con este planteamiento tan directo y casi primario. Es como si, parafraseando aquel viejo refrán, haya habido mucho cine y pocas nueces.

La doncella, de Park Chan-Wook

La trampa y el engaño

Íñigo Montoya

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Es lamentable que un director como el coreano Park Chan-Wook, quien nos ha sorprendido y turbado al mismo tiempo con fascinantes y originales películas (la trilogía de la venganza, I’m a Cyborg, but that’s OK, Stooker), llegue ahora con una de esas historias que reposan en un esquema harto transitado por el cine occidental, el de las tramas de estafadores y engaños. La lista es larga: House of games, The grifters, The Spanish Prisiones, Nueve reinas, Following, Intacto y tantas otras.

La diferencia es que (advertencia de spoilers) el juego de engaños en este filme está empaquetado con la estilización de una historia oriental ambientada en los años treinta y alambicada con el erotismo de la tradición japonesa, pero con el gancho adicional del amor lésbico. Todo está planificado para que esta película funcione con distintos tipos de públicos.

Las películas con este esquema siempre repiten una dinámica que resulta siempre tramposa con el espectador: le muestran unos hechos, luego en un giro sorprendente le dicen que lo que vio era otra cosa y se lo explican diferente con flashbacks o un narrador. Esto puede ocurrir varias veces a lo largo de la trama. Entonces, el espectador ve algo que después le dicen que es otra cosa y se supone que debe sentirse agradecido y encantado por la sorpresa y el artificial engaño.

Sin embargo, muy pocas de estas películas son honestas con sus recursos. La manera de identificar cuáles no lo son es si durante la historia uno constantemente se está preguntando por la solidez de la trama, la lógica de las acciones y personajes o la verosimilitud del argumento. No importa que más adelante le expliquen a uno por qué esos aparentes vacíos y todo quede claro: se lo explicó el guionista, no la historia.

El caso es que si el espectador descubre las suturas de la trama, no importa qué tan lógica sea luego la explicación, porque será explicación de guionista, no la sólida construcción de un argumento. Y eso es lo que ocurre en esta película, que uno constantemente se está preguntando por la inconsistencia de ciertas acciones, diálogos y decisiones de los personajes. En otras palabras, las cosas cuadran para que transcurra el argumento y con una de esas peripecias narrativas sorprenda al espectador.

Podrá ser muy bella visualmente, tremendamente sensual en algunos de sus pasajes, pero para qué esas empaquetaduras y ganchos si su estructura ósea adolece de consistencia y termina siendo solo un truco de mago en las manos de un guionista efectista.

Alien Covenant, de Ridley Scott

Un entierro de sexta

Íñigo Montoya

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Casi a treinta años de estrenada la primera película, Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979), ya con esta nueva entrega se cuentan seis títulos (Siete, si se menciona Alien Vs. Depredador) sobre una de las criaturas más letales y célebres del cine. Es también una de las sagas más afortunadas en cuanto a la calidad de sus películas, aunque también es cierto que esta última evidencia un desgaste de la eficacia de ese universo.

Covenant es una nave que va camino a colonizar un planeta, pero su tripulación decide desviarse a otro planeta donde se originó una comunicación que parecía humana. Lo que encuentran allí es el destino final de la que fuera la anterior película: Prometeo (Scott, 2012), y claro, también encuentran a la temible criatura.

Lo más atractivo de casi todas estas películas es ese doble conflicto y amenaza que generalmente definen sus tramas: por un lado, el permanente acecho del monstruo alienígena, usualmente en espacios muy reducidos, y por el otro, las tensiones entre los mismos seres humanos, que suelen estar trenzados en luchas de poder o por la búsqueda de beneficios individuales.

No obstante, en Covenant este segundo conflicto no tiene mucha fuerza, eso sí, hasta que nos cuenta (advertencia de spoiler) que esta amenaza se traslada al androide de la nave Prometeo. Con esto, la historia toma otro matiz, uno no muy original, por cierto, pues propone la trillada idea de las máquinas se revelan ante los hombres aduciendo su incapacidad para comportarse racionalmente.

Total, que uno termina viendo casi por inercia esta trama de humanos y androides sin fuerza alguna, mientras que las pocas veces que aparece el monstruo tampoco es nada nuevo en relación con las tantas veces que ya lo hemos visto en las otras películas y con mayor grado de originalidad y sorpresa. Así que estamos ante tal vez la más floja de toda la saga y, consecuentemente, la que probablemente le da un final de sexta a una de las series cinematográficas más sorprendentes e intensas de la ciencia ficción.

Whiplash, de Damien Chazelle

Un choque en busca del genio

Íñigo Montoya


Esta película no es sobre música, ni sobre el talento, ni sobre el genio artístico, tampoco sobre el jazz o el espíritu que anida en todo artista y cada arte. Es una película sobre dos hombres egocéntricos, arrogantes y que hacen lo que hacen, al parecer, por los motivos equivocadas. En razón de esto, no me parece la bella y apasionada película que muchos han querido ver, sino una complaciente pelea de gallos que tiene a la música solo como una excusa (solo se escuchan un par de canciones!).
Tenemos entonces a Fletcher, un profesor de música que entrena -no se puede usar otro término- una banda de jazz en una prestigiosa universidad. Más que una práctica o enseñanza, sus clases son torturas físicas y sicológicas a los estudiantes, más cercano a la primera parte de Nacidos para matar que a Mr. Holland Ophus. Y se supone que hace esto porque está buscando al próximo Charlie Parker. Por otro lado, está Andrew, un mozuelo sin madre que, más que aprender y disfrutar de la música, quiere ser el más grande baterista que existe.
Como se puede ver, pues, la música para ellos solo es un medio, porque el fin es una meta que solo les traería grandeza a sí mismos, con lo cual se despojan de toda seña del humanismo o de la sensibilidad que siempre están asociados al arte y a su práctica. Por esta razón, no hay manera de identificarse con ninguno de los dos personajes ni con sus acciones o motivaciones. Hay una tensión constante en el relato, claro, pero por la dinámica víctima victimario o por la confrontación de egos, pero al final resulta artificial cuando, de forma complaciente, al parecer los dos ganan, los dos tienen la razón.
Yo quería ver una buena película sobre música, sobre ese misticismo y libertad que representa el jazz, pero solo vi a un niño arrogante que asumió ese misticismo como una mera competencia contra el mundo y a un inclemente profesor que convirtió esa libertad en un mecánico entrenamiento de máquinas humanas que saben leer música.

Foxcatcher, de Bennett Miller

Cómo comprar una mascota y una medalla

Íñigo Montoya


Las películas sobre deportes suelen ser relatos de superación o periplos de asenso y caída. Las dos opciones terminan por ser predecibles y repetitivas. Por eso fue una sorpresa ver cómo esta historia no cae en lo uno ni lo otro, aunque tiene de cada opción un poco. De ahí que resulte una película intrigante en el rumbo que va a tomar y que pone en juego unas situaciones e ideas que rara vez están en la ecuación usada para este tipo de cine.

Es la historia de un millonario que hace de mecenas de un grupo de luchadores, en especial de un medallista olímpico en quien centra sus esperanzas de ganar otra medalla dorada, para el deportista y, sobre todo, para él mismo, que fungiría como entrenador. Hasta aquí tenemos una premisa que no se sale mucho de los esquemas enunciados atrás y, hasta cierto punto del relato, así avanza la trama durante un buen tramo, sometiendo al espectador un poco al tedio de lo obvio y predecible.

Entonces este par de personajes comienzan a mostrar su verdadera naturaleza: el luchador, su falta de carácter y voluntad para obtener lo que supuestamente quiere con tanto fervor; y el millonario, sus vicios y pusilanimidad siempre cubiertos por la gruesa cortina de su cuenta bancaria. Pero lo más llamativo de la historia, y al tiempo lo más turbador, es la relación que se establece entre los dos, la cual pasa del agradecimiento del deportista a su mecenas y la admiración de este por aquel, a una situación de sometimiento del joven (aunque el filme se mostró muy tímido, por no decir cobarde, cuando evitó las connotaciones sexuales) y luego de una tensión que llegó hasta el repudio total.

Cuando el hermano del luchador entra más plenamente en escena como entrenador del equipo, como el único personaje aplomado y noble, todo el relato se convierte en una sucesión de situaciones incómodas y tensionantes que este hermano trata de catalizar. Pero lo que ocurre es que se enfatizan más la conformación de estos tres personajes, consiguiendo con esto una intensidad dramática cargada de diversas emociones, que el director sabe muy bien capitalizar en un relato que no termina de sorprender e impactar hasta el último minuto.

St. Vincent, de Theodore Melfi

El gruñón y el inocente

Íñigo Montoya


Una película divertida y entretenida pero predecible y complaciente. Es una lástima cuando uno se encuentra con esta contradicción, producto de una calculada combinación entre un cine inteligente y prometedor, pero desarrollado con recursos gratuitos y facilistas, que además apelan a lo más elemental de las emociones del espectador.

La historia parte de un esquema conocido,  pero que en ocasiones ha dado para unos relatos originales y de calidad. Este esquema es el encuentro entre dos contrarios que terminan, no solo conviviendo, sino además con unos estrechos lazos afectivos: de un lado, un viejo gruñón, empobrecido y políticamente incorrecto, y del otro, un inteligente pero inocente niño de buen corazón y que siempre sigue las reglas.

El esquema da para una divertida y emotiva trama llena de humor (visual y negro), sentimentalismo, aventuras, dramas y pilatunas (porque el viejo a veces se porta como un niño y el niño a veces tiene la madurez de un viejo). En el camino, se desarrollan los conflictos de un lado y de otro, lo cual contribuye a que se fortalezca la relación. Todo está muy bien puesto en esta cinta y el esquema funciona perfectamente, pero el espectador siempre está un paso delante de la trama. Poco sorprende y nada nuevo dice.

Esta sensación es subrayada por la presencia de Bill Murray, quien se ha convertido en la última década en un actor de culto, eso a pesar de que casi siempre en sus protagónicos tiene el mismo registro, esto es, el viejo antisocial y de gesto siempre desganado que carga en una mano un trago y en la otra un cigarrillo. Así lo estamos viendo desde que empezó sus colaboraciones con Wes Anderson (Rushmore, Viaje acuático, Los excéntricos Tenembaum, Moonrise Kingdom), pasando por Perdidos en Tokio, hasta las Flores Rotas de Jarmush.

La teoría del todo, de James Marsh

Aplicando el esquema

Íñigo Montoya


El esperado biopic sobre el célebre científico Stephen Hawking resultó ser ni más ni menos que eso, un biopic. Es decir, como casi todas las biografías cinematográficas, esta se ciñó a las reglas del género: elegir dos fulgurantes momentos de la vida del biografiado en cuestión para empezar y terminar, mezclar en un rítmico equilibrio la vida personal con la profesional, en lo posible no ser controversial y poner en escena los aspectos más llamativos (aunque no sean los que mejor la definan) de esa vida que están contando.

Con esto no necesariamente estoy denostando esta película, pues para eso son los esquemas, para aplicarlos de la mejor forma posible, y en esta ocasión así se hizo. Es una cinta bien contada, informativa o emotiva cuando lo tiene que ser. Es una buena película para las grandes audiencias que quieren ver cine con “contenido” pero tampoco pensar demasiado.

Es como una buena película de televisión para domingo por la tarde, que se hizo con lo que había: los esquemas de un género y un personaje que se prestaba para contar una agradable fábula sobre un hombre sobresaliente con una historia de superación.

La película pudo hacer algo más intenso y complejo si le ponía un mayor énfasis a otros aspectos, por ejemplo: a los dos triángulos amorosos que apenas si fueron tímidamente insinuados, pero en últimas optó por no contrariar a ninguno de sus protagonistas, que aún viven, y crear un relato de esos que tanto les gusta a los que otorgan los premios Oscar.

Philomena, de Stephen Frears

Dos actores trabajando

Por: Mauricio Monsalve


No soy muy dado a memorizar nombres de actores. Para mí es más fácil identificarlos como el de tal y tal película, que también trabajó en tal (siempre me ha parecido poco digno decir que un buen actor ‘trabajó’ en una película. El trabajo sí es deshonra. Un actor actúa y si hace una actuación portentosa podemos decir que encarnó a determinado personaje). Este desinterés por llenarme de datos útiles para programas de concurso o para entretenidas conversaciones con cinéfilos, cede terreno cuando el actor encarna de verdad varios personajes memorables, como es el caso de Steve Coogan en 24 hours party people y en Philomena.

De esta última película es que quiero hablarles. De nuevo la dupla Stephen Frears – Judy Dench exhibe sin pudores esa profunda y contenida afectividad británica. La primera vez fue en el magistral drama nudista musical Mrs. Henderson presenta, en el que los caprichos de una viuda adinerada sirven para cuestionar cómo la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX ve con más naturalidad que sus jóvenes maten y mueran en la guerra, que el descubrimiento y la vivencia de su propia sexualidad.

La sexualidad y la visión pecaminosa y pacata que de ella ha tenido la sociedad del Reino Unido es un tema recurrente en el cine de Stephen Frears, pero que siempre muestra nuevas vestiduras y contextos. De la viuda opulenta y recorrida, la señora Dench salta a la mujer de escasa cultura -entendida ésta como conocimiento enciclopédico, e incluso malicia- pero profundamente sabia, indefensa frente a una iglesia dispuesta a torturar y a vender a sus ovejas, siempre y cuando alguien pague el precio adecuado.

El pecado como redención, la renuncia como castigo y la fe como un absurdo, son ideas bellamente expresadas en una narración que se desliza sin esfuerzo en la marea del tiempo. No cabe duda de que son los personajes quienes hablan, no los prejuicios o las preocupaciones del director o el guionista, tan difíciles de contener cuando de temas álgidos se trata. Philomena tiene un guion bien construido, sustentado en soberbias actuaciones y comunicado con imágenes sencillas, significativas y hermosas, siempre al servicio de la historia.

No es nueva la movida de hacer convivir a dos personajes que se conocen por situaciones extremadamente excepcionales y que de otra manera no pasarían voluntariamente juntos ni una fila en el supermercado. Paradójicamente, el factor disociador de estas diferencias pierde su poder mientras más profundas se hacen. Cuando cada quien se asume en su diferencia, en su singularidad, aparece la verdadera comunicación, no se calla nada para evitar desagradar, ni se dice nada solo para agradar. Se renuncia a la intención de convencer, de persuadir o disuadir y simplemente se acepta que el otro es como es. Se le deja ser.

Dejemos aquí para no caer en la tentación de los ‘spoilers’. Dense ese regalo, vean Philomena y comprueben por qué Judy Dench está justamente nominada al Oscar a mejor actriz.