Sin mover los labios, de Carlos Osuna

El hombre invisible

Oswaldo Osorio

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El humor del cine colombiano poco conoce más allá de los códigos propios de Sábados felices o de las películas Dago García, es decir, un humor populista, muy básico, pocas veces físico y sí más cercano al chiste fácil o de segundo sentido que a la situación ingeniosa. Pero ese humor absurdo, elaborado desde distintos frentes y que apela al patetismo y a la comedia negra, que en suma es lo que propone este filme de osuna, tal vez nunca se ha visto en un título nacional.

Los mismos realizadores de Gordo, calvo y bajito (2012), una película que se arriesgó estéticamente con la técnica del rotoscopio, ahora proponen, no exactamente una comedia, pero sí un relato inusual en su protagonista y argumento, provisto de ese mencionado tipo de humor y que apela a otros recursos igualmente escasos en la cinematografía nacional, como las situaciones surreales, la autorreflexibilidad sobre el relato de ficción y la ausencia de realismo sicológico en algunos de sus personajes.

Se trata de la historia de Carlos, un hombre que aún vive con su madre y en sus tiempos libres es ventrílocuo. Pero a pesar del patetismo de su vida, su actitud no necesariamente es de derrota, al contrario, parece mirar al resto del mundo con una suerte de indiferencia o desprecio. Este contraste entre su apariencia y actitud le da al relato un tono, cuando no indescifrable, sí impredecible. Por eso es una película que constantemente está sorprendiendo al espectador, a veces con salidas muy ingeniosas e insólitas, pero otras desconcertantes y que rozan con la chapuza, que no siempre se sabe cuándo es premeditada o no.

Toda la historia de Carlos es en blanco y negro, pero está alternada con fragmentos de un melodrama televisivo que es recreado paródicamente apelando a los estereotipos y lugares comunes del género. De manera que el relato plantea un permanente contraste entre el discurso trillado, vacío y predecible de ese producto de ficción que se consume por millones y el otro tipo de discurso que propone esta película: absurdo e insólito, muchas veces grotesco, nada complaciente y con personajes definidos por la fealdad y su comportamiento errático.

Incluso llega un momento en que la historia y el relato se desbocan hacia un caos y  delirio que empieza con el encuentro del protagonista con estos dos misteriosos personajes que, intermitentemente, aparecen desde el principio. Carlos se transforma de una forma extrema y bizarra, mientras desaparecen los límites entre las dos ficciones. En este punto no puede haber ningún espectador reclamándole a la película cordura ni reglas de la narrativa clásica, y mucho menos realismo. Ahora la trama y su universo están definidos por otra lógica que permite hacer innumerables lecturas, ya desde el humor, lo surreal, la crítica a la alienación televisiva, el existencialismo, el absurdo o el patetismo.

Es una película que seguramente dejará desconcertados a muchos espectadores, sobre todo aquellos que esperan del cine la comodidad de una trama y un esquema legibles y de discursos  reconocibles, pero lo que hay aquí es una propuesta atrevida e ingeniosa, irreverente con las normas del cine más convencional, estimulante en sus posibles interpretaciones y con un humor inédito en el cine colombiano.

X500, de Juan Andrés Arango

Encajar, madurar y resistir

Oswaldo Osorio

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Tres historias separadas en sus argumentos, contadas de forma alternada, pero que tienen en común a unos personajes, su condición y circunstancias. El director colombiano Juan Andrés Arango ubica estas historias en Ciudad de México, Buenaventura y Montreal, tres ciudades que no podían ser más diferentes entre sí, pero que terminan siendo universos similares para estos tres jóvenes que se enfrentan cada uno a sus respectivos contextos, arrojando como resultado un relato duro y reflexivo sobre la identidad, el sentido de pertenencia y la transición de la juventud a la adultez.

La historia de David es la de un joven campesino de ascendencia indígena que viaja a Ciudad de México luego de la muerte de su padre. El choque con la gran urbe es rotundo, incluso se enfrenta a dos mundos muy distintos, el de sus amigos punkeros y el de las pandillas del barrio donde se aloja. Entretanto, Alex regresa a Buenaventura después de haberse ido como polizón a Estados Unidos, y aunque lo que quiere es ser pescador, en el camino de conseguir un motor termina trabajando como soldado para la mafia local. Mientras que en Montreal se encuentra María, quien llega de Filipinas tras la muerte de su madre, y a pesar de que su abuela le tiene un futuro planeado, ella opta por la rebeldía propia de una adolescente confundida.

Como se puede apreciar en estos planteamientos argumentales, la película bien pudo ser tres cortos contados uno tras otro, pero se decide por un relato alternado al cual ese trenzado de las historias le otorga una unidad definida por la asociación directa que se hace de las distintas circunstancias y acciones de estos jóvenes. A dos de ellos, a los hombres, la falta de oportunidades de su entorno los arrincona hacia la marginalidad y la violencia. Y aunque sus circunstancias iniciales son muy parecidas, sus historias presentan dos alternativas muy diferentes de acuerdo con sus decisiones.

En cuanto a ella, si bien no tiene los problemas de un contexto tercermundista y marginal, su marginalidad se da por vía de la edad y de su condición de inmigrante, pero sobre todo, y este es el elemento que más los une y los determina a los tres, por la ausencia de sus padres. Ese desamparo afectivo, esa falta de referentes, que no quieren reconocer como tal, pero que los amarga y los endurece, es el móvil de muchas de sus decisiones, para bien y para mal: Para buscar con una nueva identidad  a una nueva familia, como David; para sacrificarse y convertirse para su hermano en el padre que él no tuvo, como Alex; o para ocasionar una pequeña catástrofe y forzar el regreso a la tierra de su madre, como María.

Como ocurrió con La Playa D.C. (2012), este joven director colombiano demuestra aquí gran claridad y sensibilidad para dar cuenta de un universo adverso desde el punto de vista de unos jóvenes que tienen que empezar a tomar decisiones cruciales en su vida, y con ello definir de una vez por todas lo que van a ser el resto de su existencia. Esto lo hace desde un sólido trabajo con actores naturales y una soltura y espontaneidad en la puesta en escena que no por su vocación realista está exenta de muchos momentos de belleza estética.

Perros, de Harold Trompetero

Sarna y Misael

Oswaldo Osorio

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El problema es que la gente del cine no le tiene paciencia a Trompetero. Además, tienen una mirada selectiva de su obra, se olvidan de títulos suyos como Diástole y sístole, Violeta de mil colores, Riverside y Locos, pero siempre tienen presente –y le reprochan- que hizo El Man, El paseo y otra tanta de comedias de consumo. Se niegan a aceptar que un director puede hacer ambos tipos de cine, pasando por alto que, al fin y al cabo, desde su niñez el séptimo arte ha sido arte e industria, aunque casi siempre por separado.

Para quienes le tienen paciencia, esta nueva película es lo que se podría esperar de un director que conoce el medio cinematográfico y sus posibilidades expresivas, un director que no le teme a los extremos (de hecho, ¡El Man es un extremo!) en los que se puede llevar a una situación límite a un personaje e, incluso, a un espacio. Este es el caso de Misael y la cárcel en la que fue confinado luego de asesinar a un hombre, y donde es sistemáticamente sometido a violencias y vejaciones.

Tal vez el detonante del conflicto más evidente pueda parecer un poco gratuito o recurrente, esto es, la agresión inicial de Misael al jefe de guardias y la consecuente fijación de este por el nuevo preso, no obstante, es una situación dramática desarrollada con fuerza y coherencia a lo largo del relato. Es una relación en permanente tensión, ambigua, cruel y grotesca, que aísla más a su protagonista y potencia su consternación por el problema que verdaderamente lo está corroyendo: la separación de su familia y la imperativa necesidad de que su hijo conozca sus motivos.

El catalizador para que Misael sobrelleve este par de conflictos es una perra que vive en esa cárcel de pueblo, Sarna. Se trata de un particular y hábil recurso de los guionistas para acompañar la transformación del protagonista y servir de leitmotiv -que en ningún momento resulta inverosímil- para propiciar muchas de las situaciones, e incluso para hacer analogías y relaciones, tanto en torno a la situación de Misael en aquel ominoso lugar como a su abandono afectivo.

Pero hay que aclarar que lo que en su visión externa es una historia cargada de violencia y degradación, definida por el acabado y los gestos de un realismo sucio, también es el viaje trágico de un hombre común sitiado por su destino. No estaba en su naturaleza cometer aquel crimen, pero sus adversas circunstancias así lo determinaron. Tampoco dejar de ser amado por quienes creía estar defendiendo con sus acciones, pero su sino dictaba que lo uno venía con lo otro. Para ajustar, y como una suerte de justicia poética retorcida y cruel, en la cárcel sí encontró quien quisiera estar con él.

Esa cárcel sucia y escabrosa, con todo ese animalario cumpliendo su respectivo papel como en todo penal, es otro protagonista del relato, mientras la fotografía es cómplice de su ambiente amenazante y sofocante. Allí, y con su relato enfático y visceral que sigue las desventuras de su apaleado personaje, Trompetero crea una pieza fuerte y agresiva, que visita las miserias humanas en el peor de los escenarios y a través de un hombre olvidado de la fortuna.

 

 

 

Reseña sobre La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera

Con la casa a cuestas o sin ella

Carlos González

Escuela de Comunicación Social

Universidad del Valle

La estrategia del caracol (Colombia, 1993) es una de las películas más importantes para la historia del cine colombiano y, más aun, para la cultura colombiana. La vigencia de sus lecciones no se reduce a lo cinematográfico, pues es al tiempo una herramienta pedagógica extraordinaria. Emblemática desde su guión hasta sus interpretaciones, la huella que dejó puede leerse hoy en clave de pistas para fortalecer la ciudadanía, democracia y participación de los colombianos.

La historia empieza con un periodista que realiza un reportaje en una zona de Bogotá que está siendo desalojada. Allí encuentra al paisa, un hombre que tiempo atrás hizo parte de una maravillosa estrategia dentro de condiciones similares a las que se encuentra. El periodista le permite continuar y allí nos adentramos en la historia central: empezamos en el desalojo de La pajarera, una antigua casa en el centro de Bogotá, a cargo de un tinterillo que responde a un empresario que ha decidido recuperar lo que por escrituras otrora fue el patrimonio de su familia. El trámite deviene en una riña a muerte entre sus inquilinos y la policía, dejando un niño muerto y a varias familias en la calle. Ante la inminencia de ser los siguientes en la lista del tinterillo, los inquilinos de la casa Uribe resuelven desmontar por completo el inmueble y llevárselo lejos del centro de la ciudad. Tras debatirlo y decidirlo -sorteando trampas legales, milagros inesperados y hasta sentencias de muerte- todos y cada uno de los inquilinos participan en intensas pero coordinadas jornadas de trabajo. Cerca al final, cuando la casa no conserva más que la fachada y es entregada legalmente a la justicia, la fachada se desploma ante un estallido y aparece una imagen que perdurará en el tiempo:

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Pero ¿es un trasteo el de la casa Uribe?¿se rearmarán paredes, ventanas y habitaciones, tal cual, en la colina donde terminan todos reunidos, marcando así el final de la película? No, lo que se salva no es la estructura física de una casa, es el mensaje de una historia. Para ser más concretos: dentro de la trama es el momento en el que la dignidad, aunque etérea, aparece como el valor que motivó toda la estrategia: El periodista le pregunta al paisa que todo el esfuerzo realizado “¿para qué”, a lo que el paisa responde bastante enojado: “¿Cómo que para qué?, ¿a usted para qué le sirve la dignidad?”. Pues bien, esa pregunta se le está haciendo en realidad al público. Ahí reposa la vigencia de este film como lección de ciudadanía, legándonos más que una respuesta satisfactoria, una pregunta incómoda: ¿estamos ejerciendo nuestra dignidad? Porque si algo queda claro es que si los actos de los inquilinos de la casa Uribe constituyen un acto de dignidad, ah trabajo y osadía la que requirió. La dignidad y la participación aparecen en esta película como valores sobre los cuales se tiene que hacer un ejercicio en comunidad arduo y sin desfallecimiento, o como lo mencionaba Estanislao Zuleta (1992): “Para que el pueblo sea creador de la cultura, es necesario que tenga una vida en común. Cuando se dispersa, se atomiza, cuando cada uno vive su miseria en su propio rincón, sin colaboración, sin una empresa y un trabajo comunes, entonces pierde la posibilidad de crear cultura” (pág. 47).

El punto es entonces que esta cultura de la que habla Zuleta no corresponde, en buena medida, a los muros y ventanas en común, en el caso de la película, o en nuestro contexto político actual -que es precisamente a donde apunto- a las leyes que se nos imponen. Esta cultura excede los contratos, arreglos, referendos, etc. Implica, más bien, observar “las relaciones sociales, […] la manera como vive la gente” (pág. 46).

Desde hacía un mes largo, el debate de cara al plebiscito que refrendaría los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP se venía dando con aparente intensidad. Pero ya hace pocos días este país demostró estar más dividido que nunca en su panorama político: la mitad de los votantes se inclinó por el SI a los acuerdos de paz con las FARC, mientras la otra mitad, aunque mayoría en este caso, lo hizo por el NO. Y en este escenario, a este estudiante de Comunicación Social se le encargó la tarea de revisar si en ciertos textos de Estanislao Zuleta habían claves para leer analíticamente la película La estrategia del caracol. Y, por supuesto, las hay. Pero siempre pensé en esta reseña como una oportunidad para cruzar los maravillosos trabajos del director de la película, Sergio Cabrera, y de Estanislao Zuleta con una situación que nos interpelara como ciudadanos que habitamos el presente de nuestro país. Hoy, para concluir, escribo con suma tristeza que encontré una lección que parece atravesar esos tres escenarios: No hay más citas que valgan, pues Zuleta señala en el texto El respeto en la comunicación (1992) lo que diferencia a una cultura de la violencia de una cultura del respeto, pero ambas se sustentan en operaciones concretas y entre ellas no aparece la que sentenció el plebiscito del pasado domingo: el silencio como muestra de indiferencia.

El 62% del electorado colombiano (porcentaje que corresponde al abstencionismo) calló y otorgó. Y no otorgó el triunfo a los del NO, por más vencedores que ahora sean. Otorgó a la cultura de la violencia una forma contundente y clara de expresarse: el silencio.

La película tiene ciertamente un final feliz, por decirlo de alguna forma; o dignificante, si se quiere: los inquilinos de la casa Uribe padecen, resisten y al final ven su dignidad intacta cuando logran zafarse de las artimañas de la ley, llevando la casa Uribe a pedazos y a cuestas hacia donde no se jodan sino entre ellos mismos. Pero a nosotros los colombianos, los que permanecemos por fuera de las imágenes de La estrategia del caracol, ya vinieron los tinterillos a tocarnos la puerta, ya nos la están tumbando y, mientras tanto, adentro, tranquilos, pasmosos, menos de la mitad se revuelcan en el silencio y la comodidad de sus camas. A este paso, los de la casa pintada seremos otros. Si no despertamos nos quedamos sin casa, si no despertamos nos quedamos sin cultura, y solo a través de ella encontraremos algo de dignidad… o es que ¿a nosotros para qué nos está sirviendo eso?

Entrevista con Alexander Giraldo, director de Fragmentos

Fragmentar y observar

Oswaldo Osorio

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Con 180 segundos (2012) este director demostró su habilidad para manejar el lenguaje cinematográfico y el trabajo con los actores. Con su segundo largometraje, Tiempo perdido (2015), cambia por completo de registro al pasar del cine de género a un cine más reflexivo y libre de formatos y concesiones.

Hay un denominador común en 180 segundos y en esta película en relación con el uso de estructuras narrativas no clásicas y discontinuas. ¿Cuál es la razón de esto y por qué llegó a estos tipos de narrativas?

La razón es que me interesa la observación. En mi trabajo anterior con el documental siempre tenía una relación con eso y los fragmentos de las vidas que propongo en las dos películas obliga un poco a mirar momentos, así como a generar unos espacios que siento que los lleno con suposiciones personales y espero que los llene el espectador con las suyas. Además, tengo un interés especial en ver la reacción de alguien en una crisis, no ver todo, sino solo ese instante, o verlo antes o después, pero ese instante de la crisis me parece clave y por eso sentí que no había otra forma en estas dos películas para hacerlas sino con la fragmentación.

Aunque hay una diferencia bien evidente en términos de duración de planos porque en la primera espera menos a que ocurra esa reacción, o tiene que ocurrir en menos tiempo por el ritmo que lleva, mientras en esta otra le da más tiempo. ¿Se puede conseguir el mismo efecto aunque el plano dure diez segundos o tres minutos?

Creo que en 180 segundos buscaba generar una base completa en la narración y en la estructura narrativa. El tema era algo que no estaba siendo tan pensado, la película era un poco más racional desde la forma; mientras que ahora en Tiempo perdido (2015) siento que es todo lo contrario, me interesa menos la forma y más la reflexión temática. Tal vez por eso quiero ver con mayor distancia las cosas, detener la cámara en determinado momento, en determinada luz o en determinada sensación sonora. Creo que ambas apuntan a lo mismo, la diferencia es que en la primera hay una racionalidad estructural en el fraccionamiento, mientras la segundos una reflexión temática, pero utilizando aquello en lo que me siento cómodo, que es observar el momento.

Esa distinción también tiene que ver con que la una es cine de género, un thriller, en cambio en la otra está más asociada al cine de autor, al cine de personajes. ¿Cómo fue hacer este cambio tan fuerte?

Desde el momento en que dije que iba a hacer una película, esa película no era 180 segundos. Tenía dos o tres guiones que me gustaban y que cualquiera de ellos podría ser esa película, pero vos sabes que en Colombia toca hacer como una competencia y moverlas en los fondos, y en algún momento repuntó fue 180 segundos. Terminada la película, quería hacer otra, pero con la libertad que da no tener socios con tanto poder en la toma de decisiones. Y no es que no me sienta feliz ni seguro de 180 segundos, para nada, aunque siento que pudo haber sido mejor otro momento para esa película.

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Dos mujeres y una vaca, de Efraín Bahamón

La guerra de los hombres

Oswaldo Osorio

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Las historias sobre el conflicto en el cine colombiano coinciden mucho con los componentes esenciales que tiene esta película: son historias sobre las víctimas (generalmente mujeres y niños), están condicionadas por el fuego cruzado de los actores del conflicto y tratan de reflexionar no solo de la guerra, sino también sobre asuntos que trascienden a la esfera social y personal de los protagonistas.

En su ópera prima Efraín Bahamón se propone desarrollar estos aspectos a partir de un relato con esquema de road movie, en el que los personajes a que alude el título viajan de su finca al pueblo para que alguien les lea una carta. La situación es solo una excusa argumental para hablarnos de estas dos mujeres, una mayor y su nuera embarazada, también para enfrentarlas con el conflicto armado del país y dar cuenta de su condición como víctimas y mujeres, así como de su secreta y sorpresiva participación en él.

Se trata de un relato concebido con coherencia y solidez, así como estructurado y eficaz en su narrativa. Todo en él está definido y desarrollado como dicta el manual. Es por eso que en esos aspectos (narrativa, componentes del relato y estructura), la película empieza con una sugerente idea y dos personajes, para luego ir creciendo como relato y enriqueciéndose en sus connotaciones. Cada nuevo elemento llega en el momento preciso a robustecer y complejizar la historia, cada giro sorprende y avanza la trama hacia la necesaria intensidad en su progresión dramática.

No obstante, el relato en sus imágenes no siempre funciona con la eficacia descrita. Es decir, estamos ante un guion inteligente y bien formulado, pero ante una puesta en escena sin tanta precisión. Tal vez solo sean detalles, como algunas actuaciones que no son consistentes todo el tiempo, o unas líneas de diálogo que pertenecen más al guionista que a un par de campesinas analfabetas, o la muerte desdramatizada de un querido amigo, el caso es que estos detalles afectan la plena solidez de lo visto en pantalla, reflejándose como vacíos en la verosimilitud y fuerza dramatúrgica.

Aun así, lo que finalmente prevalece de fondo es la potencia que guarda la idea general del filme sobre las víctimas del conflicto, sobre la condición femenina y las implicaciones sociales y emocionales de esta situación. A la postre, no se trata solo de dos mujeres que necesitan saber lo que dice una carta acerca de un ser querido, sino que es un relato sobre su relación y la forma como estrechan sus lazos en medio de una guerra de hombres, sobre duras decisiones tomadas que adquieren la forma de oscuros secretos del pasado, o sobre lo que representa una vaca en un contexto donde la composición de la familia se reduce a mujeres, animales y niños.

Siembra, de Ángela Osorio y Santiago Lozano

Un canto triste

Oswaldo Osorio

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El desplazamiento forzado y la marginalidad como consecuencia son de nuevo el tema de una película colombiana. No es un reproche, porque es un tópico que no se ha agotado y cada relato tiene lo suyo. Lo que tiene este es una serie de elementos complementarios, como el conflicto generacional y el duelo, así como una propuesta narrativa y estética que, sin duda, le da fuerza a sus personajes, a su contexto e historia.

El Turco y su hijo viven en un barrio marginal, luego de haber vivido de la pesca en su tierra y de ser desplazados por la violencia. La idea del desarraigo cruza todo el relato y en especial a su protagonista. Pero es un desarraigo que va más allá de haberle arrebatado su hábitat, porque también lo hace con su hijo. Su gran tragedia es que este ya no quiere volver, pues se ha adaptado y adquirido los hábitos del nuevo ambiente. Entonces la ruptura generacional se hace evidente y lo ancestral convive con lo nuevo, en tensión y amalgama al mismo tiempo.

Pero todavía hay una tragedia mayor (y aquí se adelanta un dato importante del argumento), y es que ese nuevo ambiente, que también tiene su propia violencia, acaba con la vida de su hijo. Entonces el relato ahora sí se centra por completo en el Turco, en su dolor y desesperación, porque ya no tiene nada, ni tierra ni familia. Y así se despliega una puesta en escena de este doble duelo, definida por elementos como el gesto oprimido del protagonista, la música con sus lamentos, la lluvia como alegoría y alguna metáfora del sueño.

Es una película con un especial carisma, concentrado particularmente en la figura y el personaje del Turco, un hombre adusto y sensible al mismo tiempo, que lleva siempre consigo la carga de su desarraigo y el deseo por recuperar su naturaleza. No obstante, hay un momento en el relato en que este carisma y personaje pierden el rumbo. En plena velación de su hijo, el Turco comienza un deambular que tal vez se puede explicar conceptualmente, pero desde la lógica argumental y narrativa resulta un poco incomprensible, o al menos inconsistente.

Es una película hecha en un blanco y negro bello y lleno de fuerza, que funciona muy bien con la piel de estos personajes, con el realismo, la poética de algunas imágenes y lo duro de la historia (aunque también es cierto que esta decisión estética se está convirtiendo en un tic del cine actual). Así mismo, la música es un significativo componente de la narración y la cultura que retrata, con esa inevitable mezcla entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición del litoral Pacífico y la alienación de la ciudad (o una nueva identidad, si se quiere), representado esto en los alabaos y los sonidos urbanos.

Es una película que, a un tema que ya es recurrente (tal vez el más del cine nacional), sabe encontrarle un punto de vista que diga algo nuevo y de forma diferente. El blanco y negro, la música, el realismo cotidiano en la puesta en escena y la imponente y fotogénica figura del turco con su pesada carga, son elementos concebidos con inteligencia y encajados entre sí con naturalidad y elocuencia. Es un canto triste a la realidad del país, a las consecuencias de su violencia y a las nuevas realidades que se han dado a partir de ella.

Anna, de Jacques Toulemonde

Plena y angustiada

Oswaldo Osorio

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El cine pone a viajar a sus personajes para que se trasformen, ya sea por lo que les pasa en el camino o por la gente que conocen. El viaje de Anna, primero de Francia a Colombia y luego del interior del país a la costa, no necesariamente es de transformación, pero sin duda es un viaje que le sirve para darse cuenta de algo, inevitable y doloroso, pero que tiene que solucionar.

Los viajes en el cine también son para escapar o buscar algo. En el caso de Anna es por las dos cosas, escapa de su arruinada vida en Europa y busca recuperar a su hijo y hasta recomponer su vida. En su intento arrastra al niño y a su novio, dos franceses que tienen que sobrevivir a las condiciones del nuevo paisaje y a la inestabilidad emocional de  Anna. El relato los sigue a los tres en su recorrido lleno de momentos plenos y felices, pero también angustiosos y dramáticos.

Por eso el tono de la película está dictado por el voluble comportamiento de Anna, lo cual mantiene el argumento y la narración en un constante estado de variación entre esos dos extremos definidos por la angustia y la felicidad. Este contrapunto sostiene siempre el ritmo del relato y el interés en la historia y sus personajes, aunque también los torna un tanto predecibles, por eso cada subida o bajada en el ánimo de la protagonista es esperado por el espectador y pocas veces llega a sorprender. Aunque más importante que la sorpresa son las consecuencias emocionales de esa situación en cada uno de los tres personajes y en eso cifra su atención el relato.

Además, las fortalezas del filme son mayores a su previsible argumento, empezando por la seguridad y solidez con que está construida y dirigida. A pesar de ser su ópera prima, Jacques Toulemonde presenta una película llena de fuerza dramática y eficacia en su narración; así mismo, consigue que Juana Acosta consolide su respetabilidad como actriz completa y con talento, porque desde el inicio de su carrera se ha pensado en ella más como una cara bonita salida de las telenovelas, a lo que no le ha ayudado muchas malas elecciones que ha tomado en el cine.

De otro lado, si bien Anna inicialmente aparece como la protagonista, el punto de vista del relato muchas veces se pasa a su hijo, Nathan, y de esta manera en distintas momentos se le puede ver a ella desde la perspectiva del niño, quien, a su vez, carga su propio drama, lo cual complementa y complejiza el drama mismo de su madre y de la película.

Se trata pues de una película elaborada con toda corrección en su puesta en escena y narración, definida en su ritmo y su trama por los cambios de ánimo de su protagonista y si bien se dirige a un final que fácilmente se intuye, no por eso se pierde el interés en unos personajes que emprenden un viaje lleno de desafíos emocionales, un viaje del que unos saldrán mejor librados que otros, un viaje turbulento y doloroso, pero necesario.

Cine colombiano en 2015

Solo falta formación de público

Oswaldo Osorio


Un año más y el cine nacional sigue en su progresión ascendente en casi todos sus aspectos, salvo en el del respaldo del público. Los treinta y seis largometrajes estrenados en 2015 (ver lista al final) son el reflejo de una cinematografía saludable, de calidad, heterogénea y con mayor visibilidad internacional. Esta situación era impensable hace quince años, cuando apenas se estrenaba un promedio de dos películas anuales y los filmes significativos escaseaban.

Es importante resaltar que no todas estas películas fueron respaldadas por el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, sino que son también el resultado de un dinamismo y experiencia que ha ganado la producción nacional. No obstante, hay que reconocer que esto no se hubiera logrado sin todo lo que ha permitido en estos últimos trece años la Ley de cine, la cual ha estimulado la producción, la formación de profesionales y un ambiente propicio para el crecimiento y desarrollo del gremio.

El logro de mayor resonancia este año fue la participación de tres películas en el prestigioso Festival de Cannes: El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra), La tierra y la sombra (César Acevedo) y Alias María (José Luis Rugeles). Son tres cintas que dan cuenta de las búsquedas narrativas, expresivas y temáticas en que andan los directores colombianos. También es cierto que son un indicio del tipo de cine que esperan en el exterior –festivales y críticos específicamente- que los colombianos realicen.

Junto a estas películas se pueden mencionar otras que también reflejan esas búsquedas, como Ruido Rosa (Roberto Flores Prieto),  Gente de bien (Franco Lolli), Ella (Libia Stela Gómez), Suave el aliento (Augusto César Sandino), Antes del fuego (Laura Mora), Siempreviva (Klych López), Violencia (Jorge Forero), ¡Qué viva la música! (Carlos Moreno), Las tetas de mi madre (Carlos Zapata). Todas estas son obras que hablan de un cine vital e inquieto por explorar el lenguaje cinematográfico, un cine reflexivo y que tiene con qué trascender en el tiempo, independientemente de que en su momento estos títulos fueron vistos por menos de cincuenta mil espectadores, en la mayoría de los casos por menos de diez mil.

En contraste, el cine comercial y de consumo, en especial las comedias, se mantiene cumpliendo con su función de entretener y crear industria, porque el cine es eso, arte e industria, y tan importante es ir a Cannes como hacer taquilla con algunos filmes nacionales: Se nos armó la gorda 1 y 2 (Fernando Ayllón), Pa (Harold Trompetero), El cartel de la papa (Jaime Escallón), Güelcom tu Colombia (Ricardo Coral), Uno al año no hace daño 2 (Juan Camilo Pinzón).

Si bien una de las quejas constantes es la poca solidaridad de los exhibidores con el cine nacional, sobre todo por el poco tiempo que permanecen las películas (casi siempre una sola semana), se les tiene que reconocer esos treinta y seis títulos a los que le abrieron espacio, incluso entre los cuales hay siete documentales, un tipo de cine menos comercial todavía. Así que hay buen y bastante cine, también espacios de exhibición, lo que falta es mayor formación del público, para que los colombianos quieran ver más cine colombiano.

Se nos armó la gorda, de Fernando Ayllón

Ruido Rosa, de Roberto Flores Prieto

El elefante desaparecido, de Javier Fuentes-León

Corazón de León, de Emiliano T. Caballero

Reggechicken, de Dago García

Todos se van, de Sergio Cabrera

Shakespeare, de Dago García

La rectora, de Mateo Stivelberg

El viaje del acordeón, de Rey Sagbini & Andrew Tucker

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra

El último aliento, de René Castellasnos

Pa, de Harold Trompetero

Gente de bien, de Franco Lolli

Ella, Libia Stela Gómez

Carta a una sombra, de Daniela Abad

El cartel de la papa, de Jaime Escallón

Mambo Cool, de Chris Gude

La tierra y la sombra, César Acevedo

Güelcom tu Colombia, de Ricardo Coral

Se nos armó la gorda al doble, de Fernando Ayllón

Antes del fuego, de Laura Mora

Un asunto de tierras, de Patricia Ayala

Monte adentro, de Nicolás Macario Alonso

Colombia magia salvaje, de Mike Slee

Vivo en el limbo, de Dago García

Suave el aliento, de Augusto César Sandino

Siempreviva, de Klych López

Alias María, de José Luis Rugeles

¡Qué viva la música!, de Carlos Moreno

Violencia, de Jorge Forero

Las tetas de mi madre, de Carlos Zapata

Porro hecho en Colombia, de Adriana Lucía

Refugiado, de Diego Lerman

Parador húngaro, de Aseneth Suárez Ruiz, Patrick Alexander

Detective marañón, de Salomón Simhon

Uno al año no hace daño 2, de Juan Camilo Pinzón

Las burbujas del cine colombiano

Oswaldo Osorio

Actualmente no se pueden hacer juicios categóricos acerca del cine colombiano, su heterogeneidad en términos de propuestas de producción y diversidad temática no lo permiten. Por esta razón,  también es muy difícil definir la cinematografía nacional como un todo o una unidad, a lo sumo es posible hablar de unas constantes y tendencias, las cuales apenas coinciden parcialmente con lo que el imaginario colectivo piensa que es el cine del país, porque solo hay una verdad categórica en este tema: el público colombiano no conoce realmente el cine nacional. Conocerlo bien, y esto solo se refiere al menos a ver la mayoría de películas estrenadas, ni siquiera alcanza a ser cosa de cinéfilos o público afín, como estudiantes de audiovisuales o universitarios en general, por ejemplo; eso parece más bien un asunto restringido a iniciados.

A mediados de la primera década de este siglo casi todo el mundo estaba convencido de que el cine colombiano estaba suturado de películas relacionadas con el conflicto y el narcotráfico. Era una impresión equivocada y que fácilmente podía ser refutada por las estadísticas, pues tenía asiento en ese desconocimiento del público y en la presencia constante, eso sí, de estas temáticas en la televisión. Esa idea se ha acomodado en todos esos espectadores analfabetas de nuestro cine y en los últimos años se ha convertido en una falacia mayor,  pues ha sido evidente el distanciamiento que de la conflictiva realidad del país ha tomado el grueso de las más de sesenta películas estrenadas en los últimos tres años.

Podría pensarse que es una timorata reacción ante ese infundado hastío del público. Por eso, ahora esas películas, si acaso, son una cuarta parte de la producción nacional. No obstante, sigue siendo el cine más interesante en sus propuestas cinematográficas, incluso todavía falta mucho para que se torne repetitivo, lo cual solo evidencia que el tema no solo no está agotado, sino que hay aspectos que no se han abordado nunca o apenas muy poco, el paramilitarismo, por ejemplo, o la vida al interior de la guerrilla, o la corrupción política, o las llamadas bacrim (bandas criminales).

Contrario a esto, resulta significativo el número de películas que se van a las antípodas, esto es, hacia la comedia populista y los temas ligeros. Si bien es un cine necesario en cualquier cinematografía, suma casi un tercio de la producción, y con el agravante de que muchas de estas películas tienen una construcción y una concepción visual más televisivas que cinematográficas. Entonces es como decir que el público a lo que está respondiendo más -porque también es el segmento con mayor taquilla- es a la posibilidad de ver televisión en las salas de cine.

Adicionalmente, son las películas que están inflando las estadísticas y, aunque la asistencia al cine colombiano sigue siendo en un porcentaje bajo en la taquilla general (alrededor de un cinco por ciento), realmente los espectadores colombianos no están viendo tanto el cine de mayor valía y el más significativo, tampoco el cine del conflicto o el premiado en festivales, sino estos productos de consumo que están más cerca de la televisión y que son de usar y tirar. Esto parece una verdad obvia, pero lo que se reclama aquí es, no tanto que el público asista más al cine comercial, lo cual es apenas natural, sino que sean tan invisibles aquellas películas que son más relevantes, una situación de la que solo se salvan algunas con galardones de cierto prestigio, lo cual no necesariamente significa un éxito en la respuesta del público.

Colombia independiente

Pero tampoco hay que caer en la falacia contraria, la de creer que el cine colombiano ahora se ha reinventado y renacido, y que está definido por los estándares del “cine independiente”. Hay que aclarar, primero, que casi todo el cine nacional es independiente, salvo aquellos directores o proyectos que Dago García o algunas otras productoras contratan para hacer un producto pensado para el gran consumo, buena parte de las producciones del  país son autogestionadas y/o apoyadas por el FDC u otros fondos internaciones, los cuales nunca intervienen en la concepción ni el resultado final de una obra. Otra cosa es que, desde el criterio de selección, prefieran cierto tipo de propuestas e incluso induzcan a la formación de unas tendencias.

El entusiasmo de la prensa por la participación de tres filmes colombianos (El abrazo de la serpiente, Ciro Guerra; La tierra y la sombra, César Acevedo; Alias María, José Luis Rugeles) en algunas de las secciones del Festival de Cine de Cannes, así como los galardones obtenidos, visibilizó un poco más la existencia de este tipo de producciones en el país, películas en las que se puede prefigurar a un autor detrás de ellas o buscan ser una manifestación con riqueza cinematográfica e interesada en asuntos como la identidad, el compromiso social, la expresión personal o la reflexión humanista. Películas en alguna de estas vías hay muchas en el país, son las que pervivirán en el tiempo, las referencias obligadas para los nuevos cineastas, pero también las más desconocidas.

El cine colombiano, entonces, oscila entre estas dos tendencias, separadas por su sistema de producción, las intenciones para con la expresión cinematográfica y la acogida del público. En medio, puede haber una serie de películas que consiguen un equilibrio entre esa expresión y el beneplácito del público, lo cual es logrado con mayor facilidad por el cine de género, especialmente el thiller, así se puede constatar en filmes como Roa (Andrés Baiz, 2013) o Amores peligrosos (Antonio Dorado, 2013).

Estas dos vertientes en general coinciden con las principales tendencias que identifica Pedro Adrian Zuluaga en el cine nacional: por un lado, la comedia que prefigura a  “ese país que ríe”; y por el otro, el cine social y realista. Unas antípodas que solo un Felipe Aljure ha sabido conciliar. Son las dos caras de la moneda de la identidad nacional vista por su cine. Porque en últimas, esa identidad parece ser uno de los pivotes sobre los que gira y observa el cine colombiano, independientemente de que el país que quieren representar sea del talante realista de Estrella del sur (Gabriel González, 2013), Los hongos (Óscar Ruiz Navia, 2014) o Ella (Libia Stela Gómez, 2015); o tal vez pasado por los reduccionismos y los distorsionados imaginarios que manejan muchas comedias, como El paseo 3 (Juan Camilo Pinzón, 2013), Uno al año no hace daño (Juan Camilo Pinzón, 2014) o El cartel de la papa (Jaime Escallón, 2015); o las esferas cotidianas e intimistas de filmes como Crónica del fin del mundo (Mauricio Cuervo, 2014) o Gente de bien (Franco Lolli, 2015); aunque también está la posibilidad de deformar o transformar esa identidad con fines poéticos o estéticos, como sucede en El faro (Pacho Bottía, 2014), Mambo Cool (Chris Gude, 2015) o Ruido Rosa (Roberto Flores, 2015).

La contraparte de esa mirada a la identidad está en las coproducciones, que son, en términos generales, películas de buen nivel, algunas de ellas realmente valiosas en lo cinematográfico, pero que de colombianas solo tienen su participación en la producción, por lo que en la mayoría de ellas el componente nacional que se ve en pantalla es apenas un actor casi siempre haciendo de secundario, así sucede en Pescador (Sebastían Cordero, 2013), Deshora (Bárbara Sarasola Day, 214) y Los climas (Enrica Pérez, 2014). Hay otras que se desarrollan en suelo nacional y con temas colombianos, pero con la mirada de un director extranjero y pensada para un público más amplio que estas fronteras, con lo que se pierde un poco de esa identidad y color local: Crimen con vista al mar (Gerardo Herrero, 2013), Ciudad delirio (Chus Gutiérrez, 2014). No obstante, lo importante de este ítem es que las coproducciones han contribuido a dinamizar la industria nacional y permiten la entrada de películas que son más de allá que de aquí, pero que de otra forma no se podrían ver en la cartelera del país.

El público como escollo

Pero retomando el tema desde la producción y la industria, se puede decir que, sin duda, el cine colombiano pasa por el mejor momento de su historia. Tras poco más de una década operando la ley de cine, es posible ver cómo se ha dinamizado la cinematografía nacional de manera progresiva y en casi todos los aspectos: la cantidad de producciones, un mayor -aunque no el ideal- respaldo del público, el nivel de las películas, su participación y triunfos en festivales de categoría, la diversidad de propuestas y una mayor -aunque limitada en el tiempo- presencia en la cartelera nacional.

El punto en que se encuentra actualmente el cine colombiano es tan bueno, que hay el riesgo de que se convierta en una burbuja que en cualquier momento va a explotar, con todo lo que esto implica. Pensando que tal vez no haya una sino varias burbujas, se puede decir que la de la exhibición, si ya no reventó, está a punto de hacerlo o simplemente evidencia señales de porosidad. Mientras al Festival de Cine de Cartagena llegan más de sesenta películas listas para iniciar su ciclo de exhibición, la cartelera apenas si puede estrenar menos de treinta, eso en una cifra histórica y dejando las películas, muchas veces aun teniendo buena asistencia, apenas una semana en la marquesina. Es improbable que aumente mucho más ese promedio de dos películas colombianas al mes en la cartelera. ¿Qué será entonces de todos esos títulos que no alcanzan las salas de cine? ¿Tendrán que buscar otros circuitos de exhibición? ¿Cuáles son esos circuitos?

Otra burbuja puede ser la de los festivales, que si bien la constante posición de los directores es decir que no conciben sus proyectos pensando en estos, es innegable que las tendencias que ellos imponen terminan filtrándose en los procesos de creación. El cine reciente ha dejado el listón muy alto en ese sentido, por eso el sueño de un director ya no es terminar su película sino llegar a Cannes. Pero además, los festivales y las convocatorias, sobre todo los festivales europeos, ya tienen definida una agenda estética y temática para los cines de América Latina y regiones similares, una agenda donde el conflicto, la marginalidad y, en menor medida, el exotismo, son los parámetros que predominan en su curaduría.

Y así, se podrían seguir enumerando las ventajas y desventajas de un momento sin igual de la cinematografía colombiana, el cual debe verse, más que como una simple bonanza, como el resultado de un esfuerzo y planificación de los distintos agentes del cine nacional. Pero este momento tiene un gran escollo que determina otros procesos: el público. A pesar de que esos esfuerzos también han ido encauzados hacia la formación de públicos, esa es una tarea más compleja y de muy lentos efectos. De todas formas, no hay que olvidar que no es solo un problema de Colombia, pues lo padecen hasta los países europeos, y más ahora en la era de la imagen digital, que ha permitido a la gran industria del cine imponerse con mayor eficacia sobre cinematografías nacionales o alternativas, como el cine colombiano, que por más que hable de identidad, los espectadores del país tienen mayor empatía con los héroes del cine de Hollywood.