Karen llora en un bus, de Gabriel Rojas

Viaje en bus hacia la liberación

Por: Oswaldo Osorio


Las historias intimistas son escasas en el cine colombiano, así como las películas que se ocupan del universo femenino. Esta cinta tiene ambos elementos y los desarrolla cabalmente a partir de un relato sencillo y una concepción visual naturalista, pero con un acabado propio. Y si bien no se trata de los grandes temas, justamente, su énfasis está en los detalles, en la sutileza de los sentimientos y en el pequeño mundo de una mujer, que podría ser cualquier otra.

En su ópera prima el joven director Gabriel Rojas plantea una historia de liberación. Una mujer de mediana edad, sin hijos y con un tedioso matrimonio encima, decide romper con esa vida de insatisfacciones, para lo cual sigue todo el proceso lógico: rebelión, duelo, búsqueda de sí misma, ensayo de soluciones (trabajo, otra pareja, etc.) y la autodeterminación final.

El relato da cuenta de este proceso y en su camino explora las emociones y estados ánimo que esta mujer experimenta en cada  etapa. De esta manera, es posible ver cómo puede ser misteriosa, desorientada, amargada, triste, apasionada, decidida o hasta feliz. La búsqueda desesperada por redefinirse y darle un nuevo rumbo a su vida le exige todo ese viaje emocional, y la película –así como la actriz Ángela Carrizosa- consiguen expresarlo con eficacia.

Por otra parte, si bien Karen está en todas las escenas, los personajes secundarios están para hacer eco de su búsqueda, para darle motivos a las decisiones que toma o servir como referentes de la vida que quiere o no quiere tener. Los masculinos son los menos logrados, funcionan un poco torpemente para recalcar esa opresión de la que quiere escapar esta mujer, mientras que la amiga, aparentemente, tiene la liberación que ella busca, pero lograda por la vía fácil, y eventualmente se quebrará, demostrando que esa libertad cuesta mucho más que una simple actitud desenfadada ante la vida.

Se trata de una historia cíclica, porque al final se puede ver a otra Karen, con cualquier otro nombre, llorando en un bus, iniciando otra historia parecida a la de la protagonista. Porque Karen es muchas mujeres, todas esas a les que les toca luchar más, sobre todo por la marginalidad a la que las somete la vida por distintas razones, como la dependencia material de los hombres o porque la sociedad les ofrece menos oportunidades.

Esta es una película discreta y, en general, sólida. Desde el principio sabe lo que quiere decir y el tono en que desea plantear su relato y logra tanto lo uno como lo otro. Que por momentos el espectador se puede encontrar con imperfecciones, ya en la construcción de ciertos personajes o en la falta de fuerza de algunas escenas, pero esto no es suficiente para negar que detrás de ella hay un director con una idea muy clara de lo que quiere contar y la forma en que lo puede conseguir a partir de los recursos del cine.

Locos, de Harold Trompetero

Historia de amor dedicada al amor

Por: Oswaldo Osorio


No importa que las historias más contadas por el cine sean las de amor, porque siempre habrá algo nuevo qué decir, variantes para agregar o puntos de vista qué explorar. Eso se hace evidente en esta cinta de Trompetero, quien casi siempre ha tenido al amor como tema central de su cine, o al menos así es en sus películas más personales, no tanto en las de encargo (Muertos de susto, El paseo) o en las que buscó –sin éxito- el beneplácito del público (Dios los junta y ellos se separan, El man).

En cambio, con la divertida Diástole y sístole, la bella y dolorosa Violeta de mil colores, la fábula adversa de Riverside y la sencilla y contundente Locos, este versátil director sí deja en claro que de lo que más le gusta hablar es del amor, y es justamente a partir de esas variantes y diversos puntos de vista, desde los cuales se aventura a decir algo nuevo, o al menos a buscarlo.

La sencillez y economía de recursos es lo que más sobresale en esta película, la cual, como otras de este director, fue realizada con un sentido práctico en el sistema de producción, hecha a la medida de nuestra precaria industria. La propuesta de esta historia, por eso, sabe adaptarse a esa limitación de recursos y es capaz de usarla en su favor.

Gran parte del relato se desarrolla en solo dos locaciones y con un par de personajes únicamente, pero eso es suficiente para contar una historia con una eficacia narrativa que no necesita de muchos diálogos, y con una fuerza dramática que descansa en las habilidades de una pareja de actores que logran un buen acople entre sí y le otorgan verosimilitud a la historia.

La demencia en el cine suele dar lugar a la sobreactuación o a forzadas estilizaciones por parte de los actores, y de la trama misma, pero en esta cinta Trompetero y sus actores saben encontrar el punto de equilibrio, incluso evitando los facilismos de la comedia y concentrándose más en el drama y las posibilidades de reflexionar sobre el amor a partir de esta singular relación.

Porque de principio a fin es una historia de amor, la cual pasa por conocidas fases: el encuentro, el enamoramiento, la pasión, la ternura, la compañía, la crisis y el reencuentro. A pesar de este recurrente proceso, los espacios en el que se desarrolla y la naturaleza de los personajes, lo transforman por completo, haciéndola incluso imprevisible hasta el final.

Así mismo, el atractivo adicional de esta historia de amor es la marginalidad de los protagonistas, cada uno a su manera. Ella, una loca peligrosa con línea directa a Dios, y él, un hombrecito envejecido y pusilánime. Todo lo que los separa de los demás es, justamente, lo que los llega a unir, y en la naturaleza de sus marginalidades es que encuentran el romanticismo, tanto los personajes como el director.

De manera que Trompetero, de nuevo, hace una película que se muestra honesta en sus planteamientos, original en sus búsquedas dramáticas y estéticas, práctica en su materialización y lúcida e inteligente en lo que quiere decir sobre eterno el tema del amor.

Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez

Los paisajes de la guerra

Por: Oswaldo Osorio


Lo más atroz que tiene el mundo es la guerra y lo más puro y honesto es la infancia. Cuando el cine reúne estos dos extremos, por lo general expresa con gran elocuencia la crueldad de la primera y la transparencia de la segunda. Y efectivamente, eso ocurre en esta entrañable película, la cual habla del conflicto colombiano con sutil contundencia, sin gritos ni sensacionalismo, así como de la naturaleza de los niños, sin empalagos ni sensiblerías.

Es la ópera prima de Carlos César Arbeláez, un juicioso e intuitivo director que tiene un valioso recorrido en el documental (con poderosas obras, entre muchas otras, como Negro profundo: historias de mineros y Cómo llegar al cielo) y en el cortometraje, con La edad del hielo (1999) y La serenata (2007), dos títulos que ya dejan entrever un estilo propio y un universo: el eficaz trabajo con actores naturales, un talento para retratar la cotidianidad y el color local, y una propensión a mirar con gracia y naturalidad las situaciones adversas.

En este país no se dejarán de hacer películas sobre el conflicto, es necesario e inevitable. Las mejores cintas colombianas generalmente son las que abordan este tema. Pero ante el riesgo de la reiteración y el lugar común, es la novedad del punto de vista y el tono en el tratamiento lo que puede hacer la diferencia, lo que dirá algo nuevo ante lo ya dicho muchas veces.

Esta película propone esa diferencia con su tono y punto de vista. La mirada desde los niños reconfigura y le da otro matiz a la visión que se tiene del conflicto armado en Colombia, a la forma y el proceso como es vivido por la gente del campo. Esto lo hace con la sólida construcción de una atmósfera de cotidianidad y desenfado que se va quebrando y donde, progresivamente, impone un ambiente desequilibrado.

Este proceso es presentado casi sin asomo alguno de violencia explícita o estruendosa, aunque sin quitarle la gravedad al asunto. Porque, en principio, no es un relato sobre la guerra en sí, ni sobre el desplazamiento forzado, sino sobre los momentos previos a todo ello, sobre la pérdida de la inocencia, en este caso representada en la pacífica vida campirana y enfatizada con la mirada y la amistad de unos niños.

Aunque la película da cuenta del momento coyuntural de la irrupción de la guerra, también se puede ver que hay cierta familiaridad con ella: un hermano en la guerrilla, la colección de balas, los grafitis, los tipos que van y vienen, en fin, una serie de elementos que hacen parte del paisaje, pero que solo son tomados en cuenta cuando empiezan a perturbar sus vidas, o cuando, muy elocuentemente, un salón de clase se empieza despoblar.

La lucidez y contundencia de esta historia es transmitida al espectador por medio de un relato sólido y sutil, pues sabe crear una progresión dramática que gana en intensidad y se muestra sugerente y contenido en las reflexiones que propone sobre el conflicto y su efecto en el campo y en los niños. Además, tiene la medida precisa para combinar esto con momentos de cotidianidad y jocosidad, por lo que resulta ser un filme duro y comprometido, pero también entretenido y encantador.

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El jefe, de Jaime Escallón

Antihéroes no para reír sino para lamentar

Por: Oswaldo Osorio

Al ver esta película, es inevitable recordar La gente de La Universal (Felipe Aljure, 1995), uno de los mejores filmes realizados en el país. Ambas cintas están cruzadas por la corrupción a todos los niveles, pobladas por personajes egoístas y mezquinos y con un atractivo cinismo en la forma de presentar todo esto.
Sin embargo, si bien parecen hechas de lo mismo y hasta con un tono similar, a esta nueva cinta le faltó definir mejor su humor, así como construir con mayor solidez su argumento y narración, porque finalmente resulta ser una historia que siempre tambalea a causa de los cabos sueltos y el sinsentido.
Basada en la novela Recursos humanos, escrita por el caleño Antonio García Ángel, el relato sigue siempre los pasos del jefe de una pequeña empresa, un personaje construido a partir de una colección de anti valores y vilezas. Se supone que son estas características la base del humor y de la identificación con el personaje, pero ni lo uno ni lo otro funciona. No es posible identificarse con éste ni con  ninguno de los personajes, porque entre otras cosas, las   situaciones   supuestamente cómicas, que  derivan  de  sus  mezquinas   actitudes,  se  antojan  más    lamentables  que  divertidas.
Y no es algún tipo de moralismo lo que impide ver gracioso todo esto, porque el cine está lleno de antihéroes y situaciones que ponen en entredicho la moral y lo políticamente correcto. Además, mucho del humor está basado en la desgracia ajena y en las maniobras de la gente egoísta. No obstante, esos personajes y situaciones deben saber ser presentados en una ficción para que puedan ser cómicos. Esta película no lo consigue casi nunca.
Por ejemplo, el pobre empleado que pide el aumento, la fiel secretaria cuando se enferma, la muerte del vigilante y tantas otras cosas, aunque parece que fueron creadas para serlo, no resultan graciosas, sino más bien tristes y trágicas.
Es cierto que hay momentos en que la película sí consigue ese humor que pretende, un humor negro, cínico e ingenioso como el de la película de Aljure, pero son momentos excepcionales. Y también se le abona a la cinta el riesgo que corrió con el tipo de historia y el humor que pretendía, que buscaba ser una comedia inteligente y bizarra, más que una comedia elemental y predecible, como las de Dago García, por ejemplo.
Otra de las dificultades al ver esta película está en la lógica con la que fue construida su historia. El conflicto del jefe con su esposa, su amante y sus empleados en general funciona bien, con claridad y solidez. Pero toda esa situación con “el quemado”, la empresa paralela que hace detergentes y la fiesta, entorpecen los conflictos principales, derivan en situaciones sin mucha verosimilitud y llenas de cabos sueltos.
Con todo esto, no se trata de una película insoportable ni en la que falta el talento, pero sí una película malograda en relación con lo que tenía y pretendía lograr. Porque si su principal objetivo era contar una historia divertida, justamente falla en eso, en contar una historia bien estructurada y en ser eficaz y genuinamente divertida.

El paseo, de Harold Trompetero

La tarea maluca

Por: Íñigo Montoya

Cada año la misma tarea que hace Dago García al estrenar una película el 25 de diciembre, el cinéfilo colombiano la debe de hacer también al verla. El problema es que cada vez resulta una tarea más tediosa y obligada, porque los tiempos de buenas comedias como La pena máxima o Te busco, ya pasaron. El común denominador en los últimos años ha sido el sentimiento de extrañeza y estupefacción ante lo que este productor, y su director contratado de turno, piensan que es el humor.
El caballito de batalla de la cinta de este año es la road movie, un subgénero que normalmente se presta para  contar historias muy dinámicas y en las que suceden muchas cosas. Pero por dentro de este envoltorio, todo lo de siempre, y de más dudosa calidad cómica, esto es, una familia semi disfuncional pero que también “tiene su corazoncito”, la clase media bogotana como representación del “colombiano común y corriente”, más chistes verbales que visuales (gran error en la comedia cinematográfica) y un humor creado en general a partir de salidas fáciles y populistas.
El hilo conductor, además del viaje, es la verborrea del incomprendido y pusilánime padre de familia, interpretado por Antonio Sanint como si fuera uno de sus números de stand up comedy, cosa que muy pocas veces funciona, sobre todo porque el espectador nunca se identifica cómicamente con él y porque sus chistes casi siempre son clichés o predecibles.
Luego viene sus reforzados giros argumentales, como la reiterada presencia del jefe o el secuestro por la guerrilla zen (!). Es cierto que la comedia puede dar lugar a situaciones absurdas o disparatadas, pero aún así estas deben ser coherentes con una lógica impuesta por la película. Pero no es este el caso y el resultado es todo lo contrario al humor, esto es, el desconcierto y la estupefacción.
Y lo peor llega al final con el final. Un giro meloso y sin ninguna fuerza que deja es aburrido al público que ya está hastiado con ese vaso gigante de crispetas. Entonces todos salimos del teatro y, paradójicamente, una película que no fue hecha para dejarlo pensando a uno, lo pone a pensar, porque es un poco inexplicable esa concepción del humor de quienes, sabemos, conocen la industria, tienen talento y manejan el oficio.
Sin embargo, hay algo que no me deja muy bien parado: que soy uno de los pocos que piensa esto, porque ésta y a sus antecesoras, son películas a las que les va bien en taquilla, y ese –en promedio- medio millón de personas que las ven y se ríen y se carcajean y vuelven al siguiente año y toda la cosa, toda esa gente, seguramente no se pone a pensar en nada de esto.

La sociedad del semáforo, de Rubén Mendoza

Un circo renegado en la esquina

Por: Oswaldo Osorio
En el universo de la gente de la calle no todo es miseria, en esta película se les ve con una cierta dignidad, con un halo de trágica poesía y nos devuelven una mirada desafiante y una -más o menos consistente- actitud de renegados sociales. Aunque está protagonizada por recicladores, bazuqueros, prostitutas y todo tipo de trabajadores callejeros, no hay ni un atisbo de pornomiseria, es decir, de explotación de la marginalidad y su tratamiento sensacionalista, que es un fantasma que ha estado siempre presente en el cine, el periodismo y la televisión del país.
Mendoza es conciente de este término inventado por Luis Ospina y Carlos Mayolo, eso se evidencia al inicio del filme cuando, sobre los créditos, pasa un segmento de la banda sonora de la insigne Agarrando pueblo (1978), la película con la que los dos cineastas caleños definieron y criticaron la pornomiseria. También se evidencia al final, cuando el filme es dedicado a Ospina y a su pueblo. Por eso el novel director era consciente del cuidado que debía tener al abordar estos temas y eso se refleja en su película.
De ahí que la marginalidad presente en esta historia no solamente es consecuencia de unas condiciones sociales, sino que también es una suerte de elección, una decisión tomada por muchos de los personajes para vivir al extremo, esto es, optando por la droga, con todos sus infiernos y euforias, renegando de la “vida normal” y concibiendo su permanencia en la calle como una forma de libertad, así como lo es el desprendimiento de todo tipo de lazos, como la familia, el pasado, los bienes materiales y hasta la lealtad a los amigos.

García, de José Luis Rugeles

Un hombre simple en un mundo podrido

Por: Oswaldo Osorio

La diferencia esencial entre el cine de género y el cine de autor es que el primero apela a un esquema, además siempre tiene unos elementos conocidos, mientras que el segundo pretende ser más libre en su expresión y busca ahondar en las ideas, los ambientes y sus personajes. Por lo general, tienden a ser dos tipos de cine que se excluyen entre sí, pero también es posible lograr una combinación, un equilibrio incluso, como ocurre en esta película.

El relato empieza sin los esquemas del caso, más bien con un tono en la narración y construcción de personajes que se está haciendo muy frecuente en el cine contemporáneo, en el cine de autor para ser preciso, que es definido por una suerte de naturalismo cotidiano en la puesta en escena y un ritmo pausado que es el propio de personajes comunes que llevan vidas igual de corrientes. Así, lentamente y con tranquilidad, con una velocidad que es más la de la vida que la del cine, se va develando la personalidad de García, ya en su casa, en su trabajo o en la relación con su mujerm y esa personalidad es la de un hombre simple, introvertido y nada ambicioso.

Sin embargo, este personaje común tendrá que chocar contra un mundo que quiere otras cosas, un mundo que trasgrede esa ética básica que García tiene y que, incluso, se mueve más rápido que él. Por eso, como ocurre con muchas de las historias de la ficción, ésta se trata de algo extraordinario que le sucede a alguien ordinario, y justo ahí es cuando entra en acción el cine de género, el thriller en este caso. (Es necesario revelar sorpresas del argumento de aquí en adelante).

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Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria

Imágenes de un doble conflicto

Por: Oswaldo Osorio

Mientras el país no cambie, el cine nacional seguirá insistiendo en los mismos temas, los cuales, además, son los que generalmente brindan mejor material para la realización de buenas películas, de cintas serias y sólidas, comprometidas con mirar nuestra realidad y reflexionar sobre ella, no como mera anécdota sensacionalista, ni como simple recuento de hechos, sino con una mirada atenta y honesta a la que le importa tanto el cine como el país. Justo a este tipo de películas es al que pertenece esta ópera prima de Carlos Gaviria.

El desplazamiento forzoso como tema de fondo y el road movie como esquema narrativo son las coordenadas en las que se mueve el relato. De hecho, ambos elementos están ligados por la lógica que los define, esto es, el espacio y la territorialidad. En este contexto, la pareja de primos que protagoniza la historia hace un viaje para recuperar las tierras que perdieron por esa violencia que los obligó a emigrar.

Pero como en todas las películas de carretera, no se trata de un simple viaje físico y geográfico, sino que para ellos es un viaje al pasado y a todo lo que ello conlleva: la búsqueda de sus raíces, de un futuro mejor por vía del regreso al origen y de la recuperación de lo que les pertenece y los define, incluso también es la confrontación de sus traumas, en especial en el caso de Marina.

Este recorrido lleva al espectador a lo más hondo de los miedos de esta joven, pero también del país, del que tal vez sea su más crítico y antiguo problema: la violencia disfrazada de bandos o ideologías, pero que sólo es una excusa para apropiarse de las tierras de los otros, ya por vía de la eliminación o la expulsión. Esta dinámica es la que ha imperado en Colombia desde las guerras civiles del siglo XIX.

Como muchas de las películas que se refieren a la realidad del país, en esta se puede ver claramente ese doble conflicto, el del país y el de sus personajes, y claro, el de estos en buena parte ligado al primero. De manera que los retratos del país empiezan con la extrema marginalidad de los barrios constituidos principalmente por desplazados, hasta llegar a aquel lugar que es al mismo tiempo el recuerdo de un horrible pasado y la esperanza para reconstruir el futuro. Porque se dice que en Colombia las cosas han cambiado y que la gente puede volver a sus hogares y recuperar lo perdido, pero la realidad es muy distinta y esta película se encarga de ilustrarla de forma aplastante.

Así que de fondo hay un par de asuntos que la película plantea con mucha seriedad y casi angustiante gravedad, que es la violencia en la Colombia profunda y los traumas y la tristeza de la joven Marina como consecuencia de todo lo que ha sufrido por esta violencia. Y sin embargo, no se trata de un oscuro y truculento drama. Aunque esos conflictos están siempre presentes, sobre todo el de Marina, el relato se desarrolla de forma vivaz y casi desenfadada, esto a causa de las particularidades (narrativas y visuales) del esquema de road movie, pero también por el contraste entre las personalidades de los dos primos, pues mientras Marina se muestra casi siempre callada y ensimismada (con una Paola Baldion que supo transmitir mucho con poco), Jairo es extrovertido y dicharachero, henchido de todo el optimismo y alegría que su prima ha perdido.

La precisión y sutilezas con que Carlos Gaviria construyó la relación entre estos dos personajes es la más importante virtud de esta película. Pero en general estamos ante una cinta sólida y consecuente con su tema, imperfecta por momentos, pero nada que empañe un sobrado desempeño de todas sus partes, las cuales consiguen construir un relato que es capaz de cumplirle con altura al cine y a la realidad del país.

Las mejores películas colombianas de la década

Los mejores años de nuestro cine

Por: Oswaldo Osorio

La primera del siglo XXI tal vez ha sido la mejor década de la historia del cine colombiano. Una conjunción de elementos lo hicieron posible, desde la creación de una ley de cine que ha proveído recursos para dinamizar la producción, pasando por la aparición de nuevas generaciones de realizadores y la versatilidad de la tecnología digital, hasta la parcial reconquista de un público que la cinematografía nacional había perdido en las dos décadas anteriores.

El decenio comenzó con la resaca de la recesión de los noventa y terminó con el más alto grado de optimismo que el cine colombiano alguna vez haya tenido. La factura de la imagen y el sonido hace mucho ya no es un problema de nuestro cine, mientras que la recurrencia en las temáticas relacionadas con la realidad nacional es el asunto más discutido. Estamos ante una cinematografía que todavía le debe mucho al público, así como éste aún no le responde a su cine como es debido. Pero aún así, se trata de una cinematografía ahora más diversa, dinámica y optimista.

A manera de resumen, aquí hay una propuesta de las diez mejores películas de la década. Como todas las listas, ésta es caprichosa y personal. Un juego de razones y preferencias que plantea una visión del cine nacional y que hace un llamado a mantener la fe en él.

1. El colombian dream, de Felipe Aljure

Postmoderna, delirante y exuberante. Una cinta que no es posible medirla con los parámetros del resto de la filmografía colombiana de acuerdo con su inédita concepción visual y narrativa. Una película inteligente, ingeniosa, “cinematográfica” (con el cine colombiano esto no es redundante) y que toma riegos, porque puede ser tan amada como odiada.

2. La primera noche, de Luis Alberto Restrepo

El más lúcido y contundente retrato que el cine nacional haya hecho de la conflictiva realidad del país. Una película honesta y reflexiva que está construida con solidez en todos sus aspectos.

3. Los Niños Invisibles, de Lisandro Duque Naranjo

Una bella fábula que mira al mundo desde la perspectiva de los niños y de la provincia. Un relato bien logrado que consigue crear una atmósfera que transporta al espectador a ese mundo y a esa mirada.

4. Apocalípsur, de Javier Mejía

Entrañable e ingeniosa historia de amistad en medio de la dura realidad nacional. Una película tan dramática como divertida, además sugestiva y refrescante que lúcidamente supo hacer un retrato generacional.

5. Sumas y restas, de Víctor Gaviria

La constatación del genio de un director. Un filme redondo en su construcción y revelador con su tesis sobre la incidencia del narcotráfico en la sociedad colombiana.

6. La sombra del caminante, de Ciro Guerra

Una propuesta renovadora que mira de forma inteligente y desde una perspectiva diferente, tanto visual como dramática, la realidad del país.

7. Yo soy otro, de Óscar Campo

El visceral retrato de un país enfermo. Una película que no le da tregua al espectador que busca los mismos convencionalismos y concesiones en la reflexión sobre lo que ocurre en Colombia.

8. El rey, de Antonio Dorado

Cine de género hecho con un tema muy colombiano, el narcotráfico. Una película bien construida que demuestra su conocimiento del discurso cinematográfico que eligió y de la realidad que está recreando.

9. Satanás, de Andrés Baiz

Cine nacional con factura internacional. Un contundente relato concebido con vehemencia y pulso firme.

10. Terminal, de Jorge Echeverri

La cuota de intimismo que toda cinematografía necesita. Una película con sensibilidad para las imágenes y las emociones de sus personajes.

Kinetoscopio 88

La revista de cine invicta

Ya está en circulación la última edición de la única revista especializada en cine que ha resistido todos los embates desde hace dos décadas. Esta publicación es el solitario bastión de la crítica especializada en el país y una de las pocas de Latinoamérica.

Sus 140 páginas traen una treintena de textos, entre críticas, ensayos, artículos y entrevistas, los cuales están distribuidos en diferentes secciones: cine colombiano, cine latinoamericano, festivales, críticas, etc.

Vale destacar la película colombiano La pasión de Gabriel y una entrevista a su director; el recuento de lo ocurrido en los festivales de Toronto, Venecia y San Sebastián;  y artículos sobre tres importantes directores: Michael Haneke, Joseph Losey y Sergei Einsenstein.

Es una revista para iniciados en el cine, antifarándula y, junto con la cinefilia, el mejor vehículo para saber de cine en este país.