¿A quién le gusta que le digan mentiras?

El lector Delio Alberto Calderón escribe: “Veo con preocupación la temática de sus recientes columnas en las que analiza el problema de las verdades y mentiras que recibimos en las noticias y en las redes sociales. Son de bastante interés y por esta razón deseo plantearle una inquietud: cómo hacemos para saber cuál información es verdadera y cuál es mentirosa…”.
La veracidad está en riesgo. Es asombroso el auge que han tomado las redes sociales, la influencia y el impacto que causan, para bien y para mal.
A los medios de comunicación se les exige ética, veracidad, responsabilidad, rigor, imparcialidad y transparencia. En cambio, los contenidos de las redes sociales son asumidos por muchos como ciertos, quizás porque proceden de quienes piensan como ellos.
Algunos políticos corruptos e indecentes manipulan con elementos propagandísticos, llenos de odio, discriminación y desinformación.
Son frecuentes los rumores y los chismes en las redes sociales porque son replicados, automáticamente, sin pensarlo dos veces.
Pero, además, hay otros contenidos que aparentan ser más inocentes: son los que originan fuentes institucionales que ponen sus comunicados directamente, o políticos y funcionarios que formulan sus “declaraciones unilaterales” para que nadie les repregunte.
Un último ejemplo, pero hay más, es del testigo de los hechos, el reportero ocasional que tiene la oportunidad de dar una información sobre un hecho de última hora, pero que ni verifica ni contrasta, como es de rigor en los medios de comunicación.
Por desgracia, a esta clasificación rápida corresponde buena parte de los contenidos de las redes sociales.
¿A quién le gusta que le digan mentiras? Las audiencias están sometidas a este juego peligroso, facilitado por el crecimiento de las redes sociales. De qué maneras afectan la vida personal, familiar y social, cuánta influencia irradian en vastos sectores de la ciudadanía, cuáles son las agendas ocultas, deliberadas o circunstanciales, formadas a partir de un “me gusta”, qué poder y con qué fines son usadas hoy. Son preguntas para hacerse a cada instante.
Las audiencias tienen derecho a la información veraz, imparcial y oportuna. También tiene derecho a una formación que les permita distinguir y elegir contenidos veraces, responsables y útiles, lo que algunos autores denominan alfabetización o educación mediática del lector, oyente, televidente y usuario.
Este es el camino que tienen para convertirse en audiencias críticas, con suficientes competencias para liberarse de la manipulación y el enredo de estas posibilidades tecnológicas tan extendidas hoy en todo el mundo.
“Los periodistas perdimos el monopolio de la información, pero hay mucha parte de verdad oculta que debemos buscar. Hoy todos pueden informar, pero no todo el mundo pueda dar información que nadie se quiere perder y que todo el mundo quiera conservar. El periodismo debe ser productor de una información tan valiosa que nadie la quiera perder”, dice el maestro Javier Darío Restrepo.
La información es un derecho humano fundamental. Conocer la realidad, no la fantasía ni la falsedad, es una prioridad, una garantía que toda persona necesita para tomar las mejores decisiones en la vida pública y en la privada
A nadie le gusta que le digan mentiras. Las audiencias pueden optar por los contenidos de las redes o de los medios. Ante tal cúmulo de posibilidades, las audiencias pueden decidirse por la verdad o por la mentira. Lo irracional es que lo hagan por reflejo o siguiendo las emociones…

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