A las audiencias, muchas gracias

Esta es mi última columna como Defensor de las Audiencias de El Colombiano.
Quiero expresarles a todos los lectores del periódico mi gratitud por el apoyo que me ofrecieron como un oidor de sus inquietudes.
Durante el año de 2016 recibí 2.364 comentarios y críticas. Todos fueron dirigidos a los editores y macroeditores en la Sala de Redacción y a la directora del periódico. De igual manera lo hice desde que asumí este compromiso.
Valoro la colaboración de quienes con asiduidad reportaron los errores y equivocaciones sobre los contenidos informativos o solicitaron aclaraciones, rectificaciones y explicaciones.
Percibí en los mensajes la intención de ayudar a mejorar la calidad de la información. Entiendo que una imprecisión o un error generan malestar y desconfianza, aunque esta visión no coincida con la del periodista.
Defendí la aspiración de los lectores de encontrar en el periódico la información veraz, plural, responsable y transparente a que tienen derecho como ciudadanos y miembros de una comunidad en la que el periódico es el vocero de sus intereses vitales.
La columna semanal buscó echarle luz a las críticas y cuestiones de los lectores con un énfasis pedagógico para estimular la participación de las audiencias y su formación crítica y, a la vez, alentar la autocrítica entre los periodistas.
Los ciudadanos se ven hoy confundidos por el bombardeo de noticias y de contenidos falsos. Los periódicos tienen en esta coyuntura, que asusta a muchos, la oportunidad de mantener con coraje y transparencia los valores y principios del periodismo. Las defensorías, como instrumentos de autorregulación profesional, contribuyen a esta causa.
Gracias a mis antecesores. A Jesús Vallejo Mejía, Javier Darío Restrepo, Juan Luis Mejía y Juan José García les correspondió abrir la ventana a los lectores para que sus voces se oyeran y fueran tenidas en cuenta en la sala de redacción.
Y gracias a las directoras de El Colombiano, Ana Mercedes Gómez Martínez y Martha Ortiz Gómez, por el voto de confianza. Siempre gocé de independencia y autonomía para ejercer esta compleja labor de mediador, que pudo dejar lectores insatisfechos y periodistas inconformes, quizás porque el papel de la defensoría es hablarle a la conciencia de unos y otros, sin intervenir directamente en las decisiones que se tomen en la sala de redacción y en otras instancias.
“El Defensor apunta a la consecución de dos objetivos indisolublemente unidos: el primero, el lograr la excelencia profesional; el segundo, el servir con eficiencia al ciudadano”. Estas palabras del periodista y profesor universitario Carlos Maciá Barber guiaron mi gestión. Invito a las audiencias a participar activamente con sus comentarios, críticas y aportes, con el objetivo de mejorar la calidad de la información que reciben.
Y a los periodistas, a buscar la verdad, más hoy cuando se predican posverdades y otras ideas afines que son una trampa para el periodismo, las audiencias y los ciudadanos. Mantener los principios, abrirle las puertas a la innovación, robustecer las relaciones con las audiencias, recibir los comentarios de ellas con humildad y alentar la autocrítica, son requisitos de credibilidad y periodismo de calidad. A todos nos interesa. Es, además, la obligación de quienes tenemos como misión garantizar el derecho a la información.

¿A quién creerle? (2)

La comunicación del lector José Manuel Restrepo en la que expresa su preocupación por el auge de las noticias falsas que difunden las redes sociales y que confunden a los ciudadanos es uno de los más importantes desafíos de los medios y de las audiencias.
En la última columna quedó planteado el camino: el periodismo no puede dejarse influir por este fenómeno de la información basura pero que alimenta la crisis de confianza y credibilidad y los ciudadanos deben fortalecer la actitud de audiencias críticas.
Jeff Jarvis, profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, CUNY, dijo esta semana en Londres, según publicación de Carlos Fresneda, en el periódico español El Mundo, lo siguiente: “No podemos permitir que una poderosa herramienta como las redes sociales se convierta en una factoría de noticias falsas”.
Y añade que “a los medios tradicionales les queda también un trabajo duro por delante. Tienen que hacer un esfuerzo por recuperar la credibilidad y la confianza del público, resistir a la tiranía del clic y escuchar a los ciudadanos. La responsabilidad última la tiene la publicidad, dejando de alimentar las webs de fake news con anuncios”.
En las redacciones de los medios de comunicación se necesitan editores capaces de percibir y distinguir la realidad de los hechos y no la que simulan las fuentes perversas de la desinformación. Atender los asuntos de interés público es la misión del periodismo.
Y también se requiere que los ciudadanos tomen distancia de las redes sociales y de los medios de comunicación que florecen sobre el falso periodismo, superficial y compulsivo. Solo una recepción crítica de todos los mensajes que impactan los sentidos podrá defendernos de estas manipulaciones. La información es un bien, no es una mercancía. Es un derecho fundamental.
La angustia del lector José Manuel Restrepo está centrada en la avalancha de contenidos falsos y maliciosos de las redes sociales, pero este no es el único reto de los medios para recuperar la credibilidad. La falta de rigor es otro de los factores que afectan esta confianza.
Todos los días recibo comentarios y gazapos de los lectores, muchos de ellos por descuido de los autores y editores.
La calidad de la redacción afecta la reputación del periódico y de sus periodistas. Las equivocaciones e imprecisiones afectan la veracidad. Los lectores expresan con frecuencia el malestar porque no todos se corrigen en la sección Fe de errores y en la edición digital y porque se repiten.
Como lo he dicho con anterioridad, falta un programa de calidad en la redacción y de gestión de los errores.
En definitiva, el esfuerzo de los medios por interpretar la realidad de los hechos con las herramientas que nos da el periodismo y no basados en el espejismo de las redes sociales será factor decisivo para recuperar el espacio perdido en la opinión pública.
Considero que esta crisis es una coyuntura para que los medios de comunicación afiancen sus principios y usen las nuevas tecnologías para hacer el mejor periodismo. Pronto los lectores elegirán cómo informarse, a quién creerle.

¿A quién creerle?

El lector José Manuel Restrepo escribe. “Con preocupación y angustia me cuestionó como haremos los ciudadanos para obtener la información verídica y oportuna sobre lo que pasa en Colombia y el mundo… Con estupor vi a tres vecinos que daban por cierta la muerte del comandante de las Farc Timochenko, varias horas después de que se aclaró la noticia falsa. ¿Qué piensa usted como defensor de los lectores del fenómeno de las redes sociales que nos confunden y desorientan como en este caso tan sonado?”.
En otras oportunidades me he referido al riesgo de informarse por Twitter, Facebook y otras redes sociales que son utilizadas con frecuencia por personas que replican informaciones sin averiguar la veracidad, como les ocurrió a los tres vecinos que señala el lector. La falsa noticia le dio la vuelta al mundo a través de las redes sociales Los medios de comunicación verificaron este tuit procedente desde una cuenta de Twitter falsa atribuida al presidente Juan Manuel Santos.
Hay que tener en cuenta que los hechos deben ser verificados y contrastados en distintas fuentes de información antes de publicarse. Esta es la metodología periodística, es lo que hacen los profesionales de la información que además observan normas éticas y legales y valores como la veracidad, imparcialidad, responsabilidad y transparencia.
La rutina de averiguar y confirmar antes de publicar difiere de la conducta de quien teclea un tuit en forma irracional, abusiva y a veces criminal.
Esta oleada de noticias falsas y desinformación afecta por igual a las sociedades de todo el mundo.
Existen máquinas de propaganda sucia que se aprovechan de la credibilidad que ofrece un personaje o un medio de comunicación para suplantar los perfiles o crear uno falso y desde ahí promulgar contenidos malintencionados con apariencia de noticia.
Un estudio publicado esta semana por BBC con la colaboración de CrossCheck, un proyecto de periodismo de First Draft News, sobre cinco noticias falsas de la campaña política francesa, revela que fueron compartidas miles de veces por las audiencias principalmente en Facebook y Twitter.
En Alemania se discute un proyecto de ley para imponer multas millonarias a estas dos compañías para presionarlas a bloquear las cuentas que abusan divulgando mensajes xenófobos y de odio. Las sanciones también podrán ser aplicadas a las personas que amenacen y ofendan.
Y quien lo creyera, hay medios que aparentan ser periodísticos cuando en realidad son aparatos de propaganda. Un artículo, del 12 de marzo de este año, firmado por Steven Erlanger en The New York Times, afirma que gobiernos de Estados Unidos y Europa sostienen que “…RT es un agente de la política del Kremlin y una herramienta que utiliza el presidente Vladimir Putin para socavar las democracias occidentales con acciones como entrometerse en las recientes elecciones presidenciales estadounidenses y, según funcionarios europeos, intentar hacer lo mismo en Holanda, Francia y Alemania, países que celebrarán comicios este año”.
Esta crisis de confianza y credibilidad solo se resuelve con medios responsables que se abstienen de seguirle el paso a las redes sociales y audiencias críticas que identifican la información y la diferencian de otras especies.

Cuando a los lectores no les cuadran las cifras

Los errores numéricos en la información periodística se repiten con frecuencia, aunque no con la misma asiduidad son detectados y corregidos.
El dominio de los cálculos matemáticos, el análisis estadístico y en general la escritura de cifras, porcentajes, tasas, medidas, entre otros datos numéricos, son requisitos de la calidad periodística y atributos tan valiosos como la corrección idiomática.
Percibo, como lo contemplé en la última columna, que en las salas de redacción falta un acercamiento a estos temas que requieren de un mayor cuidado de autores y editores de las informaciones periodísticas.
Es oportuno indicar que solo una parte de las audiencias descubre las equivocaciones que suelen colarse en el periódico. Y solo, también, unos cuantos lectores acuciosos las advierten y comunican a la redacción.
Dos casos recientes son evidentes. El lector Federico Díaz González escribe que “…en la página 6 de la edición de marzo 1 aparecen, título: Mediterráneo: 9 de cada 10 niños cruzan solos, y subtítulo: Unicef revela que un tercio de los menores que emplean esa ruta para escapar de conflictos llegan sin sus padres. Me parece, señor Defensor, que hay incoherencia entre “9 de cada 10” (90 %) y “un tercio” (33 %)”.
El lector Lisandro Mesa O. detectó otro error: “En la página 12 de la edición impresa de hoy 6 de marzo se lee en la noticia Hay opción para excluidos de sistema educativo, que “…en la actualidad, 1.326 personas en condición de vulnerabilidad cursan los estudios de primaria, secundaria y media…El programa tiene capacidad, en cómodas instalaciones, para 1.700 personas. Hay cupo para otras 400…”. No me cuadran las cifras: 1.700 (capacidad total), menos 1.326 (cupos actuales), es igual a 374 (cupos disponibles). La nota exagera en 26 cupos al titular: Matriculas abiertas con 400 cupos”.
En esta nueva reflexión quiero hacer énfasis en algunos riesgos en los que también podemos caer los periodistas sino usamos los números y cálculos con cuidado.
El exceso de cifras puede confundir cuando no hay claridad y relación racional entre un dato y otro. Los números no pueden ser adorno de los textos. Tampoco deben servir para dramatizar ni para dar la impresión de veracidad y rigor.
Al efectuar un redondeo es preciso explicarlo para que el lector comprenda que se trata de este recurso y no del resultado de un cálculo matemático.
Citar la fuente de donde se tomaron las estadísticas es obligatoria condición de los principios de veracidad y transparencia. Así el lector podrá profundizar la información.
Cuando se trata de porcentajes, tasas, comparaciones y variaciones periódicas es necesario hacer claridad sobre las cifras totales y completas y sobre los términos y medidas.
Estoy de acuerdo con el periodista y profesor chileno Juan Pablo Figueroa Lasch: “En el mundo en el que casi todo está dominado por números, necesitamos herramientas que provienen de las ciencias para comprender mejor el terreno en el que se producen las noticias. Las ciencias auxiliares del periodismo, y en esta caso del periodismo investigativo, deben convertirse en aliadas, no en enemigas”.

Números equivocados, cálculos errados…

El 22 % de los errores que reportan los lectores al defensor corresponden a inexactitudes y equivocaciones en números, cifras, medidas, porcentajes y cálculos matemáticos. Así lo expresé hace unas semanas cuando presenté el resumen de los mensajes recibidos durante 2016. En total los lectores detectaron 824 errores numéricos.
El lector Lisandro Mesa O. es uno de los más asiduos críticos. Se lamenta de la falta de precisión y rigor de los periodistas en las informaciones que incluyen cifras, porcentajes y operaciones matemáticas. Y demanda un mayor cuidado de los periodistas, editores y macroeditores para que se controle la calidad periodística.
En su más reciente comunicación dice: “…quisiera saber cuál es el argumento para que el periodista de la noticia sobre tecnología (Metro, página 12) haga la siguiente comparación: “…Las 148 zonas de wifi gratis para la gente que serán instaladas en todos los municipios del departamento, tienen un área de cobertura de 7.000 metros cuadrados…” frente a “…Los puntos de acceso a wifi que tiene Medellín por fuera de este convenio, tienen una cobertura inferior, 80 metros a la redonda…” que se lee en capacidad y cobertura de la noticia “Todos los municipios del departamento tendrán wifi” publicada hoy…” .
Se refiere al reportaje titulado Todos los municipios del departamento tendrán wifi, publicado en la edición del viernes 17 de febrero.
El asunto es que el área de cobertura en los municipios de Antioquia, según este plan tecnológico anunciado, está expresado en metros cuadrados (7.000), en tanto que para Medellín se registra en 80 metros a la redonda. Lo que “es lo mismo que 20.106,24 metros cuadrados”, calcula la operación matemática efectuada por el lector.
Quiere decir que en realidad es mayor el área de cobertura en Medellín, y no menor como dice la información.
En la sección Fe de errores del viernes 24 de febrero se aceptó el gazapo aunque no se explicó con claridad el cálculo acertado: “El lector Lisandro Mesa nos escribió para señalar que en el artículo “Todos los municipios del departamento tendrán wifi”, en la página 12, se cometió un error de cálculo en una comparación en la cual se afirmó que 80 metros a la redonda (lineales) son un área inferior a 7.000 metros cuadrados. En ese sentido, le damos la razón y les ofrecemos disculpas a él y a nuestros lectores por la ligereza en este cálculo matemático”.
En la información de sucesos, Miembros de “la Raya” se declararon culpables, el lector Lisandro Mesa O. encontró otro error, en una sencilla resta: “…18 de los 26 capturados fueron enviados a la cárcel, mientras que los otro siete…” resulta que veintiséis menos dieciocho es ocho, que es diferente de siete: 26 – 18 = 8 ≠ 7…”.
Creo que a los periodistas nos falta más concentración y persistir en el dominio de los números y emprender un programa de alfabetización matemática para poder adentrarnos en el periodismo de investigación y de datos. Y por supuesto, para honrar el principio de veracidad y merecer la credibilidad de los lectores.

Las lecciones de un error

La reflexión de hoy continúa el análisis de los comentarios de los lectores. De los 2.364 que recibí durante el año anterior, 824 corresponden a la categoría de críticas y errores en las informaciones publicadas. Esta cifra es el 39,4 % y representa una ligera disminución porcentual con respecto a las observaciones enviadas durante el año 2015: un total de 793 comunicaciones, el 37,4 %.
Este conjunto de críticas y errores atañen a tres grupos: más de la mitad, el 51%, a usos incorrectos del lenguaje; el 27 % a imprecisiones y errores numéricos; el 22 % a falta de claridad, rigor y transparencia en las informaciones.
Los gazapos más frecuentes detectados por los lectores se refieren a la confusión reiterada del uso de las palabras por que, por qué, porque y porqué; leísmo y loísmo mal empleados; discordancias de número y género; dequeísmo; uso incorrecto de preposiciones y conjunciones, barbarismos y tecnicismos; puntuación deficiente; errores de ortografía, y hasta erratas, o sea equivocaciones por mala digitación de caracteres.
El lenguaje periodístico debe ser claro, sencillo, propio y ameno, para que llegue a las audiencias.
Las imprecisiones y equívocos numéricos conforman el segundo grupo de errores más frecuentes. Se trata de operaciones aritméticas mal hechas, igual que porcentajes y decimales. Es frecuente el uso indistinto de comas y puntos en estas últimas cantidades, lo que confunde y contraría el Manual de estilo y redacción.
También ocurren fallos por mal uso de las unidades de medida y por no observar la escritura recomendada por la Real Academia Española o por el Sistema Internacional de Medidas.
El tercer porcentaje de esta clasificación compete a distintos fallos en el proceso de averiguación y confrontación de los hechos.
Las fuentes precarias, una o dos, no son suficientes para que la información alcance los estándares mínimos de imparcialidad y transparencia. Es norma que todos los datos sean producto de la verificación y confrontación de fuentes distintas y distantes, como lo he explicado en otras oportunidades.
La inclusión de opiniones en las informaciones y la elección de temas de la agenda motivan también quejas de los lectores. Lo mismo ocurre con las generalizaciones y las discordancias entre el título y el texto informativo.
Quizá la prisa con la cual trabajamos los periodistas y la falta de competencias lingüísticas explican en parte la frecuencia de los errores. Sin embargo, esta circunstancia no los justifica porque debemos tener suficiente conocimiento y destreza para usar correctamente el lenguaje. Al fin y al cabo este es nuestro principal instrumento.
Es oportuno mencionar nuevamente que escribir bien es una prioridad profesional, ética y de responsabilidad social. E insistir en la humildad, porque los periodistas no lo sabemos todo ni podemos averiguarlo todo. Como humanos, nos equivocamos. Pero debemos corregir y aprender las lecciones de un error, para nunca repetirlo.
Un programa de calidad que mejore la gestión de los errores, así como la colaboración de las audiencias para detectarlos ayudarán a la calidad del periódico. De nuevo, la invitación para que los lectores nos hagan críticas y observaciones. Siempre serán bienvenidas.

Los lectores comentan…

Varios lectores me han escrito y llamado por la última columna en la que me referí al periodismo sensacionalista, amarillista y trivial que se reanima por cuenta de ciertos contenidos escandalosos de internet y las redes sociales, especialmente en los medios audiovisuales. Lo preocupante es que esta tendencia cautiva a los medios de comunicación serios y a las audiencias.
El lector Juan Fernando Echeverri comenta: “…más claro imposible. Definitivamente, ha llegado la hora para que los medios depuren y limpien sus columnas y foros, evitando la vulgaridad, la ordinariez, la exageración, el insulto, la mentira, la calumnia, el odio enconchado, recuperando la responsabilidad, el respeto y la imparcialidad. Todos ganamos…”.
La lectora Luz Pinilla dice: “…si solo fuera eso, que los medios conmocionan como dice con claridad usted, pero es que fácilmente la generalidad de los periodistas, calumnian, no reconocen que todos son inocentes mientras no sean vencidos en juicio, no suponen jamás inocencia sino deshonestidad sin conocer a profundidad los hechos, por odio o por alarde de la chiva…”.
Y José Miguel Hoyos afirma y pregunta: “Coincido en todo con su artículo titulado Informar o conmocionar. Según entiendo la ética de los periodistas prohíbe el sensacionalismo amarillista ¿por qué se acude a este fenómeno a pesar de las nomas? ¿Es que buscan el dinero y la fama a costa de informar lo que es, lo verdadero? ¿Qué opina usted…?”.
Tiene razón el lector. El sensacionalismo es una práctica desaprobada por el periodismo responsable y de calidad. Dos citas dan cuenta de tal descalificación.
En palabras del investigador y autor peruano Eudoro Terrones Negrete, en su obra Cien códigos de ética, sostiene que el sensacionalismo “es la apelación a los sentidos y a las pasiones del público con palabras, imágenes y sonidos a fin de despertar y fomentar en el público apetitos subculturales e inframorales, distorsionar la verdad, propagar la inmoralidad, los instintos morbosos y provocar en sí efectos que nada tienen que ver con la información. Su objetivo es el lucro, el rating, el aumento de circulación y de anuncios, y obtener una popularidad (falsa). Su materia prima es el sexo, la violencia, el crimen y el delito, es el dinero, el escándalo y la vida privada e intimidad de las personas y familias”.
El código de ética del Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB consagra: “El sensacionalismo es una deformación interesada de la noticia, implica manipulación y engaño y, por lo tanto, burla la buena fe del público…”.
Esta tendencia es engañosa, queda claro, porque sobredimensiona la realidad de los hechos o porque se detiene en los aspectos más escandalosos.
Algunos medios optan por un periodismo rabioso y bipolar que enfrenta fuentes opuestas, no para contrastar le información sino para provocar y exacerbar los ánimos, para propiciar un espectáculo que permita ver quien eleva más el tono de la voz y no para echarle luz a los hechos con ética y responsabilidad social.
Sorprender y atraer pueden ser cualidades del periodismo pero no pueden estar por encima del objetivo central: informar.

Corregir, una acción inaplazable

La celebración, el pasado 27 de octubre, del Día Internacional del Corrector de Estilo, o del Día Internacional de la Corrección, propone un ejercicio autocrítico de los periodistas con el propósito de evitar los errores y mejorar la calidad del periodismo.
La celebración es de reciente creación. La Fundación Litterae de Argentina la instauró en 2006 y pronto la acogió la Unión de Correctores, UniCo, en honor de Erasmo de Róterdam, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, en su aniversario.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice en forma rotunda y contundente: “El primer deber del periodista es escribir bien…”. Y añade: “…el buen periodista es el que escribe bien y con rapidez. En un diario no tiene mérito escribir bien pero a paso de tortuga, ni mal pero dejando un chispero en el teclado…”.
Los errores desconciertan, molestan y ofuscan a los lectores. Lo peor, le restan credibilidad al periodista y al medio de comunicación. Se pierde la confianza creada en el contrato de lectura establecido en forma tácita o expresa entre periodista y lector.
Los errores transgreden el principio de veracidad y frustran el propósito de informar a las audiencias.
Tal como lo expresé al inicio del año, el 37,4 por ciento, de las 2.119 observaciones de los lectores recibidas por la Defensoría de las audiencias, se refiere a críticas por faltas gramaticales, ortográficas o de otra índole.
El Colombiano exige a los periodistas corregir con “prontitud, franqueza y claridad” Por esta razón estableció la sección Fe de errores, para corregir algunos de ellos, detectados por los lectores o por los mismos editores y periodistas. Un paso promisorio complementado con el taller de calidad periodística que ojalá se convierta en un programa de formación continua.
No obstante, es urgente, insisto, establecer un sistema de gestión de los errores para asegurar que no se repitan: corregir es una acción inaplazable.
El periodista español Alex Grijelmo escribió una frase sabia: “…quien no reconoce sus errores no mejora”, en su obra ¡En qué estaría yo pensando!, que recoge las explicaciones que dan a sus fallos 30 periodistas del diario El País.
Para evitar las recaídas creo oportuno citar al autor Daniel Cassany, en su obra La cocina de la escritura, que ofrece algunos consejos prácticos. Dos de ellos, recomendados para los periodistas, son los siguientes:
“Adoptar una actitud crítica. Relee el texto como si fueras un crítico implacable, con actitud dura. Exagera los errores, buscando lo que los lectores pueden caricaturizar. No dejes títere con cabeza. Después, recupera el tono racional y valora si estas críticas tienen algún fundamento. Si acaso, rectifica los excesos”.
Y añade: “Oralizar el escrito. El oído puede descubrir lo que no ha descubierto el ojo. Lee el texto en voz alta como si lo estuvieras diciéndolo a una audiencia. Escucha como suena: ¿queda bien? ¿te gusta?”.
Finalmente, unas palabras de gratitud para las decenas de lectores que nos envían sus críticas y señalan con frecuencia y pertinencia las incorrecciones en los contenidos de las ediciones impresa y de la web. Los lectores se merecen un periódico bien informado y bien redactado, sin imprecisiones, sin gazapos. Cazar los errores nos ayuda a mejorar la calidad. De igual manera, para nuestros correctores Uriel Hidalgo Giraldo y León Jairo Saldarriaga López.

El titular es un desafío ético y profesional

El lector José Manuel Arango escribe: “Considero de la mayor importancia su columna del domingo en la que analiza un título que no corresponde a la información suministrada por el periódico y por el senador José Obdulio Gaviria. Quiero preguntarle a usted ¿qué normas siguen en el periódico El Colombiano en estos casos? ¿En dónde queda la objetividad? ¿En dónde queda la credibilidad, porque según mi punto de vista la tal inocencia del magistrado Pretelt ni siquiera la consideró el senador Gaviria?”.
Las consideraciones del lector se refieren al título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, sobre el cual escribí la última reflexión.
La verdad es la esencia del periodismo. Muchos autores consideran que la objetividad es inalcanzable y la definen como un valor límite que el periodista tiene la misión de buscar para acercarse a ella. En general, se habla mejor de honradez profesional que de objetividad para rescatar este requisito del periodismo veraz y responsable.
En el Manual de estilo y redacción de El Colombiano se consagra que “La honradez mental es la primera de las virtudes del periodista. La honradez mental impone ser verídico y rectificar los errores”.
El periodista tiene sus principios ideológicos como todo ciudadano, pero a la hora de escribir debe actuar conforme a los principios de la profesión y alejarse de sus convicciones para garantizar la veracidad y la pluralidad de la información.
“Al redactar una noticia el periodista debe mantener un distanciamiento crítico tanto del tema como de los protagonistas de ella, estar al margen de lo contado, y, como en todo en esta profesión u oficio, debe dudar de los datos que le han suministrado, confrontar versiones y no involucrar sus prejuicios sobre lo que ha sucedido”, reza el Manual de estilo y redacción.
El periodista debe hacer todo lo humanamente posible para construir un relato lo más cercano posible a la realidad de los hechos.
El debate sobre la objetividad en el periodismo viene de tiempo atrás. Las trazas de opinión que pueda tener una información por el enfoque, la visibilidad, el tamaño y la ubicación dentro de la edición tienen el cometido de garantizar el concepto de neutralidad, veracidad, no intencionalidad u honestidad, como queramos llamarlo.
La división entre información y opinión es vital para que el lector tenga clara la intención del texto.
Ahora, el título cuestionado fue construido sobre una interpretación errónea y confusa. No corresponde ni al documento elaborado por el senador Gaviria ni se desprende de las declaraciones que recoge.
Por esta razón al día siguiente el periódico rectificó la información, aunque de manera parcial e insuficiente, tal como lo manifesté en la columna del pasado domingo.
La elaboración del título no es fácil, pero tanto el periodista como el editor tienen la responsabilidad ética y profesional de concertarlo para que alcance los atributos de veracidad, claridad, concisión y convicción.
El análisis de los contenidos periodísticos da cuenta de la trascendencia del titular. Muchos lectores no leen la información completa y se quedan con la idea de las pocas palabras que recoge la frase del título. Con razón dicen que el país se puede gobernar con titulares de prensa, en una crítica al periodismo que solo hace eco de declaraciones sin detenerse en verificar los hechos.
Titular es un desafío profesional y ético que pone en juego la credibilidad del periodista y del medio de comunicación.

Contra los errores, buenas prácticas

Los errores provocan un gran disgusto. Los periodistas nos lamentamos de no haber leído una vez más el texto para detectarlos. Igual les ocurre a los editores.
Quizás hay muchas explicaciones: generalmente los periodistas trabajan varios temas a la vez; la hora de cierre obliga a acelerar la entrega de las informaciones; no se consulta el diccionario; no se aclara un concepto dudoso y hasta la falta de competencias lingüísticas.
También hay buenas prácticas: escribir con el diccionario al frente; resolver los interrogantes de inmediato; leer y releer; apoyarse en otra persona para que lea lo escrito o leerlo en voz alta; desconfiar de los correctores automáticos…
Debemos hacer todo lo posible para evitar los errores. Y si los cometemos, tenemos la obligación de enmendarlos. En este propósito de mejorar la calidad periodística es vital la participación de las audiencias. Los gazapos señalados por los lectores y hallados por los periodistas al releer las informaciones publicadas se corrigen en la Fe de errores, que se publica en la página Radar de la sección Metro y también en la edición digital.
De las equivocaciones reportadas por las audiencias resalto tres en la reflexión de hoy.
La primera se refiere a la falta de un dato en el reportaje sobre la consulta popular de Envigado, publicado en las páginas 12 y 13 de la edición del 11 de julio.
El lector Luis Alfredo Molina Lopera escribe: “En el tercer párrafo dice “El total de votos fue 40.395”: Válidos, 39.871 y nulos, 366. Esto debería ser igual al total: 40.395. Pero da 40.237, hay una diferencia de 158 votos. Ahora bien: por el Sí, 24.507, por el No, 15.364 y nulos 366. Esto da 40.237 sufragios. Ahí cuadran las cuentas, pero no da el total mencionado de 40.395. Con ánimo constructivo, sería bueno aclarar la situación…”.
La Fe de errores aclaró al día siguiente: “Votos en consulta de Envigado: total 40.395. Por el Sí, 24.507; No, 15.364; nulos, 366 y no marcados 158. Estos últimos no aparecen registrados en nuestro informe central, pero sí en el infográfico que la ilustra. Tiene razón el lector al reclamar todas las cifras en ambos”.
La lectora Lucila Gallego, llamó para señalar un error en el reportaje Así será el museo de la memoria, publicado el 7 de julio en la página 8. Dijo que le pareció muy interesante el informe sobre la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Agregó que “me interesé porque soy víctima pero me desilusioné cuando vi el error sobre la fecha de la muerte violenta de Jorge Eliécer Gaitán, que ocurrió el 9 de abril de 1948, no el 9 de abril de 1949 como dicen ustedes…”.
El lector Gabriel Escobar Gaviria se refirió a la frase debajo del título Carrizal sueña con borrar la guerra de su historia, publicado el lunes 11 de julio:
“Como ya deben saber, apareció en El Colombiano de hoy la palabra «testiga», en el subtítulo de la noticia de la página cuatro. Ya debió haber levantado una polvareda de Padre y Señor mío. No hay para qué levantarla, explico: No hay norma morfológica que impida los femeninos de «testigo», «miembro» y «canciller», pero quien se atreva a usarlos queda estigmatizado como ignorante. Las palabras no son creadas por la Real Academia Española, sino por el uso. Siempre que me refiero a una cancillera lo hago en femenino, con las otras dos no me he atrevido”.