Cuando se habla de gigavatios…

El lector Lisandro Mesa O. cuestiona la información publicada el día 17 de febrero sobre el daño registrado en la Central Hidroeléctrica de Guatapé: “…en la página 11 (Metro) de El Colombiano se reseña tres veces el siguiente dato: “8 gigavatios hora día genera la hidroeléctrica de Guatapé, en total 560 megavatios” citando al ministro de Minas y Energía, Tomás González Estrada. En la página web de EPM se lee: ´…esta central contribuye al sistema con 2.730 GWh de energía media anual…´. Como el dato esta en hora-año, hacemos la respectiva conversión a hora-día: 2.730 GWh / 365 días = 7,479 GW hora día, diferencia en cifras significativas de 0,521”.
Y añade: “Se infiere que nadie tiene más autoridad para este tema específico que el ministro, sin embargo El Colombiano debería ser preciso en cifras y cuantificaciones; debe ser difícil dudar y hacer algún tipo de cotejo entre la información de fuente creíble y las entidades que proporcionan el dato real; pero para entender la complejidad del caso imaginemos obtener la energía media anual a partir del dato del ministro: 8 GWh x 365 días = 2.920 GWh (una diferencia de 190 GWh que no puede ser interpretada como insignificante)…”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local, explica: “Ninguna verdad es absoluta y en la medida que las informaciones avanzan se conocen nuevas visiones, perfiles y datos estadísticos sobre los mismas. El periodista tiene el derecho y la obligación de profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro. En este caso específico, la información fue suministrada, de manera conjunta, por el Ministro de Minas y el Gerente de Empresas Públicas de Medellín, dos de las más grandes autoridades en la materia”.
Para echarle más luz al asunto y buscar una explicación técnica, consulté al ingeniero Adrián Ceballos López, quien labora en una las principales empresas de generación de energía del país:
“La conversión no puede hacerse directamente dividiendo por 365 días. Cuando EPM dice que genera energía media anual de 2.730 GWh es porque tiene en cuenta factores de planta, mantenimientos, etc. La planta puede producir en un solo día mucho más que 2.730 GWh/365 días = 7,479 GWh/día. Incluso si validamos la generación real de Guatapé, ha tenido días de más de 13 GWh de generación (24 horas a full capacidad), o por ejemplo en el 2015 la generación promedio fue de 7,025 GWh día.
Y concluye: “La generación real depende de las condiciones hidrológicas y de la estrategia que tenga EPM en un determinado momento del tiempo para no agotar el embalse. Decir que puede generar 8 GWh día es correcto y no va en contravía de que EPM publique que la energía media anual es de 2.730 GWh”.
Ahora, si nos atenemos al Sistema Internacional de Medidas, se debe decir kWh, MWh o GWh para hacer referencia a estas cantidades de energía. Cuando se trata de periodos mayores, se escribe GWh día o GWh año, para expresar la cantidad de GWh que se consume en un día o en un año, respectivamente. En realidad en el sector eléctrico no es frecuente el uso del término gigavatios día (GW día) sino gigavatios hora día (GWh día).
Estoy de acuerdo, el periodista está obligado a “profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro…”. En temas técnicos como este, es recomendable a la asesoría de fuentes expertas y el apoyo en documentos que permitan aclarar, explicar y complementar la información oficial. Solo de esta manera se garantizan el rigor y la claridad, dos de los requisitos del periodismo de calidad.

Con un ojo crítico

En la columna del 14 de febrero, Los comentarios y críticas de los lectores, me referí a los mensajes recibidos por la Defensoría de las audiencias en el año 2015. En total fueron 2.119 comunicaciones, el 34,7 % correspondientes a críticas y errores de contenido.
A este subconjunto le hice un examen de acercamiento: la radiografía señala que el 50,6 % atañe al uso incorrecto del lenguaje; el 26,4 % a falta de claridad y carencia de fuentes que contrasten los datos, principalmente; el 22,8 %, a malos cálculos matemáticos, errores numéricos o en la escritura de guarismos y porcentajes y a deficiencias en el uso del sistema internacional de medidas.
Este análisis detallado permitió conocer los casos más frecuentes y emprender, en consecuencia, una acción pedagógica entre los periodistas, para mejorar la calidad de los contenidos de El Colombiano.
Una de las claves para alcanzar el objetivo es la lectura crítica que realizan las audiencias. Conocer las dudas y los errores que detectan, permite enmendarlos y evitar su repetición.
Con grata asiduidad recibo informes de errores y gazapos de quienes con un ojo crítico leen el periódico. Es una fortuna contar con audiencias de esta calidad porque nos permiten mejorar los textos desde el punto de vista del uso correcto del lenguaje y también en asuntos que corresponden a la ética y a los principios del periodismo.
El lector Rodrigo Cadavid Mejía escribió sobre el examen de algunas informaciones y para cuestionar mi última columna, Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”: “En su columna de esta semana usted defiende, en un todo y por todo, a los periodistas de El Colombiano; según usted, ellos comprueban toda la información recibida de otras fuentes. Por lo menos, esto fue lo que yo entendí. Si es correcto, no se cómo explica usted tanto error conceptual y técnico que aparece en ese medio; que no se corrige, sino que se vuelve a repetir; aunque no sea el mismo, pero si similar…”.
Considero que la información es un bien público y que el periodismo se funda en los principios de veracidad, imparcialidad, transparencia y responsabilidad social. Su razón de ser es mantener informadas a las audiencias, a la ciudadanía. Contribuir a lograrlo es asunto de todos: periodistas, medios y lectores.
Los errores que detectan nuestras audiencias son puntos de partida para una acción pedagógica en la Sala de Redacción. Es clara la instrucción para escribir los textos con limpieza, siguiendo los requisitos de verificación datos y contraste de fuentes. Pero falta un mayor esfuerzo para alcanzar mejores estándares de calidad y credibilidad. En la sección Fe de errores se enmiendan algunos, ojalá se corrigieran todos.
Añade el lector Cadavid Mejía en otro de los apartes: “…en la página 17, (Entrevista al presidente de Celsia, Ricardo Sierra Fernández, edición del 24 de febrero), donde se lee ´…el millón de VTU (sic)…´. Lo correcto es BTU (British Thermal Unit), que es una unidad de energía o de trabajo. De todas maneras, me queda la duda que esa expresión la haya hecho el presidente de una empresa generadora de energía, que tiene porque conocer el tema y, más bien, el periodista oyó y le sonó mejor BTU con V pequeña y para salvar responsabilidad puso las comillas. Es mi gran duda…”.
Al respecto, el autor de la información explica que “el lamentable error se debió a un descuido en la digitación y en segundo lugar a la falta de corrección del texto antes de publicarse”.
Esta reflexión continuará en la próxima columna.

Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”

El lector Juan Leonardo Montoya se cuestiona la conducta de algunos periodistas que reproducen casi textualmente los boletines y acuden pasivos a las ruedas de prensa.
“Voy a quejarme en sentido general de algunos medios de comunicación y a preguntarle su opinión: ¿no le parece poco profesional la información que reproduce las mismas palabras de los comunicados y ruedas de prensa sin averiguar más ni agregar antecedentes…? ¿Qué piensa usted? ¿No cree que los periodistas están fallando?”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local y Regional, explica: “Buena parte de la labor del periodista es la de fiscalizar, husmear, indagar que hay más allá de los hechos y versiones que entregan las autoridades, gremios, laboratorios, el ciudadano informado y el hombre de a pie. Para una información objetiva y transparente puede tener tanto valor lo que dice el Presidente de la República, como lo que dice un ciudadano del común al que se le han violado sus derechos o fue testigo de un acontecimiento.
Y añade: “El boletín de prensa, como la voz de quien llama a denunciar determinado hecho es apenas un insumo en la confección de las noticias. Es responsabilidad del periodista ir más allá del mismo para corroborarlo, desmentirlo o simplemente descartarlo por su falta de valor. De semillas insignificantes nacen los grandes árboles y el hombre mismo”.
Ni más ni menos. El maestro Javier Darío Restrepo enfatiza sobre el asunto: “Un periodismo que se limita a reproducir esos materiales es un periodismo mediocre, que no le ofrece garantía alguna al lector y que lo deja indefenso en manos de las oficinas de prensa de las entidades privadas o públicas, en las que suele hacerse propaganda, pero no información”.
Los boletines de prensa son puntos de partida y referencia. Sus contenidos deben someterse a la verificación y contraste de fuentes diversas para que se conviertan en información periodística veraz, imparcial, transparente y responsable.
El séptimo punto del decálogo del periodista creado por escritor el argentino Tomás Eloy Martínez es contundente: “Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero”.
Este periodismo de “palabras prestadas”, reproducidas fiel y torpemente de notas y ruedas de prensa, va en contravía de los principios éticos y del interés general, pilares que construyen la confianza y la credibilidad de las audiencias. Una sola fuente no es garantía de información confiable.
Considero que los periodistas de El Colombiano, verifican los datos y declaraciones que contienen los comunicados y notas, los amplían y aclaran, los contextualizan y producen un texto con los estándares de calidad exigidos por el Manual de estilo y redacción.
Con respecto a las ruedas de prensa observo que a veces se atomizan y algunos periodistas optan por la pasividad sin preguntar ni repreguntar en estos actos que se repiten con alta frecuencia, principalmente en entidades gubernamentales. Por fortuna en nuestro medio no existen las ruedas de prensa de meras declaraciones, sin preguntas.
No se puede olvidar que estas son acciones de los departamentos de comunicación, cuyos objetivos son diferentes a los del periodismo, porque ofrecen la visión unilateral y parcial de los hechos que afectan a la ciudadanía.
Los boletines de prensa bien elaborados, con declaraciones de interés público y rico en datos soportan el valor periodístico suficiente para incluir algún aparte dentro de la información compilada, producto de la averiguación realizada por el propio periodista.

 

“Eres lo que escribes…”

Con frecuencia recibo quejas por el lenguaje ofensivo, agresivo y de odio que se emplea a veces en los comentarios y mensajes de las redes sociales y del el foro de lectores.
Es una realidad que preocupa. Las expresiones agresivas van desde la burla hasta el lenguaje de odio usado abusivamente para lastimar a otras personas por motivos raciales, de sexo y de credos religiosos e ideológicos y aún por condiciones socioeconómicas.
Estos mensajes se reproducen exponencialmente por acciones de aprobación complaciente, irreflexiva y aún cómplice, cuando se trata de un comentario difamatorio o injurioso.
A veces surgen voces que van en contravía de las expresiones inmoderadas que reclaman argumentos en vez de frases irracionales y mal expresadas.
La libertad de expresión es uno de los derechos más valiosos conquistados por la humanidad y consagrada en el universo de las normas que rigen a los ciudadanos de todas las latitudes. Solo hay un límite: el de los demás derechos humanos.
El derecho a insultar no existe. Además es una salida falsa de quienes quieren interactuar sin ideas ni argumentos.
Suplantar la identidad o usar un seudónimo para agredir y disparar palabras desde la trinchera del anonimato es un delito. Un acto tan cobarde como quien tira la piedra y esconde la mano, en vez de dar la cara y expresar libremente sus juicios sin menoscabar el buen nombre y reputación del otro.
No hay justificación para revelar intimidades o echar al vuelo rumores y prejuicios alejados de la verdad. Hacerlo, trasgrede el derecho a la intimidad y honra de las personas.
Burlarse de alguien y discriminarlo por cual causa son conductas infames que atentan contra la dignidad de las personas y pueden ser castigadas con “el precio del dolor”.
Más allá de ponerle lupa legal a estos excesos de intolerancia y desenfreno verbal o de complacencia irreflexiva, que encajan perfectamente en los tipos penales de los códigos, urge una acción colectiva que desestimule las expresiones insultantes y aliente la argumentación.
El mundo de hoy, que no se explicaría sin las redes sociales, tan involucradas en la vida personal como en la de los medios de comunicación. Si se utilizan para molestar, maltratar, calumniar e injuriar, la conducta de los autores oscila entre la de un incivil y la de un transgresor.
“Eres lo que escribes, eres como escribes”, es una frase afortunada que debe trascender el cuidado del lenguaje y la corrección idiomática que usa el autor en sus tuits y comentarios.
EL COLOMBIANO acaba de lanzar una campaña (#HablaDeTI), en Twitter, Facebook y Youtube (Las redes sociales hablan de quien las utiliza, reportaje de Marcela Vargas Aguiar, publicado el 31 de enero, página 33). La reflexión tiene el propósito de enriquecer la interactividad de las audiencias y desanimar la intolerancia y la comunicación violenta a través de las redes.
La explica la directora Martha Ortiz Gómez: “El periódico cree en las redes sociales y en el debate pero quiere promover que se haga con respeto y argumentación. Colombia ha tenido suficiente intolerancia y violencia, si queremos evolucionar a un país en paz, contemporáneo y democrático debemos elevar el nivel de nuestras conversaciones para que de ellas salgan conclusiones relevantes, y que podamos construir tanto desde los acuerdos como desde los desacuerdos”.
Creo que la interacción, a través de las redes sociales y del foro de lectores, compromete también el esfuerzo de formar audiencias activas y responsables, que participen y actúen de manera inteligente, tolerante, cívica, correcta y civilizada.

El desafío de recuperar la credibilidad

A la hora de revisar los mensajes que recibí de los lectores en el año 2015 salta a la vista que el mayor volumen de quejas y observaciones corresponde a errores ortográficos, gramaticales, de digitación y de toda clase de equivocaciones e imprecisiones.
Esta falta de calidad de las informaciones también se refiere al contexto de la historia, a las cualidades periodísticas y de redacción, al contraste de las fuentes consultadas y a la observación de los principios del periodismo.
Buena parte de los errores son corregidos y aclarados en la sección Fe de errores que se publica tanto en la edición impresa como en la digital.
Es evidente que la calidad tiene objetivos por cumplir para alcanzar mejores estándares. Los periodistas tenemos el gran desafío de mejorar la credibilidad perdida o menguada por cuenta de los gazapos.
Es cierto que las equivocaciones se presentan en todos los medios de comunicación del mundo y que tienen un impacto directo en la credibilidad, incluso en la imagen de los periodistas.
En Colombia la confianza en los medios de comunicación ha experimentado la peor caída en los dos últimos meses, según los estudios de opinión de la firma Invamer-Gallup.
En la medición de noviembre la opinión favorable bajó al 56 por ciento y en diciembre al 57 por ciento. La desfavorable, alcanzó el 41 y el 40 por ciento, respectivamente. El estudio se realizó sobre una base de 600 encuestados y el margen del error es más o menos 4 por ciento. Hace 10 años la confianza rondaba el 80 por ciento, según los datos históricos de la misma firma encuestadora que periódicamente mide la aprobación y desaprobación de las distintas instituciones nacionales.
Otra referencia cercana la presenta el reciente Informe Anual de la Profesión Periodística 2015 realizado por la Asociación de la Prensa de Madrid, APM.
Según este estudio, los periodistas españoles gozan de una calificación de 5,5 sobre 10, índice ligeramente superior al 5,3 logrado en la misma medición del año 2014.
En Estados Unidos está fresco el episodio protagonizado por Brian Williams presentador de la cadena de televisión NBC quien dijo que estaba en un helicóptero que se vio forzado a aterrizar en 2003, versión desmentida por los veteranos de la guerra de Irak. En realidad Williams iba en otro helicóptero de las fuerzas estadounidenses.
El error, en este caso tan grave, porque riñe con la verdad, que es el valor supremo del periodismo, atenta contra la credibilidad de los periodistas y del medio de comunicación para el cual trabajó.
Según publica BBC, “La mentira de 12 años de Williams es un desastre para él y la cadena de la que es la imagen de noticias”, escribió John Nolte, del sitio web Breitbart.
Añadió: “Obviamente nadie en NBC se molestó en comprobar una historia que era demasiado buena. Y peor aún, esto sólo agravará los problemas de credibilidad y audiencia que han dañado la marca NBC desde hace unos cuantos años”.
El primer paso para mejorar la calidad y recuperar la credibilidad del periodismo es corregir los errores en la edición siguiente o cuanto antes en las ediciones digitales. Es apenas una actitud de honradez profesional, de rigor y respeto al principio de veracidad.
Luego, generar un proceso de aprendizaje a partir de las equivocaciones. Este programa de formación permanente debe extenderse a toda la redacción con capacitaciones y ayudas de instrumentos pedagógicos. Algunos periódicos realizan evaluaciones permanentes con el fin de mejorar las competencias profesionales.
El desafío de recuperar la credibilidad es un propósito inaplazable.

Cuando la ortografía es un desastre…

Una observación recurrente es la que plantea el lector Jesús Antonio Tamayo: “Vivo sorprendido por la mala ortografía de muchas personas que escriben comentarios en los periódicos y mucho más, perplejo, debido a los errores que se cometen en las redes sociales. ¿No considera usted que la ortografía es un desastre en estos medios? Quiero que escriba en su columna sobre el tema…”.
Es evidente que el lector está preocupado y molesto porque a diario lee lo que escriben otras personas, quizá con descuido o algo de ignorancia.
Sin embargo, la respuesta no es sencilla porque aquí confluyen varios factores que es oportuno tener en cuenta.
En primer lugar, nunca como hoy habíamos estado ante una explosión de opiniones y expresiones en el foro de los lectores y en las redes sociales.
Los teléfonos inteligentes, computadores y tabletas están a la mano de millones de personas que pueden teclear un mensaje en forma sencilla e instantánea.
Ahora, todos estamos más expuestos a que conozcan qué pensamos y en este caso, cómo nos expresamos, cómo escribimos. Además, usamos expresiones más cercanas a la oralidad,
En estas circunstancias no podemos manifestar que la ortografía es un desastre por el auge de las redes sociales y el uso compulsivo que de ellas hacemos.
En segundo lugar aparece el problema del uso del lenguaje. En los comentarios de las audiencias en los medios de comunicación y particularmente en la comunicación a través de las redes sociales observamos que muchas palabras son abreviadas, algo así como si se tratara de una oleada de expresiones reducidas e influenciadas por la economía de tiempo y espacio.
Algunos lingüistas no le ven problema a este fenómeno porque dicen que en la edad media se permitían emplear palabras abreviadas. Más bien, observan cierta dosis de creatividad en las nuevas formas de escritura.
No obstante, si comunicar es poner algo en común, es vital que el receptor comprenda el mensaje tal cual lo difunde el emisor.
Así lo expone Creóbulo Sabogal, de la Academia Colombiana de la Lengua: “Puede que el mensaje se entienda, pero no significa que sea legible. Hay que aprender a interpretar los símbolos, imágenes y abreviaciones para entender un mensaje”.
En lo que si hay consenso es en el reclamo por la mala ortografía y otros errores comunes. La corrección idiomática es un requisito del lenguaje, igual que la sencillez, la claridad y la propiedad.
Escribir correctamente es un valor de la escritura en el trabajo o en el medio educativo. No es mérito exclusivo de los escritores.
Parece que los errores no solo se cometen en las redes sociales. El escritor Juan David Villa sostiene: “La escritura en redes sociales y en chats, en general, es tan descuidada como la del cuaderno del colegio o del diario personal, solo que es pública, la ven muchos”. Esta afirmación fue publicada hace poco en este mismo diario.
La falta de lectura de autores recomendados por su estilo y calidad de sus libros y otros problemas del sistema educativo explican muchos de estos gazapos.
Por fortuna surgen acciones que buscan estimular el uso correcto del idioma como la que impulsa la Fundación Español Urgente, Fundéu. Y también, por suerte, muchas de estas iniciativas son emprendidas en las mismas redes sociales y en blogs que están al alcance de audiencias y usuarios.
Esta cruzada por el buen uso del lenguaje cuenta con miles de seguidores, quienes saben que la mala ortografía atenta contra el buen nombre del autor y la credibilidad de sus opiniones.

Entre el control y el autocontrol del periodismo

La lectora Blanca Margarita Jaramillo escribe: “Estuve leyendo la última columna sobre las audiencias y quiero saber si es posible que los periodistas se autorregulen o es mejor para los lectores el control del gobierno sobre la información. Voy a estudiar en la universidad y sé que esa es una discusión permanente en la facultad….”.
Este asunto tiene muchos enfoques y depende de condiciones profesionales y empresariales, de las circunstancias políticas de cada país y de posturas ideológicas y personales sobre la información, el derecho de información o comunicación y la libertad de expresión.
La información es un bien social y la libertad de expresión es un requisito de la democracia. Hoy nadie lo discute. No obstante, el panorama es amplio y complejo. Algunos países controlan la información, hay gradualidades de regulación y de corregulaciones.
Ahora bien, las naciones regulan el espectro radioeléctrico. La gestión de este bien público determina normas que deben respetar los concesionarios de las estaciones de radio y televisión. Colombia es uno de los países que establece estatutos para estos medios de comunicación audiovisuales.
En los países totalitarios hay un control de los medios de comunicación, igual que de los partidos políticos y de otras instituciones. Las audiencias reciben solo una versión de los hechos: la oficial.
También hay países en los que los gobiernos dictan normas para ejercer cierto grado de control de la información, incluso en los periódicos y medios privados, Pero en el afán de defender a las audiencias puede vulnerar la libertad de expresión.
Ecuador está implementando por estos días la Ley Orgánica de Comunicación.
En el primer título se consagra que “…Para efectos de esta ley se considera medios de comunicación social a las empresas y organizaciones públicas, privadas o comunitarias que prestan el servicio público de comunicación masiva usando como herramienta cualquier plataforma tecnológica….”.
Esta ley determina hasta el detalle cómo debe ser la información que reciben los ecuatorianos y cuáles son las reglas que deben observar los medios de comunicación y los periodistas.
En Colombia la norma constitucional es general: “Articulo 20. Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura”.
En estas circunstancias, se puede decir que los derechos de las audiencias a recibir información veraz e imparcial queda en manos de periodistas y medios de comunicación. El Estado entrará a mediar cuando hay vulneración de otros derechos fundamentales como la honra de las personas.
El autocontrol del periodismo garantiza esos derechos. Los principios éticos de la profesión y los que consagran los manuales y las declaraciones filosóficas de los medios de comunicación y las agremiaciones periodísticas protegen el derecho de información. Son la guía del ejercicio responsable y profesional de los periodistas.
Existen otros instrumentos como las defensorías de las audiencias y los observatorios de medios que nacen dentro del marco del autocontrol del periodismo.
Las defensorías son figuras mediadoras entre los lectores, oyentes y televidentes y los periodistas y directivos de los medios. Ellas son la voz de la audiencia en el interior de las salas de redacción.
En cumplimiento de sus funciones desarrollan acciones que van dirigidas a mejorar la calidad periodística y a reflexionar sobre temas de interés de audiencias y periodistas.
Este asunto es, repito, amplio y complejo y motivará nuevas consideraciones en próximas columnas.

¿Cuántos habitantes tienen Malí y Katmandú?

El lector Jesús Román llamó este viernes para señalar un error en la información sobre los actos terroristas de Mali. En una información gráfica complementaria, la leyenda decía: “Malí es un país de África Occidental con 145 millones de habitantes”. Y sugiere: “…por qué no lo averiguan en Wikipedia…”.
A finales del mes de abril se registró un terremoto en Nepal dejando miles de muertos. En esa oportunidad El Colombiano publicó que la ciudad de Katmandú tenía “10.8 millones de habitantes”, según alertó el lector Michel Taverniers.
También, nos escribió el señor Taverniers, el pasado 27 de junio, para indicar otro gazapo: “…1.8 millones de jóvenes hay en el mundo de entre 10 y 24 años… Hay que leer el texto para saber que son 1800 millones…”.
Estos son tres casos concretos de equivocaciones lamentables: Mali es un país con 15 millones de habitantes y la ciudad de Katmandú cuenta con un poco más de un millón.
Lo más seguro es que no sepamos cuántos son los habitantes de una ciudad o el año de fundación, o cualquiera otra cifra o referencia que usemos en la redacción. Pero no hay excusa para publicar un error porque todos los datos los debemos confirmar y contrastar con anterioridad.
Quizá al temor latente de emplear números y estadísticas se suma la presión por la actualidad y por estas circunstancias los textos informativos no se revisan ni las cifras se concilian con fuentes seguras, causando estos gazapos.
Con frecuencia recibo críticas de los lectores por equivocaciones en porcentajes, cifras, estadísticas, precios y medidas que además de corregirlos en la Fe de erratas requieren una estrategia pedagógica que enriquezcan las competencias de los periodistas y optimicen las rutinas de control y revisión de la información, por parte de los editores y correctores.
Aunque ya me había referido a este mismo asunto en la columna Inexactitudes y errores numéricos, publicada el 7 de julio, vale la pena volver a la reflexión de un experto formador de periodistas.
El profesor Rosental Alves, director del Centro Knight para el Periodismo en las Américas, una institución de investigación y educación de la Universidad de Texas, Estados Unidos, sostiene que “Es cierto que muchos de nosotros nos convertimos en periodistas porque en algún momento de nuestra vida quisimos escapar de las matemáticas, pero también es cierto que nunca antes había sido tan importante para los periodistas superar cualquier miedo o intimidación para aprender sobre números y estadísticas”.
Y otro de los profesores del centro, Greg Ferenstein, quién participó hace poco en un seminario de matemáticas para periodistas, afirmó: “Afortunadamente usted no necesita un doctorado en matemáticas o algo cercano para ser capaz de pensar críticamente acerca de un estudio. Usted sólo necesita unas pocas herramientas para comprender cómo se hace la investigación académica y qué diferencia un estudio bueno de uno malo”.
Los periodistas no tenemos otra opción: estudiar un poco de matemáticas y estadística. La información precisa es vital a la hora de tomar decisiones. Si el periodismo busca garantizar el derecho a la información del ciudadano, si tiene entre sus funciones descubrir la realidad de los hechos, interpretarlos y transmitirlos con rigor, exactitud y transparencia, los periodistas debemos acoger la formación y evitar los descuidos para no caer en estas equivocaciones.
Un solo clic puede establecer el grado de la calidad de un texto periodístico. Con la acción corregimos datos falsos, aclaramos estadísticas confusas o salimos de la incertidumbre.

 

Corregir es un acto de transparencia informativa

El lector Juan de Dios Gutiérrez pregunta: “Por qué el periódico no corrige todos los errores que a diario comenten los periodistas…”. A este reclamo se suman los de otros lectores, en especial los de un grupo destacado que con frecuencia nos envía los errores, erratas y equivocaciones de todo tipo, con el ánimo de que se enmienden y de contribuir a la calidad periodística.
Estoy de acuerdo con ellos y expreso mi gratitud a los asiduos colaboradores: Michel Taverniers, Hernán Orozco, Gabriel Escobar Gaviria, Federico Díaz González, Jorge Iván Osorio R., Jorge Franco, Gabriel Escobar Gaviria, Federico Díaz González, Luis Alfredo Molina Lopera, Luis Germán Londoño V., Hernán Naranjo, José Reinaldo Longas A., Carlos Antonio Gaviria Zuluaga, Gonzalo Montoya Montoya, María Marleny López Ríos, Jorge Alberto Cardona V., Lisandro Mesa Osorio y María del Pilar Velásquez.
Los fallos de ortografía, gramática y demás inexactitudes, son advertidos por los lectores y también por los periodistas. Diariamente, desde hace varios meses, se corrigen en la sección Fe de errores, que se publica en Radar, última página de la sección Metro, y en la web.
Pero no todos los errores detectados se enmiendan. Considero que corregir es un acto de transparencia informativa porque se restablece la credibilidad en el medio de comunicación y en el periodista. Se recupera el principio de veracidad y se observan atributos del lenguaje como claridad, rigor, precisión y corrección.
Da más confianza el autor que acepta que se equivocó y corrige sin más explicaciones que quien nunca lo hace. Todos podemos errar y todos podemos corregir. En otras oportunidades expresé que no hay razón para eludir las correcciones. Si los periodistas estamos prestos para criticar, también lo debemos estar para recibir las críticas de las audiencias. Quizás al periódico le falta una mejor gestión de calidad para corregir y evitar que los gazapos se repitan como ocurre con frecuencia con algunos de ellos.
La primera acción de este programa de calidad y transparencia informativa es lograr que las correcciones se hagan oportunamente. Además debe dirigir y administrar el proceso pedagógico y los recursos requeridos para mejorar las competencias de los periodistas en los asuntos relativos a la escritura y manejo del idioma.
El lenguaje periodístico es el principal instrumento del periodismo. Escribir bien es requisito de todo periodista. La prisa no es una excusa admisible para explicar los errores. Tampoco lo es el diablillo, sencillamente porque no existe…
En este objetivo cumplen un papel vital los correctores Uriel Hidalgo Giraldo y León Jairo Saldarriaga López, quienes merecen el reconocimiento de las audiencias este 27 de octubre cuando se celebra el Día del corrector.
A los editores y macroeditores les corresponde un alto grado de responsabilidad. En sus funciones está la corrección final y el visto bueno a los textos y el acompañamiento a los periodistas.
Recomiendan que las informaciones sean revisadas por otras personas. Puede ser otro periodista, editor o corrector, porque los autores son pésimos descubridores de las equivocaciones de sus propios textos.
Apoyarse en los diccionarios y en los manuales de estilo y redacción, así como en otros recursos que nos ayudan a despejar las dudas idiomáticas y a subsanar los errores antes de su publicación.
Correctores y editores hacen mejores periodistas. Se espera de ellos el conocimiento de las normas del lenguaje y del estilo. Pueden lanzarnos el salvavidas al encontrar los errores y descuidos. Si esto ocurre, con seguridad van a mejorar la calidad informativa. El producto final tendrá mejores estándares y la redacción será más clara, limpia y fluida.

Las confusiones y errores en cifras, escalas y medidas

Son frecuentes las inexactitudes y equivocaciones en el manejo de los números, indicadores, símbolos y unidades de medidas, de acuerdo con las observaciones que recibo de los lectores.
Primer caso. Sobre el terremoto que recientemente afectó a Nepal, la profesora María Sofía Gómez pregunta qué es lo correcto: “hablar de un sismo de 7.8 grados en la escala de Richter o de magnitud 7.8”.
Segundo caso. El pasado 4 de julio, página 5, El Colombiano publicó en una nota breve lo siguiente: “16,8 millones pagará la petrolera británica BP por el vertido al Golfo de México. La compañía los abonará en 18 años.”. El lector Michel Taverniers preguntó por la corrección de la cifra. Además señaló que la palabra golfo es con minúscula.
Tercer caso. Esta semana un compañero de la redacción preguntó cómo se escribe el plural del símbolo km.
Sobre el caso de los sismos, lo correcto es hablar en magnitud y no de grados, si usamos la escala sismológica de Richter, que es la más común en las informaciones científicas y periodísticas.
Aunque hay otras metodologías para calcular el impacto de los terremotos, como la de escala de Mercalli o la japonesa que mide la intensidad del sismo en grados.
En la nota sobre la compañía petrolera BP, hay dos errores: la cifra correcta es 16.800 millones de dólares, unidad de valor que también falta en el texto de El Colombiano.
En general estos guarismos, en nuestro medio, están expresados en pesos o en dólares, pero es indispensable indicarlos cada vez. Es recomendable hacer las conversiones cuando los guarismos están expresados en otras monedas, para mayor claridad y comprensión de las audiencias.
Esta misma recomendación es válida para otras medidas. En Colombia se usa el sistema métrico decimal y es necesario hacer las conversiones respectivas.
Con respecto a los símbolos, la Real Academia Española y los expertos lingüistas coinciden en señalar que se escriben igual en singular que en plural, y en minúsculas.
Fundéu, Fundación del Español Urgente, dice que no se trata de abreviaturas sino símbolos, que se escriben sin punto y permanecen invariables en plural: hectárea: ha; kilómetro: km; metro: m; litro: l; centímetro: cm; kilogramo: kg; gramo: g.
Estos errores afectan la credibilidad y la confianza.