Inexactitudes y errores numéricos

El lector Michel Taverniers escribió el pasado 27 de junio: “En El Colombiano de hoy, página 5, tercera columna, ´1.8 millones de jóvenes hay en el mundo de entre 10 y 24 años´. Hay que leer el texto para saber que son 1.800 millones…”.
Días antes también escribió: “En El Colombiano de hoy, página 12, en el título dice: ´Obras del túnel avanzan 16 metros por día´ y en el subtítulo: ´El ritmo de penetración es de 4,5 metros cada 16 horas´. Si avanzan 4,5 metros cada 16 horas, el ritmo de penetración es de 6,75 metros por día y no de 16.”.
El lector Juan Alvarado Nuñez Duque señaló una imprecisión en la edición digital: “hay un error en el indicador del dólar del día de hoy, colocan $2.5550,74, sobra un dígito antes de la coma, un 5 o un 0…”. Efectivamente, el valor correcto del 24 de junio era de $2.550,74.
Estos son tres ejemplos de errores, algunas veces por descuido, en el manejo de las cifras de los textos periodísticos.
En otras oportunidades me he referido al asunto que debe preocupar tanto a las audiencias como a nosotros los periodistas. Es vital y urgente mejorar las competencias matemáticas para evitar inexactitudes y errores numéricos.
El Centro Knight para el Periodismo en las Américas realizó hace poco el curso regular de Matemáticas para periodistas: cómo entender y usar números y estadísticas.
Al respecto, el profesor Rosental Alves, fundador y director de esta institución de la Universidad de Texas con sede en Austin, explicó: “Es cierto que muchos de nosotros nos convertimos en periodistas porque en algún momento de nuestra vida quisimos escapar de las matemáticas, pero también es cierto que nunca antes había sido tan importante para los periodistas superar cualquier miedo o intimidación para aprender sobre números y estadísticas”.
Y agregó el docente: “No hay manera de seguir escapando de las matemáticas debido a que estamos rodeados de datos, por eso debemos tener por lo menos el conocimiento y las herramientas básicas para entender los números”.
Corregir las equivocaciones es el primer paso. Sin embargo, no todas las correcciones aparecen en la sección Fe de errores, lo que implica otra falla porque la información errada se mantiene en los archivos.
El segundo paso es emprender acciones colectivas y personales para evitar que se repitan, igual que mejorar las destrezas y competencias de los periodistas, tal como lo facilita e impulsa el centro universitario citado.

¿Para qué la Fe de errores?

“El Colombiano no debe publicar informaciones erróneas. Si, a pesar de todo, llegasen a publicarse, se corregirán con franqueza y claridad, para reparar, en cuanto sea posible, el daño o desinformación que el error pudiera haber causado”, reza el Manual de estilo y redacción.
La Fe de errores se publica desde hace más de un año en Radar, la última página de la sección Metro, por mandato de su política editorial y por petición de la Defensoría de las audiencias. Es una respuesta a los lectores y también el reconocimiento de las equivocaciones.
El mayor volumen de las observaciones de los lectores, de acuerdo con los mensajes que recibo, corresponde a críticas y errores. En 2014, del total de 1.817 comentarios, 698 se clasifican en este grupo, lo que representa el 38,4 por ciento.
Hoy es la oportunidad de expresar nuestra gratitud a los lectores que nos envían los gazapos que cazan en la edición impresa o en la digital, con el afán de contribuir al buen uso de lenguaje y al rigor periodístico.
En el rediseño del sitio web se facilitó el reporte de los errores: al final de la información se puede pulsar Reporte un error, “Porque entre varios ojos vemos más, queremos construir una mejor web para ustedes. Los invitamos a reportar errores de contenido, ortografía, puntuación y otros que consideren pertinentes”.
En vísperas del Día del Idioma, que se celebra el próximo 23 de abril, es válido recabar sobre la obligación de los periodistas de escribir bien, porque uno de los atributos del lenguaje, la claridad, es requisito para que la información llegue sin distorsiones a las audiencias. Pero no solo por esta razón: corrección, amenidad y fluidez lograrán que los lectores no se aburran después del primer párrafo.
Los errores atentan contra el principio de veracidad y destruye la credibilidad del periodista. Además: “El error más pequeño resulta intolerable, porque causa un grave daño a la imagen del diario”, afirma Javier Moreno, director del periódico español El País.
En este propósito, el de mejorar la calidad de la redacción de las informaciones de El Colombiano, se encuadra la sección Fe de errores. Sin embargo, es preciso insistir en la necesidad de incluir todas las imprecisiones y corregir los contenidos digitales, dejando constancia de las equivocaciones al final del texto modificado. Y, también, aprender de los errores para no repetirlos.

Redes sociales: dudar y confirmar antes de replicar

El asunto de los contenidos de las redes sociales reproducidos por los medios, planteado por el lector Jorge A. Ríos, y al cual me referí en la última columna, amerita esta reflexión.
Todos los días los medios les dan crédito a informaciones que con febril velocidad se propagan a través de las redes sociales, sin considerar que son fuentes que necesitan verificación y contraste.
Basta mirar lo ocurrido estos días cuando se divulgó la fotografía de la niña siria. Hudea, de cuatro años. La imagen, tomada por el fotógrafo turco Osman Sağırlı y publicada en diciembre de 2014, se volvió viral cuando la fotoperiodista Nadia Abu Shaban la divulgó por Twitter.
Medios de todo el mundo, se contagiaron de la emoción y del impacto producido por la niña que levantó sus brazos y miró con gesto indulgente al fotógrafo, pensando que le apuntaba con un arma letal y no con el teleobjetivo.
Pero les faltó a muchos contextualizar la noticia con uno de estos datos de Unicef: “14 millones de niños de la región sufren los efectos del cada vez más intenso conflicto que se desarrolla en Siria y gran parte de Irak. Más de 4 años de guerra están dejando profundas cicatrices en: 5,6 millones de niños que sufren situaciones extremas dentro de Siria: pobreza, desplazamiento y estado de sitio. 2 millones de niños que viven ahora como refugiados en Líbano, Jordania, Irak, Turquía, Egipto y otros países del norte de África. 3,6 millones de niños de las comunidades vulnerables en las que se albergan otros refugiados. 2,8 millones de niños iraquíes obligados a abandonar sus hogares…”.
El asunto no es solo replicar. Es informar y contextualizar. Y también, verificar. Algunos medios también cayeron en la trampa: ni dudaron de los datos tomados de las redes sociales ni verificaron. Un vistazo revela la falta de rigor: ser los primeros a costa de la precisión, o de errar la fecha y el nombre del autor de la fotografía.
Estoy muy de acuerdo con BBC que tiene como regla de oro usar “un segundo par de ojos” para mirar antes lo que se va a publicar. Y con lo que escribió el editor de tecnología de El Tiempo, José Carlos García: “A los periodistas no nos queda más que afinar el “dudómetro”. Estar alertas, atentos, acordarnos que la celeridad diaria por el tráfico y la preferencias de las audiencias no nos debe alejar del sagrado rito de la confirmación de las fuentes y los datos…”.

Cuando los números confunden…

La reflexión iniciada en la columna anterior sobre las equivocaciones que se suelen presentar en las informaciones que contienen números, porcentajes o descripción de unidades, continúa hoy. Los lectores Michel Taverniers, Luis Alfredo Molina Lopera, Jorge Iván Osorio, Jorge Arango, entre otros, señalan errores en sus asiduos y pertinentes comentarios y críticas.
Uno de los gazapos se registra en la escritura de las cifras decimales. Si bien la Real Academia Española admite que se pueden usar tanto el punto como la coma, el Manual de estilo y redacción de El Colombiano determina el uso de la coma en vez del punto. Por esta razón en el periódico no se debe usar el punto.
Se cae en confusiones cuando se combinan palabras y cifras. La norma general es que solo se usen los números. No obstante cuando se trata de sustantivos numerales como millar, millón billón, etc., se pueden escribir estas palabras.
El Manual del periódico dice al respecto: “Al escribir cifras se deben usar puntos para separar los millares, los millones, los billones. Ejemplos: 101.032; 4.056.398; 12.000.000.000.000. La coma debe usarse sólo para los números decimales, así: 2,5; 0,3.”.
También hay equivocaciones en los ordinales al confundirlos con los fraccionarios. Un caso frecuente es decir onceavo por undécimo; veinteavo por vigésimo; cuarentavo por cuadragésimo.
Las críticas recibidas descubren otro error común: el mal manejo que se les da a las unidades de medida. Por ejemplo en casos de superficies se escriben metros o kilómetros pero no se especifican que se trata de metros o kilómetros cuadrados.
Y confusiones similares en cantidades que expresan volumen, potencia, masa, tiempo, intensidad eléctrica y porcentajes.
No obstante, considero que los periodistas debemos poner números para informar mejor, con más precisión. Estoy muy de acuerdo con el pensamiento de John Allen Paulos, matemático, investigador y escritor estadounidense cuando dice que: “Después de los titulares, dentro de cada historia, el periodista debe responder a las cinco W del periodismo: ¿quién, qué, dónde, cuándo, por qué? (who, what, where, when, why?). Pero con ciertos temas, como estadísticas, sondeos, estudios científicos, etc., eso no es suficiente. Hay que responder preguntas más allá de las clásicas: ¿cuánto?, ¿con qué frecuencia?, ¿con qué tasa?, ¿la tasa crece o decrece?, para contextualizar la información y ponerla en perspectiva…”.

Discordancias numéricas y gazapos matemáticos

El lector Michel Taverniers objeta: “En El Colombiano de hoy, portada, “Salvan 206 perros que iban a sacrificar, sufrían Leptospira… (sin mayúscula)”. En El Tiempo, portada, “En la Perla, erradicaron la leptospiria (sic) de los 30 perros que la padecían”. Se refiere a la edición del jueves 12 de marzo.
Y también cuestiona: En El Colombiano de hoy, página 4, Segunda columna: “El director del programa… costará unos 100 millones de dólares”. En El Tiempos de hoy, portada: “La tarea de limpiar el territorio puede costar US$ 200 millones”. Edición del lunes 9 de marzo.
Estas son solo dos de las críticas, pero con frecuencia recibo observaciones de lectores que se quejan por errores y equivocaciones en los números, en el manejo de las cantidades y porcentajes y en la escritura de decimales y unidades de medida, entre otros asuntos.
El lector tiene razón en plantear las discordancias de las cifras que publicaron los medios de comunicación. Y también con las demás correcciones que anota en sus mensajes.
Sin embargo, en el primer caso el periódico El Tiempo publica una información posterior que concuerda con la cifra de El Colombiano: “En el Centro de Bienestar Animal La Perla erradicaron la leptospiria de 206 perros que la padecían…” (http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/animales-de-la-perla-curados-de-leptospiria-/15380770).
Sobre la segunda observación encontré en varios medios que el propio general (r.) Rafael Colón, director del programa contra minas antipersonales, había declarado que el costo de la operación de desminado sería de US$ 100 millones. Ese era el monto estimado, según varias informaciones y documentos que consulte.
Concretamente le respondió a El Tiempo, el pasado 16 de febrero: “¿Cuánto calcula usted que costaría el desminado total? Hemos hecho cálculos, y el desminado humanitario vale unos cien millones de dólares; calculamos que eso es lo que implica dotar a la Fuerza Pública, hacer la certificación, dotar al organismo internacional que hace el monitoreo y ayudar a las organizaciones civiles que hacen el proceso”.
Es frecuente que los periodistas consulten versiones diferentes y de ahí tales discordancias. También puede suceder que haya una equivocación o error, porque quizá los periodistas tenemos problemas con la precisión, que es “concisión y exactitud rigurosa en el lenguaje”, según la define el Diccionario de la RAE.
Este tema requiere de una reflexión adicional para analizar otros errores numéricos.

Corregir: cuestión de calidad, transparencia y ética

“Debo confesar que contar los errores, hacer fe de ellos, mostrarlos en público, me ha ayudado a cicatrizar las heridas que siempre dejan en un profesional el cumplimiento fatal de los gajes del oficio”.
La reflexión es del periodista y escritor Juan Cruz, en el libro ¡En qué estaría yo pensando!, de Alex Grijelmo, quien logró que treinta periodistas de El País escribieran sobre sus errores.
Sylvia Stead, defensora del lector The Globe and Mail, diario de Toronto, Canadá, dice: “El periodista tiene ahora una relación más transparente y abierta con los lectores, que saben lo que estás haciendo, saben lo que quieren y te dan información. Es más divertido, más relajado, pero tienes que verificar lo que utilizas. Es tu reputación”, dice.
Además aconseja: “Sé transparente, no escondas tus errores, no te limites a eliminar el artículo. Los tabloides británicos publicaron la historia falsa y después la borraron sin dar explicaciones…”.
Si caemos en el infortunio de publicar un error, debemos corregirlo cuanto antes. Es humano errar pero también es humano subsanar las equivocaciones.
Los manuales de redacción y las cartas filosóficas y éticas de los periódicos establecen la urgencia de corregir los errores. Además, el ordenamiento jurídico lo dispone cuando se trata de rectificaciones solicitadas al medio de comunicación.
El Manual de estilo y redacción reza: “EL COLOMBIANO no debe publicar informaciones erróneas. Si, a pesar de todo, llegasen a publicarse, se corregirán con franqueza y claridad para reparar, en cuanto sea posible, la desinformación o el daño que el error pudiera haber causado…”.
Corregir los errores es un acto de honradez profesional porque en algún grado se afecta la veracidad u otro principio del periodismo. Si estamos prestos para criticar, debemos estarlo para reconocer nuestras equivocaciones. Esta acción devuelve la credibilidad perdida.
Las secciones de corrección y fe de errores no bastan. Se requiere establecer un programa de gestión que los controle y evite. Los periodistas debemos mejorar las competencias del uso del lenguaje, que es nuestro principal instrumento, similar al bisturí del cirujano.
Corregir es cuestión de calidad, de transparencia y de ética.
El libro de Grijelmo, que acaba de ser publicado, es un conjunto de lecciones correctas que devuelven la credibilidad y ponen a salvo la responsabilidad social del periodismo.

La agenda de los medios y el interés de las audiencias

La reflexión de hoy complementa la última, titulada Criterios periodísticos y relevancia informativa, para responder las observaciones de la lectora Sol Beatriz Echeverry.
A pesar de cierta pasividad de las audiencias, algunos lectores escriben para expresar felicitaciones o críticas a los temas seleccionados para incluir en la primera plana o en las páginas interiores.
No siempre coincide la agenda de los medios con la agenda o las expectativas de las audiencias. Sobre cómo es la selección temática, José Guillermo Palacio, macroeditor de Actualidad, explica:
“La agenda se define, de manera concertada, luego de múltiples propuestas desde la redacción y discusiones, el grupo de macroeditores del periódico, que orientan, el día a día. Noticias o investigaciones de alta sensibilidad e impacto ciudadano, político o social su publicación, por lo general, debe contar con la aprobación de la Dirección”.
Y añade: “Se hace con base a iniciativas innovadoras y noticiosas sobre los hechos más destacados en la ciudad, la región, la nación y el mundo. De acuerdo con su importancia se define el género periodístico en el cual debe presentarse como la noticia, análisis, reportaje, crónica, reportaje gráfico, etc.”.
Y sobre la manera de construcción de la primera plana, dice: “Con parámetros similares se decide qué tipo de información debe ir en la primera página. Tras ser evaluadas y jerarquizadas se les otorga la ubicación debida”.
Este proceso lleva implícito valores y criterios periodísticos como el tamaño de la información, la frecuencia con la que opta por el tema y el grado de importancia o su jerarquía con la que se destaca tanto en la primera página como como en las interiores.
Los directivos y editores ponderan y gradúan los asuntos más importantes, de acuerdo con la filosofía y el modelo informativo. Estas acciones no deben poner en riesgo la realidad de los hechos, porque estaríamos a las puertas de un escenario de autocensura.
Estoy muy de acuerdo con quienes consideran la información un bien social. Los intereses y la agenda de las audiencias podrán coincidir con la agenda informativa que construyen los medios de comunicación en la medida que se observen los principios fundamentales del periodismo, sin caer en otro error: confundir el interés público con el interés del público.

El control de calidad de la información

El uso adecuado y correcto del lenguaje es vital para el periodista por su alta exposición ante las más variadas audiencias. “Los periodistas no hablan peor ni mucho menos que el resto de la población, pero tienen mucha responsabilidad y se les debe exigir, dado que son una parte importante en el desarrollo de la lengua”, afirma Joaquín Müller-Thyssen, director de la Fundación Español Urgente, Fundéu.
El control de la calidad de la redacción debe ser ejercido por todos: periodistas, editores y medios de comunicación. La publicación debiera hacerse cuando se obtenga el respectivo certificado. Los vistos buenos de los editores y macroeditores, aun en medio del fragor que produce la palpitante actualidad, deben ser señal de certeza y responsabilidad.
Además de las correcciones de ortografía, concordancia, semánticas y simples erratas los editores deben leer los textos de los periodistas para mirar si cumplen los requisitos de veracidad, pluralidad y demás principios del periodismo.
Algunos medios de comunicación han establecido el lector invisible que detecta errores e incoherencias para lograr la calidad que se merecen las audiencias. Revisar, analizar, proponer y acompañar al autor son funciones permanentes de los editores. Deben ser agentes de cambio del control de los errores y líderes de la difusión pedagógica para evitar la repetición de las equivocaciones.
Quizá por no revisar el original en el proceso de edición se publicó incompleta la columna del pasado 17 de noviembre. Esta es la corrección pertinente.
El comentario íntegro del lector Eduardo Aristizábal Peláez es el siguiente: “El periodista debe tener mucho cuidado con el significado de las palabras, pero especialmente cuando los términos son jurídicos. Hemos leído o escuchado frases como: le aprobaron la demanda a Juan Sin Miedo. El receptor, también, equivocadamente, interpreta además que Juan Sin Miedo ganó la demanda que había instaurado. Y lo que en realidad sucedió fue, que la demanda presentada cumplió con todos los requisitos legales y constitucionales que todo proceso tiene que cumplir. Si utiliza el término exacto, sería: le admitieron la demanda o en caso contrario, la inadmitieron, pero no hay ningún pronunciamiento del juez, que a esas alturas, ni siquiera ha recibido el documento”.
Nuestras excusas a Aristizábal Peláez y a los lectores.

De la calidad de redacción depende la credibilidad

A una nueva reflexión obligan los nuevos comentarios de los lectores sobre las últimas columnas referidas a la sección Fe de errores.
Tras señalar errores frecuentes en El Colombiano, el lector David Correa  Roldán dice: “…desearía mayor pulcritud en el material de cada edición, en especial, en los artículos de los periodistas de planta. Se trata de un medio que ejerce gran influencia en buena parte del país y que tiene por ello mismo una responsabilidad pedagógica…”.
Un lector anónimo manifiesta: “¡Sin palabras!… Definitivamente se queda uno… ¡sin palabras…!!!”, al detectar un notable error de ortográfica en un texto sobre literatura.
Y otro lector, Eduardo Aristizábal Paláez, expresa: “El periodista debe tener mucho cuidado con el significado de las palabras, pero especialmente cuando los términos son jurídicos. Hemos leído o escuchado frases como: le aprobaron la demanda a Juan sin Miedo. El receptor, también, equivocadamente, interpreta además que Juan sin Miedo ganó la demanda que había instaurado.
Añade: “Y lo que en realidad sucedió fue, que la demanda presentada cumplió con todos los requisitos legales y constitucionales que todo proceso tiene que cumplir. Si utiliza el término exacto, sería: le admitieron la demanda o en caso contrario, inadmitieron, pero no hay ningún pronunciamiento del juez, que a esas alturas, ni siquiera ha recibido el documento”.
Sean Coughlan, escritor de artículos de educación en BBC, anota que Charles Duncombe, un empresario de internet, asegura que la mala ortografía le cuesta millones de libras al Reino Unido: “…un análisis de las cifras de un sitio web con faltas de ortografía reveló que esto puede reducir las ventas en línea hasta en 50%.”.
De la calidad de la redacción dependen la credibilidad que le otorgan las audiencias a los medios de comunicación y a sus periodistas y, como anota Coughlan, también la confianza de los consumidores a la hora de comprar.
La calidad de la redacción es la mejor carta de presentación que tiene un periodista. Se nos exige el dominio del lenguaje como una de las primeras cláusulas de la responsabilidad social.
El reto de escribir bien aumenta en estos tiempos de internet, porque la inmediatez compite con el rigor, pero, a la vez, la red permite resolver al instante una duda ortográfica, semántica o de otra índole con un solo clic.

27 de octubre: Día de la corrección

El 27 de octubre es el Día de la corrección. La fecha fue acogida por la Unión de Correctores, Unico, entidad española fundada en 2005 que agrupa a los correctores y que realiza cada año un congreso internacional para debatir asuntos relativos a la corrección idiomática y de estilo en los medios de comunicación y en general en la industria editorial.
La ocasión es propia para animar una nueva reflexión. Primero para agradecer a los lectores que diariamente nos llaman o envían por correo electrónico sus críticas y señalan imprecisiones y errores en las informaciones. La participación de las audiencias en estos casos es vital para mejorar la calidad del periódico. También, para reconocer la labor de nuestros correctores Uriel Hidalgo Giraldo y León Jairo Saldarriaga López.
Considero que los errores no debieran producirse, pero también es cierto que es humano errar. Lo que no tiene explicación razonable es que un error se repita, quizás por la falta de un sistema de gestión y control de calidad en la sala de redacción que lo impida.
En decisión acertada la dirección de El Colombiano ordenó desde inicios del año la publicación de la sección diaria Fe de errores, tal como lo hacen los diarios más importantes del mundo. The New York Times dice, por ejemplo que: “reconoce una responsabilidad ética de corregir todos los errores de hecho, grandes y pequeños”.
Y lo cumple hasta el extremo. El reportaje de David D. Kirkpatrick, publicado por este diario, fechado en Bengasi, Libia, fue corregido el día siguiente así: “Corrección: 19 de octubre 2012. Una versión anterior de este artículo identificó erróneamente la bebida que Ahmed Abu Khattala estaba bebiendo en el hotel. Fue un frappe fresa, no jugo de mango, que es lo que había ordenado.”.  http://www.nytimes.com/2012/10/19/world/africa/suspect-in-benghazi-attack-scoffs-at-us.html?pagewanted=all&_r=0

Las correcciones, ya sean tipográficas, gramaticales o de estilo, corresponden a una determinación dispuesta por el Manual de redacción para garantizar el periodismo veraz, ético y responsable.
Pienso que aun hace falta la publicación de la Fe de errores en la edición digital, que se corrijan los artículos y se agregue una nota que aclare la modificación. Y por supuesto, que se adopte una iniciativa pedagógica que mejore las competencias de los periodistas en lo que respecta a la corrección idiomática.
El lector se merece un periódico de calidad, legible y sin errores. Una meta que se logra con el apoyo de todos, lectores y periodistas.