Comentarios incivilizados: ¿Qué hacer?

El asunto de los comentarios de los lectores merece una reflexión adicional para llamar la atención y si es posible alentar la autocrítica de lectores y periodistas. Insisto en el tema porque en las últimas semanas he recibido numerosos mensajes de las audiencias, por la pugnacidad del debate político, expresando la inconformidad, en unos casos porque no aparecen publicados y en otros porque aprovechan el foro para insultar, difamar y sembrar el malestar y el odio.
Internet permite que los medios digitales abran espacios de participación para enriquecer los contenidos, fomentar el diálogo y el debate; para sugerir, criticar, apoyar, estar de acuerdo o en desacuerdo con la información o el artículo de opinión y controvertir con los foristas.
Bienvenida la participación. Los periodistas ya no tenemos la última palabra ni la verdad revelada. Ahora las audiencias pueden complementar, criticar y motivar la investigación de temas relacionados.
Pero estos avances tecnológicos, incluidas las redes sociales, posibilitan la circulación de toda suerte de insultos, mentiras y comentarios dañinos e indeseables que enrarecen y malogran el propósito de este diálogo digital.
Los medios de comunicación y las audiencias están en medio de este propósito, y a la vez despropósito: ¿cómo neutralizar la trasgresión y potenciar la deliberación? No es fácil lograrlo, pero es necesario avanzar para mejorar la salud de los lectores y en general de la información que ahora se extiende en virtud del juicio expresado luego de la lectura juiciosa.
Los filtros y la moderación son instrumentos que resultan insuficientes para alcanzar mejor calidad del foro.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital detalló en la última columna los criterios y requisitos establecidos por El Colombiano en los espacios de interacción. Es un punto de partida para que los comentarios de los lectores fluyan en el escenario que marcan las reglas del diálogo ciudadano civilizado y colaborativo.
Así, como es necesario una dosis de autocrítica por parte de los periodistas, para recibir el juicio de los lectores, es deseable cierta porción de cortesía y de racionalidad en las opiniones y observaciones.
Estos foros, igual que las redes sociales, fueron utilizados en este momento político del país, previo al plebiscito de hoy, por decenas de comentaristas para polarizar aún más la opinión pública, con mentiras, propaganda camuflada y contenidos calumniosos y abusivos.
El debate necesario y pertinente fue suplantado por estos mensajes distorsionados y alejados de la realidad, convirtiéndolos en información o mejor en desinformación para muchos.
Aquí está la gravedad del asunto. Un porcentaje creciente de personas se entera de esa realidad a través de redes sociales o de los comentarios sesgados y no por las informaciones de los periodistas que deben basarse en hechos verificados y contrastados desde varios puntos de vista.
“En un periodo de cinco años (2010-2015), el número de hogares conectados a internet en la región creció 14,1% promedio anual, esto significa que se alcanzó el 43,4% en el 2015, un valor que casi duplica el de 2010. El 54,4% de los habitantes de América Latina y el Caribe usó Internet en 2015, 20 puntos porcentuales más que en 2010…”, según datos publicados hace pocos días por el diario mexicano El Economista.
Por esta razón, urgen fórmulas pedagógicas y mejores sistemas de filtro y moderación para frenar los comentarios incivilizados, por decir lo menos, y elevar el nivel de la interacción.

Bienvenida la participación, pero con reglas

El lector Guillermo León Botero llamó para quejarse de algunos comentarios del foro de lectores: “¿Por qué tanto maltrato, por qué insultan y ofenden, por qué dicen necedades y no se aprovecha para un diálogo útil?…”. En contraste, otros lectores preguntan las razones por las cuales sus comentarios no se publican.
La interactividad es una de las mejores propiedades del periodismo digital. El monólogo de los periodistas se acabó para siempre. Ahora los lectores tienen la posibilidad de profundizar la información, controvertirla, cuestionarla o simplemente comentarla exponiendo, sus puntos de vista.
La participación de los lectores permite enriquecer la información siempre y cuando los juicios de los lectores estén orientados al diálogo inteligente y creador y no a la expresión de calumnias, injurias y maltratos, como lo he anotado en columnas anteriores. Las opiniones se pueden exponer sin insultos ni agravios personales.
La moderación de los comentarios es necesaria porque ayuda a mejorar la atmósfera de la conversación digital. Este proceso requiere de tiempo y recursos para realizar el filtro de los comentarios.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital, señala los criterios y requisitos de la interacción en el sitio web de El Colombiano. Son los siguientes:
No abusar, acosar, amenazar o intimidar a otros usuarios ya sea a través de los chats, foros, blogs o cualquier otro espacio de participación.
No usar estos espacios como medio para desarrollar actividades ilegales o no autorizadas tanto en Colombia, como en cualquier otro país.
Abstenerse de enviar correo electrónico no deseado (SPAM), así como también le está prohibido transmitir virus o cualquier código de naturaleza destructiva.
Abstenerse de compartir y/u ofrecer en el portal productos o servicios no autorizados por El Colombiano.
Abstenerse de compartir información no pertinente con las características del espacio de interacción y participación.
No publicar contenidos que inciten, promuevan, apoyen, defiendan o tengan el carácter de racistas, xenofóbicos, discriminatorios, terroristas, pornográficos o atentatorios del buen nombre, la honra y el honor de las personas y, en general, que atenten contra los derechos fundamentales de terceras personas.
No utilizar materiales protegidos por derechos de autor u otro material de cualquier clase sin el permiso expreso del propietario del material.
No utilizar un lenguaje vulgar, difamatorio, amenazante, denigrante, burdo, falso, engañoso, fraudulento, inexacto, injusto, que contenga exageraciones o aseveraciones no confirmadas, sea irrazonablemente dañino u ofensivo contra cualquier persona, individuo o comunidad, así sea solo identificable.
No utilizar textos, fotografías o ilustraciones de mal gusto, violatorios del derecho a la vida privada y a la intimidad.
No violar o promover la violación de cualquier ley, norma, regulación internacional, nacional, departamental o municipal.
Abstenerse de usar cualquier tecnología que supere los controles o límites que establezca el periódico para compartir contenidos dentro de sus espacios de interacción.
Además, es necesario tener en cuenta, que para garantizar un buen y adecuado uso de los espacios de participación, las personas encargadas de aprobar los comentarios necesitan un tiempo para procesar toda esa información, razón por la cual algunos comentarios no aparecen de inmediato.
Hasta aquí los criterios y requisitos de participación e interacción.
Bienvenida la participación fundada en los argumentos que promueven el diálogo, en vez de los agrarios indignantes, discriminatorios y delictuosos que quieren implantar unos pocos, en perjuicio de la mayoría de los lectores que luego de leer los textos periodísticos exploran los comentarios del foro.

Plebiscito y pluralidad informativa

El lector Miguel Ángel Suárez dice: “¿Cómo pueden garantizar el equilibrio los medios de comunicación en el debate por el Sí y por el No? ¿Usted cree que es posible?
En la última columna se referí inicialmente al cubrimiento que está realizando El Colombiano, para responderles a los lectores que me han escrito por este asunto clave para ejercer el derecho al voto en el plebiscito del 2 de octubre.
El artículo 20 de la Constitución garantiza el derecho a “…recibir información veraz e imparcial…”. Los códigos de ética periodística hacen énfasis en los principios de veracidad, imparcialidad, pluralidad, interés general, transparencia y otros valores exigidos por la información de calidad.
Y para completar el escenario, el manual de estilo del periódico dice: “EL COLOMBIANO acude a varias fuentes de información con el fin de ofrecer a sus lectores una visión plural de los hechos”.
Es cierto que los medios de comunicación tienen una filosofía editorial que los debe guiar en cada episodio o al menos a sentir la necesidad de cumplir con los estándares de veracidad e imparcialidad, para citar los que pide la Constitución.
Los lectores se merecen un ejercicio periodístico que les sirva, en este debate electoral, para formarse un juicio y votar en consecuencia en este acto democrático.
Algunas voces ciudadanas han expresado la validez y gratitud por el ejercicio de poner en la balanza los acuerdos de La Habana, publicados en la edición impresa. Y también, en la digital: Lo esencial de los 6 puntos del acuerdo Gobierno- Farc (http://www.elcolombiano.com/colombia/acuerdos-de-gobierno-y-farc/lo-esencial-de-los-6-puntos-del-acuerdo-gobierno-farc-BI4912470 )
Los ciudadanos pueden leer los aspectos más relevantes de esos acuerdos a la luz de opiniones de caracterizados partidarios del Sí y del No, con el fin de construir un juicio propio para votar informados, conscientes y libres.
“La paz, en todas sus acepciones y versiones, en todas sus posibilidades y consecuencias, debe ser un asunto general, una polémica de cada hogar, de cada empresa, de cada tribuna. No hay que temer al diálogo, al debate, a la divergencia. Es indispensable, hoy más que nunca, trazar el plano de las deliberaciones. Tener un ángulo político y una fuerza argumentativa para afrontar las nuevas realidades en el país que necesita una sociedad serena que delibere sobre su futuro”, convoca el editorial de El Colombiano del pasado 7 de septiembre.
Sin embargo, la preocupación del lector obedece al clima enrarecido por la pugnacidad de las palabras y las imágenes y por las campañas de desinformación y propaganda en redes sociales, pero que a veces se extienden a medios de comunicación.
La veracidad y la pluralidad están en alto riesgo por silencios prolongados sobre hechos de interés general, énfasis deliberados en torno a ciertas informaciones o por el escaso despliegue de noticias que tienen un mayor impacto en la sociedad. También, por esa fusión de opinión e información que puede confundir a las audiencias.
Es oportuno decir que opinión no es información. La opinión no informa aunque se base en hechos. La opinión esta llamada a convencer, a persuadir, a lograr la adhesión a una idea mediante la argumentación.
En cambio la información se sustenta en hechos ciertos, verificados y contrastados desde distintos puntos de vista.
Veracidad y pluralidad son atributos de la información y no de la opinión.

La búsqueda de la imparcialidad

El lector Juan David Arango llamó inquieto por las fotografías publicadas este viernes, en primera plana, sobre las manifestaciones registradas en Caracas en contra y a favor del gobierno venezolano de Nicolás Maduro.

Esta fue la pregunta: “Me puede decir ¿qué quisieron decir ustedes con la foto dividida de las protestas en Caracas? Me gusta esa imagen porque presenta las dos caras de esas manifestaciones pero quiero que usted me diga su opinión como defensor….”.

En primer lugar valoro la capacidad de observación y el deseo de conocer cómo se decide la primera página del periódico.

Al respecto,  el macroeditor Gráfico, Germán Calderón Linares, explicó: “La información sobre marchas multitudinarias y número de participantes siempre ha sido compleja en cuanto a su cálculo por llevarse a cabo en espacios abiertos. Adicionalmente las cifras sobre manifestantes difieren en el número de simpatizantes dependiendo de las diversas fuentes, al no existir una oficial”.

Y añadió: “Ante este hecho, la propuesta desde el área gráfica fue remitirnos a la revisión de todas las fotografías que nos proveen nuestros servicios de prensa. En aras de la imparcialidad, usamos dos imágenes contrastadas en forma diagonal para que los lectores pudieran tener referencia visual de la magnitud de las dos movilizaciones, guardando la equidad en el tamaño y la disposición, y presentando simultáneamente dos espacios diferentes de la protesta a fin de informar de manera imparcial sobre las concentraciones”.

La información periodística se basa en hechos verificados y contrastados.  Los principios de veracidad, imparcialidad y pluralidad son requisitos fundamentales del periodismo.

La búsqueda de la imparcialidad llevó los macroeditores y editores a ponerse de acuerdo sobre  la mejor manera de ilustrar los acontecimientos de Caracas.

Un vistazo a las  imágenes de las portadas de la prensa venezolana desvela tres tendencias: los periódicos gobiernistas ignoraron la marcha de la oposición que clama por el revocatorio; los diarios del otro bando, desconocieron la protesta oficial, y un tercer grupo le dio cabida, en primera plana, a las dos marchas.

El Colombiano, tal como lo explica Calderón Linares, rompió el esquema y presentó dos segmentos de ambas marchas para informar sobre este asunto que marca un hito clave de la historia del hermano país.

Las portadas motivan observaciones frecuentes. En otro caso, el lector César Cárdenas cuestionó: “El domingo El Colombiano publicó en la portada una foto de espaldas del boxeador Yubergén Martínez como campeón. Me parece que a nuestros deportistas negros también se les puede dar un trato sin discriminaciones raciales. En cambio cuando es la campeona Mariana Pajón, publican sus fotos sonriendo y de frente. Le dejo la inquietud al editorialista”.

Quizá la duda quedó resuelta el jueves pasado cuando con idénticas especificaciones aparece la imagen de Dilma Rousseff, la depuesta presidenta de Brasil…

El macroeditor Calderón Linares respondió: “Extiendo la invitación a revisar nuestro suplemento deportivo que acompaña la edición del domingo 14 de agosto (página 6). Allí aparece la imagen frontal de nuestro Boxeador Yuberjén Martínez durante el combate. Foto acompañada de una crónica que destaca su actuación. En la misma portada del deportivo usamos otra de las imágenes suministrada por nuestras agencias de noticias aliadas en el cubrimiento Olímpico en donde se aprecia la foto de espaldas del gimnasta Jossimar Calvo”.

Considero que se trata de un recurso gráfico usado con frecuencia, ajeno a cualquier intención discriminatoria. Basta revisar el despliegue informativo que han tenido nuestros deportistas olímpicos.

La fotografía es un testimonio notarial

El principio de veracidad, primer valor del periodismo, rige igual para textos y fotografías. La imagen publicada debe corresponder en todas sus partes y características a la captada por el fotógrafo, quien es el notario de los hechos.
No se permiten ni manipulaciones ni retoques que alteren la información. El testimonio gráfico encarna tal fuerza informativa, descrita con la popular frase “una imagen vale más que mil palabras”.
La fotografía debe dar fe de los hechos. Sin embargo, Esa misma fascinación de la imagen la pone en riesgo por el uso de trucos y distorsiones, facilitados por programas informáticos, que la desvirtúan. Por lo tanto, estas adulteraciones van en contra de la ética y los fundamentos del periodismo resposable.
Los retoques pueden ir desde componer la imagen de un personaje para hacerlo aparecer más atractivo y esbelto hasta quitar y poner personas y objetos en la escena, manipulando la información quien sabe con qué propósitos.
La historia cuenta casos de retoques y modificaciones descubiertos como el de la portada de la revista Time, en junio de 1994, cuando oscureció el rostro de O. J. Simpson, acusado de haber matado a su exesposa y a un amigo.
O el del gobierno de Irán que distribuyó en 2008 una fotografía trucada de un ensayo nuclear en el que aparece un número mayor de misiles a los que efectivamente fueron disparados. Un engaño a la opinión mundial para ostentar un mayor avance nuclear.
Cuando son las agencias gubernamentales, en vez de los fotógrafos de prensa, las que suministran las fotografías cabe preguntar si se trata de información veraz e imparcial o de propaganda que busca desviar la atención, cuando menos.
Los códigos de ética periodística coinciden en prohibir esta clase de adulteraciones.
“Las fotografías que publica El Colombiano son huellas de los hechos, de las que se vale el periódico en su esfuerzo profesional por aprehender la realidad de la historia diaria, para comunicarla. La imagen fotográfica es un mensaje sin código, según Roland Barthes. Es lo real literal cuyo manejo, como el de los demás materiales informativos, debe hacerse con criterios de verdad, responsabilidad y justicia”, contempla el Manual de estilo y redacción de El Colombiano.
Añade: “Está prohibida en El Colombiano toda manipulación de las fotos que no sea estrictamente técnica (edición periodística, eliminación de deterioros o corrección de defectos de revelado o transmisión). Por tanto, no se puede alterar una fotografía invirtiéndola, suprimiendo o agregando detalles. Ni siquiera con la intención de que el personaje fotografiado dirija su vista a la información a la que acompaña. La fotografía periodística, al contrario de la publicitaria, excluye la creación de situaciones artificiales con modelos o personas que posan para simular una noticia”.
Y advierte más adelante el Manual: “Cuando por cualquier circunstancia los editores decidan publicar una fotografía con distorsiones, el detalle de dicha distorsión debe explicarse en el pie de foto”.
Otro asunto que debe tenerse en cuenta en la obtención de las fotografías periodísticas es el del uso de la cámara oculta. A esta alternativa sólo se podrá acceder cuando es imposible tomar las imágenes de un hecho de interés público relevante, sin esconder o camuflar la cámara.
El periodismo ético y responsable busca la información por medios lícitos, sin trucos ni engaños. El juego debe ser limpio, siempre con las cartas sobre la mesa.

Directrices sobre fotografías de menores de edad

La publicación de fotografías y en general de informaciones sobre menores de edad está reglada en Colombia por la Ley 1098 de 2006, conocida también como el Código de la infancia y la adolescencia.
El Colombiano fijó una serie de directrices para respetar y garantizar los derechos de los niños y adolescentes. Esta es una síntesis del documento, para continuar la reflexión de la semana pasada y responderle al lector Juan David Aguirre:
1) Publicaciones relacionadas con delitos:
No está permitida la publicación de fotos (ni siquiera veladas), nombre, entrevistas o datos que identifiquen o puedan dar lugar a la identificación (como las iniciales, contextura física, color de piel, edad, etc.) de menores de edad o de adolescentes, en ninguno de los siguientes casos:
– Cuando sean víctimas de delitos.
– Cuando sean autores (presuntos o condenados) de delitos.
– Cuando sean testigos de hechos delictivos.
En el caso de que un menor de edad o adolescente sea víctima de un delito, y sea necesario establecer su identidad para efectos de restablecer sus derechos (encontrar a su familia, por ejemplo), podrán publicarse sus datos. Es la única excepción permitida por la ley.
2) Publicaciones no relacionadas con delitos:
Cualquier publicación, impresa o en la Web, (entrevista, fotografía, reportaje, crónica, etc.) relativa a menores de edad o adolescentes, requiere obligatoriamente autorización de los padres (o del padre o madre que tenga la patria potestad, cuando el otro padre/madre no exista o no tenga la patria potestad).
Por política de El Colombiano, dicha autorización tiene que constar por escrito. Esto se aplica incluso para el caso de noticias positivas, o de temas solidarios y de valores.
Adicionalmente, en el cuerpo de la información siempre debe aparecer el siguiente texto: “Las fotografías y nombre del menor de edad/adolescente, son publicadas con la autorización expresa de sus padres”.
3) En caso de que haya una noticia relativa a un menor de edad o adolescente, y no sea posible obtener la autorización de los padres (porque no existan, se desconoce su paradero, o porque no tengan la patria potestad), el permiso deberá otorgarlo el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF.
4) Participación de un menor de edad o adolescente en el medio de comunicación: Si el menor de edad o adolescente es el autor de una columna, reportaje, crónica o reseña, puede salir su nombre e imagen con la autorización expresa de los padres (ver punto 2).
Hasta aquí el memorando de la dirección a los redactores, fotógrafos, editores y macroeditores.
Los derechos de los niños son prevalentes y su garantía es aún más estricta cuando se trata de menores en condiciones de discapacidad física o mental o cuando las circunstancias ponen en riesgo los derechos a la intimidad, la honra, la imagen y el buen nombre.
Estas normas son objeto de permanente debate en organizaciones globales de periodistas y en el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef.
Los asuntos planteados por el lector Juan David Aguirre son muy amplios. En la próxima columna me concentraré en los casos de manipulación y edición de las fotografías, cuyos efectos atentan contra la veracidad al distorsionar la realidad de los hechos.
La fotografía de prensa es exigente y no admite retoques que alteren su originalidad. El rigor es la clave para garantizar la responsabilidad y la credibilidad, dos valores éticos del periodismo.

El titular es un desafío ético y profesional

El lector José Manuel Arango escribe: “Considero de la mayor importancia su columna del domingo en la que analiza un título que no corresponde a la información suministrada por el periódico y por el senador José Obdulio Gaviria. Quiero preguntarle a usted ¿qué normas siguen en el periódico El Colombiano en estos casos? ¿En dónde queda la objetividad? ¿En dónde queda la credibilidad, porque según mi punto de vista la tal inocencia del magistrado Pretelt ni siquiera la consideró el senador Gaviria?”.
Las consideraciones del lector se refieren al título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, sobre el cual escribí la última reflexión.
La verdad es la esencia del periodismo. Muchos autores consideran que la objetividad es inalcanzable y la definen como un valor límite que el periodista tiene la misión de buscar para acercarse a ella. En general, se habla mejor de honradez profesional que de objetividad para rescatar este requisito del periodismo veraz y responsable.
En el Manual de estilo y redacción de El Colombiano se consagra que “La honradez mental es la primera de las virtudes del periodista. La honradez mental impone ser verídico y rectificar los errores”.
El periodista tiene sus principios ideológicos como todo ciudadano, pero a la hora de escribir debe actuar conforme a los principios de la profesión y alejarse de sus convicciones para garantizar la veracidad y la pluralidad de la información.
“Al redactar una noticia el periodista debe mantener un distanciamiento crítico tanto del tema como de los protagonistas de ella, estar al margen de lo contado, y, como en todo en esta profesión u oficio, debe dudar de los datos que le han suministrado, confrontar versiones y no involucrar sus prejuicios sobre lo que ha sucedido”, reza el Manual de estilo y redacción.
El periodista debe hacer todo lo humanamente posible para construir un relato lo más cercano posible a la realidad de los hechos.
El debate sobre la objetividad en el periodismo viene de tiempo atrás. Las trazas de opinión que pueda tener una información por el enfoque, la visibilidad, el tamaño y la ubicación dentro de la edición tienen el cometido de garantizar el concepto de neutralidad, veracidad, no intencionalidad u honestidad, como queramos llamarlo.
La división entre información y opinión es vital para que el lector tenga clara la intención del texto.
Ahora, el título cuestionado fue construido sobre una interpretación errónea y confusa. No corresponde ni al documento elaborado por el senador Gaviria ni se desprende de las declaraciones que recoge.
Por esta razón al día siguiente el periódico rectificó la información, aunque de manera parcial e insuficiente, tal como lo manifesté en la columna del pasado domingo.
La elaboración del título no es fácil, pero tanto el periodista como el editor tienen la responsabilidad ética y profesional de concertarlo para que alcance los atributos de veracidad, claridad, concisión y convicción.
El análisis de los contenidos periodísticos da cuenta de la trascendencia del titular. Muchos lectores no leen la información completa y se quedan con la idea de las pocas palabras que recoge la frase del título. Con razón dicen que el país se puede gobernar con titulares de prensa, en una crítica al periodismo que solo hace eco de declaraciones sin detenerse en verificar los hechos.
Titular es un desafío profesional y ético que pone en juego la credibilidad del periodista y del medio de comunicación.

Cuando el título arriesga la credibilidad

El título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, resultó desafortunado y temerario porque pone en riesgo la credibilidad de El Colombiano y del periodista autor de la información.
El lector Eduardo Aristizábal Peláez escribe: “Titular temerario. Redacción pesada y confusa. Si nos basamos en el texto, porque no tenemos más elementos de juicio, Gaviria aduce errores de procedimiento en el proceso. Por lo que dice el texto no podemos concluir con certeza, que Gaviria considere inocente a Pretelt”.
Gustavo Gallo Machado, macroeditor de Actualidad explica: “Efectivamente el titular de la noticia fue más una conclusión e interpretación periodística frente a la conversación telefónica que tuvo el periodista con el senador José Obdulio Gaviria, el pasado miércoles en horas de la tarde, con el objetivo de conocer un poco más este hecho noticioso. Aunque la nota no tiene la frase exacta que afirma que el magistrado Jorge Pretelt es inocente, sí da indicios de que ha habido serios errores en la formulación de cargos por falta de pruebas y vicios de trámite”.
Y añade a continuación: “Frente a las dudas periodísticas que surgieron, ayer volvimos a conversar con el senador Gaviria sobre el titular y la noticia y nos contestó que si bien él no habla de inocencia, sí recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara por vicios de trámite. En la edición del viernes 29 de julio, en la página 4, publicamos una nota adicional para aclarar un poco más este asunto”.
La nota breve aclaratoria, a la que se refiere Gallo Machado, dice: “Auto pide anular lo actuado contra Pretelt. El auto que está en manos del senador José Obdulio Gaviria y que contiene el proceso contra el magistrado Jorge Pretelt no habla en ningún momento de inocencia, sino que recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes por vicios de trámite”.
Y lo que sostiene el congresista Gaviria dice textualmente: “Presento, señor presidente, un argumentado proyecto de auto por medio del cual se declara la nulidad de lo actuado por la H. Cámara de Representantes. El auto es, además, un estudio que en caso de decretarse la nulidad, puede orientar al representante investigador y a la Comisión de Investigación y Acusación en 1) la tarea de reconstruir el expediente dentro de la cuerda procesal en la que debió tramitarse y 2) hacer la adecuada calificación jurídica de los hechos…”.
El lector tiene razón. Estoy de acuerdo con su opinión de que se trata de un título temerario. Si lo dijo en la entrevista que sostuvo el periodista debió ponerlo en boca de Gaviria, porque ese titular tal como se publicó es una afirmación del periódico y del periodista.
Considero que la aclaración hecha al día siguiente es precaria. Además, la información original titulada “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria” se mantiene en la edición digital sin ningún llamado de atención que alerte al lector sobre la corrección del título.
Recomiendo en este caso, y en otros similares, poner una nota al final que explique que el texto ha sido aclarado o rectificado. Es la manera de recuperar la credibilidad perdida y honrar la veracidad y el rigor periodístico.

La información tóxica

El lector Héctor Darío Ortiz plantea de nuevo los problemas que generan el exceso de información y las dudas de credibilidad y confianza que suscitan las redes sociales. Dice: “Tanta información me confunde, porque una es la que de la prensa y la radio y otra, bien diferente, es la que me llega por Facebook, Whatsapp y Twitter. Le pregunto cómo se puede uno informar verdaderamente de lo que ocurre en Colombia…”.
Es evidente que los ciudadanos se enteran por distintos medios y canales de lo que acontece en la ciudad y el mundo.
Los periódicos, la radio y la televisión fueron durante muchas décadas los únicos medios que llevaban la información a la sociedad.
Hoy, las plataformas digitales hospedan a estos mismos medios, que actualizan sus ediciones tan pronto como ocurren los hechos. A la par, en forma apresurada, las redes sociales nos inundan de información, tal como lo describe el lector.
Los jóvenes, más que los adultos, acuden a las redes sociales o a otros sitios en la web para conocer qué está pasando en el preciso momento. Quedan así sumergidos en un océano de datos que los obliga a bucear para encontrar la información veraz y precisa y, además, confiable. Este exceso de información puede confundir y desinformar si se obvian guías y precauciones.
Una de las primeras claves es saber el origen de la información. No es lo mismo obtenerla de un medio de comunicación que de un autor desconocido que la tecleó en un blog o en una de las redes sociales.
Los contenidos de los medios de comunicación son producidos por periodistas que obtienen la información en fuentes de todo crédito. Los datos han sido verificados y contrastados con otras fuentes válidas antes de ser publicados.
En otras palabras, cumplen los estándares de calidad que otorgan los principios periodísticos de veracidad, pluralidad, transparencia y responsabilidad social.
Esta información es la que le da confianza y credibilidad a las audiencias, dos de los atributos más valiosos del patrimonio del periodista y del medio de comunicación.
Los contenidos de redes sociales y de sitios web poco conocidos no nos ofrecen estas garantías porque desconocemos su origen.
Las plataformas digitales son además muy vulnerables, pueden ser suplantadas por delincuentes cibernéticos que las usan para difundir información tóxica o cuando menos rumores o datos falsos que distorsionan, alarman y confunden.
Son frecuentes los casos en los que se clonan perfiles de personajes conocidos para usar sus cuentan de redes sociales con fines perversos para difundir noticias y comentarios apócrifos. Hasta medios de comunicación, que se saltan las rutinas de confirmar y verificar antes de divulgar, caen en estas trampas por el afán de adelantarse con la primicia informativa a los demás.
El periodismo no se puede entender hoy al margen de las redes sociales. Estos canales son usados por los medios de comunicación y los periodistas para comunicarse con sus audiencias y mantenerlas actualizadas.
Muchos personajes las usan para curar informaciones y compartirlas con sus seguidores. Pero otros las usan con fines propagandísticos para manipular y desorientar. O como revela el lector para saturar, confundir, intimidar e intoxicar.
Buscar información de calidad requiere no obsequiarle credibilidad a todo lo que nos llega ni darle crédito al comentario que resume una declaración remota o al rumor vago.

Contra los errores, buenas prácticas

Los errores provocan un gran disgusto. Los periodistas nos lamentamos de no haber leído una vez más el texto para detectarlos. Igual les ocurre a los editores.
Quizás hay muchas explicaciones: generalmente los periodistas trabajan varios temas a la vez; la hora de cierre obliga a acelerar la entrega de las informaciones; no se consulta el diccionario; no se aclara un concepto dudoso y hasta la falta de competencias lingüísticas.
También hay buenas prácticas: escribir con el diccionario al frente; resolver los interrogantes de inmediato; leer y releer; apoyarse en otra persona para que lea lo escrito o leerlo en voz alta; desconfiar de los correctores automáticos…
Debemos hacer todo lo posible para evitar los errores. Y si los cometemos, tenemos la obligación de enmendarlos. En este propósito de mejorar la calidad periodística es vital la participación de las audiencias. Los gazapos señalados por los lectores y hallados por los periodistas al releer las informaciones publicadas se corrigen en la Fe de errores, que se publica en la página Radar de la sección Metro y también en la edición digital.
De las equivocaciones reportadas por las audiencias resalto tres en la reflexión de hoy.
La primera se refiere a la falta de un dato en el reportaje sobre la consulta popular de Envigado, publicado en las páginas 12 y 13 de la edición del 11 de julio.
El lector Luis Alfredo Molina Lopera escribe: “En el tercer párrafo dice “El total de votos fue 40.395”: Válidos, 39.871 y nulos, 366. Esto debería ser igual al total: 40.395. Pero da 40.237, hay una diferencia de 158 votos. Ahora bien: por el Sí, 24.507, por el No, 15.364 y nulos 366. Esto da 40.237 sufragios. Ahí cuadran las cuentas, pero no da el total mencionado de 40.395. Con ánimo constructivo, sería bueno aclarar la situación…”.
La Fe de errores aclaró al día siguiente: “Votos en consulta de Envigado: total 40.395. Por el Sí, 24.507; No, 15.364; nulos, 366 y no marcados 158. Estos últimos no aparecen registrados en nuestro informe central, pero sí en el infográfico que la ilustra. Tiene razón el lector al reclamar todas las cifras en ambos”.
La lectora Lucila Gallego, llamó para señalar un error en el reportaje Así será el museo de la memoria, publicado el 7 de julio en la página 8. Dijo que le pareció muy interesante el informe sobre la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Agregó que “me interesé porque soy víctima pero me desilusioné cuando vi el error sobre la fecha de la muerte violenta de Jorge Eliécer Gaitán, que ocurrió el 9 de abril de 1948, no el 9 de abril de 1949 como dicen ustedes…”.
El lector Gabriel Escobar Gaviria se refirió a la frase debajo del título Carrizal sueña con borrar la guerra de su historia, publicado el lunes 11 de julio:
“Como ya deben saber, apareció en El Colombiano de hoy la palabra «testiga», en el subtítulo de la noticia de la página cuatro. Ya debió haber levantado una polvareda de Padre y Señor mío. No hay para qué levantarla, explico: No hay norma morfológica que impida los femeninos de «testigo», «miembro» y «canciller», pero quien se atreva a usarlos queda estigmatizado como ignorante. Las palabras no son creadas por la Real Academia Española, sino por el uso. Siempre que me refiero a una cancillera lo hago en femenino, con las otras dos no me he atrevido”.