Periodismo e inmigración

La lectora Ana Sofía Sánchez comentó la última columna. Dijo: “…nos podíamos ahorrar muchos actos violentos si se piensa antes de hablar y de escribir. Estoy ciento por ciento de acuerdo con el llamado que hace la columna del defensor de las audiencias sobre el cuidado que deben tener los periodistas cuando tocan el tema de la inmigración, que es global y que causa grandes conflictos sociales en otros países. Me pregunto cómo mejorar el lenguaje violento, discriminatorio e inapropiado que vemos en radio y otros medios y aún en la vida cotidiana…”.
Esta reflexión cruza por las salas de redacción y los estudiosos de los temas de opinión pública y análisis de contenidos de los medios de comunicación.
Elegir las palabras es clave para informar con mayor imparcialidad y poder mostrar la realidad con estándares confiables de veracidad. Un término poco claro, ambiguo, con una connotación negativa que estimule prejuicios, pone en riesgo la misión del periodismo responsable.
Son políticas del periódico relatar los hechos con claridad y precisión. La primera obligación del periodista, como lo he citado en varias oportunidades, es escribir bien, conocer el lenguaje y expresarse correctamente, es decir, conforme a las normas que rigen la redacción periodística.
En el caso de las informaciones sobre la migración, además del significado de las palabras, no se deben perder de vista connotaciones, prejuicios y generalizaciones más o menos extendidas en la sociedad.
El reto es encontrar la palabra adecuada, la frase precisa, para evitar estas trampas e informar sin distorsionar.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice: “Los estereotipos son formas incompletas del conocimiento, que resultan de una observación superficial y parcial de los hechos, las personas o los grupos humanos, los países, las regiones. Con frecuencia están contaminados por el prejuicio. Por tanto, el uso de estereotipos y generalizaciones sobre aquéllos será sometido a examen para evitar expresiones que lesionen la dignidad de las personas o de los grupos humanos, los países y las regiones, y que conduzcan a emitir juicios injustos.”.
Un caso actual es el de Inglaterra. Hoy se preguntan los periodistas en las salas de redacción y los estudiosos en las universidades cómo influyeron los medios en la decisión que tomó el Reino Unido de abandonar la Unión Europea.
The Sun, The Daily Mail y The Daily Mirror fueron criticados por la cobertura de los refugiados. “No ahorraron portadas en letras mayúsculas y frenéticas advirtiendo sobre los peligros de la inmigración. La columnista de The Sun, Katie Hopkins, llegó a comparar a los inmigrantes con “cucarachas” que ´se extienden como el norovirus´. La declaración provocó críticas de Naciones Unidas, y constituye una indicación preocupante de los altos niveles de lenguaje hostil que los diarios británicos estaban manejando”, señala Farahnaz Mohammed en un artículo publicado por la Red de Periodistas Internacionales, Ijnet.
Añade que “Como periodistas, no podemos esperar erradicar la xenofobia o la ignorancia voluntaria. Sin embargo, podemos examinar nuestros propios prejuicios personales y mantener nuestra labor en un nivel editorial superior… No importa qué tan completos e imparciales sean los medios de comunicación, siempre habrá una minoría a la que no le afectarán las estadísticas, las investigaciones y las proyecciones. Al mismo tiempo, sabemos que los palos y las piedras rompen huesos, pero que las palabras empiezan revoluciones. Como periodistas, debemos ser cuidadosos con las que utilizamos”.

Temas sensibles: ¡cuidado con las palabras!

El tratamiento de la información sobre la inmigración precisa altas dosis de rigor y responsabilidad por tratarse de asuntos sensibles en los que es fácil caer en trampas xenófobas o en estereotipos. La elección de un término impreciso o inadecuado nos puede llevar a esos terrenos.
El lector Federico Díaz González cuestiona el reportaje sobre la presencia de inmigrantes que buscan en Medellín una alternativa para llegar a Centroamérica y luego a Norteamérica.
Dice: “En la página 13 de la edición de junio 21 aparece el siguiente titular: ´Decenas de inmigrantes transitorios rondan Belén´. Nada hay objetable en este título, pero en el subtítulo dice: “Un grupo de caribeños, africanos y asiáticos merodea la sede central de Migración Colombia en la comuna 16…´. Según el DRAE, el verbo merodear significa ‘vagar por las inmediaciones de algún lugar, en general con malos fines’ o ‘vagar por el campo viviendo de lo que se coge o roba’. En otras palabras, el verbo tiene implicaciones negativas”.
“En mi opinión es injusto usar ese verbo para referirse a migrantes cuyo único propósito es obtener un salvoconducto para permanecer algunos días en Colombia. Al sumarles a sus desgracias los significados negativos de “merodear”, El Colombiano maltrató a personas en clara situación de inferioridad”, concluye el lector.
José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local lo reconoce: “Tiene razón el lector y faltó rigurosidad de parte del periodista y su editor. Cada palabra, cada signo de puntuación, cada expresión tienen sentido y vida propia y como tales deben ser manejados”.
A cada palabra corresponde un significado y muchas tienen connotaciones de diversa índole. Es evidente que el término usado en el reportaje periodístico citado no es el propio ni el adecuado. Desde la misma definición se infiere que está relacionado con actitudes sospechosas. En este caso, alejadas de los hechos narrados por el periodista. Y más lejos aún de su intención.
Es posible que los vecinos vean estas aglomeraciones con otros ojos, percibiéndolas como situaciones de riesgo, incomodidad y algunos con altas dosis de prejuicios.
Pero el periodismo tiene la responsabilidad de acercarse de otra manera: con ojos abiertos, sin esos prejuicios y con la actitud transparente fundada en los valores de la ética.
La veracidad está en juego. Oír voces diversas garantiza el pluralismo y la imparcialidad; el contexto explica el proceso migratorio para evitar distorsiones; la claridad del lenguaje permite transmitir los hechos a las audiencias; los derechos humanos también están en riesgo y a un solo paso de criminalizar y maltratar a estas personas puestas en un escenario de precariedad.
Las palabras deben ser escogidas con rigor. Así lo exige el lenguaje periodístico. En temas sensibles es prioritario redoblar la atención para no expresar ideas distorsionadas, ya sea por una falla léxica o por la connotación que trasmita a las audiencias.
La palabra merodear conlleva una carga que puede interpretarse como una acusación, en este caso, a los inmigrantes que buscan resolver su presencia irregular, no delictiva, en el país.
Los sinónimos son escasos en el periodismo. La propiedad es un atributo del lenguaje que avala la comunicación entre el periodista y el lector. Muchas palabras cambian de significado de una región a otra.
El lenguaje es el principal instrumento del que se vale el periodista. Debe dominarlo, debe saber expresarse. Y los diccionarios son los mejores aliados para conocer los significados y las connotaciones sociales de cada término.

Ni maximizar ni minimizar

Las redes sociales, como novedosos sistemas de relación de las audiencias, son objeto de apasionados defensores y de acérrimos contradictores. Pienso que no se puede ni magnificarlas ni minusvalorarlas.
En la reflexión de la semana pasada, para responder la pregunta de Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, sobre si “¿considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”, expuse las oportunidades que ofrecen a los medios, a los periodistas y a las audiencias. Hoy me detendré más en los riesgos.
Para algunos estas son nuevos medios de comunicación o sus contrincantes recién instaladas. La realidad es que las redes sociales son un escenario de conversación ciudadana en el que las voces fluctúan entre expertas y necias; entre racionales y viscerales; entre mesuradas y altaneras.
Un tuit puede ser un mensaje irreflexivo. Y si el retuiteo es la web de un medio de comunicación o en una de sus cuentas puede convertirse en una acción irresponsable, sin profesionalismo ni ética.
Un medio y un periodista, estimulados por el afán de la primicia, cae fácilmente en la trampa de divulgar rápidamente una información falsa, con graves errores de todo tipo, que menoscaba el patrimonio más valioso: la credibilidad.
Si algunos teóricos creen que en internet se puede corregir con un nuevo tuit, considero que hace falta mirar el semáforo que está en rojo o en amarillo, y por lo tanto hay que contenerse antes de dar el próximo paso, el de publicar.
La información que el periodista obtiene de cualquier fuente y por cualquier canal es un dato en bruto que debe verificar, confrontar y contextualizar antes de divulgar. Son acciones rutinarias de la profesión que la persona que tuitea no efectúa.
Así, las conversaciones de las personas en estos tuit, y demás mensajes, son similares a los rumores que no se pueden publicar sin estar seguros de su veracidad.
Algunas fuentes usan las redes sociales para evitar las preguntas y repreguntas de los periodistas y llevar así sus informaciones unilaterales a las audiencias, tal como lo describí en la columna anterior.
Un punto negativo de las redes sociales es la calidad de la conversación ya sea por ignorancia, o porque se sienten excluidos, muchos usuarios se esconden en perfiles falsos para molestar o posar de impertinentes y desafiantes.
En estas categorías son frecuentes los tonos de hostilidad, radicalización y violencia en las palabras que desvirtúan la calidad y utilidad de los comentarios y juicios expresados.
No obstante, reitero, las redes sociales son una realidad que han transformado y siguen transformando el mundo de los medios y de la vida de los ciudadanos. Se pueden usar para informar y para desinformar. De ahí la necesidad de usarlas conscientemente para mejorar la calidad de la información, para contribuir a la interacción de periodistas y audiencias.
¿Cómo desaprovechar la posibilidad de conocer las reacciones de los lectores y saber de qué están hablando? ¿Cómo no valorar las críticas argumentadas y el señalamiento de errores y vacíos de las informaciones publicadas? ¿Cómo no mantener actualizadas a las audiencias sobre informaciones nuevas o desarrollos recientes?
Las redes sociales nos ofrecen oportunidades valiosas en el periodismo porque son pistas clave para acertar en la construcción de la agenda informativa y mejorar de esta manera la calidad del periodismo.

Redes sociales: los más y los menos

Las redes sociales motivan juiciosos estudios y encendidos debates en el periodismo y la vida cotidiana porque han introducido cambios en la manera de relacionarnos y de estar informados y también desinformados.
Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, pregunta: “¿Considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”.
Internet y las redes sociales han impactado, y de qué manera, a los medios de comunicación impresos, radiales y audiovisuales. Casi todos pusieron sus ediciones y emisiones en la red y es aquí en este nuevo escenario donde reina una atmósfera de incertidumbre.
“No hay certezas acerca de cómo enfrentar el futuro del sector de los medios, pero los directivos reconocen la necesidad de seguir probando, de experimentar y de arriesgar, sin poner en peligro el negocio, pero reaccionando ante un entorno que se transforma cada vez con mayor velocidad”, anota el autor y docente español José Luis Orihuela en su libro Los medios después de internet.
El impacto de las redes sociales es evidente. Una investigación de The Reuters Institute for the Study of Journalism, basado en una encuesta de YouGov realizada a 50.000 personas de varios países, revela que el 28 % de los participantes de entre 18 y 24 años se informa a través de las redes sociales y el 24 % por televisión, según publicó hace unos días la agencia EFE.
Facebook es la plataforma que más usan los jóvenes para acceder a la información (44 %), seguida de YouTube (19 %), Twitter (10 %) y WhatsApp (8 %), añade el informe.
Otra demostración, quizá patética, es que los políticos apelan cada vez más a las redes para contactarse con las audiencias. No lo hacen por los medios de comunicación para evitar el proceso de verificación y confrontación claves del periodismo responsable y de calidad.
Las redes sociales están ahí, para bien y para mal. Los medios las usan cada vez más. Al inicio se percibió mayor timidez pero la novedad quedó atrás y ahora se diseñan estrategias para servir a las audiencias conectadas en forma permanente.
“En El Colombiano las utilizamos como una herramienta para conseguir nueva información, para saber que quieren los lectores y de qué hablan. Sabemos que las redes sociales tienen la capacidad de agrupar un gran número de personas con el fin de lograr acciones increíbles, por eso es que aprovechamos ese potencial para escuchar y darle voz a quienes no tienen voz”, dice Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital,
Añade que “las redes son un canal de noticias en tiempo real, donde los usuarios leen, comparten y opinan, nunca antes en la historia del periodismo la información viajaba en ambas direcciones como ahora y es gracias a plataformas sociales”.
Sobre los riesgos de las redes, tanto dentro como fuera del ámbito periodístico, hace dos días el periodista y profesor español Miguel Ángel Bastenier Martínez escribió: “Twitter, que es tecnología de punta, debería tener un mecanismo que automáticamente expulsara a los tuiteros que se dediquen a insultar”.
El mismo dispositivo sería ideal para filtrar los datos erróneos y los chismes que se visten de información para distraer la atención y sorprender a las audiencias.
Estos son algunos inconvenientes que experimentan estas modernas herramientas de comunicación. Sobre estos puntos riesgosos continuará la reflexión.

Las desviaciones de los sondeos

Continúa la reflexión sobre este asunto de los sondeos y las encuestas en los medios de comunicación, que siempre despiertan críticas y controversias.
A la pregunta de Miriam Fabiola Arbeláez, a la cual me referí en la columna de la semana pasada, titulada El rigor de los sondeos, se suma las inquietudes del lector Juan David Arias: “Cómo vamos a creer en los sondeos y las encuestas que sobre lo divino y lo humano realizan todos los días los noticieros y programas de radio y televisión…leí su escrito pero tengo muchas dudas sobre las encuestas políticas y del Dane, a pesar de que en estos casos se aplican metodologías estadísticas…”.
Los expertos coinciden en afirmar que los resultados de estos sondeos por internet que se han popularizado hoy experimentan desviaciones que los hacen poco confiables, carentes de rigor estadístico y además de poca utilidad informativa.
La ventaja de obtener la opinión de las audiencias de una manera fácil, casi compulsiva, se torna en uno de sus mayores inconvenientes: la autoselección. Es decir, cada quien decide si la responde o no.
No hay un muestreo estructural que pueda darle solidez estadística a esta clase de sondeos que a la postre resultan tan dudosos como sesgados. Poco se conoce sobre el sexo, la edad y otras características que determinan los objetivos de la investigación y la construcción de la muestra.
La misma facilidad de usar la red ofrece dos limitantes que contribuyen a las desviaciones de esta clase de sondeos.
En primer lugar, que no todos los habitantes de un país como Colombia tienen acceso a la red. Así las cosas, el sondeo lo responde una parte de la audiencia si tenemos en cuenta que el año pasado sólo el 41.8 % de los hogares tuvieron acceso a internet, según los datos oficiales divulgados por el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.
De ahí la advertencia del profesor Universitario León Darío Bello de no extrapolar un resultado a los antioqueños o los colombianos.
La otra dificultad es que los oyentes y televidentes que contestan el sondeo son seguidores fieles, afectos al medio, y los resultados podrían estar viciados, restándoles confiabilidad.
A los inconvenientes, por la falta de rigor estadístico de algunos sondeos y demás circunstancias negativas, se suma la irrelevancia de los temas sometidos al escrutinio de las audiencias.
Los defensores de los sondeos en línea explican que se trata de una forma de participación de las audiencias que ya están activas en los foros y en las redes sociales y que mediante esta estrategia son interpelados para conocer juicios más elaborados constitutivos del fenómeno de la opinión pública.
“Las encuestas periodísticas no tienen la pretensión del rigor matemático y estadístico de las encuestas realizadas para investigaciones científicas específicas o para aquellas que hoy en día se aplican en los ámbitos de los estudios e investigaciones de opinión pública. No obstante, son un intento por reunir en un mismo material informativo, una serie de indicadores de opinión que representan tendencias más o menos generales en una comunidad”, sostiene la profesora venezolana Moraima Guanipa.
Incluso la docente clasifica esta modalidad de sondeos dentro del género periodístico de la entrevista.
Considero que los medios de comunicación pueden realizar estos sondeos con mejor disciplina estadística para que contribuyan efectivamente a la calidad de la información en beneficio del mayor patrimonio del periodismo: la credibilidad, tal como lo sugiere la profesora Guanipa.

El rigor de los sondeos

A raíz del sondeo que realizó el periódico en su sitio web para conocer la opinión sobre el uso de la marihuana con fines medicinales, la lectora Miriam Fabiola Arbeláez pregunta: “¿Qué validez tienen los sondeos que todos los días realizan la televisión, la radio y también los periódicos…?”.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital explica que “Nuestro sondeo funciona de esta manera: El sistema permite votar una sola vez por navegador, es decir si una persona vota y después vuelve y carga la página e intenta votar de nuevo le aparecerá un mensaje que dice: ´NO PUEDES VOTAR. YA PARTICIPASTE´. El sistema se basa en los cookies de los navegadores para no permitir que una persona vote en múltiples ocasiones, sin embargo si un usuario borra la información del navegador podría repetir el voto, o también si ingresa al sitio web a través de otro navegador”.
Y añade: “Los votos son seguros, teniendo en cuenta que se sabe que son efectuados por personas, el sistema tiene una seguridad que impide que se hagan peticiones de votos externas por medio de robots. Reflejan el pensamiento de las personas que deciden votar, hay que tener en cuenta que no todos los lectores votan. También hay que tener en cuenta que hasta los servidores de la CIA han sido hackeados, por eso no estamos exentos de un ataque, pero nuestro sistema cuenta con la seguridad necesaria para este tipo de sondeos”.
El profesor universitario y autor León Darío Bello Parias anota al respecto; El nombre que se le da es adecuado, un sondeo puede considerarse como una primera impresión sobe algo, nunca generalizable a toda una población.
Agrega que “hay que tratar de identificar esa población que es aún más reducida, valga decir, el sondeo lo pueden responder sólo los que tienen acceso a Internet por un lado, luego que miren El Colombiano y por último que tengan la tendencia a contestar preguntas por éste medio, parecen muchas condiciones. Lo cierto del caso, es que estadísticamente no tienen valor científico, en algunos momentos pueden desorientar más que orientar. Por eso es importante tener el referente de quienes pueden contestar el sondeo, Nunca mencionar Los antioqueños opinan…”, que son titulares usuales. Es como los que hace CMI y todos esos medios que usted conoce…”.
En realidad El Colombiano hace pocos sondeos de esta clase. Para efectuar los sondeos o encuestas políticas en tiempo de elecciones o para medir la aprobación o desaprobación de los programas gubernamentales, los dirigentes y las instituciones, contrata a la reconocida firma Invamer Gallup.
Considero que los demás sondeos, cada vez más frecuentes en los medios de comunicación, principalmente en la televisión, no tienen rigor estadístico y por lo tanto hay que mirarlos con distancia, solo como un ejercicio de participación de la audiencia.
De todas maneras, los objetivos y reglamentación deben ser conocidos por los lectores, oyentes o televidentes. Las opciones para votar deberían ser múltiples y, por supuesto, la publicación incluir datos como el tiempo que estuvo abierta la votación, el número de votantes y tener cuidado con las extrapolaciones y generalizaciones.
Finalmente recomiendo, en el caso del periódico, la adopción de un reglamento básico que aclare las inquietudes de las audiencias y disipe las dudas y sospechas que afecten la credibilidad y la confianza.

“Aunque usted no lo crea…” y otros títulos

La lectora Ester Sofía Marín pregunta “Por qué los medios de comunicación emplean títulos como la ´increíble y sorprendente historia…´, ´la primera vez, aunque usted no lo crea…´, y otra serie de palabras sensacionalistas que desinforman y exageran solo por llamar la atención…”.
La lectora pone sobre la mesa un tema de sumo interés por cierta moda de titular para ganar lectores, sin caer en la cuenta que muchas veces se manipula y desinforma debido a que el título de la información no corresponde al contenido del artículo periodístico.
Esta definición del título periodístico es del autor José Manuel Zorrilla: “Los titulares son, en resumen, textos autónomos que encabezan las noticias que publica la prensa, identifican el relato informativo, designan los hechos, destacan gráficamente, poseen un lenguaje propio y tienen la misión de llamar la atención de los lectores para que lean los textos informativos que le siguen e incluso para que compren el periódico…”.
Si bien, uno de los objetivos es captar el interés de la audiencia, los medios a veces abusan y se exceden en presentar las informaciones con titulares con enfoques transgresores de los principios éticos y periodísticos.
Algunas ejemplos: darle más trascendencia a un hecho que no la tiene; también, lo contrario: usar eufemismos para ocultar la realidad; manipular la información para provocar una sensación determinada; usar frases hechas que desvirtúan y desvían la esencia de la información.
Es frecuente encontrar títulos que usan expresiones impactantes como “por primera vez”, “aunque usted no lo crea”, “espectacular”, “increíble” y otras similares que más bien pueden producir un efecto contrario al de llamar la atención porque crean un ambiente de duda.
El uso de los números da credibilidad. Pero el abuso no. Se volvió moda titular “4 razones para mejorar…”, “7 ejercicios que reducen…”.
Tampoco es recomendable forzar las figuras literarias como la metáfora, la onomatopeya, la metonimia y la hipérbole.
El periodismo debe ser esquivo al usar frases célebres, refranes o derivaciones. Esta no es la mejor práctica. La originalidad es una cualidad del lenguaje.
La amenidad es deseable, sin caer en el humor fácil. El periodismo informa y no tiene entre sus funciones entretener y hacer reír.
En los medios sensacionalistas estos titulares son comunes, y aún otros que riñen con la veracidad o que exacerban los sentidos apelando a la discriminación, al sexo, a la sangre, al dolor y en general al morbo.
El titular es el resumen de la noticia o el reportaje. Sintetizar, identificar y seducir al lector para que lea lo que sigue son los atributos de un buen título que garantice la veracidad, imparcialidad y transparencia de los hechos.
El afán de conquistar lectores pone en riesgo la veracidad y la responsabilidad del periodismo. Algunos medios de comunicación cambian la acción del clic por la obligación de dar el contenido que prometen en el título y que el lector espera y se merece.
El lector se cansa de las ofertas engañosas o exageradas al no encontrar lo anunciado y sentirse defraudado por estos modelos periodísticos que riñen con la veracidad: exponen la calidad y la credibilidad porque prefieren el escándalo y el grito a la información veraz y responsable.
Los principios éticos y periodísticos deben estar presentes a la hora de poner el título, entre otras cosas porque el lector identifica cuál es el medio de comunicación que le informa sin distorsiones.

Fe de errores incompleta

El Colombiano tomó la decisión de publicar la sección Fe de errores para enmendar las imprecisiones, equivocaciones y toda suerte de fallos detectados por las audiencias o por los editores y periodistas. Una decisión acertada y consecuente como lo que estipulan el Manual de estilo y redacción y las políticas para mejorar la calidad.
No obstante, considero que los errores deben enmendarse tanto en la edición impresa como en la digital. Actualmente se corrigen solo en la primera pero en la web permanecen los fallos.
Estos ejemplos dan cuenta de las correcciones:
Caso 1. Página 12, edición del 18 de mayo.
En un párrafo del reportaje Otra avalancha de solidaridad para Salgar, se lee: “Según el director de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, Carlos Iván Márquez, la inversión alcanzará los 35.000 millones de pesos desde que comenzó la atención de la emergencia. Recursos aportados por la entidad, el Ministerio de Vivienda, la Gobernación de Antioquia, el Banco Agrario y la Fundación Bertha Hernández, entre otras…”.
La Fe de errores del día siguiente detecta y corrige: “… y la Fundación Bertha Hernández”. Correcto: Fundación Bertha Martínez”.
Caso 2. En la página 16 del 11 de mayo El Colombiano publicó una información imprecisa con el título El camino de Envigado hacia el Área Metropolitana: “Este cuatro de julio los envigadeños irán a las urnas para definir si su municipio ingresa o no como socio activo al Área Metropolitana…”.
La corrección de la Fe de errores, publicada el 12 de mayo precisa: “… la fecha exacta en que los envigadeños irán a las urnas es el 10 de julio”.
Caso 3. El 19 de febrero de este año, en la misma sección Fe de errores se descubrió y explicó otro error: “… el alcalde de Bello, Óscar Suárez Mira…”. Correcto: (…) el alcalde de Bello, César Suárez Mira…”.
Así ocurre: la Fe de errores detecta algunos y los corrige de una manera válida pero solo para los lectores de la edición impresa.
El periódico The New York Times tiene una sección similar y las correcciones las efectúa también en la edición digital. Por ejemplo, este 9 de mayo aclaró un dato equivocado:
“Un artículo de abril 27, acerca de la confirmación en Colombia de dos casos adicionales de bebes nacidos con daño cerebral, luego de que sus madres que contrajeran Zika durante el embarazo, establece que el año en que los investigadores encontraron secuencias de genes del Zika en la sangre de tres niños en Haití fue diciembre de 2014 y no de 2015”.
Efectivamente, al artículo Colombia Confirms More Birth Defects Linked to Zika, de la sección de Salud del 27 de abril le añadieron la respectiva corrección. (http://www.nytimes.com/2016/04/27/health/zika-virus-haiti.html?_r=0).
Pienso que esta es una corrección integral que obliga a los medios de comunicación que suman cada vez más lectores en las plataformas web, todos ansiosos de encontrar información veraz y de calidad.
Estoy de acuerdo con la opinión del periodista José Cervera, del periódico español El Diario: “Errar es humano, y por eso no hay actividad más humana que corregir lo errado y aprender para procurar no volver a equivocarse en el futuro. Internet es un inmenso depósito de información que durará muchos años, y que seguirá alimentándose y creciendo; si no creamos mecanismos para que los errores puedan ser reconocidos, corregidos y correctamente archivados acabaremos por no saber qué es verdad y qué es mentira…”.
Habrá que volver sobre esta reflexión…

Cuando a la información le falta contexto

La información publicada el 23 de abril en la página 18, sobre el plan cuatrienal de reforestación del Departamento de Antioquia, animó al lector Álvaro Duque a criticarla: “Como docente adscrito al Departamento de Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, leo con estupor su artículo titulado “Antioquia inicia plan para sembrar 40.000 árboles”. La forma como ustedes lo anuncian aparece como un gran acto, logro o meta. Se lo pongo en cifras: si uno va a reforestar, se suelen usar densidades de siembra de alrededor de 1.100 árboles por hectárea. Es decir, su gran anuncio es que la gobernación de Antioquia, en un departamento de 64.000 km2, con una tasa de deforestación anual entre 20 y 25 mil hectáreas va a sembrar 36 hectáreas de bosque…”.
Añade el profesor universitario: “Esto significaría que se van a “reponer” 6.4 hectáreas de bosque. El asunto es que de las 220 toneladas de biomasa (aproximadamente 110 toneladas de carbono) que almacena en promedio 1-ha de estos bosques, las anunciadas siembras poco, en principio, reponen las pérdidas por deforestación que se están dando en este Departamento”.
Y concluye: “En síntesis, es triste ver como se anuncian con bombos y platillos temas de política ambiental que rayan con lo absurdo en un departamento donde, por ejemplo, la generación de energía hidroeléctrica es uno de sus principales frentes económicos. Vale recordar que la producción y regulación hídrica indirectamente depende en un buen porcentaje del estado de conservación de los bosques. Yo creo que con este tipo de anuncios simplemente se le hace el juego a una falta de conciencia y emprendimiento de acciones políticas eficientes que realmente busquen mitigar la catástrofe ambiental que este departamento está viviendo”.
José Guillermo Palacio, macroeditor de Información local y regional dice:
“Tiene razón el lector al impresionarse con el titular: “Antioquia inicia plan para sembrar 40.000 árboles”. Válido si se toma aislado, sobre todo en una región con una de las mayores tasas de deforestación del país. No obstante, se advierte en el artículo, que el reto es sembrar 13.750.000 árboles, que se lo pone la Gobernación. Pero lo real es el inicio de esa meta con 40.000 plántulas. De acuerdo, también pudo titularse con la intención de sembrar 13 millones de árboles, pero no sería exacto. El artículo además contextualiza que Corantioquia trabaja en la siembra de 746.905 árboles y recoge la voz del Contralor de Antioquia, Sergio Zuluaga, sobre la deuda que en ese sentido tiene la región”.
Consulté la opinión de varios ingenieros forestales quienes avalaron las cifras del docente y además documentaron la magnitud del daño ambiental con las estadísticas del Ideam: la deforestación aumentó en el 2015 de 120.934 a 140.356 hectáreas. Antioquia ocupa el segundo lugar después del Meta, con 21.302 hectáreas deforestadas.
El argumento del docente radica en el análisis de las cifras de deforestación frente a las del plan de reforestación para estos cuatro años. Estoy de acuerdo con el lector cuando señala que plantar 40.000 árboles en cuatro años es un programa mínimo frente al tamaño de la desastre ambiental. Uno de los profesionales estima que el reto sería sembrar 33.000.000 de árboles para lograr el equilibrio.
Considero que la información publicada amplió la información del boletín de la Oficina de Prensa de la Gobernación, del día 22 de abril, pero le faltó contextualización y documentación. Pienso que es válido publicar un reportaje más completo que dimensione el problema y enumere los retos y las acciones públicas y privadas de reforestación del Departamento de Antioquia.

¿Grados centígrados o grados Celsius?

La reflexión de la semana pasada sobre El lenguaje de los medios de comunicación motivó diferentes reacciones entre los lectores.
Una de las comunicaciones recibidas, la de Lisandro Mesa O., dice: “Me llama la atención esta frase en relación a los errores: “Quizá lo que más molesta a los lectores es ver que no se corrigen” y quisiera hacer una reflexión al ejercicio que describo a continuación; favor ingresar a la página web del diario, diríjase al buscador de noticias y escriba por ejemplo: “grados centígrados”, obtenemos 789 resultados, tenemos por ejemplo cuales y cuantos columnistas han cometido el gazapo (15), también observamos cual es el año donde más se cometió el error (2014 con 127), cuando fue la última vez que se cometió el error (22/04/2016)…”. Esta consulta, en el buscador de El Colombiano, corresponde a los años posteriores a 1970.
Y añade más adelante: “… y más que molestia la sensación es de tristeza, el ejercicio se puede repetir con “grados Richter” o cualquier otro gazapo en el que cae el periodismo escrito y las estadísticas no dejan de sorprender. Hay algo que me sorprende todavía más: el Manual de estilo y redacción de El Colombiano en su página 58, capitulo 3.8 al hablar de Temperaturas: “Las temperaturas se darán siempre señalando los grados y su respectiva unidad de medida. Así: Medellín tuvo ayer una temperatura de 37 grados centígrados. Recuérdese que existen otras referencias, como grados Celsius (equivalente a centígrados)…”.
Tiene razón el lector Mesa: El Diccionario de la Real Academia explica que “el uso del grado centígrado está obsoleto en el ámbito científico”.
Ahora se dice grados Celsius. Esa es la recomendación, aunque se advierte el uso generalizado de grados centígrados. Considero que el periodismo debe optar por la corrección idiomática para que todos los lectores, de todas las latitudes, pueden comprender la información.
Propiedad y precisión son dos atributos del lenguaje. Explica Wikipedia que “Anders Celsius definió su escala en 1742 considerando las temperaturas de ebullición y de congelación del agua, asignándoles originalmente los valores 0 °C y 100 °C, respectivamente (de manera que más caliente resultaba en una menor temperatura)”.
Esta escala para medir la temperatura pertenece al Sistema Métrico Internacional adoptado por casi todos los países del mundo desde 1960.
Sobre la referencia al Manual de estilo y redacción de El Colombiano considero que debe ser corregido y actualizado en su próxima edición porque ya no se debe escribir más grados centígrados sino grados Celsius. Se advierte que en otros países las temperaturas están dadas en grados Farenheit.
Es oportuno señalar que el símbolo establecido internacionalmente es °C, que consiste en un pequeño círculo seguido sin espacio de la letra C. Se deja un espacio entre la cifra y el símbolo: 23 °C, según lo aconseja la Fundación Español Urgente, Fundéu.
El lector Juan Crisóstomo Jiménez también comentó el tema: “…Está bien que se busque escribir bien, pero veo que algunos lectores son más papistas que el papa y todo lo critican…”.
Pienso que los periodistas no somos infalibles. Nos equivocamos como cualquier persona, pero tenemos la responsabilidad de escribir bien, correctamente. Alex Grijelmo, periodista y escritor español dice: “…quien no reconoce el error, no mejora”.
Seguramente la discusión no termina aquí…Mientras tanto, mi gratitud y la del periódico a quienes nos envían sus críticas.