Cuando el título arriesga la credibilidad

El título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, resultó desafortunado y temerario porque pone en riesgo la credibilidad de El Colombiano y del periodista autor de la información.
El lector Eduardo Aristizábal Peláez escribe: “Titular temerario. Redacción pesada y confusa. Si nos basamos en el texto, porque no tenemos más elementos de juicio, Gaviria aduce errores de procedimiento en el proceso. Por lo que dice el texto no podemos concluir con certeza, que Gaviria considere inocente a Pretelt”.
Gustavo Gallo Machado, macroeditor de Actualidad explica: “Efectivamente el titular de la noticia fue más una conclusión e interpretación periodística frente a la conversación telefónica que tuvo el periodista con el senador José Obdulio Gaviria, el pasado miércoles en horas de la tarde, con el objetivo de conocer un poco más este hecho noticioso. Aunque la nota no tiene la frase exacta que afirma que el magistrado Jorge Pretelt es inocente, sí da indicios de que ha habido serios errores en la formulación de cargos por falta de pruebas y vicios de trámite”.
Y añade a continuación: “Frente a las dudas periodísticas que surgieron, ayer volvimos a conversar con el senador Gaviria sobre el titular y la noticia y nos contestó que si bien él no habla de inocencia, sí recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara por vicios de trámite. En la edición del viernes 29 de julio, en la página 4, publicamos una nota adicional para aclarar un poco más este asunto”.
La nota breve aclaratoria, a la que se refiere Gallo Machado, dice: “Auto pide anular lo actuado contra Pretelt. El auto que está en manos del senador José Obdulio Gaviria y que contiene el proceso contra el magistrado Jorge Pretelt no habla en ningún momento de inocencia, sino que recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes por vicios de trámite”.
Y lo que sostiene el congresista Gaviria dice textualmente: “Presento, señor presidente, un argumentado proyecto de auto por medio del cual se declara la nulidad de lo actuado por la H. Cámara de Representantes. El auto es, además, un estudio que en caso de decretarse la nulidad, puede orientar al representante investigador y a la Comisión de Investigación y Acusación en 1) la tarea de reconstruir el expediente dentro de la cuerda procesal en la que debió tramitarse y 2) hacer la adecuada calificación jurídica de los hechos…”.
El lector tiene razón. Estoy de acuerdo con su opinión de que se trata de un título temerario. Si lo dijo en la entrevista que sostuvo el periodista debió ponerlo en boca de Gaviria, porque ese titular tal como se publicó es una afirmación del periódico y del periodista.
Considero que la aclaración hecha al día siguiente es precaria. Además, la información original titulada “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria” se mantiene en la edición digital sin ningún llamado de atención que alerte al lector sobre la corrección del título.
Recomiendo en este caso, y en otros similares, poner una nota al final que explique que el texto ha sido aclarado o rectificado. Es la manera de recuperar la credibilidad perdida y honrar la veracidad y el rigor periodístico.

La información tóxica

El lector Héctor Darío Ortiz plantea de nuevo los problemas que generan el exceso de información y las dudas de credibilidad y confianza que suscitan las redes sociales. Dice: “Tanta información me confunde, porque una es la que de la prensa y la radio y otra, bien diferente, es la que me llega por Facebook, Whatsapp y Twitter. Le pregunto cómo se puede uno informar verdaderamente de lo que ocurre en Colombia…”.
Es evidente que los ciudadanos se enteran por distintos medios y canales de lo que acontece en la ciudad y el mundo.
Los periódicos, la radio y la televisión fueron durante muchas décadas los únicos medios que llevaban la información a la sociedad.
Hoy, las plataformas digitales hospedan a estos mismos medios, que actualizan sus ediciones tan pronto como ocurren los hechos. A la par, en forma apresurada, las redes sociales nos inundan de información, tal como lo describe el lector.
Los jóvenes, más que los adultos, acuden a las redes sociales o a otros sitios en la web para conocer qué está pasando en el preciso momento. Quedan así sumergidos en un océano de datos que los obliga a bucear para encontrar la información veraz y precisa y, además, confiable. Este exceso de información puede confundir y desinformar si se obvian guías y precauciones.
Una de las primeras claves es saber el origen de la información. No es lo mismo obtenerla de un medio de comunicación que de un autor desconocido que la tecleó en un blog o en una de las redes sociales.
Los contenidos de los medios de comunicación son producidos por periodistas que obtienen la información en fuentes de todo crédito. Los datos han sido verificados y contrastados con otras fuentes válidas antes de ser publicados.
En otras palabras, cumplen los estándares de calidad que otorgan los principios periodísticos de veracidad, pluralidad, transparencia y responsabilidad social.
Esta información es la que le da confianza y credibilidad a las audiencias, dos de los atributos más valiosos del patrimonio del periodista y del medio de comunicación.
Los contenidos de redes sociales y de sitios web poco conocidos no nos ofrecen estas garantías porque desconocemos su origen.
Las plataformas digitales son además muy vulnerables, pueden ser suplantadas por delincuentes cibernéticos que las usan para difundir información tóxica o cuando menos rumores o datos falsos que distorsionan, alarman y confunden.
Son frecuentes los casos en los que se clonan perfiles de personajes conocidos para usar sus cuentan de redes sociales con fines perversos para difundir noticias y comentarios apócrifos. Hasta medios de comunicación, que se saltan las rutinas de confirmar y verificar antes de divulgar, caen en estas trampas por el afán de adelantarse con la primicia informativa a los demás.
El periodismo no se puede entender hoy al margen de las redes sociales. Estos canales son usados por los medios de comunicación y los periodistas para comunicarse con sus audiencias y mantenerlas actualizadas.
Muchos personajes las usan para curar informaciones y compartirlas con sus seguidores. Pero otros las usan con fines propagandísticos para manipular y desorientar. O como revela el lector para saturar, confundir, intimidar e intoxicar.
Buscar información de calidad requiere no obsequiarle credibilidad a todo lo que nos llega ni darle crédito al comentario que resume una declaración remota o al rumor vago.

Contra los errores, buenas prácticas

Los errores provocan un gran disgusto. Los periodistas nos lamentamos de no haber leído una vez más el texto para detectarlos. Igual les ocurre a los editores.
Quizás hay muchas explicaciones: generalmente los periodistas trabajan varios temas a la vez; la hora de cierre obliga a acelerar la entrega de las informaciones; no se consulta el diccionario; no se aclara un concepto dudoso y hasta la falta de competencias lingüísticas.
También hay buenas prácticas: escribir con el diccionario al frente; resolver los interrogantes de inmediato; leer y releer; apoyarse en otra persona para que lea lo escrito o leerlo en voz alta; desconfiar de los correctores automáticos…
Debemos hacer todo lo posible para evitar los errores. Y si los cometemos, tenemos la obligación de enmendarlos. En este propósito de mejorar la calidad periodística es vital la participación de las audiencias. Los gazapos señalados por los lectores y hallados por los periodistas al releer las informaciones publicadas se corrigen en la Fe de errores, que se publica en la página Radar de la sección Metro y también en la edición digital.
De las equivocaciones reportadas por las audiencias resalto tres en la reflexión de hoy.
La primera se refiere a la falta de un dato en el reportaje sobre la consulta popular de Envigado, publicado en las páginas 12 y 13 de la edición del 11 de julio.
El lector Luis Alfredo Molina Lopera escribe: “En el tercer párrafo dice “El total de votos fue 40.395”: Válidos, 39.871 y nulos, 366. Esto debería ser igual al total: 40.395. Pero da 40.237, hay una diferencia de 158 votos. Ahora bien: por el Sí, 24.507, por el No, 15.364 y nulos 366. Esto da 40.237 sufragios. Ahí cuadran las cuentas, pero no da el total mencionado de 40.395. Con ánimo constructivo, sería bueno aclarar la situación…”.
La Fe de errores aclaró al día siguiente: “Votos en consulta de Envigado: total 40.395. Por el Sí, 24.507; No, 15.364; nulos, 366 y no marcados 158. Estos últimos no aparecen registrados en nuestro informe central, pero sí en el infográfico que la ilustra. Tiene razón el lector al reclamar todas las cifras en ambos”.
La lectora Lucila Gallego, llamó para señalar un error en el reportaje Así será el museo de la memoria, publicado el 7 de julio en la página 8. Dijo que le pareció muy interesante el informe sobre la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Agregó que “me interesé porque soy víctima pero me desilusioné cuando vi el error sobre la fecha de la muerte violenta de Jorge Eliécer Gaitán, que ocurrió el 9 de abril de 1948, no el 9 de abril de 1949 como dicen ustedes…”.
El lector Gabriel Escobar Gaviria se refirió a la frase debajo del título Carrizal sueña con borrar la guerra de su historia, publicado el lunes 11 de julio:
“Como ya deben saber, apareció en El Colombiano de hoy la palabra «testiga», en el subtítulo de la noticia de la página cuatro. Ya debió haber levantado una polvareda de Padre y Señor mío. No hay para qué levantarla, explico: No hay norma morfológica que impida los femeninos de «testigo», «miembro» y «canciller», pero quien se atreva a usarlos queda estigmatizado como ignorante. Las palabras no son creadas por la Real Academia Española, sino por el uso. Siempre que me refiero a una cancillera lo hago en femenino, con las otras dos no me he atrevido”.

Redes sociales: los más y los menos

Las redes sociales motivan juiciosos estudios y encendidos debates en el periodismo y la vida cotidiana porque han introducido cambios en la manera de relacionarnos y de estar informados y también desinformados.
Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, pregunta: “¿Considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”.
Internet y las redes sociales han impactado, y de qué manera, a los medios de comunicación impresos, radiales y audiovisuales. Casi todos pusieron sus ediciones y emisiones en la red y es aquí en este nuevo escenario donde reina una atmósfera de incertidumbre.
“No hay certezas acerca de cómo enfrentar el futuro del sector de los medios, pero los directivos reconocen la necesidad de seguir probando, de experimentar y de arriesgar, sin poner en peligro el negocio, pero reaccionando ante un entorno que se transforma cada vez con mayor velocidad”, anota el autor y docente español José Luis Orihuela en su libro Los medios después de internet.
El impacto de las redes sociales es evidente. Una investigación de The Reuters Institute for the Study of Journalism, basado en una encuesta de YouGov realizada a 50.000 personas de varios países, revela que el 28 % de los participantes de entre 18 y 24 años se informa a través de las redes sociales y el 24 % por televisión, según publicó hace unos días la agencia EFE.
Facebook es la plataforma que más usan los jóvenes para acceder a la información (44 %), seguida de YouTube (19 %), Twitter (10 %) y WhatsApp (8 %), añade el informe.
Otra demostración, quizá patética, es que los políticos apelan cada vez más a las redes para contactarse con las audiencias. No lo hacen por los medios de comunicación para evitar el proceso de verificación y confrontación claves del periodismo responsable y de calidad.
Las redes sociales están ahí, para bien y para mal. Los medios las usan cada vez más. Al inicio se percibió mayor timidez pero la novedad quedó atrás y ahora se diseñan estrategias para servir a las audiencias conectadas en forma permanente.
“En El Colombiano las utilizamos como una herramienta para conseguir nueva información, para saber que quieren los lectores y de qué hablan. Sabemos que las redes sociales tienen la capacidad de agrupar un gran número de personas con el fin de lograr acciones increíbles, por eso es que aprovechamos ese potencial para escuchar y darle voz a quienes no tienen voz”, dice Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital,
Añade que “las redes son un canal de noticias en tiempo real, donde los usuarios leen, comparten y opinan, nunca antes en la historia del periodismo la información viajaba en ambas direcciones como ahora y es gracias a plataformas sociales”.
Sobre los riesgos de las redes, tanto dentro como fuera del ámbito periodístico, hace dos días el periodista y profesor español Miguel Ángel Bastenier Martínez escribió: “Twitter, que es tecnología de punta, debería tener un mecanismo que automáticamente expulsara a los tuiteros que se dediquen a insultar”.
El mismo dispositivo sería ideal para filtrar los datos erróneos y los chismes que se visten de información para distraer la atención y sorprender a las audiencias.
Estos son algunos inconvenientes que experimentan estas modernas herramientas de comunicación. Sobre estos puntos riesgosos continuará la reflexión.

Las desviaciones de los sondeos

Continúa la reflexión sobre este asunto de los sondeos y las encuestas en los medios de comunicación, que siempre despiertan críticas y controversias.
A la pregunta de Miriam Fabiola Arbeláez, a la cual me referí en la columna de la semana pasada, titulada El rigor de los sondeos, se suma las inquietudes del lector Juan David Arias: “Cómo vamos a creer en los sondeos y las encuestas que sobre lo divino y lo humano realizan todos los días los noticieros y programas de radio y televisión…leí su escrito pero tengo muchas dudas sobre las encuestas políticas y del Dane, a pesar de que en estos casos se aplican metodologías estadísticas…”.
Los expertos coinciden en afirmar que los resultados de estos sondeos por internet que se han popularizado hoy experimentan desviaciones que los hacen poco confiables, carentes de rigor estadístico y además de poca utilidad informativa.
La ventaja de obtener la opinión de las audiencias de una manera fácil, casi compulsiva, se torna en uno de sus mayores inconvenientes: la autoselección. Es decir, cada quien decide si la responde o no.
No hay un muestreo estructural que pueda darle solidez estadística a esta clase de sondeos que a la postre resultan tan dudosos como sesgados. Poco se conoce sobre el sexo, la edad y otras características que determinan los objetivos de la investigación y la construcción de la muestra.
La misma facilidad de usar la red ofrece dos limitantes que contribuyen a las desviaciones de esta clase de sondeos.
En primer lugar, que no todos los habitantes de un país como Colombia tienen acceso a la red. Así las cosas, el sondeo lo responde una parte de la audiencia si tenemos en cuenta que el año pasado sólo el 41.8 % de los hogares tuvieron acceso a internet, según los datos oficiales divulgados por el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.
De ahí la advertencia del profesor Universitario León Darío Bello de no extrapolar un resultado a los antioqueños o los colombianos.
La otra dificultad es que los oyentes y televidentes que contestan el sondeo son seguidores fieles, afectos al medio, y los resultados podrían estar viciados, restándoles confiabilidad.
A los inconvenientes, por la falta de rigor estadístico de algunos sondeos y demás circunstancias negativas, se suma la irrelevancia de los temas sometidos al escrutinio de las audiencias.
Los defensores de los sondeos en línea explican que se trata de una forma de participación de las audiencias que ya están activas en los foros y en las redes sociales y que mediante esta estrategia son interpelados para conocer juicios más elaborados constitutivos del fenómeno de la opinión pública.
“Las encuestas periodísticas no tienen la pretensión del rigor matemático y estadístico de las encuestas realizadas para investigaciones científicas específicas o para aquellas que hoy en día se aplican en los ámbitos de los estudios e investigaciones de opinión pública. No obstante, son un intento por reunir en un mismo material informativo, una serie de indicadores de opinión que representan tendencias más o menos generales en una comunidad”, sostiene la profesora venezolana Moraima Guanipa.
Incluso la docente clasifica esta modalidad de sondeos dentro del género periodístico de la entrevista.
Considero que los medios de comunicación pueden realizar estos sondeos con mejor disciplina estadística para que contribuyan efectivamente a la calidad de la información en beneficio del mayor patrimonio del periodismo: la credibilidad, tal como lo sugiere la profesora Guanipa.

El rigor de los sondeos

A raíz del sondeo que realizó el periódico en su sitio web para conocer la opinión sobre el uso de la marihuana con fines medicinales, la lectora Miriam Fabiola Arbeláez pregunta: “¿Qué validez tienen los sondeos que todos los días realizan la televisión, la radio y también los periódicos…?”.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital explica que “Nuestro sondeo funciona de esta manera: El sistema permite votar una sola vez por navegador, es decir si una persona vota y después vuelve y carga la página e intenta votar de nuevo le aparecerá un mensaje que dice: ´NO PUEDES VOTAR. YA PARTICIPASTE´. El sistema se basa en los cookies de los navegadores para no permitir que una persona vote en múltiples ocasiones, sin embargo si un usuario borra la información del navegador podría repetir el voto, o también si ingresa al sitio web a través de otro navegador”.
Y añade: “Los votos son seguros, teniendo en cuenta que se sabe que son efectuados por personas, el sistema tiene una seguridad que impide que se hagan peticiones de votos externas por medio de robots. Reflejan el pensamiento de las personas que deciden votar, hay que tener en cuenta que no todos los lectores votan. También hay que tener en cuenta que hasta los servidores de la CIA han sido hackeados, por eso no estamos exentos de un ataque, pero nuestro sistema cuenta con la seguridad necesaria para este tipo de sondeos”.
El profesor universitario y autor León Darío Bello Parias anota al respecto; El nombre que se le da es adecuado, un sondeo puede considerarse como una primera impresión sobe algo, nunca generalizable a toda una población.
Agrega que “hay que tratar de identificar esa población que es aún más reducida, valga decir, el sondeo lo pueden responder sólo los que tienen acceso a Internet por un lado, luego que miren El Colombiano y por último que tengan la tendencia a contestar preguntas por éste medio, parecen muchas condiciones. Lo cierto del caso, es que estadísticamente no tienen valor científico, en algunos momentos pueden desorientar más que orientar. Por eso es importante tener el referente de quienes pueden contestar el sondeo, Nunca mencionar Los antioqueños opinan…”, que son titulares usuales. Es como los que hace CMI y todos esos medios que usted conoce…”.
En realidad El Colombiano hace pocos sondeos de esta clase. Para efectuar los sondeos o encuestas políticas en tiempo de elecciones o para medir la aprobación o desaprobación de los programas gubernamentales, los dirigentes y las instituciones, contrata a la reconocida firma Invamer Gallup.
Considero que los demás sondeos, cada vez más frecuentes en los medios de comunicación, principalmente en la televisión, no tienen rigor estadístico y por lo tanto hay que mirarlos con distancia, solo como un ejercicio de participación de la audiencia.
De todas maneras, los objetivos y reglamentación deben ser conocidos por los lectores, oyentes o televidentes. Las opciones para votar deberían ser múltiples y, por supuesto, la publicación incluir datos como el tiempo que estuvo abierta la votación, el número de votantes y tener cuidado con las extrapolaciones y generalizaciones.
Finalmente recomiendo, en el caso del periódico, la adopción de un reglamento básico que aclare las inquietudes de las audiencias y disipe las dudas y sospechas que afecten la credibilidad y la confianza.

“Aunque usted no lo crea…” y otros títulos

La lectora Ester Sofía Marín pregunta “Por qué los medios de comunicación emplean títulos como la ´increíble y sorprendente historia…´, ´la primera vez, aunque usted no lo crea…´, y otra serie de palabras sensacionalistas que desinforman y exageran solo por llamar la atención…”.
La lectora pone sobre la mesa un tema de sumo interés por cierta moda de titular para ganar lectores, sin caer en la cuenta que muchas veces se manipula y desinforma debido a que el título de la información no corresponde al contenido del artículo periodístico.
Esta definición del título periodístico es del autor José Manuel Zorrilla: “Los titulares son, en resumen, textos autónomos que encabezan las noticias que publica la prensa, identifican el relato informativo, designan los hechos, destacan gráficamente, poseen un lenguaje propio y tienen la misión de llamar la atención de los lectores para que lean los textos informativos que le siguen e incluso para que compren el periódico…”.
Si bien, uno de los objetivos es captar el interés de la audiencia, los medios a veces abusan y se exceden en presentar las informaciones con titulares con enfoques transgresores de los principios éticos y periodísticos.
Algunas ejemplos: darle más trascendencia a un hecho que no la tiene; también, lo contrario: usar eufemismos para ocultar la realidad; manipular la información para provocar una sensación determinada; usar frases hechas que desvirtúan y desvían la esencia de la información.
Es frecuente encontrar títulos que usan expresiones impactantes como “por primera vez”, “aunque usted no lo crea”, “espectacular”, “increíble” y otras similares que más bien pueden producir un efecto contrario al de llamar la atención porque crean un ambiente de duda.
El uso de los números da credibilidad. Pero el abuso no. Se volvió moda titular “4 razones para mejorar…”, “7 ejercicios que reducen…”.
Tampoco es recomendable forzar las figuras literarias como la metáfora, la onomatopeya, la metonimia y la hipérbole.
El periodismo debe ser esquivo al usar frases célebres, refranes o derivaciones. Esta no es la mejor práctica. La originalidad es una cualidad del lenguaje.
La amenidad es deseable, sin caer en el humor fácil. El periodismo informa y no tiene entre sus funciones entretener y hacer reír.
En los medios sensacionalistas estos titulares son comunes, y aún otros que riñen con la veracidad o que exacerban los sentidos apelando a la discriminación, al sexo, a la sangre, al dolor y en general al morbo.
El titular es el resumen de la noticia o el reportaje. Sintetizar, identificar y seducir al lector para que lea lo que sigue son los atributos de un buen título que garantice la veracidad, imparcialidad y transparencia de los hechos.
El afán de conquistar lectores pone en riesgo la veracidad y la responsabilidad del periodismo. Algunos medios de comunicación cambian la acción del clic por la obligación de dar el contenido que prometen en el título y que el lector espera y se merece.
El lector se cansa de las ofertas engañosas o exageradas al no encontrar lo anunciado y sentirse defraudado por estos modelos periodísticos que riñen con la veracidad: exponen la calidad y la credibilidad porque prefieren el escándalo y el grito a la información veraz y responsable.
Los principios éticos y periodísticos deben estar presentes a la hora de poner el título, entre otras cosas porque el lector identifica cuál es el medio de comunicación que le informa sin distorsiones.

Fe de errores incompleta

El Colombiano tomó la decisión de publicar la sección Fe de errores para enmendar las imprecisiones, equivocaciones y toda suerte de fallos detectados por las audiencias o por los editores y periodistas. Una decisión acertada y consecuente como lo que estipulan el Manual de estilo y redacción y las políticas para mejorar la calidad.
No obstante, considero que los errores deben enmendarse tanto en la edición impresa como en la digital. Actualmente se corrigen solo en la primera pero en la web permanecen los fallos.
Estos ejemplos dan cuenta de las correcciones:
Caso 1. Página 12, edición del 18 de mayo.
En un párrafo del reportaje Otra avalancha de solidaridad para Salgar, se lee: “Según el director de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, Carlos Iván Márquez, la inversión alcanzará los 35.000 millones de pesos desde que comenzó la atención de la emergencia. Recursos aportados por la entidad, el Ministerio de Vivienda, la Gobernación de Antioquia, el Banco Agrario y la Fundación Bertha Hernández, entre otras…”.
La Fe de errores del día siguiente detecta y corrige: “… y la Fundación Bertha Hernández”. Correcto: Fundación Bertha Martínez”.
Caso 2. En la página 16 del 11 de mayo El Colombiano publicó una información imprecisa con el título El camino de Envigado hacia el Área Metropolitana: “Este cuatro de julio los envigadeños irán a las urnas para definir si su municipio ingresa o no como socio activo al Área Metropolitana…”.
La corrección de la Fe de errores, publicada el 12 de mayo precisa: “… la fecha exacta en que los envigadeños irán a las urnas es el 10 de julio”.
Caso 3. El 19 de febrero de este año, en la misma sección Fe de errores se descubrió y explicó otro error: “… el alcalde de Bello, Óscar Suárez Mira…”. Correcto: (…) el alcalde de Bello, César Suárez Mira…”.
Así ocurre: la Fe de errores detecta algunos y los corrige de una manera válida pero solo para los lectores de la edición impresa.
El periódico The New York Times tiene una sección similar y las correcciones las efectúa también en la edición digital. Por ejemplo, este 9 de mayo aclaró un dato equivocado:
“Un artículo de abril 27, acerca de la confirmación en Colombia de dos casos adicionales de bebes nacidos con daño cerebral, luego de que sus madres que contrajeran Zika durante el embarazo, establece que el año en que los investigadores encontraron secuencias de genes del Zika en la sangre de tres niños en Haití fue diciembre de 2014 y no de 2015”.
Efectivamente, al artículo Colombia Confirms More Birth Defects Linked to Zika, de la sección de Salud del 27 de abril le añadieron la respectiva corrección. (http://www.nytimes.com/2016/04/27/health/zika-virus-haiti.html?_r=0).
Pienso que esta es una corrección integral que obliga a los medios de comunicación que suman cada vez más lectores en las plataformas web, todos ansiosos de encontrar información veraz y de calidad.
Estoy de acuerdo con la opinión del periodista José Cervera, del periódico español El Diario: “Errar es humano, y por eso no hay actividad más humana que corregir lo errado y aprender para procurar no volver a equivocarse en el futuro. Internet es un inmenso depósito de información que durará muchos años, y que seguirá alimentándose y creciendo; si no creamos mecanismos para que los errores puedan ser reconocidos, corregidos y correctamente archivados acabaremos por no saber qué es verdad y qué es mentira…”.
Habrá que volver sobre esta reflexión…

¿El 46 % de qué…?

El rigor y la precisión son atributos del periodismo que con frecuencia escasean en los porcentajes, medidas, dimensiones, magnitudes y cifras de algunas informaciones. En las últimas semanas las audiencias han señalado varios errores:
El primer caso. El lector Rodrigo Cadavid Mejía, encontró imprecisiones en el reportaje, El inodoro es un lujo para el 46% del planeta, publicado el 5 de mayo.
Señala: “1) En la primera página dice muy claro, en el titular, que “…para el 46% del planeta” y luego en el texto habla de 2 mil millones sin inodoros. De dónde saca el periodista que ese 46%, de la población del planeta, equivale a dos mil millones. Haga la operación con la población aproximada de hoy que es de un poco más de 7.400.000.000 (siete mil cuatrocientos millones) y le da mucho más de 3 mil millones”.
Y continúa: “2) En la página 5, en el titular, vuelve y pone 2.000 millones, ratificando el error o la falta de información clara, ya que en el gráfico dice que “…46% de las…en países en desarrollo…”. Aquí aclara el error de la primera página y de ésta…”.
Segundo caso. Detectado por Marco Aurelio Arango Yepes, profesor de estadística de la Universidad de San Buenaventura. Hace referencia al reportaje, En 3 años vivirán en Sabaneta 100.000 personas, publicado el pasado 13 de marzo. Dice: “Con su nota periodística sobre Sabaneta , efectuó una relación entre el tamaño de ese municipio (15 kilómetros cuadrados) manifestando que tenía un área 554 veces más pequeña que el barrio Belén de Medellín…según el periodista, el Barrio Belén tendría 554 X 15 = 8.310 kilómetros cuadrados, con esta extensión este barrio de Medellín sería más grande que varios departamentos de Colombia como Caldas, Risaralda, Atlántico y Quindío, inclusive muy lejos del tamaño de la ciudad de Bogotá que no supera los 1.600 kilómetros cuadrados…”.
El anumerismo ha sido definido por John Allen Paulos como “incapacidad de manejar cómodamente los conceptos básicos de las matemáticas, como por ejemplo, los conceptos fundamentales de número y azar”, que afecta a los periodistas y a otras personas.
Esta suerte de temor o reverencia por los números lleva a la incorrección cuando los periodistas manejamos porcentajes, operaciones matemáticas, interpretaciones estadísticas y aun cifras simples, como los casos señalados anteriormente.
La consecuencia de estas equivocaciones es la pérdida de confianza y credibilidad. Si un dato está equivocado, el lector dudará, con razón, de la certeza de la información.
Considero que el rigor es condición de la calidad periodística y valor fundamental del principio de veracidad.
Ante un número, un porcentaje, una cifra, lo mejor es reducir la velocidad de la escritura y aumentar el nivel de concentración y análisis para no caer en equivocaciones.
Pienso también que es muy útil revisar cada número escrito, consultar a los expertos y mejorar las competencias matemáticas. Y, por supuesto, rectificar las equivocaciones.
Un buen ejemplo de corrección es el sistema de The New York Times. En la sección respectiva, Corrections, equivalente a la sección Fe de errores de El Colombiano, publica la respectiva enmienda. Y luego, al final del artículo, también añaden la respectiva nota. Es recomendable que los medios de comunicación lo hagan así, para que no se perpetúe y se multiplique el error. Y además, para honrar los principios de veracidad y responsabilidad social del periodismo.

Cuando a la información le falta contexto

La información publicada el 23 de abril en la página 18, sobre el plan cuatrienal de reforestación del Departamento de Antioquia, animó al lector Álvaro Duque a criticarla: “Como docente adscrito al Departamento de Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, leo con estupor su artículo titulado “Antioquia inicia plan para sembrar 40.000 árboles”. La forma como ustedes lo anuncian aparece como un gran acto, logro o meta. Se lo pongo en cifras: si uno va a reforestar, se suelen usar densidades de siembra de alrededor de 1.100 árboles por hectárea. Es decir, su gran anuncio es que la gobernación de Antioquia, en un departamento de 64.000 km2, con una tasa de deforestación anual entre 20 y 25 mil hectáreas va a sembrar 36 hectáreas de bosque…”.
Añade el profesor universitario: “Esto significaría que se van a “reponer” 6.4 hectáreas de bosque. El asunto es que de las 220 toneladas de biomasa (aproximadamente 110 toneladas de carbono) que almacena en promedio 1-ha de estos bosques, las anunciadas siembras poco, en principio, reponen las pérdidas por deforestación que se están dando en este Departamento”.
Y concluye: “En síntesis, es triste ver como se anuncian con bombos y platillos temas de política ambiental que rayan con lo absurdo en un departamento donde, por ejemplo, la generación de energía hidroeléctrica es uno de sus principales frentes económicos. Vale recordar que la producción y regulación hídrica indirectamente depende en un buen porcentaje del estado de conservación de los bosques. Yo creo que con este tipo de anuncios simplemente se le hace el juego a una falta de conciencia y emprendimiento de acciones políticas eficientes que realmente busquen mitigar la catástrofe ambiental que este departamento está viviendo”.
José Guillermo Palacio, macroeditor de Información local y regional dice:
“Tiene razón el lector al impresionarse con el titular: “Antioquia inicia plan para sembrar 40.000 árboles”. Válido si se toma aislado, sobre todo en una región con una de las mayores tasas de deforestación del país. No obstante, se advierte en el artículo, que el reto es sembrar 13.750.000 árboles, que se lo pone la Gobernación. Pero lo real es el inicio de esa meta con 40.000 plántulas. De acuerdo, también pudo titularse con la intención de sembrar 13 millones de árboles, pero no sería exacto. El artículo además contextualiza que Corantioquia trabaja en la siembra de 746.905 árboles y recoge la voz del Contralor de Antioquia, Sergio Zuluaga, sobre la deuda que en ese sentido tiene la región”.
Consulté la opinión de varios ingenieros forestales quienes avalaron las cifras del docente y además documentaron la magnitud del daño ambiental con las estadísticas del Ideam: la deforestación aumentó en el 2015 de 120.934 a 140.356 hectáreas. Antioquia ocupa el segundo lugar después del Meta, con 21.302 hectáreas deforestadas.
El argumento del docente radica en el análisis de las cifras de deforestación frente a las del plan de reforestación para estos cuatro años. Estoy de acuerdo con el lector cuando señala que plantar 40.000 árboles en cuatro años es un programa mínimo frente al tamaño de la desastre ambiental. Uno de los profesionales estima que el reto sería sembrar 33.000.000 de árboles para lograr el equilibrio.
Considero que la información publicada amplió la información del boletín de la Oficina de Prensa de la Gobernación, del día 22 de abril, pero le faltó contextualización y documentación. Pienso que es válido publicar un reportaje más completo que dimensione el problema y enumere los retos y las acciones públicas y privadas de reforestación del Departamento de Antioquia.