A las audiencias, muchas gracias

Esta es mi última columna como Defensor de las Audiencias de El Colombiano.
Quiero expresarles a todos los lectores del periódico mi gratitud por el apoyo que me ofrecieron como un oidor de sus inquietudes.
Durante el año de 2016 recibí 2.364 comentarios y críticas. Todos fueron dirigidos a los editores y macroeditores en la Sala de Redacción y a la directora del periódico. De igual manera lo hice desde que asumí este compromiso.
Valoro la colaboración de quienes con asiduidad reportaron los errores y equivocaciones sobre los contenidos informativos o solicitaron aclaraciones, rectificaciones y explicaciones.
Percibí en los mensajes la intención de ayudar a mejorar la calidad de la información. Entiendo que una imprecisión o un error generan malestar y desconfianza, aunque esta visión no coincida con la del periodista.
Defendí la aspiración de los lectores de encontrar en el periódico la información veraz, plural, responsable y transparente a que tienen derecho como ciudadanos y miembros de una comunidad en la que el periódico es el vocero de sus intereses vitales.
La columna semanal buscó echarle luz a las críticas y cuestiones de los lectores con un énfasis pedagógico para estimular la participación de las audiencias y su formación crítica y, a la vez, alentar la autocrítica entre los periodistas.
Los ciudadanos se ven hoy confundidos por el bombardeo de noticias y de contenidos falsos. Los periódicos tienen en esta coyuntura, que asusta a muchos, la oportunidad de mantener con coraje y transparencia los valores y principios del periodismo. Las defensorías, como instrumentos de autorregulación profesional, contribuyen a esta causa.
Gracias a mis antecesores. A Jesús Vallejo Mejía, Javier Darío Restrepo, Juan Luis Mejía y Juan José García les correspondió abrir la ventana a los lectores para que sus voces se oyeran y fueran tenidas en cuenta en la sala de redacción.
Y gracias a las directoras de El Colombiano, Ana Mercedes Gómez Martínez y Martha Ortiz Gómez, por el voto de confianza. Siempre gocé de independencia y autonomía para ejercer esta compleja labor de mediador, que pudo dejar lectores insatisfechos y periodistas inconformes, quizás porque el papel de la defensoría es hablarle a la conciencia de unos y otros, sin intervenir directamente en las decisiones que se tomen en la sala de redacción y en otras instancias.
“El Defensor apunta a la consecución de dos objetivos indisolublemente unidos: el primero, el lograr la excelencia profesional; el segundo, el servir con eficiencia al ciudadano”. Estas palabras del periodista y profesor universitario Carlos Maciá Barber guiaron mi gestión. Invito a las audiencias a participar activamente con sus comentarios, críticas y aportes, con el objetivo de mejorar la calidad de la información que reciben.
Y a los periodistas, a buscar la verdad, más hoy cuando se predican posverdades y otras ideas afines que son una trampa para el periodismo, las audiencias y los ciudadanos. Mantener los principios, abrirle las puertas a la innovación, robustecer las relaciones con las audiencias, recibir los comentarios de ellas con humildad y alentar la autocrítica, son requisitos de credibilidad y periodismo de calidad. A todos nos interesa. Es, además, la obligación de quienes tenemos como misión garantizar el derecho a la información.

¿A quién creerle?

El lector José Manuel Restrepo escribe. “Con preocupación y angustia me cuestionó como haremos los ciudadanos para obtener la información verídica y oportuna sobre lo que pasa en Colombia y el mundo… Con estupor vi a tres vecinos que daban por cierta la muerte del comandante de las Farc Timochenko, varias horas después de que se aclaró la noticia falsa. ¿Qué piensa usted como defensor de los lectores del fenómeno de las redes sociales que nos confunden y desorientan como en este caso tan sonado?”.
En otras oportunidades me he referido al riesgo de informarse por Twitter, Facebook y otras redes sociales que son utilizadas con frecuencia por personas que replican informaciones sin averiguar la veracidad, como les ocurrió a los tres vecinos que señala el lector. La falsa noticia le dio la vuelta al mundo a través de las redes sociales Los medios de comunicación verificaron este tuit procedente desde una cuenta de Twitter falsa atribuida al presidente Juan Manuel Santos.
Hay que tener en cuenta que los hechos deben ser verificados y contrastados en distintas fuentes de información antes de publicarse. Esta es la metodología periodística, es lo que hacen los profesionales de la información que además observan normas éticas y legales y valores como la veracidad, imparcialidad, responsabilidad y transparencia.
La rutina de averiguar y confirmar antes de publicar difiere de la conducta de quien teclea un tuit en forma irracional, abusiva y a veces criminal.
Esta oleada de noticias falsas y desinformación afecta por igual a las sociedades de todo el mundo.
Existen máquinas de propaganda sucia que se aprovechan de la credibilidad que ofrece un personaje o un medio de comunicación para suplantar los perfiles o crear uno falso y desde ahí promulgar contenidos malintencionados con apariencia de noticia.
Un estudio publicado esta semana por BBC con la colaboración de CrossCheck, un proyecto de periodismo de First Draft News, sobre cinco noticias falsas de la campaña política francesa, revela que fueron compartidas miles de veces por las audiencias principalmente en Facebook y Twitter.
En Alemania se discute un proyecto de ley para imponer multas millonarias a estas dos compañías para presionarlas a bloquear las cuentas que abusan divulgando mensajes xenófobos y de odio. Las sanciones también podrán ser aplicadas a las personas que amenacen y ofendan.
Y quien lo creyera, hay medios que aparentan ser periodísticos cuando en realidad son aparatos de propaganda. Un artículo, del 12 de marzo de este año, firmado por Steven Erlanger en The New York Times, afirma que gobiernos de Estados Unidos y Europa sostienen que “…RT es un agente de la política del Kremlin y una herramienta que utiliza el presidente Vladimir Putin para socavar las democracias occidentales con acciones como entrometerse en las recientes elecciones presidenciales estadounidenses y, según funcionarios europeos, intentar hacer lo mismo en Holanda, Francia y Alemania, países que celebrarán comicios este año”.
Esta crisis de confianza y credibilidad solo se resuelve con medios responsables que se abstienen de seguirle el paso a las redes sociales y audiencias críticas que identifican la información y la diferencian de otras especies.

Las competencias matemáticas

Las correcciones de números, cifras, porcentajes y las equivocaciones en operaciones matemáticas detectadas por las audiencias, a las cuales me referí en la última columna, motivan esta nueva reflexión sobre el asunto.
Los lectores Lisandro Mesa O., Michel Taverniers, Federico Díaz González, Carlos Gaviria Zuluaga, Gabriel Escobar Gaviria, entre otros, me envían con frecuencia sus críticas y comentarios sobre los errores numéricos que se cuelan en las informaciones. Gracias por ayudarnos a mejorar la calidad del periódico.
¿Por qué cometemos estos errores? El portal Lainformación.com entrevistó a John Allen Paulos, autor de libros como El hombre anúmérico: a la pregunta “¿Cuál es nuestro peor pecado?”, respondió que “para mí es el de no tener una perspectiva real del tamaño de las cifras de las que informan. Se habla de gastos de millones de dólares, pero daría igual que se hablara de billones o trillones, porque los números suenan igual. Pero tiene implicaciones políticas cuando se habla de invertir en una guerra, por ejemplo. Un millón de segundos son 11 días y medio, pero mil millones de segundos son 32 años, y un billón de segundos son 32.000 años. A veces se usan las Matemáticas y las cifras para confundir”.
Una propuesta procedente sería realizar una evaluación en la sala de redacción para buscar la superación de estas faltas, algunas de las cuales se podrían resolver con una lectura más al texto y el apoyo de editores y macroeditores.
La autocrítica que nos ayuda a avanzar en el buen uso del lenguaje, y en este caso, al correcto manejo de los números, porcentajes, promedios, tasas, medidas y en general cálculos aritméticos y estadísticos. Siempre están en juego la veracidad, la responsabilidad y la credibilidad del periodista y el medio de comunicación.
Un programa de refrescamiento de las matemáticas es valioso con el fin de mejorar las competencias pertinentes. Considero que es además el paso de entrada a lo que los teóricos llaman periodismo de precisión, periodismo de datos o de investigación.
Cada vez es más urgente mirar adentro de los balances, las estadísticas y las cifras que entregan las fuentes de información, principalmente las oficiales. A veces estas cifras desinforman en vez de aclarar. Son parciales y sesgadas o simplemente no dicen nada.
Las estadísticas de crímenes, los gastos de las campañas electores, las cifras de desempleo, el aumento del costo de vida, el análisis de las encuestas, la balanza comercial, las transacciones de la bolsa de valores y la fluctuación del dólar, para mencionar solo algunos temas, son insumos frecuentes y corrientes que el periodista debe manejar con todas las competencias matemáticas y estadísticas para informar con rigor y precisión.
Hay que ir de lo simple a lo complejo porque el periodismo de investigación se apoya en las averiguaciones que resultan del uso de una hoja de cálculo, o del análisis de una base de datos. Con frecuencia estas investigaciones son realizadas mediante proyectos colaborativos en lo que participan profesionales de otras disciplinas como ingenieros informáticos, estadísticos y expertos en análisis de encuestas de opinión.
El propósito es mejorar las competencias matemáticas para alcanzar la calidad periodística.

Información y salud: dos derechos

La reflexión sobre los contenidos de salud continúa para responder a los lectores Alejandro Vargas G. y Mariana Mesa y en general animar la autocrítica en los medios y el análisis y el debate entre las audiencias. Hablamos de dos derechos fundamentales: información y salud.
Es evidente que algunos medios, particularmente radiales y televisivos, optan por el facilismo informativo. Son frecuentes las publicaciones escandalosas o sin rigor sobre investigaciones y sobre tratamientos curativos de algunas enfermedades. Estos contenidos, prematuros y en espera de nuevos desarrollos investigativos y analíticos no pueden generar falsas expectativas ni ilusiones. La información no debe confundir ni alamar, mejor debe orientar, como expliqué en la última columna.
En el primer caso siempre es un asunto de responsabilidad social ceñirse a los alcances de las exploraciones científicas y médicas. Las fuentes confiables explican las dimensiones y el peso específico de los hallazgos. Y sobre los métodos curativos es prudente indicar con precisión en qué casos son positivos los resultados y cuáles son las contraindicaciones y reservas. Hay que tener en cuenta que las condiciones pueden variar para cada paciente.
El derecho a la información tiene sus límites en los derechos humanos fundamentales, o personalísimos, como la vida, la libertad, la intimidad, la honra y el buen nombre. Esto quiere decir que las publicaciones sobre salud deben respetar normas y principios éticos y legales.
La confidencialidad de las historias clínicas y la observación de todos aspectos que lesionen la dignidad de las personas pueden generar alguna colisión de derechos.
Es necesario tener discreción al entrevistar a un paciente o una víctima de una calamidad pública. Es sensato hacerlo con respeto, preguntar primero si quiere contar y compartir su historia. También, advertir que puede ser publicada en un medio de comunicación social porque a veces pueden no estar en condiciones de atender al periodista.
“El respeto por la intimidad, la privacidad y la confidencialidad constituye una obligación moral y legal. Estos aspectos merecen un tratamiento muy delicado, sobre todo cuando se ponen en juego mediante mensajes televisados”, reza una de las recomendaciones a los periodistas, según lo explica el manual Salud, ética y medios de Comunicación, una publicación de la Defensoría del Pueblo de la ciudad de Buenos Aires.
Incluso los anuncios publicitarios deben ser revisados antes de su publicación. En casi todos los países rigen normas que los controlan para buscar que tengan el respaldo científico de las entidades gubernamentales y del cuerpo médico. En Colombia, estos productos anunciados deben tener el registro sanitario del Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos, Invima.
Una de las razones es que los medios de comunicación pueden alentar la automedicación y el consumo de medicamentos sin la supervisión de un profesional de la medicina, con graves consecuencias para la salud pública. Un ejemplo es el uso indiscriminado e inconsulto de antibióticos, productos vitamínicos y de origen natural.
De todas maneras, a las audiencias les corresponde leer con sentido crítico todos los contenidos, máxime cuando se trata de asuntos que pueden afectar la salud y el bienestar.

En asuntos de salud, mejor orientar

Dos lectores abren la discusión sobre un asunto que gana cada vez más interés en los medios de comunicación y en la sociedad: la salud.
Cuando la información corresponde a temas de salud pública y en general a médicos y de salubridad y bienestar, no basta con consultar fuentes que revelen los datos. Se requiere del aporte de expertos y científicos que los confirmen y dimensionen para que el periodismo oriente en vez de alarmar y crear pánico.
Estos contenidos, sin la ayuda de fuentes médicas o científicas, también pueden provocar la situación contraria: informar con exagerado optimismo y dar recetas o soluciones a problemas de salud con base en las investigaciones preliminares.
En todo caso hay un alto riesgo de caer en publicaciones desproporcionadas y que pueden repercutir en la salud de las personas al generar comportamientos apresurados y malsanos.
El lector Alejandro Vargas G., médico y magíster en Epidemiología de la Universidad de Antioquia, escribe al respecto:
“Sobre las notas periodísticas que presentan casos de salud pública (eventos de brotes, epidemias, infecciones, muertes maternas, infantiles, etc.), es muy importante que antes de publicarlas en el periódico, pasen por una revisión de un equipo de epidemiología/salud pública de un ente territorial o una entidad Seccional en Salud…”.
Y añade: “Un buen artículo de salud verifica casos de salud pública, confirma evidencias científicas con expertos y provee datos importantes a la comunidad para generar actitudes sanas y seguras. De lo contrario, una nota mal procesada podría generar alarmas o pánico en la comunidad, en forma innecesaria. Es mi amable consejo para sus investigadores del área de salud…”.
La lectora Mariana Mesa también escribió: “…me siento confundida por las informaciones contradictorias de los medios sobre los alimentos que pueden producir cáncer… Ya no se sabe qué es bueno y qué es malo para la salud, ahora dicen que hasta el celular la afecta. ¿Qué pueden hacer por nosotros los televidentes y lectores expuestos a toda clase de informaciones sin control ni responsabilidad…?”.
Los medios de comunicación captan con mayor interés los temas de alto impacto en la salud y el bienestar de las personas pero también se detienen en los casos históricos que afectan a una región.
En la construcción de la agenda informativa o selección de temas noticiables pueden surgir distorsiones que magnifiquen un hecho en particular.
A veces, por la novedad y la rapidez se obvian algunos requisitos de verificación y contextualización de los hechos y en forma notoria se advierte la ausencia de las voces expertas que le pongan dimensiones y alcances a dichas informaciones.
El uso de internet ofrece una gran posibilidad de encontrar información apropiada y complementaria. Uno de los aspectos más relevantes es la colaboración que podemos recibir de grupos organizados de pacientes que plantean cuestiones de actualidad y suma pertinencia. Aunque, como lo he expresado en otras oportunidades, internet es un arma de doble filo, porque no todos los contenidos son veraces, imparciales y responsables. Los periodistas siempre debemos acudir a las fuentes que nos garanticen credibilidad y confirmar y verificar la información antes de publicarla.

Las lecciones de un error

La reflexión de hoy continúa el análisis de los comentarios de los lectores. De los 2.364 que recibí durante el año anterior, 824 corresponden a la categoría de críticas y errores en las informaciones publicadas. Esta cifra es el 39,4 % y representa una ligera disminución porcentual con respecto a las observaciones enviadas durante el año 2015: un total de 793 comunicaciones, el 37,4 %.
Este conjunto de críticas y errores atañen a tres grupos: más de la mitad, el 51%, a usos incorrectos del lenguaje; el 27 % a imprecisiones y errores numéricos; el 22 % a falta de claridad, rigor y transparencia en las informaciones.
Los gazapos más frecuentes detectados por los lectores se refieren a la confusión reiterada del uso de las palabras por que, por qué, porque y porqué; leísmo y loísmo mal empleados; discordancias de número y género; dequeísmo; uso incorrecto de preposiciones y conjunciones, barbarismos y tecnicismos; puntuación deficiente; errores de ortografía, y hasta erratas, o sea equivocaciones por mala digitación de caracteres.
El lenguaje periodístico debe ser claro, sencillo, propio y ameno, para que llegue a las audiencias.
Las imprecisiones y equívocos numéricos conforman el segundo grupo de errores más frecuentes. Se trata de operaciones aritméticas mal hechas, igual que porcentajes y decimales. Es frecuente el uso indistinto de comas y puntos en estas últimas cantidades, lo que confunde y contraría el Manual de estilo y redacción.
También ocurren fallos por mal uso de las unidades de medida y por no observar la escritura recomendada por la Real Academia Española o por el Sistema Internacional de Medidas.
El tercer porcentaje de esta clasificación compete a distintos fallos en el proceso de averiguación y confrontación de los hechos.
Las fuentes precarias, una o dos, no son suficientes para que la información alcance los estándares mínimos de imparcialidad y transparencia. Es norma que todos los datos sean producto de la verificación y confrontación de fuentes distintas y distantes, como lo he explicado en otras oportunidades.
La inclusión de opiniones en las informaciones y la elección de temas de la agenda motivan también quejas de los lectores. Lo mismo ocurre con las generalizaciones y las discordancias entre el título y el texto informativo.
Quizá la prisa con la cual trabajamos los periodistas y la falta de competencias lingüísticas explican en parte la frecuencia de los errores. Sin embargo, esta circunstancia no los justifica porque debemos tener suficiente conocimiento y destreza para usar correctamente el lenguaje. Al fin y al cabo este es nuestro principal instrumento.
Es oportuno mencionar nuevamente que escribir bien es una prioridad profesional, ética y de responsabilidad social. E insistir en la humildad, porque los periodistas no lo sabemos todo ni podemos averiguarlo todo. Como humanos, nos equivocamos. Pero debemos corregir y aprender las lecciones de un error, para nunca repetirlo.
Un programa de calidad que mejore la gestión de los errores, así como la colaboración de las audiencias para detectarlos ayudarán a la calidad del periódico. De nuevo, la invitación para que los lectores nos hagan críticas y observaciones. Siempre serán bienvenidas.

Las audiencias críticas

Por esta época corresponde darle una mirada a la interacción de las audiencias con la Defensoría. Durante el año 2016 recibí 2.364 mensajes de las audiencias, registrándose un incremento del 11 % con respecto a las cifras de participación del 2015, cuando los lectores me enviaron 2.119 comunicaciones.
El correo electrónico es el medio más utilizado por los lectores para sus comunicaciones, igual que el formulario al que acceden cuando visitan el sitio web de El Colombiano. No obstante, a veces recibo cartas, llamadas telefónicas y visitas.
Es de anotar que la Defensoría de las audiencias es destinataria solo de una parte del volumen total de mensajes. La mayor parte son dirigidos a la Dirección, a los editores y macroeditores y a los autores de las informaciones y artículos de opinión.
Igual que en los años anteriores, elaboré el Libro de Memorias de la Defensoría con destino a la dirección del periódico. Este documento contiene un resumen de las principales actividades realizadas en el periodo; la clasificación y análisis de los comentarios, críticas y sugerencias de los lectores; la compilación de las columnas del defensor de todo el periodo; el avance de la biblioteca digital que ya alcanzó 1.070 títulos todos de libros de periodismo, y las recomendaciones y anexos.
El conjunto de críticas y observaciones se clasifica de la siguiente manera:
Critican y señalan errores en las informaciones: 824, el 34. 9%; Denuncian y comentan: 802, el 33,9 %; Sugieren temas para investigar: 216, el 9,1 %; Sobre el sitio web y la aplicación móvil: 201 el 8,5 %; Critican editoriales y columnas de opinión: 160, el 6,8 %; Otros comentarios sobre el contenido: 70, el 3,0 %; Sobre otras áreas del periódico, 85, el 3,6 %; Sobre el periódico Q´Hubo: 6, el 0,3 %.
La tendencia general se mantiene aunque con algunas variaciones. Sin embargo quiero hacer dos anotaciones en esta oportunidad. La primera, a un ligero aumento de los mensajes que las audiencias dirigen a otras áreas del periódico: suscripciones, circulación, mercadeo y publicidad, al pasar de 48 casos, el 2, 3 % en 2015 a 85, el 3,6 % en 2016.
En segundo lugar, llamar la atención a lo que sucede en la categoría de mensajes que señalan críticas o detectan errores en las informaciones. Aunque con una leve disminución porcentual las cifras crecieron, lo que indica que los gazapos, erratas y equivocaciones se repiten con frecuencia: en el 2015 fueron 793 quejas, es decir el 37,4 % frente a las 824, el 34,9 %.
En la próxima reflexión continuaré este análisis, haciendo énfasis en la necesidad de mejorar la calidad del periódico para mantener la credibilidad y la confianza de las audiencias, además del ejercicio profesional fundamentado en los principios de veracidad, imparcialidad y servicio al interés general con responsabilidad y transparencia.
Una anotación final para agradecer los mensajes de los lectores. Los comentarios y críticas son vitales porque alientan la autocrítica en la sala de redacción y buscan alcanzar la excelencia y captar el interés que se merecen. Mi reiterada invitación para que se mantenga y se eleve el nivel de participación.

Los lectores comentan…

Varios lectores me han escrito y llamado por la última columna en la que me referí al periodismo sensacionalista, amarillista y trivial que se reanima por cuenta de ciertos contenidos escandalosos de internet y las redes sociales, especialmente en los medios audiovisuales. Lo preocupante es que esta tendencia cautiva a los medios de comunicación serios y a las audiencias.
El lector Juan Fernando Echeverri comenta: “…más claro imposible. Definitivamente, ha llegado la hora para que los medios depuren y limpien sus columnas y foros, evitando la vulgaridad, la ordinariez, la exageración, el insulto, la mentira, la calumnia, el odio enconchado, recuperando la responsabilidad, el respeto y la imparcialidad. Todos ganamos…”.
La lectora Luz Pinilla dice: “…si solo fuera eso, que los medios conmocionan como dice con claridad usted, pero es que fácilmente la generalidad de los periodistas, calumnian, no reconocen que todos son inocentes mientras no sean vencidos en juicio, no suponen jamás inocencia sino deshonestidad sin conocer a profundidad los hechos, por odio o por alarde de la chiva…”.
Y José Miguel Hoyos afirma y pregunta: “Coincido en todo con su artículo titulado Informar o conmocionar. Según entiendo la ética de los periodistas prohíbe el sensacionalismo amarillista ¿por qué se acude a este fenómeno a pesar de las nomas? ¿Es que buscan el dinero y la fama a costa de informar lo que es, lo verdadero? ¿Qué opina usted…?”.
Tiene razón el lector. El sensacionalismo es una práctica desaprobada por el periodismo responsable y de calidad. Dos citas dan cuenta de tal descalificación.
En palabras del investigador y autor peruano Eudoro Terrones Negrete, en su obra Cien códigos de ética, sostiene que el sensacionalismo “es la apelación a los sentidos y a las pasiones del público con palabras, imágenes y sonidos a fin de despertar y fomentar en el público apetitos subculturales e inframorales, distorsionar la verdad, propagar la inmoralidad, los instintos morbosos y provocar en sí efectos que nada tienen que ver con la información. Su objetivo es el lucro, el rating, el aumento de circulación y de anuncios, y obtener una popularidad (falsa). Su materia prima es el sexo, la violencia, el crimen y el delito, es el dinero, el escándalo y la vida privada e intimidad de las personas y familias”.
El código de ética del Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB consagra: “El sensacionalismo es una deformación interesada de la noticia, implica manipulación y engaño y, por lo tanto, burla la buena fe del público…”.
Esta tendencia es engañosa, queda claro, porque sobredimensiona la realidad de los hechos o porque se detiene en los aspectos más escandalosos.
Algunos medios optan por un periodismo rabioso y bipolar que enfrenta fuentes opuestas, no para contrastar le información sino para provocar y exacerbar los ánimos, para propiciar un espectáculo que permita ver quien eleva más el tono de la voz y no para echarle luz a los hechos con ética y responsabilidad social.
Sorprender y atraer pueden ser cualidades del periodismo pero no pueden estar por encima del objetivo central: informar.

Informar o conmocionar

La segunda parte de la pregunta del lector José Darío Botero: “¿por qué los medios de comunicación se ocupan de temas frívolos y superficiales?” llama la atención sobre la responsabilidad y la misión del periodismo.
La ciudadanía espera que los periodistas informen sobre hechos ciertos, de interés general y de utilidad. Además que la información sea plural y oportuna.
No siempre ocurre así. Algunos medios de comunicación prefieren llamar la atención, y conmocionar, ya sea porque obedecen a modelos periodísticos sensacionalistas o amarillistas o porque buscar con afán mayores audiencias sin importar la pérdida de credibilidad.
El periodismo sensacionalista o amarillista opta por asuntos que provocan gran impacto o despiertan emociones y pasiones y aun exacerban a los lectores, oyentes y televidentes. Ponen grandes titulares, usan un lenguaje histriónico o irritante y fotografías en primerísimos planos.
Algunos medios serios y de trayectoria se dejan seducir por la moda o por seguir sin miramientos las tendencias de las redes sociales.
Otros presentan las informaciones reducidas a expresiones como “los 5 mayores…” o “las 7 maneras de…” o “los 12 alimentos para…”, lo que conduce a un modo de titular las informaciones que pronto se desgasta y aburre por falta de originalidad.
Estas prácticas menoscaban la credibilidad periodística. Según el Informe Anual de la Profesión Periodística 2016, realizado por la Asociación de la Prensa de Madrid, APM, que acaba de divulgarse, revela que el amarillismo, el sensacionalismo y convertir la información en un espectáculo es la principal causa de deterioro de la imagen de los periodistas, con un 48,3 %. En el 2015 señala la misma investigación que el daño era del 55,6 %.
Este es uno de los retos del periodismo: insistir en la prevalencia de los criterios informativos sobre las veleidades del sensacionalismo. Contrarrestar estos fenómenos “representan una enorme oportunidad de demostrar que la calidad y la credibilidad no son asunto de mercadeo o popularidad. Un periódico se somete cada día al veredicto de cientos de miles de lectores que, con toda razón, se disgustan si no reciben un trabajo informativo de calidad”, señala el editorial de El Colombiano del 19 de diciembre.
Esta posición guarda coherencia con la filosofía expresada en el Manual de estilo y redacción: “El Colombiano rechaza toda forma de sensacionalismo porque es una deformación de los hechos y porque es un intento de manipulación al lector. En este periódico la sensación de las noticias no estará en su presentación sino en el fondo de la información”.
Para la prensa es fácil caer en la tentación de cierto modelo televisivo o de los impulsos de las redes sociales que para sumar puntos de sintonía o réplicas apelan a las imágenes lacrimógenas, al dolor y al escándalo irrelevante que comprometen muchas veces el derecho a la intimidad y a la dignidad de las personas, pasando, adicionalmente, por encima del respeto y de la sensibilidad de las audiencias.
El lector merece una información confirmada, contrastada, de interés público, “veraz e imparcial”, construida sobre la base de los principios del periodismo ético, responsable y de calidad. Las audiencias deben llamar la atención a los periodistas y a los medios para que este propósito se cumpla.

Frente común contra la desinformación

El lector José Darío Botero plantea nuevamente el problema que representan las informaciones falsas que reciben las audiencias por las redes sociales y los medios de comunicación que las replican sin verificarlas. Dice: “En una de las última columnas del defensor usted habla de cómo los lectores y televidentes debemos distinguir cuándo las noticias no corresponden a la realidad y nos desinforman…quiero que usted me aclare un poco más qué podemos hacer para recuperar la confianza en lo que leemos y vemos. También le pregunto ¿por qué los medios de comunicación se ocupan de temas frívolos y superficiales?”.
Esta inquietud del lector es una de las grandes preocupaciones en los medios de comunicación y entre críticos y analistas del discurso informativo.
El editorial de la revista Resumen que circuló con El Colombiano el pasado 31 de diciembre plantea una paradoja, en palabras de la directora Martha Ortiz Gómez: “Tenemos el privilegio del acceso a la información universal más relevante, interesante y divertida. Tenemos el desastre de la invasión de la desinformación excesiva, perversa y anónima”.
Dos días antes, el editorial del periódico, al analizar nuestra precariedad cultural preguntó: “¿Qué expectativas podemos tener frente a una población que se enfrenta a excesos de información y desinformación, que no se da cuenta de la diferencia y que valida noticias falsas, sin responsabilidad, replicándolas en las redes sociales?”.
El asunto de las informaciones falsas necesita una respuesta múltiple capaz de desafiar este mal que fractura la misión del periodismo y menoscaba por igual la credibilidad de medios y periodistas. Urge crear un frente común contra la desinformación.
Algunos de los resultados políticos del último año estimulados por avalanchas de mentiras han llevado a los medios de comunicación y a las grandes corporaciones tecnológicas a tomarse en serio el fenómeno, con el fin de contrarrestar la acción perversa de quienes instalan en estos canales la publicidad mentirosa con apariencia de verdad.
Sin embargo, la acción más promisoria la tienen las audiencias que deben aprender a identificar las funciones de los medios de comunicación; a diferenciar sus contenidos de los que propalan las redes sociales; a exigir el acceso libre y transparente a la información y a conocer las fuentes; a descubrir los valores y principios del periodismo responsable, plural y transparente.
Es vital emprender una cruzada de formación de audiencias o de alfabetización mediática, como la define la Unesco, para que el derecho a la información veraz e imparcial sea una realidad y el ciudadano pueda tomar las mejores decisiones.
Ojalá la formación comience en el seno familiar y se prolongue en la escuela y en las demás actividades ciudadanas.
Es inexcusable hablar de noticias falsas. Es por lo menos contradictorio porque los contenidos de los medios se basan en hechos ciertos, verificados por fuentes distintas y distantes, como lo he manifestado en ocasiones anteriores. Cosa distinta ocurre con las redes sociales cuando difunden falsedades con apariencia de verdad pero que carecen del menor rigor.
El otro tema planteado por el lector, sobre la prelación que tienen algunos hechos irrelevantes sobre asuntos de interés general, es una realidad palpable en aquellos medios de comunicación que buscan afanosamente los que marcan tendencias o se propagan cual virus del momento. Queda planteado para las próximas reflexiones…