“Antes de publicar un tuit hay que pensarlo tres veces…”

A la pregunta sobre qué hacer antes de publicar un tuit, el periodista español Antonio Rubio, director del Máster de Periodismo de El Mundo y Universidad CEU San Pablo, y del de Periodismo, Investigación, Datos y Visualización en la Universidad Rey Juan Carlos, respondió: “Pensarlo tres veces, verificarlo y documentarlo”.
La afirmación la hizo al portal Trecebits, especializado en redes sociales y periodismo, en una entrevista publicada por Manuel Moreno el 2 de noviembre de este año.
El mismo periodista insistió en el Tercer Congreso Latinoamericano de Defensores de las Audiencias, reunido en Ciudad de México los días 7,8 y 9 de noviembre, que los lectores deben exigir transparencia a los periodistas en las fuentes a las que apelan para obtener las informaciones.
Es la metodología que siguen los medios de comunicación. “Lo primero que hacemos es comprobar que la cuenta de la que proviene la información sea real y pertenezca a una persona o institución. Después, intentamos contactar a esa persona para tener más detalles de la información que está difundiendo. El siguiente paso es contrastar la información con otras fuentes, preferiblemente oficiales, como funcionarios de la administración municipal o voceros de la fuerza pública (si es el caso). Si no podemos confirmar que la información es cierta, el rumor no se publica”, es la regla, según lo expresa Estefanía Carvajal, periodista de elcolombiano.com
No obstante, el asunto es complejo porque muchas personas se informan a través de las redes sociales y piensan que se trata de contenidos periodísticos debidamente verificados y contrastados.
La confusión de la lectora Ligia Omaira Betancur de no saber a quién creerle, a la que me referí en la columna de la semana pasada, es evidente.
Varios lectores expresaron sus opiniones. Una de ellas, manifiesta que “…debió verificar al menos si las tales predicciones de terremotos tienen algún fundamento científico. Vale recordar que los juicios a priori y los comentarios que se emiten sin ningún fundamento nos llevan a la crisis de información y de malas decisiones en los que estamos inmersos, y si no miremos cómo están las campañas electorales hoy día…”,
Precisamente, al referirse a la campaña sucia sostenida en el reciente debate de Estados Unidos, el periodista Farhad Manjoo escribió en The New York Times, el pasado 10 de noviembre, una columna titulada En internet, la verdad no es como la pintan, lo siguiente: “…Decenas de canales de noticias verificaron los hechos que mencionaban los candidatos todos los días, la mayoría de las veces en línea; no obstante, sus esfuerzos han probado ser bastante ineficaces para contrarrestar la marea de falsedades”.
Y añadió: “Es por ello que mentir también se ha institucionalizado. Ahora hay sitios web cuya única misión es publicar noticias en línea totalmente falsas e indignantes (al igual que las noticias reales, las noticias falsas se han convertido en un negocio)….”.
Además, algunos autores afirman que los contenidos de las redes sociales son puestos en circulación cuando coinciden con el pensamiento de quienes los replican, formándose una cadena homogénea de opinión, no obstante la abundancia de fuentes informativas.
En consecuencia, a los periodistas corresponde buscar la veracidad, observar el rigor y la transparencia. Y a los lectores, aprender a diferenciar entre los contenidos de los medios de comunicación y los de las redes sociales.

Redes sociales vs. medios de comunicación

La lectora Ligia Omaira Betancur se siente confundida por la disparidad de los contenidos de las redes sociales y de los medios de comunicación. Dice: “¿No sé a quién creerle porque veo información contraria sobre el posible terremoto que puede presentarse en Colombia. A cada momento recibo mensajes que me causan temor y muchas dudas…?”.
Y no es para menos. El sismo del domingo 30 de octubre, de magnitud 5.4, con epicentro en el departamento del Huila y que se sintió en el centro de país y en otras regiones, desencadenó una gran erupción de mensajes a través de las redes sociales y originó cadenas fatales de contenidos alarmantes y temerarios.
Estos contenidos de redes sociales produjeron zozobra, hasta el punto que muchas viviendas fueron desalojadas a la espera del supuesto terremoto que se produciría en las próximas horas.
La información del periodista Santiago Valenzuela A., titulada Falsas alarmas de terremoto pueden causar más emergencias, publicada en la página 5, de la edición de El Colombiano del martes primero de noviembre, anota: “Si bien es cierto que el 87 % de la población colombiana se encuentra bajo un nivel de riesgo medio-alto frente a un sismo (de acuerdo con la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica), un terremoto no es predecible, tampoco su magnitud ni su ubicación”.
Y añade: “Así lo asegura la profesora Natalia Pardo, del departamento de Geociencias de la Universidad de los Andes: “Es imposible que una fuente oficial, como el Servicio Geológico Colombiano (SGC), envié un mensaje prediciendo un sismo en un lugar específico y con una magnitud determinada. Tampoco se puede predecir el lugar dónde va a ocurrir una réplica. Estos mensajes lo que generan es pánico en las personas, que es lo peor que puede suceder en un caso de emergencia”.
Esta información periodística contrasta con los mensajes irresponsables, impensados, sesgados, mentirosos y alarmantes de las redes sociales.
El periodismo lo han definido algunos autores como la “ciencia de la verificación”. Y ese es el camino seguido por los medios: comprueban y verifican las informaciones antes de publicarlas, las consultan en fuentes científicas, en este caso, para construir el texto veraz, responsable y útil.
En las redes sociales es tan fácil mover los dedos y escribir cualquier cosa sin razón y sin objetivos.
Este fenómeno produce una atmósfera enrarecida cuando se mezclan los contenidos periodísticos y los mensajes de las redes, una especie de “promiscuidad informativa” que confunde y produce pánico.
Considero que urgen propuestas de formación de audiencias críticas que eleven las competencias de los lectores, oyentes, espectadores y usuarios. La responsabilidad social y el respeto a los derechos humanos son principios y valores en toda sociedad civilizada.
Una reflexión final: “Los directores de los diarios y de los programas informativos de la radio y la televisión han perdido el control de la jerarquía y difusión de las noticias, que ahora llegan a muchos lectores a través de unos algoritmos opacos que las personalizan y hacen que cada lector reciba en primer lugar las que se supone que le pueden interesar más, que suelen ser las que coinciden con sus ideas. En vez de ensanchar el campo de visión de los ciudadanos, esto les encierra en burbujas informativas que reafirman lo que piensan”, escribió hace poco, en el diario español El País, el escritor y diplomático Carles Casajuana, en un artículo titulado La erosión de la verdad.

Corregir, una acción inaplazable

La celebración, el pasado 27 de octubre, del Día Internacional del Corrector de Estilo, o del Día Internacional de la Corrección, propone un ejercicio autocrítico de los periodistas con el propósito de evitar los errores y mejorar la calidad del periodismo.
La celebración es de reciente creación. La Fundación Litterae de Argentina la instauró en 2006 y pronto la acogió la Unión de Correctores, UniCo, en honor de Erasmo de Róterdam, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, en su aniversario.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice en forma rotunda y contundente: “El primer deber del periodista es escribir bien…”. Y añade: “…el buen periodista es el que escribe bien y con rapidez. En un diario no tiene mérito escribir bien pero a paso de tortuga, ni mal pero dejando un chispero en el teclado…”.
Los errores desconciertan, molestan y ofuscan a los lectores. Lo peor, le restan credibilidad al periodista y al medio de comunicación. Se pierde la confianza creada en el contrato de lectura establecido en forma tácita o expresa entre periodista y lector.
Los errores transgreden el principio de veracidad y frustran el propósito de informar a las audiencias.
Tal como lo expresé al inicio del año, el 37,4 por ciento, de las 2.119 observaciones de los lectores recibidas por la Defensoría de las audiencias, se refiere a críticas por faltas gramaticales, ortográficas o de otra índole.
El Colombiano exige a los periodistas corregir con “prontitud, franqueza y claridad” Por esta razón estableció la sección Fe de errores, para corregir algunos de ellos, detectados por los lectores o por los mismos editores y periodistas. Un paso promisorio complementado con el taller de calidad periodística que ojalá se convierta en un programa de formación continua.
No obstante, es urgente, insisto, establecer un sistema de gestión de los errores para asegurar que no se repitan: corregir es una acción inaplazable.
El periodista español Alex Grijelmo escribió una frase sabia: “…quien no reconoce sus errores no mejora”, en su obra ¡En qué estaría yo pensando!, que recoge las explicaciones que dan a sus fallos 30 periodistas del diario El País.
Para evitar las recaídas creo oportuno citar al autor Daniel Cassany, en su obra La cocina de la escritura, que ofrece algunos consejos prácticos. Dos de ellos, recomendados para los periodistas, son los siguientes:
“Adoptar una actitud crítica. Relee el texto como si fueras un crítico implacable, con actitud dura. Exagera los errores, buscando lo que los lectores pueden caricaturizar. No dejes títere con cabeza. Después, recupera el tono racional y valora si estas críticas tienen algún fundamento. Si acaso, rectifica los excesos”.
Y añade: “Oralizar el escrito. El oído puede descubrir lo que no ha descubierto el ojo. Lee el texto en voz alta como si lo estuvieras diciéndolo a una audiencia. Escucha como suena: ¿queda bien? ¿te gusta?”.
Finalmente, unas palabras de gratitud para las decenas de lectores que nos envían sus críticas y señalan con frecuencia y pertinencia las incorrecciones en los contenidos de las ediciones impresa y de la web. Los lectores se merecen un periódico bien informado y bien redactado, sin imprecisiones, sin gazapos. Cazar los errores nos ayuda a mejorar la calidad. De igual manera, para nuestros correctores Uriel Hidalgo Giraldo y León Jairo Saldarriaga López.

La gestión del foro de lectores

El lector José Raúl Giraldo escribe: “Estoy de acuerdo con su llamado para que los comentarios de los usuarios conserven el buen tono y también la buena redacción. Yo estoy de acuerdo con que los mensajes que ofenden sean suprimidos, pero quiero saber si hay otras maneras de evitar los comentarios incivilizados, como los define usted…”.
Otros lectores, entre ellos Jorge Escobar Eusse, abogan por la misma causa porque están convencidos que el foro de los lectores es una fuente de conocimiento y de deliberación que debe ser aprovechado de la mejor forma.
En la última columna expliqué que algunos medios de comunicación se han visto en la necesidad de cerrar estos espacios por diversas razones.
En realidad, hay tres maneras de abordar el asunto de la interacción de las audiencias. Según un estudio de World Association of Newspapers and News Publishers, WAN-IFRA, cuyos principales resultados fueron citados por la periodista Miriam Garcimartin, en el portal www.media-tics.com: “Hay 38 medios que realizan la moderación de un comentario antes de que se publique en la web, 42 que la llevan a cabo después y 16 que optan por un modelo mixto. Los que prefieren la primera opción encuentran que es la mejor forma de guiar la conversación y que no derive en algo indeseado, mientras que los de la segunda creen que la charla es más viva si los comentarios se publican al instante, además de considerarlo como una muestra de confianza hacia sus lectores. En el caso del modelo híbrido, si aparecen determinadas palabras clave se realiza una moderación previa.”.
También afirma la experta en medios digitales que “muchas personas utilizan esta oportunidad que les brindan los medios para insultar, amenazar o realizar comentarios fuera de tema. Los moderadores tienen que tratar de reconducir el debate y eliminar aquellos comentarios que consideren inapropiados (sin vulnerar la libertad de expresión), si no quieren que la marca se vea perjudicada. Si a ello le sumamos que los lectores también dan su opinión en las redes sociales, el problema se agrava ante la falta de recursos suficientes para realizar una óptima gestión”.
Sobre las redes sociales, un comentario adicional: se está llegando a un escenario de incertidumbre porque muchos ciudadanos le dan valor de información veraz a una simple opinión o a un dato falso puesto en circulación, muchas veces, por centenares de robots que multiplican las mentiras y el miedo en forma exponencial.
Y como sabemos, estos mensajes son replicados compulsivamente sin reflexión y en ocasiones sin leerlos.
De la misma manera, los comentarios de algunos lectores obedecen al impulso del llamado sesgo de confirmación que busca afanosamente expresar opiniones intolerantes y francamente ofensivas por no coincidir con el modo de ver las cosas.
El lenguaje grosero, discriminatorio, insultante, promocional y aún exagerado son las categorías en las que se pueden clasificar los comentarios filtrados por los medios de comunicación que tienen sistemas de moderación en la gestión del foro.
El mismo estudio al que hice referencia encontró que 53 medios permiten registrarse con un pseudónimo, 20 exigen el nombre real y en 18 no es requisito registrarse para opinar.
Esta es una visión rápida de la manera como se gestionan los comentarios de los lectores. El Colombiano modera los comentarios antes de publicarlos, tal como lo expliqué en las columnas anteriores.

¿Cómo pasar al debate constructivo?

El lector José Orlando Betancur dice que “…leí su columna y me convenzo cada vez más del error en el que caen quienes insultan con sus comentarios, en vez de aprovechar los espacios que nos da El Colombiano para participar, para opinar con argumentos y respeto por las demás personas….”.
El debate político del plebiscito del domingo 2 de octubre se convirtió en una gritería grosera en internet por los contenidos mentirosos, ofensivos y hasta criminales, tal como lo escribí. Este lenguaje de odio alcanzó límites inimaginables en las redes sociales y permeó el foro de los lectores y los demás mecanismos y herramientas de participación de los medios de comunicación, tal como lo señala el lector.
Hoy no se conciben los medios sin estos comentarios y sin estas redes sociales. La interacción es de la esencia de las ediciones digitales. Todos, desde los globales hasta los locales les han abierto las puertas a las audiencias para que lleguen hasta los periodistas con el comentario, la calificación o el aporte colaborativo. Los periodistas no estamos solos, la agenda informativa recibe la opinión de los lectores, oyentes y televidentes.
Los periodistas debiéramos recibir estas observaciones y críticas de una mejor manera. Ya no tenemos la única palabra, hay muchas voces por escuchar a partir de la publicación de nuestros contenidos.
En la interacción hay una clave, estratégica si se quiere, para conectar con sus intereses y sus necesidades, especialmente de los jóvenes que acuden preferencialmente a otros medios o a las redes sociales a buscar la información.
Jeff Jarvis, profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, CUNY, dijo en una entrevista publicada por El Espectador, con ocasión del Festival Gabriel García Márquez en Medellín, lo siguiente: “Para empezar, no deben pensarse a sí mismos como periódicos, sino como un servicio a la comunidad. Deben escuchar a sus comunidades y entender sus necesidades, objetivos y deseos. Luego, deben tomar todas las herramientas que ofrece internet para ayudar a esas comunidades a alcanzar sus metas. Esto funciona con los millennials, pero también con cualquier otra generación…”.
Se necesita de un esfuerzo para construir una mejor relación con los lectores. No es en vano que ellos leen y luego comentan.
En las últimas columnas me referí al modelo de moderación de los comentarios como el camino para iniciar la construcción de un debate útil basado en la argumentación y el respeto. Seguramente pasará algún tiempo para que los comentarios incivilizados no malogren el diálogo y el debate en el foro de los lectores pero vale la pena insistir en el propósito.
Se requiere que estos espacios de interacción crezcan en la participación y calidad de los argumentos para que se conviertan en el escenario del debate ideal en una sociedad democrática.
Los medios de comunicación gozan de la primacía sobre las redes sociales porque los contenidos son producidos por periodistas profesionales, en tanto que las redes sociales son asaltadas con frecuencia por manipuladores que desorientan, distorsionan, desinforman, ofenden y hasta delinquen.
Si uno busca información confiable tendrá que apelar a las mejores fuentes, en este caso, a los medios de comunicación que publican lo que realmente ocurrió porqué fue verificado y confirmado desde varios puntos de vista.

Comentarios incivilizados: ¿Qué hacer?

El asunto de los comentarios de los lectores merece una reflexión adicional para llamar la atención y si es posible alentar la autocrítica de lectores y periodistas. Insisto en el tema porque en las últimas semanas he recibido numerosos mensajes de las audiencias, por la pugnacidad del debate político, expresando la inconformidad, en unos casos porque no aparecen publicados y en otros porque aprovechan el foro para insultar, difamar y sembrar el malestar y el odio.
Internet permite que los medios digitales abran espacios de participación para enriquecer los contenidos, fomentar el diálogo y el debate; para sugerir, criticar, apoyar, estar de acuerdo o en desacuerdo con la información o el artículo de opinión y controvertir con los foristas.
Bienvenida la participación. Los periodistas ya no tenemos la última palabra ni la verdad revelada. Ahora las audiencias pueden complementar, criticar y motivar la investigación de temas relacionados.
Pero estos avances tecnológicos, incluidas las redes sociales, posibilitan la circulación de toda suerte de insultos, mentiras y comentarios dañinos e indeseables que enrarecen y malogran el propósito de este diálogo digital.
Los medios de comunicación y las audiencias están en medio de este propósito, y a la vez despropósito: ¿cómo neutralizar la trasgresión y potenciar la deliberación? No es fácil lograrlo, pero es necesario avanzar para mejorar la salud de los lectores y en general de la información que ahora se extiende en virtud del juicio expresado luego de la lectura juiciosa.
Los filtros y la moderación son instrumentos que resultan insuficientes para alcanzar mejor calidad del foro.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital detalló en la última columna los criterios y requisitos establecidos por El Colombiano en los espacios de interacción. Es un punto de partida para que los comentarios de los lectores fluyan en el escenario que marcan las reglas del diálogo ciudadano civilizado y colaborativo.
Así, como es necesario una dosis de autocrítica por parte de los periodistas, para recibir el juicio de los lectores, es deseable cierta porción de cortesía y de racionalidad en las opiniones y observaciones.
Estos foros, igual que las redes sociales, fueron utilizados en este momento político del país, previo al plebiscito de hoy, por decenas de comentaristas para polarizar aún más la opinión pública, con mentiras, propaganda camuflada y contenidos calumniosos y abusivos.
El debate necesario y pertinente fue suplantado por estos mensajes distorsionados y alejados de la realidad, convirtiéndolos en información o mejor en desinformación para muchos.
Aquí está la gravedad del asunto. Un porcentaje creciente de personas se entera de esa realidad a través de redes sociales o de los comentarios sesgados y no por las informaciones de los periodistas que deben basarse en hechos verificados y contrastados desde varios puntos de vista.
“En un periodo de cinco años (2010-2015), el número de hogares conectados a internet en la región creció 14,1% promedio anual, esto significa que se alcanzó el 43,4% en el 2015, un valor que casi duplica el de 2010. El 54,4% de los habitantes de América Latina y el Caribe usó Internet en 2015, 20 puntos porcentuales más que en 2010…”, según datos publicados hace pocos días por el diario mexicano El Economista.
Por esta razón, urgen fórmulas pedagógicas y mejores sistemas de filtro y moderación para frenar los comentarios incivilizados, por decir lo menos, y elevar el nivel de la interacción.

Bienvenida la participación, pero con reglas

El lector Guillermo León Botero llamó para quejarse de algunos comentarios del foro de lectores: “¿Por qué tanto maltrato, por qué insultan y ofenden, por qué dicen necedades y no se aprovecha para un diálogo útil?…”. En contraste, otros lectores preguntan las razones por las cuales sus comentarios no se publican.
La interactividad es una de las mejores propiedades del periodismo digital. El monólogo de los periodistas se acabó para siempre. Ahora los lectores tienen la posibilidad de profundizar la información, controvertirla, cuestionarla o simplemente comentarla exponiendo, sus puntos de vista.
La participación de los lectores permite enriquecer la información siempre y cuando los juicios de los lectores estén orientados al diálogo inteligente y creador y no a la expresión de calumnias, injurias y maltratos, como lo he anotado en columnas anteriores. Las opiniones se pueden exponer sin insultos ni agravios personales.
La moderación de los comentarios es necesaria porque ayuda a mejorar la atmósfera de la conversación digital. Este proceso requiere de tiempo y recursos para realizar el filtro de los comentarios.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital, señala los criterios y requisitos de la interacción en el sitio web de El Colombiano. Son los siguientes:
No abusar, acosar, amenazar o intimidar a otros usuarios ya sea a través de los chats, foros, blogs o cualquier otro espacio de participación.
No usar estos espacios como medio para desarrollar actividades ilegales o no autorizadas tanto en Colombia, como en cualquier otro país.
Abstenerse de enviar correo electrónico no deseado (SPAM), así como también le está prohibido transmitir virus o cualquier código de naturaleza destructiva.
Abstenerse de compartir y/u ofrecer en el portal productos o servicios no autorizados por El Colombiano.
Abstenerse de compartir información no pertinente con las características del espacio de interacción y participación.
No publicar contenidos que inciten, promuevan, apoyen, defiendan o tengan el carácter de racistas, xenofóbicos, discriminatorios, terroristas, pornográficos o atentatorios del buen nombre, la honra y el honor de las personas y, en general, que atenten contra los derechos fundamentales de terceras personas.
No utilizar materiales protegidos por derechos de autor u otro material de cualquier clase sin el permiso expreso del propietario del material.
No utilizar un lenguaje vulgar, difamatorio, amenazante, denigrante, burdo, falso, engañoso, fraudulento, inexacto, injusto, que contenga exageraciones o aseveraciones no confirmadas, sea irrazonablemente dañino u ofensivo contra cualquier persona, individuo o comunidad, así sea solo identificable.
No utilizar textos, fotografías o ilustraciones de mal gusto, violatorios del derecho a la vida privada y a la intimidad.
No violar o promover la violación de cualquier ley, norma, regulación internacional, nacional, departamental o municipal.
Abstenerse de usar cualquier tecnología que supere los controles o límites que establezca el periódico para compartir contenidos dentro de sus espacios de interacción.
Además, es necesario tener en cuenta, que para garantizar un buen y adecuado uso de los espacios de participación, las personas encargadas de aprobar los comentarios necesitan un tiempo para procesar toda esa información, razón por la cual algunos comentarios no aparecen de inmediato.
Hasta aquí los criterios y requisitos de participación e interacción.
Bienvenida la participación fundada en los argumentos que promueven el diálogo, en vez de los agrarios indignantes, discriminatorios y delictuosos que quieren implantar unos pocos, en perjuicio de la mayoría de los lectores que luego de leer los textos periodísticos exploran los comentarios del foro.

La información tóxica

El lector Héctor Darío Ortiz plantea de nuevo los problemas que generan el exceso de información y las dudas de credibilidad y confianza que suscitan las redes sociales. Dice: “Tanta información me confunde, porque una es la que de la prensa y la radio y otra, bien diferente, es la que me llega por Facebook, Whatsapp y Twitter. Le pregunto cómo se puede uno informar verdaderamente de lo que ocurre en Colombia…”.
Es evidente que los ciudadanos se enteran por distintos medios y canales de lo que acontece en la ciudad y el mundo.
Los periódicos, la radio y la televisión fueron durante muchas décadas los únicos medios que llevaban la información a la sociedad.
Hoy, las plataformas digitales hospedan a estos mismos medios, que actualizan sus ediciones tan pronto como ocurren los hechos. A la par, en forma apresurada, las redes sociales nos inundan de información, tal como lo describe el lector.
Los jóvenes, más que los adultos, acuden a las redes sociales o a otros sitios en la web para conocer qué está pasando en el preciso momento. Quedan así sumergidos en un océano de datos que los obliga a bucear para encontrar la información veraz y precisa y, además, confiable. Este exceso de información puede confundir y desinformar si se obvian guías y precauciones.
Una de las primeras claves es saber el origen de la información. No es lo mismo obtenerla de un medio de comunicación que de un autor desconocido que la tecleó en un blog o en una de las redes sociales.
Los contenidos de los medios de comunicación son producidos por periodistas que obtienen la información en fuentes de todo crédito. Los datos han sido verificados y contrastados con otras fuentes válidas antes de ser publicados.
En otras palabras, cumplen los estándares de calidad que otorgan los principios periodísticos de veracidad, pluralidad, transparencia y responsabilidad social.
Esta información es la que le da confianza y credibilidad a las audiencias, dos de los atributos más valiosos del patrimonio del periodista y del medio de comunicación.
Los contenidos de redes sociales y de sitios web poco conocidos no nos ofrecen estas garantías porque desconocemos su origen.
Las plataformas digitales son además muy vulnerables, pueden ser suplantadas por delincuentes cibernéticos que las usan para difundir información tóxica o cuando menos rumores o datos falsos que distorsionan, alarman y confunden.
Son frecuentes los casos en los que se clonan perfiles de personajes conocidos para usar sus cuentan de redes sociales con fines perversos para difundir noticias y comentarios apócrifos. Hasta medios de comunicación, que se saltan las rutinas de confirmar y verificar antes de divulgar, caen en estas trampas por el afán de adelantarse con la primicia informativa a los demás.
El periodismo no se puede entender hoy al margen de las redes sociales. Estos canales son usados por los medios de comunicación y los periodistas para comunicarse con sus audiencias y mantenerlas actualizadas.
Muchos personajes las usan para curar informaciones y compartirlas con sus seguidores. Pero otros las usan con fines propagandísticos para manipular y desorientar. O como revela el lector para saturar, confundir, intimidar e intoxicar.
Buscar información de calidad requiere no obsequiarle credibilidad a todo lo que nos llega ni darle crédito al comentario que resume una declaración remota o al rumor vago.

Contra los errores, buenas prácticas

Los errores provocan un gran disgusto. Los periodistas nos lamentamos de no haber leído una vez más el texto para detectarlos. Igual les ocurre a los editores.
Quizás hay muchas explicaciones: generalmente los periodistas trabajan varios temas a la vez; la hora de cierre obliga a acelerar la entrega de las informaciones; no se consulta el diccionario; no se aclara un concepto dudoso y hasta la falta de competencias lingüísticas.
También hay buenas prácticas: escribir con el diccionario al frente; resolver los interrogantes de inmediato; leer y releer; apoyarse en otra persona para que lea lo escrito o leerlo en voz alta; desconfiar de los correctores automáticos…
Debemos hacer todo lo posible para evitar los errores. Y si los cometemos, tenemos la obligación de enmendarlos. En este propósito de mejorar la calidad periodística es vital la participación de las audiencias. Los gazapos señalados por los lectores y hallados por los periodistas al releer las informaciones publicadas se corrigen en la Fe de errores, que se publica en la página Radar de la sección Metro y también en la edición digital.
De las equivocaciones reportadas por las audiencias resalto tres en la reflexión de hoy.
La primera se refiere a la falta de un dato en el reportaje sobre la consulta popular de Envigado, publicado en las páginas 12 y 13 de la edición del 11 de julio.
El lector Luis Alfredo Molina Lopera escribe: “En el tercer párrafo dice “El total de votos fue 40.395”: Válidos, 39.871 y nulos, 366. Esto debería ser igual al total: 40.395. Pero da 40.237, hay una diferencia de 158 votos. Ahora bien: por el Sí, 24.507, por el No, 15.364 y nulos 366. Esto da 40.237 sufragios. Ahí cuadran las cuentas, pero no da el total mencionado de 40.395. Con ánimo constructivo, sería bueno aclarar la situación…”.
La Fe de errores aclaró al día siguiente: “Votos en consulta de Envigado: total 40.395. Por el Sí, 24.507; No, 15.364; nulos, 366 y no marcados 158. Estos últimos no aparecen registrados en nuestro informe central, pero sí en el infográfico que la ilustra. Tiene razón el lector al reclamar todas las cifras en ambos”.
La lectora Lucila Gallego, llamó para señalar un error en el reportaje Así será el museo de la memoria, publicado el 7 de julio en la página 8. Dijo que le pareció muy interesante el informe sobre la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Agregó que “me interesé porque soy víctima pero me desilusioné cuando vi el error sobre la fecha de la muerte violenta de Jorge Eliécer Gaitán, que ocurrió el 9 de abril de 1948, no el 9 de abril de 1949 como dicen ustedes…”.
El lector Gabriel Escobar Gaviria se refirió a la frase debajo del título Carrizal sueña con borrar la guerra de su historia, publicado el lunes 11 de julio:
“Como ya deben saber, apareció en El Colombiano de hoy la palabra «testiga», en el subtítulo de la noticia de la página cuatro. Ya debió haber levantado una polvareda de Padre y Señor mío. No hay para qué levantarla, explico: No hay norma morfológica que impida los femeninos de «testigo», «miembro» y «canciller», pero quien se atreva a usarlos queda estigmatizado como ignorante. Las palabras no son creadas por la Real Academia Española, sino por el uso. Siempre que me refiero a una cancillera lo hago en femenino, con las otras dos no me he atrevido”.

Periodismo e inmigración

La lectora Ana Sofía Sánchez comentó la última columna. Dijo: “…nos podíamos ahorrar muchos actos violentos si se piensa antes de hablar y de escribir. Estoy ciento por ciento de acuerdo con el llamado que hace la columna del defensor de las audiencias sobre el cuidado que deben tener los periodistas cuando tocan el tema de la inmigración, que es global y que causa grandes conflictos sociales en otros países. Me pregunto cómo mejorar el lenguaje violento, discriminatorio e inapropiado que vemos en radio y otros medios y aún en la vida cotidiana…”.
Esta reflexión cruza por las salas de redacción y los estudiosos de los temas de opinión pública y análisis de contenidos de los medios de comunicación.
Elegir las palabras es clave para informar con mayor imparcialidad y poder mostrar la realidad con estándares confiables de veracidad. Un término poco claro, ambiguo, con una connotación negativa que estimule prejuicios, pone en riesgo la misión del periodismo responsable.
Son políticas del periódico relatar los hechos con claridad y precisión. La primera obligación del periodista, como lo he citado en varias oportunidades, es escribir bien, conocer el lenguaje y expresarse correctamente, es decir, conforme a las normas que rigen la redacción periodística.
En el caso de las informaciones sobre la migración, además del significado de las palabras, no se deben perder de vista connotaciones, prejuicios y generalizaciones más o menos extendidas en la sociedad.
El reto es encontrar la palabra adecuada, la frase precisa, para evitar estas trampas e informar sin distorsionar.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice: “Los estereotipos son formas incompletas del conocimiento, que resultan de una observación superficial y parcial de los hechos, las personas o los grupos humanos, los países, las regiones. Con frecuencia están contaminados por el prejuicio. Por tanto, el uso de estereotipos y generalizaciones sobre aquéllos será sometido a examen para evitar expresiones que lesionen la dignidad de las personas o de los grupos humanos, los países y las regiones, y que conduzcan a emitir juicios injustos.”.
Un caso actual es el de Inglaterra. Hoy se preguntan los periodistas en las salas de redacción y los estudiosos en las universidades cómo influyeron los medios en la decisión que tomó el Reino Unido de abandonar la Unión Europea.
The Sun, The Daily Mail y The Daily Mirror fueron criticados por la cobertura de los refugiados. “No ahorraron portadas en letras mayúsculas y frenéticas advirtiendo sobre los peligros de la inmigración. La columnista de The Sun, Katie Hopkins, llegó a comparar a los inmigrantes con “cucarachas” que ´se extienden como el norovirus´. La declaración provocó críticas de Naciones Unidas, y constituye una indicación preocupante de los altos niveles de lenguaje hostil que los diarios británicos estaban manejando”, señala Farahnaz Mohammed en un artículo publicado por la Red de Periodistas Internacionales, Ijnet.
Añade que “Como periodistas, no podemos esperar erradicar la xenofobia o la ignorancia voluntaria. Sin embargo, podemos examinar nuestros propios prejuicios personales y mantener nuestra labor en un nivel editorial superior… No importa qué tan completos e imparciales sean los medios de comunicación, siempre habrá una minoría a la que no le afectarán las estadísticas, las investigaciones y las proyecciones. Al mismo tiempo, sabemos que los palos y las piedras rompen huesos, pero que las palabras empiezan revoluciones. Como periodistas, debemos ser cuidadosos con las que utilizamos”.