Ni maximizar ni minimizar

Las redes sociales, como novedosos sistemas de relación de las audiencias, son objeto de apasionados defensores y de acérrimos contradictores. Pienso que no se puede ni magnificarlas ni minusvalorarlas.
En la reflexión de la semana pasada, para responder la pregunta de Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, sobre si “¿considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”, expuse las oportunidades que ofrecen a los medios, a los periodistas y a las audiencias. Hoy me detendré más en los riesgos.
Para algunos estas son nuevos medios de comunicación o sus contrincantes recién instaladas. La realidad es que las redes sociales son un escenario de conversación ciudadana en el que las voces fluctúan entre expertas y necias; entre racionales y viscerales; entre mesuradas y altaneras.
Un tuit puede ser un mensaje irreflexivo. Y si el retuiteo es la web de un medio de comunicación o en una de sus cuentas puede convertirse en una acción irresponsable, sin profesionalismo ni ética.
Un medio y un periodista, estimulados por el afán de la primicia, cae fácilmente en la trampa de divulgar rápidamente una información falsa, con graves errores de todo tipo, que menoscaba el patrimonio más valioso: la credibilidad.
Si algunos teóricos creen que en internet se puede corregir con un nuevo tuit, considero que hace falta mirar el semáforo que está en rojo o en amarillo, y por lo tanto hay que contenerse antes de dar el próximo paso, el de publicar.
La información que el periodista obtiene de cualquier fuente y por cualquier canal es un dato en bruto que debe verificar, confrontar y contextualizar antes de divulgar. Son acciones rutinarias de la profesión que la persona que tuitea no efectúa.
Así, las conversaciones de las personas en estos tuit, y demás mensajes, son similares a los rumores que no se pueden publicar sin estar seguros de su veracidad.
Algunas fuentes usan las redes sociales para evitar las preguntas y repreguntas de los periodistas y llevar así sus informaciones unilaterales a las audiencias, tal como lo describí en la columna anterior.
Un punto negativo de las redes sociales es la calidad de la conversación ya sea por ignorancia, o porque se sienten excluidos, muchos usuarios se esconden en perfiles falsos para molestar o posar de impertinentes y desafiantes.
En estas categorías son frecuentes los tonos de hostilidad, radicalización y violencia en las palabras que desvirtúan la calidad y utilidad de los comentarios y juicios expresados.
No obstante, reitero, las redes sociales son una realidad que han transformado y siguen transformando el mundo de los medios y de la vida de los ciudadanos. Se pueden usar para informar y para desinformar. De ahí la necesidad de usarlas conscientemente para mejorar la calidad de la información, para contribuir a la interacción de periodistas y audiencias.
¿Cómo desaprovechar la posibilidad de conocer las reacciones de los lectores y saber de qué están hablando? ¿Cómo no valorar las críticas argumentadas y el señalamiento de errores y vacíos de las informaciones publicadas? ¿Cómo no mantener actualizadas a las audiencias sobre informaciones nuevas o desarrollos recientes?
Las redes sociales nos ofrecen oportunidades valiosas en el periodismo porque son pistas clave para acertar en la construcción de la agenda informativa y mejorar de esta manera la calidad del periodismo.

Redes sociales: los más y los menos

Las redes sociales motivan juiciosos estudios y encendidos debates en el periodismo y la vida cotidiana porque han introducido cambios en la manera de relacionarnos y de estar informados y también desinformados.
Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, pregunta: “¿Considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”.
Internet y las redes sociales han impactado, y de qué manera, a los medios de comunicación impresos, radiales y audiovisuales. Casi todos pusieron sus ediciones y emisiones en la red y es aquí en este nuevo escenario donde reina una atmósfera de incertidumbre.
“No hay certezas acerca de cómo enfrentar el futuro del sector de los medios, pero los directivos reconocen la necesidad de seguir probando, de experimentar y de arriesgar, sin poner en peligro el negocio, pero reaccionando ante un entorno que se transforma cada vez con mayor velocidad”, anota el autor y docente español José Luis Orihuela en su libro Los medios después de internet.
El impacto de las redes sociales es evidente. Una investigación de The Reuters Institute for the Study of Journalism, basado en una encuesta de YouGov realizada a 50.000 personas de varios países, revela que el 28 % de los participantes de entre 18 y 24 años se informa a través de las redes sociales y el 24 % por televisión, según publicó hace unos días la agencia EFE.
Facebook es la plataforma que más usan los jóvenes para acceder a la información (44 %), seguida de YouTube (19 %), Twitter (10 %) y WhatsApp (8 %), añade el informe.
Otra demostración, quizá patética, es que los políticos apelan cada vez más a las redes para contactarse con las audiencias. No lo hacen por los medios de comunicación para evitar el proceso de verificación y confrontación claves del periodismo responsable y de calidad.
Las redes sociales están ahí, para bien y para mal. Los medios las usan cada vez más. Al inicio se percibió mayor timidez pero la novedad quedó atrás y ahora se diseñan estrategias para servir a las audiencias conectadas en forma permanente.
“En El Colombiano las utilizamos como una herramienta para conseguir nueva información, para saber que quieren los lectores y de qué hablan. Sabemos que las redes sociales tienen la capacidad de agrupar un gran número de personas con el fin de lograr acciones increíbles, por eso es que aprovechamos ese potencial para escuchar y darle voz a quienes no tienen voz”, dice Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital,
Añade que “las redes son un canal de noticias en tiempo real, donde los usuarios leen, comparten y opinan, nunca antes en la historia del periodismo la información viajaba en ambas direcciones como ahora y es gracias a plataformas sociales”.
Sobre los riesgos de las redes, tanto dentro como fuera del ámbito periodístico, hace dos días el periodista y profesor español Miguel Ángel Bastenier Martínez escribió: “Twitter, que es tecnología de punta, debería tener un mecanismo que automáticamente expulsara a los tuiteros que se dediquen a insultar”.
El mismo dispositivo sería ideal para filtrar los datos erróneos y los chismes que se visten de información para distraer la atención y sorprender a las audiencias.
Estos son algunos inconvenientes que experimentan estas modernas herramientas de comunicación. Sobre estos puntos riesgosos continuará la reflexión.

Fe de errores incompleta

El Colombiano tomó la decisión de publicar la sección Fe de errores para enmendar las imprecisiones, equivocaciones y toda suerte de fallos detectados por las audiencias o por los editores y periodistas. Una decisión acertada y consecuente como lo que estipulan el Manual de estilo y redacción y las políticas para mejorar la calidad.
No obstante, considero que los errores deben enmendarse tanto en la edición impresa como en la digital. Actualmente se corrigen solo en la primera pero en la web permanecen los fallos.
Estos ejemplos dan cuenta de las correcciones:
Caso 1. Página 12, edición del 18 de mayo.
En un párrafo del reportaje Otra avalancha de solidaridad para Salgar, se lee: “Según el director de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, Carlos Iván Márquez, la inversión alcanzará los 35.000 millones de pesos desde que comenzó la atención de la emergencia. Recursos aportados por la entidad, el Ministerio de Vivienda, la Gobernación de Antioquia, el Banco Agrario y la Fundación Bertha Hernández, entre otras…”.
La Fe de errores del día siguiente detecta y corrige: “… y la Fundación Bertha Hernández”. Correcto: Fundación Bertha Martínez”.
Caso 2. En la página 16 del 11 de mayo El Colombiano publicó una información imprecisa con el título El camino de Envigado hacia el Área Metropolitana: “Este cuatro de julio los envigadeños irán a las urnas para definir si su municipio ingresa o no como socio activo al Área Metropolitana…”.
La corrección de la Fe de errores, publicada el 12 de mayo precisa: “… la fecha exacta en que los envigadeños irán a las urnas es el 10 de julio”.
Caso 3. El 19 de febrero de este año, en la misma sección Fe de errores se descubrió y explicó otro error: “… el alcalde de Bello, Óscar Suárez Mira…”. Correcto: (…) el alcalde de Bello, César Suárez Mira…”.
Así ocurre: la Fe de errores detecta algunos y los corrige de una manera válida pero solo para los lectores de la edición impresa.
El periódico The New York Times tiene una sección similar y las correcciones las efectúa también en la edición digital. Por ejemplo, este 9 de mayo aclaró un dato equivocado:
“Un artículo de abril 27, acerca de la confirmación en Colombia de dos casos adicionales de bebes nacidos con daño cerebral, luego de que sus madres que contrajeran Zika durante el embarazo, establece que el año en que los investigadores encontraron secuencias de genes del Zika en la sangre de tres niños en Haití fue diciembre de 2014 y no de 2015”.
Efectivamente, al artículo Colombia Confirms More Birth Defects Linked to Zika, de la sección de Salud del 27 de abril le añadieron la respectiva corrección. (http://www.nytimes.com/2016/04/27/health/zika-virus-haiti.html?_r=0).
Pienso que esta es una corrección integral que obliga a los medios de comunicación que suman cada vez más lectores en las plataformas web, todos ansiosos de encontrar información veraz y de calidad.
Estoy de acuerdo con la opinión del periodista José Cervera, del periódico español El Diario: “Errar es humano, y por eso no hay actividad más humana que corregir lo errado y aprender para procurar no volver a equivocarse en el futuro. Internet es un inmenso depósito de información que durará muchos años, y que seguirá alimentándose y creciendo; si no creamos mecanismos para que los errores puedan ser reconocidos, corregidos y correctamente archivados acabaremos por no saber qué es verdad y qué es mentira…”.
Habrá que volver sobre esta reflexión…

¿El 46 % de qué…?

El rigor y la precisión son atributos del periodismo que con frecuencia escasean en los porcentajes, medidas, dimensiones, magnitudes y cifras de algunas informaciones. En las últimas semanas las audiencias han señalado varios errores:
El primer caso. El lector Rodrigo Cadavid Mejía, encontró imprecisiones en el reportaje, El inodoro es un lujo para el 46% del planeta, publicado el 5 de mayo.
Señala: “1) En la primera página dice muy claro, en el titular, que “…para el 46% del planeta” y luego en el texto habla de 2 mil millones sin inodoros. De dónde saca el periodista que ese 46%, de la población del planeta, equivale a dos mil millones. Haga la operación con la población aproximada de hoy que es de un poco más de 7.400.000.000 (siete mil cuatrocientos millones) y le da mucho más de 3 mil millones”.
Y continúa: “2) En la página 5, en el titular, vuelve y pone 2.000 millones, ratificando el error o la falta de información clara, ya que en el gráfico dice que “…46% de las…en países en desarrollo…”. Aquí aclara el error de la primera página y de ésta…”.
Segundo caso. Detectado por Marco Aurelio Arango Yepes, profesor de estadística de la Universidad de San Buenaventura. Hace referencia al reportaje, En 3 años vivirán en Sabaneta 100.000 personas, publicado el pasado 13 de marzo. Dice: “Con su nota periodística sobre Sabaneta , efectuó una relación entre el tamaño de ese municipio (15 kilómetros cuadrados) manifestando que tenía un área 554 veces más pequeña que el barrio Belén de Medellín…según el periodista, el Barrio Belén tendría 554 X 15 = 8.310 kilómetros cuadrados, con esta extensión este barrio de Medellín sería más grande que varios departamentos de Colombia como Caldas, Risaralda, Atlántico y Quindío, inclusive muy lejos del tamaño de la ciudad de Bogotá que no supera los 1.600 kilómetros cuadrados…”.
El anumerismo ha sido definido por John Allen Paulos como “incapacidad de manejar cómodamente los conceptos básicos de las matemáticas, como por ejemplo, los conceptos fundamentales de número y azar”, que afecta a los periodistas y a otras personas.
Esta suerte de temor o reverencia por los números lleva a la incorrección cuando los periodistas manejamos porcentajes, operaciones matemáticas, interpretaciones estadísticas y aun cifras simples, como los casos señalados anteriormente.
La consecuencia de estas equivocaciones es la pérdida de confianza y credibilidad. Si un dato está equivocado, el lector dudará, con razón, de la certeza de la información.
Considero que el rigor es condición de la calidad periodística y valor fundamental del principio de veracidad.
Ante un número, un porcentaje, una cifra, lo mejor es reducir la velocidad de la escritura y aumentar el nivel de concentración y análisis para no caer en equivocaciones.
Pienso también que es muy útil revisar cada número escrito, consultar a los expertos y mejorar las competencias matemáticas. Y, por supuesto, rectificar las equivocaciones.
Un buen ejemplo de corrección es el sistema de The New York Times. En la sección respectiva, Corrections, equivalente a la sección Fe de errores de El Colombiano, publica la respectiva enmienda. Y luego, al final del artículo, también añaden la respectiva nota. Es recomendable que los medios de comunicación lo hagan así, para que no se perpetúe y se multiplique el error. Y además, para honrar los principios de veracidad y responsabilidad social del periodismo.

¿Grados centígrados o grados Celsius?

La reflexión de la semana pasada sobre El lenguaje de los medios de comunicación motivó diferentes reacciones entre los lectores.
Una de las comunicaciones recibidas, la de Lisandro Mesa O., dice: “Me llama la atención esta frase en relación a los errores: “Quizá lo que más molesta a los lectores es ver que no se corrigen” y quisiera hacer una reflexión al ejercicio que describo a continuación; favor ingresar a la página web del diario, diríjase al buscador de noticias y escriba por ejemplo: “grados centígrados”, obtenemos 789 resultados, tenemos por ejemplo cuales y cuantos columnistas han cometido el gazapo (15), también observamos cual es el año donde más se cometió el error (2014 con 127), cuando fue la última vez que se cometió el error (22/04/2016)…”. Esta consulta, en el buscador de El Colombiano, corresponde a los años posteriores a 1970.
Y añade más adelante: “… y más que molestia la sensación es de tristeza, el ejercicio se puede repetir con “grados Richter” o cualquier otro gazapo en el que cae el periodismo escrito y las estadísticas no dejan de sorprender. Hay algo que me sorprende todavía más: el Manual de estilo y redacción de El Colombiano en su página 58, capitulo 3.8 al hablar de Temperaturas: “Las temperaturas se darán siempre señalando los grados y su respectiva unidad de medida. Así: Medellín tuvo ayer una temperatura de 37 grados centígrados. Recuérdese que existen otras referencias, como grados Celsius (equivalente a centígrados)…”.
Tiene razón el lector Mesa: El Diccionario de la Real Academia explica que “el uso del grado centígrado está obsoleto en el ámbito científico”.
Ahora se dice grados Celsius. Esa es la recomendación, aunque se advierte el uso generalizado de grados centígrados. Considero que el periodismo debe optar por la corrección idiomática para que todos los lectores, de todas las latitudes, pueden comprender la información.
Propiedad y precisión son dos atributos del lenguaje. Explica Wikipedia que “Anders Celsius definió su escala en 1742 considerando las temperaturas de ebullición y de congelación del agua, asignándoles originalmente los valores 0 °C y 100 °C, respectivamente (de manera que más caliente resultaba en una menor temperatura)”.
Esta escala para medir la temperatura pertenece al Sistema Métrico Internacional adoptado por casi todos los países del mundo desde 1960.
Sobre la referencia al Manual de estilo y redacción de El Colombiano considero que debe ser corregido y actualizado en su próxima edición porque ya no se debe escribir más grados centígrados sino grados Celsius. Se advierte que en otros países las temperaturas están dadas en grados Farenheit.
Es oportuno señalar que el símbolo establecido internacionalmente es °C, que consiste en un pequeño círculo seguido sin espacio de la letra C. Se deja un espacio entre la cifra y el símbolo: 23 °C, según lo aconseja la Fundación Español Urgente, Fundéu.
El lector Juan Crisóstomo Jiménez también comentó el tema: “…Está bien que se busque escribir bien, pero veo que algunos lectores son más papistas que el papa y todo lo critican…”.
Pienso que los periodistas no somos infalibles. Nos equivocamos como cualquier persona, pero tenemos la responsabilidad de escribir bien, correctamente. Alex Grijelmo, periodista y escritor español dice: “…quien no reconoce el error, no mejora”.
Seguramente la discusión no termina aquí…Mientras tanto, mi gratitud y la del periódico a quienes nos envían sus críticas.

“ACORRALADA MEDELLÍN POR EL SMOG”

El título corresponde a uno de los 36 informes de la serie periodística sobre la contaminación de la ciudad, publicada por El Colombiano, en febrero y marzo de 1976.
Este asunto, que preocupa hoy como hace cuarenta años, motiva esta columna, para ampliar la respuesta al lector León Darío Giraldo J. y atender la inquietud, de la lectora Eugenia Montoya A.: “…¿por qué los periodistas no investigan más sobre el problema ambiental? Miren los comentarios de los lectores a los artículos que ustedes mismos han publicado. Hay denuncias de fábricas que contaminan, opiniones serias, ideas para el alcalde Federico, etc. Ahí están, con nombres propios…”.
En 24 horas más de 200 lectores expresaron sus juicios sobre las decisiones tomadas por el alcalde Federico Gutiérrez Zuluaga para contrarrestar la emergencia ambiental.
El foro es un ejemplo de diálogo útil. Los comentarios expresan, además de las opiniones sobre dichas medidas, decenas de sugerencias y aportes para autoridades y ciudadanos.
Tiene razón la lectora: estas inquietudes deben servir para que los periodistas profundicen sobre los agentes y fuentes de contaminación y contribuyan a tomar conciencia ambiental.
Dos ejemplos ilustran la participación activa de las audiencias: Jotavelez dice: “Federico muy bien. Aún quedan medidas por tomar, qué vamos a hacer con los buses y camiones. Considero que igual que a las volquetas se les debe restringir su funcionamiento en ciertos días y horarios. Y en cuanto a horarios flexibles, que todas las instituciones privadas empiecen a trabajar a las 7:00 a. m., las públicas a las 8:00 a. m. y los colegios a las 9:00 a. m. Lo del tele trabajo está bien ojalá lo acojan los empresarios…”.
Androides sostiene: “Yo tuve un bus hace tiempos pero tengo algo que aportar, en las mañanas de 4.30 a. m. a 9.00 a. m. se sube al barrio y se baja el bus lleno y después de las nueve solo se cargan dos o tres pasajeros y así todo el día hasta las 5.00 p. m. que vuelve uno a subir la gente para el barrio. La empresa de buses nos obligaba a continuar quemando la gasolina en el tiempo muerto…”.
El esmog, que es un mal que aqueja a Medellín desde hace varias décadas, se ha vuelto peligroso en los últimos años: ha cobrado vidas y es visible el deterioro de la salud y la calidad del aire en toda la ciudad.
El tratamiento periodístico a este fenómeno debe ser riguroso y permanente, tal como está planteado en la columna del domingo anterior. Así lo reitera el periodista y escritor Javier Darío Restrepo cuando afirma: “El tema ambiental supone un cubrimiento integral. Con esto quiero decir que no puede limitarse a la reproducción de boletines o de entrevistas, sino que debe abarcar todos los temas conexos, puesto que esa conexidad es cada vez más compleja porque lo ambiental afecta o puede ser afectado por asuntos como la economía, la política, la planeación, el uso del tiempo libre, la acción de la justicia, las políticas sociales, etcétera. En cuestión ambiental todo está relacionado con todo, es un principio impuesto por la experiencia”.
Añade más adelante: “Esa afectación de lo ambiental, en activa y en pasiva, vuelve tan exigente el cubrimiento periodístico que la solución ideal en las redacciones es el trabajo en equipo, que permita una información integral. No se puede ignorar, so pena de incurrir en graves errores, que lo ambiental atraviesa todos los temas”. (Entrevista publicada en el libro de María Clara Valencia, Guía periodística Agenda Verde, Fundación Konrad Adenauer Stiftung, 2015: http://www.kas.de/wf/doc/18683-1442-4-30.pdf).

Bienvenidos a las publicaciones digitales

Tres lectoras se quejaron en los últimos días porque no pudieron acceder a publicaciones de El Colombiano a través de la web o porque tuvieron dificultades para registrarse o encontrar la información deseada.
La lectora Rosa Eugenia Ramírez pregunta: ¿Por qué la revista Nueva no aparece publicada o tardan muchos días en hacerlo? Soy lectora diaria de El Colombiano porque vivo en España y me interesa saber que está pasando en mi patria en donde viven mis familiares y amistades y ustedes tienen la información que busco…”.
También la lectora identificada como Adriana escribió varias veces en las últimas semanas: “¿Cuándo van a subir la revista Nueva del sábado 5 de Marzo a la edición digital? ¿Qué lástima que cada semana tenga que ´recordarles´ que la suban? ¿Será que ustedes no revisan sus contenidos? ¿Será que yo soy la única persona en el mundo que mira esta revista….?”.
Blanca Ligia Hurtado se queja: ¿Cómo hago para leer las revistas Viernes y Nueva, que ustedes publican los sábados, pero que a veces no puedo comprar el periódico esos días…?”.
Cómo acceder a las publicaciones. Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital encargado explica al respecto: “Para ver en internet las publicaciones impresas de El Colombiano existen dos maneras: la primera es escribiendo digitales.elcolombiano.com en cualquier navegador o haciendo clic en ´Impreso´ que aparece en la parte superior de elcolombiano.com. Ambas maneras llevan a una página que pide registro para acceder, la visualización de las ediciones impresas en internet es gratuita, sin embargo es necesario registrarse”.
“El formulario para usuarios nuevos pide unos datos básicos para registrarse, como nombre, correo electrónico y número de documento de identidad. Luego de este paso el usuario accede a la plataforma donde encuentra todas las publicaciones impresas, como el periódico El Colombiano, los suplementos de Deportes y Generación y las revistas Viernes, Paladares, Yok, Qué me pongo, Nueva y Turbo, así como todos los especiales impresos”.
Y añade: “Además de la última edición de cada publicación, en este lugar los usuarios pueden encontrar el histórico de las ediciones anteriores”.
Sobre la pregunta concreta de las publicaciones Nueva y Turbo, aclara: “En los últimos días hemos tenido algunos inconvenientes con la publicación de estas revistas en nuestras plataformas digitales, la razón es que es un servicio externo, que no corresponde a El Colombiano, y en algunas ocasiones los archivos que se suben a internet no llegan a tiempo. Es decir los días sábados para la revista Nueva y los miércoles, cada 15 días, para la revista Turbo”.
Considero necesario advertir que en elcolombiano.com se publican casi todas las informaciones de la edición impresa de El Colombiano, con excepción de algunos contenidos que son exclusivos del periódico impreso.
Los contenidos de elcolombiano.com se actualizan a medida que suceden los hechos o se registran nuevos desarrollos de las informaciones originales de la edición impresa o de la digital. Son dos plataformas informativas que se complementan y a las cuales son bienvenidos los lectores.
Posteriormente haré referencia a otros recursos de la web del periódico, especialmente a las facilidades que ofrecen las aplicaciones para los dispositivos móviles.

Lo más leído, lo más comentado

El lector Héctor Fabio Morales pregunta: “No entiendo cómo funciona la lista de lo más comentado. No entiendo por qué una información que poco nos interesa aparece en el primer lugar y otras de mayor importancia las veo más atrás o ya no aparecen en la clasificación que ustedes hacen. Quiero, señor defensor que me aclare qué es lo que pasa…”.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital encargado, explica al respecto:
“Lo más leído, Lo más compartido y Lo más comentado, es una zona ubicada en la columna derecha de la página web de elcolombiano.com; para su clasificación se tiene en cuenta las noticias publicadas en las últimas 24 horas. La idea es que allí se refleje el consumo que la audiencia hace de nuestros contenidos cada día. No tendría mucho sentido que siempre se mostrara la misma noticia como la más vista, si ese módulo digital mostrara la noticia más leída de todo el sitio web, es muy probable que la medalla de oro de Mariana Pajón en los Juegos Olímpicos de 2012 o un artículo sobre el salario mínimo de 2016 estuvieran siempre en el primer lugar”.
Añade: “Lo más comentado es un ranquin de acuerdo al número de comentarios que la audiencia recibe al interior del artículo, no se tiene en cuenta los comentarios que sobre esa noticia se hacen en redes sociales ya que esas son plataformas diferentes. Lo más compartido es un top 5 jerarquizado por el número de veces que han sido compartidos los artículos en la red social Facebook, que es la más utilizada en el mundo.”.
Pienso que hoy las audiencias participan activamente en el proceso informativo. Los contenidos son expuestos por los medios de comunicación precisamente para que los lectores comenten, sugieran, agreguen pistas para profundizar la investigación, entre otras acciones. Ya nos son solo receptores pasivos de la información, son lectores activos y pueden ir más allá hasta convertirse en coautores.
De acuerdo con los niveles de interacción, los medios digitales establecen esta zona en la que se hace la clasificación de las informaciones más leídas, comentadas y compartidas. Es una guía que muestra las acciones de las audiencias con respecto a los contenidos informativos y de opinión.
Incluso hay algunas experiencias que permiten reordenan, jerarquizar, todos los contenidos originales para presentar una propuesta nueva, según las preferencias de los lectores.
Un análisis que bien podrían realizar las facultades de Comunicación y Periodismo es el de estudiar la índole y calidad de los comentarios de un contenido específico, porque es claro que la clasificación o ranquin que hacen los medios, entre ellos El Colombiano, obedece solo al criterio de cantidad.
Así, un contenido de mayor trascendencia o impacto puede tener menos comentarios y además menos lectura que otro más ligero, que haga, por ejemplo, alusión a un personaje de la farándula.
Estos volúmenes de mensajes y comentarios también se explican por el momento o por la misma naturaleza de la información. Los resultados de un clásico local de fútbol motivan la participación de los hinchas, y un crimen, con rasgos dramáticos y crueles, también origina muchos comentarios.
Puede concluirse que este ranquin corresponde al modo de actualidad y relevancia otorgado por las audiencias, según la mayor o menor interacción. O como dicen algunos autores: se trata de la agenda alternativa, construida por la audiencia que actúa como editora.
Finalmente, considero de gran valor estas inquietudes de los lectores porque les dan la razón a quienes ven en las plataformas digitales la mayor fortaleza de los medios impresos, y su futuro.

Cuando se habla de gigavatios…

El lector Lisandro Mesa O. cuestiona la información publicada el día 17 de febrero sobre el daño registrado en la Central Hidroeléctrica de Guatapé: “…en la página 11 (Metro) de El Colombiano se reseña tres veces el siguiente dato: “8 gigavatios hora día genera la hidroeléctrica de Guatapé, en total 560 megavatios” citando al ministro de Minas y Energía, Tomás González Estrada. En la página web de EPM se lee: ´…esta central contribuye al sistema con 2.730 GWh de energía media anual…´. Como el dato esta en hora-año, hacemos la respectiva conversión a hora-día: 2.730 GWh / 365 días = 7,479 GW hora día, diferencia en cifras significativas de 0,521”.
Y añade: “Se infiere que nadie tiene más autoridad para este tema específico que el ministro, sin embargo El Colombiano debería ser preciso en cifras y cuantificaciones; debe ser difícil dudar y hacer algún tipo de cotejo entre la información de fuente creíble y las entidades que proporcionan el dato real; pero para entender la complejidad del caso imaginemos obtener la energía media anual a partir del dato del ministro: 8 GWh x 365 días = 2.920 GWh (una diferencia de 190 GWh que no puede ser interpretada como insignificante)…”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local, explica: “Ninguna verdad es absoluta y en la medida que las informaciones avanzan se conocen nuevas visiones, perfiles y datos estadísticos sobre los mismas. El periodista tiene el derecho y la obligación de profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro. En este caso específico, la información fue suministrada, de manera conjunta, por el Ministro de Minas y el Gerente de Empresas Públicas de Medellín, dos de las más grandes autoridades en la materia”.
Para echarle más luz al asunto y buscar una explicación técnica, consulté al ingeniero Adrián Ceballos López, quien labora en una las principales empresas de generación de energía del país:
“La conversión no puede hacerse directamente dividiendo por 365 días. Cuando EPM dice que genera energía media anual de 2.730 GWh es porque tiene en cuenta factores de planta, mantenimientos, etc. La planta puede producir en un solo día mucho más que 2.730 GWh/365 días = 7,479 GWh/día. Incluso si validamos la generación real de Guatapé, ha tenido días de más de 13 GWh de generación (24 horas a full capacidad), o por ejemplo en el 2015 la generación promedio fue de 7,025 GWh día.
Y concluye: “La generación real depende de las condiciones hidrológicas y de la estrategia que tenga EPM en un determinado momento del tiempo para no agotar el embalse. Decir que puede generar 8 GWh día es correcto y no va en contravía de que EPM publique que la energía media anual es de 2.730 GWh”.
Ahora, si nos atenemos al Sistema Internacional de Medidas, se debe decir kWh, MWh o GWh para hacer referencia a estas cantidades de energía. Cuando se trata de periodos mayores, se escribe GWh día o GWh año, para expresar la cantidad de GWh que se consume en un día o en un año, respectivamente. En realidad en el sector eléctrico no es frecuente el uso del término gigavatios día (GW día) sino gigavatios hora día (GWh día).
Estoy de acuerdo, el periodista está obligado a “profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro…”. En temas técnicos como este, es recomendable a la asesoría de fuentes expertas y el apoyo en documentos que permitan aclarar, explicar y complementar la información oficial. Solo de esta manera se garantizan el rigor y la claridad, dos de los requisitos del periodismo de calidad.

Con un ojo crítico

En la columna del 14 de febrero, Los comentarios y críticas de los lectores, me referí a los mensajes recibidos por la Defensoría de las audiencias en el año 2015. En total fueron 2.119 comunicaciones, el 34,7 % correspondientes a críticas y errores de contenido.
A este subconjunto le hice un examen de acercamiento: la radiografía señala que el 50,6 % atañe al uso incorrecto del lenguaje; el 26,4 % a falta de claridad y carencia de fuentes que contrasten los datos, principalmente; el 22,8 %, a malos cálculos matemáticos, errores numéricos o en la escritura de guarismos y porcentajes y a deficiencias en el uso del sistema internacional de medidas.
Este análisis detallado permitió conocer los casos más frecuentes y emprender, en consecuencia, una acción pedagógica entre los periodistas, para mejorar la calidad de los contenidos de El Colombiano.
Una de las claves para alcanzar el objetivo es la lectura crítica que realizan las audiencias. Conocer las dudas y los errores que detectan, permite enmendarlos y evitar su repetición.
Con grata asiduidad recibo informes de errores y gazapos de quienes con un ojo crítico leen el periódico. Es una fortuna contar con audiencias de esta calidad porque nos permiten mejorar los textos desde el punto de vista del uso correcto del lenguaje y también en asuntos que corresponden a la ética y a los principios del periodismo.
El lector Rodrigo Cadavid Mejía escribió sobre el examen de algunas informaciones y para cuestionar mi última columna, Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”: “En su columna de esta semana usted defiende, en un todo y por todo, a los periodistas de El Colombiano; según usted, ellos comprueban toda la información recibida de otras fuentes. Por lo menos, esto fue lo que yo entendí. Si es correcto, no se cómo explica usted tanto error conceptual y técnico que aparece en ese medio; que no se corrige, sino que se vuelve a repetir; aunque no sea el mismo, pero si similar…”.
Considero que la información es un bien público y que el periodismo se funda en los principios de veracidad, imparcialidad, transparencia y responsabilidad social. Su razón de ser es mantener informadas a las audiencias, a la ciudadanía. Contribuir a lograrlo es asunto de todos: periodistas, medios y lectores.
Los errores que detectan nuestras audiencias son puntos de partida para una acción pedagógica en la Sala de Redacción. Es clara la instrucción para escribir los textos con limpieza, siguiendo los requisitos de verificación datos y contraste de fuentes. Pero falta un mayor esfuerzo para alcanzar mejores estándares de calidad y credibilidad. En la sección Fe de errores se enmiendan algunos, ojalá se corrigieran todos.
Añade el lector Cadavid Mejía en otro de los apartes: “…en la página 17, (Entrevista al presidente de Celsia, Ricardo Sierra Fernández, edición del 24 de febrero), donde se lee ´…el millón de VTU (sic)…´. Lo correcto es BTU (British Thermal Unit), que es una unidad de energía o de trabajo. De todas maneras, me queda la duda que esa expresión la haya hecho el presidente de una empresa generadora de energía, que tiene porque conocer el tema y, más bien, el periodista oyó y le sonó mejor BTU con V pequeña y para salvar responsabilidad puso las comillas. Es mi gran duda…”.
Al respecto, el autor de la información explica que “el lamentable error se debió a un descuido en la digitación y en segundo lugar a la falta de corrección del texto antes de publicarse”.
Esta reflexión continuará en la próxima columna.