Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”

El lector Juan Leonardo Montoya se cuestiona la conducta de algunos periodistas que reproducen casi textualmente los boletines y acuden pasivos a las ruedas de prensa.
“Voy a quejarme en sentido general de algunos medios de comunicación y a preguntarle su opinión: ¿no le parece poco profesional la información que reproduce las mismas palabras de los comunicados y ruedas de prensa sin averiguar más ni agregar antecedentes…? ¿Qué piensa usted? ¿No cree que los periodistas están fallando?”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local y Regional, explica: “Buena parte de la labor del periodista es la de fiscalizar, husmear, indagar que hay más allá de los hechos y versiones que entregan las autoridades, gremios, laboratorios, el ciudadano informado y el hombre de a pie. Para una información objetiva y transparente puede tener tanto valor lo que dice el Presidente de la República, como lo que dice un ciudadano del común al que se le han violado sus derechos o fue testigo de un acontecimiento.
Y añade: “El boletín de prensa, como la voz de quien llama a denunciar determinado hecho es apenas un insumo en la confección de las noticias. Es responsabilidad del periodista ir más allá del mismo para corroborarlo, desmentirlo o simplemente descartarlo por su falta de valor. De semillas insignificantes nacen los grandes árboles y el hombre mismo”.
Ni más ni menos. El maestro Javier Darío Restrepo enfatiza sobre el asunto: “Un periodismo que se limita a reproducir esos materiales es un periodismo mediocre, que no le ofrece garantía alguna al lector y que lo deja indefenso en manos de las oficinas de prensa de las entidades privadas o públicas, en las que suele hacerse propaganda, pero no información”.
Los boletines de prensa son puntos de partida y referencia. Sus contenidos deben someterse a la verificación y contraste de fuentes diversas para que se conviertan en información periodística veraz, imparcial, transparente y responsable.
El séptimo punto del decálogo del periodista creado por escritor el argentino Tomás Eloy Martínez es contundente: “Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero”.
Este periodismo de “palabras prestadas”, reproducidas fiel y torpemente de notas y ruedas de prensa, va en contravía de los principios éticos y del interés general, pilares que construyen la confianza y la credibilidad de las audiencias. Una sola fuente no es garantía de información confiable.
Considero que los periodistas de El Colombiano, verifican los datos y declaraciones que contienen los comunicados y notas, los amplían y aclaran, los contextualizan y producen un texto con los estándares de calidad exigidos por el Manual de estilo y redacción.
Con respecto a las ruedas de prensa observo que a veces se atomizan y algunos periodistas optan por la pasividad sin preguntar ni repreguntar en estos actos que se repiten con alta frecuencia, principalmente en entidades gubernamentales. Por fortuna en nuestro medio no existen las ruedas de prensa de meras declaraciones, sin preguntas.
No se puede olvidar que estas son acciones de los departamentos de comunicación, cuyos objetivos son diferentes a los del periodismo, porque ofrecen la visión unilateral y parcial de los hechos que afectan a la ciudadanía.
Los boletines de prensa bien elaborados, con declaraciones de interés público y rico en datos soportan el valor periodístico suficiente para incluir algún aparte dentro de la información compilada, producto de la averiguación realizada por el propio periodista.

 

Los comentarios y críticas de las audiencias

La Memoria de la Defensoría de las audiencias es el documento que cada año entrego a la Dirección del periódico. Contiene el resumen de las actividades; el análisis y la clasificación de los comentarios, observaciones, sugerencias y críticas de los lectores; las columnas del Defensor, y algunos anexos y recomendaciones.
El año pasado recibí 2.119 comunicaciones, casi todas por correo electrónico y en menor medida a través de llamadas telefónicas y cartas.
La clasificación de los mensajes indica que el mayor volumen corresponde al señalamiento de errores de diversa índole y de críticas al contenido: 37,4 %. En el año de 2014 esta categoría alcanzó el 38,4 %.
El segundo rango más alto, 33,6 %, lo ocuparon los comentarios, sugerencia y denuncias de los lectores sobre hechos relativos y complementarios a las informaciones. En el año inmediatamente anterior fue del 27.7 %.
En el tercer volumen mayor de comunicaciones de las audiencias están clasificadas las que atañen a observaciones y recomendaciones para adelantar investigaciones periodísticas, por parte de la redacción, sobre temas que afectan el interés general: el 9,5 %, guarismo similar al de 2014.
Un 5,6 % del conjunto de mensajes corresponde a críticas y aplausos u observaciones a los editoriales y columnas de opinión.
Otros datos son los siguientes: comentarios y quejas sobre el sitio web, 9,0 %; otros comentarios sobre el contenido, 2,4 %; sobre áreas del periódico diferentes a la de contenidos, 2,3 %.
Vale advertir que la Defensoría de las audiencias solo recibe una parte de los mensajes. También les llegan comunicaciones a la directora y a los periodistas, editores.
Estos mensajes los dirijo a los macroeditores y a la dirección para que les respondan a los lectores y decidan las acciones pertinentes. Sobre algunos de los comentarios escribo esta columna semanal e internamente estimulo la autocrítica en la sala de redacción, mediante la lectura sugerida de libros y documentos en la intranet del periódico.
Es evidente que en sala de redacción urge una mejor gestión de calidad para que los gazapos no se repitan y para sostener y mejorar los estándares que le dan credibilidad a la información, a sus autores y al periódico.
La publicación de la sección Fe de errores, en la edición impresa y en el sitio web es una acción sensata y transparente. Sin embargo, no todas las equivocaciones se corrigen, lo que puede originar una atmósfera de frustración en los lectores que contribuyen a detectarlas y de apatía en el interior del periódico. Y lo peor, el deterioro de la confianza y la credibilidad porque la imprecisión y el error quedan sin enmendarse.
De acuerdo con la filosofía del periódico los errores deben corregirse lo más pronto posible por razones éticas y de calidad, así lo consagra el Manual de estilo y redacción.
Los periodistas no somos infalibles, podemos errar, pero también podemos y debemos corregir. No hacerlo es sumarle otro error, como he insistido en columnas anteriores referentes a este mismo asunto de la Fe de errores.
¿A quién corresponde corregir los gazapos? En primer lugar el autor del texto informativo debe escribirlo correctamente. Es también función de los editores y macroeditores, quienes deben darle el último chequeo antes de la publicación Y también compete a los lectores. Muchos hacen un gran aporte cuando detectan los errores y nos envían sus críticas y comentarios.
En este orden de ideas les reitero la invitación a las audiencias para que nos ayuden a mejorar la calidad del periódico.

“Eres lo que escribes…”

Con frecuencia recibo quejas por el lenguaje ofensivo, agresivo y de odio que se emplea a veces en los comentarios y mensajes de las redes sociales y del el foro de lectores.
Es una realidad que preocupa. Las expresiones agresivas van desde la burla hasta el lenguaje de odio usado abusivamente para lastimar a otras personas por motivos raciales, de sexo y de credos religiosos e ideológicos y aún por condiciones socioeconómicas.
Estos mensajes se reproducen exponencialmente por acciones de aprobación complaciente, irreflexiva y aún cómplice, cuando se trata de un comentario difamatorio o injurioso.
A veces surgen voces que van en contravía de las expresiones inmoderadas que reclaman argumentos en vez de frases irracionales y mal expresadas.
La libertad de expresión es uno de los derechos más valiosos conquistados por la humanidad y consagrada en el universo de las normas que rigen a los ciudadanos de todas las latitudes. Solo hay un límite: el de los demás derechos humanos.
El derecho a insultar no existe. Además es una salida falsa de quienes quieren interactuar sin ideas ni argumentos.
Suplantar la identidad o usar un seudónimo para agredir y disparar palabras desde la trinchera del anonimato es un delito. Un acto tan cobarde como quien tira la piedra y esconde la mano, en vez de dar la cara y expresar libremente sus juicios sin menoscabar el buen nombre y reputación del otro.
No hay justificación para revelar intimidades o echar al vuelo rumores y prejuicios alejados de la verdad. Hacerlo, trasgrede el derecho a la intimidad y honra de las personas.
Burlarse de alguien y discriminarlo por cual causa son conductas infames que atentan contra la dignidad de las personas y pueden ser castigadas con “el precio del dolor”.
Más allá de ponerle lupa legal a estos excesos de intolerancia y desenfreno verbal o de complacencia irreflexiva, que encajan perfectamente en los tipos penales de los códigos, urge una acción colectiva que desestimule las expresiones insultantes y aliente la argumentación.
El mundo de hoy, que no se explicaría sin las redes sociales, tan involucradas en la vida personal como en la de los medios de comunicación. Si se utilizan para molestar, maltratar, calumniar e injuriar, la conducta de los autores oscila entre la de un incivil y la de un transgresor.
“Eres lo que escribes, eres como escribes”, es una frase afortunada que debe trascender el cuidado del lenguaje y la corrección idiomática que usa el autor en sus tuits y comentarios.
EL COLOMBIANO acaba de lanzar una campaña (#HablaDeTI), en Twitter, Facebook y Youtube (Las redes sociales hablan de quien las utiliza, reportaje de Marcela Vargas Aguiar, publicado el 31 de enero, página 33). La reflexión tiene el propósito de enriquecer la interactividad de las audiencias y desanimar la intolerancia y la comunicación violenta a través de las redes.
La explica la directora Martha Ortiz Gómez: “El periódico cree en las redes sociales y en el debate pero quiere promover que se haga con respeto y argumentación. Colombia ha tenido suficiente intolerancia y violencia, si queremos evolucionar a un país en paz, contemporáneo y democrático debemos elevar el nivel de nuestras conversaciones para que de ellas salgan conclusiones relevantes, y que podamos construir tanto desde los acuerdos como desde los desacuerdos”.
Creo que la interacción, a través de las redes sociales y del foro de lectores, compromete también el esfuerzo de formar audiencias activas y responsables, que participen y actúen de manera inteligente, tolerante, cívica, correcta y civilizada.

Si la información no encaja en los códigos

El lector Lisandro Mesa O., dice: “Hace poco durante un ´curso de manejo defensivo´ recuerdo que el instructor nos hizo énfasis sobre la gran diferencia entre ´accidente´ e ´incidente´ (clase 5), aunque el Código Nacional de Tránsito se queda corto al no incluir la definición de incidente (capítulo 2), si establece para accidente de tránsito: …evento generalmente involuntario, generado al menos por un vehículo en movimiento, que causa daños a personas y bienes involucrados en él…”.
Añade: “Ante esto es claro que antes de sufrir un accidente nos enfrentamos a varios incidentes como consecuencia de actuaciones inseguras sin llegar a ocasionar algún tipo de daño o lesión. En la noticia de El Colombiano del domingo 3 de enero de 2016 (página 17, Metro) el periodista utiliza el término incidente (tres veces) y accidente (cinco veces) para referirse al mismo evento…”.
Y pregunta: “Mi duda es: el uso de cualquiera de los términos incidente o accidente como los emplea el periodista ¿es indiferente?, o por el contrario se trata de dos situaciones diferentes y por ende ¿es incorrecto?…”.
Carlos Mario Gómez, editor del Área Metro, explica: “De antemano, gracias por su reflexión. Coincidimos con usted en que los términos incidente y accidente tienen significados diferentes, puesto que el accidente implica daños (no solo víctimas ni lesiones, daños —´Suceso eventual o acción de que resulta daño involuntario para las personas o las cosas´, define el diccionario de la Real Academia Española—; el incidente se define como el hecho que sobreviene en el curso de un asunto o se relaciona con él (tomado de la misma fuente). Aplicamos en consecuencia el término incidente de tránsito para todo lo que ocurre que tenga relación con la circulación de vehículos, y accidente para aquellos incidentes que provocan daños de manera involuntaria. Un incidente en el que no hay lesión, como usted propone y pasa a menudo, es un accidente si implica daños causados sin que sea ese el propósito. Un accidente, no un ´casi accidente´.
La opinión de Eduardo Aristizábal Peláez, abogado y periodista es la siguiente: “Me permito responder la inquietud con un ejemplo: Voy en mi vehículo, cambia el semáforo a rojo y freno. El conductor del vehículo que me sigue no frena oportunamente, golpea fuertemente mi carro y los 2 resultan averiados. Estamos frente a un accidente de tránsito, porque hubo un hecho involuntario, no deseado y hubo daño, en este caso material”.
Y añade: “Pero yo me bajé muy molesto y el otro conductor también y discutimos fuertemente. En esta segunda parte del relato hubo un incidente, porque fue una decisión voluntaria, consciente, de los dos. La diferencia entonces entre accidente e incidente es muy sutil y se discute permanentemente. En el accidente hay daños materiales o humanos o pérdida de vida y no es deseado, es un imprevisto. El incidente se da como resultado de una decisión voluntaria y consciente y no hay lesiones ni daño”.
Es frecuente el desconcierto en informaciones con términos jurídicos. Considero valiosa la observación del lector porque además de la crítica invita a la discusión de estos asuntos que surgen a diario en las redacciones, sobre todo cuando por ligereza o ignorancia los periodistas no usamos los términos propios, empleamos sinónimos a la ligera o simplemente los confundimos.
Antes de publicar, los periodistas tenemos el reto de estudiar y resolver las dudas que se presentan con el uso de un término jurídico y analizar los casos en los que se lía con el lenguaje periodístico para escoger la expresión propia. Es la única forma de informar con claridad, rigor y responsabilidad.

Cuando la ortografía es un desastre…

Una observación recurrente es la que plantea el lector Jesús Antonio Tamayo: “Vivo sorprendido por la mala ortografía de muchas personas que escriben comentarios en los periódicos y mucho más, perplejo, debido a los errores que se cometen en las redes sociales. ¿No considera usted que la ortografía es un desastre en estos medios? Quiero que escriba en su columna sobre el tema…”.
Es evidente que el lector está preocupado y molesto porque a diario lee lo que escriben otras personas, quizá con descuido o algo de ignorancia.
Sin embargo, la respuesta no es sencilla porque aquí confluyen varios factores que es oportuno tener en cuenta.
En primer lugar, nunca como hoy habíamos estado ante una explosión de opiniones y expresiones en el foro de los lectores y en las redes sociales.
Los teléfonos inteligentes, computadores y tabletas están a la mano de millones de personas que pueden teclear un mensaje en forma sencilla e instantánea.
Ahora, todos estamos más expuestos a que conozcan qué pensamos y en este caso, cómo nos expresamos, cómo escribimos. Además, usamos expresiones más cercanas a la oralidad,
En estas circunstancias no podemos manifestar que la ortografía es un desastre por el auge de las redes sociales y el uso compulsivo que de ellas hacemos.
En segundo lugar aparece el problema del uso del lenguaje. En los comentarios de las audiencias en los medios de comunicación y particularmente en la comunicación a través de las redes sociales observamos que muchas palabras son abreviadas, algo así como si se tratara de una oleada de expresiones reducidas e influenciadas por la economía de tiempo y espacio.
Algunos lingüistas no le ven problema a este fenómeno porque dicen que en la edad media se permitían emplear palabras abreviadas. Más bien, observan cierta dosis de creatividad en las nuevas formas de escritura.
No obstante, si comunicar es poner algo en común, es vital que el receptor comprenda el mensaje tal cual lo difunde el emisor.
Así lo expone Creóbulo Sabogal, de la Academia Colombiana de la Lengua: “Puede que el mensaje se entienda, pero no significa que sea legible. Hay que aprender a interpretar los símbolos, imágenes y abreviaciones para entender un mensaje”.
En lo que si hay consenso es en el reclamo por la mala ortografía y otros errores comunes. La corrección idiomática es un requisito del lenguaje, igual que la sencillez, la claridad y la propiedad.
Escribir correctamente es un valor de la escritura en el trabajo o en el medio educativo. No es mérito exclusivo de los escritores.
Parece que los errores no solo se cometen en las redes sociales. El escritor Juan David Villa sostiene: “La escritura en redes sociales y en chats, en general, es tan descuidada como la del cuaderno del colegio o del diario personal, solo que es pública, la ven muchos”. Esta afirmación fue publicada hace poco en este mismo diario.
La falta de lectura de autores recomendados por su estilo y calidad de sus libros y otros problemas del sistema educativo explican muchos de estos gazapos.
Por fortuna surgen acciones que buscan estimular el uso correcto del idioma como la que impulsa la Fundación Español Urgente, Fundéu. Y también, por suerte, muchas de estas iniciativas son emprendidas en las mismas redes sociales y en blogs que están al alcance de audiencias y usuarios.
Esta cruzada por el buen uso del lenguaje cuenta con miles de seguidores, quienes saben que la mala ortografía atenta contra el buen nombre del autor y la credibilidad de sus opiniones.

Entre el control y el autocontrol del periodismo

La lectora Blanca Margarita Jaramillo escribe: “Estuve leyendo la última columna sobre las audiencias y quiero saber si es posible que los periodistas se autorregulen o es mejor para los lectores el control del gobierno sobre la información. Voy a estudiar en la universidad y sé que esa es una discusión permanente en la facultad….”.
Este asunto tiene muchos enfoques y depende de condiciones profesionales y empresariales, de las circunstancias políticas de cada país y de posturas ideológicas y personales sobre la información, el derecho de información o comunicación y la libertad de expresión.
La información es un bien social y la libertad de expresión es un requisito de la democracia. Hoy nadie lo discute. No obstante, el panorama es amplio y complejo. Algunos países controlan la información, hay gradualidades de regulación y de corregulaciones.
Ahora bien, las naciones regulan el espectro radioeléctrico. La gestión de este bien público determina normas que deben respetar los concesionarios de las estaciones de radio y televisión. Colombia es uno de los países que establece estatutos para estos medios de comunicación audiovisuales.
En los países totalitarios hay un control de los medios de comunicación, igual que de los partidos políticos y de otras instituciones. Las audiencias reciben solo una versión de los hechos: la oficial.
También hay países en los que los gobiernos dictan normas para ejercer cierto grado de control de la información, incluso en los periódicos y medios privados, Pero en el afán de defender a las audiencias puede vulnerar la libertad de expresión.
Ecuador está implementando por estos días la Ley Orgánica de Comunicación.
En el primer título se consagra que “…Para efectos de esta ley se considera medios de comunicación social a las empresas y organizaciones públicas, privadas o comunitarias que prestan el servicio público de comunicación masiva usando como herramienta cualquier plataforma tecnológica….”.
Esta ley determina hasta el detalle cómo debe ser la información que reciben los ecuatorianos y cuáles son las reglas que deben observar los medios de comunicación y los periodistas.
En Colombia la norma constitucional es general: “Articulo 20. Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura”.
En estas circunstancias, se puede decir que los derechos de las audiencias a recibir información veraz e imparcial queda en manos de periodistas y medios de comunicación. El Estado entrará a mediar cuando hay vulneración de otros derechos fundamentales como la honra de las personas.
El autocontrol del periodismo garantiza esos derechos. Los principios éticos de la profesión y los que consagran los manuales y las declaraciones filosóficas de los medios de comunicación y las agremiaciones periodísticas protegen el derecho de información. Son la guía del ejercicio responsable y profesional de los periodistas.
Existen otros instrumentos como las defensorías de las audiencias y los observatorios de medios que nacen dentro del marco del autocontrol del periodismo.
Las defensorías son figuras mediadoras entre los lectores, oyentes y televidentes y los periodistas y directivos de los medios. Ellas son la voz de la audiencia en el interior de las salas de redacción.
En cumplimiento de sus funciones desarrollan acciones que van dirigidas a mejorar la calidad periodística y a reflexionar sobre temas de interés de audiencias y periodistas.
Este asunto es, repito, amplio y complejo y motivará nuevas consideraciones en próximas columnas.

Audiencias críticas: el centro del debate

Este fin de semana se realizó en Cartagena el Segundo Congreso Latinoamericano de Defensorías de las Audiencias.
En el escenario académico participaron más de treinta defensores, investigadores y expertos nacionales e internacionales, quienes expusieron sus ponencias sobre diversos asuntos.
Las reflexiones y debates se centraron en las audiencias como sujetos de garantía del derecho de comunicación; los nuevos desafíos que enfrentan hoy las defensorías; la formación de audiencias críticas; el estímulo a la participación; la regulación, corregulación y autorregulación de los medios de comunicación, y en la exposición de los casos más exitosos gestionados por las defensorías participantes en este certamen latinoamericano.
Los derechos de las audiencias corresponden al principio universal según el cual la información es un bien público, esencia y requisito de la democracia.
“Si algún estatus tenemos como ciudadanos es el de ser audiencias. Somos audiencias, no consumidores”, sostuvo Guillermo Orozco Gómez, investigador y profesor de la Universidad de Guadalajara, México.
Regular o no regular ha sido un dilema. En general hoy los países han optado por la regulación o la corregulación del derecho a la información y el establecimiento mecanismos que ejercen el papel de veedores públicos de los contenidos de los medios de comunicación, mediante el cumplimiento de leyes y normas.
Estas estrategias son adoptadas para los medios audiovisuales, que son los beneficiarios de las concesiones, al usufructuar licencias del espectro radioeléctrico, un bien de la nación.
Sin embargo, algunos países son partidarios de extender también esas normas a los medios de comunicación privados.
Considero que la autorregulación es el escenario ideal en el que los periodistas y los medios pueden asumir el respeto de los derechos de las audiencias por convicción y norma de conducta, mediante el respeto de las normas constitucionales y legales, los códigos de ética, los manuales de redacción y estilo y las guías de cubrimiento periodístico de los acontecimientos más complejos.
Las defensorías, los observatorios de medios y las audiencias críticas se convierten en instrumentos que le ayudan a la sociedad a que el derecho a la información sea una garantía real y no mera letra muerta en las normas legales y en los códigos profesionales.
Las audiencias, como titulares de este derecho: merecen información veraz, contextualizada, imparcial, plural, transparente, oportuna y de calidad.
Incluso tienen derecho a que los contenidos observen las normas de uso correcto del idioma y a otros aspectos puntuales y detallados, como los expresados por el investigador y escritor Germán Rey Beltrán al referirse a la falta de rigor: “Son graves enfermedades del periodismo el unifuentismo, la restricción de los géneros periodísticos a las noticias y breves y fallas del contexto, la exagerada atención a los victimarios y no a las víctimas…”.
“Los lectores critican la falta de memoria, las versiones parciales y las acusaciones sin fundamentos…”, agregó.

En el caso de la televisión, las audiencias tienen derecho a no ser engañada con propaganda y publicidad encubierta y a no ser sorprendida con contenidos que afecten la sensibilidad, vulneren los derechos de los niños o discriminen.

Varios de los expositores coincidieron en la urgencia de formar audiencias o al menos facilitar la comprensión de los contenidos y los procesos de producción y difusión de los medios y, por supuesto, en la promoción de sus derechos.
En cuanto las defensorías, la urgencia pasa por divulgar mejor el papel mediador entre las audiencias y dentro de las salas de redacción producción, con el fin de que contribuya con más eficacia a la garantía de los derechos y a mejorar la calidad de los contenidos.

¿Cuántos habitantes tienen Malí y Katmandú?

El lector Jesús Román llamó este viernes para señalar un error en la información sobre los actos terroristas de Mali. En una información gráfica complementaria, la leyenda decía: “Malí es un país de África Occidental con 145 millones de habitantes”. Y sugiere: “…por qué no lo averiguan en Wikipedia…”.
A finales del mes de abril se registró un terremoto en Nepal dejando miles de muertos. En esa oportunidad El Colombiano publicó que la ciudad de Katmandú tenía “10.8 millones de habitantes”, según alertó el lector Michel Taverniers.
También, nos escribió el señor Taverniers, el pasado 27 de junio, para indicar otro gazapo: “…1.8 millones de jóvenes hay en el mundo de entre 10 y 24 años… Hay que leer el texto para saber que son 1800 millones…”.
Estos son tres casos concretos de equivocaciones lamentables: Mali es un país con 15 millones de habitantes y la ciudad de Katmandú cuenta con un poco más de un millón.
Lo más seguro es que no sepamos cuántos son los habitantes de una ciudad o el año de fundación, o cualquiera otra cifra o referencia que usemos en la redacción. Pero no hay excusa para publicar un error porque todos los datos los debemos confirmar y contrastar con anterioridad.
Quizá al temor latente de emplear números y estadísticas se suma la presión por la actualidad y por estas circunstancias los textos informativos no se revisan ni las cifras se concilian con fuentes seguras, causando estos gazapos.
Con frecuencia recibo críticas de los lectores por equivocaciones en porcentajes, cifras, estadísticas, precios y medidas que además de corregirlos en la Fe de erratas requieren una estrategia pedagógica que enriquezcan las competencias de los periodistas y optimicen las rutinas de control y revisión de la información, por parte de los editores y correctores.
Aunque ya me había referido a este mismo asunto en la columna Inexactitudes y errores numéricos, publicada el 7 de julio, vale la pena volver a la reflexión de un experto formador de periodistas.
El profesor Rosental Alves, director del Centro Knight para el Periodismo en las Américas, una institución de investigación y educación de la Universidad de Texas, Estados Unidos, sostiene que “Es cierto que muchos de nosotros nos convertimos en periodistas porque en algún momento de nuestra vida quisimos escapar de las matemáticas, pero también es cierto que nunca antes había sido tan importante para los periodistas superar cualquier miedo o intimidación para aprender sobre números y estadísticas”.
Y otro de los profesores del centro, Greg Ferenstein, quién participó hace poco en un seminario de matemáticas para periodistas, afirmó: “Afortunadamente usted no necesita un doctorado en matemáticas o algo cercano para ser capaz de pensar críticamente acerca de un estudio. Usted sólo necesita unas pocas herramientas para comprender cómo se hace la investigación académica y qué diferencia un estudio bueno de uno malo”.
Los periodistas no tenemos otra opción: estudiar un poco de matemáticas y estadística. La información precisa es vital a la hora de tomar decisiones. Si el periodismo busca garantizar el derecho a la información del ciudadano, si tiene entre sus funciones descubrir la realidad de los hechos, interpretarlos y transmitirlos con rigor, exactitud y transparencia, los periodistas debemos acoger la formación y evitar los descuidos para no caer en estas equivocaciones.
Un solo clic puede establecer el grado de la calidad de un texto periodístico. Con la acción corregimos datos falsos, aclaramos estadísticas confusas o salimos de la incertidumbre.

 

Rumores y mentiras: ver para creer…

El lector José Luis Jaramillo dice: “… leí el interesante artículo Rumores que buscan ser noticia, publicado en la página 30 de la edición de El Colombiano del 24 de octubre. Me quedó claro que los periodistas deben confirmar las noticias antes de trasmitirlas, pero esto no ocurre siempre, sobre todo en las redes sociales que están inundadas de tanta basura. Le pregunto a usted ¿quién podrá salvarnos de estos rumores? Ver para creer…”.
Dos lectores comentan este texto periodístico. Alejo Duque reclama: “Los medios de comunicación son los primeros que deben rectificar toda información que les llegue para poderla transmitir a la ciudadanía de cualquier parte del mundo”.
Y Andrés opina: “Es verdad, mucha gente cree a ciegas lo que lee en internet o le llega por cualquier sistema, por favor, cuando le llegue una información verifique primero antes de creérselo y peor aún reenviarlo”.
Desde antes del auge de internet y de las redes sociales el periódico guarda como filosofía y norma ética el desacierto de difundir estas versiones: “El rumor no es noticia en EL COLOMBIANO. Publicarlo es darle entidad de hecho comprobado, con los naturales riesgos para la credibilidad del periódico y para las personas involucradas. El rumor debe utilizarse sólo como una pista que puede conducir a hechos comprobables”.
Los autores de la mayor parte de los rumores e informaciones pueden estar bien intencionados: quieren comunicar algo que según ellos interesa a las audiencias de un medio de comunicación social. Sin embargo, sus informaciones carecen de rigor o resultan falsas, inexactas y descontextualizadas.
El periodista que las acoge para comunicarlas no les puede endosar la responsabilidad a estos ciudadanos que de buena fe las envían a los medios o las publican en sus perfiles de una red social. Se trata de datos en bruto que constituyen apenas el punto de partida para la investigación periodística.
La credibilidad del periodista y del medio de comunicación está soportada en la idoneidad profesional y en su conducta ética. Todas las noticias deben referirse a hechos reales, comprobados y contrastados. Es decir, confirmados por fuentes distintas y distantes, para que se garanticen los principios de veracidad y pluralidad.
La verificación es condición ineludible del periodismo responsable. El afán por la primicia es una trampa que con frecuencia se presenta en los medios y surge como disculpa inaceptable.
Ahora, unos cuantos rumores son mentirosos. “…existen desocupados que quieren inundar las redes sociales y los medios de comunicación con el objetivo de contar una supuesta hazaña, la idea es poder contar la anécdota y reírse”, expresa Víctor Solano, analista de medios digitales, en el reportaje que publicó el periódico el 24 de octubre y que motiva esta reflexión.
El escenario en los que se mueven hoy los medios de comunicación, creado por internet, que facilita la participación cada vez más activa de las audiencias, genera nuevos desafíos a los periodistas para evitar caer enredados en estos rumores y mentiras.
Y no solo estos engaños se registran en los periódicos: esta semana denunciaron falsos perfiles de Facebook de la presidencia de Ecopetrol en los que se ofrecían vinculaciones laborales a la empresa petrolera a cambio de millón y medio de pesos.
Considero que la experiencia profesional, la duda como método para escrutar la realidad de los hechos y la transparencia y el rigor, como valores éticos del periodismo, son los mejores instrumentos para no creer en toda la información que recibimos de primera o de segunda mano.

Corresponsales: antecesores del periodismo ciudadano

La última columna motivó la reacción de varios lectores que llamaron y escribieron para expresar sus opiniones sobre cómo es el tratamiento que le da el periódico a las informaciones de los municipios.
Sin excepción, tuvieron una voz de reconocimiento a los encargados de la sección de noticias municipales, entre ellos Fabio Guarín Duque, Carlos Puerta Sepúlveda y Carlos E. Serna. Igual, sin excepción, reclamaron un mayor cubrimiento de los acontecimientos locales.
Uno de los interlocutores, Santiago Bustamante expresó que “solo vienen a nuestras poblaciones cuando el río se sale del cauce y provoca una tragedia con muertos…”.
Antonio M. Estrada Saldarriaga dice: “…Este ejercicio reclamado creo que no le cuesta nada a la empresa El Colombiano, como no le costó otrora, cuando lo hice desde la columna: Desde los Municipios, de Fabio Guarín Duque, el rionegrero. Nunca cobró mi profesor y corresponsal de Granada Alonso Giraldo Hoyos. Creo que los que cumplimos con esa tarea lo hicimos con orgullo por el periódico y con cariño por el desarrollo de las regiones y muy en especial de nuestras localidades”.
Fernando Ossa Arbeláez, abogado, exprofesor de la Universidad de Antioquia, describe y resalta la labor de los colaboradores. Aquí los principales apartes:
“Trata usted de los corresponsales y, de inmediato, vienen a mi memoria dos periodistas que nos sirvieron de guía y de orientadores cuando existían –infortunadamente desaparecidos- los llamados corresponsales en los pueblos. Cuánto le sirvieron al Departamento, con sentido descentralista, nuestros recordados Carlos Puerta Sepúlveda y Carlos E. Serna Serna, quienes, con su decidido amor por los ‘provincianos’ descubrieron muchos ‘corresponsales’ quienes, de qué manera tan admirable, suministraban información verídica y oportuna, y presentaban artículos de fondo que el periódico recogía y que, puedo afirmarlo con conocimiento de causa, hacían que El Colombiano fuese esperado con ansias en los distintos municipios porque estos se sentían, con sus publicaciones, comunidades importantes y, más aún, trascendentales sus trabajos, sus empujes, sus proyectos y sus realizaciones. La emulación entre los pueblos, al conocer, por el periódico, los alcances de sus vecinos, despertaba los deseos de progreso en conocimiento, en cultura, en civismo y en educación.
Y añade: “Muchas de las inquietudes y obras de beneficio comunitario, que son ejemplares para ciudades y pueblos, quedan en el olvido y apenas se conocen las de la capital. Solamente se recuerda la existencia de los “pueblos” de Antioquia cuando hay que resaltar un hecho doloroso, una circunstancia que desdice de sus administraciones o algo que pueda constituir, y lo afirmo porque así lo palpo, ‘mala prensa’, o ‘prensa roja’. Son innumerables los acontecimientos ejemplarizantes y aleccionadores que ocurren en nuestros pueblos y que no merecen siquiera una mención en el periódico que antes sí fue “de todos y para todos…”.