Leer más y corregir para escribir mejor

La celebración del Día del Idioma, el 23 de abril, es ocasión afortunada para razonar sobre el deber de escribir bien para proteger la veracidad de la información; asegurar la claridad y sencillez del lenguaje; garantizar la calidad periodística; para no aburrir al lector…

La información es conocimiento, las audiencias aprenden en los medios de comunicación.
Se ha dicho que a escribir se aprende leyendo. El escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinski nos critica: “…sin embargo la mayoría se preocupa más en cómo escribir y muy poco en qué leer”.
Esta es una de las claves para escribir bien. Y también es vital corregir. La presión por la hora de cierre o el vértigo que provoca la actualidad no son disculpas para redactar con errores.
Es humano errar como también lo es corregir. El Colombiano estableció desde hace varios meses una sección de fe de errores con el fin de subsanar las equivocaciones ortográficas, gramaticales, de digitación y de otra índole.
A pesar de haber dado el paso de crear la sección, no se publican todas las correcciones y con frecuencia se cae nuevamente en los errores por falta, quizá, de un sistema de gestión que los enmiende y de un instrumento pedagógico que los advierta y evite.
Algunos periódicos dan ejemplo: The New York Times corrige sus errores, entre cinco y nueve diarios, en su sección Corrections (http://www.nytimes.com/pages/corrections/).
Corrige todo error detectado: “En un artículo del domingo pasado sobre las exposiciones de automóviles en la Feria de 1964 en Nueva York del mundo hay un error en la letra inicial del segundo nombre de Richard Nixon. Aparece M., no F.”. Una de las 13 correcciones de la edición del 20 de abril.
“En el artículo del sábado sobre la participación del FBI en los ensayos relacionados con el terrorismo está mal escrito el apellido de un profesor de derecho de la Universidad Metodista del Sur, y el ex fiscal militar. Él es Christopher Jenks, no Jencks”. Una de las ocho correcciones de la edición del 22 de abril.
Corregir los errores por mal uso del lenguaje o por equivocaciones es deber ético, no hacerlo va en contravía de la calidad. Y es un negocio: le otorga credibilidad al periodista y al medio de comunicación.
Bienvenidos los comentarios y sugerencias de los lectores. Gracias a los que asiduamente nos corrigen. Ellos saben que se merecen un periódico bien escrito, de buena calidad.

Creer o no creer en las encuestas

La pregunta de Rosario Jaramillo se la formulan muchos lectores: “¿Por qué cada noticiero de televisión o periódico presenta encuestas políticas diferentes? ¿A quién creerle…?”.
La credibilidad de las encuestas siempre está en juego incluso para los candidatos, porque algunos solo les creen si van adelante. A los periodistas también nos asaltan interrogantes. Y como si fuera poco, añadimos más dudas.
Es necesario insistir en que los resultados son diferentes porque una encuesta es una fotografía instantánea, porque las muestras y las firmas encuestadoras son distintas, así como los periodos en los que se realizan.
La muestra deberá guardar relación con el universo, es decir, corresponder a una mezcla de la población tal cual está estructurada: según el sexo, grupos etarios, distribución regional, estrato socioeconómico, entre otros criterios.
Lo fundamental, es que sea escogida al azar, aleatoriamente, para evitar su desproporcionalidad.
Esta metodología es costosa y por esta razón las firmas encuestadoras construyen una muestra basada en cuotas por estratos socioeconómicos, grupos de edades y territoriales. Sin embargo, con un buen control, los resultados podrían acercarse a los de las encuestas de muestras aleatorias.
Los estudiosos dicen con razón que la credibilidad va a depender del rigor de la muestra.
Algunas encuestas de campañas políticas son realizadas a conveniencia, es decir alternando criterios objetivos de la ciencia estadística. Por esta razón es vital saber quién pagó su realización.
Al respecto, tal como lo explicó en la última columna José Guillermo Palacio, macroeditor de El Colombiano, el periódico solo publica las encuestas de opinión política de la firma Invamer-Gallup. No acoge resultados ajenos sino de las que contrata.
Considero que carecen de credibilidad los sondeos online o los que se realizan entre grupos homogéneos de ciudadanos.
La manera como se simplifica la publicación de los resultados es otro factor que genera incertidumbre. Por ejemplo, si determinado candidato ostenta un favoritismo del 35 por ciento y el margen del error es del 4 por ciento, en realidad ese favoritismo es entre el 31 y el 39 por ciento. Quizás por economía del leguaje se pone el 35 por ciento.
Esta interpretación equívoca se proyecta a las comparaciones, porque no se debieran hacer entre datos, sino entre aproximaciones, según el margen de error.

Sin información no hay democracia

La lectora Camila Andrea Pachón Parra planteó esta nueva pregunta: “¿Cuál es el papel fundamental del periodismo en la sociedad?”.

El periodismo es requisito de la sociedad democrática: libertad de expresión y derecho a la información son garantías constitucionales.

El relato veraz e imparcial de los hechos asegura el flujo de la información que necesita toda persona para vivir y actuar. Pero, además del conocimiento de los hechos, se requiere análisis, contexto, interpretación y opinión.
“El periodista selecciona lo interesante, distingue lo importante de lo secundario, ordena los acontecimientos y los traduce a un lenguaje asequible, sitúa los sucesos en un contexto amplio que les da significado y los ubica en un entorno que aumenta la capacidad de comprensión del público, y, finalmente, juzga los sucesos desde diferentes perspectivas. En todo eso consiste en su esencia la compleja tarea del periodismo.”, explica con claridad el investigador Enrique Arroyas, en ponencia presentada en el XI Congreso de la Sociedad Española de Periodística: El drama del periodismo.
La búsqueda de la verdad es la razón de ser del periodismo. El método de averiguación rigurosa de la realidad y la observación de las convicciones éticas del periodismo garantizan la credibilidad y la confianza en el escenario del debate público y de la toma de decisiones, dos funciones clave en toda democracia.
Periodismo y democracia van juntos. El periodismo responsable, ético y de calidad aporta los insumos informativos para que la democracia funcione. Con su análisis crítico da luces a los ciudadanos para que resuelvan los asuntos de interés público. Indiscutible su acción cívica y de formación de valores.
Pero si el periodismo falla: informa con sesgos, confunde y mezcla hechos y opiniones, manipula y desinforma, equivoca la misión, pierde credibilidad y frustra la posibilidad de alcanzar una sociedad más democrática.
El autoritarismo de los poderes públicos, los grupos de presión y las maniobras de corrupción son factores que violentan a periodistas y medios de comunicación. La victoria antidemocrática y anticipada la consiguen si la información no fluye veraz, imparcial y oportuna para que el ciudadano pueda ejercer con libertad sus decisiones, por ejemplo a la hora elegir los gobernantes.
Fe de errores: Mis disculpas porque la Ley de transparencia es la número 1712 de 2014 y no la 1972 como escribí en la columna del 24 de marzo.

Cuando la información es errónea…

La comunicación de la lectora Camila Andrea Pachón Parra comprende varios interrogantes sobre la responsabilidad social del periodismo. Esta es una de las preguntas: “¿Dónde queda la responsabilidad social del periodismo cuando la información es errónea?”.

La veracidad es el principio esencial del periodismo. En él se funda el derecho a la información, que es garantía constitucional de doble vía: es decir que se protege tanto la acción de difundir los hechos como la de recibirlos.

La información errónea, falsa, inexacta o equívoca atenta contra el principio de veracidad y compromete la responsabilidad social de los periodistas y medios de comunicación. Obstruye el flujo de la “información veraz e imparcial”, en términos de la Constitución Política de Colombia.

La información debe corresponder a la realidad de los hechos, su relato debe ser claro y fiel. Estos deben ser verificados y contrastados mediante la consulta a diferentes fuentes, antes de la publicación. El rumor no es noticia.

“En cuanto al principio de imparcialidad de la información hace referencia, y exige al emisor de la información, a establecer cierta distancia entre la crítica personal de los hechos relatados y las fuentes y lo que se quiere emitir como noticia objetiva…”, según advierte la Corte Constitucional, en sentencia T-040/13.

Las informaciones inexactas y equívocas también vulneran el principio de veracidad, porque con frecuencia se confunde información y opinión o el contenido periodístico está contaminado por prejuicios de variada índole que le restan claridad y fidelidad.

La responsabilidad del periodismo va más allá. Una información falsa, inexacta o equívoca puede afectar garantías constitucionales o legales como el derecho a la honra y al buen nombre. Estos conflictos como la calumnia y la injuria son tipos penales en los que pueden verse comprometidos tanto el periodista como el medio.

El principio de responsabilidad social obliga a rectificar las informaciones falsas, y a precisar las inexactas, mediante acción propia y oportuna, sin perjuicio de la solicitud que haga la persona afectada o la exigencia del juez.

En resumen, los periodistas y los medios de comunicación tenemos responsabilidades éticas y legales que debemos observar siempre. La sociedad espera información veraz, imparcial, oportuna, transparente, útil y de calidad.

Ley de transparencia, herramienta para exigir información

El lector Lucas González dice: “….oí que hay una nueva ley sobre el acceso a la información y deseo que usted nos comente en qué consiste y cómo nos beneficiamos  al solicitar informes en los despachos oficiales…”.

Las normas que rigen el libre acceso a la información pública, reunidas ahora  en un estatuto, constituyen uno de los pilares del derecho a la información.

El 6 de marzo pasado el presidente Santos sancionó la Ley 1972 de 2014,  luego de superar el control de la Corte Constitucional.

Esta norma legal busca regular “el derecho de acceso a la información pública, los procedimientos para el ejercicio y garantía del derecho y las excepciones a la publicidad de información.”, según reza el artículo 1.

El derecho de petición lo han usado ciudadanos y periodistas pero esta nueva ley pretende ampliar las garantías.

La sentencia C-274/13 resalta tres aspectos de la norma: en primer lugar “…el acceso a la información pública garantiza la participación democrática y el ejercicio de los derechos políticos…”. En segundo término, “…cumple una función instrumental para el ejercicio de otros derechos constitucionales, ya que permite conocer las condiciones necesarias para su realización…”.  Y tercero, “…el derecho a la información no es solamente el derecho a informar, sino también el derecho a estar informado…”. Este último, según puntualiza la Corte en la sentencia T-473 de 1992.

Según la nueva ley “como titular del derecho a acceder a la información pública a toda persona, sin exigir ninguna cualificación o interés particular para que se entienda que tiene derecho a solicitar y a recibir dicha información  de conformidad con las reglas que establece la Constitución y el proyecto de ley”, explica la sentencia C-274/13.

El sujeto obligado de dar respuesta a las solicitudes no puede negarse, salvo las excepciones de reserva sobre asuntos de seguridad nacional, orden público y relaciones internacionales, entre otros temas cobijados por la ley. En tales casos, la respuesta deberá ser motivada, por escrito, citando la norma.

La ley también contempla la gratuidad de la información suministrada y la responsabilidad penal de quien adultere, oculte o la niegue.

Entrará en vigencia seis meses después de su sanción para las entidades nacionales, y un año para las territoriales.

Los insultos: una epidemia social

Con frecuencia recibo quejas y observaciones de lectores, periodistas y columnistas por los comentarios y los correos electrónicos plagados de insultos y a veces de calumnias e injurias.

El uso del lenguaje ofensivo y destructor se ha multiplicado en forma exponencial en los medios de comunicación, las redes sociales y la sociedad en general.

El fenómeno no es exclusivo de Colombia. Pero esta conducta dañina prospera entre quienes confunden la libertad de expresión con la impunidad, parapetados en el anonimato que les permite la red.

Este lenguaje descalificador y abusivo, de golpes bajos, es una conducta violenta y delincuencial que corre los límites de la libertad de expresión para violar los derechos fundamentales consagrados en el ordenamiento jurídico. En una palabra, atenta contra los derechos humanos.

¿Y quién insulta? El que no tiene argumentos y da vía libre a expresiones viscerales llenas de odio y pugnacidad que solo busca maltratar, por decir lo menos. Y unos pocos, que dan rienda suelta a su conducta malsana, los llamados troles, clasificadas como personas que solo buscan ofender y crear malestar.

Lo peor es que este fenómeno, calificado como epidemia social por autores estudiosos del asunto, alarma en las calenturas estacionales, como por esta temporada de elecciones.

Este mal afecta no solo a las personas. Pone en riesgo el diálogo que generan las audiencias en los foros, porque lo convierte en un escenario de gritos mal olientes, lejos de la conversación argumental y constructiva.

Desgraciadamente algunos medios de comunicación importantes han tenido que cerrar las puertas a los comentarios. Se da el caso, también, de columnistas que no ponen su correo electrónico para evadir la agresión.

El Colombiano busca la participación de sus audiencias mediante el sistema de foro moderado. Es decir, la opinión del lector es revisada antes de publicarse, para evitar insultos, difamaciones e injurias.

Periodistas y medios de comunicación defendemos la libertad de expresión y por esta razón alentamos la participación de las audiencias. En este ámbito de respeto no caben los comentarios insultantes.

Sin duda es un esfuerzo poner el filtro, aún a costa de los juicios irracionales que consideran la gestión como una cortapisa a sus opiniones y una restricción de sus derechos.

Desarmar las palabras debe ser el propósito clave a la hora de comunicar, opinar y criticar.

Responsabilidad social de los medios de comunicación (2)

En la última columna me concentré en la responsabilidad social de los medios. Es decir, en el propósito de lograr mejores estándares de calidad de los contenidos, basados en criterios como verificación de los hechos; contrastación y equilibrio de fuentes; separación de información y opinión; contextualización, y observación de los principios de transparencia, independencia, servicio al interés general y rigor.

Este propósito de calidad periodística, que debe gestionarse y medirse, como cualquier proceso que se emprenda, tiene sentido práctico: la información es un insumo vital para que el ciudadano encuentre los elementos para debatir los asuntos públicos, formarse un juicio sobre la realidad y participar en la vida democrática.

La calidad de la información guarda relación directa con la calidad de la democracia. Por estos tiempos de debate electoral, de la calidad de la información dependerá la idoneidad de los elegidos y el futuro de las corporaciones públicas.

Los medios de comunicación también tienen responsabilidad social empresarial: “es un compromiso voluntario y ético-moral que asume una organización, la cual implica un comportamiento con determinadas conductas, acciones y políticas que cada organización va desarrollando de acuerdo con su propio contexto y realidad…”, dice Juliana Ramírez Lozano, investigadora de la Universidad de Lima, Perú.

El Colombiano institucionalizó Prensa Escuela desde 1994. “Es un programa de apoyo a la educación, cuyos ejes son la comunicación, la lectura y el uso de El Colombiano como recurso didáctico. Es una propuesta pedagógica aplicable al desarrollo curricular desde Preescolar hasta el grado Once, los complementarios e inclusive en la universidad. Con Prensa Escuela contribuimos al desarrollo del espíritu crítico y observador, que abre espacios al conocimiento por medio de la lectura…”.

El Colombiano Ejemplar, para citar solo dos de los más destacados programas dentro de la gestión de responsabilidad social corporativa, se entrega cada año en diversas categorías, a personas que con su acción y compromiso se convierten en valores humanos sobresalientes en Colombia y el exterior. Esta vez la ceremonia de exaltación de los Colombianos Ejemplares será el próximo 5 de marzo, en el Teatro Metropolitano.

Las responsabilidades del periodista

El lector Manuel José Gaviria pregunta si los periodistas “…pueden decir lo que quieren sin tener que rendir cuentas a nadie. Leí su artículo del lunes y le pido explicar ¿quién los controla…?”. Esta inquietud se suma a las planteadas por el lector Sergio Saldarriaga, a las que me he referido en las últimas columnas.

Quizás lo primero que se debe considerar es que el periodismo obedece a los principios éticos de veracidad, imparcialidad, independencia, interés general y responsabilidad social.

El ejercicio profesional sigue metodologías propias de indagación, verificación y redacción. Y por supuesto, en todas las sociedades la constitución y la ley establecen los límites entre el derecho a informar y las demás garantías fundamentales.

La Constitución colombiana protege la honra, el buen nombre y la vida privada de las personas. Si alguien se siente vulnerado por un periodista está en todo su derecho de solicitar la rectificación de la información.

Igual, puede denunciarlo cuando incurre en tipos penales como calumnia e injuria e instaurar acciones civiles para resarcir el daño. La norma es universal y viene desde siglos atrás: “Todo aquel que con culpa o con intención cause un perjuicio a otro, debe resarcirlo”.

El periodismo, así, tiene principios éticos, normas profesionales y responsabilidad penal, civil y social. No es una rueda suelta, aunque algunos autores reclaman mayor vigilancia por parte de las audiencias y el establecimiento de mecanismos de autorregulación que establezcan condiciones que respeten los derechos humanos y se ejerza la autocrítica y el autocontrol.

Hace 15 años, el 30 de enero de 1999, El Colombiano institucionalizó la Defensoría del lector. En su Carta de presentación, el primer defensor, Jurista, escritor y exdiplomático Jesús Vallejo Mejía escribió al respecto de la misión de esta figura “independientemente de lo que les compete a las autoridades en materia de protección de los derechos de las personas y garantía de las responsabilidades de los medios frente al público en general. Por su propia iniciativa los medios han venido estableciendo en los últimos tiempos la institución de la defensoría del lector y otras análogas, con el propósito de autorregular sus actividades y brindarles a los interesados la oportunidad de una solución inmediata de sus inquietudes acerca de la información o los comentarios difundidos por aquellos”.

Preguntas sobre el ejercicio periodístico (3)

La reflexión de las dos últimas columnas, animada por las inquietudes del lector Sergio Saldarriaga, continúa hoy con estas preguntas: “¿Es el periodismo el nuevo juez de la sociedad?”. “¿Hasta dónde llega su responsabilidad con el manejo de la pluma o el micrófono?”.

El primer interrogante describe una percepción generalizada, que va en contravía del periodismo responsable. Lo que algunos llaman “juicios mediáticos” o “justicia de los medios” son aberraciones que tenemos que descartar y combatir.

El periodista informa, no juzga. No está entre su misión reemplazar la acción de la justicia, aunque a veces sus investigaciones ponen al descubierto casos de corrupción.

Las investigaciones periodísticas deben observar la presunción de inocencia y el debido proceso. Los acusados gozarán de las garantías para hacer los descargos. La información debe ser obtenida por medios lícitos. Las filtraciones son indicios para desarrollar una indagación previa a la publicación, porque su divulgación puede beneficiar oscuros intereses.

En consecuencia, la responsabilidad de los periodistas y de los medios es un tema vital que abre el debate en variados escenarios con la participación de los distintos actores. Unos y otros tienen obligaciones y responsabilidades en los ámbitos penal, civil y social, desde el inicio de la reportería hasta la publicación. El derecho a la información no es absoluto, tiene su límite en otros derechos y garantías constitucionales, legales y éticas.

Los autores Rodrigo Uprimny Yepes, Adriana Fuentes y Catalina Botero, sostienen en su obra, Libertad de prensa y derechos fundamentales. Análisis de la jurisprudencia constitucional en Colombia (1992-2005), que la responsabilidad “surge desde el momento mismo en que se inicia el proceso de obtención, preparación, producción y emisión de información por parte de un determinado medio de comunicación, durante los cuales los principios de veracidad e imparcialidad deben prevalecer, en orden a garantizar los derechos fundamentales de las personas que pudieran verse afectadas con la divulgación de la información, sin que por ello se desconozca el derecho de aquellos de informar libremente, pero siempre dentro de los límites del bien común, del orden justo y del respeto de la dignidad y de los demás derechos de las personas”.

Preguntas sobre el ejercicio periodístico (2)

Las dos nuevas inquietudes de la serie planteada por el lector Sergio Saldarriaga motivan esta reflexión iniciada en la columna anterior.

La primera se refiere concretamente a la trampa del periodista que se disfrazó de sacerdote para ingresar a la sala de la Clínica Universitaria de Grenoble en donde está recluido desde el pasado 29 de diciembre el piloto alemán de la Fórmula Uno, Michael Schumacher, con el ánimo de tomarle una fotografía. La segunda pregunta es sobre la falta de autocrítica de los periodistas.

Corina, Gina María y Mick, esposa e hijos del paciente, denunciaron el abuso del fotógrafo, la violación de la intimidad y solicitaron respeto y comprensión a los medios de comunicación que están pendientes de la salud del deportista accidentado cuando esquiaba.

El clamor de la familia de Schumacher se repite en múltiples circunstancias. Con frecuencia los periodistas transgreden el derecho a la información e invaden el ámbito de otro derecho fundamental: el de la intimidad.

El artículo 15 de la Constitución Política de Colombia dice que “Todas las personas tienen derecho a su intimidad personal y familiar y a su buen nombre, y el Estado debe respetarlos y hacerlos respetar…”.

Y más allá de esta garantía constitucional, consagrada en casi todas las legislaciones, el periodismo responsable tiene principios éticos universales de obligatorio cumplimiento. La información se debe obtener por medios lícitos, sin trampas ni engaños ni atajos ventajosos. Todas las cartas deben estar sobre la mesa, a la luz.

El periodismo encubierto es una práctica excepcional. Solo puede ser válida en condiciones extremas, en casos en los que no hay otra opción para indagar sobre hechos noticiosos de evidente interés público.

Con respecto a la segunda inquietud planteada por el lector Sergio Saldarriaga, considero que la autocrítica es extraña en muchas salas de redacción. Los periodistas generalmente estamos prestos a criticar, pero, a la vez, somos esquivos para recibir los juicios de los lectores y alérgicos al autoexamen y a la reflexión necesaria sobre el quehacer periodístico.

En mi opinión esta conducta va en detrimento de la profesión porque le resta credibilidad tanto al periodista como al medio. También atenta contra la calidad del contenido.