Frente común contra la desinformación

El lector José Darío Botero plantea nuevamente el problema que representan las informaciones falsas que reciben las audiencias por las redes sociales y los medios de comunicación que las replican sin verificarlas. Dice: “En una de las última columnas del defensor usted habla de cómo los lectores y televidentes debemos distinguir cuándo las noticias no corresponden a la realidad y nos desinforman…quiero que usted me aclare un poco más qué podemos hacer para recuperar la confianza en lo que leemos y vemos. También le pregunto ¿por qué los medios de comunicación se ocupan de temas frívolos y superficiales?”.
Esta inquietud del lector es una de las grandes preocupaciones en los medios de comunicación y entre críticos y analistas del discurso informativo.
El editorial de la revista Resumen que circuló con El Colombiano el pasado 31 de diciembre plantea una paradoja, en palabras de la directora Martha Ortiz Gómez: “Tenemos el privilegio del acceso a la información universal más relevante, interesante y divertida. Tenemos el desastre de la invasión de la desinformación excesiva, perversa y anónima”.
Dos días antes, el editorial del periódico, al analizar nuestra precariedad cultural preguntó: “¿Qué expectativas podemos tener frente a una población que se enfrenta a excesos de información y desinformación, que no se da cuenta de la diferencia y que valida noticias falsas, sin responsabilidad, replicándolas en las redes sociales?”.
El asunto de las informaciones falsas necesita una respuesta múltiple capaz de desafiar este mal que fractura la misión del periodismo y menoscaba por igual la credibilidad de medios y periodistas. Urge crear un frente común contra la desinformación.
Algunos de los resultados políticos del último año estimulados por avalanchas de mentiras han llevado a los medios de comunicación y a las grandes corporaciones tecnológicas a tomarse en serio el fenómeno, con el fin de contrarrestar la acción perversa de quienes instalan en estos canales la publicidad mentirosa con apariencia de verdad.
Sin embargo, la acción más promisoria la tienen las audiencias que deben aprender a identificar las funciones de los medios de comunicación; a diferenciar sus contenidos de los que propalan las redes sociales; a exigir el acceso libre y transparente a la información y a conocer las fuentes; a descubrir los valores y principios del periodismo responsable, plural y transparente.
Es vital emprender una cruzada de formación de audiencias o de alfabetización mediática, como la define la Unesco, para que el derecho a la información veraz e imparcial sea una realidad y el ciudadano pueda tomar las mejores decisiones.
Ojalá la formación comience en el seno familiar y se prolongue en la escuela y en las demás actividades ciudadanas.
Es inexcusable hablar de noticias falsas. Es por lo menos contradictorio porque los contenidos de los medios se basan en hechos ciertos, verificados por fuentes distintas y distantes, como lo he manifestado en ocasiones anteriores. Cosa distinta ocurre con las redes sociales cuando difunden falsedades con apariencia de verdad pero que carecen del menor rigor.
El otro tema planteado por el lector, sobre la prelación que tienen algunos hechos irrelevantes sobre asuntos de interés general, es una realidad palpable en aquellos medios de comunicación que buscan afanosamente los que marcan tendencias o se propagan cual virus del momento. Queda planteado para las próximas reflexiones…

El bazar de verdades y mentiras

El lector Eduardo Aristizábal Peláez, periodista y abogado, señaló la falta de rigor en las informaciones judiciales al comentar el título: Fiscalía no negociará con Rafael Uribe Noguera e irá a juicio, publicado en la página 7 de la edición del martes 13 de diciembre: Dice que “…el título no falta a la verdad, pero es ambiguo porque da a entender que la Fiscalía tiene la potestad, en este caso, de negociar una rebaja de penas y en realidad el numeral 7 del artículo 199 de la Ley 1098, Código de la infancia y la adolescencia, lo prohíbe…”.
La norma dice: “7. No procederán las rebajas de pena con base en los “preacuerdos y negociaciones entre la fiscalía y el imputado o acusado”, previstos en los artículos 348 a 351 de la Ley 906 de 2004.”.
Este caso es el menos relevante pero ilustra y sirve de ejemplor frente al bazar mediático y de redes sociales al que hemos asistido en los últimos días, en el que se ofrecen por igual verdades y mentiras, rumores, conjeturas, especulaciones y grandes dosis de información imprecisa, sobredimensionada y efectista.
Además del sensacionalismo y de la violación de derechos fundamentales, como el debido proceso, la presunción de inocencia, de la intimidad y la honra, a las que me referí en las últimas columnas, el periodismo falla con frecuencia por la falta de rigor en el uso de los términos jurídicos y judiciales.
Es preciso distinguir las etapas del esquema básico del proceso penal colombiano para redactar con ética, calidad y responsabilidad social frente a los derechos de los implicados en el delito y de las víctimas.
De la propiedad y la pertinencia de los términos y los conceptos dependen el rigor y la imparcialidad con la que los medios de comunicación presentan los hechos a sus audiencias.
Hay que distingir las etapas del esquema básico del proceso penal colombiano: la investigación, a cargo de los fiscales y la Fiscalía General de la Nación; la intermedia o de preparación del juicio; la de juzgamiento, a cargo de los jueces.
En cada una de estas etapas se cumplen acciones, gestiones y pasos que van consolidando la investigación hasta llegar al juicio.
Es vital que los periodistas conozcan las distintas etapas y fases, es decir que comprendan las implicaciones y los alcances de la investigación por parte de los fiscales, la indagación, la audiencia preliminar y la formulación de la imputación, si se llega a este punto sin necesidad de iniciar la etapa del juicio. Igual que del desarrollo de la etapa del juicio oral o preparación del juicio.
Ya en el juicio, el fiscal debe sustentar su acusación. Se pregunta al acusado si se declara inocente o culpable. La defensa presenta sus argumentos (no siempre defiende la inocencia de su cliente). Se practican las pruebas (testimonios, peritajes, dictámenes forenses, etc.). Se presentan los alegatos de conclusión (fiscal vs defensor). El juez anuncia el sentido del fallo. Se dicta sentencia. No siempre la consecuencia es la pena privativa de la libertad (cárcel). Hay penas alternativas: multas. En esta audiencia, la defensa o la fiscalía presentan sus recursos contra la sentencia (reposición y apelación).
A los periodistas nos obliga estudiar estos temas jurídicos y judiciales para informar con veracidad, imparcialidad y responsabilidad. Las audiencias se merecen un periodismo de calidad.

Los periodistas ni juzgan ni condenan, informan

Varios lectores me llamaron y escribieron para comentar la última columna, titulada Periodismo y violencia contra la mujer, en la que inicié la reflexión a las inquietudes de Gladis Cecilia Sánchez sobre este asunto actual y preocupante.
El lector Rubén Quintero llamó para preguntar “Por qué los medios condenaron desde el mismo lunes al presunto autor del crimen de la niña Yuliana, cuando aún estaba en la clínica… ¿usted qué opina?”.
Tiene razón el lector. En algunos medios de comunicación se han excedido los límites de la información para darle paso al sensacionalismo y a la morbosidad, que confunde el interés público con el interés de las audiencias. O al menos de un sector que busca hurgar y fisgar en datos escandalosos que trasgreden derechos humanos fundamentales como la intimidad, la honra y el buen nombre. Y más grave aún normas que protegen la identidad de los menores, según lo establece la Ley 1098 de 2006, denominada Ley de Infancia y Adolescencia.
La falta de rigor es otro de los problemas evidentes. Hay desconocimiento de las normas legales y de los términos judiciales. Esta circunstancia explica en gran medida las desviaciones del periodismo señaladas por el lector Rubén Quintero. Aunque no la justifica, porque en el caso del periódico el Manual de estilo y redacción advierte que: “El periodista de EL COLOMBIANO debe conocer en detalle y profundamente toda la legislación colombiana relacionada con el periodismo. Es su responsabilidad acatar y cumplir tales normas legales”.
En otras oportunidades también me he referido a los casos antiéticos e ilegales en los que algunos medios juzgan y condenan, olvidándose de la misión del periodismo, que es la de informar.
Son también frecuentes, sobre todo en los medios audiovisuales, las violaciones a los abusos, presiones y atropellos se comenten tanto con los supuestos responsables de los delitos como con las víctimas y testigos.
Uno de esas violaciones es el de la presunción de inocencia. Al respecto, Felipe Alberto Velásquez Fernández, asesor jurídico de la Dirección de EL COLOMBIANO, señala:
“La presunción de inocencia es un derecho humano fundamental, esencial como manifestación de la dignidad humana, consagrado en los tratados internacionales de derechos humanos incorporados a la legislación colombiana, y obviamente incluido en la Constitución Política, Art. 29: “(…) Toda persona se presume inocente mientras no se le haya declarado judicialmente culpable”. Es un derecho fundamental conectado también con otros derechos fundamentales como el derecho a la honra (Art. 21 C.P.), a no ser objeto de tratos inhumanos o degradantes (Art. 12 C.P.), a la igualdad ante la ley (Art. 13 C.P.), y obviamente al de la dignidad humana”.
Y añade: “Este derecho fundamental de la presunción de inocencia, obliga tanto al Estado como a los particulares, y de estos últimos, de forma especial, a los medios de comunicación. Todo ciudadano tiene derecho a que se le presuma inocente mientras no sea declarado culpable por un juez, mediante sentencia de última instancia. La culpabilidad penal de una persona no la determina la Policía ni las autoridades administrativas (gobernador, alcalde, concejal), solo un juez. Juez que tramitó y adelantó el juicio y dictó sentencia en ese caso específico”.
El ejercicio del periodismo tiene valores éticos, principios profesionales y normas legales que se deben respetar por sobre todo afán de informar primero, de lograr más sintonía o generar mayor impacto.

Periodismo y violencia contra la mujer

La lectora Gladis Cecilia Sánchez plantea: “Todos los años hacen campañas para bajar los casos de violencia contra las mujeres, por parte del gobierno y de otras entidades comprometidas con la lucha contra estos delitos. Mi pregunta es ¿qué hacen los medios para apoyar estas campañas? ¿No cree usted que algunos programas de televisión fomentan la violencia en nuestros hogares?”.
Es evidente que a los medios de comunicación les cabe algún grado de responsabilidad social cuando informan sobre la violencia contra la mujer, qué es definida, según la Ley 1257 de 2008 como “… cualquier acción u omisión, que le cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, económico o patrimonial por su condición de mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, bien sea que se presente en el ámbito público o en el privado…”.
Cada año, el 25 de noviembre, se efectúa el Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres con el objetivo de combatir estos crímenes. Según el Instituto Nacional de Medina Legal, 1.007 mujeres fueron asesinadas en 2014. En el mismo periodo se registraron 37.881 casos violentos, de ellos 16.088 catalogados como violencia sexual. Sin embargo, se considera que el problema es mayor porque hay subregistro.
El periodismo tiene un papel vital para difundir, alertar, crear conciencia, educar, divulgar acciones positivas y no discriminar ni revictimizar.
La publicación de noticias y resportajes sobre la violencia contra la mujer está sujeta a criterios que no contribuyan a empeorar la situación ni a trasgredir los derechos a la intimidad, el buen nombre y la honra de las víctimas o de sus familias.
Si la mujer agredida no está a salvo la información puede ponerla en alto riesgo como reacción del agresor. Es quizá lo primero que tiene que considerar el periodista que conoce y documenta los hechos.
Guardar la identidad de las víctimas es una práctica frecuente en los casos en los que la vida corre peligro. Es de rigor advertir la publicación de un testimonio.
El lenguaje periodístico debe ser cuidadoso, que no de lugar a la estigmatización ni a la exclusión. No se pueden justificar las agresiones por su condición de mujer ni mucho menos darles vía libre en los contenidos periodísticos.
Es deseable que las informaciones contengan elementos pedagógicos de tal manera que las audiencias puedan acudir a instituciones de salud y justicia en busca de auxilio. La contextualización ayuda en estos casos a comprender la magnitud y el impacto de estas violencias.
Acudir a voces de expertos debe ser actitud rutinaria del periodista: Los médicos, sicólogos y abogados pueden aportar elementos valiosos que dan mayor claridad y mejoran la calidad de la información. De igual manera es conveniente ampliar y diversificar las fuentes de información.
La información preventiva ayuda, sin duda, a combatir la violencia contra la mujer. Así, las audiencias se enteran del hecho escueto y además reciben insumos adicionales que mejoran la percepción de la problemática y favorece la concientización de la sociedad.
Es oportuno señalar el alto riesgo de caer en el campo del sensacionalismo cuando se pasan los límites de lo informativo. Obliga observar las normas sobre la información judicial para no violar el debido proceso o la presunción de inocencia o buscar culpables. El periodista no es juez, solo informa.

¿A quién le gusta que le digan mentiras?

El lector Delio Alberto Calderón escribe: “Veo con preocupación la temática de sus recientes columnas en las que analiza el problema de las verdades y mentiras que recibimos en las noticias y en las redes sociales. Son de bastante interés y por esta razón deseo plantearle una inquietud: cómo hacemos para saber cuál información es verdadera y cuál es mentirosa…”.
La veracidad está en riesgo. Es asombroso el auge que han tomado las redes sociales, la influencia y el impacto que causan, para bien y para mal.
A los medios de comunicación se les exige ética, veracidad, responsabilidad, rigor, imparcialidad y transparencia. En cambio, los contenidos de las redes sociales son asumidos por muchos como ciertos, quizás porque proceden de quienes piensan como ellos.
Algunos políticos corruptos e indecentes manipulan con elementos propagandísticos, llenos de odio, discriminación y desinformación.
Son frecuentes los rumores y los chismes en las redes sociales porque son replicados, automáticamente, sin pensarlo dos veces.
Pero, además, hay otros contenidos que aparentan ser más inocentes: son los que originan fuentes institucionales que ponen sus comunicados directamente, o políticos y funcionarios que formulan sus “declaraciones unilaterales” para que nadie les repregunte.
Un último ejemplo, pero hay más, es del testigo de los hechos, el reportero ocasional que tiene la oportunidad de dar una información sobre un hecho de última hora, pero que ni verifica ni contrasta, como es de rigor en los medios de comunicación.
Por desgracia, a esta clasificación rápida corresponde buena parte de los contenidos de las redes sociales.
¿A quién le gusta que le digan mentiras? Las audiencias están sometidas a este juego peligroso, facilitado por el crecimiento de las redes sociales. De qué maneras afectan la vida personal, familiar y social, cuánta influencia irradian en vastos sectores de la ciudadanía, cuáles son las agendas ocultas, deliberadas o circunstanciales, formadas a partir de un “me gusta”, qué poder y con qué fines son usadas hoy. Son preguntas para hacerse a cada instante.
Las audiencias tienen derecho a la información veraz, imparcial y oportuna. También tiene derecho a una formación que les permita distinguir y elegir contenidos veraces, responsables y útiles, lo que algunos autores denominan alfabetización o educación mediática del lector, oyente, televidente y usuario.
Este es el camino que tienen para convertirse en audiencias críticas, con suficientes competencias para liberarse de la manipulación y el enredo de estas posibilidades tecnológicas tan extendidas hoy en todo el mundo.
“Los periodistas perdimos el monopolio de la información, pero hay mucha parte de verdad oculta que debemos buscar. Hoy todos pueden informar, pero no todo el mundo pueda dar información que nadie se quiere perder y que todo el mundo quiera conservar. El periodismo debe ser productor de una información tan valiosa que nadie la quiera perder”, dice el maestro Javier Darío Restrepo.
La información es un derecho humano fundamental. Conocer la realidad, no la fantasía ni la falsedad, es una prioridad, una garantía que toda persona necesita para tomar las mejores decisiones en la vida pública y en la privada
A nadie le gusta que le digan mentiras. Las audiencias pueden optar por los contenidos de las redes o de los medios. Ante tal cúmulo de posibilidades, las audiencias pueden decidirse por la verdad o por la mentira. Lo irracional es que lo hagan por reflejo o siguiendo las emociones…

“La calidad es lo único que hará imprescindibles a los medios”

La reflexión de hoy complementa las anteriores, que dan respuesta a la queja de la lectora Ligia Omaira Betancur, quien expresó su confusión por las informaciones de redes sociales y medios de comunicación con motivo del sismo registrado el domingo 30 de octubre, en el centro del país.
La calidad periodística no está de moda, está en emergencia. En los análisis, foros y actos académicos se invoca como la única opción que tienen los medios de comunicación para recuperar y mantener la credibilidad y para enfrentar los contenidos aparentemente verdaderos y llenos de mentiras y de odio que abundan en las redes sociales.
En la entrevista que publicó EL COLOMBIANO, el viernes 18 de noviembre, el periodista Javier Uribe, subdirector de diseño de El Universal, de Ciudad de México, dice: “En el día a día la gente a veces da como si fuera una verdad toda la información que circula y muchos medios la asumen como cierta si ya está en internet o en redes sociales. Los periódicos tienen que tener un ejercicio de verificación, verdaderos filtros, antes de darla por cierta o válida”.
Milagros Pérez Oliva, exdefensora del lector del diario madrileño El País y ahora columnista, escribió el 13 de noviembre, lo siguiente: “Si los periodistas no somos capaces de autorregularnos y garantizar una información de calidad, rigurosa y fiable, nuestro prestigio seguirá cayendo y seremos presa fácil de campañas como las de Trump. Pronto surgirán propuestas para regularnos desde el poder político. Y eso ya sabemos qué tipo de peligro representa para la libertad de expresión y el derecho a la información”.
Añadió: “Una sociedad compleja como la nuestra, necesita mucha y muy buena información para poder tomar decisiones acertadas. Una mala información conduce a una democracia de peor calidad”.
Y para resumir las citas, el periodista Gerardo Albarrán de Alba, manifestó en la inauguración del Tercer Congreso de Defensores de las Audiencias, efectuado del 7 al 9 de noviembre en Ciudad de México, que “El ciudadano no debe eludir la responsabilidad social de pensar, y por lo tanto, de buscar información de calidad y de discernir entre la calidad de las fuentes de información…”.
La calidad periodística es asunto de todos. Los periodistas debemos observar los principios éticos profesionales, la veracidad, el primero.
Y a propósito, en estos días el diccionario Oxford proclamó el término posverdad como la palabra del año, al acoger un concepto que quieren posicionar los políticos para indicar que la verdad no importa ya, lo que vale es la posverdad, basada en lo que cree la gente, o sea en convicciones emocionales aunque estas riñan con la racionalidad y los hechos verdaderos.
Las posverdades inundan redes sociales e internet, en tanto que los medios hablan de hechos reales, verificados y contrastados. Ahí está una clave de la confusión a la que se refiere la lectora Ligia Omaira Betancur.
Los lectores críticos deben aprender a diferenciar estos conceptos porque de la calidad de la información va a depender también la calidad de la democracia y la calidad de nuestra experiencia vital.
Creo que las facultades de periodismo y comunicación tienen un filón para ahondar en estos asuntos de verdad vs. posverdad y medios vs. redes sociales.

“Antes de publicar un tuit hay que pensarlo tres veces…”

A la pregunta sobre qué hacer antes de publicar un tuit, el periodista español Antonio Rubio, director del Máster de Periodismo de El Mundo y Universidad CEU San Pablo, y del de Periodismo, Investigación, Datos y Visualización en la Universidad Rey Juan Carlos, respondió: “Pensarlo tres veces, verificarlo y documentarlo”.
La afirmación la hizo al portal Trecebits, especializado en redes sociales y periodismo, en una entrevista publicada por Manuel Moreno el 2 de noviembre de este año.
El mismo periodista insistió en el Tercer Congreso Latinoamericano de Defensores de las Audiencias, reunido en Ciudad de México los días 7,8 y 9 de noviembre, que los lectores deben exigir transparencia a los periodistas en las fuentes a las que apelan para obtener las informaciones.
Es la metodología que siguen los medios de comunicación. “Lo primero que hacemos es comprobar que la cuenta de la que proviene la información sea real y pertenezca a una persona o institución. Después, intentamos contactar a esa persona para tener más detalles de la información que está difundiendo. El siguiente paso es contrastar la información con otras fuentes, preferiblemente oficiales, como funcionarios de la administración municipal o voceros de la fuerza pública (si es el caso). Si no podemos confirmar que la información es cierta, el rumor no se publica”, es la regla, según lo expresa Estefanía Carvajal, periodista de elcolombiano.com
No obstante, el asunto es complejo porque muchas personas se informan a través de las redes sociales y piensan que se trata de contenidos periodísticos debidamente verificados y contrastados.
La confusión de la lectora Ligia Omaira Betancur de no saber a quién creerle, a la que me referí en la columna de la semana pasada, es evidente.
Varios lectores expresaron sus opiniones. Una de ellas, manifiesta que “…debió verificar al menos si las tales predicciones de terremotos tienen algún fundamento científico. Vale recordar que los juicios a priori y los comentarios que se emiten sin ningún fundamento nos llevan a la crisis de información y de malas decisiones en los que estamos inmersos, y si no miremos cómo están las campañas electorales hoy día…”,
Precisamente, al referirse a la campaña sucia sostenida en el reciente debate de Estados Unidos, el periodista Farhad Manjoo escribió en The New York Times, el pasado 10 de noviembre, una columna titulada En internet, la verdad no es como la pintan, lo siguiente: “…Decenas de canales de noticias verificaron los hechos que mencionaban los candidatos todos los días, la mayoría de las veces en línea; no obstante, sus esfuerzos han probado ser bastante ineficaces para contrarrestar la marea de falsedades”.
Y añadió: “Es por ello que mentir también se ha institucionalizado. Ahora hay sitios web cuya única misión es publicar noticias en línea totalmente falsas e indignantes (al igual que las noticias reales, las noticias falsas se han convertido en un negocio)….”.
Además, algunos autores afirman que los contenidos de las redes sociales son puestos en circulación cuando coinciden con el pensamiento de quienes los replican, formándose una cadena homogénea de opinión, no obstante la abundancia de fuentes informativas.
En consecuencia, a los periodistas corresponde buscar la veracidad, observar el rigor y la transparencia. Y a los lectores, aprender a diferenciar entre los contenidos de los medios de comunicación y los de las redes sociales.

Redes sociales vs. medios de comunicación

La lectora Ligia Omaira Betancur se siente confundida por la disparidad de los contenidos de las redes sociales y de los medios de comunicación. Dice: “¿No sé a quién creerle porque veo información contraria sobre el posible terremoto que puede presentarse en Colombia. A cada momento recibo mensajes que me causan temor y muchas dudas…?”.
Y no es para menos. El sismo del domingo 30 de octubre, de magnitud 5.4, con epicentro en el departamento del Huila y que se sintió en el centro de país y en otras regiones, desencadenó una gran erupción de mensajes a través de las redes sociales y originó cadenas fatales de contenidos alarmantes y temerarios.
Estos contenidos de redes sociales produjeron zozobra, hasta el punto que muchas viviendas fueron desalojadas a la espera del supuesto terremoto que se produciría en las próximas horas.
La información del periodista Santiago Valenzuela A., titulada Falsas alarmas de terremoto pueden causar más emergencias, publicada en la página 5, de la edición de El Colombiano del martes primero de noviembre, anota: “Si bien es cierto que el 87 % de la población colombiana se encuentra bajo un nivel de riesgo medio-alto frente a un sismo (de acuerdo con la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica), un terremoto no es predecible, tampoco su magnitud ni su ubicación”.
Y añade: “Así lo asegura la profesora Natalia Pardo, del departamento de Geociencias de la Universidad de los Andes: “Es imposible que una fuente oficial, como el Servicio Geológico Colombiano (SGC), envié un mensaje prediciendo un sismo en un lugar específico y con una magnitud determinada. Tampoco se puede predecir el lugar dónde va a ocurrir una réplica. Estos mensajes lo que generan es pánico en las personas, que es lo peor que puede suceder en un caso de emergencia”.
Esta información periodística contrasta con los mensajes irresponsables, impensados, sesgados, mentirosos y alarmantes de las redes sociales.
El periodismo lo han definido algunos autores como la “ciencia de la verificación”. Y ese es el camino seguido por los medios: comprueban y verifican las informaciones antes de publicarlas, las consultan en fuentes científicas, en este caso, para construir el texto veraz, responsable y útil.
En las redes sociales es tan fácil mover los dedos y escribir cualquier cosa sin razón y sin objetivos.
Este fenómeno produce una atmósfera enrarecida cuando se mezclan los contenidos periodísticos y los mensajes de las redes, una especie de “promiscuidad informativa” que confunde y produce pánico.
Considero que urgen propuestas de formación de audiencias críticas que eleven las competencias de los lectores, oyentes, espectadores y usuarios. La responsabilidad social y el respeto a los derechos humanos son principios y valores en toda sociedad civilizada.
Una reflexión final: “Los directores de los diarios y de los programas informativos de la radio y la televisión han perdido el control de la jerarquía y difusión de las noticias, que ahora llegan a muchos lectores a través de unos algoritmos opacos que las personalizan y hacen que cada lector reciba en primer lugar las que se supone que le pueden interesar más, que suelen ser las que coinciden con sus ideas. En vez de ensanchar el campo de visión de los ciudadanos, esto les encierra en burbujas informativas que reafirman lo que piensan”, escribió hace poco, en el diario español El País, el escritor y diplomático Carles Casajuana, en un artículo titulado La erosión de la verdad.

Corregir, una acción inaplazable

La celebración, el pasado 27 de octubre, del Día Internacional del Corrector de Estilo, o del Día Internacional de la Corrección, propone un ejercicio autocrítico de los periodistas con el propósito de evitar los errores y mejorar la calidad del periodismo.
La celebración es de reciente creación. La Fundación Litterae de Argentina la instauró en 2006 y pronto la acogió la Unión de Correctores, UniCo, en honor de Erasmo de Róterdam, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, en su aniversario.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice en forma rotunda y contundente: “El primer deber del periodista es escribir bien…”. Y añade: “…el buen periodista es el que escribe bien y con rapidez. En un diario no tiene mérito escribir bien pero a paso de tortuga, ni mal pero dejando un chispero en el teclado…”.
Los errores desconciertan, molestan y ofuscan a los lectores. Lo peor, le restan credibilidad al periodista y al medio de comunicación. Se pierde la confianza creada en el contrato de lectura establecido en forma tácita o expresa entre periodista y lector.
Los errores transgreden el principio de veracidad y frustran el propósito de informar a las audiencias.
Tal como lo expresé al inicio del año, el 37,4 por ciento, de las 2.119 observaciones de los lectores recibidas por la Defensoría de las audiencias, se refiere a críticas por faltas gramaticales, ortográficas o de otra índole.
El Colombiano exige a los periodistas corregir con “prontitud, franqueza y claridad” Por esta razón estableció la sección Fe de errores, para corregir algunos de ellos, detectados por los lectores o por los mismos editores y periodistas. Un paso promisorio complementado con el taller de calidad periodística que ojalá se convierta en un programa de formación continua.
No obstante, es urgente, insisto, establecer un sistema de gestión de los errores para asegurar que no se repitan: corregir es una acción inaplazable.
El periodista español Alex Grijelmo escribió una frase sabia: “…quien no reconoce sus errores no mejora”, en su obra ¡En qué estaría yo pensando!, que recoge las explicaciones que dan a sus fallos 30 periodistas del diario El País.
Para evitar las recaídas creo oportuno citar al autor Daniel Cassany, en su obra La cocina de la escritura, que ofrece algunos consejos prácticos. Dos de ellos, recomendados para los periodistas, son los siguientes:
“Adoptar una actitud crítica. Relee el texto como si fueras un crítico implacable, con actitud dura. Exagera los errores, buscando lo que los lectores pueden caricaturizar. No dejes títere con cabeza. Después, recupera el tono racional y valora si estas críticas tienen algún fundamento. Si acaso, rectifica los excesos”.
Y añade: “Oralizar el escrito. El oído puede descubrir lo que no ha descubierto el ojo. Lee el texto en voz alta como si lo estuvieras diciéndolo a una audiencia. Escucha como suena: ¿queda bien? ¿te gusta?”.
Finalmente, unas palabras de gratitud para las decenas de lectores que nos envían sus críticas y señalan con frecuencia y pertinencia las incorrecciones en los contenidos de las ediciones impresa y de la web. Los lectores se merecen un periódico bien informado y bien redactado, sin imprecisiones, sin gazapos. Cazar los errores nos ayuda a mejorar la calidad. De igual manera, para nuestros correctores Uriel Hidalgo Giraldo y León Jairo Saldarriaga López.

La gestión del foro de lectores

El lector José Raúl Giraldo escribe: “Estoy de acuerdo con su llamado para que los comentarios de los usuarios conserven el buen tono y también la buena redacción. Yo estoy de acuerdo con que los mensajes que ofenden sean suprimidos, pero quiero saber si hay otras maneras de evitar los comentarios incivilizados, como los define usted…”.
Otros lectores, entre ellos Jorge Escobar Eusse, abogan por la misma causa porque están convencidos que el foro de los lectores es una fuente de conocimiento y de deliberación que debe ser aprovechado de la mejor forma.
En la última columna expliqué que algunos medios de comunicación se han visto en la necesidad de cerrar estos espacios por diversas razones.
En realidad, hay tres maneras de abordar el asunto de la interacción de las audiencias. Según un estudio de World Association of Newspapers and News Publishers, WAN-IFRA, cuyos principales resultados fueron citados por la periodista Miriam Garcimartin, en el portal www.media-tics.com: “Hay 38 medios que realizan la moderación de un comentario antes de que se publique en la web, 42 que la llevan a cabo después y 16 que optan por un modelo mixto. Los que prefieren la primera opción encuentran que es la mejor forma de guiar la conversación y que no derive en algo indeseado, mientras que los de la segunda creen que la charla es más viva si los comentarios se publican al instante, además de considerarlo como una muestra de confianza hacia sus lectores. En el caso del modelo híbrido, si aparecen determinadas palabras clave se realiza una moderación previa.”.
También afirma la experta en medios digitales que “muchas personas utilizan esta oportunidad que les brindan los medios para insultar, amenazar o realizar comentarios fuera de tema. Los moderadores tienen que tratar de reconducir el debate y eliminar aquellos comentarios que consideren inapropiados (sin vulnerar la libertad de expresión), si no quieren que la marca se vea perjudicada. Si a ello le sumamos que los lectores también dan su opinión en las redes sociales, el problema se agrava ante la falta de recursos suficientes para realizar una óptima gestión”.
Sobre las redes sociales, un comentario adicional: se está llegando a un escenario de incertidumbre porque muchos ciudadanos le dan valor de información veraz a una simple opinión o a un dato falso puesto en circulación, muchas veces, por centenares de robots que multiplican las mentiras y el miedo en forma exponencial.
Y como sabemos, estos mensajes son replicados compulsivamente sin reflexión y en ocasiones sin leerlos.
De la misma manera, los comentarios de algunos lectores obedecen al impulso del llamado sesgo de confirmación que busca afanosamente expresar opiniones intolerantes y francamente ofensivas por no coincidir con el modo de ver las cosas.
El lenguaje grosero, discriminatorio, insultante, promocional y aún exagerado son las categorías en las que se pueden clasificar los comentarios filtrados por los medios de comunicación que tienen sistemas de moderación en la gestión del foro.
El mismo estudio al que hice referencia encontró que 53 medios permiten registrarse con un pseudónimo, 20 exigen el nombre real y en 18 no es requisito registrarse para opinar.
Esta es una visión rápida de la manera como se gestionan los comentarios de los lectores. El Colombiano modera los comentarios antes de publicarlos, tal como lo expliqué en las columnas anteriores.