Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”

El lector Juan Leonardo Montoya se cuestiona la conducta de algunos periodistas que reproducen casi textualmente los boletines y acuden pasivos a las ruedas de prensa.
“Voy a quejarme en sentido general de algunos medios de comunicación y a preguntarle su opinión: ¿no le parece poco profesional la información que reproduce las mismas palabras de los comunicados y ruedas de prensa sin averiguar más ni agregar antecedentes…? ¿Qué piensa usted? ¿No cree que los periodistas están fallando?”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local y Regional, explica: “Buena parte de la labor del periodista es la de fiscalizar, husmear, indagar que hay más allá de los hechos y versiones que entregan las autoridades, gremios, laboratorios, el ciudadano informado y el hombre de a pie. Para una información objetiva y transparente puede tener tanto valor lo que dice el Presidente de la República, como lo que dice un ciudadano del común al que se le han violado sus derechos o fue testigo de un acontecimiento.
Y añade: “El boletín de prensa, como la voz de quien llama a denunciar determinado hecho es apenas un insumo en la confección de las noticias. Es responsabilidad del periodista ir más allá del mismo para corroborarlo, desmentirlo o simplemente descartarlo por su falta de valor. De semillas insignificantes nacen los grandes árboles y el hombre mismo”.
Ni más ni menos. El maestro Javier Darío Restrepo enfatiza sobre el asunto: “Un periodismo que se limita a reproducir esos materiales es un periodismo mediocre, que no le ofrece garantía alguna al lector y que lo deja indefenso en manos de las oficinas de prensa de las entidades privadas o públicas, en las que suele hacerse propaganda, pero no información”.
Los boletines de prensa son puntos de partida y referencia. Sus contenidos deben someterse a la verificación y contraste de fuentes diversas para que se conviertan en información periodística veraz, imparcial, transparente y responsable.
El séptimo punto del decálogo del periodista creado por escritor el argentino Tomás Eloy Martínez es contundente: “Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero”.
Este periodismo de “palabras prestadas”, reproducidas fiel y torpemente de notas y ruedas de prensa, va en contravía de los principios éticos y del interés general, pilares que construyen la confianza y la credibilidad de las audiencias. Una sola fuente no es garantía de información confiable.
Considero que los periodistas de El Colombiano, verifican los datos y declaraciones que contienen los comunicados y notas, los amplían y aclaran, los contextualizan y producen un texto con los estándares de calidad exigidos por el Manual de estilo y redacción.
Con respecto a las ruedas de prensa observo que a veces se atomizan y algunos periodistas optan por la pasividad sin preguntar ni repreguntar en estos actos que se repiten con alta frecuencia, principalmente en entidades gubernamentales. Por fortuna en nuestro medio no existen las ruedas de prensa de meras declaraciones, sin preguntas.
No se puede olvidar que estas son acciones de los departamentos de comunicación, cuyos objetivos son diferentes a los del periodismo, porque ofrecen la visión unilateral y parcial de los hechos que afectan a la ciudadanía.
Los boletines de prensa bien elaborados, con declaraciones de interés público y rico en datos soportan el valor periodístico suficiente para incluir algún aparte dentro de la información compilada, producto de la averiguación realizada por el propio periodista.

 

Los comentarios y críticas de las audiencias

La Memoria de la Defensoría de las audiencias es el documento que cada año entrego a la Dirección del periódico. Contiene el resumen de las actividades; el análisis y la clasificación de los comentarios, observaciones, sugerencias y críticas de los lectores; las columnas del Defensor, y algunos anexos y recomendaciones.
El año pasado recibí 2.119 comunicaciones, casi todas por correo electrónico y en menor medida a través de llamadas telefónicas y cartas.
La clasificación de los mensajes indica que el mayor volumen corresponde al señalamiento de errores de diversa índole y de críticas al contenido: 37,4 %. En el año de 2014 esta categoría alcanzó el 38,4 %.
El segundo rango más alto, 33,6 %, lo ocuparon los comentarios, sugerencia y denuncias de los lectores sobre hechos relativos y complementarios a las informaciones. En el año inmediatamente anterior fue del 27.7 %.
En el tercer volumen mayor de comunicaciones de las audiencias están clasificadas las que atañen a observaciones y recomendaciones para adelantar investigaciones periodísticas, por parte de la redacción, sobre temas que afectan el interés general: el 9,5 %, guarismo similar al de 2014.
Un 5,6 % del conjunto de mensajes corresponde a críticas y aplausos u observaciones a los editoriales y columnas de opinión.
Otros datos son los siguientes: comentarios y quejas sobre el sitio web, 9,0 %; otros comentarios sobre el contenido, 2,4 %; sobre áreas del periódico diferentes a la de contenidos, 2,3 %.
Vale advertir que la Defensoría de las audiencias solo recibe una parte de los mensajes. También les llegan comunicaciones a la directora y a los periodistas, editores.
Estos mensajes los dirijo a los macroeditores y a la dirección para que les respondan a los lectores y decidan las acciones pertinentes. Sobre algunos de los comentarios escribo esta columna semanal e internamente estimulo la autocrítica en la sala de redacción, mediante la lectura sugerida de libros y documentos en la intranet del periódico.
Es evidente que en sala de redacción urge una mejor gestión de calidad para que los gazapos no se repitan y para sostener y mejorar los estándares que le dan credibilidad a la información, a sus autores y al periódico.
La publicación de la sección Fe de errores, en la edición impresa y en el sitio web es una acción sensata y transparente. Sin embargo, no todas las equivocaciones se corrigen, lo que puede originar una atmósfera de frustración en los lectores que contribuyen a detectarlas y de apatía en el interior del periódico. Y lo peor, el deterioro de la confianza y la credibilidad porque la imprecisión y el error quedan sin enmendarse.
De acuerdo con la filosofía del periódico los errores deben corregirse lo más pronto posible por razones éticas y de calidad, así lo consagra el Manual de estilo y redacción.
Los periodistas no somos infalibles, podemos errar, pero también podemos y debemos corregir. No hacerlo es sumarle otro error, como he insistido en columnas anteriores referentes a este mismo asunto de la Fe de errores.
¿A quién corresponde corregir los gazapos? En primer lugar el autor del texto informativo debe escribirlo correctamente. Es también función de los editores y macroeditores, quienes deben darle el último chequeo antes de la publicación Y también compete a los lectores. Muchos hacen un gran aporte cuando detectan los errores y nos envían sus críticas y comentarios.
En este orden de ideas les reitero la invitación a las audiencias para que nos ayuden a mejorar la calidad del periódico.

Lecciones de un plagio (2)

Esta reflexión continúa las consideraciones de la columna de la semana pasada sobre las lecciones que deja un plagio, referida al caso de la copia del artículo publicado por The New York Times, en el que incurrió la editora internacional de EL Colombiano, Diana Carolina Jiménez Bermúdez y que descubrió y alertó la lectora y suscriptora María Cecilia Mejía Jaramillo.
El trabajo en las áreas de información internacional de los periódicos requiere sumo cuidado por parte de los periodistas que recogen, analizan, contextualizan, verifican y contrastan informaciones de distintos sitios, autores y fuentes.
“El Colombiano cuenta con varias agencias internacionales con las que se contrató el envío de información. Se trata de las agencias AFP (fotografías y videos), Reuters (textos y fotografías), EFE, (textos), AP (textos, fotografías e infografías) y a nivel nacional tenemos contrato con la agencia Colprensa (fotografías, textos, infografías y videos)”, explica Gustavo Gallo Machado, macroeditor de Actualidad encargado.
Y agrega: “Las agencias internacionales las usamos como un insumo más, pues ellas nos entregan información a la que no tenemos acceso por no estar en el país donde salió la noticia, o porque no fue posible hablar con las fuentes inicialmente planteadas. De acuerdo con el Manual de Estilo de El Colombiano, se debe citar la agencia que nos envió la información y respetar las fuentes que están en el despacho informativo. Además el periodista firma la noticia para darle mayor transparencia a la información y asumir responsabilidades. Si está fuera del país cubriendo una noticia, al lector se le aclara que fue Enviado especial a ese territorio o país”.
El plagio es una conducta antiética. Así lo revelan todos los códigos de ética del periodismo. Uno de ellos, el de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico lo expresa con claridad y sencillez: “Canon 11: La firma o crédito del o la periodista debe ser emblema o marca de garantía de que la noticia, escrita o gráfica, ha sido trabajada con esmero, honestidad y diligencia. La firma o crédito no debe aparecer, por lo tanto, cuando el periodista sólo ha editado o ligeramente modificado una información o fotografía suministrada o cuando el periodista exija que se suprima su firma. El plagio es inaceptable”.
El acopio de datos que realiza el periodista en su labor investigativa lo obliga a respetar las fuentes y la autoría por razones éticas y legales, primero éticas.
En este lamentable caso se rompió la conducta honesta al apropiarse de las palabras, las frases y los párrafos de otro autor, sin citarlo ni darle el crédito a la publicación.
El plagio es uno de los errores más graves que puede cometer un periodista porque destruye la credibilidad, su principal patrimonio. Y de paso deja mal trecha la del medio de comunicación.
Atribuir, citar la fuente, a menos que se pacte su reserva, es elemental. El lector tiene derecho a conocer quién dice qué para poder formarse un juicio sobre la calidad de la información. Se irrespeta a los lectores porque se publica como original lo que es periodismo de segunda mano, es decir que se apropia de la creatividad y el esfuerzo del autor original, en todo o en parte.
Además, plagiar la obra de otro viola el principio de veracidad y deshonra a quien así actúa.
Queda la gran lección de que solo el juego limpio del periodismo garantiza la credibilidad. Que las audiencias tienen derecho a recibir información veraz, imparcial, responsable y transparente. Y que como María Cecilia Mejía Jaramillo, los lectores nos pueden ayudar a mantener la credibilidad y a mejorar la calidad.

Lecciones de un plagio

El reclamo de la lectora y suscriptora María Cecilia Mejía Jaramillo por el plagio que la editora internacional Diana Carolina Jiménez Bermúdez hizo en el artículo “Claves para entender la crisis que tiene en vilo al mundo musulmán”, publicado el día 5 de enero, página 6, obliga la reflexión de audiencias, periodistas y medios.
La denuncia golpea la credibilidad: “El mencionado artículo en traducción literal reproduce casi totalmente (algunas pocas líneas fueron omitidas) el del periódico norteamericano escrito por el señor John Harney un día antes de su publicación, es decir el 3 de enero de 2016. Esta copia parasitaria, no cita la fuente, no da crédito a su verdadero creador, no expresa haber obtenido permiso para su traducción, y lo que es más grave aún, atribuye su contenido a una persona que no es su autor…”, precisó la lectora en su comunicación del 13 de enero.
La directora Martha Ortiz Gómez asumió, sin dilaciones, la investigación. “La consecuencia de ese comportamiento por el cual me excuso ante nuestros lectores, es que dicha periodista ha tenido que asumir la responsabilidad de sus actos y ya no es parte de nuestra organización. Esta experiencia también ha servido de inspiración para charlas con el equipo sobre deberes y derechos de la información como también para tomar medidas que nos ayuden a cumplir con los valores que enaltecen el periodismo y su compromiso con la sociedad”, sostuvo.
Destapar la trampa y resolver el enredo es la primera tarea. En la edición del jueves 21 de enero la directora ofreció disculpas en el editorial titulado El deber de la honestidad: “No solo ante la lectora, sino ante todas nuestras audiencias, reconocemos la gravedad del caso. Tenemos confianza en nuestros redactores, en su compromiso de calidad y en ejercicio ético del oficio”.
Expresó también: “Ofrecemos sentidas disculpas a nuestras audiencias y a los colegas afectados. Nuestro producto es precisamente para que sea examinado por cientos de miles de ojos cada mañana al abrir el periódico en papel, al desplegar sus versiones digitales y al visitar las redes sociales”.
El periodismo se debe a sus lectores. El ciudadano es el titular de la información. Los lectores fueron engañados y debían saberlo una vez se confirmara la copia.
Reconocer el poder de las audiencias es otra lección. Ellas son cogestoras de la información: sugieren asuntos, expresan juicios, cuestionan y señalan errores. Escucharlas, analizar las observaciones y decidir los correctivos pertinentes. El Colombiano estableció la figura del Defensor de las Audiencias para apoyar la relación.
Urge aceptar la crítica y alentar la autocrítica: “El periodismo encaja mal las críticas. Tiene, como algunos buenos boxeadores, la mandíbula de cristal…”, escribió José Miguel Larraya, Defensor del lector de El País, en unas de sus columnas del 2007.
Y, por supuesto, evaluar y efectuar los cambios que garanticen la excelencia periodística. Sería valioso establecer un programa de gestión de la calidad de la información que corrija y evite los errores. Que acompañe todo el tiempo la producción periodística y mantenga la confianza, la formación, el diálogo profesional y la autocrítica en la sala de redacción. Es el único camino para alcanzar la credibilidad.
Siguen vigentes los principios éticos del periodismo: veracidad, imparcialidad, responsabilidad y transparencia. El Manual de estilo y redacción advierte: “…la utilización de textos ajenos implica la obligación de honrar los derechos de su autor mediante el uso de las comillas y de la mención correspondiente. El periodista de EL COLOMBIANO excluye de sus prácticas la copia y el plagio…”. Citar las fuentes siempre da más credibilidad.
Esta reflexión continuará.

¿Cubrir o descubrir?

El lector Juan Leonado Ortiz considera que “… en general a los periodistas les falta investigar más lo que ocurre en el gobierno, ya sea nacional, departamental o municipal. No pueden tragar entero y reproducir la información que sale de la boca de los funcionarios o que les llega en los boletines de prensa y deben seguirles las pistas a los anuncios oficiales…”.
El lector cuestiona el periodismo y sugiere varios interrogantes sobre los cuales es oportuno reflexionar: ¿Cuál es la función del periodismo y cuál el papel de los periodistas frente a la información de las entidades públicas? Y aún otro: ¿Qué distancia deben guardar los periodistas de las fuentes oficiales para merecer la credibilidad de las audiencias?
El periodista debe descubrir en vez de cubrir, aunque el Diccionario de la Real Academia Española, RAE acepta este último término: “Dicho de un informador: Seguir de cerca las incidencias de un acontecimiento para dar noticia pública de ellas. Cubrir la información del viaje real. Cubrir el viaje real”.
Considero, así, que el periodista tiene la misión de cubrir los hechos y descubrir en las declaraciones de funcionarios públicos y en las líneas de un comunicado de prensa las novedades y los acontecimientos que afectan e impactan a los ciudadanos para confeccionar la información que les suministra.
Un comunicado es la cuota inicial de una noticia o reportaje. Transcribirlo tal cual sería solo la acción de ponerle un altavoz a la información oficial.
Preguntar y repreguntar; escuchar otras voces; consultar la contraparte; mirar los hechos desde múltiples perspectivas; revisar los antecedentes y explorar los contextos, son actividades propias y lógicas del trabajo periodístico que busca llevar información veraz, imparcial, rigurosa y de calidad a las audiencias.
Cuando el periodista pregunta lo hace en nombre de los ciudadanos. Los periodistas somos garantes del derecho de información. Tenemos la responsabilidad de entregarla para que el ciudadano se informe, se forme una opinión personal, tome las decisiones del caso y tenga elementos de juicio para participar, si así lo desea, en el debate público.
La cercanía a las fuentes oficiales puede comprometer la autonomía de los periodistas, especialmente cuando las relaciones arriesgan la independencia, que es uno de los principios fundamentales del ejercicio profesional.
“Para EL COLOMBIANO es un deber mantener a salvo de cualquier clase de presiones la veracidad e imparcialidad de sus informaciones. Se lo exigen la buena fe de sus lectores y la necesidad de preservar su activo más valioso: su credibilidad”, declara el Manual de estilo y redacción.
La credibilidad se mantiene si el medio y el periodista hacen el seguimiento informativo. Descuidar y abandonar los asuntos de interés general menoscaban la confianza en ambos, causando el malestar que manifiesta el lector por la falta de memoria. Indagar por los plazos, buscar lo que alguien quiere mantener oculto y rastrear los datos más relevantes son tareas clave.
Aquí es cuando el periodismo de investigación cobra vigencia, para ejercer la tarea de fiscalización de los poderes públicos y contribuir a la salud de las instituciones democráticas. Quienes toman decisiones que afectan el interés público, por mandato popular o por nombramiento, están sometidos al escrutinio de los medios de comunicación y de la ciudadanía.
Veracidad, independencia, imparcialidad y transparencia son requisitos de una información de calidad que garantizan el derecho a la información y en consecuencia alientan la participación de los ciudadanos, el disenso y la construcción de mejores instituciones.
En otra oportunidad habrá que volver a reflexionar sobre la responsabilidad social de medios y periodistas.

Si la información no encaja en los códigos

El lector Lisandro Mesa O., dice: “Hace poco durante un ´curso de manejo defensivo´ recuerdo que el instructor nos hizo énfasis sobre la gran diferencia entre ´accidente´ e ´incidente´ (clase 5), aunque el Código Nacional de Tránsito se queda corto al no incluir la definición de incidente (capítulo 2), si establece para accidente de tránsito: …evento generalmente involuntario, generado al menos por un vehículo en movimiento, que causa daños a personas y bienes involucrados en él…”.
Añade: “Ante esto es claro que antes de sufrir un accidente nos enfrentamos a varios incidentes como consecuencia de actuaciones inseguras sin llegar a ocasionar algún tipo de daño o lesión. En la noticia de El Colombiano del domingo 3 de enero de 2016 (página 17, Metro) el periodista utiliza el término incidente (tres veces) y accidente (cinco veces) para referirse al mismo evento…”.
Y pregunta: “Mi duda es: el uso de cualquiera de los términos incidente o accidente como los emplea el periodista ¿es indiferente?, o por el contrario se trata de dos situaciones diferentes y por ende ¿es incorrecto?…”.
Carlos Mario Gómez, editor del Área Metro, explica: “De antemano, gracias por su reflexión. Coincidimos con usted en que los términos incidente y accidente tienen significados diferentes, puesto que el accidente implica daños (no solo víctimas ni lesiones, daños —´Suceso eventual o acción de que resulta daño involuntario para las personas o las cosas´, define el diccionario de la Real Academia Española—; el incidente se define como el hecho que sobreviene en el curso de un asunto o se relaciona con él (tomado de la misma fuente). Aplicamos en consecuencia el término incidente de tránsito para todo lo que ocurre que tenga relación con la circulación de vehículos, y accidente para aquellos incidentes que provocan daños de manera involuntaria. Un incidente en el que no hay lesión, como usted propone y pasa a menudo, es un accidente si implica daños causados sin que sea ese el propósito. Un accidente, no un ´casi accidente´.
La opinión de Eduardo Aristizábal Peláez, abogado y periodista es la siguiente: “Me permito responder la inquietud con un ejemplo: Voy en mi vehículo, cambia el semáforo a rojo y freno. El conductor del vehículo que me sigue no frena oportunamente, golpea fuertemente mi carro y los 2 resultan averiados. Estamos frente a un accidente de tránsito, porque hubo un hecho involuntario, no deseado y hubo daño, en este caso material”.
Y añade: “Pero yo me bajé muy molesto y el otro conductor también y discutimos fuertemente. En esta segunda parte del relato hubo un incidente, porque fue una decisión voluntaria, consciente, de los dos. La diferencia entonces entre accidente e incidente es muy sutil y se discute permanentemente. En el accidente hay daños materiales o humanos o pérdida de vida y no es deseado, es un imprevisto. El incidente se da como resultado de una decisión voluntaria y consciente y no hay lesiones ni daño”.
Es frecuente el desconcierto en informaciones con términos jurídicos. Considero valiosa la observación del lector porque además de la crítica invita a la discusión de estos asuntos que surgen a diario en las redacciones, sobre todo cuando por ligereza o ignorancia los periodistas no usamos los términos propios, empleamos sinónimos a la ligera o simplemente los confundimos.
Antes de publicar, los periodistas tenemos el reto de estudiar y resolver las dudas que se presentan con el uso de un término jurídico y analizar los casos en los que se lía con el lenguaje periodístico para escoger la expresión propia. Es la única forma de informar con claridad, rigor y responsabilidad.

El desafío de recuperar la credibilidad

A la hora de revisar los mensajes que recibí de los lectores en el año 2015 salta a la vista que el mayor volumen de quejas y observaciones corresponde a errores ortográficos, gramaticales, de digitación y de toda clase de equivocaciones e imprecisiones.
Esta falta de calidad de las informaciones también se refiere al contexto de la historia, a las cualidades periodísticas y de redacción, al contraste de las fuentes consultadas y a la observación de los principios del periodismo.
Buena parte de los errores son corregidos y aclarados en la sección Fe de errores que se publica tanto en la edición impresa como en la digital.
Es evidente que la calidad tiene objetivos por cumplir para alcanzar mejores estándares. Los periodistas tenemos el gran desafío de mejorar la credibilidad perdida o menguada por cuenta de los gazapos.
Es cierto que las equivocaciones se presentan en todos los medios de comunicación del mundo y que tienen un impacto directo en la credibilidad, incluso en la imagen de los periodistas.
En Colombia la confianza en los medios de comunicación ha experimentado la peor caída en los dos últimos meses, según los estudios de opinión de la firma Invamer-Gallup.
En la medición de noviembre la opinión favorable bajó al 56 por ciento y en diciembre al 57 por ciento. La desfavorable, alcanzó el 41 y el 40 por ciento, respectivamente. El estudio se realizó sobre una base de 600 encuestados y el margen del error es más o menos 4 por ciento. Hace 10 años la confianza rondaba el 80 por ciento, según los datos históricos de la misma firma encuestadora que periódicamente mide la aprobación y desaprobación de las distintas instituciones nacionales.
Otra referencia cercana la presenta el reciente Informe Anual de la Profesión Periodística 2015 realizado por la Asociación de la Prensa de Madrid, APM.
Según este estudio, los periodistas españoles gozan de una calificación de 5,5 sobre 10, índice ligeramente superior al 5,3 logrado en la misma medición del año 2014.
En Estados Unidos está fresco el episodio protagonizado por Brian Williams presentador de la cadena de televisión NBC quien dijo que estaba en un helicóptero que se vio forzado a aterrizar en 2003, versión desmentida por los veteranos de la guerra de Irak. En realidad Williams iba en otro helicóptero de las fuerzas estadounidenses.
El error, en este caso tan grave, porque riñe con la verdad, que es el valor supremo del periodismo, atenta contra la credibilidad de los periodistas y del medio de comunicación para el cual trabajó.
Según publica BBC, “La mentira de 12 años de Williams es un desastre para él y la cadena de la que es la imagen de noticias”, escribió John Nolte, del sitio web Breitbart.
Añadió: “Obviamente nadie en NBC se molestó en comprobar una historia que era demasiado buena. Y peor aún, esto sólo agravará los problemas de credibilidad y audiencia que han dañado la marca NBC desde hace unos cuantos años”.
El primer paso para mejorar la calidad y recuperar la credibilidad del periodismo es corregir los errores en la edición siguiente o cuanto antes en las ediciones digitales. Es apenas una actitud de honradez profesional, de rigor y respeto al principio de veracidad.
Luego, generar un proceso de aprendizaje a partir de las equivocaciones. Este programa de formación permanente debe extenderse a toda la redacción con capacitaciones y ayudas de instrumentos pedagógicos. Algunos periódicos realizan evaluaciones permanentes con el fin de mejorar las competencias profesionales.
El desafío de recuperar la credibilidad es un propósito inaplazable.

Las distorsiones del periodismo espectacular

La lectora Luz Amparo Figueroa cuestiona el periodismo sensacionalista. Dice en su comunicación: “Le escribo para preguntarle por qué los periodistas, especialmente los de televisión, le dan demasiada importancia a las noticias violentas y de personajes famosos. No sé si usted ve televisión pero al error en la ceremonia de Miss Universo le dedicaron casi media hora en un noticiero. Lo peor es que algunos periódicos van por el mismo camino sensacionalista…”.
Con frecuencia los lectores me escriben o llaman para quejarse en el mismo sentido.
No se puede generalizar, pero es evidente que muchos noticieros de televisión magnifican las informaciones sobre delincuencia y criminalidad, hasta el punto que los primeros titulares corresponden a estos hechos y en consecuencia, las primeras imágenes nos sorprenden con una riña, un accidente, una violación, una película de una cámara de seguridad que capta el robo de mercancías en un supermercado. Me refiero a casos irrelevantes o de poco interés público que buscan impactar los sentidos.
A veces los informativos también se ocupan de rumores o noticias sensacionalistas en los que están involucrados personajes del mundo de la farándula, llegando al extremo del acoso y la violación de la intimidad y del buen nombre.
Algunos medios televisivos y digitales, incluso periódicos amarillistas, de dudosa solvencia profesional, porque no verifican ni contrastan los hechos, definen su estrategia en el periodismo espectacular, emocional, que busca captar la atención de las audiencias a cualquier precio. Quizá este afán por conquistar más televidentes y más seguidores permea a los periódicos calificados como serios.
Los autores estudiosos de estos asuntos analizan casos como el despliegue que le dieron los medios, incluida la prensa, a la famosa Lady Di, princesa de Gales, desde sus nupcias hasta su aparatosa muerte en un accidente de tránsito, al parecer provocado por eludir a un paparazi.
Un acercamiento a estos contenidos sensacionalistas y amarillistas permite observar otras desviaciones: preferir personajes que polemicen hasta el enfrentamiento para presentar los temas de la agenda informativa; magnificar los hechos escandalosos que racionalmente no merecen tanto tiempo o espacio; dejarse seducir por la primicia o la chiva periodística, saltándose la verificación de los hechos y la consulta a distintas fuentes informativas; seguir las modas y tendencias impuestas por medios que obedecen a criterios comerciales sin ética ni calidad periodística.
Estas últimas circunstancias ponen en riesgo a los medios escritos, tal como lo presiente la lectora, porque se alejan de los principios del periodismo: entretienen la audiencia en vez de informarla. Confunden interés público con interés del público…
Los lectores, oyentes y televidentes se encuentran en un cruce de caminos, sin saber cuál es la información que reúne los estándares de veracidad y calidad informativa que les merece credibilidad y confianza.
La prensa es considerada desde tiempo atrás el medio de comunicación más serio, aunque algunos periódicos amarillistas representan la excepción. Hoy los medios impresos llegan a unos 2.500 millones de lectores, pero se observa el creciente número de personas que se informa a través de los medios audiovisuales y digitales y de las redes sociales.
Así, las audiencias están expuestas a este modelo que antepone el escándalo a la verdad; el entretenimiento y la diversión a la información; la inmediatez a la calidad; la emoción a la razón; la ficción a la realidad; el rumor a la noticia.
Corresponde a los periodistas mantener el apego a los principios del periodismo responsable y a las audiencias, identificar estos medios de comunicación para recibir la información sin distorsiones.

Rigor: garantía de credibilidad

El lector Lisandro Mesa O. dice: “El artículo publicado el día de hoy (3 de diciembre) en la página 4 (Actualidad) tiene imprecisiones al cuantificar el número de países europeos que no exigen visa: El encabezado informa de 26 países. En el desarrollo de la noticia enlistan 27 países. En la infografía aparece una lista con 28 países. ¿Son 26, 27 o 28 los países?”.
Y añade “Verificando la información en la página de la cancillería se evidencia porque el gazapo: “Colombianos pueden viajar sin visa a 26 países de la Unión Europea más Suiza y Liechtenstein”. En el encabezado el periodista no suma los dos países del titular de la cancillería (Suiza y Liechtenstein), en el desarrollo de la noticia tuvo en cuenta solo uno (Suiza) y en la infografía aparece la lista total”.
Santiago Valenzuela, autor de la noticia anota lo siguiente:
“Revisando la información, veo que el lector tiene razón. Es un tema complejo porque se debe precisar la diferencia entre espacio Schengen y Unión Europea (el Acuerdo fue suscrito con la Unión Europea). La Unión Europea está compuesta por 28 países, el Espacio Schengen por 26 países. De los 26 países, 22 son miembros de la Unión Europea : Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Suecia, República Checa, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, Grecia. Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza y no hacen parte de la Unión Europea. La información de la Cancillería ha venido variando y por eso cuando se habla sobre visa Schengen quizá se mencionen menos países. Así lo explica la Cancillería:
¿En qué consiste el acuerdo de exención de visa suscrito con la Unión Europea?
Es un acuerdo que permitirá a los ciudadanos colombianos viajar, sin necesidad de solicitar una visa, a 26 de los 28 países miembros de la Unión Europea, por un tiempo máximo de 90 días, continuos o no, dentro de un periodo de 180 días. Ni Irlanda ni el Reino Unido se encuentran dentro del Acuerdo, por lo que es necesario solicitar una visa para visitar estos países.
Sobre los países que no hacen parte de la Unión Europa la Cancillería informa los siguiente (diciembre 18 de 2015):
¿Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza están incluidos en el Acuerdo?
Estos cuatro países no hacen parte de la Unión Europea y no están incluidos en el Acuerdo de exención de visa de corta estancia. Sin embargo, estos cuatro países decidieron hacer extensivo este beneficio y a partir del 3 de diciembre permitirán el ingreso de los colombianos a su territorio sin necesidad de visa.
Al respecto, considero que las imprecisiones, por leves que parezcan, lesionan el rigor, una de las cualidades del periodismo de calidad. La credibilidad del periodista y del medio siempre está en juego; se construye todos los días mediante la acción disciplinada, constante, de contrastar las fuentes informativas, corroborar los datos y revisar con lupa cada cifra. Es frecuente que se tengan que ampliar los detalles o contextualizar la historia para lograr mayor claridad y rigor.
Si las fuentes consultadas no coinciden en uno de los datos, “El periodista debe señalar con claridad la discrepancia que surja entre varias fuentes acerca de un hecho. En ningún caso se optará sin explicación por una versión, sea en los títulos o en las entradas”, señala el Manual de estilo y redacción de El Colombiano.
En reflexiones futuras me referiré a otras imprecisiones detectadas por las audiencias en los últimos días y que menoscaban la credibilidad y la calidad.

Cuando la ortografía es un desastre…

Una observación recurrente es la que plantea el lector Jesús Antonio Tamayo: “Vivo sorprendido por la mala ortografía de muchas personas que escriben comentarios en los periódicos y mucho más, perplejo, debido a los errores que se cometen en las redes sociales. ¿No considera usted que la ortografía es un desastre en estos medios? Quiero que escriba en su columna sobre el tema…”.
Es evidente que el lector está preocupado y molesto porque a diario lee lo que escriben otras personas, quizá con descuido o algo de ignorancia.
Sin embargo, la respuesta no es sencilla porque aquí confluyen varios factores que es oportuno tener en cuenta.
En primer lugar, nunca como hoy habíamos estado ante una explosión de opiniones y expresiones en el foro de los lectores y en las redes sociales.
Los teléfonos inteligentes, computadores y tabletas están a la mano de millones de personas que pueden teclear un mensaje en forma sencilla e instantánea.
Ahora, todos estamos más expuestos a que conozcan qué pensamos y en este caso, cómo nos expresamos, cómo escribimos. Además, usamos expresiones más cercanas a la oralidad,
En estas circunstancias no podemos manifestar que la ortografía es un desastre por el auge de las redes sociales y el uso compulsivo que de ellas hacemos.
En segundo lugar aparece el problema del uso del lenguaje. En los comentarios de las audiencias en los medios de comunicación y particularmente en la comunicación a través de las redes sociales observamos que muchas palabras son abreviadas, algo así como si se tratara de una oleada de expresiones reducidas e influenciadas por la economía de tiempo y espacio.
Algunos lingüistas no le ven problema a este fenómeno porque dicen que en la edad media se permitían emplear palabras abreviadas. Más bien, observan cierta dosis de creatividad en las nuevas formas de escritura.
No obstante, si comunicar es poner algo en común, es vital que el receptor comprenda el mensaje tal cual lo difunde el emisor.
Así lo expone Creóbulo Sabogal, de la Academia Colombiana de la Lengua: “Puede que el mensaje se entienda, pero no significa que sea legible. Hay que aprender a interpretar los símbolos, imágenes y abreviaciones para entender un mensaje”.
En lo que si hay consenso es en el reclamo por la mala ortografía y otros errores comunes. La corrección idiomática es un requisito del lenguaje, igual que la sencillez, la claridad y la propiedad.
Escribir correctamente es un valor de la escritura en el trabajo o en el medio educativo. No es mérito exclusivo de los escritores.
Parece que los errores no solo se cometen en las redes sociales. El escritor Juan David Villa sostiene: “La escritura en redes sociales y en chats, en general, es tan descuidada como la del cuaderno del colegio o del diario personal, solo que es pública, la ven muchos”. Esta afirmación fue publicada hace poco en este mismo diario.
La falta de lectura de autores recomendados por su estilo y calidad de sus libros y otros problemas del sistema educativo explican muchos de estos gazapos.
Por fortuna surgen acciones que buscan estimular el uso correcto del idioma como la que impulsa la Fundación Español Urgente, Fundéu. Y también, por suerte, muchas de estas iniciativas son emprendidas en las mismas redes sociales y en blogs que están al alcance de audiencias y usuarios.
Esta cruzada por el buen uso del lenguaje cuenta con miles de seguidores, quienes saben que la mala ortografía atenta contra el buen nombre del autor y la credibilidad de sus opiniones.