Cuando los lectores cuestionan las fuentes de información

No siempre los periodistas somos testigos de los hechos. Para conocerlos, nos apoyamos en las fuentes de información. El lector Carlos Alberto Marín pregunta: “…no entiendo eso de las fuentes dignas de todo crédito o cualquier otra oración que usan ustedes los periodistas para no identificar las fuentes informativas. Señor defensor, le pregunto, ¿cuándo un periodista puede ocultar las fuentes, cuál es el manejo que se les da en los medios de comunicación, como elige entre una y otra? ¿Por qué las informaciones sobre un mismo caso son diferentes? Como lector le solicito que me aclare estas preguntas….”.

El tema que pone sobre la mesa el lector es amplio. Quizá lo primero que debo señalar es que las fuentes construyen el más valioso patrimonio del periodista: su credibilidad y la del medio de comunicación.

El proceso de averiguación de un hecho pasa por la consulta a testigos que lo presenciaron o a personas que pueden dar una versión por estar cercanos o directamente involucrados en el. También pueden ser documentos o elementos que ilustren y aporten los insumos para reconstruirlo o explicarlo.

Como lo he sostenido en otras columnas, las fuentes deben ser plurales y distantes. Es una norma profesional consultar dos o mal fuentes de información y nunca debe faltar la contraparte. Deben ser verificadas, confrontadas e identificadas.

Las fuentes “autorizadas”,  “de alta fidelidad”, “de entero crédito” no pueden convertirse en fórmulas frecuentes, porque dejan al lector sin un elemento fundamental para formarse su criterio personal, además que menoscaban la credibilidad.

La reserva de la fuente debe ser un recurso extraordinario, producto del acuerdo entre el periodista y quien suministra la información. El periodista que haga el acuerdo deberá ponderar su decisión teniendo en cuenta riesgos ciertos, y justificados para mantener el secreto. Podría decirse que solo si media el interés general y en peligro la vida del informante excusan la omisión.

Sin embargo, el periodista deberá confrontar la información antes de divulgarla y describir las calidades de quien no quiere aparecer como fuente visible.

La práctica del secretismo es dañina porque con frecuencia el periodista es manipulado por una fuente de información que está dispuesta a revelar solo algunos datos, los que le conviene.

Esta reflexión continuará en la próxima columna.

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