Cuando los lectores cuestionan las fuentes de información(2)

Esta columna amplía las consideraciones en torno a la comunicación del lector Carlos Alberto Marín. El asunto de las fuentes secretas tiene aspectos que precisan una reflexión detenida, entre otras cosas porque no se trata siempre de una cuestión legal sino de ética periodística.

Estoy de acuerdo con quienes argumentan la validez de las fuentes anónimas para desarrollar el periodismo de investigación. Basta recordar a Garganta profunda, el seudónimo de William Mark Felt, funcionario del FBI, quien colaboró en el famoso caso del Watergate con Carl Bernstein y Bob Woodward, reporteros de The Wasghinton Post, y cuyo desenlace fue la renuncia del presidente estadounidense Richard Nixon, en 1974.

Al periodista le corresponde valorar las fuentes: no es lo mismo una fuente reservada que un informante. En la primera categoría se clasifican funcionarios y personas cuyas identidades no se revelan, previo acuerdo fundamentado en el secreto profesional, para proteger la vida y la integridad. En cambio, el informante es una persona desconocida que filtra un documento, que puede ser veraz, pero con quien el periodista no puede interactuar por mantenerse oculto.

La fuente informativa es la persona que se relaciona habitualmente con el periodista. Entre ambos hay trato profesional, respetuoso, independiente, que conserva cierta distancia para no caer en la amistad o familiaridad.

Generalmente con el informante la relación es unilateral, es decir, el periodista recibe documentos informativos que quiere divulgar, sin que exista la posibilidad de establecer vínculo alguno.

Muchas veces los informantes son personas sin escrúpulos que ponen en circulación información parcial, interesada o calumniosa, motivadas por venganza, revancha y ánimo dañino, o para buscar efectos que distorsionen los hechos, que los cubra con una cortina de humo de tal manera que los ponga en plano menos visible con beneficios personales y velados.

Filtraciones y rumores, aún originados en fuentes conocidas, son de alto riesgo porque convierten al periodista en idiota útil y juegan con su credibilidad y la del medio de comunicación que los acoge.

La información filtrada debe ser verificada y contrastada por fuentes responsables antes de divulgarse. El Colombiano se ha negado a publicar documentos filtrados al prever intenciones maléficas. Soy testigo de más de un caso.

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