Cuando los comentarios tienen mal sabor (2)

“Los comentarios y opiniones emitidos por los usuarios serán moderados y validados antes de ser publicados…”: Normas de uso de elcolombiano.com. Así dice el reglamento establecido por el periódico para regular la participación de los lectores en el foro abierto que permite comentar las informaciones y opiniones. Las Normas de uso están a un clic, al inicio de la sección de comentarios. Recomiendo leerlas o volver sobre ellas. La normativa establece también que: “…Si algún usuario incumple éstas prácticas de uso, ya sea porque elcolombiano.com se enteró de ello o porque un tercero le notificó, elcolombiano.com se encuentra facultado y se reserva el derecho, de retirar al usuario de los chats, blogs, foros, discusiones, sistemas de comentarios, sondeos, o cualquier otra herramienta o servicio que se preste en el sitio. Así mismo, podrá remover todos aquellos contenidos que en su criterio atenten contra estas prácticas o no resulte conveniente o adecuado publicar…”. El objetivo es “…construir un espacio regido por las normas morales y las sanas costumbres…” Estas Normas de uso no están alejadas de otras condiciones adoptadas por medios de comunicación de diferentes latitudes, con el fin de mantener alejados a quienes buscan propósitos ilícitos e indeseables que dejan mal sabor entre los lectores. Desamparar el foro, por falta de moderación o por deficiencia, puede poner al medio en el riesgoso escenario de generar un mayor tráfico a costa de permitir la violación de los derechos humanos, degradar el debate y la controversia, desalentar la participación de las audiencias y, en definitiva, perder credibilidad. Creo que vale la pena insistir en la utilidad del foro. El diario capitalino El Tiempo, por ejemplo, fija su política en términos similares: “No escribir textos, ni subir imágenes o cualquier otro material que atenten contra la integridad humana; la crítica es muy importante pero enfóquela para que sea constructivo”. “Ayudar a construir la comunidad, filtrando los malos comentarios; visitando el trabajo de los demás para que otros visiten el suyo; respondiendo a los comentarios que otros usuarios hacen dentro de su blog de manera coherente y respetuosa, el objetivo es construir un diálogo alrededor de los temas propuestos en cada entrada…”. Quedan otros asuntos pertinentes sobre los cuales habrá que reflexionar.

Cuando los comentarios tienen mal sabor

“Antes de comentar algún artículo en elcolombiano.com el usuario debe registrarse, de esta manera garantiza claridad y disposición al sano debate”.  “En elcolombiano.com buscamos que los espacios interactivos promuevan el intercambio sano, respetuoso y tolerante de las ideas, que contribuyan al bienestar y la libre expresión en nuestros usuarios…”.
Esta primera frase de las Normas de uso que debieran conocer y acoger los lectores que opinan en la edición digital no se cumple siempre.
Algunos lectores se han quejado en las últimas semanas porque encuentran escritos que dejan mal sabor por tontos, bajos, soeces, atrevidos, injuriosos y aun calumniosos.
Unos pocos, también reclaman por el uso incorrecto del lenguaje.
Esto ocurre cuando al moderador se le cuelan opiniones que desdicen de la política establecida por El Colombiano para el foro.
Los medios de comunicación establecen condiciones para tratar de mejorar el ambiente de pugnacidad que se advierte en el debate que suscitan algunos temas periodísticos. Y sobre todo para defenderse de quienes solo buscan molestar, ofender y atacar, sin ton ni son. Estos usuarios que fastidian y provocan son los llamados troles.
En algunos casos la moderación es posterior a la publicación. En otros medios, el foro está abierto solo para algunas de las secciones. Otra opción es que los mismos foristas censuran los comentarios salidos de tono y el moderador periodístico los borra.
En BBC, incluso, reescriben los comentarios que tienen incorrecciones para que la audiencia reciba un texto impecable.
En fin, sigue la búsqueda de un método para que el foro no se desmadre ni se violen los derechos humanos y pongan a los autores y aun al medio de comunicación a las puertas de un lío judicial.
Creo oportuno volver a insistir en algunas de las Normas de uso establecidas por el periódico para el foro:
“En nuestra página proponemos una interacción moderada: todos los comentarios, antes de ser publicados, son leídos por nuestros periodistas, quienes autorizan o denegan su ingreso, de acuerdo con lo establecido en el aviso legal y de uso general del sitio”.
“En elcolombiano.com no se publicarán comentarios que inciten, promuevan, apoyen, defiendan o tengan el carácter de racistas, xenófobicos, discriminatorios, terroristas, pornográficos o atentatorios del buen nombre de las personas y, en general, que atenten contra los derechos humanos”.
Esta reflexión continuará.

Fe de errores: buena práctica

La sección Fe de errores de El Colombiano se publica en Radar, a continuación de la información de Metro, en la página de Malala. El Manual de estilo y redacción de El Colombiano expresa la voluntad de corregir los errores y equivocaciones publicados. Es un deber del periodista hacerlo porque atentan contra el principio de veracidad y pone en riesgo su credibilidad y la del medio.

Dice textualmente el Manual: “La primera obligación del periodista de El Colombiano es la de ser veraz en sus informaciones y en sus comentarios. Los lectores tienen derecho a estar informados veraz, oportuna y suficientemente. El periodista está obligado a informarlos en estos términos”.

Añade que “El Colombiano no debe publicar informaciones erróneas. Si, a pesar de todo, llegasen a publicarse, se corregirán con franqueza y claridad, para reparar, en cuanto sea posible, el daño o desinformación que el error pudiera haber causado”.

“Nada mina tanto la confianza del lector como encontrar errores e incorrecciones idiomáticas en las páginas de su periódico”,  declara el libro de estilo del periódico ABC, de Madrid. Y el director de El País,  también diario madrileño, Javier Moreno, expresó hace poco: “El error más pequeño resulta intolerable, porque causa un grave daño a la imagen del diario”.

Los errores arruinan los textos periodísticos, irrespetan a los lectores, apenan al periodista y menoscaban la confianza del medio de comunicación.

Sobran razones para que el periódico corrija las faltas de ortografía, de concordancia, mala puntuación, imprecisiones, erratas y toda suerte de equivocaciones.

Corregir es un acto de coherencia editorial, transparencia informativa y, claro, de humildad y honradez. Todos nos equivocamos. Todos, también, debemos corregir y disculparnos por el error. No corregir es otro error.

La Fe de errores se publica en un sitio fijo: Radar, contiguo a la sección Metro, en la misma página en donde aparece Malala. Es una buena práctica porque, es la estrategia inicial de la gestión integral orientada a la prevención y corrección de los errores. Es decir, esta práctica corresponde a cualquier programa que busque mejorar la calidad periodística.

Expreso mi gratitud a los lectores que nos ayudan a detectar errores, inexactitudes, equivocaciones y los invito para que me envíen sus observaciones. Bienvenida la crítica de las audiencias.

Cuando los lectores cuestionan las fuentes de información (3)

Los relatos periodísticos pueden variar por las fuentes consultadas y la política editorial. Esta reflexión se refiere a la última parte de la inquietud del lector Carlos Alberto Marín, quien pregunta por el manejo que le dan los medios a los temas informativos y por qué hay diferencias en las publicaciones, a pesar de tratarse de un mismo hecho.
Pretendo explicar resumidamente el proceso de comunicación que se establece entre las fuentes de información, los periodistas, el medio de comunicación y las audiencias.
El medio de comunicación sigue las líneas de su política editorial. Es decir, cada uno tiene su filosofía, que es el conjunto de principios ideológicos y periodísticos que constituyen su razón de ser.
Además, cada medio acredita un modelo y define una metodología para la producción de sus contenidos.
Los periodistas conciben la agenda en un ejercicio colectivo. En el consejo de redacción eligen los asuntos sobre los cuales van a informar.
A la postre, son los periodistas y los medios los que optan por unos asuntos y deciden cuáles fuentes de información consultan y con qué características y despliegue divulgan. No todos coinciden en los temas,  jerarquización, profundidad, extensión.
Son también los periodistas los que establecen las relaciones con las fuentes de información: cercanas o distantes, permanentes u ocasionales, de primera mano o apenas allegadas. Ellas suministran los insumos informativos para construir una versión de la realidad. 
Los periodistas y los medios son grandes intermediarios entre las fuentes y los lectores y el relato construido va a depender en gran medida de la calidad de las fuentes, del contexto y la capacidad de observación e investigación.
La realidad que difunden depende de estos factores y la información será una representación aproximada de los hechos, que según los principios éticos y legales, tendrá que ser veraz, imparcial, transparente y responsable.
El solo punto de vista puede originar una información diversa. Las diferencias de las publicaciones, que las audiencias aprecian y que cuestiona el lector Carlos Alberto Marín, parecen, así, lógicas y racionales. Si cada medio tiene su propia filosofía y modo de ver los hechos y, además, cada uno consulta fuentes diferentes, las publicaciones tendrán improntas particulares, aunque muy seguramente todos coincidirán en los datos principales.

Cuando los lectores cuestionan las fuentes de información(2)

Esta columna amplía las consideraciones en torno a la comunicación del lector Carlos Alberto Marín. El asunto de las fuentes secretas tiene aspectos que precisan una reflexión detenida, entre otras cosas porque no se trata siempre de una cuestión legal sino de ética periodística.

Estoy de acuerdo con quienes argumentan la validez de las fuentes anónimas para desarrollar el periodismo de investigación. Basta recordar a Garganta profunda, el seudónimo de William Mark Felt, funcionario del FBI, quien colaboró en el famoso caso del Watergate con Carl Bernstein y Bob Woodward, reporteros de The Wasghinton Post, y cuyo desenlace fue la renuncia del presidente estadounidense Richard Nixon, en 1974.

Al periodista le corresponde valorar las fuentes: no es lo mismo una fuente reservada que un informante. En la primera categoría se clasifican funcionarios y personas cuyas identidades no se revelan, previo acuerdo fundamentado en el secreto profesional, para proteger la vida y la integridad. En cambio, el informante es una persona desconocida que filtra un documento, que puede ser veraz, pero con quien el periodista no puede interactuar por mantenerse oculto.

La fuente informativa es la persona que se relaciona habitualmente con el periodista. Entre ambos hay trato profesional, respetuoso, independiente, que conserva cierta distancia para no caer en la amistad o familiaridad.

Generalmente con el informante la relación es unilateral, es decir, el periodista recibe documentos informativos que quiere divulgar, sin que exista la posibilidad de establecer vínculo alguno.

Muchas veces los informantes son personas sin escrúpulos que ponen en circulación información parcial, interesada o calumniosa, motivadas por venganza, revancha y ánimo dañino, o para buscar efectos que distorsionen los hechos, que los cubra con una cortina de humo de tal manera que los ponga en plano menos visible con beneficios personales y velados.

Filtraciones y rumores, aún originados en fuentes conocidas, son de alto riesgo porque convierten al periodista en idiota útil y juegan con su credibilidad y la del medio de comunicación que los acoge.

La información filtrada debe ser verificada y contrastada por fuentes responsables antes de divulgarse. El Colombiano se ha negado a publicar documentos filtrados al prever intenciones maléficas. Soy testigo de más de un caso.

Cuando los lectores cuestionan las fuentes de información

No siempre los periodistas somos testigos de los hechos. Para conocerlos, nos apoyamos en las fuentes de información. El lector Carlos Alberto Marín pregunta: “…no entiendo eso de las fuentes dignas de todo crédito o cualquier otra oración que usan ustedes los periodistas para no identificar las fuentes informativas. Señor defensor, le pregunto, ¿cuándo un periodista puede ocultar las fuentes, cuál es el manejo que se les da en los medios de comunicación, como elige entre una y otra? ¿Por qué las informaciones sobre un mismo caso son diferentes? Como lector le solicito que me aclare estas preguntas….”.

El tema que pone sobre la mesa el lector es amplio. Quizá lo primero que debo señalar es que las fuentes construyen el más valioso patrimonio del periodista: su credibilidad y la del medio de comunicación.

El proceso de averiguación de un hecho pasa por la consulta a testigos que lo presenciaron o a personas que pueden dar una versión por estar cercanos o directamente involucrados en el. También pueden ser documentos o elementos que ilustren y aporten los insumos para reconstruirlo o explicarlo.

Como lo he sostenido en otras columnas, las fuentes deben ser plurales y distantes. Es una norma profesional consultar dos o mal fuentes de información y nunca debe faltar la contraparte. Deben ser verificadas, confrontadas e identificadas.

Las fuentes “autorizadas”,  “de alta fidelidad”, “de entero crédito” no pueden convertirse en fórmulas frecuentes, porque dejan al lector sin un elemento fundamental para formarse su criterio personal, además que menoscaban la credibilidad.

La reserva de la fuente debe ser un recurso extraordinario, producto del acuerdo entre el periodista y quien suministra la información. El periodista que haga el acuerdo deberá ponderar su decisión teniendo en cuenta riesgos ciertos, y justificados para mantener el secreto. Podría decirse que solo si media el interés general y en peligro la vida del informante excusan la omisión.

Sin embargo, el periodista deberá confrontar la información antes de divulgarla y describir las calidades de quien no quiere aparecer como fuente visible.

La práctica del secretismo es dañina porque con frecuencia el periodista es manipulado por una fuente de información que está dispuesta a revelar solo algunos datos, los que le conviene.

Esta reflexión continuará en la próxima columna.

Los lectores nos evalúan todos los días

 Las correcciones de los lectores son valiosas porque ayudar a mejorar la calidad. El profesor universitario Javier Álvarez Lozano expresó su desacuerdo con una afirmación del lector Jorge Taborda sobre la calidad de los docentes de las facultades de Periodismo y Comunicación Social.

Dice: “Quiero hacer referencia a la columna del lunes 10 de junio. Comparto la mayoría de los planteamientos de los lectores, pero creo que el señor Jorge Taborda generaliza cuando escribe: … “el mediocre promedio cultural de sus profesores”. Es cierto que en muchas ocasiones se da el facilismo en este oficio, pero igualmente otros inculcamos la disciplina del buen uso del lenguaje, de la ortografía, de la actualidad profunda para informar y establecer criterios, frente a la que hoy es noticia y mañana será historia. Además para ser ejemplo de nuestros alumnos y generar liderazgo, los profesores debemos tener mente inquieta”.

Añade. “Día a día seguiré con mi objetivo de formación integral, donde no solo enseñe a pensar en una materia o tema determinados, sino en todo lo que un universitario debe conocer para ser un buen profesional…”. En este diálogo con los lectores, sobre la necesidad de la formación continua y en torno a la observación de las directrices que rigen en el ejercicio profesional, vale la pena sintetizar, en sus propias palabras, algunos puntos expuestos por el periodista Carlos Alberto Giraldo, asesor de la Dirección de El Colombiano, en una charla dentro del programa de capacitación de la redacción.

“Estime, calcule, consulte, prevea los efectos que su verdad periodística pueda producir. Recuerde que el derecho a la información no está por encima de otros derechos, es uno entre varios. Esos derechos están en un plano de igualdad y complementariedad…”.

“Es una máxima del periódico: hay que tener todas las caras de la moneda. Por muy convencido que usted esté que las revelaciones que hace son ciertas y están verificadas, nunca, esto es NUNCA, deje de consultar a las partes afectadas…”.

“El buen periodismo narra (con sustantivos y verbos), detalla, documenta, contrasta, verifica, confirma. Cada dato que publique debe estar respaldado por un minucioso proceso de verificación…”.

La formación continua de los periodistas es la estrategia correcta para corregir los errores y mejorar la calidad. Los lectores nos evalúan todos los días. Y si se aburren se van, tal como lo dijo la directora Martha Ortiz Gómez esta semana, en un certamen académico en Caracas.

Los lectores opinan sobre la calidad periodística

Algunos lectores han escrito a propósito de las últimas columnas. Estas son tres voces para ampliar la reflexión sobre este asunto de la calidad.

Jorge Taborda dice: “Cuando una profesión relacionada con el idioma se ejerce a medias, ‘ahí como por no dejar’, es obligatorio se imponga un saber humanístico extensivo que, en el oficio del Periodismo, ha de basarse en el correcto empleo de nuestra lengua española. Ningún caso hacen, al respecto, las facultades de Comunicación Social, ante todo, por el mediocre promedio cultural de sus profesores. En colegios y en la universidad desde hace buen tiempo las clases de Gramática fueron reemplazadas por la Lingüística Moderna…”.

Añade: “…que aprendan a leer a Carrasquilla, a Shakespeare, que rebusquen en los “Sueños de Luciano Pulgar”, verdadera cátedra periodística y gratuita que nos deja Suárez. O bueno, para no ir tan allá, que lean editoriales y crónicas de Alberto Lleras, de Zuleta Ferrer, de Gómez Martínez y de tantos más…”.

El periodista, abogado y profesor universitario Azael Carvajal Martínez, expresidente del Círculo de Periodistas y Comunicadores de Antioquia, Cipa, expresa en su mensaje: “Enhorabuena, la nueva directora de El Colombiano está empeñada en una tarea que debería ser modelo para los demás medios de comunicación, como es el programa pedagógico de formación continua…”.

Y agrega: “Por eso, no es una afirmación nueva, ni vaga, ni de las que llaman de “cajón”, la relativa a la necesidad de estudiar y actualizarse todos los días para todas las profesiones. Con mayor razón, lo es para quienes en forma consciente y voluntaria, se forman para el trabajo periodístico. Ellos, asumen un gran deber, frente al también gran derecho de la sociedad de estar adecuadamente informada y orientada de lo que sucede, tanto en su entorno, como en la región, en la nación y en el mundo…”.

La lectora Gabriela Palacio V., manifiesta: “Son muchos los errores que veo en los medios de comunicación, de ortografía, de exactitud, de historia… a veces ni conocen la nomenclatura de la ciudad en donde viven. Por eso creo que deben llenar las lagunas que tienen los periodistas o porque el colegio y la universidad hicieron poco por resolverlas o porque en realidad no les interesa. Pero ahora que están en televisión o en la prensa, tienen el deber de que escriban claro, veraz e imparcial y correctamente…”.

Formación continua, para mejorar la calidad

Programa pedagógico para los periodistas de El Colombiano. En las últimas columnas me he referido a los errores y la urgencia de corregirlos. Las reflexiones obedecen a los frecuentes reclamos de los lectores. Creo conveniente resaltar hoy el programa de formación continua, puesto en marcha por la directora Martha Ortiz Gómez. Luego, avanzar en el análisis  del proceso de calidad y su gestión en las salas de redacción.

Es necesario insistir en la calidad es aliada de la ética y uno de los valores fundamentales que crean y mantienen la credibilidad de los periodística y del medio de comunicación.

El programa pedagógico comprende varios módulos. Fernando Ávila habló sobre correcciones idiomáticas; Olga Lucía Duque Salazar realizó un taller de titulación y presentó un diagnóstico de los titulares del periódico; Alberto Salcedo Ramos platicó sobre la narrativa periodística; Felipe Alberto Velásquez Fernández y Carlos Alberto Giraldo Monsalve expusieron esta semana la normatividad jurídica y la metodología de la investigación periodística, respectivamente.

“La capacitación en una sala de redacción es un proceso de nunca acabar: primero en lo que tiene que ver con la actualización permanente tan necesaria en la labor del periodista y segundo porque es necesario enfatizar en las normas que son de imperioso cumplimiento en aras, no solo de preservar la credibilidad del medio, sino de garantizar a las audiencias una información con los más altos estándares de calidad y que satisfaga sus expectativas”.

Añade: “Adicionalmente, las salas de redacción son dinámicas por esencia. En lo que hace a la movilidad del personal, en constante renovación, y por la incorporación de las tecnologías de la información y nuevas técnicas para hacer más eficiente y multitareas el trabajo de los periodistas, dentro de la evolución de un oficio tan emparentado con lo que está ocurriendo en la sociedad globalizada del conocimiento”, dice Francisco Alberto Jaramillo, Asesor Administrativo Multimedia.       

En la próxima columna continuare la reflexión este asunto, que parte del mejoramiento de las competencias profesionales, pero que necesita una estrategia  de gestión integral.

Fe de errores:
En la última columna cometí un error al cambiarle los apellidos a la lectora. Lo correcto es María del Pilar Velásquez Penagos y no María del Pilar Penagos, como escribí. Expreso las disculpas a la profesora y a los lectores.

Escríbale al Defensor del lector: defensordellector@elcolombiano.com.co

Corregir para que el error no se perpetúe (2)

Dos lectoras expresan sus comentarios sobre el deber profesional y ético de escribir correctamente.
La comunicación con los lectores fue muy activa esta semana. Recibí comentarios sobre este espacio de reflexión, especialmente sobre la última columna, Corregir para que el error no se perpetúe,  y también sobre nuevos errores.
Hoy quiero publicar dos de los aportes. El primero es de María del Pilar Penagos, educadora estudiosa del uso del lenguaje en el ámbito escolar y en los medios de comunicación. Dice que cree que se necesita un esfuerzo de los periodistas para evitar los errores y corregir los que salen publicados:
“Escribir con corrección y buena ortografía exige además de conocimiento del tema, tiempo, dedicación, compromiso y experiencia. Escribir, más que plasmar saberes u opiniones, es abrir la posibilidad a quien lee de descubrir un mundo nuevo. Sí el texto escrito es coherente, conciso, no tiene errores que alejen al lector de la comprensión de lo leído, presenta de manera puntual la intención y el mensaje puede decirse entonces que el escritor logró su cometido”.
Y añade: “El reto al escribir no está sólo en expresar un concepto o transmitir un conocimiento sino en captar la atención del que lee, objetivo que se logra cuando las ideas, articuladas y claras, corresponden a un análisis serio, objetivo y cuidadoso del asunto tratado. Cuando el lector recibe una información confiable, debidamente documentada, sin errores ortográficos, con el valor agregado de una impecable redacción, obtiene un documento valioso con nuevas herramientas para enriquecer su saber y potenciar su capacidad de discernimiento.Escribir, más que agrupar palabras con sentido, es entregar a otros una puerta que se abre al infinito”.
La lectora Maryluz de Halstead ha llamado muchas veces al periódico. dice:  “Leo todos los días El Colombiano y con mucha frecuencia encuentro errores. Hoy (viernes 24 de mayo), por ejemplo, en la página 9A, Radar, salió un gran error: “Cocodrilo se coló en el parlamento taiwanés”, en vez de tailanés. No entiendo esa equivocación. Yo misma les envié hace unos meses el periódico subrayado con los errores que encontré. Me preocupa el mal uso de las preposiciones y de otras incorrecciones gramaticales porque molestan al lector. Leo sus columnas y considero que vale la pena insistir  para que escribir bien se conviertan en la cultura de los periodistas…”.