Falta de precisión o estigmatización (3)

Es necesario revisar el lenguaje y los criterios del cubrimiento de la violencia urbana. La victimización de algunos sectores de la ciudad, puesta sobre la mesa por el lector Nelson Darío Roldán López, nos lleva también a reflexionar sobre el cubrimiento de los temas de inseguridad y violencia.
Los periodistas necesitamos mejores competencias para analizar el contexto urbano, la historia de la ciudad y todos sus rasgos geográficos, sociales y culturales.
La precisión de los datos permite ubicar el escenario de los hechos sin involucrar, por la vía de la generalización, a territorios más amplios que resulten afectados por  estereotipos y estigmatizaciones.
La información debe corresponder a la realidad. En frecuente la sobreexposición de algunos casos  y la minimización de otros. Esta conducta implica discriminación ya sea por localización geográfica o por factores sociales, políticos, económicos o de otra índole.
A la inmediatez hay que ponerle pausa para rebasar el rumor y la fuente única y avanzar a la verificación, el constraste y la contextualización.
Es lamentable que a la ciudad la conozcamos a partir de una especie de geografía del crimen, igual que al país. Es incompleto e injusto este conocimiento porque al lado de cada historia de crimen viven otras que también merecemos conocer.
La misión de informar no puede confundirse con afán de ganar audiencias por cuenta del populismo mediático que distorsiona los principios del periodismo.
La percepción ciudadana de la inseguridad depende en gran medida de los medios. Los enfoques que criminalizan a toda una comuna o ciudad  estimulan el miedo y legitiman las políticas que solo se apoyan en controles y prohibiciones.
Se requiere una dosis de autocrítica al ejercicio periodístico. Las audiencias experimentan las sensaciones que construimos con nuestra manera de narrar la realidad.
Los debates públicos y las reflexiones individuales deben llevar a la definición de criterios para el cubrimiento informativo y al uso apropiado del lenguaje que evite criminalizar, discriminar o estigmatizar.
Los medios de comunicación son instrumentos poderosos que contribuyen al logro de la ciudad como  escenario de encuentro y convivencia. Pero, también, a su fracaso como ciudad del miedo, segregada, plena de estereotipos. Depende de cómo entendamos la ética profesional y la responsabilidad social a la hora de informar.

Falta de precisión o estigmatización (2)

La estigmatización  priva a las personas de la honra y las oportunidades del bienestar.
La observación del lector Nelson Darío Roldán López concluye con un llamado a la responsabilidad social de los medios.
Dice: “Paradójicamente, en días pasados algunos medios (Caracol y Teleantiquia) dieron cuenta de este reclamo de la ciudadanía en boca de algunos líderes de barrios de la Comuna 8. Solicitud respetuosa que los involucraba, pero que sólo fue eso: una nota más de un noticiero radial y televisivo que no llamó ni siquiera a la reflexión a esos medios”.
Añade que “…así las cosas, llamo respetuosamente a los medios, y a El Colombiano, a esta reflexión y respeto de las personas fuera del conflicto que sólo nos dedicamos a hacer patria con nuestros trabajos honrados, educando a nuestras familias e hijos. La responsabilidad social de un medio de información se mide también por el grado de verdad e impacto de sus informaciones”.
El desconocimiento de la historia y la geografía de la ciudad sumado a la ligereza son factores que agravan las circunstancias: los medios caen en estereotipos perversos y estigmatizaciones cuando informan sobre  inseguridad y conflicto urbano.
Esta afrenta indignante, ignominiosa e injusta puede nacer en los organismos de seguridad y autoridades que por apresuramiento generalizan conceptos de victimización que a veces los periodistas replican irresponsablemente.
La estigmatización  es un rótulo que atenta contra los derechos humanos fundamentales. La comunidad  puede medir con el mismo rasero a toda la población de  las  comunas 8 y 13. Es poner a las personas bajo sospecha, alejarlas de las oportunidades de empleo y de otros beneficios del bienestar social, discrminarlas y criminalizarlas.
Aún más, se puede bajar la autoestima de los habitantes de estos sectores y generar problemas de convivencia y segregación mayores en virtud de las informaciones estigmatizantes.
Los medios de comunicación son poderosos aparatos de divulgación que reproducen y   posicionan ideas y conceptos.
Los periodistas deben tener claridad sobre la historia y la geografía de Medellín, hacer el esfuerzo de investigar el contexto de los hechos e informar con responsabilidad social. Lo mandan la ética profesional y las normas legales.
Es indispensable  abandonar los prejuicios para observar cada hecho como si estrenáramos ojos y oídos todos los días.

Falta de precisión o estigmatización

Cómo informar sobre la inseguridad y el conflicto urbano es el tema de la reflexión que propone un lector. Nelson Darío Roldán López dice en uno de los apartes de la comunicación: “Se trata de la generalización y estigmatización desde los medios masivos de información -no medios de comunicación- que desde sus titulares, artículos y reportajes aducen que las acciones de violencia e inseguridad son propias de todo él ámbito de las comunas…”. Y agrega: “A la hora de escribir esta queja, la Cadena Radial Caracol se refiere a los últimos hechos violentos de las Comunas 8 y 13, cuando realmente ellos ocurrieron en el barrio Caycedo y Villatina (que pertenecen a la Comuna 8), y Nuevos Conquistadores y Belencito (Comuna 13). Por su parte El Colombiano, en su edición digital del 19 de febrero, titula sin pudor Rechazo al atroz crimen de niños en la 13″; y Más violencia en las comunas 8 y 13…”. La observación del lector puede tener dos explicaciones que corresponden a problemas del cubrimiento periodístico: la falta de presición y la estigmatización y discriminación generalizada que padecen estos barrios y comunas. El macroeditor de información local, Juan Felipe Quintero Arango, responde que “Llegamos a un punto en la conversación con los periodistas. En todas las notas conviene hablar de comuna y de barrio, de manera que toda la ciudad pueda entender mejor la información. Para citar un ejemplo, si un artículo menciona solo el barrio Las Lomas #2, el dato como tal no termina por ser del dominio de los lectores del resto de la ciudad, como sí ocurre si mencionamos además que se trata de territorio de la comuna 14 – El Poblado”. Añade: “El crecimiento, la complejidad de la ciudad, incluso los límites difusos con otros municipios, han derivado en que la audiencia conozca mejor las comunas que los barrios que las componen”. Totalmente de acuerdo. No es igual informar que el ministro está enfermo a se encuentra agripado. La precisión es un atributo de la información y un requisito de veracidad. A veces olvidamos que en la comuna 13 viven 150.000 habitantes y la conforma una veintena de barrios. En tanto que en la comuna 8 viven más de 100.000 habitantes y la integran 18 barrios. Y que en cada barrio hay sectores y asentamientos. Es necesario que los periodistas informemos con mayor precisión, de lo contrario contribuimos a la estigmación, tema al que me referiré luego.

Transparencia y calidad

Estos atributos que exigen los lectores son propósitos insoslayables del periodismo y de los periodistas.

La lectora Marta Teresa Álvarez dice: “…leí su artículo y pregunto ¿por qué los televidentes y lectores tenemos que aguantar los errores, exageraciones y exabruptos? ¿Acaso no tenemos más remedio que apagar o cambiar de canal? ¿En qué quedan la verdad y la objetividad de ustedes?”.

Y Miguel Arbeláez comenta: “…están muy equivocados los que dicen que no se requiere estudiar en una facultad para ser periodista, basta con ver el conocimiento de que deben tener sobre lo que informar y el dominio del idioma y primeramente la ética y los valores…”.

Tienen razón los lectores. “El propósito del periodismo consiste en proporcionar al cuidadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a si mismo”,  afirman Bill Kovach y Tom Rosenstiel en su obra Los elementos del periodismo.

Estos propósitos, expresados en forma tan sencilla y grave, a la vez, se podrían resumir en transparencia y calidad, atributos que los lectores demandan como requisitos inexcusables del periodismo.

Las audiencias son cada vez más exigentes y se molestan con causa por la falta de imparcialidad y datos incorrectos en las informaciones  o por errores en el crucigrama y el sudoku.

La transparencia obliga a buscar la verdad, a verificar los hechos, a someterla a la confrontación de fuentes distintas y distantes. A corregir cuando nos equivoquemos. A poner sobre la mesa los principios filosóficos del medio y a ser coherentes con las normas. A buscar la indepedencia y a mantener distancias de los centros de poder y de  fuentes que mezclan información e intereses.

Obliga también a actuar conforme a la ley, a los derechos humanos y como personas:  “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”, dice el autor polaco Ryszard Kapuscinski.

A la trasparencia del medio de comunicación hay que sumarle la calidad. Implica la búsqueda de la excelencia, que logra si tenemos vocación y nos formamos en la universidad y si mantenemos disciplina para seguir estudiando todos los días, como en cualquier profesión.

Joseph Pulitzer dejó parte de su herencia para fundar la Escuela de Periodismo de la Universidad de Colombia porque vio la necesidad de formar profesionales que se aparten  de las experiencias amarillistas y mercantilistas que practicó.

La credibilidad, en cuidados intensivos (3)

El mensaje de Efrén Barrera sobre la falta de confianza que le inspiran algunas publicaciones de periódicos colombianos motiva esta nueva reflexión. Dice el lector, en la última parte de su observación, que encuentra con frecuencia informaciones que le generan interrogantes: “…¿falsos comentarios? ¿Verdades a medias? ¿Afirmaciones sin respaldos? ¿Simples apreciaciones? ¿Subjetividades? Muchas, no son de mala fe, sino falta de conocimiento, de leer, profundizar, investigar, estudiar…”. La credibilidad del periódico se fundamenta en el principio de veracidad. Para merecerla se requieren el respeto por la verdad, lejos de rumores, fuentes anónimas y prejuicios; la visión plural de los hechos que faculta verificarlos y contrastarlos con precisión, sin magnificarlos ni minimizarlos; la honradez mental para avanzar por el camino de la objetividad, sabiendo incluso que no podemos alcanzarla; la convicción de ejercer la misión de informar con responsabilidad social, alejada de sensacionalismos, intereses personales y mercantilistas, y la voluntad y el coraje de rectificar con prontitud y humildad, sin soberbia. La credibilidad es el resultado del ejercicio profesional serio y transparente, exento de afanes por la primicia; imparcial, es decir, que damos cuenta de los hechos apartándonos de nuestras hipótesis, creencias y opiniones; idóneo, adecuado a la corrección idiomática y al respeto por las audiencias. Debemos aprender de las lecciones dolorosas. Por ejemplo del escándalo que provocó la periodista Janet Cooke en The Washington Post por el reportaje inventado sobre un niño adicto a la heroína. La publicación mereció el Premio Pulitzer, pero que más tarde, al comprobarse y confesar el engaño, lo tuvo que devolver. Esta trampa llevaron al descrédito. Perdieron credibilidad la autora y el periódico. Con acierto el periodista y escritor ecuatoriano Rubén Darío Buitrón escribe: “El buen periodismo, en cambio, recibe el más importante regalo: la credibilidad de la gente. Es entonces cuando nos leen, cuando confían, cuando disfrutan, cuando se sienten representados, cuando dicen “compro ese periódico porque me entiende, porque yo estoy ahí”. Añade: “No se trata, como se decía en los románticos y militantes años ochenta, de “dar voz a los que no tienen voz”. Hay que ir donde la gente y contar la realidad desde sus zapatos, no desde nuestras presuntas intelectualidades, militancias políticas o hipótesis..”.

La credibilidad, en cuidados intensivos (2)

La publicación de refritos, plagios y noticias trasnochadas asusta y aleja lectores.

El correo electrónico del lector Efrén Barrera, al cual me referí en la última columna, en el que expresa su malestar al leer los periódicos colombianos, motiva una nueva reflexión sobre cómo ejercemos la función de informar.

En la primera parte de la comunicación se pregunta por varias situaciones anómalas: refritos, plagios, noticias trasnochadas, falsos comentarios, verdades a medias, afirmaciones sin respaldo, simples apreciaciones y subjetividades. Haré alusión a los tres primeros hábitos.

Esta crítica se fundamenta en lo que los autores han llamado el contrato de lectura en virtud del cual el lector espera información veraz, plural y oportuna. En otras palabras, transparente y de calidad.

“El pacto de El Colombiano con sus lectores, de informarlos verazmente, obliga al periódico a ser independiente…”, reza el Manual de estilo y redacción.

Este pacto, que comprende tanto a suscriptores como a lectores del diario en las diversas plataformas y circunstancias, se enmarca en la responsabilidad social del periodismo: ser garante del derecho a la información cuyos titulares son los ciudadanos.

El refrito es un texto recocido, recoge ideas de otra publicación sin citarla. Incluso puede llegarse al plagio si usa frases sin nombrar al autor.  Las noticias sobre  hechos  registrados en países distantes apoyadas en una o varias fuentes pero sin referencia concreta conducen al refrito, tal como lo advierte el lector.

La falta de honradez profesional atenta contra la ética del periodismo y puede violar normas legales. La calidad y transparencia quedan comprometidas y la credibilidad, en cuidados intensivos.

Publicar noticias trasnochadas es otro de los efectos perversos del refrito, adobado, esta vez, con una sobredosis de ingenuidad. Hoy los lectores tienen la posibilidad de descubrir fácilmente en internet que la información anunciada como noticia ya fue publicada.

Internet es un recurso para los periodistas. Podemos añadir valor informativo a las noticias si datos y fuentes son idóneos. En el caso contrario, ponemos en riesgo nuestra credibilidad y la del medio de comunicación al alimentar la deconfianza  y el malestar de los lectores.

Los malos hábitos nos pueden llevar al peor escenario: perder lectores. Porque ellos esperan veracidad, originalidad, creatividad,  valor agregado, transparencia y ética.

La credibilidad, en cuidados intensivos

La calidad periodística es igual a la credibilidad, el mejor patrimonio de periodistas y medios de comunicación.

Escribe el lector Efrén Barrera desde España. Dice que “cada día veo más, no se cómo decirlo: ¿Refritos?, ¿Plagios? ¿Noticias trasnochadas?, y sobre todo, cómo decirlo, ¿falsos comentarios? ¿Verdades a medias? ¿Afirmaciones sin respaldos? ¿Simples apreciaciones? ¿Subjetividades? Muchas, no son de mala fe, sino falta de conocimiento, de leer, profundizar, investigar, estudiar…¿falta de profesionalismo? Bueno que pena, pero lo veo así, en muchos escritos de nuestra prensa colombiana…”.

Estamos en la mira. El País acaba de dejar una cicatriz imborrable en la historia del periodismo al publicar una fotografía falsa de Hugo Chávez intubado en una cama hospitalaria. Todo por una falla simple pero fundamental: faltó verificar y contrastar.

De inmediato surgieron diversos debates éticos y políticos. ¿Por qué no se verificó la información ni se contrastó en diversas fuentes su autenticidad y validez? ¿Será esta una consecuencia del despido masivo de periodistas con experiencia ejecutado hace poco? Aun siendo real, ¿es ético publicar esa fotografía sin consentimiento de la familia? ¿Qué implicaciones ideológicas y políticas conlleva este escándalo?

Estas y otras polémicas se tomaron el jueves pasado las celebraciones del día de los periodistas en España, igual que a los medios de comunicación y redes sociales. ¿La razón? La credibilidad de El País, quedó en cuidados intensivos.

Pero no se trata solo del diario español, el lector pone bajo la lupa a los medios colombianos y expresa  las fallas que impiden alcanzar la calidad periodística y que como consecuencia socavan la credibilidad.

No se trata solo de verificar los hechos y contrastarlos en diversas y variadas fuentes, es vital examinar su calidad y pertinencia. Algunas son más bien fuentes de desinformación interesadas que se escudan en el anonimato acordado con el periodista.

Las fuentes reservadas son arma de doble fijo, y a veces la única manera de obtener la información. Esta concesión excepcional es válida si está en  riesgo la vida del informante.

El periodismo de declaraciones, que aparenta un pluralismo recargado, por recoger varias voces del mismo lado, es también un remedo de polifonía por carecer de de dos acciones: verificar y contrastar.

Esta reflexión continuará.

Actualización de la base de datos de los comentaristas

Por esta razón, antes de escribir comentarios en elcolombiano.com, se solicita la actualización de los datos. Algunos lectores me han escrito para manifestar sus dificultades para comentar informaciones y opiniones debido al proceso de actualización de la base de datos dispuesto por El Colombiano.

Perla Toro Castaño, editora de Interactividad y Comunidades, explica al respecto: “Por motivos técnicos, de seguridad y legales, en El Colombiano estamos realizando un proceso de actualización de base de datos de nuestros comentaristas – foristas. ¿El objetivo? Evitar que existan nickname (usuarios) repetidos al interior de la plataforma y actualizar los datos almacenados en nuestro sistema”.

Añade: “Para lograr cumplir estas metas, necesitamos de su ayuda, y es por esta razón que algunas personas, al intentar hacer comentarios, tendrán que actualizar sus datos en nuestra página web www.elcolombiano.com. El formulario vendrá acompañado de un mensaje que dice: “Estimado usuario: por motivos técnicos, de seguridad y legales, depuramos nuestra base de datos de foristas que tienen nombres de usuario repetidos. Lo invitamos a actualizar sus datos para seguir contando con sus aportes”.

Los cambios pueden resultar incómodos, pero lo cierto es que todos hemos tenido que enfrentarnos a los formularios de modificaciones y actualizaciones en las bases de datos de correos electrónicos, entidades financieras, académicas, etc., que buscan mejorar la seguridad y hacer ajustes motivados por causas diversas.

En otras oportunidades me he referido al caso de personas que se quejan porque aparecen comentarios con sus nombres o alias cuando en realidad ellas no son las autoras. Justo para corregir posibles suplantaciones y fallas, se decidió renovar las bases de datos mediante el proceso que está en marcha en El Colombiano y comunicó a sus lectores y comentaristas.

El periódico busca que “los espacios interactivos promuevan el intercambio sano, respetuoso y tolerante de las ideas, que contribuyan al bienestar y la libre expresión en nuestros usuarios”, rezan las Normas de uso de este escenario digital asaltado a veces por los “troll”, personas que se ocultan en el anonimato para insultar, difamar, provocar o desviar la atención del foro.

“Esperamos su colaboración en este proceso…”, solicita Perla Toro Castaño. “Bien hecho!:esto le da seriedad y responsabilidad a los comentarios y comentaristas.”, publica un lector…

El respeto a la vida privada

Las personas tienen derecho a la intimidad, salvo cuando se comprometa el interés general.

La lectora Esther Sofía Arango B. dice que  “…la prensa, la televisión y los otros medios de comunicación en general se involucran a menudo en la vida privada de las personas. Yo entiendo que tenemos derecho a nuestra propia intimidad y por eso le escribo a usted para que me explique este problema que veo en los medios….”.

El tema que plantea la lectora es denso y tiene respuestas diversas. Depende del personaje, su relación con la sociedad y las implicaciones de la información que se publica o se pretende publicar.

El amparo a la vida privada es un principio ético del periodismo responsable. El Manual de Estilo y Redacción de El Colombiano describe: “La vida privada de las personas no es noticia para El Colombiano, salvo que se trate de actitudes de personajes públicos que puedan afectar claramente los intereses de la sociedad. En estos casos la consideración de bien común prevalecerá sobre el interés privado”.

La filosofía del periódico enfatiza en el respeto al ser humano y contempla además otras consideraciones que se refieren a normas legales como la protección de la identidad de los menores, la injuria y la calumnia.

 “Respetaremos la intimidad y no la violaremos, cualquiera que sea el lugar en el que estemos trabajando, salvo en casos excepcionales. La vida privada, la correspondencia y las conversaciones no se airearán a no ser que sean de evidente interés público…”, reza en Directrices Editoriales. Valores y criterios de BBC.

El derecho a la intimidad es una de las garantías fundamentales consagradas en la Constitución. Es un derecho humano universal que está expuesto permanente en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Algunos autores ven en este acatamiento al ámbito más íntimo de las personas como una traba a la libertad de expresión. En realidad no hay derechos ilimitados.

Los periodistas podemos y debemos divulgar las conductas privadas de un gobernante que perjudiquen el bienestar de sus gobernados. Tanto los funcionarios como los personajes de prestigio, fama y nombradía tienen una vida privada más restringida debido a su condición de figuras públicas.
 
En síntesis, la vida privada de las personas no se puede violar, salvo, excepcionalmente, para informar sobre hechos que comprometan intereses superiores de la ciudadanía.

Observaciones y quejas de los lectores en 2012

Resumen de los correos electrónicos, llamadas telefónicas y cartas de los lectores recibidos por el Defensor del lector entre enero y diciembre de 2012.
Durante los doce meses anteriores recibí 1.218 observaciones, quejas, sugerencias, preguntas, críticas y elogios de los lectores de El Colombiano. En 2011 esta cifra fue de 1.036 mensajes.
El mayor volumen corresponde, nuevamente, al conjunto de críticas por equivocaciones, errores de ortografía, gramática y de otro tipo, sobre todo de la edición escrita: 347 (28,48 por ciento).
El segundo lugar lo ocupa el grupo de mensajes referidos a sugerencias de temas, comentarios a las publicaciones y denuncias de los lectores sobre situaciones cotidianas y problemas del vecindario: 254 (20,85 por ciento).
Sobre la edición digital recibí 183 mensajes (15,02 por ciento), en su mayoría comentarios y críticas por el uso de un lenguaje inapropiado por parte de algunos foristas, suplantación de identidad, dificultad para enviar sus opiniones o reclamos porque no se las publicaron.
Sobre otros asuntos relativos al contenido, 121 (9,93 por ciento). Buena parte de estas observaciones corresponde al mes de febrero, cuando se produjo el cambio de formato del periódico.
Las sugerencias de temas para investigar, muchas de las cuales fueron desarrolladas por los periodistas  y se publicaron como reportajes y noticias, suman 106 (8,70 por ciento).
Las comunicaciones relacionadas con áreas del periódico dirigidas al Defensor, que totalizan 96 (7.98 por ciento), se incrementaron en los últimos meses debido reclamos por la tableta que promocionó El Colombiano.
Las críticas a los editoriales y a las columnas de opinión llegan a 76 (7,23 por ciento). Los mensajes sobre el periódico Q`hubo suman 35 (2,87 por ciento).
Al Defensor del lector le escribe una mínima parte de la audiencia. La mayoría de los lectores dirigen sus advertencias y comentarios, con preferencia al periodista o fotógrafo autor de la información o al columnista. Otro volumen importante de mensajes va al director o a los macroeditores y editores temáticos.
Quienes me escriben y llaman lo hacen para señalar errores, denunciar, sugerir temas de investigación o quejarse.
A pesar de los distintos canales de interacción, considero que la participación de los lectores es aún limitada. Invito a los lectores a que les escriban al director, a los periodistas y editores y al Defensor del lector.