Reconocimiento a los guardianes del lenguaje

Con frecuencia recibo cartas, correos electrónicos o llamadas telefónicas que señalan errores en el periódico. Un ejército guardián del lenguaje aboga por la calidad de los textos. Las observaciones de los lectores llegan acompañadas de comentarios amables unos, y otros no tanto, pero todas bien intencionadas porque señalan errores y erratas que nos ayudan a mejorar el uso del idioma y la calidad del periódico. En la última semana recibí advertencias de Juan Fernando Echeverri, Michel Taverniers, Ivone Restrepo, Ángela Saldarriaga y Juan C. Rodríguez. En gesto de gratitud a los lectores activos y críticos y a los correctores del periódico, Uriel de Jesús Hidalgo Giraldo y Luis Alberto Rivera García, quiero compartir algunos consejos recopilados mediante el diálogo sostenido con ellos y sumados a otras recetas de profesores y académicos del lenguaje. Esta es una síntesis, a manera de decálogo, que considero útil para redactores y lectores: 1. Lea constantemente, sobre todo autores españoles. 2. Escriba correctamente, no importa la velocidad. Corregir un error cometido por escribir rápido es difícil, cuesta mucho tiempo encontrarlo. Y lo peor, se les puede colar a usted mismo, al editor, al corrector, a todo el mundo. 3. Lea y relea lo que escribe. Hágale “trampa” al texto para que aparezca como nuevo: amplíe el tamaño de los caracteres, por ejemplo. Lea en voz alta. Haga que su compañero de la redacción también lo lea. 4. Use el diccionario. En internet encontrará varias decenas de diccionarios en línea, una biblioteca de diccionarios siempre estará a su servicio a un solo clic o en el escritorio. 5. Busque asesoría para resolver las dudas. La Fundación Español Urgente, Fundéu, es una excelente consejera. Está a un solo clic. Pero hay muchos más sitios y otras sugeridos para profundizar en el estudio de nuestro idioma. 7. Si tiene dificultades con la ortografía y la gramática tome un curso voluntario. Hay decenas de libros y documentos que le ayudarán. Muchos de estos recursos virtuales se encuentran a la mano. 8. Escuche a los lectores. Debemos ser periodistas de buen oído. 9. Corregir es humano. No corregir un error, por insignificante que parezca, es un segundo error que atenta contra la credibilidad, la claridad y la veracidad. Con respecto a los errores, es alentador el empeño por escribir correctamente. La redacción de El Colombiano acaba de asistir a un enriquecedor seminario dictado por el profesor Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundación del Español Urgente, Fundéu BBVA. Sin embargo, considero que es necesario establecer un sistema de gestión de calidad que evite los errores y que los enmiende eficazmente mediante una sección de correcciones, tal como he insistido desde tiempo atrás. Justamente, el próximo 27 de octubre en muchas ciudades se celebra el Día del corrector, en memoria de Erasmo de Rótterdam. En esta fecha es común que correctores y estudiantes recorran las vías públicas para cazar gazapos en los avisos y textos que encuentran a su paso. Es oportuna la cita del periodista Andrés Ruiz González, contralor de estilo del diario mexicano La Jornada, sobre la silenciosa labor del corrector, a propósito del día clásico: “Cada género y casi cada nota tiene o debería tener un ritmo interior, una cadencia, y tomarle el pulso al texto debiera ser parte de respeto al redactor, pero sobre todo a la inteligencia y la sensibilidad del lector”.

Cuando el lector extraña la tipografía

En su rediseño El Colombiano eligió una familia tipográfica más legible y no alternó su tamaño.

La lectora Amparo Fernández de Calle me llamó recientemente para pedir que le aumenten el tamaño de la tipografía del periódico. Dice que la petición la hace en su nombre y en el de un grupo de personas, residentes en los alrededores del Parque de Bolívar, que durante más de 40 años han leído El Colombiano.

En los últimos ocho meses he recibido algunas quejas de lectores mayores que palntean la misma petición o expresan que el tamaño de la tipografía es menor al anterior.

Al respecto, Carol Jaramillo Hurtado, diseñadora de Ecolab, el laboratorio de El Colombiano que produjo el rediseño del periódico que estrenó el pasado 6 de febrero, con ocasión de su primer centenario, explica: “Ante su inquietud, cordialmente queremos contarle que el tamaño de nuestra tipografía fue uno de los temas que más cuidamos cuando realizamos el rediseño del periódico por motivo de nuestros 100 años. Somos conscientes de la importancia de conservar nuestros lectores tradicionales, los que llevan años creciendo con nosotros y por tal razón el tamaño de la tipografía no se alteró, si bien escogimos una tipografía diferente siempre pensando en mejorar, hicimos todas las mediciones necesarias para asegurarnos de no reducirla por ningún motivo con respecto a la anterior”.
 
Y agrega: “La nueva familia tipográfica que escogimos nos convenció por ser reconocida mundialmente por su buena legibilidad, es decir, porque las características de construcción de cada letra están pensadas para que los lectores identifiquen con mayor facilidad cada símbolo y así mismo puedan realizar una lectura más efectiva y fluida. Después de hacer esta selección la probamos en varios tamaños y la evaluamos con lectores de varias edades antes del lanzamiento para poder tomar decisiones acertadas y estar tranquilos ante la certeza de un trabajo hecho a conciencia”.

Desde el día 5 de febrero Martha Ortiz Gómez, subdirectora de El Colombiano, que tuvo a cargo la dirección del Ecolab, integrada por un grupo de periodistas, diseñadotes y fotógrafos que eligieron cada detalle de la nueva publicación, escribió: “…Nuestras páginas se irán con la clásica familia Helvética para los textos complementarios e introducirá una nueva tipografía, de aires frescos y modernos, será la The Antiqua B, la cual será aplicada a los titulares y los textos principales. Con estas dos tipografías queremos apostarle a cuatro puntos fundamentales: el carácter, la legibilidad, el rendimiento y lo moderno”.

Como era de esperarse, algunos lectores fieles extrañaron la tipografía anterior, de la familia Georgia, que usó el periódico durante unos cinco o seis años y que a partir de febrero la cambió por The Antiqua B, en los textos y títulos. Otros, que percibieron el cambio, manifestaron en su momento que poco a poco lo irían asimilando.

“La tipografía es una voz silenciosa, una voz que se convierte en un elemento visual y puede otorgar una identidad a una publicación o al medio que la utiliza”, dice Lucie Lacava, una de las diseñadotas de periódicos más prestigiosas.

Otra autoridad del diseño, Mark Mckan dice: “…deben tomar en cuenta cómo se esparce la tinta sobre el papel, ser económicas en el espacio horizontal, poseer una buena altura de la x (proporción de las minúsculas con las mayúsculas), contar con números elzevarianos y tablulares. Y por supuesto ser muy legibles y de buen gusto…”.

La tipografía usada por los diarios es tan sensible que fácilmente los lectores pueden concluir: “me gusta” o “no me gusta”. Y por esta razón los periódicos le prestan la mayor atención.

La tiranía de la hora de cierre

La información deportiva despierta la sensibilidad de muchos lectores que leen el diario con los ojos del hincha apasionado. El lector Edwin León Zapata le dice al editor de Deportes, en mensaje del pasado 28 de septiembre: “…hace muchísimo tiempo vengo haciendo comparativos de noticias en este medio cuando juegan los equipos antioquenos, y me parece muy extraño que siempre que gana nacional aparecen las noticias al instante, caso como el de hoy… ¿Por qué, por ejemplo, el día de ayer no titulaste inmediatamente la victoria del Medellín? ¿Acaso este no es un diario antioqueno el cual debiera de mostrar las noticias de todos los equipos y no solo darle importancia a el equipo de sus gustos?…”. Wilson Díaz Sánchez, editor encargado del Área de Deportes responde al respeto: “Algunos lectores protestan porque en ocasiones no reciben en sus ejemplares las informaciones de los partidos de fútbol que se realizan en horas de la noche, en horarios que se han vuelto demasiados complejos para las medios escritos y que, infortunadamente, responden solo a los intereses de la televisión. Y hasta piensan que existen preferencias por determinado equipo, al hacer las comparaciones de los espacios que se destinan a Nacional o Medellín”. Y agrega: “Para hacer claridad, hay que señalar que a partir del nuevo formato los cierres de edición son más estrictos, con el único propósito de garantizar que cada mañana El Colombiano llegue en forma oportuna a sus manos. Es decir, que cuando un partido termina casi a la media noche, esta información solo se puede incluir en la segunda edición que circula en Medellín y el área metropolitana. No alcanza a ir en la primera edición que va los pueblos y otras capitales. Sin embargo, la alternativa del internet nos permite mantenerlos actualizados en forma instantánea en www.elcolombiano.com”. “Cuando se habla de “falta de imparcialidad”, considero que es un juicio a priori salido de la realidad. Nunca, en este diario, las pasiones deportivas están por encima del criterio periodístico. Muchas veces los horarios favorables de los partidos o el rendimiento de determinado club hacen que uno tenga más espacio que otro, pero jamás nos ponemos la camiseta a la hora de informar”, señala, finalmente, Wilson Díaz Sánchez. Es comprensible el deseo de los lectores de encontrar la información sobre el partido de anoche y la frustración que les produce no hallarla. Esta circunstancia se repite debido a los horarios de cierre, tiranos, si se quiere, pero que corresponden a los tiempos que demandan la producción, el tiraje y la circulación. Generalmente los periódicos tienen varias ediciones en las que se actualiza la información o se incluyen otras de mayor interés y actualidad. Aunque la hora de cierre de El Colombiano es un poco más tarde que la de otros periódicos nacionales, siempre habrá noticias que se solo se publican en la segunda edición o en la del día siguiente, como el caso de la información deportiva que reclama el lector. Además, hay que tener en cuenta que hoy los horarios de los partidos de fútbol están sometidos a los intereses de la televisión y a veces esta circunstancia dificulta el cubrimiento de los medios impresos, que tienen horarios de cierre poco flexibles. En todo caso, no se trata de decisiones que indiquen parcialidad por uno u otro equipo. Obedecen a variables que no determina la redacción. Doy fe del esfuerzo de El Colombiano por incluir las informaciones que se registran a última hora.

Las víctimas sin nombre o identidad errónea

Los periódicos contribuyen al Registro Único de Víctimas, pero hay dificultades… Miles de familiares de las víctimas del conflicto que padece Colombia acuden masivamente a los archivos de prensa con el fin de buscar la documentación requerida para ser incluidos en el Registro Único de Víctimas, establecido por la Ley 1448 de 2011, o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, y los decretos que la reglamentan. Los familiares de las personas asesinadas, desaparecidas o que se consideren víctimas, presentan una declaración y aportan los documentos que tengan y soporten los hechos. Uno de los documentos es el fotocopia de la página en donde aparece la información sobre el nombre de la persona asesinada y las circunstancias del suceso. Pero no es el único. A esta búsqueda se lanzan los familiares desde finales del año pasado. A El Colombiano vienen más 200 personas por mes. Aunque las solicitudes de cita son mayores, solamente se puede atender ese número, dice Doris Liliana Henao Henao, directora del Centro de Información Periodística. Un volumen mayor de visitas atienden la Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia y otros centros de documentación, en lo que respecta al departamento de Antioquia. Al efectuar las consultas se presentan varias dificultades. Los archivos no están digitalizados y la búsqueda debe hacerse en el sistema microfilmado de El Colombiano y la Universidad de Antioquia. Además, en algunas ocasiones los familiares de las víctimas tienen limitaciones visuales para efectuar las consultas, o apenas saben leer. Hay frustración cuando no encuentran el nombre que buscan o cuando aparecen casos de un n.n. o con identidad errónea, como este de Paola Andrea Llano Restrepo: “Solicito aclarar la información publicada en El Colombiano, el 12 de septiembre de 1994, sobre mi hermano Ever Andrey Llano Restrepo, asesinado en el barrio El Pedregal y que apareció en el periódico con el nombre equivocado de Ever Arley Cano Restrepo…”. ¿Qué pudo suceder? Es posible que el nombre de la victima hubiera sido suministrado erróneamente por las fuentes, en esta oportunidad por la autoridades que acudieron a las diligencias judiciales. O que la responsabilidad de la equivocación sea del autor de la noticia. Aquí es válido hacer una reflexión sobre el rigor, la precisión y el cuidado que debemos tener los periodistas en el proceso de allegar los datos y en la redacción de las informaciones. No podemos olvidar que los periodistas somos testigos y notarios de la realidad, de la cruenta realidad de la ciudad y del país. Y también es oportuno decir que no todos los homicidios son publicados en los periódicos. Según las estadísticas oficiales correspondientes a 1994, el número de crímenes superó la cifra de 45.000 en todo el país. En Medellín se registraron 4.831. Este asunto debiera tener un análisis más detenido por parte de autoridades judiciales y de los medios de comunicación y periodistas, para que las víctimas no tengan dificultades adicionales y puedan ser incluidas en el registro, antes del plazo de cuatro años dado por la Ley 1448 y las normas reglamentarias.

Más allá de las primicias (4)

Los ciudadanos exigen informaciones responsables, ajustadas a la verdad, verificadas, contrastadas y contextualizadas. Los comentarios que expuse en la columna de la semana pasada, para referirme a las observaciones del lector Miguel Ángel García sobre el manejo de la información en tiempos de diálogo, merecen una ampliación con otras voces expertas y autorizadas. “Siempre hay un gran debate acerca de hasta dónde deben informar los medios sobre las negociaciones de paz, entendiendo que si se publica cierta información, se puede perjudicar el proceso. Lo que creo es que no sería aceptable que el Gobierno pretenda que se produzca una cortina negra durante el proceso. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué está pasando, y en el fondo esto puede ayudar a las negociaciones”, dice Javier Moreno, director del diario madrileño El País, en una entrevista publicada por El Espectador el pasado viernes. El escritor y periodista Javier Darío Restrepo, director del Consultorio Ético de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoramericano, sostiene que se trata de “… una noticia que tiene que ver con el máximo interés de todos. Esto explica que se deba manejar con el mismo cuidado y delicadeza con que uno entra en la habitación de un enfermo grave. Colombia, en estos 48 años, ha sido un enfermo de gravedad creciente. Puesto que en la paz convergen todos los problemas del país, informar sobre este proceso supone un conocimiento complejo. No es una información que se pueda hacer de prisa y con improvisaciones….”. Arturo Guerrero, columnista de El Colombiano, afirma en una respuesta al Blog somossentipensantes.blogspot.com: que el periodista “tendría que saber que están dos adversarios enfrentados negociando. Eso supone que son distintos, que no piensan igual, que tienen una historia de 50 años de hostilidad, de altas hostilidades armadas, violentas y con muerte. Eso hay que aceptarlo y hay que conocerlo. También, conocer cuál ha sido la historia del conflicto armado, cuál es su causa, cuál es su conformación, por qué se ha degradado con el narcotráfico, hasta que punto esa degradación supone la desaparición completa de los cometidos políticos de la guerrilla o es apenas en vez de ser el 100% es el 20 o el 30… Todo eso tiene que saberlo el periodista para no exigir que el resultado de esa negociación sea según piensa el gobierno, según piensa la clase dirigente, o los políticos que siempre tienen la vocería de la opinión pública. Eso no es posible que suceda así…”. Finalmente, estoy muy de acuerdo con el planteamiento de Jorge Iván Posada, editor del Área de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano. Dice que “más allá del afán de la chiva, de publicar información con intereses ocultos o crear falsas expectativas con lo publicado, a la hora de cubrir la paz hay que evocar los elementos del periodismo. Sintetizados aquí por los reconocidos editores Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Ver The Elements of Journalism: What Newspeople Should Know and The Public Should Expec (2001): La primera obligación del periodismo es la verdad. Su primera lealtad es con los ciudadanos. Su esencia es la disciplina de la verificación. Los reporteros deben de mantener una independencia de aquellos sobre quienes informa. Debe servir como un vigilante independiente del poder. Debe de promover el foro público sobre los temas que interesan a la ciudadanía. Debe de esforzarse para que el significante sea interesante y relevante. Debe de proporcionar información completa y proporcional. Los medios de comunicación deben de respetar la conciencia individual de los periodistas”.

Más allá de las primicias (3)

Qué informamos y cómo informamos, dos asuntos vitales que incidirán en los diálogos con las Farc. El lector Miguel Ángel García dice en su comunicación: “Leí las últimas columnas y me queda una duda grande sobre si los periodistas tienen informar o abstenerse de hacerlo si con su información perjudican el proceso de paz del gobierno. También quiero que me responda por favor qué opina usted de los títulos engañosos que vemos en los medios cuando se trata de noticias sobre el conflicto armado…”. La reflexión de hoy complementa las anteriores, en las que me he referido al manejo informativo de los diálogos con las Farc, proyectados a partir de octubre. Considero que los medios de comunicación no tienen opción diferente a informar. Esa es la misión del periodismo. Sin embargo, los periodistas debemos saber cómo hacerlo, de acuerdo con la ética, los principios, las normas legales y los derechos humanos. Las informaciones deben ser verificadas para estar seguros de su veracidad y contrastadas, para lograr imparcialidad y pluralidad. En el caso de un asunto tan complejo y clave como estos diálogos el periodista deberá extremar su prudencia para que no causar tensión o ruptura por cuenta de una información falsa o descontextualizada, alejada de los criterios de calidad que exige por el periodismo responsable. El lenguaje es vital porque las palabras no son inocentes, como anoté en la columna de la semana pasada. El periodista debe conocerlo y ser un experto en su uso. Las palabras ponen los hechos en el escenario de la opinión pública. Los adjetivos poco ayudan en la descripción de los hechos. Decir por ejemplo, que “la mañana era caliente..” tiene un significado para quien viva en Cartagena y otro para quien resida en Pasto. En esta frase es mejor hablar de temperatura en grados centígrados que usar un calificativo, sujetivo y carente de precisión. Los eufemismos hacen daño a la información veraz e imparcial. Sirven para soslayar o “maquillar la realidad de los hechos”. Muchos no son inspirados por los periodistas, son, más bien, piezas de propaganda que reproducen consciente o inconscientemente. Algunos medios de comunicación, que son proclives al sensacionalismo, consideran que las “buenas noticias son las malas noticias”. La paz, el diálogo o cualquier otro hecho calificado de positivo, carece de trascendencia para esta clase de periodismo, que quizá hará un cubrimiento informativo solo cuando la subversión se tome el pueblo o cuando el río se meta al templo… El afán por la primicia tiene otros efectos. A veces, el título busca un impacto ventajoso sobre los demás medios. Titular no es fácil, porque en una sola frase, de pocas palabras, se debe informar con propiedad, fidelidad y precisión, pero también con amenidad y atracción. Doy fe del interés y seriedad de El Colombiano en el tratamiento informativo de estos asuntos. El periódico tiene experiencias valiosas en este frente: las Páginas Abiertas para el diálogo sobre el conflicto de Urabá, el Consejo Asesor de Paz, la creación del Área de Paz y Derechos Humanos, entre otras, que han propiciado en las últimas décadas el enfoque periodístico hacia la resolución de los conflictos por los caminos del diálogo, la justicia y la convivencia. Creo que los periodistas tenemos un papel crucial en estos acercamientos con las Farc. La misión debe ser informar con responsabilidad y calidad. Estoy de acuerdo con el pensamiento de Benjamín Franklin: “Jamás hubo una guerra buena o una paz mala”.

Más allá de las primicias (2)

La ausencia de fuentes de calidad, de contexto y de lenguaje apropiado puede conducir a la desinformación En la columna anterior me referí a la calidad de las fuentes y a la necesidad de contrastar la información sobre el incipiente diálogo del Gobierno y las Farc, para reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación en este capítulo actual de la vida nacional, según las observaciones planteadas por varios lectores. No sobra decir que los lectores tienen el derecho a conocer las fuentes de información para que autónomamente puedan valorar las declaraciones y las motivaciones que lleva a las partes a expresar, o no, tal o cual frase. La reserva de la fuente es para casos extraordinarios y de alto interés público. También es necesario presentar la información contextualizada, es decir, citando los elementos históricos pertinentes que le dan la dimensión real a los hechos nuevos. Me refiero a la acción complementaria de poner todos los cuadros geográficos, económicos, sociales y culturales y de otra naturaleza para completar la escena. Los lectores agradecen el contexto porque además homogeneizan la historia periodística, proporcionando los elementos básicos para la mejor comprensión y juicio. Y qué decir que el lenguaje: cómo informar, con qué lenguaje, tal como pregunta el lector. Aquí está una clave del periodismo en tiempos de conflicto. Jorge Iván Posada Duque, Editor de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano, dice al respecto que “…en un conflicto que afecta a miles de personas, nuestra obligación como periodistas sigue siendo denunciar las acciones de todos los actores armados, de una manera clara y contundente, relatando los hechos a partir de documentos, testimonios y visitando las zonas donde ocurren los hechos violentos, todo esto, pero de manera objetiva y desarmando el lenguaje…”. Con la sabiduría que le da la experiencia y el conocimiento cercano, el escritor y periodista Germán Castro Caicedo, coautor del diccionario Para desarmar las palabras, de la Fundación Medios para la Paz, piensa que “con el diccionario se trata de llegar a un lenguaje propio en cuanto al conflicto colombiano para que los medios puedan alcanzar niveles de precisión. Si esto se logra, la primera consecuencia sería el desarme de la palabra. Y si se desarma la palabra, la prensa se acercará al equilibrio, del que a mi manera de ver, estamos lejanos”. Se deben usar palabras sustantivas, alejadas de los adjetivos; narrar la realidad de los hechos con los atributos de propiedad y claridad que exige la comunicación. Es la única manera de quitarle la carga parcializada y dañina al lenguaje. La precisión y el equilibrio surgen, así, como requisitos iniciales del periodismo de calidad. El reto es informar sin tragar entero; sin pesimismo ni optimismo, con escepticismo. Preguntar y analizar cada hecho, por qué se conoce, quién lo divulga y en qué circunstancias. No es fácil alcanzar el equilibrio, pero urge buscarlo. Cuántos medios de comunicación, por el afán de poner la primicia, informaron erróneamente que “Gobierno y Farc firman acuerdo de paz”, cuando en realidad se trataba de un documento para echar a andar el diálogo a partir de octubre. No se puede confundir el preámbulo con la conclusión. El acuerdo de paz estará al fin del diálogo que se emprende, no al principio.

Más allá de las primicias

Una reflexión sobre el papel de los periodistas y los medios de comunicación en el proceso de paz que próximamente se iniciará. El Colombiano publicó en la edición del pasado jueves un reportaje sobre el nuevo proceso que paz las opiniones del directores de medios de comunicación y académicos en torno al papel que deben asumir ahora cuando es incipiente este propósito y, por supuesto, más adelante. A raíz de la publicación, el lector Jesús Antonio Sánchez, estudiante de comunicación y periodismo pregunta “…qué aportes pueden hacer los periodistas a la consecución de la paz y cómo deben informar, con que lenguaje, para que los diálogos no fracasen por el afán de la denominada chiva…”. Manuela Vélez, en el foro de lectores del periódico, dice que “ojalá y los medios pongan un granito de arena para construir la paz., y no se les olvide lo que dijeron en este foro”. Otro de los foristas expresa que “durante el proceso de paz se debe publicar con responsabilidad, y verificando toda la información, porque existen algunos periodistas maquiavélicos que publican cualquier cosa para obtener un reconocimiento mediático, lacerando gravemente la esperanza del país”. Creo que los directores de medios, periodistas y académicos expresaron ideas valiosas que deberán poner en práctica para informar, que es la misión fundamental de los medios de comunicación. La sociedad espera de los periodistas información veraz, imparcial y oportuna sobre el acontecer nacional. Estos principios de veracidad, imparcialidad y oportunidad deben ser los que primen a la hora de publicar la primicia o realizar el cubrimiento rutinario de los diálogos que se avecinan. El editor del Área de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano, Jorge Iván Posada Duque, afirma: “En cuando a un diálogo de paz: Nuestra obligación como periodistas, de cara a un proceso de paz, es informar de manera veraz, oportuna y equilibrada. Ciñéndonos a la información que se puede comprobar”. Y agrega: “Como principio partimos de dejar a un lado el afán de las chivas para aportar, desde las páginas informativas, a una reflexión sobre los estadios en los que puede entrar este proceso de diálogo. Ante todo, informando de manera veraz y equilibrada, evitamos que la prensa se convierta en un factor que distorsione quizá la única posibilidad de terminar de manera definitiva el conflicto armado”. La información de calidad se obtiene en fuentes confiables y múltiples. Es peligroso darle el crédito a la fuente única. A la mesa del diálogo concurrirán variados intereses y miradas y confluirán vertientes ideológicas diversas. Siempre habrá que verificar la información, contrastarla en fuentes pertinentes, confiables, calificadas, distintas y distantes, con el fin de mejorar la visión de los acontecimientos. “La información que se filtre debe ser comprobada y seguir los protocolos porque este es un proceso delicado”, explica Fidel Cano Correa, director de El Espectador, en el reportaje publicado el jueves . El manejo responsable, adecuado e independiente de las fuentes garantizará la credibilidad, mejor atributo que la inmediatez o el afán de informar primero que los demás medios de comunicación. En la próxima columna continuaré esta reflexión, centrada en el rigor del lenguaje, la necesidad de contextualizar la información y el recuerdo de algunos casos que ejemplifican la experiencia ganada.

El rigor periodístico en el caso de Sigifredo López (2)

Segunda parte de la reflexión sobre este asunto que no debe pasar a un segundo plano tan pronto. Hoy quiero ilustrar algunos aspectos tocados en la última columna, cuando me referí a las inquietudes que expresaron varios lectores sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en el tratamiento informativo de la detención del exdiputado del Valle de Cauca Sigifredo López Tobón y todo el proceso judicial en la Fiscalía. El lector Antonio Parra G. preguntó cómo deben proceder éticamente los periodistas para que a las personas no les sean atropellados sus derechos a la presunción de inocencia, buen nombre y honra, “…sin la más mínima oportunidad de resarcir tan grave daño cuando a los implicados se les declara inocentes o se les dicta un auto inhibitorio”. El periodismo se debe ejercer en el ámbito de los principios éticos profesionales, la legislación y los métodos de investigación lícitos. El Código de ética del Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB, en el capítulo sobre obtención de la noticia, dice que “la información deberá ser obtenida a través de medios legales y éticos. El fin no justifica los medios. Las razones de interés público deben prevalecer sobre los intereses privados en la búsqueda de la información”. Los medios de comunicación que dan crédito total a las filtraciones pisan terrenos peligrosos porque detrás de ellas se esconden intereses creados que de todas maneras van en contravía de la veracidad y la imparcialidad. Siempre se debe consultar la contraparte. Siempre se deben verificar los hechos. El Colombiano consagra en el Manual de estilo y redacción lo siguiente: “En caso de formular cargos, debe darse a los acusados la oportunidad de explicar su conducta y justificarse. Es deber periodístico reparar el daño causado injustamente. Cuando se ha informado sobre la iniciación de un proceso mencionando a los indicados, debe darse noticia del sobreseimiento y de la absolución que caigan a su favor”. Y Folha, de Brasil, anota al respecto: “Folha revela, anota, constata, averigua, divulga. Folha jamás denuncia. El diario registra denuncias de terceros, pero garantiza a los denunciados el derecho a exponer sus puntos de vista junto con los de los denunciantes”. Publicar las filtraciones sin contrastar la información con distintas fuentes, o dándoles un mayor peso, no es práctica del periodismo responsable y de calidad. Y menos si el medio de comunicación hace de la primicia un argumento de marketing para ganar audiencia, utilizando modelos sensacionalistas y amarillistas. Además de los principios éticos, están las normas legales que garantizan los derechos fundamentales y en general los derechos humanos. Los periodistas debemos observar los principios y conocer y respetar las leyes. Traspasar la norma legal y la ética trae una consecuencia funesta para el periodismo: la pérdida de credibilidad. Y, por supuesto, las demás implicaciones que pueda generar una publicación que injurie, calumnie y viole la presunción de inocencia. Ojalá el caso el lamentable caso de Sigifredo López Tobón no sea relevado sin analizar las lecciones que le deja al periodismo.

El rigor periodístico en el caso de Sigifredo López

El lamento de Sigifredo López Tobón, puesto en libertad por la fiscalía, es motivo de reflexión para los periodistas.

“Ya me devolvieron la libertad, pero no me han devuelto la honra. A mí no me quitó la honra no solo la Fiscalía, sino algunos medios de comunicación con un periodismo amarillista. Recuerden la publicación de ese video haciéndoles daño a un ciudadano y a una familia. Condenándolo sin antes existir una plena investigación…”, reclamó Sigifredo López Tobón poco después de quedar en libertad el pasado martes.

Este clamor es un llamado de atención a dos instituciones clave  de cualquier democracia: justicia y periodismo.

Varios lectores me escribieron y llamaron en estos últimos días para comentar los hechos. Sus manifestaciones no deben pasar desapercibidas en las salas de redacción.

Antonio Parra G., pregunta: “…¿Cómo deberían actuar los medios de comunicación para no ser utilizados en tan macabras componendas? ¿Cuál es la responsabilidad social, que les recae a los medios de comunicación? ¿ Cómo deberían actuar?…”.

Samuel José Toro añade nuevos cuestionamientos: “…es que en Colombia juzga la prensa y la televisión, en vez de ser los jueces los que determinen la culpabilidad de una persona…¿para qué sirve la presunción de inocencia, para qué sirve la reserva del sumario, en dónde queda la responsabilidad social de los periodistas?…”.

No es fácil en este espacio analizar las implicaciones que tiene este caso relevante, que bien puede ser asunto de una tesis doctoral en derecho y en periodismo.

Algunos medios de comunicación cumplieron la función periodística con criterios ajustados a la ética y a la ley: contrastaron las informaciones y las filtraciones, y pronto descubrieron engaños e inconsistencias protuberantes; respetaron la presunción de inocencia y la reserva del sumario; se alejaron de la espectacularidad. Actuaron con rigor y responsabilidad.

Y también creo que otros medios, principalmente televisivos, montaron casi un juicio mediático: por la espectacularidad con la que presentaron la información; por la forma inescrupulosa como la obtuvieron, y por el sesgo que los llevó a soslayar la presunción de inocencia, el derecho al buen nombre, a la honra y las demás garantías que establece la ley.

Cuando un medio de comunicación cae en la trampa del sensacionalismo, el amarillismo o el afán de incrementar las audiencias a cualquier precio, convierte su contenido periodístico en mercancía y espectáculo sensorial que despierta emociones pero no informa.

El riesgo aumenta si los funcionarios son personajes histriónicos, deslenguados, amigos de la exposición mediática, o sus actuaciones carecen de probidad.

El periodista no puede suplantar al juez. No debe condenar ni declarar la inocencia de nadie. Ni presionar o menoscabar la independencia de los jueces. La función de los periodistas y los medios  de comunicación, es informar y fiscalizar para que la justicia brille y llegue pronto.

Los lectores se merecen un periodismo responsable y de calidad. Debemos releer el clamor de Sigifredo López Tobón con humildad, honradez profesional y valor autocrítico. Aún más, ponernos en su lugar…