¿Se puede fotografiar a un transeúnte?

El lector Juan David Aguirre pregunta: “¿Hasta qué punto me pueden tomar una fotografía y publicarla en el periódico sin mi consentimiento? ¿Cuáles son las normas que rigen para la publicación de las fotografías periodísticas y las imágenes de televisión, no considera usted que a veces hay abusos…?”.
Tal vez el lector se refiere a la molestia que le puede causar verse en una fotografía tomada en la calle para informar sobre un acontecimiento o un hecho de interés público.
Por norma general no hay limitaciones en las circunstancias descritas por el lector. Germán Calderón Linares, macroeditor Gráfico dice: “El registro gráfico de terceras personas en la vía pública atiende a un interés periodístico de carácter social, urbano, científico, histórico o cultural de relevancia. En lugares privados sólo se publican con autorización expresa de la persona que aparece en la imagen”.
De todas maneras es importante tener en cuenta algunas consideraciones detalladas porque a veces surgen conflictos entre la libertad de expresión del fotógrafo y el derecho a la intimidad de las personas.
En lugares públicos no se requiere permiso para documentar con imágenes la información de interés o de importancia para las audiencias y la ciudadanía. Sin embargo, alguien podría solicitar que no les tomen fotografías en virtud de un derecho personalísimo, o sea aquellos que están íntimamente ligados a la personalidad, aún en sitios públicos.
Otro asunto limitante se presenta cuando una persona luce un vestido o un objeto protegido por derechos de propiedad intelectual, caso en el cual es necesario obtener su beneplácito.
Hay circunstancias en las que la ética periodística obliga al fotógrafo a tener cautela por la crudeza de las escenas causadas por hechos violentos y de terrorismo. Al menos evitar los primeros planos. En estos casos se puede violentar la sensibilidad de los lectores por la naturaleza amarillista de los registros.
Una pregunta que se debe hacer en las salas de redacción es qué información suma la publicación de estas fotografías que pueden afectar la sensibilidad de los adultos y de los niños. Es decir, si son necesarias y agregan valor informativo.
También hay debate profesional, ético y aún político sobre la publicidad de actos terroristas. Algunos autores consideran que la divulgación es uno de los objetivos que busca el terrorismo porque al aumentar el miedo multiplican el daño y potencian la violencia.
No es fácil resolver esta cuestión porque el periodismo es el garante del derecho a la información veraz y oportuna. No hacerlo sería un caso de censura o autocensura cuyas implicaciones igualmente son nocivas para la sociedad.
El asunto se resuelve en el cómo se informa para garantizar el derecho y no hacerle el juego al terrorismo. Nada fácil, repito, cuando hay que tomar decisiones sobre si se publica o edita una fotografía. Y aún más dramático, sobre cómo hacer el encuadre en el mismo instante que se decide tomar la fotografía.
Cuando se trata de menores de edad, “la Ley 1098 de Infancia y adolescencia prohíbe la publicación de fotografías e identidades de menores de edad que sean víctimas o victimarios de delitos. Se exceptúan las desapariciones (incluso una presunta desaparición forzada), pues las fotos pueden ayudar a dar con la ubicación del menor”, recuerda Germán Calderón Morales.
En la próxima columna voy a referirme a otros aspectos de interés sobre este asunto de las fotografías periodísticas.

El titular es un desafío ético y profesional

El lector José Manuel Arango escribe: “Considero de la mayor importancia su columna del domingo en la que analiza un título que no corresponde a la información suministrada por el periódico y por el senador José Obdulio Gaviria. Quiero preguntarle a usted ¿qué normas siguen en el periódico El Colombiano en estos casos? ¿En dónde queda la objetividad? ¿En dónde queda la credibilidad, porque según mi punto de vista la tal inocencia del magistrado Pretelt ni siquiera la consideró el senador Gaviria?”.
Las consideraciones del lector se refieren al título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, sobre el cual escribí la última reflexión.
La verdad es la esencia del periodismo. Muchos autores consideran que la objetividad es inalcanzable y la definen como un valor límite que el periodista tiene la misión de buscar para acercarse a ella. En general, se habla mejor de honradez profesional que de objetividad para rescatar este requisito del periodismo veraz y responsable.
En el Manual de estilo y redacción de El Colombiano se consagra que “La honradez mental es la primera de las virtudes del periodista. La honradez mental impone ser verídico y rectificar los errores”.
El periodista tiene sus principios ideológicos como todo ciudadano, pero a la hora de escribir debe actuar conforme a los principios de la profesión y alejarse de sus convicciones para garantizar la veracidad y la pluralidad de la información.
“Al redactar una noticia el periodista debe mantener un distanciamiento crítico tanto del tema como de los protagonistas de ella, estar al margen de lo contado, y, como en todo en esta profesión u oficio, debe dudar de los datos que le han suministrado, confrontar versiones y no involucrar sus prejuicios sobre lo que ha sucedido”, reza el Manual de estilo y redacción.
El periodista debe hacer todo lo humanamente posible para construir un relato lo más cercano posible a la realidad de los hechos.
El debate sobre la objetividad en el periodismo viene de tiempo atrás. Las trazas de opinión que pueda tener una información por el enfoque, la visibilidad, el tamaño y la ubicación dentro de la edición tienen el cometido de garantizar el concepto de neutralidad, veracidad, no intencionalidad u honestidad, como queramos llamarlo.
La división entre información y opinión es vital para que el lector tenga clara la intención del texto.
Ahora, el título cuestionado fue construido sobre una interpretación errónea y confusa. No corresponde ni al documento elaborado por el senador Gaviria ni se desprende de las declaraciones que recoge.
Por esta razón al día siguiente el periódico rectificó la información, aunque de manera parcial e insuficiente, tal como lo manifesté en la columna del pasado domingo.
La elaboración del título no es fácil, pero tanto el periodista como el editor tienen la responsabilidad ética y profesional de concertarlo para que alcance los atributos de veracidad, claridad, concisión y convicción.
El análisis de los contenidos periodísticos da cuenta de la trascendencia del titular. Muchos lectores no leen la información completa y se quedan con la idea de las pocas palabras que recoge la frase del título. Con razón dicen que el país se puede gobernar con titulares de prensa, en una crítica al periodismo que solo hace eco de declaraciones sin detenerse en verificar los hechos.
Titular es un desafío profesional y ético que pone en juego la credibilidad del periodista y del medio de comunicación.

Cuando el título arriesga la credibilidad

El título “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria”, publicado el jueves 28 de julio, en la página 7A, resultó desafortunado y temerario porque pone en riesgo la credibilidad de El Colombiano y del periodista autor de la información.
El lector Eduardo Aristizábal Peláez escribe: “Titular temerario. Redacción pesada y confusa. Si nos basamos en el texto, porque no tenemos más elementos de juicio, Gaviria aduce errores de procedimiento en el proceso. Por lo que dice el texto no podemos concluir con certeza, que Gaviria considere inocente a Pretelt”.
Gustavo Gallo Machado, macroeditor de Actualidad explica: “Efectivamente el titular de la noticia fue más una conclusión e interpretación periodística frente a la conversación telefónica que tuvo el periodista con el senador José Obdulio Gaviria, el pasado miércoles en horas de la tarde, con el objetivo de conocer un poco más este hecho noticioso. Aunque la nota no tiene la frase exacta que afirma que el magistrado Jorge Pretelt es inocente, sí da indicios de que ha habido serios errores en la formulación de cargos por falta de pruebas y vicios de trámite”.
Y añade a continuación: “Frente a las dudas periodísticas que surgieron, ayer volvimos a conversar con el senador Gaviria sobre el titular y la noticia y nos contestó que si bien él no habla de inocencia, sí recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara por vicios de trámite. En la edición del viernes 29 de julio, en la página 4, publicamos una nota adicional para aclarar un poco más este asunto”.
La nota breve aclaratoria, a la que se refiere Gallo Machado, dice: “Auto pide anular lo actuado contra Pretelt. El auto que está en manos del senador José Obdulio Gaviria y que contiene el proceso contra el magistrado Jorge Pretelt no habla en ningún momento de inocencia, sino que recomienda anular lo actuado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes por vicios de trámite”.
Y lo que sostiene el congresista Gaviria dice textualmente: “Presento, señor presidente, un argumentado proyecto de auto por medio del cual se declara la nulidad de lo actuado por la H. Cámara de Representantes. El auto es, además, un estudio que en caso de decretarse la nulidad, puede orientar al representante investigador y a la Comisión de Investigación y Acusación en 1) la tarea de reconstruir el expediente dentro de la cuerda procesal en la que debió tramitarse y 2) hacer la adecuada calificación jurídica de los hechos…”.
El lector tiene razón. Estoy de acuerdo con su opinión de que se trata de un título temerario. Si lo dijo en la entrevista que sostuvo el periodista debió ponerlo en boca de Gaviria, porque ese titular tal como se publicó es una afirmación del periódico y del periodista.
Considero que la aclaración hecha al día siguiente es precaria. Además, la información original titulada “Pretelt es inocente concluye José O. Gaviria” se mantiene en la edición digital sin ningún llamado de atención que alerte al lector sobre la corrección del título.
Recomiendo en este caso, y en otros similares, poner una nota al final que explique que el texto ha sido aclarado o rectificado. Es la manera de recuperar la credibilidad perdida y honrar la veracidad y el rigor periodístico.

La información tóxica

El lector Héctor Darío Ortiz plantea de nuevo los problemas que generan el exceso de información y las dudas de credibilidad y confianza que suscitan las redes sociales. Dice: “Tanta información me confunde, porque una es la que de la prensa y la radio y otra, bien diferente, es la que me llega por Facebook, Whatsapp y Twitter. Le pregunto cómo se puede uno informar verdaderamente de lo que ocurre en Colombia…”.
Es evidente que los ciudadanos se enteran por distintos medios y canales de lo que acontece en la ciudad y el mundo.
Los periódicos, la radio y la televisión fueron durante muchas décadas los únicos medios que llevaban la información a la sociedad.
Hoy, las plataformas digitales hospedan a estos mismos medios, que actualizan sus ediciones tan pronto como ocurren los hechos. A la par, en forma apresurada, las redes sociales nos inundan de información, tal como lo describe el lector.
Los jóvenes, más que los adultos, acuden a las redes sociales o a otros sitios en la web para conocer qué está pasando en el preciso momento. Quedan así sumergidos en un océano de datos que los obliga a bucear para encontrar la información veraz y precisa y, además, confiable. Este exceso de información puede confundir y desinformar si se obvian guías y precauciones.
Una de las primeras claves es saber el origen de la información. No es lo mismo obtenerla de un medio de comunicación que de un autor desconocido que la tecleó en un blog o en una de las redes sociales.
Los contenidos de los medios de comunicación son producidos por periodistas que obtienen la información en fuentes de todo crédito. Los datos han sido verificados y contrastados con otras fuentes válidas antes de ser publicados.
En otras palabras, cumplen los estándares de calidad que otorgan los principios periodísticos de veracidad, pluralidad, transparencia y responsabilidad social.
Esta información es la que le da confianza y credibilidad a las audiencias, dos de los atributos más valiosos del patrimonio del periodista y del medio de comunicación.
Los contenidos de redes sociales y de sitios web poco conocidos no nos ofrecen estas garantías porque desconocemos su origen.
Las plataformas digitales son además muy vulnerables, pueden ser suplantadas por delincuentes cibernéticos que las usan para difundir información tóxica o cuando menos rumores o datos falsos que distorsionan, alarman y confunden.
Son frecuentes los casos en los que se clonan perfiles de personajes conocidos para usar sus cuentan de redes sociales con fines perversos para difundir noticias y comentarios apócrifos. Hasta medios de comunicación, que se saltan las rutinas de confirmar y verificar antes de divulgar, caen en estas trampas por el afán de adelantarse con la primicia informativa a los demás.
El periodismo no se puede entender hoy al margen de las redes sociales. Estos canales son usados por los medios de comunicación y los periodistas para comunicarse con sus audiencias y mantenerlas actualizadas.
Muchos personajes las usan para curar informaciones y compartirlas con sus seguidores. Pero otros las usan con fines propagandísticos para manipular y desorientar. O como revela el lector para saturar, confundir, intimidar e intoxicar.
Buscar información de calidad requiere no obsequiarle credibilidad a todo lo que nos llega ni darle crédito al comentario que resume una declaración remota o al rumor vago.

Contra los errores, buenas prácticas

Los errores provocan un gran disgusto. Los periodistas nos lamentamos de no haber leído una vez más el texto para detectarlos. Igual les ocurre a los editores.
Quizás hay muchas explicaciones: generalmente los periodistas trabajan varios temas a la vez; la hora de cierre obliga a acelerar la entrega de las informaciones; no se consulta el diccionario; no se aclara un concepto dudoso y hasta la falta de competencias lingüísticas.
También hay buenas prácticas: escribir con el diccionario al frente; resolver los interrogantes de inmediato; leer y releer; apoyarse en otra persona para que lea lo escrito o leerlo en voz alta; desconfiar de los correctores automáticos…
Debemos hacer todo lo posible para evitar los errores. Y si los cometemos, tenemos la obligación de enmendarlos. En este propósito de mejorar la calidad periodística es vital la participación de las audiencias. Los gazapos señalados por los lectores y hallados por los periodistas al releer las informaciones publicadas se corrigen en la Fe de errores, que se publica en la página Radar de la sección Metro y también en la edición digital.
De las equivocaciones reportadas por las audiencias resalto tres en la reflexión de hoy.
La primera se refiere a la falta de un dato en el reportaje sobre la consulta popular de Envigado, publicado en las páginas 12 y 13 de la edición del 11 de julio.
El lector Luis Alfredo Molina Lopera escribe: “En el tercer párrafo dice “El total de votos fue 40.395”: Válidos, 39.871 y nulos, 366. Esto debería ser igual al total: 40.395. Pero da 40.237, hay una diferencia de 158 votos. Ahora bien: por el Sí, 24.507, por el No, 15.364 y nulos 366. Esto da 40.237 sufragios. Ahí cuadran las cuentas, pero no da el total mencionado de 40.395. Con ánimo constructivo, sería bueno aclarar la situación…”.
La Fe de errores aclaró al día siguiente: “Votos en consulta de Envigado: total 40.395. Por el Sí, 24.507; No, 15.364; nulos, 366 y no marcados 158. Estos últimos no aparecen registrados en nuestro informe central, pero sí en el infográfico que la ilustra. Tiene razón el lector al reclamar todas las cifras en ambos”.
La lectora Lucila Gallego, llamó para señalar un error en el reportaje Así será el museo de la memoria, publicado el 7 de julio en la página 8. Dijo que le pareció muy interesante el informe sobre la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Agregó que “me interesé porque soy víctima pero me desilusioné cuando vi el error sobre la fecha de la muerte violenta de Jorge Eliécer Gaitán, que ocurrió el 9 de abril de 1948, no el 9 de abril de 1949 como dicen ustedes…”.
El lector Gabriel Escobar Gaviria se refirió a la frase debajo del título Carrizal sueña con borrar la guerra de su historia, publicado el lunes 11 de julio:
“Como ya deben saber, apareció en El Colombiano de hoy la palabra «testiga», en el subtítulo de la noticia de la página cuatro. Ya debió haber levantado una polvareda de Padre y Señor mío. No hay para qué levantarla, explico: No hay norma morfológica que impida los femeninos de «testigo», «miembro» y «canciller», pero quien se atreva a usarlos queda estigmatizado como ignorante. Las palabras no son creadas por la Real Academia Española, sino por el uso. Siempre que me refiero a una cancillera lo hago en femenino, con las otras dos no me he atrevido”.

Periodismo e inmigración

La lectora Ana Sofía Sánchez comentó la última columna. Dijo: “…nos podíamos ahorrar muchos actos violentos si se piensa antes de hablar y de escribir. Estoy ciento por ciento de acuerdo con el llamado que hace la columna del defensor de las audiencias sobre el cuidado que deben tener los periodistas cuando tocan el tema de la inmigración, que es global y que causa grandes conflictos sociales en otros países. Me pregunto cómo mejorar el lenguaje violento, discriminatorio e inapropiado que vemos en radio y otros medios y aún en la vida cotidiana…”.
Esta reflexión cruza por las salas de redacción y los estudiosos de los temas de opinión pública y análisis de contenidos de los medios de comunicación.
Elegir las palabras es clave para informar con mayor imparcialidad y poder mostrar la realidad con estándares confiables de veracidad. Un término poco claro, ambiguo, con una connotación negativa que estimule prejuicios, pone en riesgo la misión del periodismo responsable.
Son políticas del periódico relatar los hechos con claridad y precisión. La primera obligación del periodista, como lo he citado en varias oportunidades, es escribir bien, conocer el lenguaje y expresarse correctamente, es decir, conforme a las normas que rigen la redacción periodística.
En el caso de las informaciones sobre la migración, además del significado de las palabras, no se deben perder de vista connotaciones, prejuicios y generalizaciones más o menos extendidas en la sociedad.
El reto es encontrar la palabra adecuada, la frase precisa, para evitar estas trampas e informar sin distorsionar.
El Manual de estilo y redacción de El Colombiano dice: “Los estereotipos son formas incompletas del conocimiento, que resultan de una observación superficial y parcial de los hechos, las personas o los grupos humanos, los países, las regiones. Con frecuencia están contaminados por el prejuicio. Por tanto, el uso de estereotipos y generalizaciones sobre aquéllos será sometido a examen para evitar expresiones que lesionen la dignidad de las personas o de los grupos humanos, los países y las regiones, y que conduzcan a emitir juicios injustos.”.
Un caso actual es el de Inglaterra. Hoy se preguntan los periodistas en las salas de redacción y los estudiosos en las universidades cómo influyeron los medios en la decisión que tomó el Reino Unido de abandonar la Unión Europea.
The Sun, The Daily Mail y The Daily Mirror fueron criticados por la cobertura de los refugiados. “No ahorraron portadas en letras mayúsculas y frenéticas advirtiendo sobre los peligros de la inmigración. La columnista de The Sun, Katie Hopkins, llegó a comparar a los inmigrantes con “cucarachas” que ´se extienden como el norovirus´. La declaración provocó críticas de Naciones Unidas, y constituye una indicación preocupante de los altos niveles de lenguaje hostil que los diarios británicos estaban manejando”, señala Farahnaz Mohammed en un artículo publicado por la Red de Periodistas Internacionales, Ijnet.
Añade que “Como periodistas, no podemos esperar erradicar la xenofobia o la ignorancia voluntaria. Sin embargo, podemos examinar nuestros propios prejuicios personales y mantener nuestra labor en un nivel editorial superior… No importa qué tan completos e imparciales sean los medios de comunicación, siempre habrá una minoría a la que no le afectarán las estadísticas, las investigaciones y las proyecciones. Al mismo tiempo, sabemos que los palos y las piedras rompen huesos, pero que las palabras empiezan revoluciones. Como periodistas, debemos ser cuidadosos con las que utilizamos”.

Temas sensibles: ¡cuidado con las palabras!

El tratamiento de la información sobre la inmigración precisa altas dosis de rigor y responsabilidad por tratarse de asuntos sensibles en los que es fácil caer en trampas xenófobas o en estereotipos. La elección de un término impreciso o inadecuado nos puede llevar a esos terrenos.
El lector Federico Díaz González cuestiona el reportaje sobre la presencia de inmigrantes que buscan en Medellín una alternativa para llegar a Centroamérica y luego a Norteamérica.
Dice: “En la página 13 de la edición de junio 21 aparece el siguiente titular: ´Decenas de inmigrantes transitorios rondan Belén´. Nada hay objetable en este título, pero en el subtítulo dice: “Un grupo de caribeños, africanos y asiáticos merodea la sede central de Migración Colombia en la comuna 16…´. Según el DRAE, el verbo merodear significa ‘vagar por las inmediaciones de algún lugar, en general con malos fines’ o ‘vagar por el campo viviendo de lo que se coge o roba’. En otras palabras, el verbo tiene implicaciones negativas”.
“En mi opinión es injusto usar ese verbo para referirse a migrantes cuyo único propósito es obtener un salvoconducto para permanecer algunos días en Colombia. Al sumarles a sus desgracias los significados negativos de “merodear”, El Colombiano maltrató a personas en clara situación de inferioridad”, concluye el lector.
José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local lo reconoce: “Tiene razón el lector y faltó rigurosidad de parte del periodista y su editor. Cada palabra, cada signo de puntuación, cada expresión tienen sentido y vida propia y como tales deben ser manejados”.
A cada palabra corresponde un significado y muchas tienen connotaciones de diversa índole. Es evidente que el término usado en el reportaje periodístico citado no es el propio ni el adecuado. Desde la misma definición se infiere que está relacionado con actitudes sospechosas. En este caso, alejadas de los hechos narrados por el periodista. Y más lejos aún de su intención.
Es posible que los vecinos vean estas aglomeraciones con otros ojos, percibiéndolas como situaciones de riesgo, incomodidad y algunos con altas dosis de prejuicios.
Pero el periodismo tiene la responsabilidad de acercarse de otra manera: con ojos abiertos, sin esos prejuicios y con la actitud transparente fundada en los valores de la ética.
La veracidad está en juego. Oír voces diversas garantiza el pluralismo y la imparcialidad; el contexto explica el proceso migratorio para evitar distorsiones; la claridad del lenguaje permite transmitir los hechos a las audiencias; los derechos humanos también están en riesgo y a un solo paso de criminalizar y maltratar a estas personas puestas en un escenario de precariedad.
Las palabras deben ser escogidas con rigor. Así lo exige el lenguaje periodístico. En temas sensibles es prioritario redoblar la atención para no expresar ideas distorsionadas, ya sea por una falla léxica o por la connotación que trasmita a las audiencias.
La palabra merodear conlleva una carga que puede interpretarse como una acusación, en este caso, a los inmigrantes que buscan resolver su presencia irregular, no delictiva, en el país.
Los sinónimos son escasos en el periodismo. La propiedad es un atributo del lenguaje que avala la comunicación entre el periodista y el lector. Muchas palabras cambian de significado de una región a otra.
El lenguaje es el principal instrumento del que se vale el periodista. Debe dominarlo, debe saber expresarse. Y los diccionarios son los mejores aliados para conocer los significados y las connotaciones sociales de cada término.

Ni maximizar ni minimizar

Las redes sociales, como novedosos sistemas de relación de las audiencias, son objeto de apasionados defensores y de acérrimos contradictores. Pienso que no se puede ni magnificarlas ni minusvalorarlas.
En la reflexión de la semana pasada, para responder la pregunta de Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, sobre si “¿considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”, expuse las oportunidades que ofrecen a los medios, a los periodistas y a las audiencias. Hoy me detendré más en los riesgos.
Para algunos estas son nuevos medios de comunicación o sus contrincantes recién instaladas. La realidad es que las redes sociales son un escenario de conversación ciudadana en el que las voces fluctúan entre expertas y necias; entre racionales y viscerales; entre mesuradas y altaneras.
Un tuit puede ser un mensaje irreflexivo. Y si el retuiteo es la web de un medio de comunicación o en una de sus cuentas puede convertirse en una acción irresponsable, sin profesionalismo ni ética.
Un medio y un periodista, estimulados por el afán de la primicia, cae fácilmente en la trampa de divulgar rápidamente una información falsa, con graves errores de todo tipo, que menoscaba el patrimonio más valioso: la credibilidad.
Si algunos teóricos creen que en internet se puede corregir con un nuevo tuit, considero que hace falta mirar el semáforo que está en rojo o en amarillo, y por lo tanto hay que contenerse antes de dar el próximo paso, el de publicar.
La información que el periodista obtiene de cualquier fuente y por cualquier canal es un dato en bruto que debe verificar, confrontar y contextualizar antes de divulgar. Son acciones rutinarias de la profesión que la persona que tuitea no efectúa.
Así, las conversaciones de las personas en estos tuit, y demás mensajes, son similares a los rumores que no se pueden publicar sin estar seguros de su veracidad.
Algunas fuentes usan las redes sociales para evitar las preguntas y repreguntas de los periodistas y llevar así sus informaciones unilaterales a las audiencias, tal como lo describí en la columna anterior.
Un punto negativo de las redes sociales es la calidad de la conversación ya sea por ignorancia, o porque se sienten excluidos, muchos usuarios se esconden en perfiles falsos para molestar o posar de impertinentes y desafiantes.
En estas categorías son frecuentes los tonos de hostilidad, radicalización y violencia en las palabras que desvirtúan la calidad y utilidad de los comentarios y juicios expresados.
No obstante, reitero, las redes sociales son una realidad que han transformado y siguen transformando el mundo de los medios y de la vida de los ciudadanos. Se pueden usar para informar y para desinformar. De ahí la necesidad de usarlas conscientemente para mejorar la calidad de la información, para contribuir a la interacción de periodistas y audiencias.
¿Cómo desaprovechar la posibilidad de conocer las reacciones de los lectores y saber de qué están hablando? ¿Cómo no valorar las críticas argumentadas y el señalamiento de errores y vacíos de las informaciones publicadas? ¿Cómo no mantener actualizadas a las audiencias sobre informaciones nuevas o desarrollos recientes?
Las redes sociales nos ofrecen oportunidades valiosas en el periodismo porque son pistas clave para acertar en la construcción de la agenda informativa y mejorar de esta manera la calidad del periodismo.

Redes sociales: los más y los menos

Las redes sociales motivan juiciosos estudios y encendidos debates en el periodismo y la vida cotidiana porque han introducido cambios en la manera de relacionarnos y de estar informados y también desinformados.
Alejandra Siegert Arango, estudiante de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Lasallista, pregunta: “¿Considera que la dependencia a las redes sociales afecta de alguna forma el desempeño profesional y ético de los periodistas?”.
Internet y las redes sociales han impactado, y de qué manera, a los medios de comunicación impresos, radiales y audiovisuales. Casi todos pusieron sus ediciones y emisiones en la red y es aquí en este nuevo escenario donde reina una atmósfera de incertidumbre.
“No hay certezas acerca de cómo enfrentar el futuro del sector de los medios, pero los directivos reconocen la necesidad de seguir probando, de experimentar y de arriesgar, sin poner en peligro el negocio, pero reaccionando ante un entorno que se transforma cada vez con mayor velocidad”, anota el autor y docente español José Luis Orihuela en su libro Los medios después de internet.
El impacto de las redes sociales es evidente. Una investigación de The Reuters Institute for the Study of Journalism, basado en una encuesta de YouGov realizada a 50.000 personas de varios países, revela que el 28 % de los participantes de entre 18 y 24 años se informa a través de las redes sociales y el 24 % por televisión, según publicó hace unos días la agencia EFE.
Facebook es la plataforma que más usan los jóvenes para acceder a la información (44 %), seguida de YouTube (19 %), Twitter (10 %) y WhatsApp (8 %), añade el informe.
Otra demostración, quizá patética, es que los políticos apelan cada vez más a las redes para contactarse con las audiencias. No lo hacen por los medios de comunicación para evitar el proceso de verificación y confrontación claves del periodismo responsable y de calidad.
Las redes sociales están ahí, para bien y para mal. Los medios las usan cada vez más. Al inicio se percibió mayor timidez pero la novedad quedó atrás y ahora se diseñan estrategias para servir a las audiencias conectadas en forma permanente.
“En El Colombiano las utilizamos como una herramienta para conseguir nueva información, para saber que quieren los lectores y de qué hablan. Sabemos que las redes sociales tienen la capacidad de agrupar un gran número de personas con el fin de lograr acciones increíbles, por eso es que aprovechamos ese potencial para escuchar y darle voz a quienes no tienen voz”, dice Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital,
Añade que “las redes son un canal de noticias en tiempo real, donde los usuarios leen, comparten y opinan, nunca antes en la historia del periodismo la información viajaba en ambas direcciones como ahora y es gracias a plataformas sociales”.
Sobre los riesgos de las redes, tanto dentro como fuera del ámbito periodístico, hace dos días el periodista y profesor español Miguel Ángel Bastenier Martínez escribió: “Twitter, que es tecnología de punta, debería tener un mecanismo que automáticamente expulsara a los tuiteros que se dediquen a insultar”.
El mismo dispositivo sería ideal para filtrar los datos erróneos y los chismes que se visten de información para distraer la atención y sorprender a las audiencias.
Estos son algunos inconvenientes que experimentan estas modernas herramientas de comunicación. Sobre estos puntos riesgosos continuará la reflexión.

Las desviaciones de los sondeos

Continúa la reflexión sobre este asunto de los sondeos y las encuestas en los medios de comunicación, que siempre despiertan críticas y controversias.
A la pregunta de Miriam Fabiola Arbeláez, a la cual me referí en la columna de la semana pasada, titulada El rigor de los sondeos, se suma las inquietudes del lector Juan David Arias: “Cómo vamos a creer en los sondeos y las encuestas que sobre lo divino y lo humano realizan todos los días los noticieros y programas de radio y televisión…leí su escrito pero tengo muchas dudas sobre las encuestas políticas y del Dane, a pesar de que en estos casos se aplican metodologías estadísticas…”.
Los expertos coinciden en afirmar que los resultados de estos sondeos por internet que se han popularizado hoy experimentan desviaciones que los hacen poco confiables, carentes de rigor estadístico y además de poca utilidad informativa.
La ventaja de obtener la opinión de las audiencias de una manera fácil, casi compulsiva, se torna en uno de sus mayores inconvenientes: la autoselección. Es decir, cada quien decide si la responde o no.
No hay un muestreo estructural que pueda darle solidez estadística a esta clase de sondeos que a la postre resultan tan dudosos como sesgados. Poco se conoce sobre el sexo, la edad y otras características que determinan los objetivos de la investigación y la construcción de la muestra.
La misma facilidad de usar la red ofrece dos limitantes que contribuyen a las desviaciones de esta clase de sondeos.
En primer lugar, que no todos los habitantes de un país como Colombia tienen acceso a la red. Así las cosas, el sondeo lo responde una parte de la audiencia si tenemos en cuenta que el año pasado sólo el 41.8 % de los hogares tuvieron acceso a internet, según los datos oficiales divulgados por el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.
De ahí la advertencia del profesor Universitario León Darío Bello de no extrapolar un resultado a los antioqueños o los colombianos.
La otra dificultad es que los oyentes y televidentes que contestan el sondeo son seguidores fieles, afectos al medio, y los resultados podrían estar viciados, restándoles confiabilidad.
A los inconvenientes, por la falta de rigor estadístico de algunos sondeos y demás circunstancias negativas, se suma la irrelevancia de los temas sometidos al escrutinio de las audiencias.
Los defensores de los sondeos en línea explican que se trata de una forma de participación de las audiencias que ya están activas en los foros y en las redes sociales y que mediante esta estrategia son interpelados para conocer juicios más elaborados constitutivos del fenómeno de la opinión pública.
“Las encuestas periodísticas no tienen la pretensión del rigor matemático y estadístico de las encuestas realizadas para investigaciones científicas específicas o para aquellas que hoy en día se aplican en los ámbitos de los estudios e investigaciones de opinión pública. No obstante, son un intento por reunir en un mismo material informativo, una serie de indicadores de opinión que representan tendencias más o menos generales en una comunidad”, sostiene la profesora venezolana Moraima Guanipa.
Incluso la docente clasifica esta modalidad de sondeos dentro del género periodístico de la entrevista.
Considero que los medios de comunicación pueden realizar estos sondeos con mejor disciplina estadística para que contribuyan efectivamente a la calidad de la información en beneficio del mayor patrimonio del periodismo: la credibilidad, tal como lo sugiere la profesora Guanipa.