El rigor del periodismo medioambiental

El lector León Darío Giraldo J. dice: “…he leído en las últimas columnas sus respuestas a quienes vemos con preocupación el problema energético empeorado por el fenómeno del Niño y por el cambio climático. Soy docente y hoy quiero preguntarle a usted, señor defensor, cuál es la responsabilidad de un medio de comunicación en materia de medioambiente, ahora que todos los ciudadanos debemos interesarnos más por cuidar la naturaleza…”.
Ramiro Velásquez Gómez, periodista y columnista del periódico, especializado en temas científicos y medioambientales explica al respecto: “En cuanto a la temática medioambiental los medios están en el deber de informar sobre las acciones, afectaciones y medidas relacionadas con el sector, más hoy en día cuando es uno de los temas prioritarios para el bienestar individual y colectivo no solo en el presente sino a futuro”.
Añade: “No se pueden limitar a la información oficial, por lo general referida a determinaciones sobre una situación específica sino que deben contextualizar sobre el estado general de esa problemática, y tampoco pueden limitarse a la denuncia o inquietud ciudadana sin profundizar en ella, una denuncia que cobra mayor realce hoy por la conciencia ciudadana acerca de la protección al medio ambiente. El tema debe tener continua presencia en los medios por ser un asunto esencial”.
Quizá el título de periodismo medioambiental no es el más preciso, tampoco el de periodismo verde o ecológico. En realidad falta una especialización académica que lo acredite, incluso estos temas escasean en la bolsa de asignaturas de las facultades y programas de Periodismo y Comunicación.
Veracidad, rigor, contraste de informaciones, transparencia y responsabilidad social son los valores fundamentales del periodismo, independientemente de la naturaleza de los hechos que relate.
En asuntos sobre medioambiente es frecuente encontrar tonos subidos que crean cierto pánico o al menos alarma entre las audiencias. O bien, matices que copian las voces de calma, y aún de engaño, emitidas por autoridades gubernamentales o por otros agentes.
El periodismo debe informar sin palabras sensacionalistas ni frases apaciguadoras que desvían la atención o distorsionan la realidad de los hechos.
El reto consiste en consultar, además de los voceros gubernamentales y empresariales, a los académicos y a las personas afectadas para construir una información más completa y aproximada a la verdad.
Siempre ir más allá de la noticia escueta. Siempre ir al origen y a las causas. Profundizar, investigar los porqués y los impactos de una catástrofe o contingencia; explicarlos en términos sencillos; hacer pedagogía y orientar a la ciudadanía, y mantener la continuidad del tema, como lo describe Ramiro Velásquez Gómez.
Con respecto a las fuentes, insisto en la formalidad de oír a todas las partes, de preguntarles y repreguntarles y de buscar a los expertos para que traduzcan en un lenguaje más asequible y elemental los conceptos más técnicos y complejos.
Los periodistas encargados de los temas medioambientales tienen por delante el gran objetivo de formarse en asuntos como biodiversidad, huella de carbono, capa de ozono, desarrollo sostenible, recursos naturales, calidad del aire y del agua, contaminación, combustibles fósiles, energías alternativas, erosión, cambio climático, reciclaje y decenas de conceptos más. Este aprendizaje continuo le dará la solvencia profesional necesaria para informar con mejores estándares de calidad y de responsabilidad social.
Una frase final para alertar sobre la magnitud de contenidos tóxicos, interesados y distorsionantes que encontramos en internet al lado de otros valiosos, transparentes y pertinentes sobre el medioambiente, su gestión responsable y la formación de una opinión pública bien informada.

Bienvenidos a las publicaciones digitales

Tres lectoras se quejaron en los últimos días porque no pudieron acceder a publicaciones de El Colombiano a través de la web o porque tuvieron dificultades para registrarse o encontrar la información deseada.
La lectora Rosa Eugenia Ramírez pregunta: ¿Por qué la revista Nueva no aparece publicada o tardan muchos días en hacerlo? Soy lectora diaria de El Colombiano porque vivo en España y me interesa saber que está pasando en mi patria en donde viven mis familiares y amistades y ustedes tienen la información que busco…”.
También la lectora identificada como Adriana escribió varias veces en las últimas semanas: “¿Cuándo van a subir la revista Nueva del sábado 5 de Marzo a la edición digital? ¿Qué lástima que cada semana tenga que ´recordarles´ que la suban? ¿Será que ustedes no revisan sus contenidos? ¿Será que yo soy la única persona en el mundo que mira esta revista….?”.
Blanca Ligia Hurtado se queja: ¿Cómo hago para leer las revistas Viernes y Nueva, que ustedes publican los sábados, pero que a veces no puedo comprar el periódico esos días…?”.
Cómo acceder a las publicaciones. Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital encargado explica al respecto: “Para ver en internet las publicaciones impresas de El Colombiano existen dos maneras: la primera es escribiendo digitales.elcolombiano.com en cualquier navegador o haciendo clic en ´Impreso´ que aparece en la parte superior de elcolombiano.com. Ambas maneras llevan a una página que pide registro para acceder, la visualización de las ediciones impresas en internet es gratuita, sin embargo es necesario registrarse”.
“El formulario para usuarios nuevos pide unos datos básicos para registrarse, como nombre, correo electrónico y número de documento de identidad. Luego de este paso el usuario accede a la plataforma donde encuentra todas las publicaciones impresas, como el periódico El Colombiano, los suplementos de Deportes y Generación y las revistas Viernes, Paladares, Yok, Qué me pongo, Nueva y Turbo, así como todos los especiales impresos”.
Y añade: “Además de la última edición de cada publicación, en este lugar los usuarios pueden encontrar el histórico de las ediciones anteriores”.
Sobre la pregunta concreta de las publicaciones Nueva y Turbo, aclara: “En los últimos días hemos tenido algunos inconvenientes con la publicación de estas revistas en nuestras plataformas digitales, la razón es que es un servicio externo, que no corresponde a El Colombiano, y en algunas ocasiones los archivos que se suben a internet no llegan a tiempo. Es decir los días sábados para la revista Nueva y los miércoles, cada 15 días, para la revista Turbo”.
Considero necesario advertir que en elcolombiano.com se publican casi todas las informaciones de la edición impresa de El Colombiano, con excepción de algunos contenidos que son exclusivos del periódico impreso.
Los contenidos de elcolombiano.com se actualizan a medida que suceden los hechos o se registran nuevos desarrollos de las informaciones originales de la edición impresa o de la digital. Son dos plataformas informativas que se complementan y a las cuales son bienvenidos los lectores.
Posteriormente haré referencia a otros recursos de la web del periódico, especialmente a las facilidades que ofrecen las aplicaciones para los dispositivos móviles.

Lo más leído, lo más comentado

El lector Héctor Fabio Morales pregunta: “No entiendo cómo funciona la lista de lo más comentado. No entiendo por qué una información que poco nos interesa aparece en el primer lugar y otras de mayor importancia las veo más atrás o ya no aparecen en la clasificación que ustedes hacen. Quiero, señor defensor que me aclare qué es lo que pasa…”.
Juan Esteban Vásquez Fernández, macroeditor Digital encargado, explica al respecto:
“Lo más leído, Lo más compartido y Lo más comentado, es una zona ubicada en la columna derecha de la página web de elcolombiano.com; para su clasificación se tiene en cuenta las noticias publicadas en las últimas 24 horas. La idea es que allí se refleje el consumo que la audiencia hace de nuestros contenidos cada día. No tendría mucho sentido que siempre se mostrara la misma noticia como la más vista, si ese módulo digital mostrara la noticia más leída de todo el sitio web, es muy probable que la medalla de oro de Mariana Pajón en los Juegos Olímpicos de 2012 o un artículo sobre el salario mínimo de 2016 estuvieran siempre en el primer lugar”.
Añade: “Lo más comentado es un ranquin de acuerdo al número de comentarios que la audiencia recibe al interior del artículo, no se tiene en cuenta los comentarios que sobre esa noticia se hacen en redes sociales ya que esas son plataformas diferentes. Lo más compartido es un top 5 jerarquizado por el número de veces que han sido compartidos los artículos en la red social Facebook, que es la más utilizada en el mundo.”.
Pienso que hoy las audiencias participan activamente en el proceso informativo. Los contenidos son expuestos por los medios de comunicación precisamente para que los lectores comenten, sugieran, agreguen pistas para profundizar la investigación, entre otras acciones. Ya nos son solo receptores pasivos de la información, son lectores activos y pueden ir más allá hasta convertirse en coautores.
De acuerdo con los niveles de interacción, los medios digitales establecen esta zona en la que se hace la clasificación de las informaciones más leídas, comentadas y compartidas. Es una guía que muestra las acciones de las audiencias con respecto a los contenidos informativos y de opinión.
Incluso hay algunas experiencias que permiten reordenan, jerarquizar, todos los contenidos originales para presentar una propuesta nueva, según las preferencias de los lectores.
Un análisis que bien podrían realizar las facultades de Comunicación y Periodismo es el de estudiar la índole y calidad de los comentarios de un contenido específico, porque es claro que la clasificación o ranquin que hacen los medios, entre ellos El Colombiano, obedece solo al criterio de cantidad.
Así, un contenido de mayor trascendencia o impacto puede tener menos comentarios y además menos lectura que otro más ligero, que haga, por ejemplo, alusión a un personaje de la farándula.
Estos volúmenes de mensajes y comentarios también se explican por el momento o por la misma naturaleza de la información. Los resultados de un clásico local de fútbol motivan la participación de los hinchas, y un crimen, con rasgos dramáticos y crueles, también origina muchos comentarios.
Puede concluirse que este ranquin corresponde al modo de actualidad y relevancia otorgado por las audiencias, según la mayor o menor interacción. O como dicen algunos autores: se trata de la agenda alternativa, construida por la audiencia que actúa como editora.
Finalmente, considero de gran valor estas inquietudes de los lectores porque les dan la razón a quienes ven en las plataformas digitales la mayor fortaleza de los medios impresos, y su futuro.

Cuando se habla de gigavatios…

El lector Lisandro Mesa O. cuestiona la información publicada el día 17 de febrero sobre el daño registrado en la Central Hidroeléctrica de Guatapé: “…en la página 11 (Metro) de El Colombiano se reseña tres veces el siguiente dato: “8 gigavatios hora día genera la hidroeléctrica de Guatapé, en total 560 megavatios” citando al ministro de Minas y Energía, Tomás González Estrada. En la página web de EPM se lee: ´…esta central contribuye al sistema con 2.730 GWh de energía media anual…´. Como el dato esta en hora-año, hacemos la respectiva conversión a hora-día: 2.730 GWh / 365 días = 7,479 GW hora día, diferencia en cifras significativas de 0,521”.
Y añade: “Se infiere que nadie tiene más autoridad para este tema específico que el ministro, sin embargo El Colombiano debería ser preciso en cifras y cuantificaciones; debe ser difícil dudar y hacer algún tipo de cotejo entre la información de fuente creíble y las entidades que proporcionan el dato real; pero para entender la complejidad del caso imaginemos obtener la energía media anual a partir del dato del ministro: 8 GWh x 365 días = 2.920 GWh (una diferencia de 190 GWh que no puede ser interpretada como insignificante)…”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local, explica: “Ninguna verdad es absoluta y en la medida que las informaciones avanzan se conocen nuevas visiones, perfiles y datos estadísticos sobre los mismas. El periodista tiene el derecho y la obligación de profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro. En este caso específico, la información fue suministrada, de manera conjunta, por el Ministro de Minas y el Gerente de Empresas Públicas de Medellín, dos de las más grandes autoridades en la materia”.
Para echarle más luz al asunto y buscar una explicación técnica, consulté al ingeniero Adrián Ceballos López, quien labora en una las principales empresas de generación de energía del país:
“La conversión no puede hacerse directamente dividiendo por 365 días. Cuando EPM dice que genera energía media anual de 2.730 GWh es porque tiene en cuenta factores de planta, mantenimientos, etc. La planta puede producir en un solo día mucho más que 2.730 GWh/365 días = 7,479 GWh/día. Incluso si validamos la generación real de Guatapé, ha tenido días de más de 13 GWh de generación (24 horas a full capacidad), o por ejemplo en el 2015 la generación promedio fue de 7,025 GWh día.
Y concluye: “La generación real depende de las condiciones hidrológicas y de la estrategia que tenga EPM en un determinado momento del tiempo para no agotar el embalse. Decir que puede generar 8 GWh día es correcto y no va en contravía de que EPM publique que la energía media anual es de 2.730 GWh”.
Ahora, si nos atenemos al Sistema Internacional de Medidas, se debe decir kWh, MWh o GWh para hacer referencia a estas cantidades de energía. Cuando se trata de periodos mayores, se escribe GWh día o GWh año, para expresar la cantidad de GWh que se consume en un día o en un año, respectivamente. En realidad en el sector eléctrico no es frecuente el uso del término gigavatios día (GW día) sino gigavatios hora día (GWh día).
Estoy de acuerdo, el periodista está obligado a “profundizar, precisar e incluso corregir si cometió algún yerro…”. En temas técnicos como este, es recomendable a la asesoría de fuentes expertas y el apoyo en documentos que permitan aclarar, explicar y complementar la información oficial. Solo de esta manera se garantizan el rigor y la claridad, dos de los requisitos del periodismo de calidad.

Con un ojo crítico

En la columna del 14 de febrero, Los comentarios y críticas de los lectores, me referí a los mensajes recibidos por la Defensoría de las audiencias en el año 2015. En total fueron 2.119 comunicaciones, el 34,7 % correspondientes a críticas y errores de contenido.
A este subconjunto le hice un examen de acercamiento: la radiografía señala que el 50,6 % atañe al uso incorrecto del lenguaje; el 26,4 % a falta de claridad y carencia de fuentes que contrasten los datos, principalmente; el 22,8 %, a malos cálculos matemáticos, errores numéricos o en la escritura de guarismos y porcentajes y a deficiencias en el uso del sistema internacional de medidas.
Este análisis detallado permitió conocer los casos más frecuentes y emprender, en consecuencia, una acción pedagógica entre los periodistas, para mejorar la calidad de los contenidos de El Colombiano.
Una de las claves para alcanzar el objetivo es la lectura crítica que realizan las audiencias. Conocer las dudas y los errores que detectan, permite enmendarlos y evitar su repetición.
Con grata asiduidad recibo informes de errores y gazapos de quienes con un ojo crítico leen el periódico. Es una fortuna contar con audiencias de esta calidad porque nos permiten mejorar los textos desde el punto de vista del uso correcto del lenguaje y también en asuntos que corresponden a la ética y a los principios del periodismo.
El lector Rodrigo Cadavid Mejía escribió sobre el examen de algunas informaciones y para cuestionar mi última columna, Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”: “En su columna de esta semana usted defiende, en un todo y por todo, a los periodistas de El Colombiano; según usted, ellos comprueban toda la información recibida de otras fuentes. Por lo menos, esto fue lo que yo entendí. Si es correcto, no se cómo explica usted tanto error conceptual y técnico que aparece en ese medio; que no se corrige, sino que se vuelve a repetir; aunque no sea el mismo, pero si similar…”.
Considero que la información es un bien público y que el periodismo se funda en los principios de veracidad, imparcialidad, transparencia y responsabilidad social. Su razón de ser es mantener informadas a las audiencias, a la ciudadanía. Contribuir a lograrlo es asunto de todos: periodistas, medios y lectores.
Los errores que detectan nuestras audiencias son puntos de partida para una acción pedagógica en la Sala de Redacción. Es clara la instrucción para escribir los textos con limpieza, siguiendo los requisitos de verificación datos y contraste de fuentes. Pero falta un mayor esfuerzo para alcanzar mejores estándares de calidad y credibilidad. En la sección Fe de errores se enmiendan algunos, ojalá se corrigieran todos.
Añade el lector Cadavid Mejía en otro de los apartes: “…en la página 17, (Entrevista al presidente de Celsia, Ricardo Sierra Fernández, edición del 24 de febrero), donde se lee ´…el millón de VTU (sic)…´. Lo correcto es BTU (British Thermal Unit), que es una unidad de energía o de trabajo. De todas maneras, me queda la duda que esa expresión la haya hecho el presidente de una empresa generadora de energía, que tiene porque conocer el tema y, más bien, el periodista oyó y le sonó mejor BTU con V pequeña y para salvar responsabilidad puso las comillas. Es mi gran duda…”.
Al respecto, el autor de la información explica que “el lamentable error se debió a un descuido en la digitación y en segundo lugar a la falta de corrección del texto antes de publicarse”.
Esta reflexión continuará en la próxima columna.

Los peligros del periodismo de “palabras prestadas”

El lector Juan Leonardo Montoya se cuestiona la conducta de algunos periodistas que reproducen casi textualmente los boletines y acuden pasivos a las ruedas de prensa.
“Voy a quejarme en sentido general de algunos medios de comunicación y a preguntarle su opinión: ¿no le parece poco profesional la información que reproduce las mismas palabras de los comunicados y ruedas de prensa sin averiguar más ni agregar antecedentes…? ¿Qué piensa usted? ¿No cree que los periodistas están fallando?”.
Al respecto, José Guillermo Palacio, macroeditor de Información Local y Regional, explica: “Buena parte de la labor del periodista es la de fiscalizar, husmear, indagar que hay más allá de los hechos y versiones que entregan las autoridades, gremios, laboratorios, el ciudadano informado y el hombre de a pie. Para una información objetiva y transparente puede tener tanto valor lo que dice el Presidente de la República, como lo que dice un ciudadano del común al que se le han violado sus derechos o fue testigo de un acontecimiento.
Y añade: “El boletín de prensa, como la voz de quien llama a denunciar determinado hecho es apenas un insumo en la confección de las noticias. Es responsabilidad del periodista ir más allá del mismo para corroborarlo, desmentirlo o simplemente descartarlo por su falta de valor. De semillas insignificantes nacen los grandes árboles y el hombre mismo”.
Ni más ni menos. El maestro Javier Darío Restrepo enfatiza sobre el asunto: “Un periodismo que se limita a reproducir esos materiales es un periodismo mediocre, que no le ofrece garantía alguna al lector y que lo deja indefenso en manos de las oficinas de prensa de las entidades privadas o públicas, en las que suele hacerse propaganda, pero no información”.
Los boletines de prensa son puntos de partida y referencia. Sus contenidos deben someterse a la verificación y contraste de fuentes diversas para que se conviertan en información periodística veraz, imparcial, transparente y responsable.
El séptimo punto del decálogo del periodista creado por escritor el argentino Tomás Eloy Martínez es contundente: “Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero”.
Este periodismo de “palabras prestadas”, reproducidas fiel y torpemente de notas y ruedas de prensa, va en contravía de los principios éticos y del interés general, pilares que construyen la confianza y la credibilidad de las audiencias. Una sola fuente no es garantía de información confiable.
Considero que los periodistas de El Colombiano, verifican los datos y declaraciones que contienen los comunicados y notas, los amplían y aclaran, los contextualizan y producen un texto con los estándares de calidad exigidos por el Manual de estilo y redacción.
Con respecto a las ruedas de prensa observo que a veces se atomizan y algunos periodistas optan por la pasividad sin preguntar ni repreguntar en estos actos que se repiten con alta frecuencia, principalmente en entidades gubernamentales. Por fortuna en nuestro medio no existen las ruedas de prensa de meras declaraciones, sin preguntas.
No se puede olvidar que estas son acciones de los departamentos de comunicación, cuyos objetivos son diferentes a los del periodismo, porque ofrecen la visión unilateral y parcial de los hechos que afectan a la ciudadanía.
Los boletines de prensa bien elaborados, con declaraciones de interés público y rico en datos soportan el valor periodístico suficiente para incluir algún aparte dentro de la información compilada, producto de la averiguación realizada por el propio periodista.

 

Los comentarios y críticas de las audiencias

La Memoria de la Defensoría de las audiencias es el documento que cada año entrego a la Dirección del periódico. Contiene el resumen de las actividades; el análisis y la clasificación de los comentarios, observaciones, sugerencias y críticas de los lectores; las columnas del Defensor, y algunos anexos y recomendaciones.
El año pasado recibí 2.119 comunicaciones, casi todas por correo electrónico y en menor medida a través de llamadas telefónicas y cartas.
La clasificación de los mensajes indica que el mayor volumen corresponde al señalamiento de errores de diversa índole y de críticas al contenido: 37,4 %. En el año de 2014 esta categoría alcanzó el 38,4 %.
El segundo rango más alto, 33,6 %, lo ocuparon los comentarios, sugerencia y denuncias de los lectores sobre hechos relativos y complementarios a las informaciones. En el año inmediatamente anterior fue del 27.7 %.
En el tercer volumen mayor de comunicaciones de las audiencias están clasificadas las que atañen a observaciones y recomendaciones para adelantar investigaciones periodísticas, por parte de la redacción, sobre temas que afectan el interés general: el 9,5 %, guarismo similar al de 2014.
Un 5,6 % del conjunto de mensajes corresponde a críticas y aplausos u observaciones a los editoriales y columnas de opinión.
Otros datos son los siguientes: comentarios y quejas sobre el sitio web, 9,0 %; otros comentarios sobre el contenido, 2,4 %; sobre áreas del periódico diferentes a la de contenidos, 2,3 %.
Vale advertir que la Defensoría de las audiencias solo recibe una parte de los mensajes. También les llegan comunicaciones a la directora y a los periodistas, editores.
Estos mensajes los dirijo a los macroeditores y a la dirección para que les respondan a los lectores y decidan las acciones pertinentes. Sobre algunos de los comentarios escribo esta columna semanal e internamente estimulo la autocrítica en la sala de redacción, mediante la lectura sugerida de libros y documentos en la intranet del periódico.
Es evidente que en sala de redacción urge una mejor gestión de calidad para que los gazapos no se repitan y para sostener y mejorar los estándares que le dan credibilidad a la información, a sus autores y al periódico.
La publicación de la sección Fe de errores, en la edición impresa y en el sitio web es una acción sensata y transparente. Sin embargo, no todas las equivocaciones se corrigen, lo que puede originar una atmósfera de frustración en los lectores que contribuyen a detectarlas y de apatía en el interior del periódico. Y lo peor, el deterioro de la confianza y la credibilidad porque la imprecisión y el error quedan sin enmendarse.
De acuerdo con la filosofía del periódico los errores deben corregirse lo más pronto posible por razones éticas y de calidad, así lo consagra el Manual de estilo y redacción.
Los periodistas no somos infalibles, podemos errar, pero también podemos y debemos corregir. No hacerlo es sumarle otro error, como he insistido en columnas anteriores referentes a este mismo asunto de la Fe de errores.
¿A quién corresponde corregir los gazapos? En primer lugar el autor del texto informativo debe escribirlo correctamente. Es también función de los editores y macroeditores, quienes deben darle el último chequeo antes de la publicación Y también compete a los lectores. Muchos hacen un gran aporte cuando detectan los errores y nos envían sus críticas y comentarios.
En este orden de ideas les reitero la invitación a las audiencias para que nos ayuden a mejorar la calidad del periódico.

“Eres lo que escribes…”

Con frecuencia recibo quejas por el lenguaje ofensivo, agresivo y de odio que se emplea a veces en los comentarios y mensajes de las redes sociales y del el foro de lectores.
Es una realidad que preocupa. Las expresiones agresivas van desde la burla hasta el lenguaje de odio usado abusivamente para lastimar a otras personas por motivos raciales, de sexo y de credos religiosos e ideológicos y aún por condiciones socioeconómicas.
Estos mensajes se reproducen exponencialmente por acciones de aprobación complaciente, irreflexiva y aún cómplice, cuando se trata de un comentario difamatorio o injurioso.
A veces surgen voces que van en contravía de las expresiones inmoderadas que reclaman argumentos en vez de frases irracionales y mal expresadas.
La libertad de expresión es uno de los derechos más valiosos conquistados por la humanidad y consagrada en el universo de las normas que rigen a los ciudadanos de todas las latitudes. Solo hay un límite: el de los demás derechos humanos.
El derecho a insultar no existe. Además es una salida falsa de quienes quieren interactuar sin ideas ni argumentos.
Suplantar la identidad o usar un seudónimo para agredir y disparar palabras desde la trinchera del anonimato es un delito. Un acto tan cobarde como quien tira la piedra y esconde la mano, en vez de dar la cara y expresar libremente sus juicios sin menoscabar el buen nombre y reputación del otro.
No hay justificación para revelar intimidades o echar al vuelo rumores y prejuicios alejados de la verdad. Hacerlo, trasgrede el derecho a la intimidad y honra de las personas.
Burlarse de alguien y discriminarlo por cual causa son conductas infames que atentan contra la dignidad de las personas y pueden ser castigadas con “el precio del dolor”.
Más allá de ponerle lupa legal a estos excesos de intolerancia y desenfreno verbal o de complacencia irreflexiva, que encajan perfectamente en los tipos penales de los códigos, urge una acción colectiva que desestimule las expresiones insultantes y aliente la argumentación.
El mundo de hoy, que no se explicaría sin las redes sociales, tan involucradas en la vida personal como en la de los medios de comunicación. Si se utilizan para molestar, maltratar, calumniar e injuriar, la conducta de los autores oscila entre la de un incivil y la de un transgresor.
“Eres lo que escribes, eres como escribes”, es una frase afortunada que debe trascender el cuidado del lenguaje y la corrección idiomática que usa el autor en sus tuits y comentarios.
EL COLOMBIANO acaba de lanzar una campaña (#HablaDeTI), en Twitter, Facebook y Youtube (Las redes sociales hablan de quien las utiliza, reportaje de Marcela Vargas Aguiar, publicado el 31 de enero, página 33). La reflexión tiene el propósito de enriquecer la interactividad de las audiencias y desanimar la intolerancia y la comunicación violenta a través de las redes.
La explica la directora Martha Ortiz Gómez: “El periódico cree en las redes sociales y en el debate pero quiere promover que se haga con respeto y argumentación. Colombia ha tenido suficiente intolerancia y violencia, si queremos evolucionar a un país en paz, contemporáneo y democrático debemos elevar el nivel de nuestras conversaciones para que de ellas salgan conclusiones relevantes, y que podamos construir tanto desde los acuerdos como desde los desacuerdos”.
Creo que la interacción, a través de las redes sociales y del foro de lectores, compromete también el esfuerzo de formar audiencias activas y responsables, que participen y actúen de manera inteligente, tolerante, cívica, correcta y civilizada.

Lecciones de un plagio (2)

Esta reflexión continúa las consideraciones de la columna de la semana pasada sobre las lecciones que deja un plagio, referida al caso de la copia del artículo publicado por The New York Times, en el que incurrió la editora internacional de EL Colombiano, Diana Carolina Jiménez Bermúdez y que descubrió y alertó la lectora y suscriptora María Cecilia Mejía Jaramillo.
El trabajo en las áreas de información internacional de los periódicos requiere sumo cuidado por parte de los periodistas que recogen, analizan, contextualizan, verifican y contrastan informaciones de distintos sitios, autores y fuentes.
“El Colombiano cuenta con varias agencias internacionales con las que se contrató el envío de información. Se trata de las agencias AFP (fotografías y videos), Reuters (textos y fotografías), EFE, (textos), AP (textos, fotografías e infografías) y a nivel nacional tenemos contrato con la agencia Colprensa (fotografías, textos, infografías y videos)”, explica Gustavo Gallo Machado, macroeditor de Actualidad encargado.
Y agrega: “Las agencias internacionales las usamos como un insumo más, pues ellas nos entregan información a la que no tenemos acceso por no estar en el país donde salió la noticia, o porque no fue posible hablar con las fuentes inicialmente planteadas. De acuerdo con el Manual de Estilo de El Colombiano, se debe citar la agencia que nos envió la información y respetar las fuentes que están en el despacho informativo. Además el periodista firma la noticia para darle mayor transparencia a la información y asumir responsabilidades. Si está fuera del país cubriendo una noticia, al lector se le aclara que fue Enviado especial a ese territorio o país”.
El plagio es una conducta antiética. Así lo revelan todos los códigos de ética del periodismo. Uno de ellos, el de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico lo expresa con claridad y sencillez: “Canon 11: La firma o crédito del o la periodista debe ser emblema o marca de garantía de que la noticia, escrita o gráfica, ha sido trabajada con esmero, honestidad y diligencia. La firma o crédito no debe aparecer, por lo tanto, cuando el periodista sólo ha editado o ligeramente modificado una información o fotografía suministrada o cuando el periodista exija que se suprima su firma. El plagio es inaceptable”.
El acopio de datos que realiza el periodista en su labor investigativa lo obliga a respetar las fuentes y la autoría por razones éticas y legales, primero éticas.
En este lamentable caso se rompió la conducta honesta al apropiarse de las palabras, las frases y los párrafos de otro autor, sin citarlo ni darle el crédito a la publicación.
El plagio es uno de los errores más graves que puede cometer un periodista porque destruye la credibilidad, su principal patrimonio. Y de paso deja mal trecha la del medio de comunicación.
Atribuir, citar la fuente, a menos que se pacte su reserva, es elemental. El lector tiene derecho a conocer quién dice qué para poder formarse un juicio sobre la calidad de la información. Se irrespeta a los lectores porque se publica como original lo que es periodismo de segunda mano, es decir que se apropia de la creatividad y el esfuerzo del autor original, en todo o en parte.
Además, plagiar la obra de otro viola el principio de veracidad y deshonra a quien así actúa.
Queda la gran lección de que solo el juego limpio del periodismo garantiza la credibilidad. Que las audiencias tienen derecho a recibir información veraz, imparcial, responsable y transparente. Y que como María Cecilia Mejía Jaramillo, los lectores nos pueden ayudar a mantener la credibilidad y a mejorar la calidad.

Lecciones de un plagio

El reclamo de la lectora y suscriptora María Cecilia Mejía Jaramillo por el plagio que la editora internacional Diana Carolina Jiménez Bermúdez hizo en el artículo “Claves para entender la crisis que tiene en vilo al mundo musulmán”, publicado el día 5 de enero, página 6, obliga la reflexión de audiencias, periodistas y medios.
La denuncia golpea la credibilidad: “El mencionado artículo en traducción literal reproduce casi totalmente (algunas pocas líneas fueron omitidas) el del periódico norteamericano escrito por el señor John Harney un día antes de su publicación, es decir el 3 de enero de 2016. Esta copia parasitaria, no cita la fuente, no da crédito a su verdadero creador, no expresa haber obtenido permiso para su traducción, y lo que es más grave aún, atribuye su contenido a una persona que no es su autor…”, precisó la lectora en su comunicación del 13 de enero.
La directora Martha Ortiz Gómez asumió, sin dilaciones, la investigación. “La consecuencia de ese comportamiento por el cual me excuso ante nuestros lectores, es que dicha periodista ha tenido que asumir la responsabilidad de sus actos y ya no es parte de nuestra organización. Esta experiencia también ha servido de inspiración para charlas con el equipo sobre deberes y derechos de la información como también para tomar medidas que nos ayuden a cumplir con los valores que enaltecen el periodismo y su compromiso con la sociedad”, sostuvo.
Destapar la trampa y resolver el enredo es la primera tarea. En la edición del jueves 21 de enero la directora ofreció disculpas en el editorial titulado El deber de la honestidad: “No solo ante la lectora, sino ante todas nuestras audiencias, reconocemos la gravedad del caso. Tenemos confianza en nuestros redactores, en su compromiso de calidad y en ejercicio ético del oficio”.
Expresó también: “Ofrecemos sentidas disculpas a nuestras audiencias y a los colegas afectados. Nuestro producto es precisamente para que sea examinado por cientos de miles de ojos cada mañana al abrir el periódico en papel, al desplegar sus versiones digitales y al visitar las redes sociales”.
El periodismo se debe a sus lectores. El ciudadano es el titular de la información. Los lectores fueron engañados y debían saberlo una vez se confirmara la copia.
Reconocer el poder de las audiencias es otra lección. Ellas son cogestoras de la información: sugieren asuntos, expresan juicios, cuestionan y señalan errores. Escucharlas, analizar las observaciones y decidir los correctivos pertinentes. El Colombiano estableció la figura del Defensor de las Audiencias para apoyar la relación.
Urge aceptar la crítica y alentar la autocrítica: “El periodismo encaja mal las críticas. Tiene, como algunos buenos boxeadores, la mandíbula de cristal…”, escribió José Miguel Larraya, Defensor del lector de El País, en unas de sus columnas del 2007.
Y, por supuesto, evaluar y efectuar los cambios que garanticen la excelencia periodística. Sería valioso establecer un programa de gestión de la calidad de la información que corrija y evite los errores. Que acompañe todo el tiempo la producción periodística y mantenga la confianza, la formación, el diálogo profesional y la autocrítica en la sala de redacción. Es el único camino para alcanzar la credibilidad.
Siguen vigentes los principios éticos del periodismo: veracidad, imparcialidad, responsabilidad y transparencia. El Manual de estilo y redacción advierte: “…la utilización de textos ajenos implica la obligación de honrar los derechos de su autor mediante el uso de las comillas y de la mención correspondiente. El periodista de EL COLOMBIANO excluye de sus prácticas la copia y el plagio…”. Citar las fuentes siempre da más credibilidad.
Esta reflexión continuará.