¿Cubrir o descubrir?

El lector Juan Leonado Ortiz considera que “… en general a los periodistas les falta investigar más lo que ocurre en el gobierno, ya sea nacional, departamental o municipal. No pueden tragar entero y reproducir la información que sale de la boca de los funcionarios o que les llega en los boletines de prensa y deben seguirles las pistas a los anuncios oficiales…”.
El lector cuestiona el periodismo y sugiere varios interrogantes sobre los cuales es oportuno reflexionar: ¿Cuál es la función del periodismo y cuál el papel de los periodistas frente a la información de las entidades públicas? Y aún otro: ¿Qué distancia deben guardar los periodistas de las fuentes oficiales para merecer la credibilidad de las audiencias?
El periodista debe descubrir en vez de cubrir, aunque el Diccionario de la Real Academia Española, RAE acepta este último término: “Dicho de un informador: Seguir de cerca las incidencias de un acontecimiento para dar noticia pública de ellas. Cubrir la información del viaje real. Cubrir el viaje real”.
Considero, así, que el periodista tiene la misión de cubrir los hechos y descubrir en las declaraciones de funcionarios públicos y en las líneas de un comunicado de prensa las novedades y los acontecimientos que afectan e impactan a los ciudadanos para confeccionar la información que les suministra.
Un comunicado es la cuota inicial de una noticia o reportaje. Transcribirlo tal cual sería solo la acción de ponerle un altavoz a la información oficial.
Preguntar y repreguntar; escuchar otras voces; consultar la contraparte; mirar los hechos desde múltiples perspectivas; revisar los antecedentes y explorar los contextos, son actividades propias y lógicas del trabajo periodístico que busca llevar información veraz, imparcial, rigurosa y de calidad a las audiencias.
Cuando el periodista pregunta lo hace en nombre de los ciudadanos. Los periodistas somos garantes del derecho de información. Tenemos la responsabilidad de entregarla para que el ciudadano se informe, se forme una opinión personal, tome las decisiones del caso y tenga elementos de juicio para participar, si así lo desea, en el debate público.
La cercanía a las fuentes oficiales puede comprometer la autonomía de los periodistas, especialmente cuando las relaciones arriesgan la independencia, que es uno de los principios fundamentales del ejercicio profesional.
“Para EL COLOMBIANO es un deber mantener a salvo de cualquier clase de presiones la veracidad e imparcialidad de sus informaciones. Se lo exigen la buena fe de sus lectores y la necesidad de preservar su activo más valioso: su credibilidad”, declara el Manual de estilo y redacción.
La credibilidad se mantiene si el medio y el periodista hacen el seguimiento informativo. Descuidar y abandonar los asuntos de interés general menoscaban la confianza en ambos, causando el malestar que manifiesta el lector por la falta de memoria. Indagar por los plazos, buscar lo que alguien quiere mantener oculto y rastrear los datos más relevantes son tareas clave.
Aquí es cuando el periodismo de investigación cobra vigencia, para ejercer la tarea de fiscalización de los poderes públicos y contribuir a la salud de las instituciones democráticas. Quienes toman decisiones que afectan el interés público, por mandato popular o por nombramiento, están sometidos al escrutinio de los medios de comunicación y de la ciudadanía.
Veracidad, independencia, imparcialidad y transparencia son requisitos de una información de calidad que garantizan el derecho a la información y en consecuencia alientan la participación de los ciudadanos, el disenso y la construcción de mejores instituciones.
En otra oportunidad habrá que volver a reflexionar sobre la responsabilidad social de medios y periodistas.

Si la información no encaja en los códigos

El lector Lisandro Mesa O., dice: “Hace poco durante un ´curso de manejo defensivo´ recuerdo que el instructor nos hizo énfasis sobre la gran diferencia entre ´accidente´ e ´incidente´ (clase 5), aunque el Código Nacional de Tránsito se queda corto al no incluir la definición de incidente (capítulo 2), si establece para accidente de tránsito: …evento generalmente involuntario, generado al menos por un vehículo en movimiento, que causa daños a personas y bienes involucrados en él…”.
Añade: “Ante esto es claro que antes de sufrir un accidente nos enfrentamos a varios incidentes como consecuencia de actuaciones inseguras sin llegar a ocasionar algún tipo de daño o lesión. En la noticia de El Colombiano del domingo 3 de enero de 2016 (página 17, Metro) el periodista utiliza el término incidente (tres veces) y accidente (cinco veces) para referirse al mismo evento…”.
Y pregunta: “Mi duda es: el uso de cualquiera de los términos incidente o accidente como los emplea el periodista ¿es indiferente?, o por el contrario se trata de dos situaciones diferentes y por ende ¿es incorrecto?…”.
Carlos Mario Gómez, editor del Área Metro, explica: “De antemano, gracias por su reflexión. Coincidimos con usted en que los términos incidente y accidente tienen significados diferentes, puesto que el accidente implica daños (no solo víctimas ni lesiones, daños —´Suceso eventual o acción de que resulta daño involuntario para las personas o las cosas´, define el diccionario de la Real Academia Española—; el incidente se define como el hecho que sobreviene en el curso de un asunto o se relaciona con él (tomado de la misma fuente). Aplicamos en consecuencia el término incidente de tránsito para todo lo que ocurre que tenga relación con la circulación de vehículos, y accidente para aquellos incidentes que provocan daños de manera involuntaria. Un incidente en el que no hay lesión, como usted propone y pasa a menudo, es un accidente si implica daños causados sin que sea ese el propósito. Un accidente, no un ´casi accidente´.
La opinión de Eduardo Aristizábal Peláez, abogado y periodista es la siguiente: “Me permito responder la inquietud con un ejemplo: Voy en mi vehículo, cambia el semáforo a rojo y freno. El conductor del vehículo que me sigue no frena oportunamente, golpea fuertemente mi carro y los 2 resultan averiados. Estamos frente a un accidente de tránsito, porque hubo un hecho involuntario, no deseado y hubo daño, en este caso material”.
Y añade: “Pero yo me bajé muy molesto y el otro conductor también y discutimos fuertemente. En esta segunda parte del relato hubo un incidente, porque fue una decisión voluntaria, consciente, de los dos. La diferencia entonces entre accidente e incidente es muy sutil y se discute permanentemente. En el accidente hay daños materiales o humanos o pérdida de vida y no es deseado, es un imprevisto. El incidente se da como resultado de una decisión voluntaria y consciente y no hay lesiones ni daño”.
Es frecuente el desconcierto en informaciones con términos jurídicos. Considero valiosa la observación del lector porque además de la crítica invita a la discusión de estos asuntos que surgen a diario en las redacciones, sobre todo cuando por ligereza o ignorancia los periodistas no usamos los términos propios, empleamos sinónimos a la ligera o simplemente los confundimos.
Antes de publicar, los periodistas tenemos el reto de estudiar y resolver las dudas que se presentan con el uso de un término jurídico y analizar los casos en los que se lía con el lenguaje periodístico para escoger la expresión propia. Es la única forma de informar con claridad, rigor y responsabilidad.

El desafío de recuperar la credibilidad

A la hora de revisar los mensajes que recibí de los lectores en el año 2015 salta a la vista que el mayor volumen de quejas y observaciones corresponde a errores ortográficos, gramaticales, de digitación y de toda clase de equivocaciones e imprecisiones.
Esta falta de calidad de las informaciones también se refiere al contexto de la historia, a las cualidades periodísticas y de redacción, al contraste de las fuentes consultadas y a la observación de los principios del periodismo.
Buena parte de los errores son corregidos y aclarados en la sección Fe de errores que se publica tanto en la edición impresa como en la digital.
Es evidente que la calidad tiene objetivos por cumplir para alcanzar mejores estándares. Los periodistas tenemos el gran desafío de mejorar la credibilidad perdida o menguada por cuenta de los gazapos.
Es cierto que las equivocaciones se presentan en todos los medios de comunicación del mundo y que tienen un impacto directo en la credibilidad, incluso en la imagen de los periodistas.
En Colombia la confianza en los medios de comunicación ha experimentado la peor caída en los dos últimos meses, según los estudios de opinión de la firma Invamer-Gallup.
En la medición de noviembre la opinión favorable bajó al 56 por ciento y en diciembre al 57 por ciento. La desfavorable, alcanzó el 41 y el 40 por ciento, respectivamente. El estudio se realizó sobre una base de 600 encuestados y el margen del error es más o menos 4 por ciento. Hace 10 años la confianza rondaba el 80 por ciento, según los datos históricos de la misma firma encuestadora que periódicamente mide la aprobación y desaprobación de las distintas instituciones nacionales.
Otra referencia cercana la presenta el reciente Informe Anual de la Profesión Periodística 2015 realizado por la Asociación de la Prensa de Madrid, APM.
Según este estudio, los periodistas españoles gozan de una calificación de 5,5 sobre 10, índice ligeramente superior al 5,3 logrado en la misma medición del año 2014.
En Estados Unidos está fresco el episodio protagonizado por Brian Williams presentador de la cadena de televisión NBC quien dijo que estaba en un helicóptero que se vio forzado a aterrizar en 2003, versión desmentida por los veteranos de la guerra de Irak. En realidad Williams iba en otro helicóptero de las fuerzas estadounidenses.
El error, en este caso tan grave, porque riñe con la verdad, que es el valor supremo del periodismo, atenta contra la credibilidad de los periodistas y del medio de comunicación para el cual trabajó.
Según publica BBC, “La mentira de 12 años de Williams es un desastre para él y la cadena de la que es la imagen de noticias”, escribió John Nolte, del sitio web Breitbart.
Añadió: “Obviamente nadie en NBC se molestó en comprobar una historia que era demasiado buena. Y peor aún, esto sólo agravará los problemas de credibilidad y audiencia que han dañado la marca NBC desde hace unos cuantos años”.
El primer paso para mejorar la calidad y recuperar la credibilidad del periodismo es corregir los errores en la edición siguiente o cuanto antes en las ediciones digitales. Es apenas una actitud de honradez profesional, de rigor y respeto al principio de veracidad.
Luego, generar un proceso de aprendizaje a partir de las equivocaciones. Este programa de formación permanente debe extenderse a toda la redacción con capacitaciones y ayudas de instrumentos pedagógicos. Algunos periódicos realizan evaluaciones permanentes con el fin de mejorar las competencias profesionales.
El desafío de recuperar la credibilidad es un propósito inaplazable.

Las distorsiones del periodismo espectacular

La lectora Luz Amparo Figueroa cuestiona el periodismo sensacionalista. Dice en su comunicación: “Le escribo para preguntarle por qué los periodistas, especialmente los de televisión, le dan demasiada importancia a las noticias violentas y de personajes famosos. No sé si usted ve televisión pero al error en la ceremonia de Miss Universo le dedicaron casi media hora en un noticiero. Lo peor es que algunos periódicos van por el mismo camino sensacionalista…”.
Con frecuencia los lectores me escriben o llaman para quejarse en el mismo sentido.
No se puede generalizar, pero es evidente que muchos noticieros de televisión magnifican las informaciones sobre delincuencia y criminalidad, hasta el punto que los primeros titulares corresponden a estos hechos y en consecuencia, las primeras imágenes nos sorprenden con una riña, un accidente, una violación, una película de una cámara de seguridad que capta el robo de mercancías en un supermercado. Me refiero a casos irrelevantes o de poco interés público que buscan impactar los sentidos.
A veces los informativos también se ocupan de rumores o noticias sensacionalistas en los que están involucrados personajes del mundo de la farándula, llegando al extremo del acoso y la violación de la intimidad y del buen nombre.
Algunos medios televisivos y digitales, incluso periódicos amarillistas, de dudosa solvencia profesional, porque no verifican ni contrastan los hechos, definen su estrategia en el periodismo espectacular, emocional, que busca captar la atención de las audiencias a cualquier precio. Quizá este afán por conquistar más televidentes y más seguidores permea a los periódicos calificados como serios.
Los autores estudiosos de estos asuntos analizan casos como el despliegue que le dieron los medios, incluida la prensa, a la famosa Lady Di, princesa de Gales, desde sus nupcias hasta su aparatosa muerte en un accidente de tránsito, al parecer provocado por eludir a un paparazi.
Un acercamiento a estos contenidos sensacionalistas y amarillistas permite observar otras desviaciones: preferir personajes que polemicen hasta el enfrentamiento para presentar los temas de la agenda informativa; magnificar los hechos escandalosos que racionalmente no merecen tanto tiempo o espacio; dejarse seducir por la primicia o la chiva periodística, saltándose la verificación de los hechos y la consulta a distintas fuentes informativas; seguir las modas y tendencias impuestas por medios que obedecen a criterios comerciales sin ética ni calidad periodística.
Estas últimas circunstancias ponen en riesgo a los medios escritos, tal como lo presiente la lectora, porque se alejan de los principios del periodismo: entretienen la audiencia en vez de informarla. Confunden interés público con interés del público…
Los lectores, oyentes y televidentes se encuentran en un cruce de caminos, sin saber cuál es la información que reúne los estándares de veracidad y calidad informativa que les merece credibilidad y confianza.
La prensa es considerada desde tiempo atrás el medio de comunicación más serio, aunque algunos periódicos amarillistas representan la excepción. Hoy los medios impresos llegan a unos 2.500 millones de lectores, pero se observa el creciente número de personas que se informa a través de los medios audiovisuales y digitales y de las redes sociales.
Así, las audiencias están expuestas a este modelo que antepone el escándalo a la verdad; el entretenimiento y la diversión a la información; la inmediatez a la calidad; la emoción a la razón; la ficción a la realidad; el rumor a la noticia.
Corresponde a los periodistas mantener el apego a los principios del periodismo responsable y a las audiencias, identificar estos medios de comunicación para recibir la información sin distorsiones.

Rigor: garantía de credibilidad

El lector Lisandro Mesa O. dice: “El artículo publicado el día de hoy (3 de diciembre) en la página 4 (Actualidad) tiene imprecisiones al cuantificar el número de países europeos que no exigen visa: El encabezado informa de 26 países. En el desarrollo de la noticia enlistan 27 países. En la infografía aparece una lista con 28 países. ¿Son 26, 27 o 28 los países?”.
Y añade “Verificando la información en la página de la cancillería se evidencia porque el gazapo: “Colombianos pueden viajar sin visa a 26 países de la Unión Europea más Suiza y Liechtenstein”. En el encabezado el periodista no suma los dos países del titular de la cancillería (Suiza y Liechtenstein), en el desarrollo de la noticia tuvo en cuenta solo uno (Suiza) y en la infografía aparece la lista total”.
Santiago Valenzuela, autor de la noticia anota lo siguiente:
“Revisando la información, veo que el lector tiene razón. Es un tema complejo porque se debe precisar la diferencia entre espacio Schengen y Unión Europea (el Acuerdo fue suscrito con la Unión Europea). La Unión Europea está compuesta por 28 países, el Espacio Schengen por 26 países. De los 26 países, 22 son miembros de la Unión Europea : Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Suecia, República Checa, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, Grecia. Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza y no hacen parte de la Unión Europea. La información de la Cancillería ha venido variando y por eso cuando se habla sobre visa Schengen quizá se mencionen menos países. Así lo explica la Cancillería:
¿En qué consiste el acuerdo de exención de visa suscrito con la Unión Europea?
Es un acuerdo que permitirá a los ciudadanos colombianos viajar, sin necesidad de solicitar una visa, a 26 de los 28 países miembros de la Unión Europea, por un tiempo máximo de 90 días, continuos o no, dentro de un periodo de 180 días. Ni Irlanda ni el Reino Unido se encuentran dentro del Acuerdo, por lo que es necesario solicitar una visa para visitar estos países.
Sobre los países que no hacen parte de la Unión Europa la Cancillería informa los siguiente (diciembre 18 de 2015):
¿Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza están incluidos en el Acuerdo?
Estos cuatro países no hacen parte de la Unión Europea y no están incluidos en el Acuerdo de exención de visa de corta estancia. Sin embargo, estos cuatro países decidieron hacer extensivo este beneficio y a partir del 3 de diciembre permitirán el ingreso de los colombianos a su territorio sin necesidad de visa.
Al respecto, considero que las imprecisiones, por leves que parezcan, lesionan el rigor, una de las cualidades del periodismo de calidad. La credibilidad del periodista y del medio siempre está en juego; se construye todos los días mediante la acción disciplinada, constante, de contrastar las fuentes informativas, corroborar los datos y revisar con lupa cada cifra. Es frecuente que se tengan que ampliar los detalles o contextualizar la historia para lograr mayor claridad y rigor.
Si las fuentes consultadas no coinciden en uno de los datos, “El periodista debe señalar con claridad la discrepancia que surja entre varias fuentes acerca de un hecho. En ningún caso se optará sin explicación por una versión, sea en los títulos o en las entradas”, señala el Manual de estilo y redacción de El Colombiano.
En reflexiones futuras me referiré a otras imprecisiones detectadas por las audiencias en los últimos días y que menoscaban la credibilidad y la calidad.

Cuando la ortografía es un desastre…

Una observación recurrente es la que plantea el lector Jesús Antonio Tamayo: “Vivo sorprendido por la mala ortografía de muchas personas que escriben comentarios en los periódicos y mucho más, perplejo, debido a los errores que se cometen en las redes sociales. ¿No considera usted que la ortografía es un desastre en estos medios? Quiero que escriba en su columna sobre el tema…”.
Es evidente que el lector está preocupado y molesto porque a diario lee lo que escriben otras personas, quizá con descuido o algo de ignorancia.
Sin embargo, la respuesta no es sencilla porque aquí confluyen varios factores que es oportuno tener en cuenta.
En primer lugar, nunca como hoy habíamos estado ante una explosión de opiniones y expresiones en el foro de los lectores y en las redes sociales.
Los teléfonos inteligentes, computadores y tabletas están a la mano de millones de personas que pueden teclear un mensaje en forma sencilla e instantánea.
Ahora, todos estamos más expuestos a que conozcan qué pensamos y en este caso, cómo nos expresamos, cómo escribimos. Además, usamos expresiones más cercanas a la oralidad,
En estas circunstancias no podemos manifestar que la ortografía es un desastre por el auge de las redes sociales y el uso compulsivo que de ellas hacemos.
En segundo lugar aparece el problema del uso del lenguaje. En los comentarios de las audiencias en los medios de comunicación y particularmente en la comunicación a través de las redes sociales observamos que muchas palabras son abreviadas, algo así como si se tratara de una oleada de expresiones reducidas e influenciadas por la economía de tiempo y espacio.
Algunos lingüistas no le ven problema a este fenómeno porque dicen que en la edad media se permitían emplear palabras abreviadas. Más bien, observan cierta dosis de creatividad en las nuevas formas de escritura.
No obstante, si comunicar es poner algo en común, es vital que el receptor comprenda el mensaje tal cual lo difunde el emisor.
Así lo expone Creóbulo Sabogal, de la Academia Colombiana de la Lengua: “Puede que el mensaje se entienda, pero no significa que sea legible. Hay que aprender a interpretar los símbolos, imágenes y abreviaciones para entender un mensaje”.
En lo que si hay consenso es en el reclamo por la mala ortografía y otros errores comunes. La corrección idiomática es un requisito del lenguaje, igual que la sencillez, la claridad y la propiedad.
Escribir correctamente es un valor de la escritura en el trabajo o en el medio educativo. No es mérito exclusivo de los escritores.
Parece que los errores no solo se cometen en las redes sociales. El escritor Juan David Villa sostiene: “La escritura en redes sociales y en chats, en general, es tan descuidada como la del cuaderno del colegio o del diario personal, solo que es pública, la ven muchos”. Esta afirmación fue publicada hace poco en este mismo diario.
La falta de lectura de autores recomendados por su estilo y calidad de sus libros y otros problemas del sistema educativo explican muchos de estos gazapos.
Por fortuna surgen acciones que buscan estimular el uso correcto del idioma como la que impulsa la Fundación Español Urgente, Fundéu. Y también, por suerte, muchas de estas iniciativas son emprendidas en las mismas redes sociales y en blogs que están al alcance de audiencias y usuarios.
Esta cruzada por el buen uso del lenguaje cuenta con miles de seguidores, quienes saben que la mala ortografía atenta contra el buen nombre del autor y la credibilidad de sus opiniones.

Entre el control y el autocontrol del periodismo

La lectora Blanca Margarita Jaramillo escribe: “Estuve leyendo la última columna sobre las audiencias y quiero saber si es posible que los periodistas se autorregulen o es mejor para los lectores el control del gobierno sobre la información. Voy a estudiar en la universidad y sé que esa es una discusión permanente en la facultad….”.
Este asunto tiene muchos enfoques y depende de condiciones profesionales y empresariales, de las circunstancias políticas de cada país y de posturas ideológicas y personales sobre la información, el derecho de información o comunicación y la libertad de expresión.
La información es un bien social y la libertad de expresión es un requisito de la democracia. Hoy nadie lo discute. No obstante, el panorama es amplio y complejo. Algunos países controlan la información, hay gradualidades de regulación y de corregulaciones.
Ahora bien, las naciones regulan el espectro radioeléctrico. La gestión de este bien público determina normas que deben respetar los concesionarios de las estaciones de radio y televisión. Colombia es uno de los países que establece estatutos para estos medios de comunicación audiovisuales.
En los países totalitarios hay un control de los medios de comunicación, igual que de los partidos políticos y de otras instituciones. Las audiencias reciben solo una versión de los hechos: la oficial.
También hay países en los que los gobiernos dictan normas para ejercer cierto grado de control de la información, incluso en los periódicos y medios privados, Pero en el afán de defender a las audiencias puede vulnerar la libertad de expresión.
Ecuador está implementando por estos días la Ley Orgánica de Comunicación.
En el primer título se consagra que “…Para efectos de esta ley se considera medios de comunicación social a las empresas y organizaciones públicas, privadas o comunitarias que prestan el servicio público de comunicación masiva usando como herramienta cualquier plataforma tecnológica….”.
Esta ley determina hasta el detalle cómo debe ser la información que reciben los ecuatorianos y cuáles son las reglas que deben observar los medios de comunicación y los periodistas.
En Colombia la norma constitucional es general: “Articulo 20. Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura”.
En estas circunstancias, se puede decir que los derechos de las audiencias a recibir información veraz e imparcial queda en manos de periodistas y medios de comunicación. El Estado entrará a mediar cuando hay vulneración de otros derechos fundamentales como la honra de las personas.
El autocontrol del periodismo garantiza esos derechos. Los principios éticos de la profesión y los que consagran los manuales y las declaraciones filosóficas de los medios de comunicación y las agremiaciones periodísticas protegen el derecho de información. Son la guía del ejercicio responsable y profesional de los periodistas.
Existen otros instrumentos como las defensorías de las audiencias y los observatorios de medios que nacen dentro del marco del autocontrol del periodismo.
Las defensorías son figuras mediadoras entre los lectores, oyentes y televidentes y los periodistas y directivos de los medios. Ellas son la voz de la audiencia en el interior de las salas de redacción.
En cumplimiento de sus funciones desarrollan acciones que van dirigidas a mejorar la calidad periodística y a reflexionar sobre temas de interés de audiencias y periodistas.
Este asunto es, repito, amplio y complejo y motivará nuevas consideraciones en próximas columnas.

Audiencias críticas: el centro del debate

Este fin de semana se realizó en Cartagena el Segundo Congreso Latinoamericano de Defensorías de las Audiencias.
En el escenario académico participaron más de treinta defensores, investigadores y expertos nacionales e internacionales, quienes expusieron sus ponencias sobre diversos asuntos.
Las reflexiones y debates se centraron en las audiencias como sujetos de garantía del derecho de comunicación; los nuevos desafíos que enfrentan hoy las defensorías; la formación de audiencias críticas; el estímulo a la participación; la regulación, corregulación y autorregulación de los medios de comunicación, y en la exposición de los casos más exitosos gestionados por las defensorías participantes en este certamen latinoamericano.
Los derechos de las audiencias corresponden al principio universal según el cual la información es un bien público, esencia y requisito de la democracia.
“Si algún estatus tenemos como ciudadanos es el de ser audiencias. Somos audiencias, no consumidores”, sostuvo Guillermo Orozco Gómez, investigador y profesor de la Universidad de Guadalajara, México.
Regular o no regular ha sido un dilema. En general hoy los países han optado por la regulación o la corregulación del derecho a la información y el establecimiento mecanismos que ejercen el papel de veedores públicos de los contenidos de los medios de comunicación, mediante el cumplimiento de leyes y normas.
Estas estrategias son adoptadas para los medios audiovisuales, que son los beneficiarios de las concesiones, al usufructuar licencias del espectro radioeléctrico, un bien de la nación.
Sin embargo, algunos países son partidarios de extender también esas normas a los medios de comunicación privados.
Considero que la autorregulación es el escenario ideal en el que los periodistas y los medios pueden asumir el respeto de los derechos de las audiencias por convicción y norma de conducta, mediante el respeto de las normas constitucionales y legales, los códigos de ética, los manuales de redacción y estilo y las guías de cubrimiento periodístico de los acontecimientos más complejos.
Las defensorías, los observatorios de medios y las audiencias críticas se convierten en instrumentos que le ayudan a la sociedad a que el derecho a la información sea una garantía real y no mera letra muerta en las normas legales y en los códigos profesionales.
Las audiencias, como titulares de este derecho: merecen información veraz, contextualizada, imparcial, plural, transparente, oportuna y de calidad.
Incluso tienen derecho a que los contenidos observen las normas de uso correcto del idioma y a otros aspectos puntuales y detallados, como los expresados por el investigador y escritor Germán Rey Beltrán al referirse a la falta de rigor: “Son graves enfermedades del periodismo el unifuentismo, la restricción de los géneros periodísticos a las noticias y breves y fallas del contexto, la exagerada atención a los victimarios y no a las víctimas…”.
“Los lectores critican la falta de memoria, las versiones parciales y las acusaciones sin fundamentos…”, agregó.

En el caso de la televisión, las audiencias tienen derecho a no ser engañada con propaganda y publicidad encubierta y a no ser sorprendida con contenidos que afecten la sensibilidad, vulneren los derechos de los niños o discriminen.

Varios de los expositores coincidieron en la urgencia de formar audiencias o al menos facilitar la comprensión de los contenidos y los procesos de producción y difusión de los medios y, por supuesto, en la promoción de sus derechos.
En cuanto las defensorías, la urgencia pasa por divulgar mejor el papel mediador entre las audiencias y dentro de las salas de redacción producción, con el fin de que contribuya con más eficacia a la garantía de los derechos y a mejorar la calidad de los contenidos.

¿Cuántos habitantes tienen Malí y Katmandú?

El lector Jesús Román llamó este viernes para señalar un error en la información sobre los actos terroristas de Mali. En una información gráfica complementaria, la leyenda decía: “Malí es un país de África Occidental con 145 millones de habitantes”. Y sugiere: “…por qué no lo averiguan en Wikipedia…”.
A finales del mes de abril se registró un terremoto en Nepal dejando miles de muertos. En esa oportunidad El Colombiano publicó que la ciudad de Katmandú tenía “10.8 millones de habitantes”, según alertó el lector Michel Taverniers.
También, nos escribió el señor Taverniers, el pasado 27 de junio, para indicar otro gazapo: “…1.8 millones de jóvenes hay en el mundo de entre 10 y 24 años… Hay que leer el texto para saber que son 1800 millones…”.
Estos son tres casos concretos de equivocaciones lamentables: Mali es un país con 15 millones de habitantes y la ciudad de Katmandú cuenta con un poco más de un millón.
Lo más seguro es que no sepamos cuántos son los habitantes de una ciudad o el año de fundación, o cualquiera otra cifra o referencia que usemos en la redacción. Pero no hay excusa para publicar un error porque todos los datos los debemos confirmar y contrastar con anterioridad.
Quizá al temor latente de emplear números y estadísticas se suma la presión por la actualidad y por estas circunstancias los textos informativos no se revisan ni las cifras se concilian con fuentes seguras, causando estos gazapos.
Con frecuencia recibo críticas de los lectores por equivocaciones en porcentajes, cifras, estadísticas, precios y medidas que además de corregirlos en la Fe de erratas requieren una estrategia pedagógica que enriquezcan las competencias de los periodistas y optimicen las rutinas de control y revisión de la información, por parte de los editores y correctores.
Aunque ya me había referido a este mismo asunto en la columna Inexactitudes y errores numéricos, publicada el 7 de julio, vale la pena volver a la reflexión de un experto formador de periodistas.
El profesor Rosental Alves, director del Centro Knight para el Periodismo en las Américas, una institución de investigación y educación de la Universidad de Texas, Estados Unidos, sostiene que “Es cierto que muchos de nosotros nos convertimos en periodistas porque en algún momento de nuestra vida quisimos escapar de las matemáticas, pero también es cierto que nunca antes había sido tan importante para los periodistas superar cualquier miedo o intimidación para aprender sobre números y estadísticas”.
Y otro de los profesores del centro, Greg Ferenstein, quién participó hace poco en un seminario de matemáticas para periodistas, afirmó: “Afortunadamente usted no necesita un doctorado en matemáticas o algo cercano para ser capaz de pensar críticamente acerca de un estudio. Usted sólo necesita unas pocas herramientas para comprender cómo se hace la investigación académica y qué diferencia un estudio bueno de uno malo”.
Los periodistas no tenemos otra opción: estudiar un poco de matemáticas y estadística. La información precisa es vital a la hora de tomar decisiones. Si el periodismo busca garantizar el derecho a la información del ciudadano, si tiene entre sus funciones descubrir la realidad de los hechos, interpretarlos y transmitirlos con rigor, exactitud y transparencia, los periodistas debemos acoger la formación y evitar los descuidos para no caer en estas equivocaciones.
Un solo clic puede establecer el grado de la calidad de un texto periodístico. Con la acción corregimos datos falsos, aclaramos estadísticas confusas o salimos de la incertidumbre.

 

Rumores y mentiras: ver para creer…

El lector José Luis Jaramillo dice: “… leí el interesante artículo Rumores que buscan ser noticia, publicado en la página 30 de la edición de El Colombiano del 24 de octubre. Me quedó claro que los periodistas deben confirmar las noticias antes de trasmitirlas, pero esto no ocurre siempre, sobre todo en las redes sociales que están inundadas de tanta basura. Le pregunto a usted ¿quién podrá salvarnos de estos rumores? Ver para creer…”.
Dos lectores comentan este texto periodístico. Alejo Duque reclama: “Los medios de comunicación son los primeros que deben rectificar toda información que les llegue para poderla transmitir a la ciudadanía de cualquier parte del mundo”.
Y Andrés opina: “Es verdad, mucha gente cree a ciegas lo que lee en internet o le llega por cualquier sistema, por favor, cuando le llegue una información verifique primero antes de creérselo y peor aún reenviarlo”.
Desde antes del auge de internet y de las redes sociales el periódico guarda como filosofía y norma ética el desacierto de difundir estas versiones: “El rumor no es noticia en EL COLOMBIANO. Publicarlo es darle entidad de hecho comprobado, con los naturales riesgos para la credibilidad del periódico y para las personas involucradas. El rumor debe utilizarse sólo como una pista que puede conducir a hechos comprobables”.
Los autores de la mayor parte de los rumores e informaciones pueden estar bien intencionados: quieren comunicar algo que según ellos interesa a las audiencias de un medio de comunicación social. Sin embargo, sus informaciones carecen de rigor o resultan falsas, inexactas y descontextualizadas.
El periodista que las acoge para comunicarlas no les puede endosar la responsabilidad a estos ciudadanos que de buena fe las envían a los medios o las publican en sus perfiles de una red social. Se trata de datos en bruto que constituyen apenas el punto de partida para la investigación periodística.
La credibilidad del periodista y del medio de comunicación está soportada en la idoneidad profesional y en su conducta ética. Todas las noticias deben referirse a hechos reales, comprobados y contrastados. Es decir, confirmados por fuentes distintas y distantes, para que se garanticen los principios de veracidad y pluralidad.
La verificación es condición ineludible del periodismo responsable. El afán por la primicia es una trampa que con frecuencia se presenta en los medios y surge como disculpa inaceptable.
Ahora, unos cuantos rumores son mentirosos. “…existen desocupados que quieren inundar las redes sociales y los medios de comunicación con el objetivo de contar una supuesta hazaña, la idea es poder contar la anécdota y reírse”, expresa Víctor Solano, analista de medios digitales, en el reportaje que publicó el periódico el 24 de octubre y que motiva esta reflexión.
El escenario en los que se mueven hoy los medios de comunicación, creado por internet, que facilita la participación cada vez más activa de las audiencias, genera nuevos desafíos a los periodistas para evitar caer enredados en estos rumores y mentiras.
Y no solo estos engaños se registran en los periódicos: esta semana denunciaron falsos perfiles de Facebook de la presidencia de Ecopetrol en los que se ofrecían vinculaciones laborales a la empresa petrolera a cambio de millón y medio de pesos.
Considero que la experiencia profesional, la duda como método para escrutar la realidad de los hechos y la transparencia y el rigor, como valores éticos del periodismo, son los mejores instrumentos para no creer en toda la información que recibimos de primera o de segunda mano.