Perdido …y sin patrocinio! (tercera entrega)

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Era jueves y si mañana no daba señales de vida, en teoría Javier prendía las alarmas. Eran dos ángeles de la retaguardia, Javier y Alfredo, los únicos dos seres humanos que tenían una noción aproximada de mi recorrido. El último que me vio fue Javier, abajo de Cueva Larga el lunes pasado. Pero como todos los ángeles podrían o no podrían existir.

Aún no me daba por vencido, me quité la mochila y baje varios cientos de metros boquerón abajo con el ánimo de encontrar un rastro, una sombra de una trilla, para lo cual cada día era más experto. Ahora el valle estaba cubierto por un manto de nubes, asemejando un lago espeso y denso que subía cuesta arriba y en cuestión de minutos dejaría sin visibilidad todo el Boquerón al cual bauticé el “Boquerón de las Pieles” porque a pocos metros de la cima había un cambuche con por lo menos cien cueros de oveja secándose.

Ovejas

Ovejas de la Sierra

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Perdido …y sin patrocinio! (segunda entrega)

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Fue una noche en que me recosté varias horas pero dormí muy poco, preludio a las noches por venir. Sin embargo, ya más descansado y con los primeros rayos de luz, identifiqué el camino de ayer que unos pequeños mojones iban señalando. Subí desde la terraza donde acampé, como persiguiendo huellas de un animal furtivo seguí los mojoncitos y sí… encontré el trazo del camino que remontaba toda esa morrena hasta el Boquerón de la Sierra. Caminaba a un ritmo lento, descansaba, un sorbo de agua muy medido… y poco a poco subía la inmensa tajada de queso buscando la diminuta media luna… el último repecho es muy inclinado y observé los perfiles de unos caminantes en la cima del boquerón. Eran los intrépidos fotógrafos extranjeros de la lujosa camioneta que llegó a la Parada de Romero cuando yo comenzaba.

Boquerón de la Sierra

Boquerón de la Sierra

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La Sierra Nevada del Cocuy, Güicán y Chita (tercera entrega)

Texto: Henry Mariño López

Bordeando el costado Oriental de la laguna, desde donde se pueden observar los nevados de Pan de Azúcar, el Toti, el Diamante, el Portales y el Cóncavo, caminamos sobre el Chorro de la Paz, que vierte sus aguas, formando dos cascadas de incomparable belleza, en un cañón colosal que se ensancha en la distancia, hasta el infinito horizonte de los Llanos Orientales. Camino difícil por la consistencia del terreno de roca y arena y la espesa niebla, que hace que la orientación dependa en alto grado de la ubicación de los “mojones”, pilas de piedras dejadas por anteriores caminantes que indican la ruta correcta, silencio absoluto, solamente interrumpido ocasionalmente por el ruido lejano de una avalancha de rocas, sendero largo y extenuante, que finalmente conduce a la Laguna del Pañuelo, sitio designado para levantar el campamento. Una niebla vaporosa recorre los senderos perdidos de la Sierra, provocando una errática visión en la distancia, tenuemente iluminada por la luz de la luna, sombra misteriosa que proyecta imágenes inconcebibles, como extraños seres que deambulan en el silencio infinito, en la inmensidad de la noche.

El Cocuy

El Cocuy Foto: Alejandra Murcia

Hermoso, como siempre, el amanecer de la Sierra. Juegos infinitos de colores permiten fotografiar los nevados de San Pablín (Norte y Sur) y el Cerro del Castillo, en todo su esplendor. Avanzando al Norte, también encontramos los cerros de El Picacho y La Puntiaguda, las lagunas de La Cueva y Los Patos y los picos Ritacubas (Blanco y Negro), mientras se hace la travesía del Valle de Los Cojines, espectáculo natural sin igual, bordeado en ambos lados pos cerros nevado, en cuyo fin se encuentra la Laguna del Avellanal: Sus aguas se unen a las de las lagunas de La Meseta y El Rincón, para crear el Río Ratoncito, que forma la cascada del mismo nombre y que constituye un panorama espléndido.

Difícil ascenso al boquerón de la Sierra, 4.700 MSNM, desde donde se puede divisar la Laguna de la Isla, que bordeamos en su margen izquierda, descendiendo el boquerón bajo una lluvia pertinaz y espesa niebla, condiciones inclementes que nos acompañan mientras hacemos el ascenso al Alto de los Frailes, desde donde se puede observar el sitio de nuestro próximo campamento, la Laguna Grande de Los Verdes.

Una brisa helada recorre la impenetrable soledad de los indescifrables caminos de la Sierra, penetra en cada cueva, en cada grieta, se anida en los bordes de los glaciares, se refleja en la enigmática silueta de los frailejones, convocando a los espíritus de la tradición indígena. Acuden, entonces, el Mohán, dueño de las aguas y los páramos, cuya apariencia es la de un hombre de tez oscura que gusta de fumar chicotes y suele presentarse a las mujeres jóvenes y bonitas, a quienes visita en sueños eróticos hasta hacerles perder el calor vital; El Cojo, espíritu de un solo pie, con hábitos antropófagos; Las Lloronas, mujeres que dieron muerte a sus hijos y cuyos espíritus, como castigo, vagan sin rumbo, con ojos ardientes, por las desoladas cañadas; Los esqueletos de dientes largos, habituales vigilantes de los pasos altos, a veces adultos, a veces niños…

Valle de los Frailejones

Juan Fernando Calle y Mireya Ardila en el Valle de los Frailejones Foto: Alejandra Murcia

Última parte del recorrido, ascenso al Boquerón del Carmen y descenso desde allí, atravesando el páramo Cardenillo, hasta las Cabañas de Ideboy, centro turístico, comunicado por carretera con Güicán, en la parte Nor-Occidental de la Sierra. Hay agotamiento físico total en el grupo, pero una paz interior indescriptible. Hemos completado el circuito natural más impresionante de los Andes Colombianos y hemos descubierto que, cuando se conquista un objetivo de tal magnitud, permanece por siempre en el corazón y el recuerdo de cada uno de nosotros.

La Sierra Nevada del Cocuy, Güicán y Chita (segunda entrega)

Texto: Henry Mariño López

A eso de las 10 de la mañana, emprendimos la marcha hacia el lugar elegido para el primer campamento, la Laguna de la Plaza. La primera parte del trayecto se hace recorriendo el Valle de Lagunillas, una serie de pequeñas lagunas que, con sus nombres, intentan describir sus características: La Cuadrada, La Atravesada, La Pintada, La Parada, todas ellas de belleza extraordinaria y colorido espectacular, teniendo como marco un territorio agreste, rocoso, desde donde algunas veces es posible observar los blanquísimos picos nevados, en contraste con el azul intenso del cielo de verano.

Boquerón de Cusirí
Darío Herrera, Claudia Giraldo, Mireya Ardila y Juan Fernando Calle en el Boquerón de Cusirí Foto: Nikon P100 (solita)

Al avanzar encontramos el primer paso duro de la jornada, el Boquerón de Cusirí, 4.600 MSNM, punto obligado de paso al otro lado de la montaña, donde se encañona el viento y es posible observar montículos constituidos por pequeñas cruces hechas de madera, de rústica manufactura, que los nativos depositan cuando atraviesan el boquerón, como medio de protección contra las malignas influencias de los espíritus de la Sierra. Posteriormente, descendemos hacia el Nor-Oriente hasta hallar el Alto de Patio Bolas y de allí descender a los valles que conducen a los Llanos del Arauca. Tiempo nublado, camino angosto y rocoso, frío intenso nos acompañan hasta el primer destino, la Laguna de la Plaza, hacia las 5:30 de la tarde.

Detrás de la penumbra titilante del fuego que calienta el café y el alma, la niebla descorre su velo misterioso para mostrar la magnificencia de la noche de la Sierra. Un extraño resplandor titila en un espacio indefinible, como indicando el sitio del “encanto” donde los indios escondieron, en otros tiempos, en forma mágica, sus tesoros. No se deben dejar brasas. Se dice que la Mancarita, mujer de senos extraordinariamente grandes y toda cubierta de pelos como un animal, se alimenta de ellas.

Laguna de La Plaza

Mireya Ardila en la Laguna de La Plaza al amanecer Foto: Juan Fernando Calle

El regalo más extraordinario que se puede recibir de la naturaleza es un amanecer en la Laguna de La Plaza. El arco Iris, que enmarca el horizonte en forma espléndida, está completo, es decir, se aprecia la “hembra” en el arco inferior y el “macho” en el arco superior. Dice la antigua tradición indígena que tiene una cabeza en cada extremo, con las cuales toma agua de los ríos, lagos y pantanos. De hecho, es la transformación de un pez o un sapo. Es mejor no molestarlo porque “pica”, produciendo una herida que nunca cierra… La serena quietud de las aguas refleja todos los colores del espectro, que emanan de las luces del amanecer, con matices violetas, naranjas, el azul increíble del cielo, los nevados inmaculados y las tonalidades rojizas y ocres de la parte occidental de la Sierra.

Continuará…

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La Sierra Nevada del Cocuy, Güicán y Chita (primera entrega)

Texto: Henry Mariño López

Sin duda alguna, el destino más espectacular de los Andes Colombianos es la Sierra Nevada del Cocuy, también conocida como de Chita o Güicán. Presenta las mayores elevaciones de la Cordillera Oriental Colombiana, y está formada por tres cadenas montañosas que alinean más de veinte picos nevados que superan los 5.000 metros de altura, en una extensión de unos 25 Kms., que corren de Sur-Oriente a Nor-Occidente, dejando en medio un corredor de belleza incomparable, sembrado de lagunas, quebradas cristalinas, cascadas y glaciares, adornados con una flora nativa extraordinaria, compuesta principalmente por frailejones y especies propias del super-páramo andino, que dan la impresión de estar atravesando un inexplorado jardín.

Cocuy

Mireya Ardila a los pies del Ritacuba Blanco Foto: Juan Fernando Calle

Territorio sagrado para los primitivos pobladores de sus faldas, principalmente los Tunebos (U’wa) en la parte Oriental; los Rucos, que habitan áreas del municipio de Chita y los Laches, habitantes del Occidente de la Sierra, todos ellos procedentes de una etnia única, creyentes de las tradiciones y leyendas de la Sierra, practicantes incondicionales de una medicina tradicional ritual en la que se “mestizan” elementos de diferentes culturas, conforman un contexto de creencias y prácticas que se reflejan en la vida cotidiana del campesino, para conformar una cultura singular, tan impresionante como la geografía misma que la rodea.

Doce horas de camino separan a Bogotá de El Cocuy, pequeña población ubicada en las estribaciones de la Sierra, y último punto de abastecimiento para los caminantes. Desde allí, utilizando el “lechero”, transporte mixto, es posible llegar a la antigua estación del Himat, localizada en un punto denominado El Alto de la Cueva, donde se encuentra la última casa campesina y es posible conseguir el concurso de nativos que sirven como guías, verdaderos baquianos, conocedores de los secretos y misterios de la Sierra, sin cuyo aporte es imposible la aventura, así como alquilar mulas de monta y carga.

Continuará…

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