Crónica de una expedición sin “pero” Ciudad Perdida Teizhuna (abril 26-mayo 2 de 2014) con Ecoglobal Expeditions PARTE 2

Durante la comida se planeaba el día siguiente; la ruta para los días 2 y 3 era:

Ciudad Perdida

Es decir: el día dos consistía en una caminata de 4 horas saliendo desde el campamento de Alfredo para pernoctar en el de Gabriel; como se aprecia en el esquema, el perfil era lo que se denomina columpios –ascensos y descensos pronunciados-.  Lo que inicialmente sería el día 3, también con ascensos y descensos, llegaría al campamento Paraíso Teizhuna.

Ciudad Perdida

El día 4 era la visita a Ciudad Perdida y el comienzo del descenso; el día 5 sería el regreso -estimado en 7 horas.  En el regreso hay más descensos que ascensos, pero todos coincidíamos en que no sería tan fácil pues aquello que es un alivio al subir, para las rodillas puede ser una tortura al bajar; además, en el regreso hay  unos ascensos muy exigentes.

Todo parece indicar que como caminantes nos desempeñamos muy dignamente, pues la propuesta de Juanca y de Juan “Ecoglobal Expeditions” fue unir las jornadas de los días 2 y 3, para luego bajar en dos etapas, disfrutando más el paisaje, bañándonos en el río, etc.  Todos, sin hacer ninguna consideración, aceptamos de inmediato, máxime que en ese momento se tienen todas las energías y el deseo de lograr cuanto antes el sueño de llegar a Ciudad Perdida Teizhuna.

Ciudad Perdida

Con esa decisión, no quedaba más que ir a dormir en la hamaca, tomar un par de dolex y con algún ungüento masajearse pies y rodillas.  Nos ubicamos en una esquina del campamento en la que había una única cama que la tomó Argelia en consideración a una lesión en la columna; gracias al toldillo – como dijo Cecilia- su cama lucía como “un el tálamo nupcial con baldoquines tipo colonial”.

De los hostales, el de Alfredo me pareció el más confortable: las hamacas estaban colgadas a la altura perfecta, la cobija adecuada para la temperatura fresca de la noche; yo, que no soy tolerante con el frío, usé una camiseta de algodón y otra térmica que me cubriera únicamente la espalda  pues en el Salto Ángel en Venezuela, aprendí –después de una noche de total insomnio- que el frío en una hamaca se cuela por la espalda y hay que protegerla para combatirlo; antes pensaba que era poniendo la cobija sobre el cuerpo; así las cosas, la noche fue perfecta para mí; dormí hasta las 3:30 a.m, casi 7 horas.

Ciudad Perdida

Esa noche no fue tan placentera para Yesid pues una vez se acostó en su hamaca empezó a roncar y yo me acerqué y lo desperté.  Al día siguiente manifestó que no había podido conciliar el sueño, de tal suerte durante toda la noche escuchó el ronquido de Argelia.  A partir de la segunda noche, con toda razón, siempre armó rancho aparte!!

Se nos advirtió que, en la mañana, antes de usar cualquier prenda que estuviese colgada en las cuerdas o de calzar las botas era necesario sacudirlas para no tener la desagradable sorpresa de ser picado por un escorpión –alacrán- que son bastante frecuentes en estos climas. Para prevenir, lo mejor es colgar las botas en las hamacas.  Por fortuna durante todo el viaje no hubo ninguna picadura qué lamentar.

Día dos: Desperté, y qué agradable sorpresa encontrar que Cecilia ya estaba levantada contemplando el cielo: estrellado como el que más y gracias a la total ausencia de contaminación lumínica pudimos observar durante un rato la Vía Láctea, mientras se escuchaban las chicharras y se veían los cocuyos (de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia, cocuyo es un americanismo y lo define como “insecto coleóptero de América tropical, parecido a la luciérnaga, que despide de noche una luz azulada”).  Al mismo tiempo se levantaron Pocho y William a prender el fuego en la cocina para preparar el desayuno.  Como dos perdidas que encuentran una casa amable, allí nos instalamos.  Cecilia se desempeña muy bien y ayudó a pelar piña, papaya y melón que nunca faltaron como fruta para el desayuno.  Yo ayudé en lo que los paisas llamamos “dentrodería”: lavar y secar platos y limpiar los tablones de las mesas del comedor: es mi especialidad.  Ese día el desayuno fue la tradicional arepa de huevo costeña.

ciudadperdida

Es bueno detenerse un poco en describir cómo es la “vida” en un campamento, máxime cuando cada noche se está en uno diferente.  Argelia documentó con fotos el día a día.  Lo primero que hacíamos era “invadir” las cuerdas para extender la ropa, bien sea porque estuviese húmeda (en cada sitio se encuentran lavaderos) o mojada por la transpiración después de las intensas jornadas en un clima cálido y húmedo.  Además, como las pocas pertenencias estaban en bolsas plásticas, para encontrar algo había que sacar todo pues  siempre había algo extraviando: el cepillo de dientes, la seda dental, unas medias, en fin…  En síntesis, es una función de empacar y desempacar que, al menos a las mujeres, nos toma generalmente mucho tiempo.  Rápidamente pasamos a una sola bolsa.  Al principio uno es muy recatado al vestirse y desvestirse y después va dejando el pudor en aras de la efectividad.  Claro que en algunos campamentos pudimos hacer una especie de “vestier” utilizando los “pareos” – es el equivalente femenino de un poncho- y que, dicho sea de paso, nunca debe faltar en el equipaje porque sirve para todo, no ocupa espacio y es supremamente liviano.

Ciudad Perdida

A las 6:30 a.m. partimos para la doble jornada.  Había que empeñarse a fondo, y tratar de ser eficientes pues el río debía atravesarse en varias ocasiones y había que cambiar las botas por los zapatos de agua.  A las tres mujeres nos tomaba nuestro tiempo esta labor, especialmente al calzar nuevamente las botas, pues secábamos juiciosamente los pies y usábamos  talco para evitar los hongos.  Cómo sería el asunto que, al regreso, Juanca, con mucho sentido práctico, decidió pasarnos a las tres “a caballo”; para él era cuestión de 35 segundos: qué eficiencia! Que fortaleza!

El camino tenía unas partes difíciles que incluso han sido intervenidas con cemento; supongo que, cuando Blanka en su relato -publicado en Ecoglobal Expeditions-  habla de precipicios se refería a estos pasos estrechos que por fortuna ya no son peligrosos.  Atravesamos un puente colgante y pasamos por un poblado indígena muy pequeño –Mutanshi-.

Ese día el cielo estaba azul, y pudimos disfrutar de una mejor vista de las montañas de la Sierra y de la selva y el trayecto no resultaba agobiante porque ya nos encontrábamos en terrenos no deforestados.

En el “premio de montaña” de ese día nos esperaban unas deliciosas naranjas partidas en 4 cascos, presentadas de una manera muy bella: en una especie de mesa hecha con troncos, estaban servidas sobre hojas de plátano que sirven mantel y otras las cubrían.  Ese día Juan Botero y Yesid se habían adelantado, por lo cual no se percataron del premio de montaña.  Yesid creo que lo lamentó hasta el final pues el primer día preguntó que si para el desayuno habría jugo de naranja: vana ilusión.

Ciudad Perdida

Paramos en un sitio indígena en el que hubiésemos pernoctado de no ser por la doble jornada.  Al llegar allí ya estaba listo el almuerzo que consistió en una deliciosa sopa de legumbres con mucho apio y un arroz verde, color que se lo daba la cebolla larga, finamente picada.  Era una alimentación nutritiva y liviana a la vez, adecuada para la segunda parte de la jornada (que correspondía al día 3) y estaba acorde con el carácter vegetariano de alguno de los jóvenes del grupo que iba a la par nuestra.

Como aparece en la guía, el perfil del día 3 es: ascenso, descenso y ascenso, cada uno de una hora.

Ciudad Perdida

A medida que se avanza se encuentran avisos hechos por los pobladores en los cuales hay información sobre la fauna: oso hormiguero, tucán, mapaná, coral, escorpión… con una caligrafía elemental y bastante pintorescos por su ortografía; otros avisos anuncian qué porcentaje del camino se lleva: 25%, 50%, 75%.  Están hechos como para levantar el ánimo pues realmente no dan cuenta del esfuerzo físico que falta para lograr la meta.

La verdad es que, durante esta jornada, a duras penas contemplaba el paisaje mientras descansaba; tomé pocas fotos lo cual me ha hecho difícil recordar muchos detalles.  Observé gran cantidad de helechos, anturios, heliconias y bromelias.  Me llamó mucho la atención una heliconia desconocida y que luego identifiqué como la heliconia mariae o tacana, en el libro Savia Caribe ya citado.

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Rápidamente empiezan a observarse vestigios de la civilización tayrona: algunos caminos construidos con lajas de piedras y desviaciones con escalones con las mismas características de los 1.200 que marcan el final del ascenso a Ciudad Perdida.  Se aprecian también restos de muros de contención y de manejo de aguas lluvias lo que muestra el grado de desarrollo de esta civilización perdida en el tiempo y especialmente del trabajo de ingeniería.  Juanca nos iba conduciendo y mostrándonos entre otras cosas, los daños hechos por los guaqueros.

Llegamos a pernoctar al campamento Paraíso Teizhuna, operado por los Koguis.  Obviamente estábamos cansados, pero tampoco exhaustos. Nuestro guía Juanca había escogido para nosotros un lugar más privado, en un segundo piso, bastante privilegiado pues estaba junto a los baños.  Había camas para todos y carpas individuales. Jesús y Juan Botero escogieron sendas carpas; Jesús reclamaba una “mechuda” porque decía que había alquilado la suite por un mes. Yesid fue al dormitorio general con hamacas y Juan Ecoglobal Expeditions guindó una en este segundo piso.  Pudimos tomar un merecido aunque corto baño en el río y flotar en esa deliciosa agua fría, pura y cristalina.

Ciudad Perdida

Día 3: ascenso a Ciudad Perdida Teizhuna.  La gran expectativa es llegar a los 1.200 escalones; el día anterior Jesús hacía chistes diciendo: si somos 6, entonces cada uno sube doscientos.

Salimos temprano después de haber tomado, como siempre, un abundante desayuno: ese día fueron empanadas de atún con un ají delicioso que William preparó con esmero; el éxito fue total pues lo comimos casi que a cucharadas.

Salimos a las 6:30 a.m.  El día no podía ser mejor; un cielo de azul intenso; el sol era tolerable porque en ese punto la vegetación está intacta.  Se podían apreciar cientos de palmas de tagua y de árboles que siempre nos acompañaron: zambo cedros, bongas, caracolíes, laureles, entre otros.  Además, pudimos escuchar monos aulladores;  como quien dice, el esplendor de la selva.

Ciudad Perdida

Esta caminata, aunque parece corta (2 kms) tarda unas 2 o 3 horas; la primera parte, después de dejar el campamento, es difícil pues hay unos pasos de mucho cuidado donde es necesario apoyarse contra la roca; abajo está el río Buritaca.  Se requiere concentración. Después de ascender los 1200 escalones se llega a la magia, al misterio.  Allí hay varios emplazamientos de lo que seguramente fueron viviendas, antes de llegar a lo que se llaman las terrazas que están en la parte más alta que son la zona central de la ciudad y que constituía el lugar donde se concentraba el poder político.

Juanca nos dio todas las explicaciones sobre una piedra que se encuentra en las terrazas y que representa la Sierra Nevada, con el surco que indica el lugar donde se acaba la nieve, los ríos que bajan de ella, la ubicación de Teizhuna; como él mismo nos lo dijo, para los arqueólogos se trata de una mera coincidencia; no así con la piedra en la que hay acuerdo en que se trata del mapa de la Ciudad y que aparece fotografiada en las publicaciones.

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Sobra decir que el lugar invita al silencio y a la quietud, máxime que tuvimos el privilegio de estar solos durante un buen tiempo.  Una vez tomamos las fotos clásicas en la terraza, que no por ello dejan de ser emocionantes (yo pensaba que solo se lograban en una vista aérea) nos sentamos a descansar y acordamos quedarnos en silencio un rato largo.

Como se señala en todas descripciones arqueológicas Teizhuna es un complejo de construcciones, caminos empedrados, escaleras y muros intercomunicados por una serie de terrazas y plataformas sobre las cuales se construyeron los centros ceremoniales, casas y sitios de almacenamiento de víveres.

Ciudad Perdida

Hay una anécdota que no puedo pasar por alto y que tal vez fue lo que más risa nos produjo en esta expedición: ante el requerimiento de Juan “Ecoglobal Expeditions” para que Jesús se hiciera invisible para tomar una foto de las terrazas, éste efectivamente desapareció, y en un brote de genialidad reapareció al instante a modo de fantasma: caló el sombrero con las gafas en el bastón que le servía de apoyo.  Quedó registro fotográfico.

Ciudad Perdida


Lea aquí la PARTE 3…


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