Crónica de una expedición sin “pero” Ciudad Perdida Teizhuna (abril 26-mayo 2 de 2014) con Ecoglobal Expeditions PARTE 3

Durante el ascenso pudimos observar los restos de una mapaná que como nos explicó Juanca estaba “engüevada” lo que la hace más peligrosa: uno de los huevos estaba intacto, un poco más grande que el de una codorniz.

Cuando terminábamos el descanso y el rato de silencio, Juanca nos informó que teníamos suerte por varias razones: el Mamo Romualdo estaba allí y había aceptado recibirnos, hablar con nosotros y entregarnos la aseguranza.  El Mamo nos atendió un buen rato y nos explicó que el nombre de la Ciudad es Teizhuna y que era un lugar de energía positiva para ellos; nos dijo de qué forma la observación de la madera del poporo le permitía leer lo que iba a ocurrir; nos mostró, por ejemplo, que había cambiado de color, lo que indicaba que iba a empezar el período de lluvias.  Nos dijo algo muy importante y es que para ellos, “cuando no pegue la cal con la hoja de coca quiere decir que el mundo se va a acabar”.  Nos impusieron la aseguranza a cada uno y terminó nuestra conversación.

Ciudad Perdida

El ascenso de las 1.200 escalinatas no nos pareció tan fuerte como lo imaginábamos; no ocurrió lo mismo con el descenso, pues en muchos de los escaños a duras penas cabe un pie pequeño, de lado.  Al menos Argelia, Chila y yo tuvimos muy buena ayuda de todos los Juanes (Juanca, Juan Botero y Juan “Ecoglobal Expeditions”).

Llegamos al campamento con la alegría de “lo logramos”.  Nos esperaba un reconfortante almuerzo de pasta con “hogao”; durante el mismo, Chila manifestó que a partir de ese momento –es decir para ese día- necesitaría una mula; el descenso de los 1200 escalones había pasado factura;  Juanca le advirtió que solo se conseguiría para el día siguiente y no desde el inicio de la jornada.

Emprendimos el retorno para llegar al campamento MUMAKE.

La acomodación era en camarotes; Juan “Ecoglobal Expeditions” consiguió  para él una hamaca y la colgó cerca

Juan Botero le obsequió a Chila un masaje en los pies y me prometió uno para el día siguiente, promesa que cumplió.  Verdaderamente reconfortante y restablecedor.

Ciudad Perdida

Tuve una mala noche; dormí dos horas.  Hacía mucho calor que luego atribuí al material de espuma de las colchonetas para concluir que en estos lugares lo mejor para dormir es una hamaca bien colgada.  Como a las 3:30  hice levantar a Chila; no había estrellas en el firmamento pero vimos fuego en la cocina; sin embargo, Pocho y William no estaban porque habían vuelto a sus hamacas; así las cosas, Chila se acostó nuevamente a dormir plácidamente y yo quedé librada a mi suerte.  Como ya empezaba el retorno no había de qué preocuparse.

La mejor decisión fue haber regresado en dos etapas.  Esa mañana, los jóvenes, salvo una pareja (Claudia –suiza- y su novio –australiano-) partieron a las 6:30 para llegar ese día a Santa Marta.  Nosotros desayunamos sin prisa y fuimos al río a tomar un baño largo, a nadar un poco y a dejarnos llevar por la corriente en una piscina natural.  En el río cristalino se veían pequeños peces y nos acompañaron dos jóvenes indígenas quienes disfrutaban el agua con la naturalidad que da el que la sientan suya.  Una indígena lavaba su ropa y  cuál sería nuestra sorpresa al verla usar los detergentes que habíamos evitado llevar.  ¿Cuánto tiempo durarán estos ríos tan cristalinos como hoy?

Ciudad Perdida

Día 4: Ese trayecto tiene un fuerte descenso, un ascenso largo y otro descenso larguísimo.  La caminata, obviamente era más pausada y tuve el tiempo suficiente para detenerme simplemente a contemplar el paisaje, los árboles, tomar fotos a los letreros que había visto en el día dos, todo eso sin caerme.

Nos detuvimos en un pequeño poblado donde había mujeres tejedoras y compramos mochilas koguis, tejidas en fique.  En el entretanto, una indígena estaba hilando paciente y silenciosamente una madeja, que ensartaba en el dedo gordo del pie; tomaba varios hilos y los enrollaba con los dedos de la mano usando como apoyo la pierna.  Argelia y yo compramos mochilas –en otro viaje ella me enseñó que cada que se compra el producto hecho por una mujer hay una familia que come varios días-  Juan Botero, otra que, curiosamente, tenía la letra jota.  El color de las rayas de estas mochilas se obtiene con tintes extraídos de plantas y árboles.

Chila iba más adelante en la mula, llevada de cabestro por el indígena Lisímaco; olvidaba decir que el precio no fue barato y no obstante, al poco rato, pretendía dejarla al haberse bajado para cruzar un puente colgante. Obviamente, ella le exigió que la llevara al campamento.

Ciudad Perdida

Fue un día delicioso.  Llegamos al campamento de Alfredo muy temprano, como a las 3 de la tarde.  Almorzamos, creo que fríjoles con salchicha; me disponía a tomar una siesta, previo un baño largo, cuando me percaté de que tenía pegada a mi estómago una garrapata que me dio trabajo arrancar: salí gritando, pues nunca me había pasado y María del Mar, de 11 años, recién llegada donde Alfredo, experta en detectarlas, me quitó como 6;  ahí cundió la alarma y estuvimos todos esculcándonos –Argelia dijo que como buenos descendientes de los chimpancés-.  Cecilia, muy precavida y dulce para estos animales había llevado un insecticida especial que al principio rociaba en nuestras hamacas con algo de pudor, pero a partir de este momento toda la ropa fue fumigada.  Creo que un poco más y nos intoxicamos.  Así las cosas, el tiempo se pasó y a las cinco de la tarde fuimos a visitar la casa de Libardo, también santandereano y hermano de Alfredo, que vive allí desde hace 30 años; cultiva café y cacao en forma totalmente orgánica; nos explicó todo su proceso y nos preparó deliciosas tazas de chocolate y café.  Regresamos a dormir temprano.

Esa tarde Chila estuvo conversando con la esposa de Alfredo y supo que eran santandereanos y habían emigrado hace 30 años, desplazados por la violencia.

Ciudad Perdida

Día 5: desayunamos tarde unos deliciosos huevos con tostadas, mantequilla y mermelada.

El descenso lo hice con Argelia, mientras conversábamos, analizando muchas de las experiencias vividas, ella exponiendo su aproximación sociológica; incluso nos deteníamos para profundizar en algún aspecto, tomar fotos, comentar las impresiones sobre el paisaje, dejar salir a flote la nostalgia que implica el regreso, de tal suerte que cuando llegamos a la piscina natural en la quebrada Rumichaca todos los demás llevaban un buen rato allí.  Hicimos lo propio y disfrutamos las cascadas que masajean la espalda y el cuerpo.  Chila había seguido de largo hacia Machete Pelao en la mula, que esta vez había contratado con Jesús, casi un niño.

Llegamos a Machete Pelao a disfrutar del delicioso almuerzo que había sido ordenado desde el día de la partida.  Todos habíamos pedido pescado frito con patacones y arroz con coco; fue un cierre perfecto, acompañado de cervezas bien frías, mientras escuchábamos en un establecimiento cercano a un recreacionista que trataba de animar una fiesta para los niños pues se celebraba su día.  La música era reguetón y trataba de ser gracioso de la forma más absurda apelando, supuestamente, a palabras en otros idiomas.

Ciudad Perdida

Culminamos esta parte de la expedición con lo que bien podría llamarse una “colombianada”; la buseta que nos llevaría a Taganga no tenía reversa y en un lugar de la carretera tomó un buen rato que el carro que iba subiendo creyera la versión;  cuál sería mi sorpresa al percatarme de que era cierto, pues cuando fuimos al hotel Rancho Relax a dejar a unos turistas, los hombres debieron bajarse para empujar; las carcajadas nuestras todavía deben escucharse en los alrededores.

Cerca de las 5 llegamos al hostal en Taganga; Argelia, Chila y yo tiramos al piso la ropa para separarla en una bolsa con el fin de que posibles garrapatas no se pegaran a las prendas con las que regresaríamos.  Descansamos un poco, nos bañamos con el fin de salir a “nuestra última cena” que no teníamos duda sería donde Patricia.  Yesid muy amable fue a hacer los arreglos previos pero especialmente a encargar el vino blanco que nos ofreció y que esta vez sí podíamos tomar sin restricciones.

Ciudad Perdida

Estábamos todavía arreglando la ropa cuando por fin (!) Juan se hizo presente con el regalo que había “calentado” durante todo el viaje; estamos mal acostumbrados porque siempre tiene un obsequio al inicio, bien sea una cantimplora, o un mug; esta vez era una camiseta con la foto de las terrazas y con esta bella inscripción, que bien podría servir de cierre a este relato:

“… Yo visité Teizhuna, caminé cinco días entre la selva, crucé ríos torrentosos, ascendí más de 1.000 metros y dormí bajo los árboles y las estrellas…”

Era indudable que ese sería el uniforme para la cena.  Casi todos comimos deliciosas cazuelas de mariscos, Argelia anillos de calamar, y Yesid repitió langosta.  Pedimos entradas de cuyas salsas “no dejamos ni el pegado”.  Tomamos unas cuatro botellas de vino; la conversación fue tan agradable como el viaje mismo; Jesús, “nuestro nuevo mejor amigo”, hizo gala de su sensibilidad, y nos dijo cosas hermosas a todos, en una palabra nos abrió su corazón.

Ciudad Perdida

Regresamos a nuestras ciudades de origen al día siguiente después del medio día, no sin antes haber caminado un poco por Taganga –unos más, otros menos- para calmar lo que llamamos “el síndrome de abstinencia”.

El regreso produce nostalgia que solo se atempera con el grato recuerdo de haber compartido esta experiencia con compañeros maravillosos con quienes se generan lazos que aseguran que de manera natural uno seguirá encontrando en estos caminos. Y aunque Juan “Ecoglobal Expeditions” es modesto, me tomo la vocería de todos para hacerle un reconocimiento muy especial, porque como dijo Jesús en un bello escrito que nos envió es un vigilante que de manera silenciosa está siempre presente.

Colofón

Para terminar, nada mejor que una cita tomada del libro Apaporis – Viaje a la última selva de Alfredo Molano y María Constanza Ramírez.  Ed. Planeta, 2002, p. 57

Nada une más que los viajes. En todo camino transitado por varias personas a la vez, asoma un compañerismo a toda prueba, que vive en formas no ajenas a la melancolía.  No en vano el camino de Santiago de Compostela fue el eje sobre el que se construyó el espíritu de Europa a decir de Göethe.  Caminar es conocer, pero también conocerse y compartir limitaciones.  De ahí que todo viaje deje vivo un sueño de cofradía.

Ciudad Perdida

Clemencia Hoyos Hurtado

Medellín, mayo 4-11 de 2014

www.ecoglobalexpeditions.com

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>