Crónica de una expedición sin “pero”: Ciudad Perdida Teizhuna (Abril 26-Mayo 2 de 2014) con Ecoglobal Expeditions

Ítaca, el inmortal poema de Constantino Cavafis (1863-1933), pone en contexto éste y otros viajes.


Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

Pide que el camino sea largo,

Lleno de aventuras, lleno de experiencias.


No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

Ni al colérico Poseidón,

Seres tales jamás hallarás en tu camino,

Si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción

Que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

Ni al salvaje Poseidón encontrarás

Si no los llevas dentro de tu alma,

Si no los yergue tu alma ante ti.


Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

En que llegues -¡con qué placer y alegría!

A puertos nunca vistos antes.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

Y atracar, viejo ya, en la isla,

Enriquecido de cuanto ganaste en el camino

Sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

Entenderás ya qué significan las Ítacas.


Vivo en Medellín y empiezo este relato, dos días después de haber regresado de la expedición a la Ciudad Perdida Teizhuna; el ambiente es propicio para plasmar las emociones, pues en lugar de los torrenciales aguaceros de esta época, hace una tarde espléndida y un cachito de luna se encuentra en la parte alta del firmamento.


Como nos lo dijo el Mamo Romualdo, a quien tuvimos el privilegio de escuchar, y recibir de sus manos la “aseguranza”, Ciudad Perdida es el nombre que los blancos le hemos dado a un lugar que realmente se llama Teizhuna. La “aseguranza” es un hilo delgado con cuatro chaquiras pequeñas en el centro y algo parecido a un ritual la entrega a su esposa quien, casi que con reverencia, la ata a la muñeca del visitante.


Tal como estaba previsto en el itinerario, llegamos a Santa Marta el día Sábado 27 de Abril al medio día y nos dirijimos a Taganga al Hostal Pelikan en el cual pasaríamos la noche. Cuatro de los caminantes – las hermanas Argelia y Cecilia Londoño, Yesid Castro y yo- y, Juan “Ecoglobal Expeditions”, llegamos relativamente temprano; nos instalamos sin prisa; mientras esperábamos a Juan Botero y Jesús Gómez, los otros compañeros, Yesid – como una fina atención que quería hacernos a todos- fue a buscar langostas y, efectivamente, compró cuatro o cinco, muy grandes; y en compañía de Juan encontró el lugar en el cual aceptaron prepararlas: Patricia es la dueña y chef de uno de los kioscos ubicados en la playa, y con muy buen sentido del servicio las preparó de una manera exquisita, acompañadas de patacones y el mejor arroz con coco que uno pueda comer: si mal no recuerdo, es el zumo de dos cocos por una libra y media de arroz. Literalmente, nos chupamos los dedos y con piedras quebramos las tenazas de las langostas con el fin de que no quedara absolutamente nada dentro de su “corporeidad”. Este preámbulo era apenas el augurio de la maravillosa experiencia que seguiría posteriormente.


Ciudad Perdida

Para evitar el tráfico de las avenidas principales, el conductor del taxi que nos llevó del aeropuerto a Taganga nos llevó por un barrio de casas de un solo piso, lleno de árboles de mango dulce que en esta época están repletos de frutos que en junio serán la delicia de transeúntes y aves. También observamos bongas gigantescas, por lo menos centenarias. No faltaban los lugareños sentados en el antejardín o en los parques del barrio con los famosos parlantes costeños preparándose para la parranda que va de sábado a domingo.


Cinco de los caminantes ya nos conocíamos, bien fuera en las expediciones a los cerros de Mavecure, al desierto de la Tatacoa, al Salto Ángel en Venezuela, a la Sierra Nevada del Cocuy –siempre con Ecoglobal Expeditions-. El sexto, Jesús Gómez, era el “nuevo” y fue la gran revelación: el número uno en chispa humorística, sentido práctico, aire descomplicado y mirada estética para lograr extraordinarias fotos y captar momentos únicos.


Una vez concluida la cena, fuimos a dormir, no sin antes haber aliviado la carga de los morrales con el fin de dejar en el Hostal una muda limpia para el regreso a nuestras ciudades y lo que para ese momento ya se consideraba superfluo. Aunque esta vez mi morral solo pesaba 5 kilos, incluido uno de frutos secos, bocadillos, etc., me percaté de que podía ser más liviano, de tal suerte que mi equipaje para el ascenso cupo en una bolsa plástica de supermercado, no muy grande. Lo propio hizo Argelia; así las cosas, las dos pudimos llevar un solo morral; a las bolsas plásticas las bautizamos como “el clóset”, de tal manera que durante la travesía ya nos reíamos diciendo “pasáme mi closet que se me perdió…”. Cecilia hizo lo mismo y sus cosas a duras penas ocuparon la mitad del morral. Ni qué decir de las pertenencias de Jesús: en una mirada femenina, no llevaba ni lo “necesario”, pero en el camino se vio que era suficiente.



Ciudad Perdida

Día 1: nos recogió la buseta y fuimos a un lugar en el centro de Santa Marta a esperar durante un rato largo a nuestro guía local: Juan Carlos Castro “Juanca”; mientras tanto tuvimos tiempo de deambular por los alrededores y conocer la iglesia; perdimos la espera pues Juanca se incorporó al grupo en “Machete Pelao”, dos horas después. En la buseta iban otros turistas extranjeros –y dos compañeros muy importantes, encargados de la cocina: Pocho (Jesús Abril) y William. Con mucha complacencia, observamos la cantidad y variedad de mercado que se empacaba en cajas de cartón para ser transportado en las mulas. Cuál no sería mi sorpresa al ver que también había huevos –creo que en los cinco días solamente se quebró uno-. Mientras se adelantaba esta tarea, vimos llegar en mula a una turista extranjera que regresaba hecha un nazareno; estaba en chanclas y sus pies eran una sola llaga, algunas cubiertas con microporo y otras sangrantes y expuestas; no me imagino qué clase de zapatos habría usado; por eso creo que lo mejor es andar siempre “con las botas puestas”.


Ciudad Perdida


Para ese entonces, Argelia, Chila y yo teníamos decidido que bajaríamos en mula para cuidar nuestras rodillas. Con muy buen criterio, como se vio después, Juanca nos aconsejó no apresurarnos, esperar el ascenso y tomar la decisión al regreso, porque había manera de establecer comunicación a través de los radio teléfonos con las comunidades indígenas, asunto que nos sorprendió: todos los indígenas varones mayores llevan colgados un radio teléfono y un transistor (seguramente los jóvenes no saben de qué estoy hablando.


En el trayecto hacia Machete Pelao, en la distancia sobresalía un árbol que en algunos momentos parecía de color amarillo y en otros naranja. Hubo una parada y pude tomar una foto que tal vez es la que más aprecio, aparte de la obligada en Ciudad Perdida haciendo la V de la victoria. Después, encontramos en el camino lo que creíamos eran las “flores”: son de color beige, tienen 5 “pétalos” y una forma tal que puede sostenerse sobre su eje, apoyada en los mismos “pétalos”. El nombre del árbol es bonga. Sin embargo, después de consultar el libro bellamente editado por el Grupo Argos, Savia Caribe y que es el Tomo I de una colección denominada Inventario botánico de Colombia, encontré que este árbol conocido como bonga, es una ceiba pentandra. En la pag. 145 hay dos fotos del árbol: una de color verde y la otra amarilla y las acompaña el siguiente texto:


“Dos ceibas en dos tiempos distintos. La ‘vestida’ de verde ya tiene hojas adultas, mientras la de color amarillo… apenas está empezando a vestirse. Ambas terminarán sin hojas en un proceso en el que en su momento tendrán flores de color blanco. Esto sucede una vez cada año”.


Ciudad Perdida

Retomo el hilo. Cada uno de los caminantes, excepto Juan “Ecoglobal Expeditions”, llevaba únicamente su morral pequeño con el agua, el vestido de baño, la toalla de secado rápido y los zapatos de agua. Habíamos contratado una o dos mulas para llevar el resto del equipaje.


Allí, en Machete Pelao, el almuerzo consistió en deliciosos y livianos sánduches de jamón y queso, con verduras estéticamente servidas, para que cada uno armara el suyo. Además, se nos presentó el recorrido, día por día, con los perfiles de cada uno de ellos y tuvimos 20 minutos para reposar un poco y comenzar el primer ascenso con una duración aproximada de 5 horas.


Ciudad Perdida


Viajar a pie durante 3 o 4 días, según el ritmo de los caminantes, y deteniéndose solo para pernoctar, es parte de la ceremonia. El camino comienza por lugares cuyas laderas han sido deforestadas por los campesinos; sin embargo, cada que se mira el horizonte se observan la selva y el bosque de la Sierra, dependiendo de la altura sobre el nivel del mar; no logramos ver la nieve pero para eso está nuestra imaginación. Me caía cada que apartaba la vista del camino para mirar un árbol, bien fuera un zambo cedro, un caracolí o una bonga o para avistar un pájaro; por fortuna, siempre encontraba la mano amiga de Juanca nuestro guía local, o la siempre presta de Juan “Ecoglobal Expeditions”.


El recorrido se hace en medio la selva húmeda tropical, que es la que se presenta hasta que se llega a 1000 o 1200 msnm; a partir de esa altura empieza el bosque andino (cfr. http://www.parquesnacionales.gov.co/PNN/portel/libreria/php/decide.php?patron=01.201203; consultado mayo 4 de 2014).


La distancia para llegar a Ciudad Perdida Teizhuna es de 24 kms; con el regreso, en total son 48 kms en cinco días. Podría decirse que no es una distancia muy larga, pero hay que contar el tiempo para descansar, comer un tentempié –generalmente fruta- almorzar, tomar una que otra foto, observar árboles y plantas; además el camino tiene ascensos y descensos importantes y cuando de cruzar el río se trata hay que usar los zapatos de agua, secar los pies y calzar nuevamente las botas.


Ciudad Perdida

Una vez se sale de Machete Pelao, la caminata discurre por un pequeño ascenso bordeando la quebrada Rumichaca; antes de iniciar un ascenso de una hora, a la mano izquierda hay una piscina natural que disfrutamos al regreso. Después de ese ascenso de una hora se llega a un merecido descanso en un mirador; sigue un descenso, se pasa por el campamento de Adán y se continúa hasta el campamento de Alfredo, para pernoctar.


Ciudad Perdida

Este recorrido lo vivimos de la siguiente manera: éramos dos grupos que avanzábamos de esta forma: Juanca, de Magic Tours, Juan “Ecoglobal Expeditions” y las hermanas Argelia y Cecilia Londoño, Juan Botero, Yesid Castro, Jesús Gómez y yo; promediando la edad podemos decir que somos personas de 60 años –excepto los dos Juanes. El otro grupo, eran jóvenes de diferentes nacionalidades y cuyo idioma común era inglés. Nosotros salíamos primero y creo que una media hora después partían ellos (supongo que en consideración a la edad). Dicho grupo tenía un guía local y otro que hacía de traductor y también de guía, pues conocía bien el camino.


Juan “Ecoglobal Expeditions” nos había advertido que la jornada más difícil era la primera porque el ascenso de una hora había que abordarlo después del medio día lo cual agotaba bastante; sin embargo, puede decirse que siempre hizo el clima apropiado y esa tarde no fue la excepción: estaba nublada pero sin lluvia. La loma es verdaderamente exigente pues no tiene ningún respiro y como jocosamente decía Jesús en este viaje a pie, a la pregunta de cuánto falta, la respuesta siempre era: 15 minutos. En ese tramo nos sobrepasó el grupo de jóvenes; finalmente llegamos al primer “premio de montaña” donde nos esperaban deliciosos apetitosos y jugosos trozos de sandía, o patilla como se le dice en la región de la Costa.


Ciudad Perdida

El paisaje más cercano, es decir el que bordea el camino, no es el más alentador: se aprecia gran deforestación y además muchas áreas estaban preparadas esperando las lluvias para sembrar los productos que se cultivan allí, en especial café, fríjol, cacao y maíz.


Avanzábamos rápido, en parte, porque nuestro compañero Juan Botero marcaba siempre el paso, siguiendo –palabras suyas- su pulsión de caminar, caminar y nunca detenerse.


Llegamos al campamento alrededor de las 6 de la tarde y tuvimos una grata sorpresa pues había duchas, lavamanos y sanitarios; las hamacas, con cobijas y toldillos impecables y “guindadas” a la altura perfecta.


Nos aprestamos a tomar una ducha, antes de que los mosquitos de esa hora de la tarde hicieran su agosto, para ponernos ropa fresca y limpia –generalmente es aquella con la que se duerme- y proceder a comer.


Ciudad Perdida

Empieza aquí la sorpresa positiva con la alimentación, la que ya se había anunciado con los sánduches bien servidos antes de iniciar el ascenso; en efecto, Pocho y William, nuestros “auxiliares culinarios” siempre iban adelante, de tal manera que cuando llegábamos a los campamentos la alimentación estaba preparada. Esa primera noche nos sirvieron una deliciosa bandeja de sudado de pollo con papas, arroz y la ensalada que nunca faltó. Las porciones eran para más que abundantes de tal manera que acordé con ellos –lo mismo hicieron Cecilia y Argelia- que sirviesen cantidades menores. Sin embargo, también aprendimos que especialmente Juan “Ecoglobal Expeditions” recibía parte de nuestras viandas, convirtiéndose en una especie de “biodigestor”.

Lea aquí la PARTE 2…


www.ecoglobalexpeditions.com

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