Crónica de una expedición sin “pero” Ciudad Perdida Teizhuna (abril 26-mayo 2 de 2014) con Ecoglobal Expeditions PARTE 3

Durante el ascenso pudimos observar los restos de una mapaná que como nos explicó Juanca estaba “engüevada” lo que la hace más peligrosa: uno de los huevos estaba intacto, un poco más grande que el de una codorniz.

Cuando terminábamos el descanso y el rato de silencio, Juanca nos informó que teníamos suerte por varias razones: el Mamo Romualdo estaba allí y había aceptado recibirnos, hablar con nosotros y entregarnos la aseguranza.  El Mamo nos atendió un buen rato y nos explicó que el nombre de la Ciudad es Teizhuna y que era un lugar de energía positiva para ellos; nos dijo de qué forma la observación de la madera del poporo le permitía leer lo que iba a ocurrir; nos mostró, por ejemplo, que había cambiado de color, lo que indicaba que iba a empezar el período de lluvias.  Nos dijo algo muy importante y es que para ellos, “cuando no pegue la cal con la hoja de coca quiere decir que el mundo se va a acabar”.  Nos impusieron la aseguranza a cada uno y terminó nuestra conversación.

Ciudad Perdida

El ascenso de las 1.200 escalinatas no nos pareció tan fuerte como lo imaginábamos; no ocurrió lo mismo con el descenso, pues en muchos de los escaños a duras penas cabe un pie pequeño, de lado.  Al menos Argelia, Chila y yo tuvimos muy buena ayuda de todos los Juanes (Juanca, Juan Botero y Juan “Ecoglobal Expeditions”).

Llegamos al campamento con la alegría de “lo logramos”.  Nos esperaba un reconfortante almuerzo de pasta con “hogao”; durante el mismo, Chila manifestó que a partir de ese momento –es decir para ese día- necesitaría una mula; el descenso de los 1200 escalones había pasado factura;  Juanca le advirtió que solo se conseguiría para el día siguiente y no desde el inicio de la jornada.

Emprendimos el retorno para llegar al campamento MUMAKE.

La acomodación era en camarotes; Juan “Ecoglobal Expeditions” consiguió  para él una hamaca y la colgó cerca

Juan Botero le obsequió a Chila un masaje en los pies y me prometió uno para el día siguiente, promesa que cumplió.  Verdaderamente reconfortante y restablecedor.

Ciudad Perdida

Tuve una mala noche; dormí dos horas.  Hacía mucho calor que luego atribuí al material de espuma de las colchonetas para concluir que en estos lugares lo mejor para dormir es una hamaca bien colgada.  Como a las 3:30  hice levantar a Chila; no había estrellas en el firmamento pero vimos fuego en la cocina; sin embargo, Pocho y William no estaban porque habían vuelto a sus hamacas; así las cosas, Chila se acostó nuevamente a dormir plácidamente y yo quedé librada a mi suerte.  Como ya empezaba el retorno no había de qué preocuparse.

La mejor decisión fue haber regresado en dos etapas.  Esa mañana, los jóvenes, salvo una pareja (Claudia –suiza- y su novio –australiano-) partieron a las 6:30 para llegar ese día a Santa Marta.  Nosotros desayunamos sin prisa y fuimos al río a tomar un baño largo, a nadar un poco y a dejarnos llevar por la corriente en una piscina natural.  En el río cristalino se veían pequeños peces y nos acompañaron dos jóvenes indígenas quienes disfrutaban el agua con la naturalidad que da el que la sientan suya.  Una indígena lavaba su ropa y  cuál sería nuestra sorpresa al verla usar los detergentes que habíamos evitado llevar.  ¿Cuánto tiempo durarán estos ríos tan cristalinos como hoy?

Ciudad Perdida

Día 4: Ese trayecto tiene un fuerte descenso, un ascenso largo y otro descenso larguísimo.  La caminata, obviamente era más pausada y tuve el tiempo suficiente para detenerme simplemente a contemplar el paisaje, los árboles, tomar fotos a los letreros que había visto en el día dos, todo eso sin caerme.

Nos detuvimos en un pequeño poblado donde había mujeres tejedoras y compramos mochilas koguis, tejidas en fique.  En el entretanto, una indígena estaba hilando paciente y silenciosamente una madeja, que ensartaba en el dedo gordo del pie; tomaba varios hilos y los enrollaba con los dedos de la mano usando como apoyo la pierna.  Argelia y yo compramos mochilas –en otro viaje ella me enseñó que cada que se compra el producto hecho por una mujer hay una familia que come varios días-  Juan Botero, otra que, curiosamente, tenía la letra jota.  El color de las rayas de estas mochilas se obtiene con tintes extraídos de plantas y árboles.

Chila iba más adelante en la mula, llevada de cabestro por el indígena Lisímaco; olvidaba decir que el precio no fue barato y no obstante, al poco rato, pretendía dejarla al haberse bajado para cruzar un puente colgante. Obviamente, ella le exigió que la llevara al campamento.

Ciudad Perdida

Fue un día delicioso.  Llegamos al campamento de Alfredo muy temprano, como a las 3 de la tarde.  Almorzamos, creo que fríjoles con salchicha; me disponía a tomar una siesta, previo un baño largo, cuando me percaté de que tenía pegada a mi estómago una garrapata que me dio trabajo arrancar: salí gritando, pues nunca me había pasado y María del Mar, de 11 años, recién llegada donde Alfredo, experta en detectarlas, me quitó como 6;  ahí cundió la alarma y estuvimos todos esculcándonos –Argelia dijo que como buenos descendientes de los chimpancés-.  Cecilia, muy precavida y dulce para estos animales había llevado un insecticida especial que al principio rociaba en nuestras hamacas con algo de pudor, pero a partir de este momento toda la ropa fue fumigada.  Creo que un poco más y nos intoxicamos.  Así las cosas, el tiempo se pasó y a las cinco de la tarde fuimos a visitar la casa de Libardo, también santandereano y hermano de Alfredo, que vive allí desde hace 30 años; cultiva café y cacao en forma totalmente orgánica; nos explicó todo su proceso y nos preparó deliciosas tazas de chocolate y café.  Regresamos a dormir temprano.

Esa tarde Chila estuvo conversando con la esposa de Alfredo y supo que eran santandereanos y habían emigrado hace 30 años, desplazados por la violencia.

Ciudad Perdida

Día 5: desayunamos tarde unos deliciosos huevos con tostadas, mantequilla y mermelada.

El descenso lo hice con Argelia, mientras conversábamos, analizando muchas de las experiencias vividas, ella exponiendo su aproximación sociológica; incluso nos deteníamos para profundizar en algún aspecto, tomar fotos, comentar las impresiones sobre el paisaje, dejar salir a flote la nostalgia que implica el regreso, de tal suerte que cuando llegamos a la piscina natural en la quebrada Rumichaca todos los demás llevaban un buen rato allí.  Hicimos lo propio y disfrutamos las cascadas que masajean la espalda y el cuerpo.  Chila había seguido de largo hacia Machete Pelao en la mula, que esta vez había contratado con Jesús, casi un niño.

Llegamos a Machete Pelao a disfrutar del delicioso almuerzo que había sido ordenado desde el día de la partida.  Todos habíamos pedido pescado frito con patacones y arroz con coco; fue un cierre perfecto, acompañado de cervezas bien frías, mientras escuchábamos en un establecimiento cercano a un recreacionista que trataba de animar una fiesta para los niños pues se celebraba su día.  La música era reguetón y trataba de ser gracioso de la forma más absurda apelando, supuestamente, a palabras en otros idiomas.

Ciudad Perdida

Culminamos esta parte de la expedición con lo que bien podría llamarse una “colombianada”; la buseta que nos llevaría a Taganga no tenía reversa y en un lugar de la carretera tomó un buen rato que el carro que iba subiendo creyera la versión;  cuál sería mi sorpresa al percatarme de que era cierto, pues cuando fuimos al hotel Rancho Relax a dejar a unos turistas, los hombres debieron bajarse para empujar; las carcajadas nuestras todavía deben escucharse en los alrededores.

Cerca de las 5 llegamos al hostal en Taganga; Argelia, Chila y yo tiramos al piso la ropa para separarla en una bolsa con el fin de que posibles garrapatas no se pegaran a las prendas con las que regresaríamos.  Descansamos un poco, nos bañamos con el fin de salir a “nuestra última cena” que no teníamos duda sería donde Patricia.  Yesid muy amable fue a hacer los arreglos previos pero especialmente a encargar el vino blanco que nos ofreció y que esta vez sí podíamos tomar sin restricciones.

Ciudad Perdida

Estábamos todavía arreglando la ropa cuando por fin (!) Juan se hizo presente con el regalo que había “calentado” durante todo el viaje; estamos mal acostumbrados porque siempre tiene un obsequio al inicio, bien sea una cantimplora, o un mug; esta vez era una camiseta con la foto de las terrazas y con esta bella inscripción, que bien podría servir de cierre a este relato:

“… Yo visité Teizhuna, caminé cinco días entre la selva, crucé ríos torrentosos, ascendí más de 1.000 metros y dormí bajo los árboles y las estrellas…”

Era indudable que ese sería el uniforme para la cena.  Casi todos comimos deliciosas cazuelas de mariscos, Argelia anillos de calamar, y Yesid repitió langosta.  Pedimos entradas de cuyas salsas “no dejamos ni el pegado”.  Tomamos unas cuatro botellas de vino; la conversación fue tan agradable como el viaje mismo; Jesús, “nuestro nuevo mejor amigo”, hizo gala de su sensibilidad, y nos dijo cosas hermosas a todos, en una palabra nos abrió su corazón.

Ciudad Perdida

Regresamos a nuestras ciudades de origen al día siguiente después del medio día, no sin antes haber caminado un poco por Taganga –unos más, otros menos- para calmar lo que llamamos “el síndrome de abstinencia”.

El regreso produce nostalgia que solo se atempera con el grato recuerdo de haber compartido esta experiencia con compañeros maravillosos con quienes se generan lazos que aseguran que de manera natural uno seguirá encontrando en estos caminos. Y aunque Juan “Ecoglobal Expeditions” es modesto, me tomo la vocería de todos para hacerle un reconocimiento muy especial, porque como dijo Jesús en un bello escrito que nos envió es un vigilante que de manera silenciosa está siempre presente.

Colofón

Para terminar, nada mejor que una cita tomada del libro Apaporis – Viaje a la última selva de Alfredo Molano y María Constanza Ramírez.  Ed. Planeta, 2002, p. 57

Nada une más que los viajes. En todo camino transitado por varias personas a la vez, asoma un compañerismo a toda prueba, que vive en formas no ajenas a la melancolía.  No en vano el camino de Santiago de Compostela fue el eje sobre el que se construyó el espíritu de Europa a decir de Göethe.  Caminar es conocer, pero también conocerse y compartir limitaciones.  De ahí que todo viaje deje vivo un sueño de cofradía.

Ciudad Perdida

Clemencia Hoyos Hurtado

Medellín, mayo 4-11 de 2014

www.ecoglobalexpeditions.com

Crónica de una expedición sin “pero”: Ciudad Perdida Teizhuna (Abril 26-Mayo 2 de 2014) con Ecoglobal Expeditions

Ítaca, el inmortal poema de Constantino Cavafis (1863-1933), pone en contexto éste y otros viajes.


Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

Pide que el camino sea largo,

Lleno de aventuras, lleno de experiencias.


No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

Ni al colérico Poseidón,

Seres tales jamás hallarás en tu camino,

Si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción

Que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

Ni al salvaje Poseidón encontrarás

Si no los llevas dentro de tu alma,

Si no los yergue tu alma ante ti.


Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

En que llegues -¡con qué placer y alegría!

A puertos nunca vistos antes.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

Y atracar, viejo ya, en la isla,

Enriquecido de cuanto ganaste en el camino

Sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

Entenderás ya qué significan las Ítacas.


Vivo en Medellín y empiezo este relato, dos días después de haber regresado de la expedición a la Ciudad Perdida Teizhuna; el ambiente es propicio para plasmar las emociones, pues en lugar de los torrenciales aguaceros de esta época, hace una tarde espléndida y un cachito de luna se encuentra en la parte alta del firmamento.


Como nos lo dijo el Mamo Romualdo, a quien tuvimos el privilegio de escuchar, y recibir de sus manos la “aseguranza”, Ciudad Perdida es el nombre que los blancos le hemos dado a un lugar que realmente se llama Teizhuna. La “aseguranza” es un hilo delgado con cuatro chaquiras pequeñas en el centro y algo parecido a un ritual la entrega a su esposa quien, casi que con reverencia, la ata a la muñeca del visitante.


Tal como estaba previsto en el itinerario, llegamos a Santa Marta el día Sábado 27 de Abril al medio día y nos dirijimos a Taganga al Hostal Pelikan en el cual pasaríamos la noche. Cuatro de los caminantes – las hermanas Argelia y Cecilia Londoño, Yesid Castro y yo- y, Juan “Ecoglobal Expeditions”, llegamos relativamente temprano; nos instalamos sin prisa; mientras esperábamos a Juan Botero y Jesús Gómez, los otros compañeros, Yesid – como una fina atención que quería hacernos a todos- fue a buscar langostas y, efectivamente, compró cuatro o cinco, muy grandes; y en compañía de Juan encontró el lugar en el cual aceptaron prepararlas: Patricia es la dueña y chef de uno de los kioscos ubicados en la playa, y con muy buen sentido del servicio las preparó de una manera exquisita, acompañadas de patacones y el mejor arroz con coco que uno pueda comer: si mal no recuerdo, es el zumo de dos cocos por una libra y media de arroz. Literalmente, nos chupamos los dedos y con piedras quebramos las tenazas de las langostas con el fin de que no quedara absolutamente nada dentro de su “corporeidad”. Este preámbulo era apenas el augurio de la maravillosa experiencia que seguiría posteriormente.


Ciudad Perdida

Para evitar el tráfico de las avenidas principales, el conductor del taxi que nos llevó del aeropuerto a Taganga nos llevó por un barrio de casas de un solo piso, lleno de árboles de mango dulce que en esta época están repletos de frutos que en junio serán la delicia de transeúntes y aves. También observamos bongas gigantescas, por lo menos centenarias. No faltaban los lugareños sentados en el antejardín o en los parques del barrio con los famosos parlantes costeños preparándose para la parranda que va de sábado a domingo.


Cinco de los caminantes ya nos conocíamos, bien fuera en las expediciones a los cerros de Mavecure, al desierto de la Tatacoa, al Salto Ángel en Venezuela, a la Sierra Nevada del Cocuy –siempre con Ecoglobal Expeditions-. El sexto, Jesús Gómez, era el “nuevo” y fue la gran revelación: el número uno en chispa humorística, sentido práctico, aire descomplicado y mirada estética para lograr extraordinarias fotos y captar momentos únicos.


Una vez concluida la cena, fuimos a dormir, no sin antes haber aliviado la carga de los morrales con el fin de dejar en el Hostal una muda limpia para el regreso a nuestras ciudades y lo que para ese momento ya se consideraba superfluo. Aunque esta vez mi morral solo pesaba 5 kilos, incluido uno de frutos secos, bocadillos, etc., me percaté de que podía ser más liviano, de tal suerte que mi equipaje para el ascenso cupo en una bolsa plástica de supermercado, no muy grande. Lo propio hizo Argelia; así las cosas, las dos pudimos llevar un solo morral; a las bolsas plásticas las bautizamos como “el clóset”, de tal manera que durante la travesía ya nos reíamos diciendo “pasáme mi closet que se me perdió…”. Cecilia hizo lo mismo y sus cosas a duras penas ocuparon la mitad del morral. Ni qué decir de las pertenencias de Jesús: en una mirada femenina, no llevaba ni lo “necesario”, pero en el camino se vio que era suficiente.



Ciudad Perdida

Día 1: nos recogió la buseta y fuimos a un lugar en el centro de Santa Marta a esperar durante un rato largo a nuestro guía local: Juan Carlos Castro “Juanca”; mientras tanto tuvimos tiempo de deambular por los alrededores y conocer la iglesia; perdimos la espera pues Juanca se incorporó al grupo en “Machete Pelao”, dos horas después. En la buseta iban otros turistas extranjeros –y dos compañeros muy importantes, encargados de la cocina: Pocho (Jesús Abril) y William. Con mucha complacencia, observamos la cantidad y variedad de mercado que se empacaba en cajas de cartón para ser transportado en las mulas. Cuál no sería mi sorpresa al ver que también había huevos –creo que en los cinco días solamente se quebró uno-. Mientras se adelantaba esta tarea, vimos llegar en mula a una turista extranjera que regresaba hecha un nazareno; estaba en chanclas y sus pies eran una sola llaga, algunas cubiertas con microporo y otras sangrantes y expuestas; no me imagino qué clase de zapatos habría usado; por eso creo que lo mejor es andar siempre “con las botas puestas”.


Ciudad Perdida


Para ese entonces, Argelia, Chila y yo teníamos decidido que bajaríamos en mula para cuidar nuestras rodillas. Con muy buen criterio, como se vio después, Juanca nos aconsejó no apresurarnos, esperar el ascenso y tomar la decisión al regreso, porque había manera de establecer comunicación a través de los radio teléfonos con las comunidades indígenas, asunto que nos sorprendió: todos los indígenas varones mayores llevan colgados un radio teléfono y un transistor (seguramente los jóvenes no saben de qué estoy hablando.


En el trayecto hacia Machete Pelao, en la distancia sobresalía un árbol que en algunos momentos parecía de color amarillo y en otros naranja. Hubo una parada y pude tomar una foto que tal vez es la que más aprecio, aparte de la obligada en Ciudad Perdida haciendo la V de la victoria. Después, encontramos en el camino lo que creíamos eran las “flores”: son de color beige, tienen 5 “pétalos” y una forma tal que puede sostenerse sobre su eje, apoyada en los mismos “pétalos”. El nombre del árbol es bonga. Sin embargo, después de consultar el libro bellamente editado por el Grupo Argos, Savia Caribe y que es el Tomo I de una colección denominada Inventario botánico de Colombia, encontré que este árbol conocido como bonga, es una ceiba pentandra. En la pag. 145 hay dos fotos del árbol: una de color verde y la otra amarilla y las acompaña el siguiente texto:


“Dos ceibas en dos tiempos distintos. La ‘vestida’ de verde ya tiene hojas adultas, mientras la de color amarillo… apenas está empezando a vestirse. Ambas terminarán sin hojas en un proceso en el que en su momento tendrán flores de color blanco. Esto sucede una vez cada año”.


Ciudad Perdida

Retomo el hilo. Cada uno de los caminantes, excepto Juan “Ecoglobal Expeditions”, llevaba únicamente su morral pequeño con el agua, el vestido de baño, la toalla de secado rápido y los zapatos de agua. Habíamos contratado una o dos mulas para llevar el resto del equipaje.


Allí, en Machete Pelao, el almuerzo consistió en deliciosos y livianos sánduches de jamón y queso, con verduras estéticamente servidas, para que cada uno armara el suyo. Además, se nos presentó el recorrido, día por día, con los perfiles de cada uno de ellos y tuvimos 20 minutos para reposar un poco y comenzar el primer ascenso con una duración aproximada de 5 horas.


Ciudad Perdida


Viajar a pie durante 3 o 4 días, según el ritmo de los caminantes, y deteniéndose solo para pernoctar, es parte de la ceremonia. El camino comienza por lugares cuyas laderas han sido deforestadas por los campesinos; sin embargo, cada que se mira el horizonte se observan la selva y el bosque de la Sierra, dependiendo de la altura sobre el nivel del mar; no logramos ver la nieve pero para eso está nuestra imaginación. Me caía cada que apartaba la vista del camino para mirar un árbol, bien fuera un zambo cedro, un caracolí o una bonga o para avistar un pájaro; por fortuna, siempre encontraba la mano amiga de Juanca nuestro guía local, o la siempre presta de Juan “Ecoglobal Expeditions”.


El recorrido se hace en medio la selva húmeda tropical, que es la que se presenta hasta que se llega a 1000 o 1200 msnm; a partir de esa altura empieza el bosque andino (cfr. http://www.parquesnacionales.gov.co/PNN/portel/libreria/php/decide.php?patron=01.201203; consultado mayo 4 de 2014).


La distancia para llegar a Ciudad Perdida Teizhuna es de 24 kms; con el regreso, en total son 48 kms en cinco días. Podría decirse que no es una distancia muy larga, pero hay que contar el tiempo para descansar, comer un tentempié –generalmente fruta- almorzar, tomar una que otra foto, observar árboles y plantas; además el camino tiene ascensos y descensos importantes y cuando de cruzar el río se trata hay que usar los zapatos de agua, secar los pies y calzar nuevamente las botas.


Ciudad Perdida

Una vez se sale de Machete Pelao, la caminata discurre por un pequeño ascenso bordeando la quebrada Rumichaca; antes de iniciar un ascenso de una hora, a la mano izquierda hay una piscina natural que disfrutamos al regreso. Después de ese ascenso de una hora se llega a un merecido descanso en un mirador; sigue un descenso, se pasa por el campamento de Adán y se continúa hasta el campamento de Alfredo, para pernoctar.


Ciudad Perdida

Este recorrido lo vivimos de la siguiente manera: éramos dos grupos que avanzábamos de esta forma: Juanca, de Magic Tours, Juan “Ecoglobal Expeditions” y las hermanas Argelia y Cecilia Londoño, Juan Botero, Yesid Castro, Jesús Gómez y yo; promediando la edad podemos decir que somos personas de 60 años –excepto los dos Juanes. El otro grupo, eran jóvenes de diferentes nacionalidades y cuyo idioma común era inglés. Nosotros salíamos primero y creo que una media hora después partían ellos (supongo que en consideración a la edad). Dicho grupo tenía un guía local y otro que hacía de traductor y también de guía, pues conocía bien el camino.


Juan “Ecoglobal Expeditions” nos había advertido que la jornada más difícil era la primera porque el ascenso de una hora había que abordarlo después del medio día lo cual agotaba bastante; sin embargo, puede decirse que siempre hizo el clima apropiado y esa tarde no fue la excepción: estaba nublada pero sin lluvia. La loma es verdaderamente exigente pues no tiene ningún respiro y como jocosamente decía Jesús en este viaje a pie, a la pregunta de cuánto falta, la respuesta siempre era: 15 minutos. En ese tramo nos sobrepasó el grupo de jóvenes; finalmente llegamos al primer “premio de montaña” donde nos esperaban deliciosos apetitosos y jugosos trozos de sandía, o patilla como se le dice en la región de la Costa.


Ciudad Perdida

El paisaje más cercano, es decir el que bordea el camino, no es el más alentador: se aprecia gran deforestación y además muchas áreas estaban preparadas esperando las lluvias para sembrar los productos que se cultivan allí, en especial café, fríjol, cacao y maíz.


Avanzábamos rápido, en parte, porque nuestro compañero Juan Botero marcaba siempre el paso, siguiendo –palabras suyas- su pulsión de caminar, caminar y nunca detenerse.


Llegamos al campamento alrededor de las 6 de la tarde y tuvimos una grata sorpresa pues había duchas, lavamanos y sanitarios; las hamacas, con cobijas y toldillos impecables y “guindadas” a la altura perfecta.


Nos aprestamos a tomar una ducha, antes de que los mosquitos de esa hora de la tarde hicieran su agosto, para ponernos ropa fresca y limpia –generalmente es aquella con la que se duerme- y proceder a comer.


Ciudad Perdida

Empieza aquí la sorpresa positiva con la alimentación, la que ya se había anunciado con los sánduches bien servidos antes de iniciar el ascenso; en efecto, Pocho y William, nuestros “auxiliares culinarios” siempre iban adelante, de tal manera que cuando llegábamos a los campamentos la alimentación estaba preparada. Esa primera noche nos sirvieron una deliciosa bandeja de sudado de pollo con papas, arroz y la ensalada que nunca faltó. Las porciones eran para más que abundantes de tal manera que acordé con ellos –lo mismo hicieron Cecilia y Argelia- que sirviesen cantidades menores. Sin embargo, también aprendimos que especialmente Juan “Ecoglobal Expeditions” recibía parte de nuestras viandas, convirtiéndose en una especie de “biodigestor”.

Lea aquí la PARTE 2…


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Caminata hasta la Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta (y el regreso)

Texto: Blanka Pesinova

Blanka nació en la antigua Checoslovaquia, en la bella ciudad de Praga. La conocí cuando vivió en Bogotá siendo la esposa del embajador de Bélgica en Colombia. Incansable caminante y viajera, vivió en Inglaterra, Australia, Filipinas, Suiza (donde le tomó gusto a caminar por las montañas), Bélgica, Ecuador, Yugoslavia, Holanda, Siria y por supuesto Colombia, donde viajó y conocio más que muchos de nosotros que nacimos y vivimos aquí, y donde tuve el gusto, muchas veces, de ser su guía.

Bogotá, octubre 2009

Desde mi llegada a Colombia en el otoño de 2006, he escuchado hablar de una de las maravillas del país –Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta-, y cuando la Embajada de Francia en Bogotá me invitó a participar en la caminata a este sitio, me dieron muchas ganas pero pensé que no sería capaz de hacerla. Había caminado bastante toda mi vida por muchas partes del mundo, pero nunca seis días seguidos sin el confort de un hotel y nunca había pasado la noche “bajo las estrellas” y mucho menos en una hamaca. Después de haber titubeado todo el mes, me dije: “Si me atrevo, es posible, que me arrepienta durante los seis días, pero si no me atrevo, voy a arrepentirme toda mi vida”, y me comprometí.

Blanka en la Chiva

Blanka en la Chiva

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