Edson Velandia: crónicas amargas para endulzar los oídos

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De niño era cabezón, “un enano mal hecho” decían por ahí. Nació el 19 de noviembre de 1975 en Bucaramanga. Inquieto, gritón y gran dibujante. La música para ese tiempo de travesuras y suciedad en las manos no era ni un camino, ni un placer.

Solo hasta sus 15 años apareció la música, en forma de vals, como un castigo por ser indisciplinado en su colegio. Lo escogieron a dedo como venganza por sus múltiples travesuras para representar a su grupo en un concurso musical. En los parlantes sonaba Tiempo de vals de Chayanne, la canción infaltable para toda quinceañera, esta vez en la voz de Edson. Ese castigo fue divino, en ese momento inició su romance con la música. “Debo agradecerle mucho a Chayanne, me permitió conocer la magia que hay entre la melodía y la armonía, el misterio que se siente cuando uno canta. Esa sensación me puso los pelos de punta. Pocas veces en la vida voy a volver a sentir lo mismo”.

Velandia me contó esta hazaña curiosa y paradójica un martes en la mañana, luego de día festivo. No paramos de reír, mientras su vida se hacía verso entre dos micrófonos encendidos. Las risas e historias aparecieron en su boca. Sus manos no pararon de moverse, se quitó su boina roja 4 veces, la misma que hacía juego con sus pantalones de colores indescifrables. Y aunque no tenía guitarra, los versos y el humor inteligente le salían de la boca, como preparados con anterioridad.

En Bucaramanga, en los años ochenta, luego de un curso corto de guitarra, con los primeros tres acordes que le enseñaron: re, la y sol, Edson hizo su primera canción. No recuerda cómo era, pero en su memoria quedó un coro que gritaba “porquería”.

Luego de más de 20 años de esta historia, Edson vive en el campo al lado de su esposa y sus dos hijos, Naira y Luciano, a quienes educa bajo su mismo método, en casa y con amor. Allí, a 60 minutos caminando del centro de Piedecuesta en Santander, en su casa de campo, Edson demuestra que se le puede hacer canciones al acto más simple. Ha creado música maravillosa para el país; rebelde, grosera, cercana, real. Crónicas cantadas, con guitarra y con una voz a la que no le da miedo atreverse a ser diferente en un país godo y tradicional.

Este pirómano de bibliotecas, este karateca de la guitarra, este trovador de la calle y acróbata de la vida que tiene agrieras en el pensamiento y náuseas en la conciencia, es una genialidad musical de nuestro país. Si Argentina tiene a Les Luthiers, nosotros tenemos a este vagabundo cancionista. Se levanta temprano y en vez de trotar “como un bobo” se va caminando hasta el pueblo a mercar para el almuerzo. En este trayecto, mientras camina, mientras se alimenta de todo lo que ve, crea sus crónicas, sus fábulas musicales que han endulzado los oídos de todos los que buscan una forma atípica de oír la vida.

Le pregunto por su sonido preferido.

– El grito ¡Papá! de mi hija.

¿Y él que más le molesta? – Ese mismo. Ríe a carcajadas.

¿Un libro? – El libro gordo de petete.

¿Una canción? – Mula Hijueputa, de Octavio Mesa.

¿Película? -Por mis pistolas, Cantinflas.

¿Un viaje? -Volver al futuro.

¿Una guitarra? -La guitarra verde que mi papá le prestó a José Ordóñez padre y nunca la devolvió..

Satisfaction. Conversaciones con el rock (Presentación en Medellín)

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Nace un nuevo libro, una nueva historia sonora para el mundo de la música y del rock: Satisfaction: Conversaciones con el rock.   En este libro el lector encontrará testimonios, historias y anécdotas de más de medio siglo de evolución de la música y la industria discográfica. También el legado de grandes bandas del rock como Led Zeppelin, Pink Floyd, The Rolling Stones, Queen, Deep Purple, The Doors, Def Leppard, Toto, The Who, Genesis, Cream, Yes, entre otros. El autor del libro ha perseguido durante más de diez años a los 30 personajes que dan vida a este libro: músicos, productores y mánagers bendecidos con una memoria prodigiosa y una generosidad infinita. El resultado son las conversaciones íntimas y sinceras con los grandes del rock que usted siempre ha querido conocer.

Incluye entrevistas con: Jack Bruce (Cream), Roger Daltrey (The Who), Robert Plant (Led Zeppelin), Alan Parsons, Steve Lukather (Toto), Brian Eno, Phil Manzanera (Roxy Music), Vivian Campbell (Def Leppard), Noel Gallagher (Oasis), Lisa Fischer (corista de los Rolling Stones), Jon Anderson (Yes), Nick Mason (Pink Floyd), Geedy Lee (Rush), entre otros.

“Una cosa es leer manuscritos o borradores y otra muy distinta disfrutar de los libros ya impresos. Un gustazo tener en mis manos un ejemplar de “Satisfaction. Conversaciones con el rock”. Una edición impecable. Por su diagramación, por su estilo, por su discografía, por su erudición, por su humor y a pesar del exceso de dedicatorias, debo confesar que se trata de uno de los mejores libros sobre rock publicados en Colombia”. Sandro Romero Rey

“Pet Sounds, de The Beach Boys. Ese fue el álbum que cruzó el puente y puso a nuestra música a la altura de los maestros reconocidos. A partir de Pet Sounds, la música pasó a ser una sola y nosotros dejamos de ser los vándalos de la esquina”. Andrew Loog Oldham (primer mánager de los Rolling Stones)

“Decir adiós a los grandes escenarios, a los gratos momentos y los mejores recuerdos de aquellos días junto a Jimmy Page fue algo determinante para proyectar mi carrera de otra manera”. Robert Plant (Led Zeppelin).

 

Satisfaction de Jacobo Celnik. 

Convoca: Penguin Random House.

Viernes 9 de septiembre

8:00 p.m. Auditorio Salón Restrepo Jardín Botánico

Cuando la música necesita más PLAY


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Tocar, reproducir y también JUGAR son las acepciones que le podríamos dar a play, esa palabra que también usamos de manera coloquial para referirnos a lo gomelo, o refinado. Pero acá vinimos fue a hablar de música, o ni siquiera de eso. Más bien, hablar de lo que le falta o le empezó a faltar a la música, a lo que perdió en su juego por sobrepasar el tiempo, las crisis económicas, los cambios de la industria, los relevos generacionales y el destructor y ruidoso ego.

¿Hace cuánto no juegan con la música? ¿Hace cuánto no le dan a los tambores, a las guitarras, al bajo y al piano, como un niño disfrutando de un caramelo interminable?

De eso se trata, de la música como un juego, como una diversión, como una alegría para la vida. De tocar por que sí, porque se siente, porque hace falta el sonido, porque las cuerdas llaman, porque las teclas gritan. Esas situaciones que parecen absurdas e infantiles solo las percibe quien de verdad vive la música. ¿Por qué ponerle nombre a una guitarra? ¿Por qué decir que nuestra vida puede resumirse en canciones? ¿Por qué gastar dinero en discos, en conciertos? ¿Para qué pasarse la vida componiendo? A eso juegan los que creen, los que sienten el sonido en cada poro, en cada cabello. Y eso de “jugar”, espero lo entiendan en el buen sentido de la palabra.

Play music, como una forma de incitar, de llamar, de vivirlo de manera divertida. Lastimosamente ahora eso poco se ve. Pero lo que sí se ve en muchos músicos, “no todos” para no entrar en generalidades polémicas, es el rimbombante destello efímero de crear música, de hacer una banda como si hiciera parte de una moda pasajera que nos vendieron las secciones de entretenimiento. Muchos ahora se dedicaron a crear bandas para figurar, para que la gente les pida fotos, autógrafos o los reconozcan en la calle, para conquistar a pretendientes deseosos de fama, para lucir sus mejores gafas, para reconocerse entre los demás como mejores, como intocables, como artistas en medio de las luces. Lo peor de todo es que mucha gente no nota eso, y sigue en ese círculo vicioso de una fama efímera y llena de vacíos artísticos; lastimosamente, la gente admira más la arrogancia que la sencillez, cuando de música se trata.

Play para vivir, play para disfrutar, play, play, P-L-A-Y para la música. Eso necesitamos. Pensar menos en la fama, menos en el dinero y más en la creación sincera de los sentimientos con la música. Necesitamos más músicos en escenario disfrutando su arte, sus canciones, su espectáculo frente al público. No se trata de cumplir horarios o compromisos, se trata de vivir de lo que se ama. Con seguridad que si se practica ese ideal de vida: “hacer por gusto”, todas esas cosas llegarán solas, y lo mejor, ya no importarán. Se sobreentiende que la música también significa sustento para muchos, pero eso no implica que el disfrute pase a un plano menos importante.

Cuando no existía una industria artística consolidada, la música se disfrutaba con las vísceras, con todo el amor, se gozaba; ahora que hay una gran industria que maneja mucho dinero, la música perdió brillo y se desvió por el lado fantasioso que legitimaron las cámaras y la fama en la actualidad, mucho maquillaje alrededor. Mucho excel, fotografías, redes sociales, fiestas y reuniones. El equilibrio es necesario, este asunto también requiere de ensayos, composición, escucha y mucha pasión por el sonido, así las dos visiones sean válidas. El disfrute, los conciertos y las canciones como la misma vida se convierten en un cuarto de hora, en un One Hit Wonder que no podemos desperdiciar.

Esteman: entre el baile, el caos y lo bello

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Una rosa quedó en su saco de gala luego del concierto en el que cantó y bailó por más de una hora, se percató de ella al llegar al hotel. Un par de retoques frente al espejo y estuvo listo para celebrar la noche, la vida, las canciones, sus canciones. Al llegar al lugar, la tambora, el güiro, los pregones y las trompetas no paraban de sonar. La gente sudaba, y como trompos, giraba en las baldosas de color rojo. Sin pareja, y con las manos sueltas, Esteban empezó a bailar, como si no hubiese sido suficiente con lo que ya había bailado y cantado unas horas antes frente a un auditorio repleto de gente.

En el teatro, sonrió con cada nota, saltó de lado a lado de felicidad, bajó en dos oportunidades del escenario y cantó con la multitud. No cerró sus ojos para poder ver los ojos de los demás brillando con su voz, con sus historias, con su sonido y su propio sueño repleto de canciones que ha consolidado en dos hermosos discos: Primer Acto y Caótica Belleza. Su primer paso se llamó “No te metas a mi Facebook” y aunque no refleja fielmente su sentir estético y poético, se convirtió en un fenómeno viral en todo el mundo.

Esta es la esencia de un personaje que siempre viste bien, que mide 1.80, que monta bicicleta y juega tenis. Su nombre: Esteban Mateus Williamson, así lo conozcan como Esteman, un personaje que ríe con facilidad, que aprendió a bailar por su familia y que por fortuna, está haciendo el sueño de su vida con la música.

– A ver Esteban, siga el ritmo de esta canción -Decía su abuela, mientras lo tomaba por las manos y lo hacía mover, así el niño no diferenciara ni el tipo de música que escuchaba. Y luego, a través de los años vio bailar a su papá, su mamá y a sus abuelos que eran unos expertos y enamorados del tango.

La primera canción que le abrió el mundo y le voló la cabeza, fue Scarborough Fair de Simon And Garfunkel, una pieza que acompañaba a la familia en los largos viajes de carretera cuando aún era un niño. Esta canción aún está pegada al lado izquierdo de su pecho.

Todas estas historias de baile y música, configuran un sueño de vida llamado Esteman, quizá una de las propuestas sonoras con más proyección a nivel continental. La banda, la imagen, el concepto y el sonido en vivo son cuidados con el rigor de quien quiere ofrecerle a su público algo realmente bueno.

Siempre que lo veo en un escenario cantando sus canciones, pienso en la figura del gran Michael Jackson, y aunque las comparaciones son arriesgadas, atrevidas y para muchos odiosas, me es imposible no pensarlo. La música, las coreografías, los colores, el atuendo… ¿El Michael Jackson latino? Sonríe, me agradece y me responde que no. Aunque acepta que la comparación lo halaga.

Esteman es un músico al que no le da miedo atreverse a explorar, a ofrecer experiencias en sus conciertos y a reinterpretar los sonidos con los que creció. Ha compartido estudio de grabación y escenarios con grandes como Carla Morrison, Andrea Echeverri, Natalia Lafourcade, Monsieur Periné, Li Saumet, y a pesar de esto, su sueño con el arte, va más allá de vivir de la música, para él, consiste en lograr que la gente haga propias sus canciones.

Su camino apenas empieza, las grandes cosas apenas vienen, y él, con calma, sigue diciendo que lo único que quiere es bailar y cantar para toda la vida.

¿Se acabaron las ganas de hacer conciertos?

Foto por Juan Fernando Ospina
Foto por Juan Fernando Ospina

Foto por Juan Fernando Ospina

Recuerdo con cariño y nostalgia la esencia del punk que me tocó vivir. Una historia que no tuvo sonido en HD, instrumentos de alta gama, conciertos con boletería de empresas recaudadoras, ni discos con carátulas ilustradas. Menos, grandes tarimas giratorias ambientadas cromáticamente con luces inteligentes y con ingenieros de sonido experimentados. Con lo que sí se contaba era con amigos con cientos de “casetos” para regrabar encima de cintas de ranchera, vallenato y hasta chistes; también, pinturas para diseñar las camisetas que la cabeza imaginara, hilo para coser los parches en las chaquetas o morrales, y en definitiva, unas ganas incontrolables de ´pantanear` la ciudad y vivir el sonido que en ella habita. De bus en bus, de sur a norte, se iba por un concierto, cd, casette o longplay.

20 de julio del año 2003, concierto de la Falsa Independencia en el barrio Manrique, un parche creado por uno de los punkeros vieja guardia de la ciudad conocido como “El canoso”, casi nadie sabía que su nombre era Jorge. Este autogestionado festival se realizó en una cancha de microfútbol, sin tarima. Todos en el asfalto: el sonido, los instrumentos, los músicos y el público.

El lugar estaba repleto, y la publicidad fue a través de fanzines y del voz a voz que circulaba en todos los ejes latitudinales de la ciudad. Los postes y las paredes de Medellín eran el mejor altoparlante.

La expectativa que tenía en mi corazón por este concierto era tan gigante como mis nervios. Ese día debutaría como baterista en un grupo de punk en el que venía tocando desde hacía algunos meses, su nombre era “Presos de Libertad”, no sonábamos bien, no éramos virtuosos ni especialistas en el sonido, pero nos gustaba hacer ruido, vivir de cada guitarrazo y además de todo eso, pasábamos bueno. Mi vida corría peligro, o por lo menos mi integridad física, tenía tres advertencias: dos naranjas y un tomate, esa era la amenaza si me equivocaba en alguna canción. En el público me vigilaban dos francotiradores con crestas y camisas anárquicas.

Ya era el momento de subir a escena, en tarima estaba “La Pugna”, una banda fuerte, con el gutural como estandarte y con un baterista que sí tocaba de verdad. Me llené de miedo. Antes de acabar su concierto, tres patrullas y siete motos de la Policía llegaron de manera agresiva a apagar el sonido, el concierto no tenía permiso. Los punkeros indignados empezaron a reprochar. Algunos de ellos fueron a dar a los calabozos, otros recibieron bolillazos, el concierto no llegó ni a la mitad y por mi parte no pude debutar en vivo con mi banda de punk.

Esta es una historia que no olvidaré nunca, y que como dije inicialmente, extraño con nostalgia, pues ahora son pocos los conciertos de este tipo, la esencia de la música en vivo ha tomado otro matiz, ya que si los músicos no son invitados con todo el protocolo a grandes festivales pagados por Alcaldía, Gobernación o alguna empresa privada, no vale la pena, no tiene validez, ni para hoja de vida, ni para la vida misma.

Pareciera ser que los conciertos pequeños, cercanos, guerreros, ahora no son bien vistos ni por músicos ni por público ¿Dónde quedó la esencia de la música? ¿Desde cuándo el Estado es el que nos dice cuándo debemos hacer música? Solo por hablar de un ejemplo y de un teatro en el país, el Carlos Vieco sonaba por la iniciativa de los músicos, no por la del político de turno.

Es claro que el paso por festivales de gran producción y cientos de asistentes, es el sueño de todo músico que quiere profesionalizarse, es una apuesta que he defendido, además, la internacionalización es importante y vital para ser competitivos en la actual industria musical, pero ojo, esto no es lo único. Los procesos se deben ver reflejados en las agrupaciones, y la esencia de la música no se debe perder: sonar a toda costa, sea en un garaje o en una tarima repleta de cámaras y luces.

Los tiempos han cambiado, la forma de vivir la música también, pero el ‘hazlo tú mismo’ es un concepto que no va a pasar, que hace parte de la vida misma. Por eso celebro que existan iniciativas de festivales independientes y espacios donde suena la música, sea en el lugar que sea, y con el presupuesto que se tenga.

Si no haces parte del festival, hazlo, el no depender nos enseña a tener libertad. Los espacios pasan, la música queda y debería seguir sonando a la par del corazón.

Camilo Suárez, una aguja por el surco del asfalto

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Vestía camiseta roja, con una “CH” encerrada en un corazón, y aunque no era un chapulín, no paraba de agitar las manos y de moverse para alentar al público, saltando de lado a lado como una pelota de hule en ese escenario repleto de rock. Usaba un chipote chillón para detener el tiempo: con un golpe se detenían los músicos y el público, y con dos, formaba una fiesta protagonizada por las melenas, los gritos y el olor a juventud. Para los que vivieron este momento, seguro lo tendrán grabado en su memoria.

A ese personaje caricaturesco, llamado Juan Camilo Suárez Roldán Martínez, le decían “Burro”, cuando entre risas en la tarima, presentaban a la banda llamada Bajo Tierra, como la quebrada Santa Elena pasando por la avenida La Playa. Su sonido, sin mucha pretensión, impactaba, y cantaba historias que los muchachos no paraban de tararear, de silbar, de bailar. Bajo Tierra le cambió el horizonte sonoro, el presente y el futuro al rock colombiano.

Paralelo a esta banda, la voz del Burro sonaba en Los Cucuyos, una banda integrada por Federico López, Lucas Guingue, Jaime Pulgarín “Papo” y Pedro Villa, de la que hoy sacaríamos una gran agrupación de rock nacional. Ellos alumbraban su sonido con covers de The Clash y otras bandas que resonaban en su cabeza. Y antes, este personaje también debutó en Cancerbero, una banda creada en 1987, con la sonoridad propia de la época, de los instrumentos hechizos y las ganas frenéticas de rocanrol.

Años después, El Burro aparece como un maduro parlanchín del rock, con menos cabello en su cabeza, más delicadeza y elegancia en sus movimientos, y con un atuendo digno de todo un don. Sus nuevas historias se materializan en la agrupación Parlantes, y con ella, nos sigue cumpliendo sueños sonoros a los amantes del rock hecho entre montañas.

Hablamos a través de un chat un miércoles en la noche. Le pregunto si le molesta, si le gusta chatear. Responde con un no y sonríe con una carcajada que no suena en la pantalla: “Normal, mejor conversar. Aquí la cerveza es en muñequitos, ¡salud!”.

Le pregunto por la primera canción que le voló la cabeza pero no la recuerda. “Es muy difícil hacer memoria de ese momento, porque justamente me voló la cabeza”. Sin embargo, la pregunta lo remite a la casona amplia donde creció al lado de sus padres, en el barrio La Castellana en Medellín, donde antes todo eran mangas. Allí escuchaba música en un radio viejo azul, lo último en tecnología, dos pilas pequeñas y a sonar. El radio pasó por sus manos pero también por las de Zunilda, Rosario, Matilde y Ofelia, las señoras que cocinaban y limpiaban la casa. En su barrio escuchó a “Perales”, el pregonero que pasaba cantando cuanta melodía se le atravesara. Esas tonadas a alto volumen le cambiaron el mundo, y fueron, quizá, las primeras que le volaron la cabeza.

¿Por qué Burro? “Dicen, porque soy de carga y paso fino, por el villancico y por el malevo Cambalache ‘lo mismo un burro que un gran profesor’.”

Él, un candidato a doctor por lo que lee y escribe, es un maestro en el arte de hacer canciones y convertirlas en historias de ciudad y en himnos generacionales que se cantan con el corazón. Otra cerveza en emoticón, un abrazo a la distancia y un chat que se cierra a las 9:12 de la noche.

Como músico, letrista y cantante, Camilo se apropia de la ciudad y de sus historias, mientras que con sus manos canta lo que su boca va narrando. El Burro le hace guiños a la poesía, a los escritores, a los vendedores de ciudad, a las historias escondidas bajo la clandestinidad de los semáforos. Su rol se vuelve canto peregrino, pregón de calle con el glamour que solo da lo que ha leído, lo que ha cantado, lo que ha vivido, como un disco rayado, como un canto rayado, como un canto rodado, como un judío errante que canta los pasos, como una aguja por el surco del asfalto.

¿Ya no tenemos tiempo para la música?

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Me acomodo y preparo la rutina de ademanes para empezar a escribir; un café doble, las gafas limpias, la ventana abierta con vista a las montañas, e inserto el disco The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Transcurren algunos minutos de la inolvidable y maravillosa “Speak to Me” y mi mente, en vez de quedar en blanco como pasa muchas veces cuando me siento a escribir, empieza a generar imágenes que solo el sonido inconfundible de Pink Floyd puede generar. No escribo ni una palabra, me dedico a escuchar.

42 minutos y 45 segundos después, al terminar de escuchar el disco, abro el computador y empiezo. Lo primero que escribo son preguntas: ¿Ya no tenemos tiempo para la música?, ¿nos cansamos de escuchar discos? La respuesta lastimosa es SÍ.

Las nuevas dinámicas de la música ahora responden a los llamados “sencillos”, que son una respuesta inteligente y comercial al público que ya no tiene tiempo, que consume inmediatez, que es práctico, que tiene un mar de posibilidades y por eso selecciona de acá y de allá, como haciendo zapping, pasando desapercibido por historias sonoras completas.

También pienso en el disco que acabo de escuchar, y entiendo que no se puede dividir, que sería perder la comprensión de la obra artística, perder la magia y la idea real del compositor, sería como tratar de mirar una pintura a la mitad, leer un libro saltando palabras, o ver solo el final de una película.

El disco, en muchas ocasiones, no en todas, es creado como una pieza artística completa, de inicio a fin, para escucharse de esa manera. Pero es innegable, las cosas han cambiado y los oídos y la mente ya no funcionan igual. ¿Qué hacer?, ¿qué riesgos deberían tomar los creadores de música?, ¿qué hará falta? Quizá, pasar simplemente de hacer música y depositarla en un cd, y pensar en conceptos, en formas de llegar al oyente de maneras atractivas y distintas a las que todo el mundo usa. Si la dinámica cambió hay que cruzar la raya, transgredir y arriesgarse a nuevas cosas, ahí podría estar la respuesta. Es probable que se le muestre al oyente que no tiene tiempo, que es importante regalarse el rato, o al que busca solo lo que necesita, que hay otras opciones, pues es muy fácil encontrar contenido en el mar de posibilidades de la web, pero tal vez, posibilidades llenas de basura.

Si antes escuchábamos las piezas completas porque nos tocaba, y era una práctica maravillosa que pocos seguimos frecuentando, si antes observábamos los librillos porque era sentir que se atravesaba el umbral estético de la obra musical, si antes escuchábamos una canción, y ella misma nos arrastraba a querer saber qué más continuaba, ¿cómo será regresar a eso?, ¿se venderían y comprarían más discos?, o mejor, ¿se apreciarían más obras de arte? Éste solo es un llamado para quién lo quiera recibir, un llamado respetuoso y melancólico a los músicos para que piensen en su música como una obra de arte completa, y a los seguidores, para que regresen a la pasión mágica y verdadera de escuchar música.

Cuando Andrea Echeverri me sacó la lengua

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Este, es un relato personal, un día con una flor aterciopelada.

Su cabello ya no era rubio, y aunque había crecido más que en los días frenéticos del año 1995, su longitud, con algunas canas, no alcanzaba sino hasta el nivel de sus orejas. Sus tatuajes estaban intactos, al igual que su voz, la misma que desde entrados los años noventa engalanó con toda la sinceridad nuestro rock colombiano.

Sí, hablo de Andrea Echeverri, la florecita rockera que supo sacarle la lengua a todo un país, la que le cantó sus verdades, y las puso en la mente y corazón de miles de personas. Ella, más que la voz femenina del rock colombiano, es el símbolo de una generación que, a través del arte, construyó posibilidades para encontrarnos en el amor.

Al verla de lejos, mientras se acerca, pienso en decirle todo lo que siempre tuve guardado, todo lo que decenas de personas le querrían decir. Pensé en fotos, en abrazos, en canciones, pero solo puede saludar cortésmente y seguir mi camino junto a ella en silencio. Eran las 7 de la mañana, y el trabajo no daba espera. De televisión a radio, luego a prensa y por último un recorrido por Medellín, una ciudad que le guarda amores y, así muchos no sepan, que también la vio crecer en algún momento de su niñez.

Diego quiero caminar ¿Sumercé va conmigo?

Pero, es pleno centro Andrea. – Responde su manager.

No importa, vamos.

Se detiene en cada esquina, saluda, recibe y entrega sonrisas. Hasta ella misma se saca una foto para uno de sus afortunados seguidores.

Recorrió las calles de Medellín como su propio barrio, como un caminante más; no porque no la reconozcan, sino porque no genera distancia con la gente, por el contrario, le gusta estar cerca. Yo seguía en silencio tras su paso, hasta que el rocanrol hizo de las suyas, y rompimos el hielo. Revivió las historias rockeras de La Peste, Ekhymosis, Estados Alterados, Bajo Tierra y Rodrigo D, mientras cantábamos canciones caminando por Junín. Todas las cantó, se las sabía. Su discurso es coherente; en las canciones, en las conversaciones y en la vida real. Es una mujer sin estuche.

Luego de más de 20 años de carrera musical, de pasar por el punk, el rock, el pop y la balada, Andrea, la aminoácida, rechinante y reluciente florecita del rock colombiano, está más vigente que nunca. Y aunque su registro vocal, mezzosoprano, impresione a más de un académico del canto lírico en el mundo, eso es lo que menos importa, o por lo menos a ella. Lo verdaderamente relevante es que su vida se ha reflejado en sus canciones, y su símbolo de mujer rock es el más claro ejemplo de sinceridad estética, musical y humana. Ese camino que decidió seguir debería ser inspiración para más mujeres; menos labial, menos laca y más corazón.

La fidelidad de su creación ha sido vivida, paso a paso, nota a nota, palabra a palabra, como un dejavú que se va haciendo realidad. Ha sobrepasado las crisis de la música, la llegada del internet, el regreso del vinilo y no sé cuántas cosas más; todo, como una bella historia musical cubierta con la sinceridad de su voz aterciopelada.

Llega la noche, y con ella el momento de la despedida luego de horas de trabajo, de estar al lado de La Ruiseñora, de la voz de toda una generación. Nos damos un abrazo que guardaré en mi memoria, y como si leyera mi mente me dice:

Mariquis, ¿nos tomamos una foto? Sorprendido, respondo con una sonrisa. Ella me saca la lengua y yo sonrío mientras hago lo mismo. Congelo ese instante para siempre.

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El blues colombiano tiene un nuevo hijo: Pablo Alzate

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Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Colombia pasa por un momento musical interesante. Nuevos sonidos desde esta parte de el mundo, se proyectan con fuerza y personalidad. Y precisamente, quiero hablar de un músico que  ha decidido caminar por un terreno lleno de melancolía, historias, y guitarras con vida propia. Su nombre Pablo, su apellido blues, como una canción que narra su vida, su existencia y sus ganas de gritarle al mundo que su camino está en el sonido azul. Él se empieza a configurar como una de las nuevas voces del sonido blues colombiano, y nos presenta su más reciente sencillo: Souls on Fire.

 

En respuesta al columnista de Soho, yo digo, ¡sí necesitamos más teloneros colombianos!

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Si no creemos en nuestra música, ¿entonces quién? Esa fue la pregunta que me quedó luego de leer el inconsciente y descontextualizado artículo que publicó hace unos días la Revista Soho. En este texto, no se podía hablar de una manera más despectiva e irrespetuosa sobre los músicos teloneros en Colombia, y más allá de ellos, sobre nuestra propia creación e industria musical colombiana. Lo primero es que no voy a criticar la posición del periodista que lo escribió, es algo muy personal y cada quien decide en qué se gasta su plata, y cuál es su apuesta por el arte. Pero sí quiero expresar con respeto, que la publicación por parte del medio de comunicación, en este caso la Revista Soho, fue irresponsable. Para muchos, incluyendo a Leonardo Castro, persona que escribió la columna, es un argumento válido no tener más teloneros, pero para otros, como en mi caso, tenerlos es la posibilidad de construir vida, de seguir haciendo historia y de potenciar el trabajo que cientos de músicos en el país han realizado durante años.

Eso de solo ir a ver el artista internacional, por el cual pagué, es un argumento que en definitiva no tiene ningún valor ni respeto por el arte colombiano.

Así que por el respeto que le tengo al trabajo de músicos colegas en todos los rincones de Colombia, a los que quisiera ver en escenarios internacionales tocando sus canciones y más aún, en su territorio como teloneros de los más grandes artistas del mundo, debo escribir este texto, para decirle al periodista y al medio de comunicación que, contrario a lo que piensan, este es uno de los mejores momentos en la industria musical colombiana, es el momento donde figuramos en el mapa y hasta nos ganamos premios internacionales. Pero más allá de los premios, que poca relevancia tienen, es el momento donde agrupaciones como LosPetitFellas, Pedrina y Río, Tr3sDeCorazón, Doctor Krápula, Bomba Estéreo, Nepentes, Monsieur Periné, Tarmac, I.R.A, Chocquibtown, Carlos Elliot Jr, Mr. Bleat, Diamante Eléctrico, Puerto Candelaria, Providencia, y una larguísima lista que no alcanzaría en el espacio de esta columna, están triunfando en los escenarios del mundo como Coachella, SXSW, Womex, Vive Latino, Lollapalooza, entre otros. Lástima que por ustedes sí aplique eso de “nadie es profeta en su tierra”.

En la música y el arte hay muchos sueños, muchas familias implicadas, mucha vida y también mucho dinero (ensayos, cuerdas, transporte, discos, videos), como para que una columna irresponsable se tire en procesos que hasta ahora toman vuelo. La invitación siempre será a la crítica constructiva con la música, con la propuesta, de esto aún nos falta y debería no tomarse personal. Quizá esto ayude a que el nivel se ponga a tono con el de los músicos internacionales. Lo que no es aceptable, es respaldar un artículo sin contexto ni conocimiento, y lleno de actitud destructora hacia el arte del país. Lo de afuera no es lo único, ni lo mejor ¿Quieren que las personas conozcan las bandas teloneras y se sepan las canciones que interpretan?, entonces permitan que tengan su espacio y puedan sonar. En otros países, un telonero es una oportunidad única para conocer nuevas revelaciones y sonidos ¿Por qué acá no? Si el objetivo del texto era simplemente provocar y ganar seguidores para su querida revista, pues es un irrespeto con los lectores. Mejor sigan con sus temas y no se metan con la música, no es un campo que les compete.

The Rolling Stones, Coldplay, Foo Fighters, Metallica, Madonna, y los que quieran citar, si mucho vienen una o dos veces en la vida a Colombia; ¿luego qué?, ¿nos quedamos esperando sin aportar a nuestra misma música? Mi apuesta es ir a los conciertos de agrupaciones nacionales, comprar sus discos y seguir proponiendo teloneros, para que los que no conocen empiecen a creer y a seguir, y también, para demostrarle a gran cantidad de público y empresarios escépticos que sí se puede, pues Los Stones o Madonna también fueron artistas de bares.

¿Ustedes de qué lado están? Si no creemos en nuestra música, ¿entonces quién?.