Jorge Montoya, un valiente rock

Jorge Montoya

Uno no piensa en despedir a los amigos, y cuando hablo de amigos, casi todos los míos hacen parte de la música. Hablé en pocas oportunidades con Jorge Montoya, quizá el ni se acordaba de ese par de conversaciones, pero lo considero un amigo, porque muchas de sus canciones, de la historia en la que participó, me pertenece a mí. Quienes amamos el rock hecho acá, gracias a parte de su trabajo, hoy podemos hablar de rock colombiano. Por eso el corazón musical de este país está de luto, porque se va uno de sus creadores, un latir rockero se apagó.

Jorge nunca dejó la música. Ni en esos frenéticos años setenta donde la carretera estaba destapada y él a punta de baterías experimentales abrió paso entre la maleza, ni en la actualidad, con 59 años encima, pues seguía explorando con el tiple, los sintetizadores y la música colombiana. Y ¿saben? Vivir de la música como lo hizo él toda su vida, es de valientes.

Su historia musical inició en los revolucionarios años setenta cuando empezó al lado de varios amigos: “Chava” y “Calderón”, la banda “Judas”, una propuesta rockera por excelencia, pero con pinceladas de heavy metal, como era bien usual en estos inicios en Colombia. Por esta exploración con Judas, Jorge Montoya fue considerado el mejor baterista paisa de aquellos años.

Luego participaría en el Festival Ancón 1971 con la agrupación Stone Free, y una década después, en los ochenta, llegaría Carbure, una banda que se convirtió en himno de una generación y que gracias a su sonido y sobre todo a sus letras, se convertiría en influencia para los futuros rockeros, incluso hoy en día, citan a Carbure como referente de trabajo en el rock.

Luego llegaría el turno de la banda Climax, que tuvo una exploración mucho más bailable, pop y dance. Y ni hablar de Miditrack, el estudio de grabación que tuvo en la Carrera 70 en Medellín, donde hizo jingles comerciales y voces publicitarias, y trabajó como productor, allí le aportó infinidades a cientos de bandas emergentes que veían lejana la opción de materializar su música en un estudio de grabación profesional.

Así que son muchos los músicos que seguro lamentan su partida y que recuerdan a ese rebelde joven con cabello en rizos tocar la batería, hablar de rock colombiano cuando apenas se construía.

Por eso quiero que la valentía sea el adjetivo de este homenaje, que sea el rocanrol para un hombre que además de periodista, escritor, investigador, productor, tiplista y baterista, puso por delante la música para poder respirar.

Adiós amigo valiente, tu música siempre estará con nosotros.

Una obstinada voz que no se cansa de cantar

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De pequeño, ya cantaba canciones de José Luis Perales y Michael Jackson, se debatió entre científico, futbolista y artista. Por su papá, escuchó salsa, jazz, música clásica, hardrock y rock de los años setenta; por su mamá, toda la ola de música social de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Pablus Gallinazus, Ana y Jaime, Joaquín Sabina; y por ese entonces, sus adolescentes tías, le presentaron a The Cure, Joy Division, The Clash, New Order, Tears for fears y Guns N Roses que era una de sus preferidas. Y no solo las canciones le cambiaron la vida, también un cabezazo que le rompió la boca en un pogo adolescente.  Continuar leyendo

Escuchar más música en este 2018

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Al finalizar el ciclo del año, cada uno de esos doce campanazos trae consigo tantos sueños, que se quedan cortas las uvas, las maletas, las lentejas y demás agüeros divertidos. La música siempre está ahí, presente, de fondo, y empezar este nuevo ciclo, merece la banda sonora habitual que acompaña nuestros días.

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¡El momento de la música colombiana!

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El año que pasó sin duda fue un despertar maravilloso para darnos cuenta de que la música colombiana en la actualidad está para grandes cosas. Producción discográfica constante, videoclips de gran factura, circulación nacional e internacional, consolidación de festivales, ruedas de negocio y mercados musicales, arribo de artistas internacionales al país, medios de comunicación alternativos y privados con la mirada en nuestro sonido, entre muchas, pero muchas o tras cosas. Gracias a la música, cada vez nos ubican más fácil en el mapa.

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Estamos buscando #ElDiscoColombiano 2017 ¿Cuál es el tuyo?

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Se acerca el fin de año, y ya se hace costumbre en El Colombiano, el ejercicio editorial de @Elfanfatal por encontrar las historias musicales que han contado los músicos del país. La búsqueda discográfica tiene como propósito mostrar y resaltar las producciones sonoras de diversos artistas de todo el territorio, y lo queremos hacer con las propuestas que no están en el boca a boca de la industria mundial y que merecen estarlo. Más que una apuesta por lo independiente o alternativo, es una ventana que queremos se expanda a los nuevos universos sonoros, y una invitación para conocer discos completos, además, para deleitarnos con obras creadas acá en Colombia.

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Entrevista a Vetusta Morla (España)

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Es un buen momento para el rock de España, y desde hace muchos años nos visitan en Colombia agrupaciones como Ilegales, Radio Futura, El último de la fila, Héroes del Silencio, Nacha Pop, Extremoduro, Los Rodríguez, Alaska y Dinarama, entre muchas otras.

Pero este momento es quizá de los más interesantes para esa nueva ola del sonido español que llega con la necesidad imperiosa de contar esta nueva realidad de Iberoamérica.

Desde hace unos años nos visita con agrado el sonido de una agrupación literaria por excelencia. Una que canta sus historias porque no le queda de otra, porque tiene la necesidad y responsabilidad de la creación de ambientes sonoros para las historias que viven.

Vetusta Morla es una banda que se reencuentra, que se aleja de sus influencias, que experimenta con el cadáver exquisito, con las luces que iluminan sus escenarios, con las texturas, con el terciopelo sonoro que le han dado los años de trabajo, de textos y de canciones compartidas.

Ya se publicó el nuevo disco de Vetusta Morla “Mismo Sitio, Distinto Lugar”, un disco que emociona, que es un mapa de encuentros y desencuentros, de melancolías y de finales abiertos que no quieren concluir. Como sus otras placas discográficas es un disco exigente literariamente, que nos deja interpretaciones abiertas para la escucha, nos encripta el mensaje en guitarras que se redescubren en cada canción y que nos pisa los talones con la melancolía de ese rock poético que se niega a morir.

A raíz de su lanzamiento, hablé con Guillermo Galván, guitarrista y compositor de la banda.

 

 

 

 

Jeihhco: un guerrero que pelea la vida con hip hop

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La primera vez que hablé con Jeihhco fue a través de un chat. Él, muy molesto, me exigía qué hablara de algunos procesos del rap en la Comuna 13 en Medellín. Me invitó a acercarme y a no obviar la trayectoria de “Revolución sin muertos”, en ese momento el festival que él mismo lideraba. Fue una conversación tensa, nada amistosa ni cordial.

De entrada el contacto no empezó bien. Sin embargo a través del tiempo, entendí la importancia y el trabajo desinteresado que este ser musical y bonachón, le regala a la música del país. Con cada paso, con cada palabra, con cada movimiento de manos, con cada rima, Jeihhco nos dice “Aquí si hay amor”.

Él no hace hip hop, él mismo es hip hop, la calle es su hogar, la gente sus hermanos, su compañía; y la música, sea cual sea, su motor para respirar, fuerte, tan fuerte que rompe el aire. A mediados de los años 90 conoció ese ritmo poderoso de human beatbox e historias, el rap. Se enamoró, y desde ese momento ningún anochecer, ni despertar, carecen de ritmo, de bombo y caja.

Su nombre es Jeison Castaño, pero nadie lo sabe. Él mismo construyó su identidad, él mismo proyectó su futuro y su vida con el alias de Jeihhco: JEI (Por su nombre)HH (Por el hip hop) CO (por el lugar que ama: Colombia) y a través de esta propuesta de héroe musical, este personaje ha creado festivales, agrupaciones, canciones, memoria e historia, todo con un beat, una libreta y las ganas de cambiar el mundo entero. Ha despedido amigos por culpa de la violencia, y él con un cariño verdadero los inmortaliza, con arte, con grafittis y canciones, para su ciudad, su país y su corazón. Pero además de despedir, también ha recibido niños y jóvenes y los ha enrutado en el mismo camino que el decidió recorrer.

Para Jeihhco el amor y la paz, no son palabras gastadas, son realidades que tenemos que vivir a diario y que él, las vive desde la propuesta, la ayuda al otro, desde las realidades de su barrio, desde el rap, desde el hip hop.

Por eso este personaje de risa permanente y pasos cadenciosos es inspirador. Por su capacidad de transformar realidades, por su música y su apuesta de vida, por ser cronista desde las canciones, por amar lo que hace y contárselo al mundo.

Y como el bombo y la caja, el corazón de este rapero de Medellín sigue latiendo, con la fuerza de sus canciones, y con las calles impregnadas como el tatuaje más hermoso y doloroso que jamás pueda existir.

Tesituras, un festival para la canción latinoamericana

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Y para ellos, ¿Qué significan las canciones? Quizá son su único refugio, la manera en la que se encuentran, los amores imposibles y también los amores que ya perdieron la magia, las noches en soledad o las fiestas con amigos, los días del sol, las noches de agua o, tal vez, para ellos las canciones signifiquen su vida entera.

Y hablo de quienes toman la guitarra y cantan lo que ven, lo que viven y sienten. De los cancionistas latinoamericanos que se reunieron en Medellín hace pocos días en la quinta versión del Festival Tesituras.

Argentina, Panamá, Costa Rica, Perú y Colombia, se encontraron en los versos, las historias, las armonías y los aplausos de un público que no paró de sonreír con las canciones e ilusiones de cantautores del continente.

Y qué grata sorpresa encontrarme con tantas realidades distintas que se tejen amorosamente desde seis cuerdas de una guitarra, en diferentes lugares de Medellín.

Desde la labor de Daniel Gutiérrez con la dirección y Solo Valencia con la fundación del festival; pasando por los entrañables y siempre queridos Alejo García, Andrés Correa y Pala, cortados con la misma tijera, unidos por el mismo corazón; hasta la voz de las nuevas cancionistas, Felisa, María María, Ana María Vahos, dulces voces y el futuro del género en Colombia; llegando al sur del país, con la vida de un glamuroso y propositivo Provinciano llamado Lucio Feuillet, que nos llenó de declaraciones los ojos y oídos; Lucho Guarnizo, dejó la oscuridad de las historias y una voz bohemia desgarradora; Balerom, desde Costa Rica, arrojó canciones sinceras desde su sentir anárquico y su guitarra rockera repleta de amor; Rodrigo Carazo, desde Argentina, con particulares onomatopeyas y un sentido del humor finísimo, puso a reír y a cantar a los asistentes; también desde Argentina, Facundo Jofré, con los paisajes más hermosos pintados en la armonía de su guitarra; dese Panamá, José Y Au, una voz que crece y nos narrará todas las ilusiones de la Panamá querida; Omar Camino, desde Perú, dio una lección no solo de repentismo, composición y poesía, sino de madurez musical y respeto por el otro; tantas historias que reafirman que la vida se hace canción y que las tesituras pueden ser tan diversas como el mismo sonido.

Y además de ellos, los hacedores de canciones, tantas personas trabajando por este festival que, a su vez, también se hace melodía, acorde, contrapunto y canción.

Por eso, desde este espacio, celebro que sigue existiendo este festival para la canción latinoamericana, y digo que existe, porque luego de cinco ediciones se consolida, muestra madurez y según lo evidencian las mismas canciones, serán muchos más años de tesituras sonoras, de historias entreveradas por el amor y las vidas de la guitarra. Tenemos un festival que se defiende solo y que queremos ver crecer. Y si las canciones son la vida, pues aprendamos a cantar entre todos.

Las bandas Altavoz

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En pocos días en la ciudad de Medellín, se vivirá una nueva edición de el esperado Festival Internacional Altavoz. Muchos comentarios surgieron en los muros de Facebook de quienes construyen la escena virtualmente. Bien o mal, el festival ha ido creciendo en la medida de sus posibilidades; y esta edición 2017 trae consigo riesgos artísticos que fueron asumidos por la dirección, pues le apostaron a bandas que no están clavadas en el imaginario de las personas. Sin embargo, es una decisión inteligente que le mostrará a Medellín otra realidad sonora, y la industria musical no vista desde las super estrellas saturadas por los medios, sino desde agrupaciones que quizá le aporten más a los músicos y a la acomodada escena musical de la ciudad.

En esta ocasión, la idea no es hablar del cartel de bandas que desarrollará el Festival este año, pero sí será el espacio adecuado para seguir hablando de las bandas de Medellín.

De las bandas que tienen un nombre definido y concertado por cada uno de sus integrantes, pero a su vez tienen un apellido: Altavoz. Trabajan todo un año componiendo, ensamblando, puliendo, ensayando y naturalmente comprando cuerdas, baquetas, parches y pagando salas de ensayo y transporte. En una fecha definida preparan material de presentación: brochure, fotografías y discos. Corren para no perder la hora de entrega y esperan ansiosos los resultados de dicha convocatoria. Pero si pasa que no están dentro de los “ganadores”, de inmediato se sumergen en un hoyo negro que parece no tener fondo, o en el peor de los casos, esa agrupación con nombre y apellido sencillamente se acaba, pues su meta era “tocar en Altavoz”.

De esto es de lo que quiero hablar, de la comodidad en la que se han establecido algunos proyectos musicales, que no crean música sino pensando en una época del año y en un espacio definido, que en este caso puede ser Altavoz, Feria de Flores, Circulart, u otros. Estas agrupaciones no imaginan un mundo diferente a éste y su zona de confort se limitó a esperar resultados para participar en espacios que se realizan cada año, lo que genera falta de independencia, creación y autogestión.

Sin duda alguna, Altavoz ha sido una ventana de profesionalización y cualificación de las bandas de la ciudad, que año tras año, ha brindado espacios para que éstas maduren y se afronten como proyectos de vida más allá de hobbies. Pero también es cierto que no es el único escenario; que los festivales independientes viven en la ciudad, que los circuitos locales funcionan, que Antioquia tiene escenarios a la espera de descentralizar y definitivamente, que la autogestión sigue siendo una propuesta que el mismo rock nos enseñó.

Altavoz y otros espacios, aunque se han convertido en políticas públicas de la ciudad, no tienen asegurada la eternidad. Puede llegar una administración sin visión cultural y estos espacios sencillamente acaban. ¿Qué sería entonces de estas bandas? La música de la ciudad no se debe hacer cuando un festival diga, debe hacerse a diario y además, debe crecer por sí misma. Las bandas deberían nacer, crecer por si solas, y con el Altavoz fortalecerse para continuar su proceso, más no nacer, crecer y morir tras el festival.