Alfonso Lizarazo, un visionario de la música

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Quizá muchos recuerden el nombre de Alfonso Lizarazo con la etiqueta del humor, por su mítico paso por uno de los programas más representativos de la televisión colombiana “Sábados felices”, pero este nombre y apellido, no solo cargan con la historia del humor y la televisión, sino también con la de la radio, los descubrimientos musicales y el surgimiento del rock y la balada en Colombia. Desde temprana edad Lizarazo sabía qué quería hacer de su vida, sin embargo, los azares del destino lo llevaron a la radio, donde empezó un hermoso camino que tenemos que agradecer. Radio 15 fue su primera casa, allí a través de su trabajo y de su tacto visionario al lado de Carlos Pinzón, pudo reconocer nuevas tendencias que llegaban a Colombia en los años 60. Óscar Golden, Lyda Zamorá, Los Yetis, Los Speakers, Los Flippers, Vicky, Los Ampex, Ana y Jaime, Harold, Juan Nicolás Estela, Pablus Gallinazus, Fausto de América, entre muchos otros artistas, pasaron por sus micrófonos, como una premonición de lo que sería nuestra identidad sonora colombiana.

En ese trabajo de escuchar y sonar nuevos artistas, Lizarazo se convirtió en una figura importantísima del disc jockey en Colombia, que descubría música y la programaba para el público; fue así que inicio una nueva generación de músicos, que fue llamada Nueva Ola. A través de este movimiento que era romántico, revolucionario y sonoramente internacional, se consolidó el inicio de nuestro sonido rock and roll, que era etiquetado como yeyé o gogó, y que sin darnos cuenta nos cambió la vida.

Posteriormente Alfonso trabajó para la tv en los programas Juventud Moderna y Estudio 15, dos producciones vitales donde pudo evidenciar los procesos musicales del mundo y unirlos a lo que se vivía en Colombia. Allí nacieron por fortuna muchos de nuestros artistas. Esta solo es una pequeña muestra del brillante y admirado camino de un grande en todo el sentido de la palabra. Por esto y mucho más, Lizarazo es importante para nuestra historia e idiosincrasia musical; lastimosamente no todo el mundo dimensiona lo que significa para los medios de comunicación en Colombia y sobretodo para la música y el rock colombiano. Un ser visionario que vio propuesta y evolución en el sonido nacional. Alfonso, no te olvidamos, pero más que eso, agradecemos tu amor y compromiso por el sonido nacional.

La música es la paz

andreaFoto por: El Tiempo.com /Carrusel

 

SÍ. En eso pensé cuando, recorriendo las calles de Medellín en un auto, escuché a través de un radio un momento histórico y significativo para la vida de muchos: “Yo estoy que me digo esta vaina: señores, señoras, chicas, chicos…La guerra ha terminado, a abrazar a todo el mundo”. Eso dijo Andrea Echeverri, la voz rechinante y reluciente de nuestra banda de rock colombiana Aterciopelados. Todo esto ocurrió en Bogotá, ante cientos de almas en el Concierto Radiónica del año 2016. Lo único que pude hacer fue detener el vehículo, escuchar con atención y sonreír satisfecho por la valentía, sensatez y coherencia de esta increíble mujer.

“Que ya la guerrilla más importante, y que por más años ha estado en guerra, no esté en guerra, o sea mariquis, eso es un paso el hp, es increíble”. Textualmete finalizó Andrea, y ahí estaba yo, atento detrás del radio a más de 444 kilometros, entendiendo cada una de sus palabras, escuchando los acordes que le siguieron y los gritos de las personas que continuaron luego de su apuesta, de su compromiso con el país, con su música, con su voz y su vida.

Horas después, veo a través de redes sociales un video de músicos de Medellín que le apuestan a la vida, al diálogo, al fin de una nefasta y fatal historia. Ellos invitan, desde el respeto, desde su música, a pensar en la paz como una solución, como una realidad que requiere de todos. Frankie Ha Muerto, Perros de Reserva, Zatélite, Usted, Rayken, K.N.K, Black Fairy, S.A.V, Nueve, Mabyland y Hasta el Fondo tomaron la iniciativa, expusieron sus razones y se unieron a ese corazón sonoro que late con esperanza.

De inmediato pensé en el punk, en su sinceridad, en sus gritos viscerales que defienden la vida y la integridad. Pensé en el metal, en su respeto por el otro y en su defensa de la estética artística. También pensé en la salsa, su sudor, sus sonrisas y en el baile que solo tiene como propósito reunir. Llegó también el rap, sus historias, su propuesta, su respeto por la calle y la memoria, su mano arriba por el drama del otro. Luego el reggae, su necesidad de libertad, su apuesta por la vida y por el libre pensamiento. Y así, el jazz, el hardcore, la música electrónica, la champeta, el reggaetón y todas las que se puedan imaginar.

También pensé en el compromiso de los músicos, en el poder de sus palabras, en lo peligroso que puede ser la irresponsabilidad frente a un micrófono, en la importancia de su labor de influencia y formación de públicos, de personas.

Los conciertos se convierten en la mejor zona para estar bien, para bailar, para cantar sin pena, para cuidarnos entre todos. Para llorar y para anhelar una frase ya recurrente en nuestras canciones “todo va a estar bien”.

En la música están el perdón, la conciencia, la amistad y el amor. En el pogo están el respeto, el cuidado por el otro y también, por fortuna, las apuestas políticas y amorosas de vida. Más allá de un SÍ o un no, la música debe estar comprometida con la construcción de país, de mundo, de vidas. ¡La guerra ha terminado! SÍ. En eso pensé, la música es la paz.

NicolaiFella, una tinta que suena a rap

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¿El mundo está hecho de átomos? No, el mundo está hecho de historias, y este escritor rebelde y musical tiene todas por contar. Por eso, sagradamente, como un obrero de la escritura, como un arquitecto de sueños sonoros jamás imaginados, Nicolás Barragán, conocido como NicolaiFella o como Mc Mr Error, sale a la calle a buscar historias, a conocer personas, a escudriñar conversaciones o simplemente a parpadear mientras el mundo pasa enfrente suyo. Luego, como un ritual inamovible, a las once en punto de la noche, en la tranquilidad de su casa, de su espacio, usa su cama de escritorio o de aeropuerto, abre la ventana bajo el cielo del barrio Carlos Llegas Restrepo en Bogotá, prende un cigarrillo y se deja llevar por el olor del café y de las palabras que se cruzan por su mente. A las seis de la mañana, mientras unos están despertando y él sigue despierto, cierra el computador, deja la mente en quietud y duerme todas las palabras, todos los sueños que ya imaginó en su pluma.

Su cabeza es un diccionario, y su corazón vibra con las miradas del público que corea sus canciones como himnos de vida. Nicolás no imagina sus historias cantadas, las vive y por eso el público las hace suyas, las siente reales y las hace parte de su vida, él ante eso solo expresa gratitud, y prefiere ser fan de su gente antes que ser un rockstar más.

Día a día, además de escribir, rapear, ensayar e imaginarse toda una vida viviendo de la música, de Los PetitFellas, este personaje le dedica tiempo a su familia, a hablar de fútbol con su papá, un rolo enamorado de el Club Deportivo Los Millonarios y a estar en complicidad con su mamá, una boyacense que con sus palabras guía su vida.

Cada una de sus canciones es una libreta, bien escrita, y también tachada para recordarse a sí mismo cuánto le costó, cuánto le dolió cada palabra y que siempre todo puede ser mejor. Esa exigencia, hoy en día, da como resultado ser considerado uno de los mejores letristas de la música actual colombiana. Su corazón es una efervescencia sonora constante, por eso sus latidos no solo rapean, también gustan del blues, del jazz, del ruido del rock y de la tradición sonora de su padre, la salsa.

Nicolás quiere vivir de hacer canciones, es su sueño y a diario trabaja para lograrlo. No se conforma con lo que hace, repite, borra, va, vuelve, canta, y saca lo mejor de su alma. Una de sus canciones puede tardar meses en escribirse, y si así tiene que ser, para él está bien. Es un personaje que cuestiona, que a veces incomoda con sus letras, con sus canciones, como debe ser el arte, incómodo y real, y por fortuna aún tiene más preguntas que respuestas ¿Podré llenar la nevera con esto? ¿A cuántos versos estoy de la muerte? ¿Qué de la religión, si Dios fuera mujer? ¿En la guerra puede haber empate? ¿Por qué al amor ya no le gustan las flores y el chocolate? ¿Qué demonios queda después de la soledad? ¿Cuál es el color preferido del camaleón? ¿Cuál es la opinión de la moral en las escuelas? ¿Si al mundo no lo cambia el amor, quién lo puede hacer? Y nos hace una invitación: Amen en vez de amén. Sí, así, sin tilde.

Y esta historia, no como todas, termina con final abierto, porque Nicolás sigue construyendo la historia de la música en el país con sus letras, con su corazón y con la tinta de un lapicero que suena a rap.

Un merecido homenaje: Los Yetis en Altavoz

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Termina el proceso dedicado a los conciertos clasificatorios del Festival Altavoz, los que darán la ruta para lo que sucederá antes de que acabe el año con el Altavoz Internacional.

Jurados de varias partes del país y del mundo se encontraron para seleccionar las bandas que continuarán la fase siguiente del Festival, antes de culminar 2017.

Una idea: homenajes

Altavoz es un evento esperado por las bandas del país y por fanáticos de la música que vibran con los sonidos en vivo.

Por suerte, desde hace un par de años, viene evolucionando para bien, proponiendo industria, formación y mostrando sonidos diferentes a la fórmula que de entrada funcionaría para el público.

La propuesta está haciendo la tarea, sin embargo, desde su creación en 2004 está en deuda con los homenajes, necesarios para el agradecimiento, para el respeto y para la memoria colectiva de pasadas y nuevas generaciones.

Y si hablamos de un festival con tendencia al rock, y a géneros como el ska, reggae, rap, hardcore, debemos pensar en las raíces de esos géneros en Medellín y Colombia. Y en el rock, inevitablemente así a muchos no les guste, se llama Los Yetis.

¿Por qué?

Unos jovencitos de la burguesía envigadeña que a inicios de 1964 pensaron en la música de manera diferente, y navegaron en contra de una ciudad pacata, religiosa y moralmente radical.

Además de tener el cabello con una extensión considerable, en un momento en el que era vetado, también tenían guitarras colgadas y toda la rebeldía en la sangre de un nuevo sonido para Colombia: el rocanrol.

¿Quiénes eran esos Yetis que en plena ciudad industrial se atrevían a desafiar la mansedumbre del rebaño con sus melenas alborotadas, sus gargantas de volcán y sus guitarras que estremecían el silencio con la furia de una locomotora?

Eran la banda pionera del rock en Medellín.

Los Yetis fueron los primeros en recibir la influencia del exterior de The Beatles, The Yardbirds, The Rolling Stones, y luego, esa misma referencia, la convirtieron en canciones inocentes desde lo musical y agrias desde lo literal, pues sobre Medellín y particularmente sobre Los Yetis, recayó la represión del cabello largo en los años 60.

Se acercaron al Nadaísmo, crearon canciones al lado de los rebeldes poetas. Lograron materializar un concepto llamado rock al estilo colombiano, viajaron por toda Colombia, grabaron discos, ganaron uno de oro que luego dejaron olvidado en un taxi en Medellín, fueron los promotores de ese naciente festival llamado Ancón, y además de muchas otras hazañas, fueron y siguen siendo inspiración para varias generaciones.

Los Yetis luego de 53 años siguen tocando, ensayando, componiendo y con la energía viva para aceptar el homenaje que el país no les ha hecho.

Festival Altavoz, público de Medellín y Colombia, ¿no creen que es necesario hacerlo ya? Siguen vivos, suenan con la fidelidad de su momento de creación y, les debemos tanto, que un homenaje se queda corto.

Yo propongo a Los Yetis, y ustedes, ¿por quién quisieran celebrar?

Músicos, el reto está en las letras

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No importa si es Bob Dylan, Fito Páez, David Gilmour, Jorge Drexler, Phil Collins, Paul McCartney, Kase.O, Iggy Pop, Joaquín Sabina, Dave Grohl o el que se les ocurra. La buena música está en el radar, en el mundo se están dando cuenta de eso, de su influencia, y eso es lo verdaderamente importante.

El anuncio de Dylan como el Nobel de Literatura hace unos meses, nos abre un camino gigante, en las artes, en la composición y la creación letrística en la música.

Debo confesar que me alegré con este anuncio, a pesar de sentir que una cosa es una cosa, y otra muy diferente la otra. Ya me sabrán entender o criticar. Sin embargo, este reconocimiento tiene mensajes claros: no se da mérito propiamente a una personalidad sino al contexto y a los territorios; por otro lado, Dylan y sus letras hechas música nos dejan algunas luces en medio de la oscuridad, y esto especialmente para nuestro contexto colombiano.

Sin lugar a dudas, es un tema polémico que debería poner muy felices a quienes siguen el arte de hacer y apreciar canciones, porque se reafirma y reconoce a la música dentro de otros ámbitos artísticos.

Ahora la literatura la podemos escuchar en versos perfectamente musicalizados, el reto es para letristas, músicos y también lectores.

Y sí, es más que claro, la vanguardia está en las letras. Por años nuestra música colombiana ha tenido su lugar en el mundo desde diferentes vertientes, sonidos, corrientes y artistas, pero hoy, año 2017, es innegable que los músicos colombianos tienen un reto que ha estado escondido y es hora de sacarlo a brillar: las letras. Es el momento de reivindicarnos con nuestras propias historias.

Escribir letras de canciones debería ser parte fundamental del trabajo creativo de los músicos, pero en muchas ocasiones, no hay que negarlo, es un elemento estético que está escondido detrás de poderosas y estilizadas distorsiones, de fills de batería perfectos al tiempo, o de un bajo armonioso al background. Escribir letras de canciones es un trabajo de verdad, con horarios y cansancio. No solo la musa es quien decide cuándo visitar la mente y los sueños. Este ejercicio debería costar, doler, debería causar necesidad de mirar por la ventana, de un sorbo de café, de la noche, el día, el amanecer, el desespero, la hoja en blanco, de las notas que no casan, de la rima, la comida sobre el papel, de tomar la guitarra, el piano, llorar, volver a comenzar, cantar, borrar y escribir otra vez.

Es un compromiso con el arte, con las historias, con el pasado, presente y futuro, con las letras, con las notas y sobre todo, con los oyentes que quieren escuchar realidades escritas de mejor manera.

Por otro lado, y para finalizar, gracias, gracias Bob Dylan, pues tu silencio ante la Academia Sueca es tu mejor composición literaria. Se llama prudencia, se llama grandeza. La verdad, solo nos importa tu creación, tus imágenes sonoras, tus historias llenas de ruido y dulzura, lo demás es solo bombo, platillo y dinero, necesario, pero no para tus canciones.

Mario Duarte, la mano derecha del rock nacional

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Esa banda no tenía nombre, o si lo tenía no importaba. Solo importaba el ruido, pasarlo bien, y ese día, hace muchos años, importaba el concierto en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Pero luego de ese concierto, de algunas rocas y abucheos lanzados desde abajo del escenario y de entender que todos los encuentros no son limirentes, como una irónica respuesta ante algunos estudiantes “izquierdosos”, y aún sin simpatizar con la postura política a la que aludirían, la banda empezó a llamarse La Derecha, y desde ahí, se empezó a construir una historia sonora bellísima que le ha dado vida y sonido rocanrolero a la existencia de Mario Duarte De la Torre, un barranquillero de padres santandereanos, que tendría a Medellín entre sus afectos de niñez y a Bogotá, como el corazón que le dio fuerza para la música y la actuación.

Mario nació en 1965, el año de Like a Rolling Stone, de Bob Dylan; de Satisfaction, de los Rolling Stones; de My generation, de The Who; de Yesterday, de los Beatles; de Mr tambourine man, de los Byrds, un año importante para la historia del rock, y quizá, también la vida se puso de acuerdo para su nacimiento. La música llegó desde niño por su familia, en su casa siempre hubo una guitarra o un piano, y sus padres querían que sus seis hijos tuvieran algún acercamiento con la música. Y Mario, que tenía en sus poros una incomodidad con la academia, con la familia y hasta con la música, se dejó contagiar por los sonidos, y en poco tiempo, esa musa inspiradora, ese vinilo rodando en la pupila, ese casete sonando en el corazón, se convirtieron en su vida. Ya inmerso en ese universo, Mario quería ser diferente, y se volvió rockero por no ser un músico clásico o andino, curiosamente ahora, esa música es la que disfruta en su madurez aún rocanrolera.

Él nunca pensó que su sueño musical se convertiría en algo tan importante para los amantes del rock. Los años noventa están marcados por las canciones que él escribió. La Derecha surgió, se convirtió en himno, en un tatuaje sonoro que todos debían portar, y en banda sonora colombiana al lado de Aterciopelados, Ekhymosis, Poligamia, Bajo Tierra, Kraken, 1280 Almas, Hora Local, y muchas otras. Con el surgimiento de La Derecha y la exploración de ese rock colombiano, también llegó la necesidad de los conciertos. A Mario, por ejemplo, le molestaba que la gente dijera que los grupos de acá eran muy malos, cuando eso sucedía por aspectos técnicos, en Colombia no había un festival dedicado al rock. Mario quiso aprender a hacer conciertos y sin quererlo, al lado de otros amigos -Bertha Quintero y Julio Correal-, crearon Rock Al Parque, uno de los festivales, que después de más de 20 años, es uno de los espacios de rock más importantes de entrada libre en Latinoamérica.

Luego de los años es un hombre mesurado al hablar y un gran conversador que achica los ojos cada que la comisura de sus labios se extiende, es decir, casi siempre, porque se le ve sonriendo sin miseria. Ama el arroz en todas sus presentaciones. Su músico podría ser Prince, así entre los discos de su vida tenga el Kraken I y el Avalancha de éxitos de Café Tacvba. Su vida ha estado marcada por las cosas que ama. En sus ojos aún se ve la bohemia noventera, y en las canas que ahora salen en una cabellera sin orden, se ven los años de un rockero que se rehusa a dejar de serlo.

Artesanos del sonido

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…
Por Diego Londoño
@elfanfatal
diego@musicasomos.net
Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.
El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.
-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.
-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.
Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.
Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.
-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.
- Ahh, ¿Cómo está?
Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.
De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.
-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.
Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.
-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?
Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.
Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.
Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.
Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.
Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.
Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.
Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.
“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.
Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.
En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.
La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.
La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.
En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.
Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.
Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.
Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.
Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.
Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.
La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.
Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.
A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.
Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.
“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.
Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.
Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.
Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.
Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.
Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros rojos, blancos y negros me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.
Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.
Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.
Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.
A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.
Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.
Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.
Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

BeFunky Collage

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…

Por Diego Londoño
@Elfanfatal

Fotografías – Esteban Cardona
@Estebanpolite

Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.

El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.

-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.

-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.

Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.

Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.

-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.

- Ahh, ¿Cómo está?

Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.

De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.

-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.

Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.

-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?

Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.

Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.

Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.

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Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.

Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.

Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.

Gerardo Arbelaez en Música Somos

Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.

“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.

Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.

En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.

La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.

La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.

En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.

Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.

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Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.

Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.

Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.

Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.

La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.

Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.

A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.

Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.

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“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.

Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.

Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.

Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.

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Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.

Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros blancos y azules me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.

Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.

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Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.

Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.

A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.

Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.

Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.

Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

¡Gracias banda!

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¿Han sentido que se les va la música? Es como si se fuera la vida.

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Un ruido legendario pasó por Medellín

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Un escenario simple, con tres amplificadores, ocho pedales de efectos y una guitarra colgando de un lado a otro, recibió a uno de los músicos más revolucionarios, a uno de los 33 guitarristas más importantes de la historia del rock, Lee Ranaldo, miembro fundador y artífice del noise en la ruidosa y admirada agrupación Sonic Youth, una visita inesperada y necesaria para el momento musical que vive Medellín.

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¡Pura vida! Un colombiano en el Festival Internacional de las Artes de Costa Rica

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¡Pura Vida! Eso fue lo primero que me dijeron en cuanto llegué a Costa Rica para vivir el Festival Internacional de las Artes (FIA). Allí tuve la oportunidad de llenar mi cabeza, oídos y corazón, de teatro, cine, danza, cuentería, artes circenses y, lo que más me interesa, música. Esa expresión pintoresca, en comienzo un poco extraña y llena de vitalidad, “Pura Vida”, ahora se sustenta en un territorio que encuentra en el arte la capacidad de identificar sus raíces.

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